Leí Ariel y Motivos de Proteo
desde los doce años… ¡Bah! Decir “leer” es reconocer que me entrego
absolutamente a la atmósfera de candidez propia de ciertas evocaciones infantiles.
Se dormía siesta por aquel
entonces o, por lo menos, había que respetar el ritual del silencio hasta las
cuatro de la tarde, como mínimo. Y qué importaba. Mi caja de resonancia se
complacía en desobedecer el mandato social y allí fulguraban decenas de
imágenes impresionantes, como el viejo de la Pampa de Granito, y destellaban
sonidos increíbles, como el que suponía desprendía la copa de cristal después
de un tinguiñazo imaginario del niño en el jardín de la casa. Y había también un
montón de palabras y frases que no entendía, pero esos blancos me resultaban
inofensivos: el vocablo “utilitarismo” tenía el suficiente poder para
envolverlos en una bolsa negra y maloliente; en ella estaban contenidos todos
los males que mi inocencia proyectaba desterrar de los suburbios y de las más
urbanizadas avenidas del mundo. Ése fue mi primer contacto con la sensación
amenazante que el término “imperialismo” deslizó por mi columna vertebral
durante décadas.
Recién desde los dieciocho, ya
intentando asumir una actitud académica, la obra completa de Rodó se me
transformó en una meta quimérica, aleteando aún en este horizonte inabarcable del
conocimiento, nuestra versión prosaica y elemental de Sísifo.
A Rodó le debo, entonces, un
profundo agradecimiento, a pesar de las contrastantes emociones que, en estado
de “la más suave y persuasiva unción”, grabaron en mí sus palabras: le
agradezco la energía con que su voz dotó de exuberancia a mi imaginación; le
agradezco la severidad con que moldeó las primeras nervaduras para las hojas de
mi árbol latinoamericano, bajo cuya sombra ya sólo es posible permanecer
despiertos.
13 de julio de 1934- Nigeria Escritor, docente, crítico.
¿Se puede crear conciencia a
través de la literatura?, ¿las palabras pueden cambiar una sociedad, una
realidad?
Creo que uno no debería de
esforzarse mucho para ello. La literatura, que como sabemos es un producto del
ambiente, que determinará quién será un escritor, un intérprete o lo que sea,
viene del ambiente, y de lo que un individuo en particular le regresa a ese
ambiente: su percepción, su representación de esa realidad. Permite a aquellos
que ocupan ese ambiente darle una segunda mirada. No al mismo tiempo en que
ocurre, sino que es un proceso gradual.
Pero los libros, seamos
prácticos, pueden ser muy caros, y algunas veces la literatura se convierte en
un negocio. Los publicistas están más preocupados acerca de lo que vende que de
lo que le dice algo a la gente. Entonces, hago una pregunta en términos
prácticos: ¿será por medio de insistir en la accesibilidad de la palabra
escrita a la gente, al desarrollar todo tipo de medios para hacer que esa recompensa
sea accesible, por medio de las escuelas, por medio de las ferias públicas,
utilizando a la cultura pop, si así lo queremos? Lo que quiero decir, e insisto
absolutamente, es que la palabra no debe de ser restringida sólo a algunos.
Creo que esa es la única manera
en la que podemos promover prácticamente el proceso de integrar la literatura
en la conciencia de la gente.
Fuera de eso, los promotores
seguirán haciendo lo que hacen ahora y nunca sabrán hasta dónde puede llegar la
palabra.
Yo viajo mucho y he experimentado
qué tan lejos puede viajar la palabra.
¿Cómo se involucró en ayudar a
los escritores perseguidos a exiliarse en otros países?
Aquí hay otro tema: solamente me
involucré con todo el concepto de libertad, me involucré con ese principio casi
como una religión. Creo que tiene que ver con haber visto ejemplos de la
negación de la libertad; sentir, intuitivamente, que eso no estaba bien.
Creo que la gente se ve reducida
cuando tiene miedo. La humanidad se ve disminuida; ya no son seres humanos
completos, y quizá yo prefiero vivir completamente y con seres humanos
completos. Por eso encuentro intolerable que alguien, porque se quiere sentir
más grande, más rico, más poderoso, despoje a otros seres humanos de su propia
naturaleza humana.
¿Usted se inclina más por un
pensamiento de izquierda?, ¿qué piensa de los extremismos?
Acabas de poner el dedo en el
tema: básicamente mi orientación es socialista. Creo mucho en la erradicación
de las clases sociales, la no distinción entre un ser humano de otro sobre las
bases de género, raza, origen étnico o posición en la sociedad. Creo que estas
distinciones de grupo deberían ser eliminadas tanto como se pueda… Es imposible,
es puramente romántico pensar que se podrían eliminar completamente, pero
deberíamos reducirlas a un nivel que se conviertan en virtualmente
imperceptibles.
Además, creo con firmeza que
todas las funciones de la sociedad deben ser socializadas de modo que contengan
elementos de comunidad. Que las cosas se atribuyan a un individuo en particular
por un talento o una inclinación especial que éste tenga, no por la posición
que ocupe en la sociedad.
Hasta ahí puede llegar el
socialismo. Podríamos hablar todo el día, y elaborar teorías, pero tenemos
marxistas extremistas, como aquellos que teníamos antes de que cayera el muro
de Berlín y todas esas descalificaciones del marxismo, que eran tan extremistas
como los fundamentalistas religiosos. Ejercitan el poder de manera que no
puedes cuestionar un pequeño artículo del libro sagrado, así se trate de un
libro críptico o del libro secular. La gente ya no puede pensar por sí misma,
eso es un crimen. Y llevará, eventualmente a la reducción del pensamiento
socialista. Los fundamentalistas religiosos y los marxistas extremistas están
cometiendo exactamente el mismo error.
Entonces, ¿qué le queda a la
humanidad?
El humanismo. Creer en los
atributos irreductibles de todo ser humano y luchar por esos elementos
irreductibles. Y una de esas propiedades irreductibles es la libertad.
Fragmentos de Entrevista El miedo reduce al ser humano
Ya el Papa Nicolás V había
autorizado la esclavitud en 1454, al otorgar a Alfonso V -Rey de Portugal-
autorización para reducir a servitud perpetua a sarracenos y paganos. A partir
de la Conquista de América la esclavitud toma nuevos bríos y ciertas características
-como el color de la piel- pasaron a convertirse en símbolos de esclavitud. La
inferioridad social empezó a verse como natural. El hombre negro se convirtió
en el paradigma del salvajismo. El mismo Renacimiento europeo lo consideraba
como una contradicción humana, como algo raro y al mismo tiempo imperfecto.
Para justificar la trata de
esclavos, referida como "rescate”, muchos autores vieron en la práctica
una forma de apostolado evangelizador. África no era tierra de misión, sino
almacén natural de esclavos.
Es decir, el negro era pagano
porque era negro, del mismo modo que el blanco era cristiano por ser blanco. De
esta forma, los europeos no pensaban en seres humanos como lo eran ellos, sino
en seres de otra categoría. Es lo que Frantz Fanon define como la invención del
hombre negro por el hombre blanco. Una vez inventado este "negro"
pagano y salvaje lo mejor que se podía hacer por él era sacarle de su tierra
-llena de miserias espirituales- y la esclavitud en otras geografías se la
“percibía” como un beneficio espiritual.
-IV-
Cerca del lugar del embarque, en
tierra africana, se los marcaba con hierro candente para demostrar la
pertenencia al negrero o a la compañía. Este procedimiento similar al del
ganado se llamaba “carimbar” y causaba terror entre los africanos, que a veces preferían
la muerte antes que someterse. La marca podía estar en la espalda, en el caso
de los hombres, y en las nalgas, en las mujeres. Embarcados en condiciones
infrahumanas, 300 o 400 esclavos, amontonados y encadenados en bodegas (un
espacio mínimo de horror donde algunos sobrevivían porque otros morían) o por
el banzo (tristeza que mata de no comer), llegaban a Puerto donde según la
práctica, eran palmeados, medidos, para determinar valor y destino final.
“Pieza de india” era un hombre o una mujer de contextura robusta, cuya edad
oscilaba entre los 15 y 30 años, sin defecto alguno y con todos sus dientes.
Los que no alcanzaban esas condiciones se llamaban “cuarto”. Los recién
llegados recibían el mote de “negro bozal” mientras que a los que ya tenían un
año de esclavitud se los conocía como “negros ladinos”. Para los que eran muy
altos se reservaba el nombre de “negro de asta”.
A los niños africanos, en el
Virreinato del Río de La Plata, se los llamaba “mulequillo”, (los niños
esclavos hasta 7 años), ”muleque” (los niños-esclavos que tenían entre 7 y 12
años) o ”mulecón” (hasta los 16 años).
-V-
Basta recordar que, entre el
inicio del tráfico a fines del siglo XV y su abolición a mediados del siglo
diecinueve (con un despegue masivo después de 1690-1750), de 12 a 20 millones
de africanos encadenados atravesaron el Atlántico. A esta pérdida deben sumarse
los millones de seres -quizás un 40 por ciento del total- abatidos por la
enfermedad, el hambre o la tortura mientras viajaban desde el lugar de captura
hasta la costa donde abordaban los buques “negreros”. A esto se añaden 4
millones de almas que debieron cruzar el Sahara a pie para ser vendidas en los
mercados de esclavos del Cairo, Damasco y Estambul. Para el África occidental y
central occidental, la cantidad total de personas perdidas suma entre 24 y 37
millones, tomando como referencia las cifras más bajas. Algunos historiadores
sitúan la pérdida africana entre 70 y 80 millones de hombres, mujeres y niños.
Darcy Ribeiro manifiesta que los
esclavos fueron quemados por millones en América como si fueran carbón humano,
en los hornos de los ingenios y en las plantaciones de caña, minas y cafetales.
Tanto era así, que la vida media de un esclavo negro no pasaba de cinco a siete
años, luego de su captura, conforme a la región y a la intensidad de producción
de cada período. Tiempo suficiente para que rindiese mucho dinero.
En el siglo XVII, en la ciudad de
Mariana, en Minas Gerais, en Brasil, todo expósito recogido de las calles o de
los portales debería ser declarado a la Cámara Municipal, recibiría una
matrícula y aquel que lo recogiera, tres octavas de oro por mes, para la
crianza. Entre los años 1753 a 1759, fueron encontradas algunas de estas
matrículas, donde la Cámara expresaba el propósito de no criar mestizos,
mulatos, negros o criollos, exigiendo que además del certificado de bautismo,
fuese presentado también una certificación de “blancura”, firmada por un
médico.
Nunca antes había sido tan
empobrecido y degradado el género humano. En ciertos momentos, parecía que
todos los rostros bellos de nuestra especie serían apagados para sólo dejar
florecer blancos y europeos.
Sin duda, cada uno o una de
nosotr@s puede reconocer tales encuentros durante el tránsito de la vida porque
nos han dejado huellas de crecimiento interior, ésas que nos permiten detectar el
arañazo inesperado o la fresca risa hamacándose aún en la memoria.
Mi encuentro con Susana Sainz, Docente
y Psicóloga, ocurrió hace muchos años, en épocas difíciles para ambas y en una
zona muy erosionante por su natural complejidad. Pero nunca nos faltó el abrigo
de la escucha atenta y de la palabra comprensiva. Al término de aquellas
jornadas nos echábamos casi como heladas bolsas de papas en los asientos del último
ómnibus nocturno y todavía recuerdo cómo nos reíamos de nosotras mismas ante
tan desenfadada actuación. En su espejo aprendí cómo amasar hasta la peor
realidad para convertirla en una serena pelotita dispuesta siempre al juego,
porque de eso se trata la vida: de no olvidar que en algún momento debe existir
un espacio para jugar. Ella sabe muy bien cómo enseñarnos a mejorar nuestra
calidad de vida.
Así que, con muchísimo afecto y
certeza sobre su solvencia, les invito a cliquear en el siguiente enlace y visitar su “campo”:
“Deschartres, muy afectuoso
conmigo y muy preocupado por mi salud, no pensaba en otra cosa cuando escuchaba
volar cerca a la codorniz. Yo me dejaba llevar también un poco de ese
entretenimiento salvaje de acechar y coger un ave. También mi papel de «llamador»,
consistente en estar acostada en los trigos inundados de rocío del amanecer, me
volvió a traer los dolores agudos en todos mis miembros que ya había sentido en
el convento.
Deschartres, vio un día que yo no
podía montar en mi caballo y que hacía falta llevarme en brazos. Los primeros
pasos de mi cabalgadura me arrancaban gritos; sólo después de vigorosos tiempos
de galopes con los primeros ardores del sol era cuando me sentía curada. Él se
asombró un poco y constató al fin que yo tenía reumatismo. Esto fue para él una
razón de más para prescribirme los ejercicios violentos y el vestido masculino
que me permitirían mejorar.
Mi abuela al verme vestida de
hombre lloró. –Te pareces demasiado a tu padre –me dijo–. Vístete así para
correr, pero vuelve a vestirte como una mujer al regreso, para que yo no me
equivoque, ya que eso me hace un mal espantoso y hay momentos en los que
embrollo tanto el pasado con el presente, que no sé ni la época en que vivo.
Mi manera de ser se exteriorizaba
tan naturalmente en la posición excepcional en la que yo me encontraba, que
hasta me parecía lógico vivir de una manera distinta a la de las otras jóvenes.
Me juzgaron muy extraña y, sin embargo, yo lo era infinitamente menos de lo que
podría haberlo sido si hubiese tenido el gusto de la afectación y de la
singularidad. Abandonada a mí misma en todo, no encontrando más control en la
casa de mi abuela, olvidada por mi madre, empujada a la independencia absoluta
por Deschartres, no sintiendo en mí ningún pesar del alma o de los sentidos, y
pensando siempre, a pesar de la modificación que se había hecho en mis ideas
religiosas, en retirarme a un convento con o sin votos monásticos, lo que
llamaban a mi alrededor «la opinión», no tenía para mí ningún sentido, ningún
valor y no me parecía de ninguna utilidad”...
Se llamaba
Matzule, tenía unos ojos enormes, mirada triste y asustada. Fuimos amigos durante
tres años intensos que marcarían mi vida. Yo llevaba dos meses desplegado como médico
de un contingente ONU y disfrutaba de contemplar el atardecer junto al río que
cruzaba Dili, la capital de Timor Oriental. Se vivía una
muy difícil e inestable situación política y social, producto de la devastación
que toda guerra deja siempre como secuela. Matzule tenía apenas 10 años y llevaba
a cuestas el dolor de una infancia marcada por el hambre y el horror. Los
primeros días se sentaba en un muro cercano y me miraba sin devolver mi sonrisa
ni mi saludo. Hasta que un día, la curiosidad pudo más que su aprensión y se
acercó. Por primera vez lo vi sonreír, el contraste entre su piel oscura y la
blancura de sus dientes generaron en mí una cálida sensación de ternura. Allí
nació una amistad inevitablemente condenada a la separación. Nunca había ido a
una escuela y hablaba una mezcla de portugués con tetum, un dialecto local.
Compartíamos casi a diario esa grata hora de entreluces, donde yo intentaba
enseñarle palabras mientras él me contaba sobre sus costumbres. Le regalé una
de mis boinas azules y cada tanto le arrimaba nuevos pines que encantado
prendía en ese tesoro que mantenía envuelto y escondido. Él me regaló un cordón
con una pequeña cruz que había tallado a mano en sándalo, una madera oscura de
un árbol que sus ancestros consideraban sagrado. Con su carita seria Matzule me
dijo que esa cruz me protegería y siempre miraba mi cuello buscando confirmar
que su regalo seguía allí.
Un día en aquel
fatídico agosto lo vi particularmente nervioso. Me previno que algo grande se
estaba gestando. Y así fue. Los disturbios sociales estallaron. La pobreza, el
hambre, los familiares y amigos muertos que aún dolían, los campos rociados por
napalm que seguían sin producir, gente que había retornado de las colinas, los
bosques o los campos de refugiados para encontrarse con sus hogares destruidos,
todo confluía en un descontento social que tronaba. La gente enardecida iba
prendiendo fuego todo lo que pareciese oficial o del gobierno. Yo iba con mi vehículo
velozmente por calles laterales hacia Base, cuando recibí la llamada de Elleke,
la funcionaria holandesa de ONU que aseguraba tener una ascendencia noble como
la etimología de su nombre. Esta vez su voz lejos de noble, parecía desesperada:
sus gritos de ayuda emergían por entre un coro de llantos pues estaban
prendiendo fuego el Parlamento y el edificio de ONU donde estaban sitiados.
No lo dudé y
hacia allá fuimos. Al llegar el panorama era dantesco: ambos edificios,
emplazados juntos, empezaban a arder desde su planta baja. La guardia había
desaparecido. Paré por detrás, donde el tumulto era menor y le dije al conductor
que me esperara sin apagar el motor. Entré y corrí escaleras arriba, hasta
llegar al tercer piso donde estaba Elleke y la gente. No podía dar crédito a
mis ojos… Allí, en medio del desconcierto y el caos, estaban Mari Alkatiri, el
Primer Ministro de Timor Oriental cuya residencia privada había sido incendiada,
junto a otras autoridades y funcionarios. Un heterogéneo grupo de personas, la
mayoría aterrada y sin plan de evacuación. La situación era insostenible y
requería una acción inmediata. Con un poco de inglés, algo de portugués y muchos
gritos y ademanes, los organicé en una fila para bajar por la escalera trasera
hasta la puerta por donde había entrado minutos antes. Tomé al Primer Ministro
del brazo y encabecé el descenso mientras pensaba cómo haría para evacuar a
todos, primero bajando entre las llamas que ya cubrían los dos primeros pisos,
y luego, si llegábamos, cómo escapar tantos en un vehículo para seis personas.
Con decisión, llegamos a la puerta trasera. Allí pensé en
Dios, cuando vi llegar y parar junto a mi vehículo otro Land Rover de ONU.
Apiñé a las autoridades y a los funcionarios en los dos vehículos y los despaché
raudos hacia la protegida Base de ONU, distante a dos kilómetros. No hubo lugar
para mí. Los dos vehículos salieron disparados justo cuando la turba, dando la
vuelta al edificio, comenzó a rodearme. Me jugué a la boina azul y al brazalete
con la cruz roja. Paso a paso me fui abriendo camino, con brazos y puños, lentamente
al principio, más rápido luego. Hasta que llegué a Base, con cortes y heridas
varias pero vivo.
Mirando hacia
atrás siento que después, fue todo tan intenso como efímero. Con reconocimiento
especial del Primer Ministro estuve tres años más en Timor. El tiempo pasó y bajo
el servicio de Naciones Unidas fui destinado a misiones humanitarias en Iraq,
Kuwait, Arabia, Líbano, Haití y también a misiones especiales en Jordania,
Colombia, Dominicana, Argentina, Paraguay, Indonesia, Guyana y Surinam. Dejé de
medir el tiempo por hojas de almanaque y pasé a medirlo por calendarios
enteros.
Montevideo
muestra un colorido concierto de verdes y ocres en un otoño que se presenta
demasiado frío. El viento suave del Río de la Plata envuelve mis recuerdos.
Cierro con un suspiro el álbum que mi hija ha armado con fragmentos de esos
años; hay una historia inmersa en cada página, en cada foto. Sonriendo recuerdo
cuando en el 2001 me propusieron ir como médico a Timor. “Serán solo nueve meses”,
me dijeron… y fueron quince largos años. Aquel país devastado es hoy una
economía emergente en el sudeste asiático. Acabo de cerrar esa etapa donde dejé
pedazos de piel y de familia, aunque pude conservar intacto el amor de mis
hijos con quienes comparto ahora estas historias. Georges Villiers escribió: “Los recuerdos son los cabellos blancos del
corazón”. Miro el mar, miro el cielo y acaricio como tantas veces la cruz
de madera que pende de mi cuello. Pienso en Matzule y en sus ojos grandes, tan húmedos
como los míos el día en que nos despedimos. Nunca más volví a verlo.
“Comer demasiado es un vicio
romano, pero yo fui sobrio con voluptuosidad. Hermógenes no se ha visto
precisado a alterar mi régimen, salvo quizá esa impaciencia que me llevaba a
devorar lo primero que me ofrecían, en cualquier parte y a cualquier hora, como
para satisfacer de golpe las exigencias del hambre. De más está decir que un
hombre rico, que sólo ha conocido las privaciones voluntarias o las ha
experimentado a título provisional, como un incidente más o menos excitante de
la guerra o del viaje, sería harto torpe si se jactara de no haberse saciado.
Atracarse los días de fiesta ha sido siempre la ambición, la alegría y el
orgullo naturales de los pobres. Amaba yo el aroma de las carnes asadas y el
ruido de las marmitas en las festividades del ejército, y que los banquetes del
campamento (o lo que en el campamento valía por un banquete) fuesen lo que
deberían ser siempre: un alegre y grosero contrapeso a las privaciones de los
días hábiles. En la época de las saturnales, toleraba el olor a fritura de las
plazas públicas. Pero los festines de Roma me llenaban de tal repugnancia y
hastío que alguna vez, cuando me creí próximo a la muerte durante un
reconocimiento o una expedición militar, me dije para reconfortarme que por lo
menos no tendría que volver a participar de una comida. No me infieras la
ofensa de tomarme por un vulgar renunciador; una operación que tiene lugar dos
o tres veces por día, y cuya finalidad es alimentar la vida, merece seguramente
todos nuestros cuidados. Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser
un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la
tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente
a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de
que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso
en valentía. ¡Ah! ¿Por qué mi espíritu, aun en sus mejores días, sólo posee una
parte de los poderes asimiladores de un cuerpo?”
2 de junio de 1903 Escritor hispano-mejicano de origen franco-alemán, autor de narrativa, poesía, ensayo, dramaturgia; miembro de la Generación del 27.
La hormiga que odiaba al león
Esa hormiga odiaba al león. Tardó diez mil años pero se lo
comió todo, poco a poco, sin que él se diera cuenta.
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Militante de izquierdas y fiel al
gobierno republicano, tuvo que exiliarse a Francia al finalizar la Guerra
Civil. Lo denunciaron por comunista y fue confinado en el campo de prisioneros
de Roland Garros. Después fue trasladado a Vernet, más tarde a Marsella y de
ahí a Argelia, hasta que en 1942 pudo embarcarse con destino a México, donde
residió el resto de su vida.
En el número 5 de la Calle
Euclides del Distrito Federal, Max Aub estableció sudomicilio mexicano. Desde
allí desarrolló una fructífera labor creativa, materializada en cientos de
artículos de prensa, ensayos, obras de teatro, poemas, novelas y un curioso
opúsculo que llevaba el nombre de la propia calle y que el autor regalaba a sus
amigos para felicitarles el año nuevo: El correo de Euclides.
Con el subtítulo de ‘Periódico
conservador’, El correo de Euclides era una hoja de 50 x 38,5 centímetros
impresa a dos tintas en la que se contenían diversos titulares humorísticos
compuestos con diferentes tipografías.
No era la primera vez que Aub
abordaba el tema del humor de forma explícita. En 1957, ya se había zambullido
en el género con Crímenes ejemplares, una colección de cómicos relatos sobre
asesinatos y, en 1958, había publicado una suerte de biografía de un pintor
ficticio, Jusep Torres Campalans, que ilustró con cuadros pintados por él
mismo, los cuales llegaron a exponerse en una galería de México provocando la
confusión de los críticos de arte.
En El correo de Euclides, sin
embargo, el autor creó en una sola página breves relatos con sentido, formados
por frases aparentemente inconexas, sentencias filosóficas y reflexiones que
analizaban diferentes temas desde el absurdo, la paradoja o el razonamiento disparatado.
En los siete números publicados
durante los años 1959 a 1968, se suceden titulares como «Paraíso abierto a
todos desde la semana próxima», «Lo más viejo es el pasado. Luego: Hacia él
vamos. Y si no al tiempo», «Terrible equivocación: Los hombres no estaban
destinados a la Tierra», «El arte vuelve a sus orígenes: el palote».
También hay lugar para las frases
absurdas como «Acción de gracias, a las 19:30»; para el análisis político como
«Solución al conflicto judío árabe: Nasser acepta el reino de Murcia. Los
refugiados palestinos a Valencia, Aragón y Cataluña, donde estarán como en su
casa»; o para reflexiones llenas de sentido del tipo «No nos vemos como nos
ven. La culpa es de los espejos».
En el número 4, incluso se aborda
el tema del tiempo, una cuestión que preocupó por igual a los presocráticos y a
Einstein, aunque Aub la trata desde un punto de vista más divertido que el
todos ellos: «Salvatore Rosa, Premio Nobel de Física, vende a su madre como
esclava después de muerta». Una noticia fácilmente comprensible si se sigue el
razonamiento que el físico desgrana a continuación, para lo cual echa mano de
las paradojas de Zenón: «Si el tiempo es discontinuo, la continuidad no existe.
Somos lo que fuimos y seremos, distintos y eternos en cada momento, luego puedo
vender a mi madre como esclava».
Fragmento de “Max Aub: el
escritor perseguido que hizo un periódico de titulares cómicos”