jueves, 20 de julio de 2017

Otro Premio Internacional para nuestra querida isabelina Graciela Vargas.


En el lapso de los últimos dos años, Graciela ha sido reconocida, a nivel nacional y en el exterior, con más de ciento cincuenta premios, por lo cual figura en diversas antologías (de varias, hemos dejado registros en nuestros blogs, oportunamente). 

Nunca ha escrito estimulada por el mero propósito de alcanzar una ubicación satisfactoria en algún Concurso Literario; escribe porque es una apasionada creadora, escribe porque es una incansable observadora del mundo y de sus habitantes y se propuso, desde muy joven, dejar una constancia más que contemplativa de tal intención. Estas premiaciones son, en realidad, una proporcional consecuencia de ese íntimo compromiso con la escritura y con el tiempo histórico que le tocó en suerte (a veces, no basta sostener públicamente una postura política si no se es capaz de accionar, desde la intimidad de la convicción evidenciada por el lenguaje -el artístico en especial-, a favor de los más vulnerables, de los invisibilizados, de los que no figurarán en los catálogos de la Historia oficial; sobre ellos y ellas escribe Graciela, sobre sus miserias y sus riquezas; en fin, una elección y una acción constructoras de zonas muy significativas de nuestra identidad son las de Vargas).

Esas dos actitudes no son producto de su pertenencia a este Centro. Ningún Taller dota a sus integrantes de tales atributos; son inalienables. 
Es cierto que, desde su ingreso y hasta hoy, siempre con su talante de humildad, ha podido organizar sus naturales saberes y ha logrado munirse del conocimiento de otras técnicas, aportes menores cuando la sensibilidad es optimizada por el trabajo constante, como el que despliega con la formalidad que corresponde a su compromiso personal con el Arte. 
Para quienes dudan de la efectividad de un Taller A Distancia, pueden hallar en este caso una óptima condensación de las competencias pertinentes a ambos actores.

Este Centro aplaude con verdadera alegría este nuevo reconocimiento otorgado a Graciela Vargas y, honrado por sus aptitudes humanas y artísticas, agradece la confianza con que continúa distinguiéndonos.

Tanto la Televisión como la Radio locales
rindieron homenaje a Graciela
por su trayectoria.






A.E.D.I. isabelino hizo lo propio.







martes, 18 de julio de 2017

“Un libro que se escribe, o es papel vano, o es un alma que teje con su propia substancia su capullo”. - José Enrique Rodó







Leí Ariel y Motivos de Proteo desde los doce años… ¡Bah! Decir “leer” es reconocer que me entrego absolutamente a la atmósfera de candidez propia de ciertas evocaciones infantiles.

Se dormía siesta por aquel entonces o, por lo menos, había que respetar el ritual del silencio hasta las cuatro de la tarde, como mínimo. Y qué importaba. Mi caja de resonancia se complacía en desobedecer el mandato social y allí fulguraban decenas de imágenes impresionantes, como el viejo de la Pampa de Granito, y destellaban sonidos increíbles, como el que suponía desprendía la copa de cristal después de un tinguiñazo imaginario del niño en el jardín de la casa. Y había también un montón de palabras y frases que no entendía, pero esos blancos me resultaban inofensivos: el vocablo “utilitarismo” tenía el suficiente poder para envolverlos en una bolsa negra y maloliente; en ella estaban contenidos todos los males que mi inocencia proyectaba desterrar de los suburbios y de las más urbanizadas avenidas del mundo. Ése fue mi primer contacto con la sensación amenazante que el término “imperialismo” deslizó por mi columna vertebral durante décadas.

Recién desde los dieciocho, ya intentando asumir una actitud académica, la obra completa de Rodó se me transformó en una meta quimérica, aleteando aún en este horizonte inabarcable del conocimiento, nuestra versión prosaica y elemental de Sísifo.

A Rodó le debo, entonces, un profundo agradecimiento, a pesar de las contrastantes emociones que, en estado de “la más suave y persuasiva unción”, grabaron en mí sus palabras: le agradezco la energía con que su voz dotó de exuberancia a mi imaginación; le agradezco la severidad con que moldeó las primeras nervaduras para las hojas de mi árbol latinoamericano, bajo cuya sombra ya sólo es posible permanecer despiertos.


jueves, 13 de julio de 2017

"La mayor amenaza para la libertad es la ausencia de crítica"- Wole Soyinka



13 de julio de 1934-  Nigeria
Escritor, docente, crítico.

                                    

¿Se puede crear conciencia a través de la literatura?, ¿las palabras pueden cambiar una sociedad, una realidad?

Creo que uno no debería de esforzarse mucho para ello. La literatura, que como sabemos es un producto del ambiente, que determinará quién será un escritor, un intérprete o lo que sea, viene del ambiente, y de lo que un individuo en particular le regresa a ese ambiente: su percepción, su representación de esa realidad. Permite a aquellos que ocupan ese ambiente darle una segunda mirada. No al mismo tiempo en que ocurre, sino que es un proceso gradual.
Pero los libros, seamos prácticos, pueden ser muy caros, y algunas veces la literatura se convierte en un negocio. Los publicistas están más preocupados acerca de lo que vende que de lo que le dice algo a la gente. Entonces, hago una pregunta en términos prácticos: ¿será por medio de insistir en la accesibilidad de la palabra escrita a la gente, al desarrollar todo tipo de medios para hacer que esa recompensa sea accesible, por medio de las escuelas, por medio de las ferias públicas, utilizando a la cultura pop, si así lo queremos? Lo que quiero decir, e insisto absolutamente, es que la palabra no debe de ser restringida sólo a algunos.
Creo que esa es la única manera en la que podemos promover prácticamente el proceso de integrar la literatura en la conciencia de la gente.
Fuera de eso, los promotores seguirán haciendo lo que hacen ahora y nunca sabrán hasta dónde puede llegar la palabra.

Yo viajo mucho y he experimentado qué tan lejos puede viajar la palabra.


¿Cómo se involucró en ayudar a los escritores perseguidos a exiliarse en otros países?

Aquí hay otro tema: solamente me involucré con todo el concepto de libertad, me involucré con ese principio casi como una religión. Creo que tiene que ver con haber visto ejemplos de la negación de la libertad; sentir, intuitivamente, que eso no estaba bien.
Creo que la gente se ve reducida cuando tiene miedo. La humanidad se ve disminuida; ya no son seres humanos completos, y quizá yo prefiero vivir completamente y con seres humanos completos. Por eso encuentro intolerable que alguien, porque se quiere sentir más grande, más rico, más poderoso, despoje a otros seres humanos de su propia naturaleza humana.



¿Usted se inclina más por un pensamiento de izquierda?, ¿qué piensa de los extremismos?

Acabas de poner el dedo en el tema: básicamente mi orientación es socialista. Creo mucho en la erradicación de las clases sociales, la no distinción entre un ser humano de otro sobre las bases de género, raza, origen étnico o posición en la sociedad. Creo que estas distinciones de grupo deberían ser eliminadas tanto como se pueda… Es imposible, es puramente romántico pensar que se podrían eliminar completamente, pero deberíamos reducirlas a un nivel que se conviertan en virtualmente imperceptibles.
Además, creo con firmeza que todas las funciones de la sociedad deben ser socializadas de modo que contengan elementos de comunidad. Que las cosas se atribuyan a un individuo en particular por un talento o una inclinación especial que éste tenga, no por la posición que ocupe en la sociedad.
Hasta ahí puede llegar el socialismo. Podríamos hablar todo el día, y elaborar teorías, pero tenemos marxistas extremistas, como aquellos que teníamos antes de que cayera el muro de Berlín y todas esas descalificaciones del marxismo, que eran tan extremistas como los fundamentalistas religiosos. Ejercitan el poder de manera que no puedes cuestionar un pequeño artículo del libro sagrado, así se trate de un libro críptico o del libro secular. La gente ya no puede pensar por sí misma, eso es un crimen. Y llevará, eventualmente a la reducción del pensamiento socialista. Los fundamentalistas religiosos y los marxistas extremistas están cometiendo exactamente el mismo error.


Entonces, ¿qué le queda a la humanidad?

El humanismo. Creer en los atributos irreductibles de todo ser humano y luchar por esos elementos irreductibles. Y una de esas propiedades irreductibles es la libertad.


Fragmentos de Entrevista El miedo reduce al ser humano

En: https://lalibretadeirmagallo.com


lunes, 10 de julio de 2017

De la mano con La Cumparsita por los aires de España e Italia va nuestra Orquesta Sinfónica Juvenil del SODRE.


“La Juvenil es eso, es un proyecto que nosotros llamamos
programa de Acción Social por la Música”
Maestro Ariel Britos
Director fundador de la Orquesta Juvenil del Sodre y 
del Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles del Uruguay.

Se capacitó en Venezuela para la conducción 
de Orquestas Infantiles y Juveniles, 
aplicando el método del Mtro. José Antonio Abreu, 
basado en el estudio y aprendizaje 
de los instrumentos musicales 
a través de la "Practica Orquestal Intensiva.





por ser embajadores de paz, sensibilidad y compromiso.




"Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando."- Franz Kafka

3 de julio de 1883










   


sábado, 8 de julio de 2017

Julio, mes de la Afrodescendencia.

-III-

Ya el Papa Nicolás V había autorizado la esclavitud en 1454, al otorgar a Alfonso V -Rey de Portugal- autorización para reducir a servitud perpetua a sarracenos y paganos. A partir de la Conquista de América la esclavitud toma nuevos bríos y ciertas características -como el color de la piel- pasaron a convertirse en símbolos de esclavitud. La inferioridad social empezó a verse como natural. El hombre negro se convirtió en el paradigma del salvajismo. El mismo Renacimiento europeo lo consideraba como una contradicción humana, como algo raro y al mismo tiempo imperfecto.
Para justificar la trata de esclavos, referida como "rescate”, muchos autores vieron en la práctica una forma de apostolado evangelizador. África no era tierra de misión, sino almacén natural de esclavos.
Es decir, el negro era pagano porque era negro, del mismo modo que el blanco era cristiano por ser blanco. De esta forma, los europeos no pensaban en seres humanos como lo eran ellos, sino en seres de otra categoría. Es lo que Frantz Fanon define como la invención del hombre negro por el hombre blanco. Una vez inventado este "negro" pagano y salvaje lo mejor que se podía hacer por él era sacarle de su tierra -llena de miserias espirituales- y la esclavitud en otras geografías se la “percibía” como un beneficio espiritual.


-IV-

Cerca del lugar del embarque, en tierra africana, se los marcaba con hierro candente para demostrar la pertenencia al negrero o a la compañía. Este procedimiento similar al del ganado se llamaba “carimbar” y causaba terror entre los africanos, que a veces preferían la muerte antes que someterse. La marca podía estar en la espalda, en el caso de los hombres, y en las nalgas, en las mujeres. Embarcados en condiciones infrahumanas, 300 o 400 esclavos, amontonados y encadenados en bodegas (un espacio mínimo de horror donde algunos sobrevivían porque otros morían) o por el banzo (tristeza que mata de no comer), llegaban a Puerto donde según la práctica, eran palmeados, medidos, para determinar valor y destino final. “Pieza de india” era un hombre o una mujer de contextura robusta, cuya edad oscilaba entre los 15 y 30 años, sin defecto alguno y con todos sus dientes. Los que no alcanzaban esas condiciones se llamaban “cuarto”. Los recién llegados recibían el mote de “negro bozal” mientras que a los que ya tenían un año de esclavitud se los conocía como “negros ladinos”. Para los que eran muy altos se reservaba el nombre de “negro de asta”.

A los niños africanos, en el Virreinato del Río de La Plata, se los llamaba “mulequillo”, (los niños esclavos hasta 7 años), ”muleque” (los niños-esclavos que tenían entre 7 y 12 años) o ”mulecón” (hasta los 16 años).

-V-

Basta recordar que, entre el inicio del tráfico a fines del siglo XV y su abolición a mediados del siglo diecinueve (con un despegue masivo después de 1690-1750), de 12 a 20 millones de africanos encadenados atravesaron el Atlántico. A esta pérdida deben sumarse los millones de seres -quizás un 40 por ciento del total- abatidos por la enfermedad, el hambre o la tortura mientras viajaban desde el lugar de captura hasta la costa donde abordaban los buques “negreros”. A esto se añaden 4 millones de almas que debieron cruzar el Sahara a pie para ser vendidas en los mercados de esclavos del Cairo, Damasco y Estambul. Para el África occidental y central occidental, la cantidad total de personas perdidas suma entre 24 y 37 millones, tomando como referencia las cifras más bajas. Algunos historiadores sitúan la pérdida africana entre 70 y 80 millones de hombres, mujeres y niños.
Darcy Ribeiro manifiesta que los esclavos fueron quemados por millones en América como si fueran carbón humano, en los hornos de los ingenios y en las plantaciones de caña, minas y cafetales. Tanto era así, que la vida media de un esclavo negro no pasaba de cinco a siete años, luego de su captura, conforme a la región y a la intensidad de producción de cada período. Tiempo suficiente para que rindiese mucho dinero.
En el siglo XVII, en la ciudad de Mariana, en Minas Gerais, en Brasil, todo expósito recogido de las calles o de los portales debería ser declarado a la Cámara Municipal, recibiría una matrícula y aquel que lo recogiera, tres octavas de oro por mes, para la crianza. Entre los años 1753 a 1759, fueron encontradas algunas de estas matrículas, donde la Cámara expresaba el propósito de no criar mestizos, mulatos, negros o criollos, exigiendo que además del certificado de bautismo, fuese presentado también una certificación de “blancura”, firmada por un médico.
Nunca antes había sido tan empobrecido y degradado el género humano. En ciertos momentos, parecía que todos los rostros bellos de nuestra especie serían apagados para sólo dejar florecer blancos y europeos.

Fragmentos de: Los Negros, de Alberto Morlachetti


En: CUADERNOS DE LA MEMORIA 




viernes, 7 de julio de 2017

“No es frecuente que tenga lugar un encuentro personal tan profundo y mutuo, pero estoy convencido de que, si no ocurre de vez en cuando, no vivimos como seres humanos”. - Carl Rogers

Sin duda, cada uno o una de nosotr@s puede reconocer tales encuentros durante el tránsito de la vida porque nos han dejado huellas de crecimiento interior, ésas que nos permiten detectar el arañazo inesperado o la fresca risa hamacándose aún en la memoria.


Mi encuentro con Susana Sainz, Docente y Psicóloga, ocurrió hace muchos años, en épocas difíciles para ambas y en una zona muy erosionante por su natural complejidad. Pero nunca nos faltó el abrigo de la escucha atenta y de la palabra comprensiva. Al término de aquellas jornadas nos echábamos casi como heladas bolsas de papas en los asientos del último ómnibus nocturno y todavía recuerdo cómo nos reíamos de nosotras mismas ante tan desenfadada actuación. En su espejo aprendí cómo amasar hasta la peor realidad para convertirla en una serena pelotita dispuesta siempre al juego, porque de eso se trata la vida: de no olvidar que en algún momento debe existir un espacio para jugar. Ella sabe muy bien cómo enseñarnos a mejorar nuestra calidad de vida.


Así que, con muchísimo afecto y certeza sobre su solvencia, les invito a cliquear en el siguiente enlace y visitar su “campo”:   










Psicóloga Susana Sainz
ssainz@vera.com.uy - 098803371


miércoles, 5 de julio de 2017

Desde el París del siglo XIX, les presento a George Sand: “Es estúpida y engreída. Sus ideas morales tienen la misma profundidad de juicio y delicadeza que las de las limpiadoras y las mantenidas… El hecho de que haya hombres que se enamoren de esta zorra es prueba de cuán bajo han caído los hombres de esta generación”. Soy Charles Baudelaire; muchos han opinado que yo tenía una mentalidad avanzada…


“Deschartres, muy afectuoso conmigo y muy preocupado por mi salud, no pensaba en otra cosa cuando escuchaba volar cerca a la codorniz. Yo me dejaba llevar también un poco de ese entretenimiento salvaje de acechar y coger un ave. También mi papel de «llamador», consistente en estar acostada en los trigos inundados de rocío del amanecer, me volvió a traer los dolores agudos en todos mis miembros que ya había sentido en el convento.

Deschartres, vio un día que yo no podía montar en mi caballo y que hacía falta llevarme en brazos. Los primeros pasos de mi cabalgadura me arrancaban gritos; sólo después de vigorosos tiempos de galopes con los primeros ardores del sol era cuando me sentía curada. Él se asombró un poco y constató al fin que yo tenía reumatismo. Esto fue para él una razón de más para prescribirme los ejercicios violentos y el vestido masculino que me permitirían mejorar.

Mi abuela al verme vestida de hombre lloró. –Te pareces demasiado a tu padre –me dijo–. Vístete así para correr, pero vuelve a vestirte como una mujer al regreso, para que yo no me equivoque, ya que eso me hace un mal espantoso y hay momentos en los que embrollo tanto el pasado con el presente, que no sé ni la época en que vivo.

Mi manera de ser se exteriorizaba tan naturalmente en la posición excepcional en la que yo me encontraba, que hasta me parecía lógico vivir de una manera distinta a la de las otras jóvenes. Me juzgaron muy extraña y, sin embargo, yo lo era infinitamente menos de lo que podría haberlo sido si hubiese tenido el gusto de la afectación y de la singularidad. Abandonada a mí misma en todo, no encontrando más control en la casa de mi abuela, olvidada por mi madre, empujada a la independencia absoluta por Deschartres, no sintiendo en mí ningún pesar del alma o de los sentidos, y pensando siempre, a pesar de la modificación que se había hecho en mis ideas religiosas, en retirarme a un convento con o sin votos monásticos, lo que llamaban a mi alrededor «la opinión», no tenía para mí ningún sentido, ningún valor y no me parecía de ninguna utilidad”...

Fragmento de: Historia de mi vida
George Sand


Pehuén Editores, 2001