El profesor suplente
Hacia
el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la
miseria de la clase media, de la
necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos
de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios
pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la
abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello
duro.
—¡Mi
querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor.
No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he
decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran
puesto y los emolumentos
no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza.
Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de
otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de
ti. Yo siempre
te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un
hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida
como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu
puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al
director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que
perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes
de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia, había llamado
al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su
amigo y
había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante
unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las
delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico,
impidió que su mujer intercala un
comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto
reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado
contra luz de
la farola.
—Todo
esto no me sorprende – dijo al fin —. Un hombre de mi calidad no podía quedar
sepultado en el olvido.
Después
de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus
viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni
siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba
reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra
sus patrones de la oficina.
A
las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien
aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer,
quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas
de su terno de ceremonia.
—No
te olvides de poner la tarjeta en la puerta – recomendó Matías antes de partir
—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En
el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección.
Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando,
para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto
pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su
porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por
donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años,
cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no
había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola
cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus
fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia
repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en
evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de
abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al
menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando
llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo.
El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos.
Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la
pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un
portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la
espalda.
En
la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía
un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le
recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a
regresar – el reloj del Municipio acababa de dar las once – cuando detrás de la
vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba.
Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo.
Obsevándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un
poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones.
Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó
que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote
caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un
poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación
de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante
la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda
tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal
marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien
empleaba figuras semejantes, para demoler sus enemigos del Parlamento.
Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el
portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre
uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas
asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina
opuesta. Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba:
esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza
todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la
colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación,
los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón.
Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de
una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante
un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de
peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y
su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías
lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que
describían sutilmente
un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror. Desconcertado, se
volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba
como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando,
Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como
en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso
comercial perdido en el follaje.
Un
campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún
estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas
virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una
convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el
movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y
atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando,
al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres
canosos y ensotanados que lo espiaban,
inquietos. Esta inesperada composición – que le recordó a los jurados de su
infancia – fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y,
virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A
los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas.
Era el portero.
—Por
favor – decía — ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los
hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.
—¡Yo
soy cobrador! – Contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa
confusión.
El
portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la
avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras,
se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó
finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por
cerebro.
Cuando
los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de
su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una
humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente
eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por
todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por
un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a que su mujer lo
esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura,
tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una
sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los
brazos abiertos.
—¿Qué
tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
—¡Magnífico!...
¡Todo ha sido magnífico! – balbuceó Matías —. ¡Me aplaudieron! –pero al sentir
los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera
vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó
desconsoladamente a llorar.
(Amberes,
1975)
Julio
Ramón Ribeyro (1924-1994 - Lima, Perú. Uno de los mejores escritores
latinoamericanos.)
Ciro Alegría cuenta cómo era Vallejo como profesor de primaria
Caminamos hasta la esquina y,
volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y
alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a
quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo.
Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era
oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos
cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió
luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por
acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los
lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la
tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no
prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:
—Aquí te vas a sentar… Pon
adentro tus cositas… No, así no… Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más
grande, debajo y encima tu libro… También tu gorrita…
Cuando dejé arregladas todas mis
cosas, siguió:
—Muchos niños prefieren sentarse
más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho… Pero tú vas a ser un
buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?
Yo no sabía nada de las pequeñas
mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero
contesté con ingenuidad:
—Sí, mi mamita me ha dicho que
estudie mucho…
Él sonrió dejando ver unos
dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los
chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:
—Éste es un niño nuevo: llévalo a
jugar…
Entonces se marchó y vinieron
otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo.
“¡Serrano chaposo!”, comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los
habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron
a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:
—¿Sabes jugar la pega?
Le dije que no, y él sentenció:
—Eres muy nuevo para saber jugar…
Me dejaron para seguir
correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía.
Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta,
moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen
hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los
estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y
caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había
muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré
otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío.
Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban
pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de
un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo
no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a
sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había
puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él.
Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa,
apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y
él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos, me
iba diciendo sin que yo atinara a responderle:
—¿Por qué te pusiste a caminar?
¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su
patio… Este colegio es muy grande… ¿Estás triste?
Llegamos a nuestro salón y me
condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de
nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a
nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el
pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante,
nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de
banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. “Poeta es poeta”, me cuchicheó. La
personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme
muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad
dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención.
Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para
simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:
—Niñosh… la Tierra esh redonda
como una naranja… Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera
plana, esh redonda.
Hablaba lentamente, silbando en
forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago
de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los
moradores de las otras provincias de la región.
Se levantó después para dibujar
la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda,
no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio
como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y
desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente
maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara
sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó
anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una
de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus
dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo
como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire
muy distraído.
De nuevo en el salón, era hora de
estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó
junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi
sabiduría y le dije:
—Ya pasé Pato hace tiempo.
También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro…
Vallejo me miró inquisitivamente:
—¿Sabes también escribir?
A mi respuesta afirmativa, me
pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la
otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me
probó con otras palabras y una frase larga.
La cosa parecía divertirle.
Después me preguntó:
—Y si sabes leer y escribir, ¿por
qué te han puesto en primer año?
—Porque no sé otras cosas…
Entonces me dijo que fuera a
sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que
estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.
Miré a mi profesor.
César Vallejo —siempre me ha
parecido que ésa fue la primera vez que lo vi— estaba con las manos sobre la
mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz
mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más
enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos
oscuros —no recuerdo si eran grises o negros— brillaban como si hubiera
lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luído y, cerrando la abertura del
cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso
a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de
abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran
tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la
vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta
extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer
tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no
entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De
pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había
cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi
profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a
quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire
entre solemne y triste de ambos, tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me
antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo,
se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud.
Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de
Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado
y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que
ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y
nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío.
No veía las letras y quise llorar…
Así fue como encontré a César
Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí
sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El
tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios
en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en
estas líneas.
Por la noche, durante la comida,
me preguntaron en casa:
—¿Te gusta tu profesor?
—Sí —respondí.
Era inexacto. No me había gustado
precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin
producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi
abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones.
Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después
de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se
parecía a Cayo Oruna. Tiempo después, supe que, al leer la carta, mi madre
había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su
pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados
horizontes andinos.
En Trujillo, Vallejo tenía
detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las
de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía
Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su
admiradora incondicional. “¡Es un gran poeta, es un genio!”, decía casi
gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que,
cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de
Vallejo. Avanzó hacia nosotros.
—A ver, Rosita, quiero que me
expliques esto: ¿Dónde estarán sus manos que en actitud contrita, planchaban en
las tardes por venir? ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame…
Mi tía Rosa tomó el diario y, a
medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que
era se irguió por fin llena de rabia:
—Éste es un hermoso poema y si no
lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto…
La discusión se armó de nuevo.
Mientras tanto, yo continuaba
yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía,
religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a
cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En
cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que
ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando
los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo
de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con
nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y
éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las
aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: “¡Ahí va Vallejo!”, “¡Ahí va
Vallejo!”.
Algo que le complacía mucho era
hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día.
He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través
de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su
lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar
nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente,
nos decía: “Vamos a conversar”… Cierta vez, se interesó grandemente en el
relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la
hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba
con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una
pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos
con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el
recreo, me dijo: “Has contado bien”. Sospecho que ése fue mi primer éxito
literario.
No siempre le producían placer
nuestros relatos. Un día, llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El
pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor —tenía
la boca y el entrecejo fieramente fruncidos—, no pudo decir casi nada, repitió
varias veces la misma frase y de repente se calló. “Siéntese”, le ordenó con
cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los
brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se
incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó
hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó
un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita
trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia
del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces
y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo
arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.
Pero había ratos en que la
alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas y entonces era uno más
entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse
tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido
comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos
comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos
caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa
generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo,
con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección,
pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas, miradas exploradoras
sobre toda la clase. Cuando descubría algún delincuente, se erguía con una
sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: “¿No he dicho que no coman
cuadrados en clase? En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con
aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más
próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender
a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales
batidas, nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de
felicidad.
El reglamento prescribía el
castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus
lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los
que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora
de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no
otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de
tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las
cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de
primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón
de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.
Por las mañanas, llegaba a clase
minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable.
Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la
creación o a trasnochar en compañía de amigos —que lo eran suyos todos los
escritores jóvenes de la ciudad— o a sus estudios de universitario, de modo que
el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta
mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a
tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa
que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida.
Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas
y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.
Fuera del colegio, sus versos
continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y
laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor
había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de
cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés.
Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante
esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza
habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.
Me conmovió mucho el asalto, no
alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto
un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a
examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir
a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y
guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis
cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en
mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de
que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso
diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me
resultaba muy difícil.
Lejana vibración de esquilas
mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus
angustias.
A buscar la palabra esquilas. A
buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y
dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y
desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo
poema, pude captar al gallo (“aleteando la pena de su canto”). Entendiendo y no
entendiendo, el poema “Aldeana”, uno de los primeros publicados por Vallejo, me
pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores
de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre
escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a
fin y al leer “Idilio muerto”, la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados
meses, me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las
manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había
comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande… Entregué a tía Rosa sus
recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus
momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus
preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si
hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca
de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus
versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza… bueno, Cayo Oruna… y uno está
tan solo a veces… Porque yo me sentía muy solo en el colegio… Los muchachitos
solían burlarse de mi condición de “serrano” y de que tenía chapas y era muy
ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una
gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese
hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena
y con sus versos…
Y el profesor, que era a la vez
un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las
horas de conversación, me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo
que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que
vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los
ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos y podía reconocer por
el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además
era adivino. Una tarde me preguntó: “¿Tú lees otros libros?”. Le informé y me
dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que
cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis
parientes o yo compraba con mis propinas y también las revistas y libros que mi
tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces,
Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me
había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido
y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas
casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle
que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos
poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría
hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando
una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del
pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que
comenzaba así:
¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.
Los jueves por la tarde, íbamos
de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la
pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas
tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos
que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo
apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran
silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil,
con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al
fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados
por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y
que en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme.
Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en
vano que me permitiera marcharme. “¿Puedo irme?”, le pregunté. Su silencio y su
inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a
dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota…
En el tiempo que siguió —creo que
ya habíamos pasado del medio año de estudios— nuestro profesor me trataba con
cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino, me daba una amistosa
palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños,
hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: “Éste es un muchachito
al que le gusta leer”, y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y
progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta
predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en
cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda
de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido
explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase.
Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie,
ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los
maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:
—¿Y qué? Es profesor y eso es
bueno…
—¿Crees que ser profesor es una
gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año… Un
“muertodehambre”…
Recién comencé a darme cuenta del
desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era
miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico
famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre
profesor, dijo:
—Ni siquiera como poeta sirve…
mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.
—Es un gran poeta —repliqué muy
afirmativamente.
—¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque
te deja leer libros, puedes hablar?
—Es un gran poeta —insistí.
—A ver, dinos por qué es un gran
poeta…
No supe qué razones aducir.
Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido
decir algo definitivo.
—Dinos ahorita mismo por qué es
un gran poeta —repitió mi oponente.
Yo estaba perplejo. Como a
algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.
Día a día, lección a lección, el
año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a
todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se
realizaría a fines de diciembre.
La fecha llegó. Esa noche, el
gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala.
Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba
al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi
todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron
acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer
año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un
lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella,
grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera
blanca y tanta luz… y entre tanta cabeza sin carácter.
No viene al caso que detalle la
ceremonia. Es sí pertinente, que refiera que no me tocó ningún premio porque,
como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y
los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto, Vallejo abandonó el
estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la
mano, recordó lo ocurrido y me dijo: “No te importe la suerte”. Cambió algunas
palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las
vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de
volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la
penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada,
casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.
Cuando el rector, solemnemente,
declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y
salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus
familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de
la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos… Pude haberle dicho adiós, pues
no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no
dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión
de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y
distancias.
De: http://copypasteilustrado.wordpress.com/
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1909-1967 - Perú
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1892-
1938 - Perú
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A mis querid@s talleristas... Porque para hacer el pan de la docencia hacen falta harina y agua y manos y fuego. ¿Quién es quién al desgranarlo? Ése es el humano misterio de esta hambre de la creación.
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