martes, 30 de julio de 2013

Uno de "los ingenieros del alma" que no aceptó directivas- Mijaíl Mijáilovich Zóschenko

Mijaíl Mijáilovich Zóschenko







(San Petersburgo,29 de julio de 1895 - Leningrado, 1958) Escritor ruso. Cursó estudios de derecho antes de ingresar en el ejército en 1915, siendo condecorado en cinco ocasiones por su valentía. Entre 1917 y 1920 realizó los más diversos trabajos y viajó por toda Rusia.

Es autor de centenares de cuentos en los que, desde un prisma humorístico y un planteamiento genérico cercano al cuadro de costumbres, describe situaciones absurdas generadas por el triunfo de la Revolución y la implantación del comunismo en su patria. Sin embargo, la diana a la que apuntan sus dardos satíricos no está tanto en el nuevo régimen establecido como en el personaje tipo del ruso medio, anclado en un egoísmo burgués que conserva y acentúa esos defectos que pretendía abolir la Revolución.

No es de extrañar, por ende, que fuera acusado de mal patriota y expulsado, en 1946, de la Unión de Escritores de su país. Años atrás, había formado parte del grupo literario ruso conocido como los Hermanos de Serapión, fundado en San Petersburgo en 1921 y disuelto al cabo de un decenio. En él se agrupaban algunos jóvenes narradores partidarios de la libertad absoluta del creador y defensores del cuidado extremo en las técnicas y formas narrativas.

La estructura básica de los relatos de Zóschenko parte del skaz o cuento coloquial ruso, escrito en primera persona, al que nutre de una grotesca fraseología pseudoculta, plagada de confusas expresiones y consignas comunistas mal digeridas por sus personajes. Sus colecciones de relatos más famosas son los Cuentos de Nazar Ilich, señor Sinerbriuchov (1922) y Cuentos sentimentales (1929). A raíz de la acusación de antipatriota que cayó sobre él, pretendió variar el registro de su prosa, y dio a la imprenta otros relatos recogidos en Kerenski (1937) y Taras Shevchenko (1939).

Siguió intentando amoldarse a los dictados del realismo socialista con escaso éxito en Historia de una vida, ambientada en la construcción del canal del Mar Blanco por los prisioneros políticos, aunque eso no le salvó de ser anatemizado por la burocracia, lo que truncó definitivamente su vida literaria en 1946. Su obra más importante, sin embargo, es la autobiografía Antes de que se oculte el sol (1943-1972), que marcó un verdadero hito en las técnicas narrativas de memorias en Rusia, al privilegiar la introspección por sobre el relato propiamente biográfico, incluyendo recursos psicoanalíticos, que critica en un hábil intento de agradar a las autoridades que lo habían prohibido, y a la teoría de los reflejos condicionados de Iván Pávlov.


De: © Biografías y Vidas, 2004-13.

                          
Excluido de la Asociación de Escritores Soviéticos,
censurado, obligado a sobrevivir de sus traducciones,
como muchos otros, a quienes Stalin no perdonó rebeldías.
Los totalitarismos, de izquierda y de derecha,
no admiten actos libertarios.




LA PSIQUIATRÍA


Ayer estuve en la clínica para curarme. Había un enorme gentío. Casi como en el tranvía. Lo más curioso de todo era ver la hilera de gente que quería consultar al psiquiatra. Yo le dije a mi vecino:
– ¿Sabe usted? Lo que me asombra es la cantidad de gente que está enferma de los nervios. Forman una mayoría abrumadora .
Un  ciudadano  bastante  gordo,  que  posiblemente  había  sido antes un verdulero o quién sabe qué demonios, dijo:
– ¿Qué tiene eso de  extraño? La humanidad  quiere comerciar, y aquí lo único que puedes hacer es mirar. Por eso yo estoy enfermo.
Otro,  de  semblante ceroso,  seco, con  una vieja guerrera, salta y dice:
– Oiga usted, cuidado con lo que dice, porque, de lo contrario, voy a telefonear a donde corresponde y ya le darán a usted humanidad.
Un hombre con bigote gris pretendió aplacar los ánimos.
– ¿Qué le importa a usted esa gente? –dijo, dirigiéndose al del rostro ceroso–.  Son  simplemente  ignorantes. No saben nada. No; las enfermedades nerviosas tienen causas mucho más profundas. La humanidad está desbordada. La razón del auge de las enfermedades nerviosas está en la ciudad, en los tranvías, los  balnearios...  la civilización, en suma.  Nuestros antepasados de la Edad de Piedra vivían y bebían a placer, y hacían esto y aquello sin resentirse de los nervios. Hasta creo que entonces ni siquiera tenían médicos.
Y el de la cara cerosa dice:
– ¡Ah!, no le gusta la civilización, ¿eh? ¿No le gusta nuestra administración?  Bonita  manera  de hablar, dentro  de un establecimiento soviético. No mezcle usted la ciencia con sus opiniones burguesas. ¿Sabe usted cómo se arreglan esas opiniones?
En este momento llama el médico:
– El siguiente.
Y el hombre de rostro ceroso, con su vieja guerrera, se apresura, sin terminar la frase, y desaparece detrás del biombo.
Al poco rato oímos que al otro lado del biombo el enfermo dice:
– En realidad, estoy completamente bien; lo único que padezco es de insomnio. Duermo mal. Recéteme  algunas  gotas  o algunas píldoras.
El médico le contesta:
– No, píldoras no le receto. No hacen más que perjudicar. Yo me atengo a los modernos métodos terapéuticos. Yo busco la causa de la enfermedad y la ataco en su raíz. Ese es mi método. Usted tiene el sistema nervioso deshecho. Y ahora le pregunto: ¿Ha sufrido usted alguna emoción? Piense bien.
En un principio, al enfermo le cuesta comprender; luego suelta diferentes sandeces, y, por fin, afirma que no ha sufrido nunca emoción alguna.
– Piense usted bien –insiste el médico–. Es muy importante recordar  la  causa. Ya  la  encontraremos,  la  analizaremos, y quizá vuelva usted a recobrar la salud.
El enfermo repite:
– No, no he sufrido emociones.
– Está bien –dice el médico–; quizá se ha excitado por algo.
Alguna excitación violenta, algún trauma, ¿eh?
– Sí, una vez tuve una emoción, pero hace ya mucho tiempo, quizá diez años.
– Diga, diga –insiste el médico–. Eso le aliviará. Es decir, que se ha estado atormentando durante diez años. De acuerdo con mi método, tiene usted que contarme esa vivencia abrumadora. Y entonces se sentirá usted más aliviado y podrá volver a dormir.
El enfermo carraspea un poco, reflexiona y empieza a contar:
– Acababa de regresar del frente. No había estado en casa desde hacía medio año. Llego y subo la escalera. Mi ropa, naturalmente, se hallaba en bastante mal estado. El capote y los pantalones. Por todas partes pululaban los piojos. Y de este modo me llego hasta mi esposa, a quien no había visto desde hacía medio año. Me dirijo, pues, hacia ella, pensando que no está bien presentarse con un aspecto tan desastrado ante mi mujer. Entro en  la habitación y veo que  allí hay una mesa. Y sobre la mesa, vodka y arenques. A la mesa está sentado mi sobrino  Mishka.,  el cual rodea con  el  brazo el cuello de mi mujer. No,  no; esto no me  soliviantó lo más mínimo. No; yo pensé: “¿Acaso una mujer joven no puede dejarse abrazar?” En ese momento, los dos me ven. Mishka coge rápidamente la botella de vodka y la esconde debajo de la mesa. Mi mujer dice: “Buenos días.” Esto tampoco me excitó, y le di los buenos días. Entonces me fijo en que Mishka lleva puesta mi chaqueta. Mire usted, yo nunca he sido pendenciero ni he concedido demasiado valor al derecho de propiedad, pero aquella conducta me hirió profundamente. Sentí angustia y noté que el corazón me dolía. Mishka me dice: “Me  he  puesto su  chaqueta como un
disfraz, nada más. Sólo por broma.” Yo grité: “¡Quítate la chaqueta, cerdo!” Mishka dice: “¿Cómo voy a desnudarme delante  de  una dama?” Yo grito: “Aunque hubiese seis  damas, te quitas la chaqueta, cerdo.” De pronto Mishka  coge la botella de vodka y me da con ella en la cabeza...
En este punto el médico interrumpe el relato y dice:
– Ahora se comprende todo. Y desde ese momento padece usted de insomnio y duerme mal.
–  No  –dice el enfermo–;  entonces  todavía dormía  bien.
Precisamente entonces dormía a pierna suelta.
El médico dice:
– ¡Ah! Pero cuando se acuerda de esa ofensa no puede dormir, ahora lo veo claro: el solo recuerdo ya le soliviantaba.
El enfermo contesta:
– Bueno. En el primer momento, quizá. Pero, por lo demás, hace mucho tiempo que lo he olvidado. Desde que me separé de mi mujer ya no he vuelto a pensar en ello ni una sola vez.
– ¡Ah! ¿Está separado de ella?
– Sí, me separé. Y me casé con otra. Y luego con una tercera, y después con una cuarta, y he dormido siempre admirablemente. Pero desde que mi hermana llegó del pueblo y se instaló en mi habitación con todos sus niños, he dejado de dormir. Llego del trabajo a casa, me echo, y no puedo conciliar el sueño. Los críos andan alrededor, arman jaleo, juegan y se burlan de mí. Y no puedo dormir.
– Un momento –dice el médico–; de modo que son los niños los que no le dejan dormir.
– Naturalmente. Ellos son los que me molestan. Pero aun sin ellos tampoco puedo dormir. La habitación es pequeña y, además, es un lugar de paso. Y hay mucho trabajo. Y la alimentación es insuficiente. Uno está cansado. Pero uno se echa y no puede dormir.
– Bueno, pero si no estuviesen los niños..., sí. Supongamos... que hay silencio absoluto en la habitación.
– Tampoco puedo dormir. Durante las fiestas, mi hermana se marchó al campo con los niños. Cuando empezaba a dormirme, llegó la vecina –esa mala arpía–; llevaba unas brasas de carbón y pasó por mi cuarto. Tropezó y me echó el carbón encima. Quiero dormir y me doy cuenta que no puedo hacerlo porque la manta se quema. Y al lado, además, alguien toca la mandolina. Y los pies se me abrasan.
– Oiga usted  –dice entonces el médico–, ¿a qué diablos viene a verme?  Vístase. ¡Está bien, está bien! Le recetaré unas pastillas.
Detrás del biombo se oye suspirar y bostezar, y al poco rato aparece el hombre del rostro ceroso.
– El siguiente –dice el médico.
El hombre gordo que antes se había mostrado tan preocupado por el libre comercio, desaparece detrás del biombo. Pero mientras se dirige hacia allí, hace un ademán de desilusión con la mano y murmura:
– No es un buen médico. Muy superficial. Este tampoco me curará.
Contemplo  su  cara y  veo  que  seguramente tiene razón.  La medicina no podrá curarle.


De: milcuentosrusos.com



EL PROPAGANDISTA


El guarda de la escuela de aviación Grigori Kosonósov se fue de vacaciones al pueblo.

–A ver, camarada Konsósov –le decían sus compañeros antes de su partida–, allá en el pueblo, pues eso, allí nos hará propaganda. Dígale a los paisanos que, en fin, que la aviación se desarrolla… Puede que sus paisanos suelten la mosca para comprar un avión.

–Que os haré propaganda podéis estar seguros –decía Kosonósov–. Otra cosa no sé, pero hablar de la aviación, tranquilos, que hablaré. 

Kosonósov llegó a su aldea en otoño y el primer día de su llegada se dirigió al Soviet.

–Pues eso –dijo–, quiero hacer propaganda. En considerando que he llegado de la ciudad, ¿no se podría organizar una reunión?

–¿Por qué no? –dijo el presidente–. Tú prepara tu discurso, que yo mañana reúno a la gente.

Al día siguiente el presidente del Sóviet reunió a los mujiks y al bombero del cobertizo.

Grigori Kosonósov se presentó, saludó a los reunidos y, por la falta de costumbre, algo cohibido, empezó a hablar con voz temblorosa.

–Pues eso, hum… –dijo Kosonósov–, la aviación, camaradas campesinos… Como sois gente, claro, de pocas entendederas, pues eso, os hablaré de la política… Aquí, digamos que está Alemania, y aquí está Jersón. Aquí esta Rusia, y aquí, pues eso, lo otro…

–Oye, muchacho, ¿de qué nos estás hablando?

–¿Cómo que de qué? –dijo ofendido Kosonósov–. De la aviación os hablo. Que se desarrolla, o sea, esta aviación… Aquí está la Rusia y aquí China…

Los presentes guardaban un turbio silencio.

–No te líes –gritó alguien de atrás.

–Yo no me lío –replico Kosonósov–. Hablo de la aviación… que se está desarrollando, camaradas campesinos. Nada puedo decir en contra. Las cosas son como son. Y yo no voy a discutirlo…

–No se entiende –exclamó el presidente–. A ver, camarada, acérquese a las masas, hable para que lo comprendan.

Kosonósov se acercó a la gente y después de liarse un pitillo, soltó:

–Pues bien, camaradas campesinos… Nuestra gente construye aeroplanos que luego vuelan. Es decir que van por el aire. Aunque alguno no se aguanta y se estrella contra el suelo. Como le pasó al camarada Yarmilkin. Subió, subió, pero luego se estrelló de tal manera que las tripas se le esparcieron…

–Pues claro –comentaron los mujiks–. Si no, sería un pájaro.

–Pues eso es lo que digo –se alegró Kosonósov por el apoyo–. Que no es un pájaro. Porque si un pájaro se cae, se sacude las plumas y luego sigue su camino. En cambio aquí, toma, chúpate esa… También otro piloto, el camarada Mijaíl Popkov… Ese puso a volar y todo iba como la seda hasta que, zas… Se le dañó el motor… Y a tomar vientos…

–¿Y? –preguntaron los campesinos.

–Os lo juro… Y otro que se cayó en un árbol. Y se quedó colgado, el muy… El susto que se llevó… No paraba de jurar el pobre; cómo nos reímos… Las cosas que llegan a pasar… Y otra vez se nos metió una vaca en una hélice. Los cuernos por aquí y por las tripas Dios sabe donde, era imposible aclararse. A veces también se nos cruzan perros.

–¿Y caballos? –preguntó un murik–. ¿No me digas que caballos también, muchacho?

–También caballos, también –dijo Kosonósov–. Muy fácil.

–Malditos trastos, que los parta un rayo –dijo alguien–. ¡Vaya ocurrencias! Triturar caballos… ¿Y esa industria es la que se desarolla, muchacho?

–¿No os digo que sí? –dijo Kosonósov–. Ya lo creo que se desarrolla, camaradas campesinos… Por eso os pido que reunáis lo que podáis y contribuyáis.

–¿Contribuir a qué, muchacho? –preguntaron los campesinos.

–A construir un aeroplano –dijo Kosonósov.

Los mujiks abandonaron la sala con una sonrisa siniestra dibujada en la boca.


Mijaíl Zóschenko, Matrimonio por interés y otros relatos (1923-1955), El Alcantilado, 2005, pag. 90-93. Traducción de Ricardo San Vicente.

De: NarrativaBreve.com de Francisco Rodríguez Criado (un generoso difusor de cultura)



Amor


El baile acabó muy tarde.
Vasia Chesnokóv, cansado y sudoroso se hallaba ante Mashenka, diciéndole con tono suplicante:
—Espere, vida mía... Espérese al primer tranvía. ¿Dónde va usted? ¡Por Dios!... Aquí podemos espesar sentados tranquilamente... Y usted se empeña... Espérese al primer tranvía, por lo que más quiera. Además, está usted sudando y yo también... Con la helada, podríamos enfriarnos...
—No —dijo Mashenka, poniéndose los chanclos—. Menudo caballero está usted hecho. No se atreve a acompañar a una dama porque hiela.
—Estoy sudando —decía Vasia, a punto de echarse a llorar.
—Ande, póngase el abrigo.
Vasia Chesnokóv se puso la pelliza dócilmente, y salió a la calle con Mashenka, cogiéndola del brazo.
Era una noche fría de luna. La nieve crujía bajo los pies.
—Es usted una damita muy intranquila —dijo Vasia Chesnokóv, mirando entusiasmado el perfil de Mashenka—. Por nada del mundo hubiera acompañado a otra mujer. Palabra, que sólo lo he hecho por amor.
Mashenka se echó a reír.
—Se ríe usted y lo toma a broma —dijo Vasia— pero realmente, Masha Vasilievna, la adoro, la amo apasionadamente. Si me dijera usted: «Vasia Chensnokóv, tiéndase en los raíles y permanezca ahí hasta que venga el primer tranvía» yo le obedecería. Palabra...
—¡Quite usted! —exclamó Mashenka—. Es preferible que observe cuánta belleza hay en torno a nosotros cuando brilla la luna. ¡Qué preciosa está la ciudad de noche! ¡Qué maravilla!
—Sí; espléndida belleza —dijo Vasia, mirando con cierto asombro los muros descascarillados de una casa—. Verdaderamente, es una preciosidad... Masha Vasilievna, también la belleza influye cuando se ama... Muchos sabios niegan el sentimiento del amor, yo no. La querré a usted hasta la muerte. Podría llegar al mayor sacrificio. Palabra... Si me mandase usted que me estrellara contra esta pared, lo haría.
—Bueno, bueno —dijo Mashenka, no sin cierto agrado.
—Palabra que me estrello. ¿Quiere?
En esto, la parejita llegó al canal Kriukov.
—Palabra —comenzó de nuevo Vasia—. ¿Quiere que me tire al canal? Diga, Masha Vasilievna. No me cree usted, pero se lo puedo demostrar...
Y, asiendo la barandilla, Vasia Chesnokóv hizo ademán de tirarse.
—¡Ay! —gritó Masha—. ¡Vasia! ¿Qué ha ce usted?
De repente, apareció por la esquina una sombra tenebrosa, que se detuvo junto al farol.
—¿Por qué chilláis? —preguntó la sombra, observando con atención a la parejita.
Masha, horrorizada, dio un grito, arrimándose a la barandilla.
El hombre se acercó a Vasia y lo zarandeó por la manga.
—Oye tú, idiota —dijo con voz sorda—. Quítate el abrigo. ¡Rápido!.. Como rechistes, te doy en la cabezota y te mando al otro barrio. ¿Te has enterado, canalla? ¡Quítate el abrigo!
—Es-pe-re-ee —balbució Vasia, queriendo decir con esto: «Por favor, ¿qué ocurre?»
—¡Venga! —ordenó el hombre, tirando de la pelliza.
Con las manos temblorosas, Vasia se la desabrochó y se la quitó.
—¡Descálzate! ¡También necesito los zapatos!
—Es-pe-re-ee —tartamudeó de nuevo Vasia—. Por favor... Está helando...
—¡Venga!
—A la señorita no la molesta usted. Y a mí me dice que me quite los zapatos —pronunció Vasia, ofendido—. Ella tiene una buena pelliza y chanclos...; en cambio, yo debo descalzarme.
El hombre miró tranquilo a Masha, y dijo:
—Si le quitase a ella la pelliza, tendría que llevarla en la mano, el bullo podría traicionarme. Sé lo que hago. ¿Te has descalzado ya?
Atemorizada, Mashenka miraba al hombre sin moverse. Vasia Chesnokóv se sentó en la nieve y comenzó a desatarse los zapatos.
—Ella lleva una pelliza —dijo por segunda vez Vasia— y chanclos, en cambio, soy yo el que tiene que deshacerse de todo por los demás...
El hombre se endosó la pelliza de Vasia, metió los zapatos en sus bolsillos y dijo:
—Estáte quieto, no te muevas, y no castañetees. Si gritas o te mueves, no lo contarás. ¿Te has enterado, imbécil? Y tú, jovencita...
Rápidamente, el hombre se abrochó la pelliza y desapareció.
Vasia se encogió, con expresión avinagrada. Permanecía sentado en la nieve, mirándose con desconfianza los pies enfundados en los calcetines blancos.
—¡La hemos arreglado! —dijo, echando una ojeada rabiosa a Mashenka—. Fíate de acompañar a las damas...
Cuando dejaron de oírse los pasos del atracador, Vasia Chesnokóv se puso a patear en la nieve, y gritó con agudísima voz:
—¡Guardia! ¡Ladrones!
Después, levantándose, se fue corriendo por la nieve, dando saltos y sacudiendo los pies con espanto.


De: yovivoenella.blogspot.com

No hay filo más poderoso que la escritura
para cortar las ligaduras de la esclavitud.
Ya lo decía José Martí:
"Mi verso es como un puñal
que por el puño echa flor"



domingo, 28 de julio de 2013

Bajo la Serpiente de los Huesos Blancos -6-




Eduardo Varela, 
nuestro querido compañero de Poesía 
en el Taller de Pasiones Literarias, 
también se ha interesado por la pintura
desde muy joven.

Ante la propuesta de participar enviando 
textos o expresiones de arte plástica 
referidos al Invierno,
nos responde con dos de sus obras:
















Te agradecemos, Eduardo, 
y que tu entusiasmo intelectual
y tu trabajo paciente 
mantengan encendido ese fueguito que, 
como dice Galeano, 
te identifica como un ser especial. 

Las Tragamonedas

“Buenas noches, señora, acuérdese de entrar la ropa si empieza a llover. Mañana a las 7 estoy aquí para darles el desayuno a los muchachos. Gracias por el adelanto.”

Con ansiedad toma Mabel su bicicleta y sale rápidamente.
Las calles de la pequeña ciudad están vacías; en la oscuridad, el parpadear luminoso de un letrero muy grande y distante como a tres cuadras agiliza su pedaleo. Antes de entrar se acomoda la ropa y deja colgada del manillar la bolsa, con unos vestidos usados que le había regalado la señora.

- ¡Oscar! Ah, ya estás acostado, se me fue la hora  en las maquinitas. No pienso comer, tengo tanto cansancio.
- Bueno, mujer, igual no hay nada….Hoy la fábrica no trabajó así que no pude ir al almacén. Mi madre me trajo un plato de guiso. Lavá los platos de pas…  ¡Gol! ¡Goooool! ¡Mirá vos!  ¡Qué golazo metió Pacheco!

Mabel no responde, se mete en la cama y se duerme a pesar del volumen alto del televisor.

Apenas amanece monta apurada su bicicleta hacia  el  trabajo. Prepara el desayuno para toda la familia y, cuando queda sola,  se sienta a disfrutar del café con leche calentito y las medialunas  recién salidas del horno que compra de pasada todas las mañanas y que el panadero anota en la cuenta de los patrones. Suena el teléfono.

“Holá, sí, soy yo… Trabajando un poco, qué más  remedio. ¿Qué es de tu vida? Hace pila que no te veo jugando”. Mientras escucha  va asintiendo con la cabeza.   “Mirá,   justo me voy a dar un baño tibio de espuma y a enterarme de lo de Tinelli y Maradona.  ¡No sabés lo grande que es la pantalla del baño principal! Llegó el lechero, te dejo….”

A la tardecita oye  llegar un auto. “Debe de ser la señora”, piensa mirando el reloj.
- Hola…llegué. ¿Alguna novedad?  Hacé unas milanesas con puré para la cena. Si querés,  después de lavar los platos, te podés ir.  Yo tengo una reunión con amigas, me cambio y me voy”.
- No tengo apuro, señora, aprovecho a planchar y ver la novela…  El Óscar mira el fútbol todas las noches y mis muchachos están trabajando en la capital, así que…”
Pero la dueña de casa ya estaba en el primer peldaño de la planta alta.


Olga
GRUPO ALAS


"El Señor de las Prosas", el maestro del poema en prosa: Gabriel Miró

28 de julio de 1879 - Alicante


La cabeza de piedra, su alma y la gloria


La cabeza de piedra pasaba siglos de tedio al lado de una ojiva, en la cantonada más húmeda y fosca del claustro. El artista le dejó toda su alma, y la cabeza pensaba: «Se me va exprimiendo la piel de mi piedra en este olvido. Nadie me nombra; no me quiere ni el sol. Si el que me crió con aquellas manos que ardían y vibraban por dentro, me puso su alma y semejanza para que yo perpetuase su recuerdo, se engañó como en toda la vida desdichada de su carne. Escasos son los que reparan en mi presencia: dos enamorados que vinieron a mi soledad y se besaron mirándome; un hombre muy triste y muy pálido, que sonreía lo mismo que mi boca, y me dijo: "Estoy sufriendo como tú has sufrido"; una mujer que me arrancó una hierbecita en flor que me había salido en una herida de las sienes y se la guardó entre sus pechos, que temblaban... En cambio, esas gárgolas horribles de todo gozan, y se hablan y cantan; todas las gentes las ven y las celebran. ¡Cómo se reirán esos monstruos de mis pensamientos!».
Los monstruos no sabían que la cabeza pensara, quizá porque ellos, para decirse las cosas, sólo necesitaban la laringe de cañuto de plomo que les horadaba toda la figura. Eran un vampiro y un chacal; pertenecían a las vertientes grandiosas de la nave, de la linterna, de los contrafuertes, de las torres. La gárgola-vampiro tenía casi dobladas sus alas diablescas y una buba verde les roía las puntas de los cartílagos; sus orejas humanas se erguían ávidas del alborozo de los campaneros, de los gritos de los pájaros que rodeaban las agujas y veletas, del tránsito de los claustros, y su boca de mala vieja, que chupó la sangre helada de los difuntos, se había desgarrado de tanta agua que le iba pasando. La gárgola-chacal estaba agazapada detrás del Tiempo; parecía que sus flancos, sus músculos, sus huesos, fuesen a recrujir y quebrarse, y sus patas delanteras se estiraban eternamente las fauces para dar toda la lluvia de los cielos.
Y el alma de la cabeza de piedra decía:
-Yo penetro toda tu forma; estás embebida de mí; te abrazo y te llago, y sigues siendo hermosa y perfecta, y en tu serenidad hay siempre un temblor como el parpadeo de las ascuas...
Pero la cabeza de piedra le respondía:
-¡Mira las gárgolas! Al vampiro le llega el rumor de la vida del aire y de las piedras altas y el que le sube del huerto y de los claustros, y en su boca podrida le brota una fuente. El chacal se atormenta por llenar el estanque; pero, en cambio, todos le miran, y el estanque duerme después sus aguas para que él se complazca viéndose en ellas y en ellas vea el mundo. Esos monstruos padecen, pero alcanzan su gloria. ¡Alma: yo quiero ser gloriosa! ¡Un poco de justicia es lo que pido!
El alma sonreía entre los labios amargos de la piedra:
-Un picapedrero hizo y colgó tendidamente a los pobres monstruos. El vampiro no oye nada de lo que tú sientes. El chacal no se esfuerza; no crujirá su cuerpo. Sólo darán el agua que les llegue por los tejaroces; no nace de su piedra, y les pasa por un alma vacía; tienen el alma atravesada y hueca, en tanto que tú estás toda traspasada y henchida de mí...
La cabeza le interrumpió:
-¡Ahora están las gárgolas magnificadas de sol, y ellas se contemplan en la alberca, y todos las miran! Alma: ¡tú no me has dado la gloria!
Las gárgolas se veían en las aguas inmóviles, y veían las nubes, el azul, los vuelos de las aves excelsas, una campana candente de sol, un trozo de las noches estrelladas, un rato de luna... Y las gárgolas decían: «¡Estamos más altas que las aves, que las campanas, que el azul, que las nubes, que las estrellas y la luna!».
La cabeza de piedra le gritó a su alma:
-¡Esos monstruos mienten! ¡Dame la gloria y los confundiré! ¡Un poco de justicia de los hombres es lo que pido!
Pero los hombres pasaban sin hacerle caso: los devotos, los mendigos, los curiosos, los capellanes, el prelado, y el gobernador militar, y el gobernador civil, y los diputados rurales, y el Ayuntamiento con sus maceros, que acudían algunas mañanas de oficios solemnes, todos solían pararse a mirar la alberca y las grutas apócrifas con musgos y céspedes, y después alzaban los ojos a las gárgolas.
Y el alma, que era todo simplicidad desde que se había hecho forma, pensaba: «¡Cuánta gárgola viene a cortejar las otras!».
La cabeza de piedra se enojó.
-Humanaste mi piedra, y petrificas la carne, y carne de personalidades. Son personalidades; son hombres. ¡Dame la gloria humana!
Y el alma gimió:
-Ten la mía. Estoy dándote mi gloria desde que fuiste creada.
Y porfió la cabeza:
-La tuya no me sirve. Yo quiero ser gloriosa y que todos lo sepan.
Entonces el alma sollozó; debió quejarse y conmoverse tanto toda su piedra, que vino un arqueólogo; estuvo mirándola y palpándola. Consultaba un librillo, y volvía a tocar y contemplar la escultura; la rascó, la midió, la fregó con la manga de su levita de sabio. Y resplandecieron sus ojos y sus quevedos.
-¡Un hallazgo! -gritó.
Acudió gente. Acudió el cabildo, el prelado, el gobernador militar, el gobernador civil. Vinieron los diputados rurales, y el Ayuntamiento bajo mazas, y un Patronato, y una Comisión, otra Comisión...
La cabeza de piedra exaltose de felicidad:
-¡Alma, alma: me parece que ya está aquí la gloria, la gloria, la gloria!
Y como sintió que el alma palpitaba, le dijo:
-Palpitas lo mismo que mi piedra.
Y sonrojose el alma, porque, sin querer, también se había complacido; pero en seguida se recogió en silencio austero y amargo.
Las gentes abrazaban y elogiaban al arqueólogo.
-¡Le van a glorificar como si ese hombre fueses tú! ¡Me quitan la gloria! ¡Alma!
Y el alma suspiró:
-Ya no te apenes. Los hombres te harán justicia. Es inevitable tu gloria.
Y sintió la cabeza que la miraban unas pupilas gordas de cristal desde una caja de fuelles negros; después le encolaron un tejuelo sobre la nuca, y la dejaron encima de un pilar roto, en una estancia desnuda, callada, de color de ceniza, de techumbre de vidrios.
Y pasó tiempo y tiempo, y la cabeza de piedra llamó a su alma.
-¡Yo me aburro, alma! Aquí nadie me mira, y yo nada veo. ¿Dónde me han traído? ¿Es que era tu enemigo aquel hombre sabio que te descubrió? Alma, ¿no me oyes?
El alma le dijo bostezando:
-¡Casi no te oigo! ¡Es muy posible que esté muriéndome definitivamente en este Museo; porque esto es un Museo; es decir, tu gloria!
-¿Esto es la gloria que yo codiciaba? Alma: yo me canso; yo no quiero esta gloria; dame la tuya; ¿cuál era la tuya?
Y el alma le dijo:
-Ya no puedo darte mi gloria, porque la he perdido. Mi gloria era sublimar el beso de dos enamorados que buscaban el olvido de mi rincón; confortar al hombre pálido que sonreía como tu boca; ofrecer entre mis sienes la planta que acariciaba los pechos; era mi gloria prender el ansia de excelsitud hacia las aves que rodeaban las agujas; el júbilo y serenidad de infinito que resplandecía en las campanas; atraer un deseo de purificación contrita y deliciosa que inspiran los cielos estrellados y las noches de luna; y se había de sentir mi raíz de humanidad en lo hondo y elevar los ojos con la conciencia del dolor de la distancia, y no mirarlo todo bajo nuestra frente como las gárgolas; mi gloria era dejar en el silencio de los corazones y en el limitado recinto de mi mundo una emoción más grande, mucho más grande que yo que la originaba o evocaba...
Desfalleció el alma, y la cabeza de piedra quedose, para siempre, mirando un muro de color de ceniza, liso, frío, con un rótulo que decía: «Se prohíbe escupir».

Estampas de un león y una leona
El desierto
La leona venía despacio, dulce, tibia, encarnada de sol poniente, un sol redondo, de hierro vivo de fragua, que humeaba al entrarse en el arenal. Caminaba sintiendo el ritmo de todo su cuerpo, la sensación resbaladiza de sus ijares sudados, la condescendencia de su cola, que le pesaba blandamente de anca en anca. Le parecía que iba abriendo el silencio como una hierba tierna.
A media tarde, por el arco del horizonte, pasó una caravana, una larga hilera de camellos flacos, que, al recoger el olor de leona, se precipitaron a grandes zancadas, estampando rápidos triángulos en el azul. Y después, ni una nube, ni un ave, ni una ola de aire había removido la soledad del desierto y del cielo. Todo crispándose, tan seco, tan metálico, que la leona lo sentía vibrar como si tuviese un finísimo abejorro de plata en sus rapadas orejas.
La inmensidad de pliegues, de abolladuras, de aristas, de lomas y planicies, se moraba y enrojecía de crepúsculo. Semejaba que la leona estuviese siempre en medio del mismo ruedo, de un escudo abrasante de arena y de vaho, y en el borde comenzaban a subir unas palmeras diminutas, donde se quedó el león postrado frente al pozo, con los brazos tendidos, rectos, juntos; las garras, cerradas; todo en una actitud arquitectónica de capitel; pero un capitel que fuese lo único del monumento a que perteneció, y ha de seguir resistiendo un conjunto y participando de una harmonía que han desaparecido.
La leona le pasó la hoja de lis de su lengua, quitándole la pulverización del desierto que se cristalizaba en su ceño sublime, y le enjugó dos lágrimas envejecidas; pero el león seguía mirando el filo de sol de las dunas, y ella se apartó del oasis sin decirle nada.
Ahora volvía hundiéndose hasta el vientre en lo esponjoso de las hoyadas, resbalándole las garfas con un ardiente crujido en los suelos apretados.
Se deshacía la calina como si se la embebiese el arenal; toda la tarde se ofreció en esa coloración fresca, íntima, de algunos frutos descortezados, de una granada abierta, desnuda del telo amargo de sus gajos. El palmeral presentose ya crecido y profundo delante de los ojos de la leona, y sin querer hizo un bostezo y le entró la luz que semejaba enternecerle las púas de marfil de sus presas y la pulpa rosa de su quijada. ¡Muchas leguas detrás de sus horizontes redondos, muchos horizontes detrás de los suyos, estarían también desamparados!
Imaginándolo entonces, se confesó que su león no era tan injustamente fosco y codicioso de aventuras como ella le culpaba. Si ahora volviese olorosa de follajes, de frutas, de resinas de un bosque desconocido, acogería sus palmeras con el contento del descanso en el hogar. Pero llegaba toda ruda, vidriada, incrustada de pinchas de arena, y había de seguir bebiendo la misma agua salobre, y había de seguir devorando la misma carroña de camello. Se dio cuenta de que se cansaba de esa carne manida de viejo giboso mal nutrido y de las osamentas rotas, estrujadas y astilladas con demasiado ímpetu por su macho. Y, sin embargo, ¡era tan dulce el sosiego en casa propia y el sentirse reina y tranquilamente hermosa! ¡Las hembras, las hembras tienen en sí mismas la crítica y la complacencia inicial de sus perfecciones!
Y la leona inclinó su cabeza con una gracia verdaderamente femenina y juvenil.
Se detuvo asustada, creyendo que no estaba sola, y se había olvidado erizarse de furor. Junto a su cuerpo caminaba otra, con primoroso donaire, balanceando su cauda. Había salido la luna, ancha, toda de plata, y la sombra casi azul de la leona se puso a caminar a su lado. Ella la miró sonriéndole, agradada de su compañía, y comenzó a brincar y a revolcarse, como inspirada del placer de su hermosura, de su agilidad, de su elegancia. Y entre dos cactos corpulentos le enviaba el león su mirada encendida y terca.
A poco estaban juntos, golpeándose los frontales, rosigándose las fauces, levantándose para hundirse blandamente las garras en la felpa de sus pieles; se estregaban los costados, rodeaban el mismo tronco, dando los mismos pasos menudos, impacientes; se plantaban hincándose tan recio, que les parecía sentir un brinco interior de su vida, desde la uña, dura como un asta, al ceño rubio y suave como una gramínea.
La hembra se derribó en el verde del aguazal, y descansando la testa encima de su brazo doblado se hubiese dormido inocentemente, con la caricia fría de la luna como un lienzo húmedo en sus ojos; pero la mirada del león le hacía temblar los párpados.
Las gloriosas greñas del esposo se llenaban de sortijas de luz; su lomo destacaba magnífico y estremecido sobre el confín blanco como un paisaje polar. Una gota grande de luna, caída entre las palmas, le iba circulando por la piel, iluminándole rodales de oro. Y volviose hacia el cielo; lo contempló con dulce regaño y humildad de criatura frágil; dio un alarido que se alejó por las claras desolaciones, y se tendió resollando:
-¡Estoy más harto de ser rey del desierto!
La hembra le miró un instante con amorosa solicitud; ladeose delicadamente; suspiró un poco, y se quedó dormida.
Gabriel Miró
De: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
“¡Cómo nos sentimos ligados en simpatía, en agradecimiento a aquel creador de bellos, estremecidos mundos de arte! ¡Cómo amábamos a Gabriel Miró! ¡Cómo adivinábamos tras el intuitivo y prodigioso artista, al hombre bueno, al corazón de oro!“ Dámaso Alonso
“La prosa de Miró es orgánica, palpitante, amontonadamente carnal. Tiene acceso, ritmo, sentido, emoción. Es noble. A veces abarca en su desarrollo exactitudes extraordinarias.” Juan Ramón Jiménez
Miguel Hernández
cuya poesía estuvo influida
por el estilo de Miró,
le dedicó este poema:

Gabriel Miró


Cuando la coronación
del ganado se realiza,
y va la espiga pajiza
y huelo a mi corazón.

¡Viento ciego de las rosas!
Anda horizonte adelante,
y dile a todo Levante
que ha muerto el Señor de las prosas.

Cruza las canas aldeas
por donde Sigüenza iba.
Márchate montaña arriba,
y a todo pastor que veas

di que ha muerto el hombre aquel
de ojo triste y vida rara
que con ellos platicara
a un son de esquila y rabel.

Corre sobre todo a “Oleza”…
Ya que su paisaje verde
su más preciosa ave pierde
¡que se muera de tristeza!

Que doble a muerte “Jesús”
y las campanas de al lado
del huerto de aquel Prelado
todo de miel y de pus.

Que en medio del vocerío
de torres palomariegas
se escuche un plañir de vegas
y unos sollozos de río.
  
Miguel Hernández


La Poeta de los Niños: Gloria Fuertes

28 de julio de 1917 - Madrid















“La angélica y alta voz poética a la que los hombres y las circunstancias putearon inmisericordemente" -  

Camilo José Cela

El amor y pasión de Gloria- solterona, desaliñada, gran bebedora, fumadora compulsiva, noctámbula, solitaria, desordenada, luciendo siempre bien y entrañable con su corbata y chalecos de hombre- fueron siempre los niños, y a ellos dedicó gran parte de su extraordinaria obra literaria, su faceta quizá más conocida y valorada públicamente, aunque en su menos estimada vertiente de poetisa para adultos Gloria fue donde realmente se convirtió en esa "alta voz poética" que mencionaba Don Camilo.

Militante del Postismo, de la Poesía de Posguerra, colaboradora en numerosas revistas poéticas, Gloria siempre tuvo muy clara una cosa: " la útil expresión es más importante que la inútil perfección". Ésta es la piedra angular ...la argamasa básica con la que creará y estructurará toda su rutilante obra poética adulta.

Su voz es clara, nítida, palpitante, retratando con ello un mundo poético interior fascinante y vasto. Sus versos frescos, ágiles, como creados en cascada, en medio de una febril efervescencia creativa, siempre con el único recurso por delante de ese talento-que no se aprende ni se estudia en ninguna academia o Universidad- para convocar la palabra precisa, el verbo oportuno, la imagen correcta, pariendo y radiografiando así ciertos sentimientos y emociones que habitan en el interior de los seres humanos pero que la mayor parte no sabe verbalizar, sacar a la luz para ser vistos o leídos por los demás.

"Gloria Fuertes aúlla como una loba herida de muerte... sus versos son desconsolados y atroces, saludables y humanos, mortales de necesidad y amargamente sobrios y juguetones como el diablillo de la guarida, al que esta mujer quiere peinar los cuernos"( Camilo J. Cela)

De: PaperBlog




PALIDUCHAS


Qué pálidas están,
son como cuartillas
flotando entre las aguas de la pena,
van y vienen riéndose o llorando;
algunas tienen hijos,
todas, greñas;
tienen la carne blanca...
Estas locas son muertas,
que las sigue latiendo el corazón
debajo de las tetas.




VIENE LA AUSENCIA


Viene la Ausencia
a llenarnos de piojos, de tristeza,
a meternos de patas en la acequia,
acomernos la paz de la despensa;

viene la Ausencia
y nos ultraja encima de la mesa,
y se acerca
las costras de su lepra,
se sacude su capa de miseria
y nos deja garrapatas de angustia
arácnidos de pena.

Viene la Ausencia
y nos deja de pasto de la niebla,
es decir, ahogados en la arena.
Y el deseo de viste de vino
y el vino de pena
y la pena de soledad
y la soledad se disfraza de tristeza
y la tristeza otra vez de soledad,
y la vecina de enfrente no entiende
nada de este carnaval.




AUTOBIOGRAFÍA


Gloria Fuertes nació en Madrid
A los dos días de edad,
Pues fue muy laborioso el parto de mi madre
Que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
Y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
Alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
Y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
Y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
Pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
Donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
Y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
Y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
Escribo en un periódico de niños,
Y quiero comprarme a plazos una flor natural
Como las que le dan a Pemán algunas veces.






















Los invito a ingresar en
Fundación Gloria Fuertes



Así, no es Amor













         Es otra casa más de la cuadra. No es muy cómoda: apenas dos habitaciones bastante oscuras; las horas parecen detenidas acá.

         En una de ellas, ya en el atardecer, el hombre habla con su compañera.

         -  Alicia, ¡mirá el vestido que compré! Ni bien lo vi en la vidriera me gustó para vos... Pero, ¿no lo querés tocar siquiera? ¿No vas a lucirlo para mí? ¡Otra vez enojada! ¿Acaso no sabés que vivo para hacerte feliz? ... Tenés que entender que un hombre debe cuidar a su esposa, protegerla como sea; ¡hay tantos peligros afuera! Yo no quiero que te suceda algo malo... Vení, dame un beso... Caramba, por qué siempre te enojás. No te falta nada, creo. Te quiero, lo sabés; más aún: te quiero sólo para mí, como yo soy sólo para vos... ¡Por favor, no grites! ¡Me ponés nervioso! Dejá que te abrace, que te bese. No me rechaces. ¡No grites más, Alicia; no grites!!!

         La noche cae, vertiginosa. Él también cae, y permanece inmóvil, mudo, con las manos flojas, viendo cómo el agua del jarrón, hecho trizas, sigue mojando con parsimonia el vestido nuevo.

         Llaman a la puerta.
         Pero como en una fotografía, la escena está congelada. Sólo el sonido del timbre vibra, indiferente, en el pequeño dormitorio.



G. L

GRUPO ALAS

El último acto

        Cuando salió del baño retiró los restos de comida de la vajilla y la amontonó  en la pileta de la cocina.  Pensó sacarse el delantal, maquillarse suavemente para disimular aquel moretón alrededor del ojo que se tornaba más violáceo a cada instante, y mudarse de ropa, algo sobrio por supuesto.  Pero cambió de idea y permaneció con esa prenda doméstica que le daba aires de matrona, mujer fiel, y sobre todo, aguantadora.  Llegado el momento inventaría una historia conveniente para justificar esa marca en el rostro.

         Atravesó la puerta de la cocina y fue hasta el rincón de las hierbas aromáticas.  Las conocía a la perfección, sus condiciones de cultivo, sus propiedades.  Observó con tristeza la jardinera  suspendida en el muro, a media altura por causa de los animales; ahora  lucía estéril: sus verdes y jugosas verduras habían sido arrancadas de cuajo.  Tanta dedicación, tanta expectativa, aplicadas a las semillas traídas de aquel remoto lugar; a esas diminutas plantitas fertilizadas y regadas con cariño las había visto brotar, echar raíces y crecer en lozanía.

         Él le había preguntado sobre esa consagración a una planta de aspecto tan sencillo, parecido al del berro; sonriendo con aire misterioso, ella le había respondido “Porque me gusta”.

         Volvió a la cocina.  De la loza encimada separó con cuidado la fuente y el plato donde hiciera la ensalada y él había comido;  los llevó al baño, tiró en el inodoro los restos de verdura,  lavó meticulosamente la loza, la secó y la guardó en el estante.  En seguida  llamó al servicio de urgencia. 



Sonia Presa Caggiani
TALLER DE PASIONES LITERARIAS


Llueve











         Llueve. Un hombre camina lentamente por la ciudad. Su compañero de ruta: un paraguas, tan viejo como él; no lo repara mucho. A él no le importa. Sigue su caminata. No tiene nada qué hacer. Nadie lo espera. Está solo, solo con su soledad, y con sus recuerdos. Llueve y llueve.

         Se refugia bajo una arcada y descubre un patio lleno de flores variopintas. ¡Qué maravilloso y alegre paisaje! Ya no hay más soledad. Todo es color y vida, y de improviso, ¡una visión! ¡Es su joven amor! Sonriendo dulcemente, ella se acerca y le toma la mano. Se miran. “¿Cómo estás?” “Bien, gracias, ¿y tú? Miran las flores y, aún de la mano, se van al frío y destartalado cuartito donde habían brindado tantas veces con agua porque eran felices.

         Pero el amor de estudiantes dura poco. Se dejaron y cada uno se había ido por su camino.

         Ahora, es ella quien se aleja. El viejo abre los ojos. Sigue cayendo con mucha paciencia la lluvia.
         Abriendo su paraguas, y con paso cansino, el soñador retoma su andar.



Rosanna
GRUPO ALAS

Gracias a Dios, ¡hoy es Lunes!



         ¿Extraña información? No para mí. Gracias a Dios terminó el tedioso fin de semana. Comienzo a vivir mi rutina, que al fin y al cabo elaboré yo misma; comienzo a conectarme con amigos que no osé molestar el sábado ni el domingo, reservados a las familias, en las que no creo tener lugar.

         Hoy, Lunes, nace el nieto de una amiga por cesárea programada. ¡Qué bueno que nazca hoy! Pienso que será una persona de empuje; tendrá ganas de trabajar, de batallar, de vivir (muy diferente sería si naciera un viernes, un sábado y... ni qué decir en un domingo, aunque me atrevo a rescatarlo, porque anticipa el Lunes).

         Era lindo cuando nos reuníamos alrededor de la estufa los visitantes recurrentes, los amigos y los parientes, que encontraban en nuestro hogar o en aquella casita del recordado Pinar la confirmación de que aún había amor familiar, la seguridad de que cuando la melancolía inevitable de ese día tratara de infiltrarse, el humo de la estufa la diluiría en la charla alegre, en la confidencia fraternal, en la noticia interesante.

         ¡Pero hoy es Lunes! Como los dedos de la mano, se abren para mí nuevos caminos: saldré; escucharé buena música y programas de radio; esperaré ansiosa el nuevo capítulo de la telenovela que ya no me trae sorpresas... Y así hasta el viernes, en que me prepararé para el ansiado y ajeno fin de semana; solitario paréntesis hasta el siguiente lunes para mí... Quizás, en ese lunes nazca un nuevo ser o una esperanza o también, el olvido.


Vera
GRUPO ALAS