jueves, 15 de mayo de 2014

"Parece haber un cierto orden en el universo, en el movimiento de las estrellas, en la rotación de la tierra y en el cambio de las estaciones. Pero la vida humana es todo un caos.”- Katherine Anne Porter

15 de mayo de 1890- Texas, Estados Unidos.
Periodista, activista, escritora.

EL ROBO


Tenía el bolso en la mano cuando entró. Parada en medio de la habitación, sujetándose el albornoz y arrastrando una toalla húmeda con una mano, examinó el momento inmediatamente anterior y recordó todo con claridad: sí, lo había abierto y lo había vaciado esparciendo su contenido sobre el banco, después de secarlo con el pañuelo.
Había tenido la intención de coger el tren elevado, así que buscó en su bolso para asegurarse de que llevaba el dinero y se alegró al encontrar cuarenta centavos en el monedero. Se disponía a pagar su propio billete, por más que Camilo acostumbrara, al verla subir las escaleras, echar una moneda en la máquina, antes de dar un pequeño empujón al molinete y hacerla pasar con una reverencia. Camilo, sirviéndose de alguna que otra solución intermedia, se las había arreglado para hacer efectiva una colección bastante completa de pequeñas atenciones, dejando pasar por alto las gentilezas mayores y más molestas. Había caminado con él hasta la estación bajo una lluvia torrencial, porque sabía que era casi tan pobre como ella y, cuando él insistió en coger un taxi, fue firme y dijo: «Sabes que, sencillamente, no es posible». Él llevaba un sombrero de un hermoso tono bizcocho —nunca se le ocurría comprar nada de un color práctico— y justo aquel día lo había estrenado, así que la lluvia lo estaba estropeando. Ella pensaba: «¡Qué desastre! ¿Dónde conseguirá otro?». Lo comparó con los sombreros de Eddy: aunque parecían tener exactamente siete años y haberse quedado fuera bajo la lluvia, los lucía con la corrección despreocupada y espontánea propia de Eddy. Camilo era muy diferente; si se ponía un sombrero raído, continuaba siendo un sombrero raído, y eso le desanimaba. Si no hubiese temido que Camilo se ofendiera, puesto que insistía en llevar a cabo sus pequeñas ceremonias hasta el punto que se había fijado, le hubiera dicho al salir de casa de Thora: «Vete a casa. Puedo llegar perfectamente a la estación yo sola».
—Está escrito que debemos mojarnos esta noche —dijo Camilo—, así que hagámoslo juntos.
Al pie de la escalera del andén, ella trastabilló; ambos habían bebido bastantes cócteles en casa de Thora.
—Al menos —dijo ella—, Camilo, hazme el favor de no subir estas escaleras en tu estado, porque en cuanto vuelvas a bajarlas, te romperás inevitablemente el cuello.
Él le dedicó tres rápidas reverencias —era español— y desapareció de un salto en la lluviosa oscuridad. Ella se quedó observando a aquel joven tan agradable, pensando que a la mañana siguiente, sobrio, miraría su sombrero estropeado y sus zapatos empapados y posiblemente la relacionara con su desgracia. Mientras le observaba se detuvo en la esquina, se quitó el sombrero y lo escondió bajo el abrigo. Ella sintió que le había traicionado al mirarle, porque a él le hubiese humillado la sola idea de que ella sospechara siquiera que había tratado de salvar su sombrero.
La voz de Roger sonó detrás de ella, por encima del estruendo metálico de la lluvia que caía sobre el techado de la escalera, intentando averiguar qué hacía ella bajo la lluvia a aquellas horas de la noche y preguntándose si se creía un pato. Su largo e imperturbable rostro chorreaba agua y señalaba con la mano un bulto saliente en la pechera de su abrigo abotonado.
—Un sombrero —explicó—. Vamos, cojamos un taxi.
Se acomodó al brazo con que Roger le rodeó los hombros, con el gesto intercambiaron una mirada llena de antiguas y entrañables asociaciones; entonces ella miró por la ventanilla la lluvia que cambiaba las formas y los colores de todo. El taxi iba haciendo eses para eludir los pilares del tren elevado, patinando ligeramente en cada curva.
—Cuanto más patina —dijo ella—, más serena me siento, así que realmente debo de estar borracha.
—Debes de estarlo —contestó Roger—. Este pájaro es un maníaco homicida. A mí no me iría nada mal tomarme ahora un cóctel.
El tráfico les detuvo en el cruce de la calle Cuarenta y la Sexta Avenida, y tres muchachos pasaron ante el morro del taxi. Bajo los globos de luz, parecían alegres espantajos, todos muy delgados y con trajes muy raídos de corte descuidado y corbatas chillonas. Tampoco andaban muy sobrios, y mientras discutían estuvieron un momento tambaleándose ante el automóvil. Se acercaron unos a otros inclinándose, como si se dispusieran a cantar, y el primero dijo: «Cuando me case, no me casaré por casarme, me casaré por amor, ¿vale?», y el segundo respondió: «¡Eh! Ve y dile esas tonterías a ella, ¿por qué no?», y el tercero soltó una especie de risotada y dijo: «¡Al infierno con este tío! ¿Qué demonios le pasa?», y el primero contestó: «¡Ah! Callaos, idiotas, ya tengo bastante». Entonces chillaron, cruzaron la calle como pudieron, golpeando al primero en la espalda y dándole empujones.
—Locos —comentó Roger—, absolutamente locos.
Dos muchachas se deslizaron por allí, con impermeables transparentes, uno verde, el otro rojo, y las cabezas inclinadas en sentido contrario a la lluvia. Una de ellas le decía a la otra: «Sí, lo sé todo, pero ¿qué hay de mí? Tú siempre lo lamentas por él...», y corrían agitando sus patitas de pelícanos.
El taxi retrocedió de pronto y volvió a avanzar.
—Hoy he recibido una carta de Stella —dijo Roger al cabo de un rato—. Estará en casa el veintiséis, así que supongo que ya ha tomado una decisión y todo está arreglado.
—Yo también he recibido hoy una especie de carta —dijo ella— que ha tomado las decisiones por mí. Creo que es hora de que tú y Stella hagáis algo definitivo.
Cuando el taxi se detuvo en la esquina de la calle Cincuenta y tres Oeste, Roger le dijo:
—Si me das diez centavos, tendré el importe exacto.
Ella abrió el bolso y le dio una moneda, y él dijo:
—Qué bonito es ese bolso.
—Es un regalo de cumpleaños —le dijo ella—, me gusta. ¿Cómo va tu espectáculo?
—Oh, supongo que todavía en cartel. No me acerco por allí. Todavía no se ha concretado nada. Me he propuesto seguir como hasta ahora y que ellos lo tomen o lo dejen. Ya está bien de discusiones.
—Sin duda se trata de resistir, ¿verdad?
—Resistir es la parte más dura.
—Buenas noches, Roger.
—Buenas noches. Deberías tomar una aspirina y meterte en la bañera con agua caliente, parece que estés incubando una gripe.
—Lo haré.
Subió las escaleras con el bolso bajo el brazo; y en el primer rellano Bill oyó sus pasos y asomó la cabeza con el pelo revuelto y los ojos rojos.
—Por el amor de Dios, entra y tómate algo conmigo. Tengo malas noticias. Estás completamente empapada —dijo Bill, mirando sus pies mojados.
Bebieron dos copas, mientras Bill contaba cómo el director había desechado su obra tras haber escogido elenco teatral dos veces y haber hecho tres ensayos.
—Yo no digo que sea una obra maestra, sólo dije que sería un buen espectáculo. Y él dijo: «Sólo que no funciona, ¿se da cuenta? Necesita un médico». Así que estoy atascado, absolutamente varado —dijo Bill, otra vez al borde del llanto—. He estado llorando entre copa y copa —y continuó preguntándole si se daba cuenta de que su mujer lo estaba arruinando con sus extravagancias—. Le envío diez dólares todas las semanas de mi desgraciada vida, por más que no estoy obligado a hacerlo. Me amenaza con la cárcel si no la obedezco, pero no puede encerrarme. ¡Dios, que lo intente, después de haberme tratado como lo hizo! No tiene derecho a pensión y lo sabe. Sigue diciendo que lo necesita para el bebé y yo sigo enviándoselo porque no soporto ver sufrir a nadie. Así que me he atrasado en los pagos del piano y del tocadiscos...
—Bueno, de todas maneras, tienes una bonita alfombra —dije ella.
Bill la miró y se sonó la nariz.
—La conseguí en Ricci por noventa y cinco dólares —dijo— Ricci me contó que había pertenecido a Marie Dressier y costaba mil quinientos dólares, pero tiene una quemadura, que he ocultado bajo el diván. Un precio imbatible.
—Sí —dijo ella.
Estaba pensando en su bolso vacío y en que no recibiría el cheque por su última reseña antes de tres días y en que su acuerdo con el restaurante de los bajos no podía durar mucho si no pagaba algo a cuenta.
—No es momento para hablar de esto —continuó—, pero esperaba que ya tuvieses esos cincuenta dólares que me prometiste por mi escena en el tercer acto, aunque no salga adelante. De todas maneras, ibas a pagarme el trabajo con dinero de tu anticipo.
—¡Jesús misericordioso! —exclamó Bill—, ¿tú también? —Soltó un fuerte sollozo, o quizá fuera hipo, en su pañuelo húmedo—. Después de todo tu parte no era mejor que la mía. Piénsalo.
—Pero cobraste algo —dijo ella—. Setecientos dólares.
—Hazme un favor, ¿quieres? Tómate otra copa y olvídalo. No puedo pagarte, sabes perfectamente que no puedo, si pudiera lo haría, pero sabes que estoy en un aprieto.
—Entonces déjalo —se encontró diciendo, casi a su pesar.
Hubiese querido mostrarse totalmente firme al respecto. Volvieron a beber sin hablar y ella se marchó a su apartamento en el piso de arriba.
Allí, ahora lo recordaba con toda claridad, había sacado la carta del bolso, antes de abrirlo completamente para que se secara.
Se había sentado y había leído la carta otra vez, pero había frases que exigían varias lecturas, pues tenían vida propia y separada de las demás y, cuando trataba de leer pasándolas por alto, se movían siguiendo el movimiento de sus ojos. No podía escapar de ellas. «Pensando en ti más de lo que quisiera... sí, hasta he hablado de tí... por qué estabas tan ansiosa por destruir... aun cuando pudiera verte ahora, no lo haría... no vale la pena todo este abominable... el fin...»
Cuidadosamente, rompió la carta en tiras pequeñas y las prendió con una cerilla encendida en la chimenea.
A la mañana siguiente, temprano, estaba en la bañera cuando la portera llamó y luego entró diciendo que deseaba examinar los radiadores antes de encender la caldera para el invierno. Después de dar vueltas por la habitación durante unos minutos, se marchó cerrando la puerta con violencia.
Salió del baño para coger un cigarrillo del paquete que tenía en el bolso. El bolso no estaba. Se vistió, preparó café y se sentó junto a la ventana mientras lo bebía. Seguramente la portera había cogido el bolso y sería imposible recobrarlo sin hacer el ridículo y montar un escándalo. Así que lo dejaría correr. A la vez que tomaba esa decisión, en su sangre crecía una ira profunda, casi asesina. Con toda delicadeza puso la taza en el centro de la mesa y bajó con determinación las escaleras, tres largos tramos, un pequeño vestíbulo y un empinado pero breve tramo hasta el sótano, donde la portera con el rostro manchado de polvo de carbón, limpiaba la caldera.
—¿Me hará el favor de devolverme el bolso? No hay dinero dentro. Era un regalo y no quiero perderlo.
La portera se volvió sin incorporarse y clavó en ella unos ojos llameantes, donde se reflejaba la roja luz de la caldera.
—¿Qué quiere decir, su bolso?
—El bolso de tela dorada que usted cogió del banco de madera de mi habitación —dijo—. Tengo que recuperarlo.
—Juro ante Dios que nunca he puesto los ojos sobre su bolso y juro que es la santa verdad —dijo la portera.
—Oh, pues bien, quédeselo —dijo, pero con voz muy amarga—, quédeselo si tanto lo quiere.
Y se marchó.
Recordó que por una cuestión de principios rechazaba la idea de poseer cosas, de modo que nunca en su vida había echado la llave a ninguna puerta, así como su paradójico alarde, por más que sus amigos le advirtieran, de que jamás le habían robado un centavo. Y le había agradado la desnuda humildad de ese ejemplo concreto, destinado a ilustrar y justificar su fe obsesiva, por lo demás vaga y sin fundamento, que le hacía actuar de esa manera desoyendo su deseo en ese caso concreto.
En ese momento sintió que le había sido robado un enorme número de cosas valiosas, materiales o intangibles: objetos perdidos o rotos por su culpa; objetos que había olvidado o dejado en las casas después de una mudanza; libros prestados y no devueltos; viajes que había planeado y no había hecho; palabras que había esperado oír y no había oído, y las palabras con que se proponía responder; alternativas amargas y sustitutos intolerables peores que nada pero ineludibles; el largo y paciente sufrimiento de la amistad moribunda y la oscura e inexplicable muerte del amor... Todo lo que ella había tenido y todo lo que había echado de menos se había perdido junto y se perdía doblemente en ese derrumbe de evocación de pérdidas.
La portera la seguía escaleras arriba con el bolso en la mano y el mismo fuego rojo y profundo temblando en los ojos. La portera le tendió el bolso cuando aún las separaba media docena de escalones.
—No me delate —dijo—. Debí de enloquecer. A veces hago cosas de loca, lo juro. Mi hijo puede decírselo.
Ella cogió el bolso al cabo de un momento y la portera prosiguió:
—Tengo una sobrina que va a cumplir diecisiete años, es muy guapa y pensaba dárselo a ella. Necesita un bolso. Debí de volverme loca, pensé que quizá a usted no le importara, siempre va dejando cosas por ahí y parece no darse ni cuenta.
—Lo eché en falta porque es un regalo que me hizo alguien...
—Él le traería otro si usted perdiera este. Mi sobrina es joven y necesita cosas bonitas, tenemos que dar a los jóvenes una oportunidad. Hay muchachos que van detrás de ella, tal vez quieran casarse con ella. Debería tener cosas bonitas. Ahora mismo las necesita mucho. Usted es una mujer mayor, ha tenido su oportunidad, debe de saber cómo funciona.
Ella le tendió el bolso a la portera, diciéndole:
—No tiene ni idea de lo que está diciendo. Tenga, cójalo, he cambiado de idea. De verdad, no lo quiero.
La portera la miró con odio y dijo:
—Yo tampoco lo quiero ya. Mi sobrina es joven y guapa, no necesita arreglarse para ser atractiva, ¡es joven y guapa vaya como vaya! Supongo que usted lo necesita mucho más que ella.
—En primer lugar, no era suyo —dijo ella, volviéndose—. No debe hablar como si yo se lo hubiese robado.
—No es a mí, sino a ella a quien se lo está robando —dijo la portera, y bajó las escaleras.
Dejó el bolso sobre la mesa, se sentó con la taza de café frío y pensó: no me faltaba razón cuando decía que no tenía miedo a ningún ladrón... salvo a mí misma, que terminaré por dejarme sin nada.


De: yovivoenella.blogspot.com





"La muerte horrenda de Dalton" - Julio Cortázar

14 de mayo de 1935, El Salvador
Escritor, periodista.
Integrante activo del ERP; fue asesinado por sus miembros
bajo la acusación de ser agente de la CIA.

Poema de Amor


Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “golden roll”),

los que repararon la flota del Pacífico en las bases de California,

los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala, México, Honduras, Nicaragua por ladrones, por contrabandistas, por estafadores, por hambrientos

los siempre sospechosos de todo( “me permito remitirle al interfecto por esquinero sospecho soy con el agravante de ser salvadoreño”),

las que llenaron los bares y los burdeles de todos los puertos y las capitales de la zona (“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),

los sembradores de maíz en plena selva extranjera,

los reyes de la página roja,

los que nunca sabe nadie de dónde son,

los mejores artesanos del mundo,

los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,

los que murieron de paludismo de las picadas del escorpión o la barba amarilla en el infierno de las bananeras,

los que lloraran borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,

los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,

los guanacos hijos de la gran puta,

los que apenitas pudieron regresar,

los que tuvieron un poco más de suerte,

los eternos indocumentados,

los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,

los primeros en sacar el cuchillo,

los tristes más tristes del mundo,

mis compatriotas,

mis hermanos.


De: http://republicalibertad.com


COMO TÚ

Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.

También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.

Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan, de todos.

Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.


De: http://www.poemas-del-alma.com




miércoles, 14 de mayo de 2014

"No hay teoría general para el dolor. Cada paciente descubre la suya propia"- Alphonse Daudet



13 de mayo de 1840- Francia
Maestro, periodista y escritor.
A los 17 contrajo sífilis, de cuyo padecimiento
fue dejando constancia en anotaciones personales.


“¿En qué andas en este momento?” “Ando en el dolor”.
En mi cubículo en los baños de regadera, enfrente del espejo:
¡Qué demacración! Me he convertido de pronto en un extraño viejecito.
He brincado de los 45 a los 65. Veinte años que no he vivido.
Concentrarme en caminar recto. Temor a un ataque: dolores punzantes que o bien me clavan al sitio, o hacen que me retuerza y que mi pie se mueva de arriba a abajo como un afilador de cuchillos. Aun así es el mejor sistema, y el menos doloroso para mis pies: tengo que seguir caminando.
Una sensación de ardor en los ojos. El dolor amenazante de la luz reflejada en una ventana.
También, desde ese tiempo para acá, alfileres y agujas en los pies, sensaciones de ardor, hipersensibilidad.
Primero, una mayor conciencia del sonido: el ruido de una pala, las pinzas cerca del hogar de la chimenea, el rechinido de las puertas; el tictac del reloj: la tela de una araña cuyo trabajo comienza a las cuatro de la mañana.
Hipersensibilidad de la piel, pérdida de sueño, de pronto tosidos con sangre.
Los primeros avances de una enfermedad que me sondea, escogiendo su terreno. En un momento se trata de mis ojos; manchitas que flotan; doble visión: luego los objetos parecen partidos en dos,  las páginas de un libro, las letras de una palabra leída sólo a medias, como rebanadas por una hoz; cortadas por una cimitarra. Agarro a las letras por sus rasgos de abajo mientras huyen.
Medito en el suicidio. Encuentro con N, quien continúa por mí el hilo de mis pensamientos, y dice; “Entre la segunda y la tercera costilla”. (Estricnina.) Uno no tiene el derecho.
Memoria. Debilidad.
Mis impresiones, efímeras: humo contra una pared.
Desde que me enfermé, ya no puedo soportar ver a mi esposa o a mis hijos asomarse por una ventana. Y si se acercan al parapeto de un puente, o se asoman de lo alto de una escalera, mis pies comienzan a temblar, igual que mis manos. Angustia; palidez. (Recuerda el Pont-du-Diable, cerca de Villemagne.)
¿Sirven de veras las palabras para describir lo que es realmente sentir el dolor (y la pasión)? Las palabras sólo llegan cuando ya todo se acabó, cuando las cosas se han calmado. Van referidas sólo a la memoria, y son ya sea impotentes o falsas.
No hay teoría general para el dolor. Cada paciente descubre la suya propia, y la naturaleza del dolor varía, como la voz de un cantante, según la acústica de la sala.
La morfina. Sus efectos sobre mí. Los ataques de náusea son cada vez peores.
A veces para mí es simplemente imposible escribir porque mi mano tiembla demasiado, sobre todo cuando estoy de pie.
(Firmando el libro de registro en el funeral de Víctor Hugo. Lleno de gente, todos mirándome, algo espantoso. Igual que el otro día, en el Crédit Lyonnais en la rué Vivienne.)
Camino con más confianza cuando puedo ver mi propia sombra, igual que camino mejor con alguien junto a mí.
Efecto del cloral sobre la piel: parches espesos como maquillaje.
La morfina te da noches de vigilia en las que te mecen dulcemente de un modo celestial.
El jardín que despierta. El mirlo: su canción crea un patrón sobre la ventana pálida, un patrón dibujado, gorjeado con la punta de su pico.
El dolor es siempre nuevo para el que lo sufre, pero pierde su originalidad para aquellos que lo rodean. Todos se acostumbrarán a mi dolor menos yo.
Tres meses después.
Vuelvo a ir a los baños de regadera. Un dolor nuevo y grotesco mientras me frotan las piernas para secármelas. Está en los tendones del cuello: del lado derecho cuando me frotan la pierna izquierda, y del lado izquierdo cuando me secan la pierna derecha. Una tortura que rompe los nervios, suficiente para hacerte gritar.
 De: En la tierra del dolor


En: http://www.nexos.com.mx


martes, 13 de mayo de 2014

"Un hombre inteligente jamás se halla estático, jamás dice: yo sé"- Jiddu Krishnamurti


12 de mayo de 1895- India
Maestro, conferencista,
filósofo, escritor.

Ama la Vida


No ames la simétrica rama

ni coloques la imagen sola en tu corazón.

Ella se extinguirá...

Ama todo el árbol

entonces amarás la simétrica rama,

la hoja tierna y la marchita,

el tímido brote y la flor toda henchida,

el desprendido pétalo y el cimero bailador,

la espléndida sombra del pleno Amor.

Ama la Vida en su plenitud.

Ella no conoce la muerte.












lunes, 12 de mayo de 2014

El único lobo depredador es el ser humano


Porque el lobo común, ése que carga la leyenda de feroz asesino, sólo ataca para saciar el hambre, y su astucia se despliega entonces en el minucioso reconocimiento de los ejemplares enfermos, viejos o débiles.

Así lo constató Farley Mowat, eminente naturalista y activista ecológico canadiense, a partir de su convivencia con una manada durante dos años, experiencia para la que fue contratado por el gobierno.

Mowat falleció a la edad de 92 años hace pocos días. Los defensores de los animales amenazados por la incesante avaricia del capitalismo entronizado en el planeta lo extrañaremos; los que seguimos creyendo en la literatura como herramienta para la concientización, también: Farley fue un prolífico escritor de ensayos y novelas, como “Never cry wolf”, convertida en película de gran difusión.

El aire del Atlántico está envuelto en gemidos. No lo lloran las sirenas ya incapturables; son las focas las que sollozan la pérdida del entrañable amigo porque, por si no se sabe, los animales también son capaces de sentir afecto. Palabra de Ciencia.





Farley Mowat
mayo 12 de 1921- mayo 6 de 2014, Canadá

domingo, 11 de mayo de 2014

“El dinero no es sino la figura de la aceptación social, y por eso lo buscamos todos.” ― Francisco Umbral

11 de mayo de 1932- España
Escritor y periodista.

El hombre que se inventó las pasiones


"Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme". Esta gentil declaración de Voltaire encierra, me parece a mí la más fina y sutil interpretación de Cervantes. Porque don Quijote no está loco y Cervantes mucho menos, eso lo sabemos desde el principio del libro. Don Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado a ese ápice de la vida, decide pegar el salto cualitativo y cambiar la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, mucho más palpitante y vibrátil que lo meramente escrito. Don Quijote principia, o casi, por hacer realidad una metáfora, los molinos que se parecen a los gigantes, y arremete contra una realidad literaria que le desbarata, como tantas otras le van a desbaratar a lo largo de su nuevo camino. Pero aprendamos esto: que don Quijote nunca se enfrenta sino contra metáforas del vivir, desface alegorías y yangüeses, o se reposa en unos duques, de modo que la locura empieza con la realidad y no antes.

Voltaire vio bien que el hombre en madurez o pega ese salto que digo o le coge ya la postura a la vida, que es la muerte, y no dará más de sí. Don Quijote acierta con ese momento en que se cambia de vida, de cabalgadura, de compañía -Sancho Panza- de curas y bachilleres, de dueñas y sobrinas, del mismo sol en las mismas bardas. Los libros que leía le estaban hurtando a la poesía de la acción con la poesía poética y mala de la dicción. Así que incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una nueva pasión amorosa. Es la primera lección que Cervantes nos da en su libro. La vida tiene una segunda parte que se correspondería con la tercera juventud de Aristóteles. Es él, Cervantes, quien rompe con la mediocridad de su vida, pálidamente enaltecida de glorias bélicas, para emprender un libro donde está su rabia por el mundo, su energía al fin liberada al servicio de sí mismo, no ya la energía domeñada y servil del alcabalero y otras suertes. Cervantes es irónico por anacrónico. Ha empezado tarde su aventura y lo sabe. El Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido, y no nos pone a su personaje como ejemplo de nada ni hidalguía de nadie, sino como caso singular de hombre que se decidió a pegar el salto y ese salto quien lo pega es él mismo en figura de Quijote, e incluso se lo hace pegar a un pobre borriquero hecho de perezas y conformidades, siendo así que Sancho nunca pierde el sentido, ese inútil y pobre sentido común del pueblo, pero tampoco pierde la ironía y la distancia para burlarse de su amo con todos los respetos. Don Quijote entra en su nueva edad como un escándalo y Sancho pasa todas las aduanas como un saco de centeno. Tenemos, entonces, el salto desdoblado en tres. Cervantes que roba la fama con un libro, don Quijote que toma por asalto la libertad del vivir más allá de la edad y la voluntad. Sancho, que primero a regüeldo y luego a pleno pulmón, vive vida de caballero andante sin haber leído tales libros. Es la primera rebelión española del intelectual aburguesado, la primera revolución burguesa del hidalgo antecedente y el primer motín del castellano pueblo, un motín de uno solo, Sancho, que vale por todos los que vendrán. Aún hoy, y hoy más que nunca, el hombre que no hace esa revolución interior, que no pega ese salto vecinal, será comido por el poder, amortajado por lo establecido y muerto de asco (...).

Hay tres razones para ser héroe, como diría Salvador Dalí. En Cervantes, estas razones son el inventarse pasiones, la capacidad de ejercitarse contra el tiempo y el haber roto con el compromiso burgués de la novela y de la vida. El hombre que se inventa pasiones es tan héroe o más como el que las vive. El hombre que se ejercita a diario, no sabemos si para la vida o para la muerte, es el que quiere agotarlo todo aquí y, como decía Juan Ramón Jiménez, que la muerte cuando llegue, sólo encuentre un pellejo vacío, porque nuestra sementera humana la hemos esparcido fecundamente. Por aclarar un poco las cosas, diremos que don Quijote, efectivamente, es un personaje de novela, pero donde veo yo al hombre metafórico es en Cervantes, que nos da el nivel medio del hombre español, siempre de santo laico, de héroe doblado o de comunero entre el pueblo. Queremos a Cervantes no tanto por ilustre como por hombre medio que roza irónicamente el fracaso para triunfar de la España oficial con su España real (...).

De: http://elpais.com/diario


La tristeza


La tristeza ha venido como un buque vacío,
la tristeza ha encallado en mi pecho de piedra.
Me trae en sus bodegas toda una vida vieja,
quintales de nostalgia
y el whisky que he bebido.
La tristeza ha venido con faros apagados.
No sé de dónde viene ni por qué me visita
yo mismo soy un puerto donde para la noche
el mar, como noviembre, va ya de retirada.
Somos un puerto unánime,
puerto de tierra adentro
donde llegan los meses
como veleros lánguidos.
La tristeza ha venido
y me golpea despacio
como el agua golpea
en los acantilados.
Soy un acantilado
de muertos sucesivos
y estoy aquí parado,
bajo una lluvia fina,
junto al silencio frío
del buque de la pena.
¿Cuánto dura noviembre, cuánto dura una vida,
cuánto durará un hombre que tiene ya en el pecho
ese peso dormido de los buques sin gente,
de los mares sin luna, de los mortuorios días?


La soledad


Hablo de soledad
porque estoy solo.
Soledad es un pez que nada el tiempo,
la soledad es una puerta abierta
que da a puertas abiertas
y vacías.
No es ausencia de gente el estar solo.
Es ausencia de mí entre la gente.
El que no está soy yo,
y ellos no saben,
soledad es morirse a cualquier hora
junto al museo de los medicamentos.

   Soledad es un agua que no hay,
un sol que se ha dormido en los cristales,
silla que no hace juego,
un hueco en la memoria,
soledad es un hombre solitario
que se acerca a mirar las papeleras.
Hoy me he visto a mí mismo,
fastuoso de soledad, como un mendigo,
mirando una lejana papelera
y sacando un periódico del fondo,
que es el mismo que lleva en el bolsillo,
porque lo sacó ayer, y así por siempre.

De: http://pedrogollonet.blogcindario.com









"El ombligo se deja en la copa del árbol más alto"



Ventana sobre el alumbramiento


La mujer habitada sabe cuándo y sabe qué. Sabe cuándo por lo que dicen la luna y el cuerpo. Sabe qué por lo que dicen los sueños. Si ella sueña con hilos o vasijas, tendrá hija. Si sueña con metales, sombreros o huevos, tendrá hijo.

Entonces ella se hinca, se suelta el pelo, bebe un trago de aguardiente; y de rodillas da nacimiento.

Las manitos del niño o niña tocan un azadón, un hacha y un machete. Con tizne de cocina, la madre le señala el centro de la cabeza.

El ombligo se deja en la copa del árbol más alto.

Así se nace en Chamula.


Eduardo Galeano

Un acto tan simple como dejar el ombligo 
en brazos de la Naturaleza

es claro indicio de una sabiduría incomparable;
nosotros nos apropiamos del ombligo 
y hasta lo guardamos en una cajita
porque en esta bárbara civilización occidental
que seguimos construyendo
el símbolo clave del ser es TENER.

La madre

Una zapatilla Adidas,
una carta de amor de firma ilegible,
diez macetitas con flores de plástico,
siete globos de colores,
un delineador de pestañas,
un lápiz de labios,
un guante,
una gorra,
una vieja fotografía de Alan Ladd,
tres tortugas ninjas,
un libro de cuentos,
una maraca,
catorce broches de pelo
y unos cuantos autitos de juguete forman parte del botín de una gata que vive en el barrio de Avellaneda y roba en el vecindario.
Deslizándose por azoteas y cornisas, ella roba para su hijo, que es paralítico y vive rodeado de esas ofrendas mal habidas.

Bocas del tiempo
Eduardo Galeano

viernes, 9 de mayo de 2014

“Cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra; lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles. Somos necesarios.” - José Ortega y Gasset


9 de mayo de 1883- España

“Yo soy yo y mi circunstancia”

El yo se encuentra en la vida con el mundo, con su mundo. No es cierto que primero nos encontremos a nosotros y después al mundo; nos encontramos a nosotros sólo en la medida en que nos vemos instalados en el mundo, en cuanto que nos ocupamos con las cosas, con las personas, con nuestra circunstancia. Mi yo se va formando en su encuentro con el mundo y a partir de sus reclamaciones. Mundo es lo que hallo frente a mí y en mi derredor, lo que para mí existe y actúa.



La vida es siempre estar en una circunstancia, no se vive en un mundo abstracto e indeterminado; el mundo vital nuestro es siempre nuestro mundo, el de nuestro aquí y ahora, y es a partir de él como debemos actuar y modelar nuestro futuro; este hecho permite precisamente la libertad, la pura indeterminación la haría imposible. La fatalidad en la que se desenvuelve nuestra vida no es tan extrema como para determinar absolutamente la conducta que vamos a seguir: no sentimos que nuestra vida esté prefijada totalmente pues la circunstancia nos permite un cierto margen de posibilidades y, en la misma medida, nos exige decidir, y además sin que nadie lo pueda hacer por nosotros. La vida no nos viene ya hecha, es un constante decidir lo que vamos a ser, las cosas que hacemos, nuestras ocupaciones. No podemos escoger el mundo, la circunstancia básica en la que nos ha tocado vivir; pero, a la vez, esta circunstancia nos ofrece un margen de posibilidades: “vida es la libertad en la fatalidad y la fatalidad en la libertad”. Tenemos que decidir lo que vamos a ser, la vida es “sostenerse en el propio ser”. La vida es un problema que nadie, excepto nosotros, puede resolver. Y este tener que elegir y ser responsables de lo que nos va a pasar no se da sólo en casos extremos, en las situaciones conflictivas o apuradas, se da siempre. Como consecuencia del encontrarse en la vida sin remedio y sin remedio tener que elegir, la vida se presenta siempre como un problema, problema que nadie excepto nosotros puede resolver.

De: Torre de Babel- Portal de Filosofía, Psicología y Humanidades




“Nota a los historiadores del futuro: No lean el New York Times. Lean a los poetas.” - Charles Simic

9 de mayo de 1938 - Belgrado
Poeta. Profesor de Inglés.

Guante perdido


He aquí un guante negro de mujer.
Debe haber significado algo.
Un considerado extraño lo dejó
sobre el buzón rojo de la esquina.

Por tres días el cielo estuvo agitado,
luego, hoy día, cayeron algunos copos de nieve
sobre el guante que alguien,
en el intertanto, había dado vuelta,
de modo que sus dedos podían cerrarse

un poco... sin formar un puño todavía.
Yo, en tanto, esperé, con la noche que venía.
Algo me dijo que no me moviera.
Aquí donde las llamas se alzan de los tarros de basura,
y los sin casa duermen de pie.

(De "Hotel Insomnia", 1992)



Escena callejera


Un muchachito ciego
con un letrero de papel
prendido en su pecho.
Demasiado pequeño para estar fuera
mendigando solo,
pero allí estaba.

Este extraño siglo
con sus matanzas de inocentes,
su vuelo a la luna,
y ahora él aguardándome
en una ciudad extraña,
en una calle donde me perdí.

Al oírme aproximar,
se sacó un juguete de goma
de la boca
como para decir algo,
pero no lo hizo.

Era una cabeza, la cabeza de un muñeco,
muy mordisqueado,
la levantó para que la viera.
Los dos sonrieron con una mueca.

(De "Hotel Insomnia", 1992)



En la Biblioteca


Para Octavio

Hay un libro llamado
"Diccionario de Ángeles".
Nadie lo ha abierto en cincuenta años,
lo sé, porque cuando lo abrí
sus tapas crujieron, las páginas
se derrumbaron. Allí descubrí

que los ángeles habían sido una vez tan numerosos
como especies de moscas.
El cielo al ocaso
Solía estar espeso de ellos.
Había que agitar las manos
para mantenerlos apartados.

Ahora el sol brilla
a través de las altas ventanaaas.
La biblioteca es un lugar apacible.
Ángeles y dioses se apilaban
en libros oscuros no abiertos.
El gran secreto está
en algún estante junto al cual la Srta. Jones
pasa todos los días en sus rondas.

Ella es muy alta, de modo que mantiene
su cabeza inclinada como si escuchara.
Los libros están susurrando.
Yo no oigo nada, pero ella sí.

(De "Gods and Devils", 1990)




La Gran Guerra


Jugábamos a la guerra durante la guerra,
Margaret. Había mucha demanda de soldados de juguete,
aquellos hechos de arcilla.
Los de plomo los habían convertido en balas, supongo.

¡Nunca se vio algo tan bello
como aquellos regimientos de arcilla! Solía tirarme al suelo
por horas mirándolos a los ojos.
Recuerdo que me miraban a su vez maravillados.

Cuán extraño deben haberme sentido
parados tiesos en atención
ante una enorme e incomprensible criatura
con un bigote de leche.

Con el tiempo se quebraron o yo los quebré a propósito.
Había alambre en el interior de sus piernas,
dentro de sus pechos, ¡pero nada en las cabezas!
Margaret, me aseguré.

Nada, ninguna cosa en las cabezas...
Sólo un brazo, de vez en cuando, el brazo de un oficial,
enarbolando un sable en una grieta
del suelo de la cocina de mi abuela sorda.

(De "Gods and Devils", 1990)





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