miércoles, 14 de mayo de 2014

"No hay teoría general para el dolor. Cada paciente descubre la suya propia"- Alphonse Daudet



13 de mayo de 1840- Francia
Maestro, periodista y escritor.
A los 17 contrajo sífilis, de cuyo padecimiento
fue dejando constancia en anotaciones personales.


“¿En qué andas en este momento?” “Ando en el dolor”.
En mi cubículo en los baños de regadera, enfrente del espejo:
¡Qué demacración! Me he convertido de pronto en un extraño viejecito.
He brincado de los 45 a los 65. Veinte años que no he vivido.
Concentrarme en caminar recto. Temor a un ataque: dolores punzantes que o bien me clavan al sitio, o hacen que me retuerza y que mi pie se mueva de arriba a abajo como un afilador de cuchillos. Aun así es el mejor sistema, y el menos doloroso para mis pies: tengo que seguir caminando.
Una sensación de ardor en los ojos. El dolor amenazante de la luz reflejada en una ventana.
También, desde ese tiempo para acá, alfileres y agujas en los pies, sensaciones de ardor, hipersensibilidad.
Primero, una mayor conciencia del sonido: el ruido de una pala, las pinzas cerca del hogar de la chimenea, el rechinido de las puertas; el tictac del reloj: la tela de una araña cuyo trabajo comienza a las cuatro de la mañana.
Hipersensibilidad de la piel, pérdida de sueño, de pronto tosidos con sangre.
Los primeros avances de una enfermedad que me sondea, escogiendo su terreno. En un momento se trata de mis ojos; manchitas que flotan; doble visión: luego los objetos parecen partidos en dos,  las páginas de un libro, las letras de una palabra leída sólo a medias, como rebanadas por una hoz; cortadas por una cimitarra. Agarro a las letras por sus rasgos de abajo mientras huyen.
Medito en el suicidio. Encuentro con N, quien continúa por mí el hilo de mis pensamientos, y dice; “Entre la segunda y la tercera costilla”. (Estricnina.) Uno no tiene el derecho.
Memoria. Debilidad.
Mis impresiones, efímeras: humo contra una pared.
Desde que me enfermé, ya no puedo soportar ver a mi esposa o a mis hijos asomarse por una ventana. Y si se acercan al parapeto de un puente, o se asoman de lo alto de una escalera, mis pies comienzan a temblar, igual que mis manos. Angustia; palidez. (Recuerda el Pont-du-Diable, cerca de Villemagne.)
¿Sirven de veras las palabras para describir lo que es realmente sentir el dolor (y la pasión)? Las palabras sólo llegan cuando ya todo se acabó, cuando las cosas se han calmado. Van referidas sólo a la memoria, y son ya sea impotentes o falsas.
No hay teoría general para el dolor. Cada paciente descubre la suya propia, y la naturaleza del dolor varía, como la voz de un cantante, según la acústica de la sala.
La morfina. Sus efectos sobre mí. Los ataques de náusea son cada vez peores.
A veces para mí es simplemente imposible escribir porque mi mano tiembla demasiado, sobre todo cuando estoy de pie.
(Firmando el libro de registro en el funeral de Víctor Hugo. Lleno de gente, todos mirándome, algo espantoso. Igual que el otro día, en el Crédit Lyonnais en la rué Vivienne.)
Camino con más confianza cuando puedo ver mi propia sombra, igual que camino mejor con alguien junto a mí.
Efecto del cloral sobre la piel: parches espesos como maquillaje.
La morfina te da noches de vigilia en las que te mecen dulcemente de un modo celestial.
El jardín que despierta. El mirlo: su canción crea un patrón sobre la ventana pálida, un patrón dibujado, gorjeado con la punta de su pico.
El dolor es siempre nuevo para el que lo sufre, pero pierde su originalidad para aquellos que lo rodean. Todos se acostumbrarán a mi dolor menos yo.
Tres meses después.
Vuelvo a ir a los baños de regadera. Un dolor nuevo y grotesco mientras me frotan las piernas para secármelas. Está en los tendones del cuello: del lado derecho cuando me frotan la pierna izquierda, y del lado izquierdo cuando me secan la pierna derecha. Una tortura que rompe los nervios, suficiente para hacerte gritar.
 De: En la tierra del dolor


En: http://www.nexos.com.mx


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