sábado, 29 de junio de 2013

Su cuerpo no volvió más pero su sensibilidad nos dejó muchas rosas para cuidar



Antoine de Saint-Exupéry
29 de junio de 1900

“-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, 
pero tú no debes olvidarla. 
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. 
Eres responsable de tu rosa”...

El Principito



Su último viaje fue para la Misión Dragoon:
iba a recoger información sobre los movimientos
de las tropas nazis.




Fragmento del Capítulo XIV de 

VUELO NOCTURNO

Un ingeniero había dicho un día a Rivière, cuando se inclinaba sobre un herido, junto a
un puente en construcción: «Ese puente, ¿vale el precio de un rostro aplastado?» Ningún
labrador, para quienes aquella carretera se abría, hubiera aceptado, para ahorrarse un rodeo, mutilar ese rostro espantoso. Y, sin embargo, se construían puentes. El ingeniero había añadido: «El interés general está formado por los intereses particulares: no justifica nada
más.» «Y, no obstante −le había respondido más tarde Rivière−, si la vida humana no tiene
precio, nosotros obramos siempre como si alguna cosa sobrepasase, en valor, a la vida
humana... Pero ¿qué?»
Y a Rivière, pensando en la tripulación, se le encogió el corazón. La acción, incluso la
de construir un puente, destruye felicidades; Rivière no podía dejar de preguntarse: «¿En
nombre de qué?»
«Esos hombres −pensaba− que van tal vez a desaparecer, habrían podido vivir
dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de esas lámparas nocturnas. «¿En
nombre de qué los ha sacado de ahí?» ¿En nombre de qué los ha arrancado de la felicidad
individual? La primera ley, ¿no es precisamente la de defender esas dichas? Pero él las
destroza. Y no obstante, un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como
espejismo. La vejez y la muerte, más implacables que él mismo, los destruyen. ¿Tal vez existe
alguna otra cosa, más duradera, para salvar? ¿Tal vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la acción no se justifica.
«Amar, amar únicamente, ¡qué callejón sin salida!» Rivière tuvo la oscura conciencia
de un deber más grande que el de amar. O se trataba también de una ternura, ¡pero tan
diferente de las otras! Evocó una frase: «Se trata de hacerlos eternos ...» ¿Dónde lo había
leído? «Lo que vos perseguís en vos mismo muere.» Imaginó un templo al dios Sol de los
antiguos incas del Perú. Aquellas piedras erguidas sobre la montaña. ¿Qué quedaría, sin ellas, de una civilización poderosa que gravitaba con el peso de sus piedras, sobre el hombre actual, como un remordimiento? «¿En nombre de qué rigor o de qué extraño amor, el conductor de pueblos antaño, constriñendo a sus muchedumbres a construir ese templo sobre la montaña, les impuso la obligación de erguir, su eternidad?» Rivière se imaginó' aún a los habitantes de las pequeñas ciudades que, en el crepúsculo, dan vueltas alrededor de sus quioscos de música: «Esa especie de felicidad, ese arnés...», pensó. El conductor de pueblos de antaño, tal vez no tuvo piedad por el dolor del hombre; pero tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar de arena borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que el desierto no había de sepultar.



Entrevista imaginaria planificada
por niños/as argentinos/as.



 Borrador de El Principito, en subasta









“Hace muchos años sirve a mi arte (aunque parece que fuera ayer) una criadita agilísima, y por eso nada primeriza en el oficio. Se llama Fantasía”... Luiggi Pirandello













El hombre de la flor en la boca
Luiggi Pirandello


De: TijeretazosLITERARIA 

Fragmento

HOMBRE: ¿No ve usted la relación? Ni yo tampoco. (Pausa) Pero es que ciertas asociaciones de imágenes lejanas entre sí, son tan particulares en cada uno de nosotros, y determinadas por razones y experiencias tan singulares... que no podríamos entendernos unos a otros, si, al hablar, no las suprimiéramos. Nada más ilógico, a veces, que esa analogía. (Pausa) Pero, mire usted: la relación, quizá pueda ser ésta: Sienten placer aquellas sillas, imaginándose quién será el cliente que viene a sentarse en ellas, en espera de consulta, qué enfermedad llevará dentro, adónde irá, qué hará después de la consulta? Ningún placer. Pues eso me pasa a mí: ¡ninguno! Las sillas están allí sólo para servir de asiento a tantos clientes como lleguen. Pues algo así es  mi ocupación. Tan pronto me ocupo de una cosa como de otra. En este momento me ocupo de usted, y, créame, no experimento ningún placer por el tren que ha perdido, por la familia que le espera donde veranea, por todo el fastidio que puedo suponer en usted.

PARROQUIANO: ¡Y tanto! ¿Sabe?

HOMBRE: Dé usted gracias a Dios, si sólo es fastidio. (Pausa) Hay cosas peores, caballero. (Pausa) Yo le digo que necesito agarrarme con la imaginación a la vida de los demás; pero así, sin placer, sin interesarme siquiera... Más bien... para sentir un fastidio para juzgarla tonta y vana, la vida, de manera que a ninguno pueda importarle acabar. (Taciturno, con rabia) Y esto es fácil de demostrar, ¿sabe?, con pruebas y ejemplos continuos, en nosotros mismos, implacablemente. Porque, caballero, el deseo de vivir no sabemos de qué está hecho; pero..., ahí está, ahí está; lo sentimos todos aquí, como una angustia en la garganta; y no se satisface nunca; no puede satisfacer nunca, porque la vida, en el mismo acto en que la vivimos, es siempre tan voraz de sí misma, que no se deja saborear. El sabor está en el pasado que nos queda vivo dentro. El deseo de vivir nos viene de eso: de los recuerdos, que nos tienen atados. Pero, ¿atados a qué?: a esta tontería..., a este disgusto..., a tantas ilusiones estúpidas..., ocupaciones insulsas... Sí, sí. Esto que ahora, aquí, es una tontería; esto que ahora, aquí, es un aburrimiento; y llego hasta a decir: esto que ahora parece una desventura, una verdadera desventura... sí, señor..., a la distancia de cuatro, cinco, diez años, ¡quién sabe qué sabor adquirirá..., qué gusto tendrán las lágrimas de ahora! Y la vida, ¡Dios mío!, al solo pensamiento de perderla..., especialmente cuando se sabe que es cuestión de días... (En este momento por la esquina de la izquierda, asoma la cabeza, para espiar, la mujer vestida de negro) ¡Mire...! ¿Ve usted allí? Allí, en aquella esquina.... ¿ve usted aquella sombra de mujer? ¡Mire! ¡Ya se escondió!

PARROQUIANO: ¿Cómo? ¿Quién..., quién era?

HOMBRE: ¿No la ha visto? Se ha escondido.

PARROQUIANO: ¿Una mujer?

HOMBRE: Mi mujer, sí.

PARROQUIANO: ¡Ah! ¿Su señora?

HOMBRE: (Después de una pausa) Me vigila desde lejos. Iría a echarla de allí a patadas; pero sería inútil. Es como uno de esos perros perdidos, obstinados, que, cuanto más patadas se les da, más se nos pegan a los talones. (Pausa) Lo que esa mujer está sufriendo por mí..., usted no puede imaginárselo. Ya ni come, ni duerme. Viene siempre detrás de mí, día y noche, así, a distancia. Y..., si al menos se preocupara de cepillarse ese andrajo que lleva en la cabeza, ese vestido... Ya no parece una mujer; parece el trapo de limpiar. Se le han empolvado para siempre los cabellos, aquí, en las sienes; y apenas si tiene treinta y cuatro años. (Pausa) Me da una rabia, que no puede usted figurárselo. A veces la cojo por los hombros y le grito en la cara: «¡Estúpida!», zarandeándola. Se aguanta con todo. Se queda allí, mirándome, con unos ojos... Con unos ojos que, se lo juro, me hacen venir a los dedos un deseo salvaje de ahogarla. Nada. Espera a que me aleje para ponerse otra vez a seguirme a distancia. (La mujer se asoma de nuevo) ¡Mire! ¡Otra vez asoma la cabeza en la esquina!

PARROQUIANO: ¡Pobre señora!

HOMBRE: ¡Qué pobre señora! Ella querría, ¿comprende?, que yo me estuviera quieto en casa, tranquilo, acurrucado en medio de todos sus amorosos y apasionados cuidados; gozando del orden perfecto que reina en todas las habitaciones, de la lindeza de todos los muebles; de aquel silencio de espejo que había antes en mi casa, medido por el tictac del reloj de péndulo del comedor. ¡Eso querría ella! Ahora, yo le pregunto a usted, para hacerle comprender lo absurdo..., ¡qué digo, absurdo...! la macabra ferocidad de esa pretensión; le pregunto si cree posible que las casas de Avezzano, las casas de Messina, sabiendo que un terremoto iba a destrozarlas dentro de poco, habrían podido estarse allí tranquilamente, a la luz de la luna, ordenadas fila a lo largo de calles y plazas, obedientes al plano regulador de la comisión edilicia municipal. ¡Hasta las casas de piedras y vigas se habrían escapado! ¿Se imagina usted a los ciudadanos de Avezzano, a los de Messina, desnudándose tranquilamente para acostarse, doblando sus ropas, colocando los zapatos a la puerta de la habitación, tapándose bajo las mantas y gozando la suavidad de las sábanas bordadas, sabiendo que dentro de unas horas estarían todos muertos? ¿Le parece posible?

PARROQUIANO: Pero..., ¿acaso su señora...?

HOMBRE: ¡Déjeme hablar! Si la muerte, señor fuera como uno de esos insectos extraños, repugnantes, que a veces descubre uno encima de sí... Va usted por la calle; un transeúnte lo
para de improviso, y, con cautela, con los dedos extendidos, le dice: «¿Me permite, caballero? Lleva usted la muerte encima.» Y, con aquellos dos dedos extendidos, la pilla y la arroja... ¡Sería magnífico! Pero la muerte no es como esos insectos repugnantes. ¡Cuántos que están paseándose, tan alegres y confiados, quizá la llevan encima! Nadie la ve; y ellos están tranquilamente haciendo proyectos para mañana o pasado mañana. Ahora, yo ... (Se levanta)
¡Mire, caballero!, venga usted aquí ... (Lo hace levantarse y lo lleva junto a la farola encendida),
aquí, junto a esta luz..., venga... Voy a enseñarle una cosa... Mire aquí, debajo de mi bigote...
¿Ve usted esta acerola violácea? ¿Sabe cómo se llama esto? ¡Ah! Tiene un nombre dulcísimo..., más dulce que un caramelo: epitelioma, se llama. Pronuncie la palabra, y sentirá su dulzura: epitelioma...; la muerte, ¿comprende?, ha pasado. Me ha puesto esta flor en la boca, y me ha dicho: «Tenla, querido: volveré a pasar dentro de ocho o diez meses.» (Pausa) Ahora, dígame usted si con esta flor en la boca, puedo estarme en casa tranquilo y quieto, como quisiera aquella desgraciada. (Pausa) Le grito: «¿Ah, sí? ¿Quieres que te dé un beso?» «¡Sí, bésame!» Pero, ¿no sabe usted lo que hizo la semana pasada? Con un alfiler se arañó aquí, en el labio; luego me agarró la cabeza y quería besarme... besarme en la boca.... porque dice que quiere morirse conmigo. (Pausa) Está loca. (Luego, con ira) ¡Yo no me estoy en casa! ¡Quiero estar detrás de los escaparates de las tiendas, yo, para admirar la habilidad de los dependientes! Porque..., usted comprenderá..., si en un momento siento el vacío dentro de mí... Puedo también matar, como el que no hace nada, toda la vida de uno que no conozco... ; sacar el revólver y matar a uno que, como usted, haya tenido la desgracia perder el tren... (Se ríe) No, no; no tenga miedo caballero: ¡es una broma! (Pausa) Me voy. (Pausa) Me mataré yo, si acaso... (Pausa) Pero..., ¡en esta época hay unos albaricoques tan ricos...! ¿Cómo los come usted? Con toda la boca, ¿verdad? Se abren por la mitad; se oprimen con los dedos..., como labios jugosos..., ¡ah, qué delicia! (Se ríe. Pausa) Mis respetos a su distinguida esposa y a sus hijas, que están de veraneo. (Pausa) Me las imagino vestidas de blanco o de azul celeste, en un hermoso prado, a la sombra... (Pausa) Y mañana, al llegar, me hará usted un pequeño favor: me figuro que el pueblo estará cerquita de la estación; al amanecer, puede usted hacer el caminito a pie. La primera mata de hierba que vea usted en el borde... Cuente usted por mí los tallos que tiene. Tantos tallos tenga.... tantos días me quedan de vida. (Pausa) Pero elija usted una mata muy espesa, por favor. (Se ríe; luego:) Buenas noches caballero. (Y se va canturreando, con la boca cerrada, el motivo de la «Mandolina lejana», hacia la esquina de la derecha; pero luego se acuerda de que la mujer está allí esperándolo; se vuelve y va hacia la otra esquina, mientras el PARROQUIANO PACÍFICO, casi desmayado, lo sigue con la mirada)

TELÓN

[Traducción de Idelfonso Grande, Miguel Bosch Barret para Plaza & Janés]














Pirandello entre otros intelectuales fascistas.


















Un polímata controvertido: Jean Jacques Rousseau

28 de junio de 1712 -  Ginebra



Como seres en penumbra que somos, habrá quienes enfaticen nuestras sombras y quienes 
subrayen nuestras luces.

En este caso, nuestra intención primordial es estimular la evocación de una individualidad que aportó mucho, y en diversos campos, al acervo universal. 
Conectarlo con la filosofía, la política, la pedagogía, la literatura, no resultará ardua labor para nadie; tal vez, en cambio, sus vínculos con la música o con la botánica nos demanden alguna pequeña investigación.



Una de sus obras literarias más reconocidas fue Julia o la nueva Eloísa, un real best-seller de aquellos tiempos. Se trata de una novela epistolar; un fragmento de la carta XXIII, escrita por el personaje Saint-Preux a su amada Julia, dice así:

“Mientras recorría con arrobamiento estos lugares tan poco conocidos y tan dignos de ser admirados, ¿qué hacía usted entre tanto, mi adorada Julia? ¿Acaso su amigo la olvidaba? ¡Mi Julia, olvidada! ¿No me olvidaría yo antes de mí mismo? ¿Podría estar ni un instante solo, yo, que vivo por usted? Nunca pude comprobar, mejor que ahora, con qué instinto sitúo en diferentes lugares nuestra existencia, según mi estado de ánimo.
Cuando estoy triste me refugio en usted, busco el consuelo en los lugares en donde usted está: eso sentí al dejarla. Cuando estoy contento, no puedo disfrutar  solo, y para compartir mi alegría la llamo para que venga aquí, adonde yo estoy. Eso me ha ocurrido en todas estas caminatas, en las que, a pesar de la variedad de objetos que me incitaban a reflexionar constantemente,  usted siempre estaba conmigo. No daba un paso que no diéramos juntos, no admiraba un paisaje sin apresurarme a mostrárselo. Todos los árboles que encontraba le prestaban su sombra, todos los prados, su reposo. Sentado  a su lado, le ayudaba a recorrer su mirada por el paisaje, o arrodillado ante usted contemplaba en sus ojos, la más digna mirada de un hombre sensible. ¿Encontraba un paso difícil? La veía franquearlo con la ligereza de un cervatillo que salta hacia su madre.
¿Había que atravesar un torrente? Me atrevía a estrechar entre mis brazos tan dulce carga, y cruzaba el torrente despacio, con deleite, lamentando ya la llegada a la orilla. Todo me hacía recordarla en esta apacible estancia; el atractivo encanto de la naturaleza, la inalterable pureza del aire, las costumbres sencillas de los habitantes y su equilibrada y segura sabiduría; el amable pudor del sexo y sus inocentes gracias, todo lo que estimulaba agradablemente mis ojos y mi corazón, me recordaba a la que mis ojos y mi corazón no dejan de buscar.
¡Oh, Julia adorada!, me decía con ternura, ¡por qué no podríamos pasar juntos unos días, en estos ignotos lugares, felices con nuestra dicha y lejos de la mirada de los hombres! ¡No podría trasladar toda mi alma a la tuya, y ser también, para ti, todo el universo! ¡Belleza adorada!, gozarías entonces del homenaje que mereces. ¡Delicias del amor!, entonces nuestros corazones las degustarían sin cesar. Una larga y dulce embriaguez nos dejaría ignorar el paso del tiempo, y cuando al fin la edad hubiese calmado nuestros primeros ardores, la costumbre de pensar y de sentir juntos dejaría paso a una no más tierna amistad. Todos los buenos sentimientos, alimentados en la juventud con el amor, llenarían un día el inmenso vacío; en el seno de este pueblo feliz, y siguiendo su ejemplo, cumpliríamos con todos los deberes que nos exige la humanidad: nos uniríamos siempre para hacer el bien, y no moriríamos sin haber vivido.
El correo llega; tengo que terminar la carta y correr a recibir la suya. ¡Cómo me late el corazón hasta que llegue ese momento! ¡Ay!, era feliz en mis quimeras: mi felicidad huye con ellas; ¿qué será de mí, en realidad?”...

El fragmento elegido ha sido un pretexto, en verdad,
para comentar que esta obra es
uno de los recuerdos más emotivos 
de mi vida de estudiante; no por su valor intrínseco 
sino porque la conocí a través de la voz y 
el abordaje de Mario Delgado Robaina,
mi profesor de Literatura en Bachillerato de Derecho.
Eran tiempos angustiosos en el país y
en el Instituto Nocturno Nº 1, adonde yo concurría.
Frecuentemente se podían escuchar
las suelas de las botas de los soldados, 
escaleras arriba, rumbo a nuestros salones.
Pero nuestro Profesor, con esa magia sencilla
de los docentes enamorados de su vocación, 
lograba que sólo escucháramos 
los reclamos del amante a su adorada Julia...
Y hasta el más aguerrido dejaba resbalar
alguna lagrimilla avergonzada.








































El dormitorio de una de las casas en que vivió Rousseau


viernes, 28 de junio de 2013

El primer poeta afroamericano reconocido de la literatura de Estados Unidos


Paul Laurence Dunbar
27 de junio de 1872

























LÁSTIMA  (Sympathy)


Yo sé lo que siente el pájaro enjaulado, ¡ay!
Cuando el sol brilla en las laderas de la montaña;
Cuando el viento sopla suave a través de la hierba germinada,
Y el río fluye como una corriente de cristal;
Cuando el primer pájaro canta y los primeros brotes abren,
Y el suave perfume de su cáliz robado-
¡Sé lo que el pájaro enjaulado siente!
Yo sé por qué el pájaro enjaulado bate sus alas
Hasta su sangre es roja en las barras crueles;
Porque es necesario volar de regreso a su percha y aferrarse
Cuando él de buena gana estaría en la rama como un columpio;
Y un dolor aún palpita en las viejas, viejas cicatrices
Y que laten de nuevo con un aguijón más agudo-
¡Sé por qué bate su ala!
Sé por qué canta el pájaro enjaulado, ay de mí,
Cuando su ala está herida y siente dolor de pecho, -
Cuando golpea sus barras él desea ser libre;
No se trata de un villancico de alegría o regocijo,
Sin embargo, una oración que él envía desde el núcleo profundo de su [corazón,
Sin embargo, un motivo, que alza al cielo, que lanza-
¡Sé por qué canta el pájaro enjaulado!


LA DEUDA (The debt)


Esta es la deuda que pago
Sólo por un día desenfrenado,
Años de pesar y dolor,
El dolor sin alivio.
La pagare, lo haré hasta el final -
Hasta la tumba, mi amigo,
Me da una liberación verdadera -
Me da el broche de la paz.
Poca era la cosa que he comprado,
Pensé, que la deuda era pequeña,
Pobre era el préstamo, a lo mejor -
¡Dios! ¡Pero el interés!


NOS PONEMOS LA  MASCARA (We Wear the Mask)


Usamos la máscara que sonríe y miente,
Oculta las mejillas y las sombras de nuestros ojos,
Esta deuda que pagamos a la astucia humana;
Con el corazón desgarrado y sangrando, sonreímos,
Y la boca con matices innumerables.
¿Por qué el mundo es demasiado sabio,
Al contar todas nuestras lágrimas y suspiros?
No, sólo nos dejó ver, mientras que
Nos ponemos la máscara.
Nos sonreímos, pero, ¡Oh, gran Cristo!, nuestro clamor
A ti surge de las almas torturadas.
Cantamos, pero oh la arcilla es vil
Bajo nuestros pies, y larga es la milla;
Pero deja que el mundo de los sueños de otro modo,
¡Nos ponga la máscara!

PAUL LAURENCE DUNBAR


De: LETRAS / EN UN MUNDO ANCHO Y AJENO/ EL ILETRADO EGREGIO.


Algunos biógrafos comentan que la creatividad del escritor fue alimentada por las lecturas de poesía de su madre, quien no era una persona con formación académica; siendo una trabajadora, una señora que lavaba ropa para mantener cierto nivel de vida decorosa en la familia, tuvo la infinita sabiduría natural de educar a través de la palabra... y de la música.





"En estos oscuros y silenciosos años, Dios ha estado utilizando mi vida para un propósito que no conozco, pero un día lo entenderé y entonces estaré satisfecha."- Hellen Keller

Alabama- 27 de junio de 1880
Hellen padeció sordera y ceguera desde los 19 meses.
Su institutriz, Anne Sullivan, ideó
ingeniosos procedimientos
para que la niña pudiera comunicarse.
Ese fue el comienzo de la aventura que la condujo a poder reconocer,
años más tarde: "“Difícil ser mujer, universitaria y discapacitada
en Estados Unidos a principios del siglo XX; y más aún,
siendo socialista.”



“Donde hay un sonido muy sutil nada puede prevalecer entre éste y el silencio. Hay más
significado en cada cosa en sí misma, que todas las cosas que puede abarcar la vista.
Mi mano es para mí lo que el oído y la vista juntos son para vosotros. ¡Cuántas veces 
viajamos por las mismas carreteras, leemos los mismos libros, hablamos el mismo idioma, y no obstante nuestras experiencias son distintas! Todos los actos de mi vida dependen de mi mano como de un eje central. A ello le debo mi continuo contacto con el mundo exterior. También es mi mano la que me permite salir del aislamiento y de la oscuridad.
Las ideas forman el mundo donde vivimos y son las impresiones las que transmiten las ideas.
El mundo en el cual vivo se halla construido sobre una base de sensaciones táctiles,
desprovistas de todo color y sonido físicos; pero a pesar de ello, es un mundo donde se respira y se vive. Cada objeto está íntimamente ligado en mi mente a esas cualidades táctiles, las cuales, combinadas de diversos modos, me proporcionan el sentido del poder, de la belleza o de las discordancias; ya que con la ayuda de mis manos puedo llegar a sentir tanto lo risible como lo admirable en el aspecto de las cosas. La física me indica cómo puedo vivir cómodamente en un mundo en el cual se desconocen el color y el sonido, pero que está hecho en términos de medidas, formas y cualidades inherentes, ya que al menos cada objeto se presenta a través de mis dedos conservando siempre su posición exacta y no como la imagen invertible al reflejarse en la retina, la cual, según tengo entendido, sólo vuestro cerebro puede restituir a su posición normal por medio de un trabajo infinito y constante. Cualquier objeto tangible pasa en una forma completa a mi cerebro, no pierde su calor de vida en él y ocupa el mismo lugar que en el espacio ya que, sin egotismo, cabe decir que la mente es tan inmensa como el Universo mismo. ¡Qué insignificante sería mi mundo sin la imaginación. En una estatua hermosa encuentro tanto la perfección de la forma corpórea como las cualidades de integridad y equilibrio. No obstante, mi espíritu me impulsa a usar palabras que se hallan íntimamente ligadas con la vista y el oído, aunque sólo puedo adivinar su significado por medio de sus analogías y mi imaginación. Ninguna de las frases que se han hecho sobre la luna y las nubes me entristece o aflige; sino que, por el contrario, transportan mi alma más allá de la realidad que limitó mi desdicha. Para convencerme a mí misma de que existo, suelo recurrir al método de Descartes: “Pienso, luego existo.” Así me instalo en el mundo metafísico y vivo cómodamente en él, y a aquellos que han dudado de mi existencia les impondré como pena que traten de probar que soy un fantasma. La oscuridad y el silencio en lugar de apartarme del resto del mundo y encerrarme en mí misma, abren sus puertas, muy hospitalariamente, a las incontables sensaciones que me distraen e informan, amonestan y divierten. Con mis tres fieles guías, el tacto, el olfato y el gusto, realizo infinidad de incursiones en la región limítrofe de la experiencia y visible desde la ciudad de la luz.
La Naturaleza se ajusta a las necesidades de cada individuo. Cada átomo de mi cuerpo
equivale a un registro de vibraciones. Diría que la música del órgano convierte en éxtasis los
actos del sentimiento. La energía emocionante del aire, que encierra en sí todo un universo, es cálida y arrobadora. El conocimiento universal, en términos generales, es una concepción
imaginaria. ¿Qué gran invento no ha existido en la mente del inventor durante mucho tiempo
antes de llegar a darle una forma tangible?
Las maravillas innúmeras del universo nos son reveladas en la medida exacta con que somos
capaces de recibirlas. La sutileza de nuestra visión no depende de cuánto somos capaces de
ver, sino cuánto somos capaces de sentir. Mientras atravieso el espacio continuo e infinito y
siento el aire de cada lugar y a cada instante, mi rostro sólo percibe una parte pequeñísima de
la atmósfera. Me han hablado de las grandes distancias que separan a la Tierra del Sol y de los otros planetas y estrellas. Multiplico por un millón de veces las medidas extremas de altura y ancho, que obtengo mentalmente con la ayuda del tacto, y de este modo alcanzo a tener un
sentido profundo de la inmensidad del cielo. El límite más remoto y al cual mi pensamiento irá
libre de obstáculos es el horizonte de la mente. De éste, supongo, proviene el que se capta con la vista.
De acuerdo con todo arte, toda naturaleza y todo pensamiento coherente sabemos que el
orden, la proporción y la forma son elementos esenciales de la belleza. Ahora bien, la forma, la proporción y el orden son elementos evidentes al tacto. Pero la belleza y el ritmo son, como el amor y la fidelidad, más profundos que éstos. Surgen de un proceso espiritual ligeramente subordinado a las sensaciones. La forma, la proporción y el orden están imposibilitados de engendrar por sí solos en la mente la idea abstracta de la belleza, a menos que exista ya una comprensión mutua de alma que dé vida a estos elementos. Muchas personas a pesar de poseer una vista excelente, son ciegos en sus percepciones. Otras, aunque dispongan de unos oídos perfectos, son del todo sordas para el sentimentalismo. Sin embargo, son las únicas que se atreven a marcar límites a la visión de los que, careciendo de uno o dos sentidos, poseen voluntad, alma, pasiones e imaginación. La lealtad o la fidelidad no son más que un remedo, si no nos sirven para construir un mundo indeciblemente más perfecto y más bello que el material. En conclusión, yo también puedo construirme un mundo mejor, pues soy otra hija de Dios y, como tal, heredera de un fragmento de la Mente que creó el Universo. Cuando aprendí el significado del “yo” y el “mi” me enteré de que yo era “algo” y comencé a pensar. El hombre se busca y estudia a sí mismo, y a su debido tiempo encuentra su grado de extensión y el verdadero significado para sí del universo”.

Pitágoras dijo:
"El silencio es la primera piedra
del templo de la filosofía".
La acción de esta MUJER
debe conducirnos a
la reflexión diaria.

Julio Torri: uno de los precursores de la minificción

Méjico- 27 de junio de 1889
Maestro y escritor
Literatura

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.



La humildad premiada


En una universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.

Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos en la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.

Y así transcurrieron largos años hasta que un día, a fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia reluciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.





Mujeres

Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas. Sé del sortilegio de las mujeres reptiles –los labios fríos, los ojos zarcos- que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.

Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.

Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.

Y tú, a quien acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir, amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.




De fusilamientos

  
El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.

Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.

La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.

Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.

Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.

El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.

Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como “visiblemente conmovido”, “su rostro denotaba la contrición”, “el terrible castigo”, etcétera.

Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.


De: Material de Lectura.UNAM


Para Lauro Zavala, académico mejicano de renombre mundial, las características de la minificción son las de un “antivirus”: “La minificción es el antivirus de la literatura, pues su lectura tiene los siguientes efectos en quienes se aproximan a ella: vacuna a los niños y a otros lectores primerizos para volverse adictos a la literatura; corrige problemas de lectura de quienes están anclados en un único género, ya sea la novela, el cuento, la poesía, el ensayo o incluso en una única sección del diario; permite aproximarse a obras monumentales desde la accesibilidad del fragmento”.










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