sábado, 29 de junio de 2013

Su cuerpo no volvió más pero su sensibilidad nos dejó muchas rosas para cuidar



Antoine de Saint-Exupéry
29 de junio de 1900

“-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, 
pero tú no debes olvidarla. 
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. 
Eres responsable de tu rosa”...

El Principito



Su último viaje fue para la Misión Dragoon:
iba a recoger información sobre los movimientos
de las tropas nazis.




Fragmento del Capítulo XIV de 

VUELO NOCTURNO

Un ingeniero había dicho un día a Rivière, cuando se inclinaba sobre un herido, junto a
un puente en construcción: «Ese puente, ¿vale el precio de un rostro aplastado?» Ningún
labrador, para quienes aquella carretera se abría, hubiera aceptado, para ahorrarse un rodeo, mutilar ese rostro espantoso. Y, sin embargo, se construían puentes. El ingeniero había añadido: «El interés general está formado por los intereses particulares: no justifica nada
más.» «Y, no obstante −le había respondido más tarde Rivière−, si la vida humana no tiene
precio, nosotros obramos siempre como si alguna cosa sobrepasase, en valor, a la vida
humana... Pero ¿qué?»
Y a Rivière, pensando en la tripulación, se le encogió el corazón. La acción, incluso la
de construir un puente, destruye felicidades; Rivière no podía dejar de preguntarse: «¿En
nombre de qué?»
«Esos hombres −pensaba− que van tal vez a desaparecer, habrían podido vivir
dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de esas lámparas nocturnas. «¿En
nombre de qué los ha sacado de ahí?» ¿En nombre de qué los ha arrancado de la felicidad
individual? La primera ley, ¿no es precisamente la de defender esas dichas? Pero él las
destroza. Y no obstante, un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como
espejismo. La vejez y la muerte, más implacables que él mismo, los destruyen. ¿Tal vez existe
alguna otra cosa, más duradera, para salvar? ¿Tal vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la acción no se justifica.
«Amar, amar únicamente, ¡qué callejón sin salida!» Rivière tuvo la oscura conciencia
de un deber más grande que el de amar. O se trataba también de una ternura, ¡pero tan
diferente de las otras! Evocó una frase: «Se trata de hacerlos eternos ...» ¿Dónde lo había
leído? «Lo que vos perseguís en vos mismo muere.» Imaginó un templo al dios Sol de los
antiguos incas del Perú. Aquellas piedras erguidas sobre la montaña. ¿Qué quedaría, sin ellas, de una civilización poderosa que gravitaba con el peso de sus piedras, sobre el hombre actual, como un remordimiento? «¿En nombre de qué rigor o de qué extraño amor, el conductor de pueblos antaño, constriñendo a sus muchedumbres a construir ese templo sobre la montaña, les impuso la obligación de erguir, su eternidad?» Rivière se imaginó' aún a los habitantes de las pequeñas ciudades que, en el crepúsculo, dan vueltas alrededor de sus quioscos de música: «Esa especie de felicidad, ese arnés...», pensó. El conductor de pueblos de antaño, tal vez no tuvo piedad por el dolor del hombre; pero tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar de arena borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que el desierto no había de sepultar.



Entrevista imaginaria planificada
por niños/as argentinos/as.



 Borrador de El Principito, en subasta