martes, 22 de abril de 2014

“Leí los cuentos de Quiroga, todos, de adolescente y me los creí todos” - Guillermo Cabrera Infante


22 de abril de 1929- Cuba
Escritor y guionista



























Canción cubana


¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!








“La curiosidad es insubordinación en su más pura forma”- Vladimir Nabokov

22 de abril de 1899- Rusia
Escritor, crítico literario, profesor

Una carta que nunca llegó a Rusia

  
Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera -¡y de qué forma tan inesperada!-, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces -en las salas de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.

De: CiudadSeVa.com



domingo, 20 de abril de 2014

Vivir en las cloacas de Fyffes


José Antonio Rial
21 de abril de 1911- España


LA VOZ DE UN ESCRITOR AUTÉNTICO

“No se olvida el castigo que implica prohibición absoluta, el castigo que condena a no ser, que somete a ser noche, no de estrellas, sino abismo negro sin fondo, sin mar y sin riberas” - José Antonio Rial

La novela de José Antonio Rial La prisión de Fyffes (1969) es realmente un reportaje biográfico de las experiencias en aquella sórdida prisión, antiguo almacén de plátanos de Santa Cruz de Tenerife convertido en cárcel improvisada a raíz de la rebelión militar del general Franco. En esta prisión también estuvo recluido el más joven de los poetas canarios vanguardistas Domingo López Torres, que antes de ser arrojado al mar con otros compañeros enfundados en sacos, escribió un estremecedor poema “Los retretes (3 de la mañana)”, al que pertenecen estos versos: “Mientras la oscura cloaca de desdenes / insuficiente para tanta ofrenda / salta sobre la geometría de los bordes / inventando rizados carruseles”.

En su libro La prisión de Fyffes, Rial ha descrito sobrecogedoramente aquel repelente e insalubre lugar: “resultaba difícil superar la prueba de lo escatológico humano”, un “vivir en cloacas” en un recinto de republicanos hacinados, “hombres inmovilizados, a los que acecha la muerte cada día” y que tuvieron que enfrentarse a muy difíciles condiciones físicas y morales. La habilidad narrativa demostrada por Rial para combinar el elemento testimonial con las abundantes interiorizaciones de los personajes, pone en evidencia a un auténtico novelista.

El novelista, dramaturgo y periodista José Antonio Rial nace en San Fernando, Cádiz, el 21 de abril de 1911 y fallece en Caracas el 17 de noviembre de 2009, a la edad de 98 años. Hijo de un marinero antimilitarista, siendo muy niño se traslada con su familia a la Isla de Lobos de Canarias, donde su padre había sido destinado como farero. “Lo más característico, acaso, de mi vida ha sido criarme en faros -nos confesaría Rial- hijo de un raro torrero que escribía novelas, teatro y artículos para lejanos periódicos”. Estudia bachillerato en Las Palmas de Gran Canaria y culmina los estudios de oficial de marina en Tenerife. A los catorce años trabaja de reportero en el diario de La Provincia (Las Palmas). Se vincula al núcleo vanguardista de la revista Gaceta de Arte, dirigida por Eduardo Westerdahl, y en cuya redacción figuraban Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minit, Óscar Petana Ramos, Emeterio Gutiérrez Albelo y Domingo López Torres.

Militante de Izquierda Republicana es detenido en 1936, tras la sublevación militar del general Franco, y encarcelado en la prisión de Fyffes, donde por participar en una conspiración sufre un segundo consejo de guerra. Aunque el fiscal pide la pena de muerte, sólo permanece en la cárcel hasta el 5 de noviembre de 1943, día en que queda en libertad vigilada. Retoma su carrera literaria y publica la novela Gente de mar (1947, primer premio de la Asociación de la Prensa de Tenerife). En 1950, ante el temor de ser encarcelado nuevamente, emprende el camino del exilio a Venezuela. Trabaja para las editoriales Las Novedades y La Continental. Escribe en el periódico El Universal de Caracas, del que llega a ser jefe de redacción. Asiste a la Universidad Central, donde tiene como profesor al novelista y ensayista exiliado Segundo Serrano Poncela, que le anima a proseguir la carrera literaria. Durante casi dos décadas mantiene en la Televisión Nacional de Venezuela un programa semanal sobre teatro, “El rostro y sus máscaras”. En 2007 se le otorga la Medalla de Oro de Canarias.

José Antonio Rial publica en Venezuela los siguientes libros de prosa narrativa Venezuela Imán (1954), Reverón (1954), Jezabel (1965) y La prisión de Fyffes (1969), su obra más relevante. Más tarde, en 1991, se publica Segundo naufragio y Tiempo de espera y, en 2004, Las nereidas del faro. Participa en la obra colectiva rescatada recientemente Antología de musas cautivas (2008), edición facsímil de un valiosísimo manuscrito elaborado por presos políticos canarios en las cárceles de Lazareto-Gando y Fyffes. Sus obras de teatro, representadas a partir de mediados de los setenta por el grupo venezolano Rajatabla, le otorgan una gran popularidad y le convierten en el autor dramático más demandado del público venezolano. Entre sus numerosas obras, citaremos: Entelequias, su primera obra teatral, escrita a la edad de 18 años, Viaje interior, publicada en 1935, Ángel, obra escrita en sus años de cárcel, Los armadores de la goleta Ilusión (1950), La torre (1951), obra galardonada en el Ateneo de Caracas, Nurami (1954), Cementerio de automóviles (1957). La escuela nocturna (1963), La muerte de García Lorca (1969), El padre (1977), Bolívar (1982), La fragata del sol (1983), Cipango (1986), visión polémica del descubrimiento colombino, Panamá (1990), La Cenicienta en Palacio (1993) y Sucre, el sueño del hombre (2004), epopeya sobre el Gran Mariscal de Ayacucho y, sobre todo, un canto a la libertad.

Y como dijo el escritor isleño: “La libertad es para mí un regalo mayor que un convite para un muerto de hambre”.

Francisco Arias

De: ISLABAHIA.COM


El genocidio en Europa y medio mundo que impulsó el fascismo es harto conocido. Pero por desgracia, es más desconocido su brutal zarpazo en países como Canarias. Campos de concentración como Fyffes, Gando, La Isleta, Tefía...regaron la tierra canaria de sangre de antifascistas, revolucionarios o simples isleños comprometidos con las libertades. Detenciones, torturas, persecución, asesinatos...casi 7.000 canarios fueron asesinados, cerca de 40.000 detenidos y miles de familias humilladas y hundidas en la miseria. Todo ello en un país que, si bien resistió en algunos focos (Arucas, Vallehermoso, La Palma...), no plantó una oposición militar comparable al de otras naciones del estado. Con todo, el pueblo canario padeció una represión tal comparable a las regiones españolas que más encarnizadamente resistieron a las tropas franquistas. ¿Por qué? Aún los historiadores no nos dan respuestas convincentes. Nosotros no descartamos, en absoluto, el desprecio de los mandos militares españoles en Canarias con las masas campesinas y trabajadoras de isleñas. Todo esto sin olvidar, por supuesto, el nefasto y criminal papel que jugó las oligarquías insulares colaboracionistas. Aunque ya no puede sorprender el cinismo hispánico -ya estamos acostumbrados al mismo-  resulta bochornoso que aún pongan sobre la mesa los conventos e iglesias que fueron quemados cuando ni uno sólo de ellos fue en Canarias ni por los canarios. Exterminando  toda una generación de canarios y canarias formados, politizados y comprometidos, debemos reconocer el retroceso que supuso para la concientización de la sociedad canaria. Hoy las consecuencias continúan vigentes.

Nosotros no olvidamos el genocidio. No queremos venganza sino MEMORIA Y DIGNIDAD.

Publicado por BLOG Nación Canaria 





<“El Secretario del Mundo” deberían llamarme...> - Pietro Aretino


20 de abril de 1492- Italia
Poeta, narrador, dramaturgo.

ARETINO
( l'Arétin )

Publicado en Gil Blas, el  8 de diciembre de 1885.

      Las personas que no saben gran cosa, es decir el noventa por ciento de la sociedad llamada inteligente, rugen de indignación cuando se pronuncia esta única palabra, Aretino. Para ellos Aretino es una especie de marqués italiano que redactó, en treinta y dos artículos, el código de la lujuria. Se pronuncia su nombre muy bajo; se dice: « Ya sabe usted, el Tratado de Aretino. » Y uno se imagina que ese famoso tratado se encuentra sobre las chimeneas de las casas de desenfreno y que es consultado por los viciosos como el código Napoleón lo es por los magistrados y que revela unas cosas abominables que hacen juzgar a puerta cerrada ciertas costumbres.
      Además, más sencillo todavía, imagínense que Aretino era un pintor a quién se deben pequeñas imágenes impuras que personas mal vestidas nos ofrecen, por las noches, en las calles, bajo forma de postales transparentes.
      Desengañémonos de algunas de esas ingenuidades. Pietro Aretino fue simplemente un periodista, un periodista italiano del siglo XVI, un gran hombre, un escéptico admirable, un prodigioso denigrador de reyes, el más sorprendente de los aventureros, que supo desarrollar, como un maestro, todas las debilidades, todos lo vicios, todas las ridiculeces de la humanidad, un genio dotado de todas las cualidades naturales que permiten a un ser hacer su carrera por todos los medios, obteniendo todos los éxitos, y ser temible, alabado y respetado al igual que un Dios, a pesar de los atrevimientos más escandalosos.
      Este compatriota de Maquiavelo y de los Borgia parece ser el tipo vivo de Panurge reuniendo en él todas las bajezas y todas las astucias, pero que posee hasta tal punto el arte de utilizar esos repugnantes defectos, que impone el respeto y provoca la admiración.
      He dicho que Aretino fue un periodista, tal y como lo constata el historiador Cantu, mediante el análisis de sus obras que no son, en efecto, para la mayoría, más que artículos de periódico, panfletos, escritos del día a día, polémicas de prensa, retratos. La influencia de este escritor no fue menos extensa que la de no importa qué poeta; y su renombre más grande que el del más célebre de los artistas.

Traducción de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com

                                                                                       





"Amémonos sin tasa ni medida
puesto que para amar hemos nacido
adora mi gorrión cual yo tu nido
pues sin ellos ¿valdría algo la vida?
Y si aún luego de ésta extinguida
fuese posible amar, bien querido,
a gritos pediría el bien perdido
para seguir gozándote todavía.
Gocemos cual lo hizo regiamente
la primera pareja de mortales
bien aconsejados por la serpiente.
Que nos perdieron por amar, se dice
blasfemia son dichos tales
que sólo a quién no ama satisface.
-Pues calla y ama y también, ¡castigo!
Calla y méteme hasta los pendones
jueces de amor y del amor testigo."


SONETO XI

(Una pareja dialoga sobre sus deseos)

-Separa bien los muslos, alma mía
que quiero bien de cerca ver tu rosa
¡Oh, suavísimo vello! ¡Oh, rica cosa!
¡puerta de mi ilusión! ¡Miel! ¡Ambrosía!
Un capricho me llena de alegría;
voy a comerme fruta tan golosa;
me volveré y seré treta graciosa
pues a tu boca irá mi mercancía.
-¡Que me aplasta! ¡Aguarda! ¡Ay, mi pecho!
Jamás tan cerca vi verga tan tiesa
Mas juro que he de dejarte satisfecho.
-¡Hola al cabrón! ¡Miren la permuta!
El lame en el panal como en barbecho
y ella cree que la verga es una fruta
-¿Vieja, quieres aquí poner tu morro?
-Hijo no me pongáis los dientes largos
que tan sólo de veros ya me corro.









Grabados del pintor Marco Antonio Raimondi,
los que inspiraron a Aretino la escritura de sus Sonetos.

sábado, 19 de abril de 2014

Pascua: paso

Cómo se adora a Dios

(Canción)

No adoremos a Dios como expulsados
traficantes del templo,
con palabras vacías de sentido
y sin la fe profunda
que aclara el pensamiento.
Se adora a Dios en el cincel de Fidias,
que admira el universo,
con la brocha inmortal de Miguel Ángel,
con las notas sublimes de Rossini,
con los cantos de Homero.
Se adora a Dios con la cabeza erguida
en medio del combate,
despreciando las iras del Protervo,
y hundiendo a los tiranos en el polvo,
con su hueste execrable.
No adoremos a Dios como expulsados
traficantes del templo,
con palabras vacías de sentido
y sin la fe profunda
que aclara el pensamiento.

Alfredo Zitarrosa
De: http://letras.com


viernes, 18 de abril de 2014

Hasta pronto, Gabo

«—Adiós, Gerineldo, hijo mío —gritó—. Salúdame a mi gente y dile que nos vemos cuando escampe»

Úrsula cuando ve pasar el cadáver de Gerineldo Márquez – Cien años de soledad”


Hasta pronto, Gabo:
Prudencio Aguilar tuvo que recorrer un largo trecho antes de encontrar Macondo, pero a ti te guiará la abuela Mina que ya no hablará de fantasmas ni premoniciones porque recibió los mensajes de todos los macondinos que sólo le temían a la peste del insomnio o a los recuerdos olvidados. Y, como Melquíades o Prudencio Aguilar,  viajarás más de cien años, porque la memoria revivirá  al último Buendía y tal vez, tú ya estés inventando otra ciudad desde el otro lado de la vida.


Susana Matteo
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS


jueves, 17 de abril de 2014

Hacia otra libertad fuiste, compañero Gabo



Seguramente cerraron tus párpados aquellas mariposas amarillas que a tantos/as jóvenes del mundo regalaste para alivianar el peso de sus cuerpos rasgados por la injusticia, para reforzar la seda de sus porfiados sueños, para desvestirlos de la soledad de América Latina.


Seguramente ellas abrirán tus otros párpados, allá, en el otro Macondo... Y como te entrenaste una vida para estar en mágicos territorios, seguramente las mandarás de regreso: su misión sigue viva: no son tiempos del cólera, pero ¡hace tanta falta el Amor!


Gracias por tu fiel compañía en tiempos amargos;
gracias por tu presencia de gigante hermoso 
en la playa de mi ignorancia...    


"La hermana leona"

Isak Dinesen / Karen Blixen
17 de abril de 1885- Dinamarca


“Isak Dinesen dijo que ella escribía un poco cada día, sin esperanza y sin la desesperación. Quiero eso.”

―Raymond Carver

De: Frases y Citas - http://akifrases.com




























martes, 15 de abril de 2014

“Pour épater le bourgeois” - Tristán Tzara


16 de abril de 1896- Rumania
Ensayista, poeta.
Fundador del Dadaísmo







Dudas

-He sacado el antiguo sueño de la caja como sacas tú el sombrero
cuando te pones el traje de muchos botones
cuando agarras el conejo por las orejas
cuando regresas de cacería
como eliges la flor de la maleza
y al amigo de entre los cortesanos.

Mira lo que me pasó
cuando llegó la noche lentamente como una cucaracha
buena para muchos como remedio, cuando enciendo
en el alma el fuego de los versos
me acosté. El sueño es el jardín preparado para las dudas
no sabes lo que es verdad, lo que no lo es
te parece que es un ladrón y lo fusilas
y después te comunican que ha sido un soldado
así ocurrió conmigo exactamente
por esto te llamé para decirme -sin error
lo que es verdad- lo que no lo es


Elegía

El alma vieja, amada, quieres que sea como las flores del verano
durante el invierno los pájaros están encerrados en sus jaulas

Te quiero como espera la colina el cuerpo del valle
o como la tierra espera la lluvia espesa y fértil

Te espero en todos los atardeceres en la ventana, deshilando abalorios
colocando los libros, leyendo mis versos

Y ahora me alegro cuando en el patio ladran los perros ladran los perros
y cuando llegas para quedarte conmigo hasta mañana hasta mañana

Mi alma feliz es como nuestro cuarto cálido
cuando sé que está nevado y las calles se visten de blanco.


Inscripción sobre un sepulcro

Y sentía tu alma pulcra y triste
como sientes la luna que se desliza calladamente
detrás de los visillos corridos.
Y sentía tu alma pobre y encogida,
como un mendigo, con la mano tendida delante de la puerta,
sin atreverse a llamar y entrar,
y sentía tu alma frágil y humilde
como una lágrima vacilando en el borde de los párpados,
y sentía tu alma ceñida y húmeda por el dolor
como un pañuelo en la mano en el cual gotean lágrimas,
y hoy, cuando mi alma quiere perderse en la noche,
solamente tu recuerdo lo detiene
con invisibles dedos de fantasma





El circo romano anual del Uruguay: las jineteadas del Prado y del Parque Roosevelt







Después de haber visto los diversos informativos televisivos de estos últimos días, cualquier persona centrada se estará preguntando qué ubicación espacial ocupará en la platea -como observador privilegiado que debería ser- el médico veterinario asignado por las autoridades para garantía del "buen trato" de los animales obligados a participar de este espectáculo bárbaro y avergonzante, exhibido al mundo como "tradición". 

Nadie, lego o letrado, habrá podido sustraerse a la serie de actos de agresión a los que son sometidos los caballos en cada una de estas demostraciones de banalidades humanas, porque, en definitiva, muy ignorante, ególatra y venal resulta quien se considera superior al resto de los Seres Vivos y se ufana en "paseo de honor" de tal deleznable rango. 

Por cierto, no nos olvidemos de cuántos intereses sostienen la ejecución de esta infame muestra de bestialidad colectiva ni nos rasguemos las vestiduras ante la violencia cada vez más intensa desatada en el "paisito". Hay muchas formas de legitimar y de naturalizar la dominación por la fuerza; ésta es una: sutil, aparentemente inocua.




En mi país se mueren los caballos

En mi país se mueren los caballos.
Yo los he visto espuma y corazón desde el asfalto heridos
y los he visto muertos masticando el látigo
como quien ruega al cielo la clemencia que Dios no puede darle.

A golpes los veo morir;
tienen los ojos tristes de color como a pradera en el alma
y no gritan, no juzgan, no maldicen.
A palos los veo morir
ignorantes de tanto poderío; mansos
y venturosos de inocencia.
Lo más triste no es
el golpazo ni el látigo;
lo más triste es que mueren los caballos y nadie lo quiere ver.
Caballos y caballeros marchan juntos, criaturas del polvo:
unos ponen el casco y la paciencia,
otros ponen el fierro y el chasquido de dientes,
unos cuelgan monedas al pescante de su alma,
otros tiemblan debajo del machete.
Unos alcohol y negras.
Otros lomo y silencio.
Ambos ignoran mucho de vivir y todos sufren.
Por eso es que en mi país
en cualquier callejuela de la tarde se revienta un caballo
y deja su poca suerte desmembrada bajo plena canícula.
Desamparo y Caballo son la misma resurrecta miseria,
condominio del hambre y el país en la mejilla menos perdonada.
Y con el paso triste de los reyes enfermos veo pasar los caballos
tan limpios como Jesús de todo mal de conciencia.
Cuando han muerto setenta veces siete no precisan del odio,
no reniegan del cielo que no ven ni sueñan el pasto simple;
su desaliento es viejo como su hambre,
su cansancio es azul.
Y como llevamos dentro la cicatriz del caballo
esquivamos los ojos y apretamos el paso.
En mi país se mueren. Se están muriendo todos los caballos
y nadie lo quiere ver.
Yo estoy aquí para decir “lo siento”
Jorge Luis Mederos
De: http://verbiclara.wordpress.com


Estos gauchos modernos se han olvidado
de que soy el símbolo de la Libertad
en el Escudo Patrio.