domingo, 27 de abril de 2014

“Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás” - Vicente Aleixandre


26 de abril de 1898- Sevilla, España
Poeta de la Generación del 27.
Con García Lorca y Cernuda.


Entre dos oscuridades un relámpago


Sabemos adónde vamos y de dónde venimos... Entre
dos oscuridades un relámpago.
Y allí, en la súbita iluminación, un gesto, un único
gesto,
una mueca más bien, iluminada por una luz de
estertor.

Pero no nos engañemos, no nos crezcamos. Con
humildad, con tristeza, con aceptación, con
ternura,
acojamos esto que llega. La conciencia súbita de una
compañía, alli en el desierto.
Bajo una gran luna colgada que dura lo que la vida,
el instante del darse cuenta entre dos infinitas
oscuridades,
miremos ese rostro triste que alza hacia nosotros
sus grandes ojos humanos,
y que tiene miedo, y que nos ama.

Y pongamos los labios sobre la tibia frente y
rodeemos
con nuestros brazos el cuerpo débil, y temblemos,
temblemos sobre la vasta llanura sin término donde
sólo brilla la luna del estertor.

Como en una tienda de campaña,
que el viento furioso muerde, viento que viene de las
hondas profundidades de un caos,
aquí la pareja humana, tú y yo, amada, sentimos las
arenas largas que nos esperan.

No acaban nunca, ¿verdad? En una larga noche, sin
saberlo, las hemos recorrido;
quizá juntos, oh no, quizá solos, seguramente solos,
con un invisible rostro cansado desde el origen,
las hemos recorrido.

Y después, cuando esta súbita luna colgada bajo la
que nos hemos reconocido
se apague,
echaremos de nuevo a andar. No sé si solos, no sé
si acompañados.

No sé si por estas mismas arenas que en una noche
hacia atrás de nuevo recorreremos.
Pero ahora la luna colgada, la luna como
estrangulada, un momento brilla.
Y te miro. Y déjame que te reconozca.

A ti, mi compañía, mi sola seguridad, mi reposo
instantáneo, mi reconocimiento expreso donde
yo me siento y me soy.
Y déjame poner mis labios sobre tu frente tibia
- oh, cómo lo siento -.

Y un momento dormir sobre tu pecho, como tú sobre
el mío,
mientras la instantánea luna larga nos mira y con
piadosa luz nos cierra los ojos.




El sueño


Hay momentos  de soledad
en que el corazón reconoce, atónito, que no ama.
Acabamos de incorporarnos, cansados: el día oscuro.
Alguien duerme, inocente, todavía sobre ese lecho.
Pero quizá nosotros dormimos...Ah no: nos movemos.
Y estamos tristes, callados. La lluvia, allí insiste.
Mañana de bruma lenta, impiadosa ¡Cuán solos!
Miramos por los cristales. Las ropas caídas:
el aire, pesado; el agua, sonando. Y el cuarto
helado en este duro invierno que, fuera, es distinto.
Así te quedas callando, tu rostro en tu palma.
Tu codo sobre la mesa. La silla, en silencio,
y sólo suena el pausado respiro de alguien,
de aquella que allí, serena, bellísima, duerme
y sueña que no la quieres, y tú eres su sueño...





 LAS PALABRAS DEL POETA


    Después de las palabras muertas,
de las aún pronunciadas o dichas,
¿qué esperas? Unas hojas volantes,
más papeles dispersos. ¿Quién sabe? Unas palabras
deshechas, como el eco o la luz que muere allá en gran noche.

   Todo es noche profunda.
Morir es olvidar unas palabras dichas
en momentos de delicia o de ira, de éxtasis o abandono
cuando, despierta el alma, por los ojos se asoma
más como luz que cual sonido experto.
Experto, pues que dispuesto fuese
en virtud de su son sobre página abierta,
apoyado en palabras, o ellas con el sonido calan
el aire y se reposan. No con virtud suprema,
pero sí con un orden, infalible, si quieren.
Pues obedientes, ellas, las palabras, se atienen
a su virtud y dóciles
se posan soberanas, bajo la luz se asoman
por una lengua humana que a expresarlas se aplica.

    Y la mano reduce
su movimiento a hallarlas,
no: a descubrirlas, útil, mientras brillan, revelan,
cuando no, en desengaño, se evaporan.

    Así, quedadas a las veces, duermen,
residuo al fin de un fuego intacto
que si murió no olvida,
pero débil su memoria dejó, y allí se hallase.

    Todo es noche profunda.
Morir es olvidar palabras, resortes, vidrio, nubes,
para atenerse a un orden
invisible de día, pero cierto en la noche, en gran abismo.
Allí la tierra, estricta,
no permite otro amor que el centro entero.
Ni otro beso que serle.
Ni otro amor que el amor que, ahogado, irradia.

    En las noches profundas
correspondencia hallasen
las palabras dejadas o dormidas.
En papeles volantes, ¿quién las sabe u olvida?
Alguna vez, acaso, resonarán, ¿quién sabe?
en unos pocos corazones fraternos.









sábado, 26 de abril de 2014

Sólo por la poesía y la filosofía se puede «rescatar la identidad del yo, del alguien en peligro de naufragio en la multiplicidad de los instantes, de la vida que fluye.» - María Zambrano

25 de abril de 1904 - España
Filósofa y ensayista. Discípula de Ortega y Gasset

María Zambrano: La poesía de la razón
(FRAGMENTO)


María Zambrano es una de las grandes desconocidas de la historia del pensamiento español. A menudo minusvalorada, su obra suele confundirse en su mezcla de poesía y filosofía, y aquellos que por azar se acercan lo hacen del modo en el que se va a un jardín para recolectar flores. En cambio, vista de más cerca, su obra constituye uno de los intentos más admirables en lo relativo a aquello que aquí se ha señalado como hilo conductor: el conflicto de una razón ensimismada que ha olvidado una categoría fundamental sin la que ella no es nada, la vida. La solución que propone Zambrano es la conocida como “razón poética”, un concepto al cual es posible que el decir, tal y como lo ideó la pensadora veleña, no pueda alcanzar. Intentemos al menos aproximarnos.

Una filosofía genuina

El destino de María Zambrano viene marcado por el hecho de la guerra civil española, algo que le obligará a exiliarse en Europa y en América latina hasta su regreso a España en 1984. Alumna de Ortega y Gasset, adaptará la crítica al racionalismo de éste último, transportándola al horizonte que es para ella el momento previo del ejercicio de la razón en donde se inserta su “razón poética”. Se distinguen así tres periodos en su obra: una primera etapa de formación donde se gesta la “razón poética”, una genealogía del exilio donde se plantea la historia como problema y su última etapa marcada por el regreso a España.

La obra de María Zambrano puede responder a aquella máxima que Gilles Deleuze enunciara como la  misión de la filosofía, es decir, el arte de la creación de conceptos, donde el concepto siempre viene asociado a un problema concreto al cual  intenta responder. En el caso de Zambrano se trata del ya enunciado como “razón poética”, una razón que se inserta en la vida. Dicho concepto intenta responder al impasse  de la modernidad filosófica. Frente al sujeto cartesiano, el  yo es para Zambrano un reconocimiento  - y no un descubrimiento como para Descartes - que prueba nuestra existencia y nos revela nuestra propia naturaleza. Un reconocimiento que parte de la confrontación del individuo con aquello que no es él en un acto activo donde el destino es una creación en la confrontación.

Crítica del racionalismo

Como ya hemos venido señalando, la razón poética  se sitúa en un momento previo al ejercicio racional discursivo. Dicho momento se constituye en la aurora de la razón, en donde se aceptan los límites de lo humano y se reconoce el carácter incompleto de todo conocimiento, de ahí que su pensamiento haya sido calificado de “filosofía Auroral”. Así, su obra De la aurora presenta ya los caracteres de una crítica a la razón propia a la Modernidad filosófica, donde el ejercicio de una razón poética que se proyecta insertada en la vida actúa en la penumbra; un lugar entre la claridad de los dioses y la oscuridad de las bestias.

Frente a una razón omnipotente María Zambrano reconoce un abismo de irracionalidad indispensable al ejercicio discursivo. La racionalidad moderna se ha fundado en la identidad y en la presencia, a lo cual nuestra pensadora opone la diferencia y el reconocimiento de “lo otro” de la razón. Al sujeto cartesiano se le opone el hombre-organismo que se construye partiendo de «la ruina del anhelo, de la avidez, de la esperanza originaria». Zambrano propone un nuevo modo de conocimiento que afronta “los infiernos del ser”.

La razón poética

En Filosofía y poesía Zambrano plantea las diferencias entre el filósofo y el poeta: mientras que el primero se mueve en la espectralidad de los fantasmas, el segundo es reconocido por su heroicidad. El poeta es el único capaz de destruir los monstruos construidos por la razón. Es así que Zambrano reconoce el carácter poético y literario de la filosofía española, las cual se expresa raramente en forma de un sistema unitario, lo cual le permite conservar en ella el carácter fluido propio a la vida.

Pero sería erróneo considerar que Zambrano piensa en la “razón poética” como una manera de decir poéticamente lo ya expresado por la filosofía. Como ya se ha sugerido, la “razón poética” es el concepto que María Zambrano elabora para superar la racionalidad moderna.  La razón poética responde al origen de poeio en griego en su doble acepción, a la vez como intuición reveladora y como el medio de crear a través de la palabra. Se intenta así la reconciliación entre razón y vida, planteándose el carácter temporal de la razón poética insertada en el quicio de un presente laberíntico. Más próxima de la experiencia intuitiva que de la fría reflexión racional, la razón poética revela la apertura del futuro que plantean los peligros presentes. El presente se sitúa de este modo como horizonte donde acechan los peligros pasados.

La razón poética plantea una inversión del platonismo. Se trata de la inversión del célebre mito de la caverna. Para Zambrano la liberación de un mundo de ficción no viene por la salida de la gruta como para Platón, sino que es la caverna la ficción, pues el ser humano vive a la intemperie y en ocasiones precisa de resguardarse en las necesarias ficciones.


Carlos Benguigui. 05/2012. "María Zambrano : La poesía de la razón".
La Clé des Langues (Lyon: ENS LYON/DGESCO). ISSN 2107-7029. Mis à jour le 14 mai 2012.
Consulté le 26 avril 2014

De: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/maria-zambrano-la-poesia-de-la-razon-152837.



En la segunda mitad de la década del cuarenta, en su condición vagarosa de exiliada, María Zambrano reside en Cuba. Allí siente latir su «memoria ancestral» y define a Cuba, emocionada, como su «patria pre-natal». Los afines se atraen, y a menudo se encuentran: su actividad intelectual la llevó a frecuentar a los poetas del grupo «Orígenes» y a colaborar con cierta asiduidad en su revista. Ya los poetas de este grupo habían recibido la influencia proveniente de las lecturas de Ortega y Gasset y en María Zambrano veían la emisaria creadora del maestro madrileño. Ella los ve, cautivada, como artesanos artísticos en la función de «salvar el alma»; ellos la ven, deslumbrados como la que llega y les revela la naturaleza de su anhelo de trascendencia.
«Es en Cintio Vitier, Eliseo Diego, Octavio Smith, Fina García Marruz, donde de modo en cada uno diferente vemos a la poesía cumplir una función que diríamos de ‘salvar el alma’. No parece ninguno de ellos detenerse en la poesía como en su modo de ser, quiero decir, que siendo poetas, no aparecen decididos o detenidos en serlo.

(...)
Todos los poetas de «Orígenes» en este tiempo se aíslan del proceso descrito por Ortega y Gasset como «deshumanización de las masas», pero aquéllos especialmente mencionados en el lúcido comentario de María Zambrano son los que personalmente reivindican que «vivir es convivir», algo que, como apunta Zambrano, está en el trasmundo de la idea orteguiana. «Vivir es convivir» conduciría, sin mucho esfuerzo, a la caridad, otra palabra de la gracia. Son estos poetas, y Fina García Marruz «por añadidura», quienes con más profundidad y lealtad «vivirán y convivirán». No puede negarse la influencia que la filósofa, de «ojos tan resplandecientes como su apasionado corazón» (Equil., 1987: VII), tuvo sobre los entonces jóvenes —y ocultos— poetas cubanos. Creo que no es posible estudiar su momento poético sin incursionar en la obra de la joven filósofa.

Marta Eugenia Rodríguez Gómez

De: http://arch1.cubaencuentro.com




jueves, 24 de abril de 2014

“Para mí fue un verdadero descubrimiento Halldor Laxness”- Juan Rulfo

Halldór Laxness
23 de abril de 1902- Islandia
Escritor y ensayista


Su fama internacional se debió ante todo a tres ciclos de novelas escritas en la década de los años treinta: Salka Valka (1931-1932), retrato de una madre y su hija, trabajadoras en una planta de salazón de anguilas, y la que me sirvió como introducción gracias a un viejo ejemplar que encontré en la entidad tibetana GER con la siguiente nota "Donatiu de Víctor Alba", y la nota de edición pone: Sudamericana, 1957; Gente independiente (1934-1935), en la que muestra los esfuerzos desesperados de un campesino pobre por ganar a los campos desertizados un espacio para sembrar, y La luz del mundo (1937-1940), gran ciclo novelesco en el que traza el perfil de un poeta proletario, consagrado al poeta campesino Olafur Kárason Ljosvikingur que prosigue en los tres títulos que la completan la cuatrología: El castillo del país del verano (1938), La casa del poeta (1939) y Belleza del cielo (1940).
En esta obra clave relata la vida del trovador de los mendigos, Olafur Karason Liosvikingur. El capitalista Pietur llamado en general "triple caballo" exige del poeta la total sumisión de sus creaciones a los intereses explotadores de Pietur. Olatur es un hombre débil y enfermo, pero al mismo tiempo un audaz espíritu rebelde. Durante mucho tiempo se contenta con arrastrar una vida mísera en un mundo propio, de justicia suya, creado por su fuerza imaginadora, pero por fin se rebela contra el despotismo de Pietur y con sus canciones llama al pueblo a la lucha.
Su experiencia está en la historia de la resistencia, cuando el movimiento nacional fue interrumpido para llegar a una acuerdo con las clases dominantes, deteniendo una revolución que ya estaba en marcha. Laxness describe que el director Pietur no obra con justicia respecto a las tareas sociales; el socialismo, representado por Orn Ulfar, ignora la cuestión nacional (cuyo símbolo en la novela es la belleza pasajera y paisajística de Islandia), el trovador mendigo Olafur, que por una parte adora a su patria y por otra siente como proletario, intenta adherirse a uno u otro bando, pero queda siempre descontento porque sólo una parte de su ser es satisfecho. El ideal que lo atrae desaparece una y otra vez como un elfo en la noche de verano. Esta es una literatura que vive por sí misma, y que no se ajusta para nada a los criterios de la propaganda.
Todas ellas criticaron la sociedad burguesa de su país desde un punto de vista socialista. Cierto que su literatura es lo menos parecido que pueda haber al llamado "realismo socialista", y la prensa de los países llamados socialistas le achacaban que los comunistas no estaban dibujados de una manera muy real. La respuesta es simple: ¿Cómo iban a estarlo? Viven, coma todas las demás figuras novelescas, en el espacio mágico: aquella Walkiria rubia bajo la bandera, con los pechos palpitantes y los cabellos al viento, había estado ya en los Nibelungos. Para el escritor, el comunismo no es otra cosa que la superficie imaginativa política de la proyectada luz del mundo, el sueño de una revolución que emancipara a los trabajadores y trajera más luz. Lo mismo de patriota que de socialista, Laxness está también descontento de la evolución de Islandia. Como su héroe Olafur, se siente irritado por las condiciones reales, como Olafur, busca salvación en el horizonte. Su creación ha nacido de este impulso: al mezclar Laxness la isla de hoy con el viejo mundo de las sagas, los hombres de hoy con los elfos, las brujas, los adivinos, que hacen transformaciones y realizan milagros, crea un espacio mágico con el que las realidades no pueden ya chocar. No es una casualidad que por la obra de Laxness cruce con tanta frecuencia el Joekel, la aleta de Islandia, el sitio santo, no terrestre ya, donde está guardado el Santo Graal, donde brilla la luz emancipadora del mundo.
El socialismo fue el prisma a través del que observó el mundo durante los años treinta y cuarenta. Fue un apasionado defensor de la Unión Soviética hasta que se produjo la invasión de Hungría en 1956. Ante tal situación, Laxness, un hombre de contrastes que se encuentran en el infinito: realista e idealista, nacionalista y socialista, poeta y político, apesadumbrado sobre la cuestión el 7 de noviembre de 1956 escribió: "El error que han cometido los soviéticos en Hungría es para mí, socialista islandés, motivo de una gran tristeza. Soy miembro del Consejo de la Paz Mundial. Nada está en mayor contraste con el movimiento de la paz mundial que la intervención armada de ejércitos extranjeros contra pequeños países. Si guardase silencio ante los acontecimientos de los últimos días en Hungría, me parece que no volvería a sentirme con derecho para protestar contra las acciones de ejércitos extranjeros en otros países."



Fragmentos de Literatura y Revolución
de Pepe Gutiérrez-Álvarez

en KaosenlaRed.net





El bardo de Avon


23 de abril de 1564 - Reino Unido
Dramaturgo, poeta, actor.

                                




















martes, 22 de abril de 2014

“Leí los cuentos de Quiroga, todos, de adolescente y me los creí todos” - Guillermo Cabrera Infante


22 de abril de 1929- Cuba
Escritor y guionista



























Canción cubana


¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!








“La curiosidad es insubordinación en su más pura forma”- Vladimir Nabokov

22 de abril de 1899- Rusia
Escritor, crítico literario, profesor

Una carta que nunca llegó a Rusia

  
Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera -¡y de qué forma tan inesperada!-, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces -en las salas de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.

De: CiudadSeVa.com



domingo, 20 de abril de 2014

Vivir en las cloacas de Fyffes


José Antonio Rial
21 de abril de 1911- España


LA VOZ DE UN ESCRITOR AUTÉNTICO

“No se olvida el castigo que implica prohibición absoluta, el castigo que condena a no ser, que somete a ser noche, no de estrellas, sino abismo negro sin fondo, sin mar y sin riberas” - José Antonio Rial

La novela de José Antonio Rial La prisión de Fyffes (1969) es realmente un reportaje biográfico de las experiencias en aquella sórdida prisión, antiguo almacén de plátanos de Santa Cruz de Tenerife convertido en cárcel improvisada a raíz de la rebelión militar del general Franco. En esta prisión también estuvo recluido el más joven de los poetas canarios vanguardistas Domingo López Torres, que antes de ser arrojado al mar con otros compañeros enfundados en sacos, escribió un estremecedor poema “Los retretes (3 de la mañana)”, al que pertenecen estos versos: “Mientras la oscura cloaca de desdenes / insuficiente para tanta ofrenda / salta sobre la geometría de los bordes / inventando rizados carruseles”.

En su libro La prisión de Fyffes, Rial ha descrito sobrecogedoramente aquel repelente e insalubre lugar: “resultaba difícil superar la prueba de lo escatológico humano”, un “vivir en cloacas” en un recinto de republicanos hacinados, “hombres inmovilizados, a los que acecha la muerte cada día” y que tuvieron que enfrentarse a muy difíciles condiciones físicas y morales. La habilidad narrativa demostrada por Rial para combinar el elemento testimonial con las abundantes interiorizaciones de los personajes, pone en evidencia a un auténtico novelista.

El novelista, dramaturgo y periodista José Antonio Rial nace en San Fernando, Cádiz, el 21 de abril de 1911 y fallece en Caracas el 17 de noviembre de 2009, a la edad de 98 años. Hijo de un marinero antimilitarista, siendo muy niño se traslada con su familia a la Isla de Lobos de Canarias, donde su padre había sido destinado como farero. “Lo más característico, acaso, de mi vida ha sido criarme en faros -nos confesaría Rial- hijo de un raro torrero que escribía novelas, teatro y artículos para lejanos periódicos”. Estudia bachillerato en Las Palmas de Gran Canaria y culmina los estudios de oficial de marina en Tenerife. A los catorce años trabaja de reportero en el diario de La Provincia (Las Palmas). Se vincula al núcleo vanguardista de la revista Gaceta de Arte, dirigida por Eduardo Westerdahl, y en cuya redacción figuraban Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minit, Óscar Petana Ramos, Emeterio Gutiérrez Albelo y Domingo López Torres.

Militante de Izquierda Republicana es detenido en 1936, tras la sublevación militar del general Franco, y encarcelado en la prisión de Fyffes, donde por participar en una conspiración sufre un segundo consejo de guerra. Aunque el fiscal pide la pena de muerte, sólo permanece en la cárcel hasta el 5 de noviembre de 1943, día en que queda en libertad vigilada. Retoma su carrera literaria y publica la novela Gente de mar (1947, primer premio de la Asociación de la Prensa de Tenerife). En 1950, ante el temor de ser encarcelado nuevamente, emprende el camino del exilio a Venezuela. Trabaja para las editoriales Las Novedades y La Continental. Escribe en el periódico El Universal de Caracas, del que llega a ser jefe de redacción. Asiste a la Universidad Central, donde tiene como profesor al novelista y ensayista exiliado Segundo Serrano Poncela, que le anima a proseguir la carrera literaria. Durante casi dos décadas mantiene en la Televisión Nacional de Venezuela un programa semanal sobre teatro, “El rostro y sus máscaras”. En 2007 se le otorga la Medalla de Oro de Canarias.

José Antonio Rial publica en Venezuela los siguientes libros de prosa narrativa Venezuela Imán (1954), Reverón (1954), Jezabel (1965) y La prisión de Fyffes (1969), su obra más relevante. Más tarde, en 1991, se publica Segundo naufragio y Tiempo de espera y, en 2004, Las nereidas del faro. Participa en la obra colectiva rescatada recientemente Antología de musas cautivas (2008), edición facsímil de un valiosísimo manuscrito elaborado por presos políticos canarios en las cárceles de Lazareto-Gando y Fyffes. Sus obras de teatro, representadas a partir de mediados de los setenta por el grupo venezolano Rajatabla, le otorgan una gran popularidad y le convierten en el autor dramático más demandado del público venezolano. Entre sus numerosas obras, citaremos: Entelequias, su primera obra teatral, escrita a la edad de 18 años, Viaje interior, publicada en 1935, Ángel, obra escrita en sus años de cárcel, Los armadores de la goleta Ilusión (1950), La torre (1951), obra galardonada en el Ateneo de Caracas, Nurami (1954), Cementerio de automóviles (1957). La escuela nocturna (1963), La muerte de García Lorca (1969), El padre (1977), Bolívar (1982), La fragata del sol (1983), Cipango (1986), visión polémica del descubrimiento colombino, Panamá (1990), La Cenicienta en Palacio (1993) y Sucre, el sueño del hombre (2004), epopeya sobre el Gran Mariscal de Ayacucho y, sobre todo, un canto a la libertad.

Y como dijo el escritor isleño: “La libertad es para mí un regalo mayor que un convite para un muerto de hambre”.

Francisco Arias

De: ISLABAHIA.COM


El genocidio en Europa y medio mundo que impulsó el fascismo es harto conocido. Pero por desgracia, es más desconocido su brutal zarpazo en países como Canarias. Campos de concentración como Fyffes, Gando, La Isleta, Tefía...regaron la tierra canaria de sangre de antifascistas, revolucionarios o simples isleños comprometidos con las libertades. Detenciones, torturas, persecución, asesinatos...casi 7.000 canarios fueron asesinados, cerca de 40.000 detenidos y miles de familias humilladas y hundidas en la miseria. Todo ello en un país que, si bien resistió en algunos focos (Arucas, Vallehermoso, La Palma...), no plantó una oposición militar comparable al de otras naciones del estado. Con todo, el pueblo canario padeció una represión tal comparable a las regiones españolas que más encarnizadamente resistieron a las tropas franquistas. ¿Por qué? Aún los historiadores no nos dan respuestas convincentes. Nosotros no descartamos, en absoluto, el desprecio de los mandos militares españoles en Canarias con las masas campesinas y trabajadoras de isleñas. Todo esto sin olvidar, por supuesto, el nefasto y criminal papel que jugó las oligarquías insulares colaboracionistas. Aunque ya no puede sorprender el cinismo hispánico -ya estamos acostumbrados al mismo-  resulta bochornoso que aún pongan sobre la mesa los conventos e iglesias que fueron quemados cuando ni uno sólo de ellos fue en Canarias ni por los canarios. Exterminando  toda una generación de canarios y canarias formados, politizados y comprometidos, debemos reconocer el retroceso que supuso para la concientización de la sociedad canaria. Hoy las consecuencias continúan vigentes.

Nosotros no olvidamos el genocidio. No queremos venganza sino MEMORIA Y DIGNIDAD.

Publicado por BLOG Nación Canaria 





<“El Secretario del Mundo” deberían llamarme...> - Pietro Aretino


20 de abril de 1492- Italia
Poeta, narrador, dramaturgo.

ARETINO
( l'Arétin )

Publicado en Gil Blas, el  8 de diciembre de 1885.

      Las personas que no saben gran cosa, es decir el noventa por ciento de la sociedad llamada inteligente, rugen de indignación cuando se pronuncia esta única palabra, Aretino. Para ellos Aretino es una especie de marqués italiano que redactó, en treinta y dos artículos, el código de la lujuria. Se pronuncia su nombre muy bajo; se dice: « Ya sabe usted, el Tratado de Aretino. » Y uno se imagina que ese famoso tratado se encuentra sobre las chimeneas de las casas de desenfreno y que es consultado por los viciosos como el código Napoleón lo es por los magistrados y que revela unas cosas abominables que hacen juzgar a puerta cerrada ciertas costumbres.
      Además, más sencillo todavía, imagínense que Aretino era un pintor a quién se deben pequeñas imágenes impuras que personas mal vestidas nos ofrecen, por las noches, en las calles, bajo forma de postales transparentes.
      Desengañémonos de algunas de esas ingenuidades. Pietro Aretino fue simplemente un periodista, un periodista italiano del siglo XVI, un gran hombre, un escéptico admirable, un prodigioso denigrador de reyes, el más sorprendente de los aventureros, que supo desarrollar, como un maestro, todas las debilidades, todos lo vicios, todas las ridiculeces de la humanidad, un genio dotado de todas las cualidades naturales que permiten a un ser hacer su carrera por todos los medios, obteniendo todos los éxitos, y ser temible, alabado y respetado al igual que un Dios, a pesar de los atrevimientos más escandalosos.
      Este compatriota de Maquiavelo y de los Borgia parece ser el tipo vivo de Panurge reuniendo en él todas las bajezas y todas las astucias, pero que posee hasta tal punto el arte de utilizar esos repugnantes defectos, que impone el respeto y provoca la admiración.
      He dicho que Aretino fue un periodista, tal y como lo constata el historiador Cantu, mediante el análisis de sus obras que no son, en efecto, para la mayoría, más que artículos de periódico, panfletos, escritos del día a día, polémicas de prensa, retratos. La influencia de este escritor no fue menos extensa que la de no importa qué poeta; y su renombre más grande que el del más célebre de los artistas.

Traducción de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com

                                                                                       





"Amémonos sin tasa ni medida
puesto que para amar hemos nacido
adora mi gorrión cual yo tu nido
pues sin ellos ¿valdría algo la vida?
Y si aún luego de ésta extinguida
fuese posible amar, bien querido,
a gritos pediría el bien perdido
para seguir gozándote todavía.
Gocemos cual lo hizo regiamente
la primera pareja de mortales
bien aconsejados por la serpiente.
Que nos perdieron por amar, se dice
blasfemia son dichos tales
que sólo a quién no ama satisface.
-Pues calla y ama y también, ¡castigo!
Calla y méteme hasta los pendones
jueces de amor y del amor testigo."


SONETO XI

(Una pareja dialoga sobre sus deseos)

-Separa bien los muslos, alma mía
que quiero bien de cerca ver tu rosa
¡Oh, suavísimo vello! ¡Oh, rica cosa!
¡puerta de mi ilusión! ¡Miel! ¡Ambrosía!
Un capricho me llena de alegría;
voy a comerme fruta tan golosa;
me volveré y seré treta graciosa
pues a tu boca irá mi mercancía.
-¡Que me aplasta! ¡Aguarda! ¡Ay, mi pecho!
Jamás tan cerca vi verga tan tiesa
Mas juro que he de dejarte satisfecho.
-¡Hola al cabrón! ¡Miren la permuta!
El lame en el panal como en barbecho
y ella cree que la verga es una fruta
-¿Vieja, quieres aquí poner tu morro?
-Hijo no me pongáis los dientes largos
que tan sólo de veros ya me corro.









Grabados del pintor Marco Antonio Raimondi,
los que inspiraron a Aretino la escritura de sus Sonetos.

sábado, 19 de abril de 2014

Pascua: paso

Cómo se adora a Dios

(Canción)

No adoremos a Dios como expulsados
traficantes del templo,
con palabras vacías de sentido
y sin la fe profunda
que aclara el pensamiento.
Se adora a Dios en el cincel de Fidias,
que admira el universo,
con la brocha inmortal de Miguel Ángel,
con las notas sublimes de Rossini,
con los cantos de Homero.
Se adora a Dios con la cabeza erguida
en medio del combate,
despreciando las iras del Protervo,
y hundiendo a los tiranos en el polvo,
con su hueste execrable.
No adoremos a Dios como expulsados
traficantes del templo,
con palabras vacías de sentido
y sin la fe profunda
que aclara el pensamiento.

Alfredo Zitarrosa
De: http://letras.com