viernes, 21 de junio de 2013

"Lo único que lamento es que nunca tendré tiempo para leer todos los libros que quiero leer." - Francoise Sagan

21 de junio de 1935



Querido señor:

Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.

Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.

Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.

Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!

Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.

Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos.

Françoise Sagan.

De: algundiaenalgunaparte.wordpress.com






“Escribí esta carta en 1980 y la publiqué en L’Egoïste, el hermoso y caprichoso periódico de Nicole Wisniak. Naturalmente, antes de hacerlo pedí permiso a Sartre a través de un intermediario. No nos habíamos visto desde hacía casi veinte años. Y aun entonces sólo habíamos compartido algunas comidas con Simone de Beauvoir y mi primer marido, comidas vagamente tensas; y de tarde en tarde en algunos divertidos encuentros en lugares vespertinos poco recomendables en los que Sartre y yo fingíamos no vernos y un almuerzo con un industrial encantador vagamente encaprichado conmigo y que le propuso dirigir una revista de izquierdas que él mismo financiaría encantado (aunque, cuando el industrial en cuestión fue a cambiar su tique de estacionamiento entre el queso y el café, Sartre se mostró desanimado y al borde de la risa; en cualquier caso, poco a poco llegó de Gaulle y su aparición fue la conclusión definitiva de ese proyecto irrealizable).

Tras esos breves contactos, no volvimos a vernos durante veinte años, y durante todo ese tiempo siempre quise decirle lo mucho que le debía.

Sartre, ciego, mandó que le leyeran esta carta y me quiso ver y cenar conmigo cara a cara. Fui a buscarle al boulevard Edgar-Quinet, por donde no paso jamás desde entonces sin que se me encoja el corazón. Fuimos a La Closerie des Lilas. Yo le llevaba de la mano para que no se cayera, y lo cierto es que tartamudeaba de tan intimidada como me sentía. Creo que formábamos el dúo más curioso de las letras francesas y los jefes de comedor revoloteaban ante nosotros como una bandada de cuervos asustados.

Fue un año antes de su muerte. Sería la primera de una serie de cenas, aunque en aquel entonces yo no lo sabía. Creía que Sartre me invitaba sólo por pura amabilidad y también creía que yo moriría antes que él.

Después seguimos comiendo juntos cada diez días. Yo iba a buscarle, le encontraba a punto en la entrada, con su trenca, y huíamos como un par de ladrones, fuera cual fuera la compañía. Debo reconocer que, contrariamente a lo que cuentan sus seres más allegados, y según los recuerdos que conservan de sus últimos meses, jamás me horrorizó ni me abrumó su forma de comer. Sin duda todo parecía zigzaguear un poco sobre su tenedor, aunque en un gesto típico de ciego, no de viejo chocho. No logro entender a los que se compadecen de él en sus artículos y en sus libros, aparentemente afligidos y hablando con desprecio de esas comidas. Deberían haber cerrado los ojos si tan delicada tenían la vista y limitarse a escucharle. Escuchar esa voz alegre, valerosa y viril, oír la libertad de sus palabras.

Lo que le gustaba de nuestra relación, o eso me decía, era que nunca hablábamos de los demás ni de nuestras relaciones comunes: hablábamos, decía, como dos viajeros en el andén de una estación… Le echo de menos. Me encantaba tomarle la mano y que él me tomara el espíritu. Me encantaba hacer lo que me pedía, me daban igual sus torpezas de ciego; admiraba que hubiera sido capaz de sobrevivir a su pasión por la literatura. Me encantaba coger su ascensor, llevarle a pasear en coche, cortarle la carne, intentar alegrarnos las dos o tres horas que pasábamos juntos, prepararle el té, llevarle whisky a escondidas, escuchar música juntos, y sobre todo me encantaba escucharle. Me daba mucha pena dejarle delante de la puerta de su casa, de pie, con los ojos en mi dirección y el aire afligido cuando yo me iba. En cada una de esas ocasiones tenía la impresión, a pesar de nuestros encuentros precisos y cercanos, de que no volveríamos a vernos; de que Sartre estaba más que harto de «la traviesa Lili» -esa era yo- y de mi hablar entrecortado. Temía que nos ocurriera algo a uno o al otro. Y sin duda la última vez que le vi, delante de la última puerta esperando conmigo el último ascensor, estaba más tranquila. Pensé que para él yo era un poco importante; no se me ocurrió que muy pronto poco podría hacer eso por conservarle la vida. Me acuerdo de esas extrañas comidas, gastronómicas o no, que celebrábamos en los discretos restaurantes del XIVe arrondissement.

-¿Sabe? Me han leído su «carta de amor» -me dijo en una ocasión al principio-, y me ha encantado. Aunque ¿cómo pedir que me la relean para poder deleitarme con todos sus cumplidos? ¡Seguro que me toman por paranoico!

Fue entonces cuando le grabé mi propia declaración -cosa que me llevó seis horas, pues no paraba de tartamudear- y pegué un esparadrapo a la cinta para que la reconociera al tocarla. A veces, en sus tardes de depresión, quería escucharla a solas, aunque sin duda lo hacía para complacerme. Decía también:

-Está empezando a cortarme los trozos de carne demasiado grandes. ¿No me estará perdiendo el respeto?

Y en cuanto me afanaba sobre su plato, él se echaba a reír.

-Es usted muy amable y eso es buena señal. La gente inteligente es siempre amable. Sólo he conocido a un tipo inteligente y malvado, pero se trataba de un pederasta y vivía en el desierto.

Y es que había tenido a menudo a su alrededor hombres, esos jóvenes ancianos, chiquillos, esos viejos chiquillos que le reclamaban como padre, a él que sólo había disfrutado de la compañía de las mujeres.

-¡Ah, pero me agotan! -decía-. Lo de Hiroshima es culpa mía, lo de Stalin es culpa mía, sus pretensiones son culpa mía, y culpa mía es su estupidez…

Y se reía de los subterfugios empleados por esos falsos huérfanos intelectuales que le querían por padre. ¿Padre, Sartre? ¡Qué idea! ¿Marido, Sartre? ¡Tampoco! Amante quizá. Esa soltura, ese calor que incluso ciego y medio paralítico mostraba hacia una mujer eran más que reveladores.

-¿Sabe usted? Cuando empecé a sufrir cierto grado de ceguera y comprendí que no podría seguir escribiendo (por entonces escribía diez horas al día desde hacía cincuenta años y fueron los mejores momentos de mi vida), cuando comprendí que para mí eso se había minado, me quedé muy afectado y llegué incluso a pensar en suicidarme.

Al ver que yo no decía nada y al sentirme aterrada ante la idea de su martirio, añadió:

-Pero ni siquiera lo intenté. Hasta entonces había sido un hombre tan feliz, había sido hasta ese momento un hombre, un personaje tan hecho para la felicidad, que no iba a cambiar de rol así, de golpe. Sigo siendo feliz, por pura costumbre.

Y cuando le oía hablar así, oía también lo que no decía: para no destruir, para no afligir a los míos, a las mías. Y sobre todo a esas mujeres que a veces le llamaban a medianoche, cuando volvíamos de nuestras cenas, o por la tarde, cuando tomábamos el té, y que sonaban tan exigentes, tan posesivas, tan dependientes de ese hombre enfermo, ciego y desposeído de su oficio de escritor. Esas mujeres que por su propia desmesura le restituían la vida, su vida de hasta entonces, su vida de mujeriego, de pendón, de mentiroso, de hombre compasivo o de comediante.

Después, ese último año Sartre se marchó de vacaciones, unas vacaciones divididas entre tres meses y tres mujeres, que él afrontaba con una amabilidad y un fatalismo sin falla. Durante todo el verano creí haberle perdido un poco. Al llegar el otoño regresó y volvimos a vernos. Y pensé que esta vez yo estaría «para siempre»: para siempre mi coche, su ascensor, el té, las cintas, esa voz divertida, a veces tierna, esa voz segura. Sin embargo, otro «para siempre» le esperaba ya. Desgraciadamente un «para siempre» que sólo le incluía a él.

Fui a su entierro sin dar demasiado crédito. Sin embargo resultó un hermoso entierro, con miles de personas de todo tipo que también le querían, le respetaban, y que le acompañaron durante kilómetros hasta su última morada. Personas que no habían tenido la desgracia de conocerle y de verle durante todo un año, que no tenían en la cabeza cincuenta lugares comunes desgarradores de él, personas que no le echarían de menos cada diez días, todos los días, personas a las que envidié y compadecí a la vez.

Y si después me he indignado, naturalmente, ante los vergonzosos relatos en que se retrataba a un Sartre chocho, obra de algunas personas de su entorno, si he dejado de leer ciertos recuerdos de él, no he olvidado su voz, su risa, su inteligencia, su valor y su bondad. Estoy sinceramente convencida de que jamás me recuperaré de su muerte. Pues a veces, ¿qué hacer? ¿Qué pensar? Sólo ese hombre inado podía decírmelo, sólo a él podía creerle. Sartre nació el 21 de junio de 1905, yo el 21 de junio de 1935, pero no creo (de hecho, no tengo ninguna necesidad de ello) que me queden más de treinta años sin él en este planeta”.

Francoise Sagan

Fuente│ El Cultural.es.







jueves, 20 de junio de 2013

"Me ven, luego soy"- Jean Paul Sartre

21 de junio de 1905



“Transformo para mí la frase imbécil y criminal del profeta de ustedes, ese “pienso, luego existo” que tanto me hizo sufrir, pues “mientras más pensaba menos me parecía ser”, y digo: “me ven, luego soy”. Ya no tengo que soportar la responsabilidad de mi transcurrir pastoso: “el que me ve me hace ser, soy como él me ve. Vuelvo hacia la noche mi faz nocturna y eterna, me erijo como un desafío y digo a Dios: aquí estoy. Aquí estoy tal y como tú me ves, tal como soy. ¿Qué puedo hacer yo? “Tú me conoces y yo no me conozco.” ¿Qué puedo hacer sino soportarme? Y tú, “cuya mirada me crea eternamente”, sopórtame. ¡Mateo, qué dicha y qué suplicio! Por fin me he transformado en mí mismo. Me odian, me desprecian, me soportan, “una presencia me sostiene en el ser para siempre”. Soy infinito e infinitamente culpable. Pero “yo soy”. Mateo “soy”. Ante Dios y ante los hombres, soy.”

“Los caminos de la libertad”, II        



Mi queridísima Françoise:

                                        Mira que me llega a gustar tu libro Buenos días, tristeza (qué título), tu primer libro, que fue uno de los raros milagros del siglo pasado. Recuerdo que en 1954 eras una niña de papá de dieciocho años (hoy se dice pija), en Carjarc, en el departamento del Lot. Cogiste un bolígrafo y escribiste en un cuaderno: "A este sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido horrorosa. No la conocía, tan solo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás." En efecto, toda la música, el encanto y la melancolía que irradian en ti ya están contenidos en este primer párrafo de tu primer libro. Durante el resto de tu vida, no has hecho más que ir declinando la suavidad de tu tristeza, el egoísmo del hastío, el temor a la soledad. Ay, amiga mía, la vida es una cosa ambigua, una nube flotante, algo que no es blanco ni negro, sino eternamente gris.

En realidad, te llamas Françoise Quoirez, pero tomaste prestado como seudónimo el nombre de un personaje de Albertine desaparecida, de Marcel Proust, porque a los dieciocho años ya te sentías horrorizada por el paso del tiempo. Tuyas son estas palabras: "Mi pensamiento favorito es dejar pasar el tiempo, tener tiempo, tomarme mi tiempo, perder el tiempo, vivir a contratiempo." Tú sí que sabes, estimada Françoise. Yo no puede decir lo mismo. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una desilusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro su aparente hoy, basta para desintegrarlo. ¿Será ésa la razón por lo que has vivido tan deprisa? Tampoco es casualidad que robaras el título de tu novela de un verso del poema de Paul Eluard titulado La vida inmediata.
  
¿Y qué cuentas en Buenos días, tristeza? La historia de Cécile, una infeliz niña bien (hoy se dice pija, o sea) que pasa sus vacaciones con su padre viudo y la amante de éste en la Costa Azul. Todo transcurre a las mil maravillas hasta que, un día decide casarse con su amante, Anne, una mujer bastante seria y equilibrada que corre el riesgo de quebrantar esa indolente existencia. Entonces Cécile trama un complot en el más puro estilo Pierre Choderlos de Laclos para que el proyecto fracase. Se sale con la suya, pero el vodevil acaba en tragedia porque la fiesta ya no podrá disimular la desesperación, las risas no harán olvidar que el amor es imposible, la felicidad espantosa, el placer vano, y la frivolidad grave... "Mi padre era frívolo, de una irremediable frivolidad." Una vez dijiste: "Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender." El amor, querida Françoise, es todo lo que no se tiene.
  
En treinta y tres días, tú captaste tu época. Raramente en el siglo pasado habríamos tenido la certeza tan instantánea de un estado de gracia semejante. "Sabía muy poco del amor: citas, besos, hastíos." Y eso que sabías poco, hija; citas, besos, hastíos. Hoy las escritoras para llegar a esto necesitan cientos de páginas. Aunque la hayas pifiado en algunas de tus novelas posteriores, seguiré siendo eternamente fiel a Cécile, la narradora de esa maravilla que es Buenos días, tristeza: esa loca frívola y sin remedio, una Zelda Fitgerald francesa, que ganó su finca normanda en el casino de Deauvulle y estuvo a punto de morir como Nimier en un accidente de Austin Martin, una niña mimada (o sea, pija), una mujer tan generosa que acaba totalmente arruinada y enferma, atrapada por el fisco, enganchada a la coca, y abandonada por su corte.

Buenos días, tristeza constituyó primero un escándalo, ¿lo recuerdas? y luego un fenómeno social, pero hoy el estruendo ya está olvidado, como tantas cosas, ¿qué queda de todo aquello? Una breve novela perfecta, rebosante de una frágil emoción, un libro de esos que uno lee muy pocas veces a lo largo de su vida, una misteriosa obra maestra, imposible de analizar, que te hace sentirte menos solo y más solo al mismo tiempo. Mauriac tenía razón, querida Françoise, al calificarte de "monstruo encantador." Hay que ser un monstruo para tener la humildad de fingir ser una juerguista toda tu vida cuando en realidad eras un genio.

Solo me queda decirte, querida Françoise, que la extensión de la soledad hace apenas visible la presa que huye, porque las cosas nunca desertan: estar solo, como hoy, como siempre, es estar solo de ti mismo y el tiempo nos trata despiadadamente, no le importa nuestra tristeza.

Besos y un fuerte abrazo

Jean-Paul Sastre

DE: fmaesteban.blogspot.com


Ese amor














La escucho parpadear y me despierta
con la garganta seca y la mente revuelta.
Se vuelve rock and roll en mis canciones,
cuchillo y flores de amor bajo la tela de mis pantalones.
Es azúcar quemada, ave de mil colores
que no canta y se espanta de escuchar mis dolores.
Día por medio la pienso, día por medio la olvido.
Hay días que se pasa entre suspiros.
Arroyo de conciencia y cigarrillos.
Humo junto al mar, su cuerpo sobre el mío
tratando de encontrar ese amor
que hemos perdido.

Raúl Trindade


Ejerciendo mi derecho a réplica

En estos últimos días, arreció sobre los educadores uruguayos la protesta de distintos agentes sociales: políticos de las más variadas posturas, diferentes periodistas al servicio de similares poderes, ciudadanos de todos los status, en fin, todo el mundo ejerciendo un derecho de opinión legalizado, la forma más pura de la “doxa” de Parménides quien, con la solvencia que gesta el conocimiento, la distinguía rotundamente de “la vía de la verdad”.

Como docente vocacional que me siento para mi fuero íntimo y que no tengo ningún reparo en reconocer públicamente porque mi accionar diario me avala desde hace unos veinticinco años aproximadamente, voy a sumarme a la defensa que el sabio griego practicaba en relación a “la vía de la verdad”. Sí, mis argumentos no proceden del acomodaticio voceo que convenientemente rueda por emisoras y calles sino que provienen del mundo científico, del mundo sensible y de esa facultad superior del pensamiento -la deducción- que cualquier ser medianamente comprometido verazmente con la realidad puede establecer.

En principio, recorriendo todo el arsenal intelectual emanado de las más diversas disciplinas actuales, el gran denominador común es que la educación incide en todos los órdenes de la vida humana en forma directa, indirecta, inmediata y mediatamente; atañe a la economía (por mencionar al más poderoso e impersonal), a la salud, a la industria, a la seguridad, al desarrollo intelectual, a la cultura en general, a la integridad humana, en síntesis.

Si así lo es -y no en vano se escriben toneladas de tesis y discursos que lo acreditan y disposiciones políticas que aparentar implementarlos-, cómo es posible que no se haya percibido hasta ahora -20 de junio de 2013- que:

a)  Por Educación es imprescindible reconocer la imperiosa necesidad de empezar a trabajar en una línea de “Educación Permanente”, y dentro de ese concepto, en primer lugar, la decisión irrevocable de considerar A LOS PADRES COMO LOS PRIMERÍSIMOS EDUCANDOS.
Aquí en Uruguay está aún vigente en el imaginario una figura de “madres y padres” que no se corresponde con la idea tradicional. En principio, porque han cambiado las estructuras familiares: en general, las madres trabajan, los padres han abandonado a sus hijos (como si el divorcio o la separación habilitara a ello), los y las abuelas se encargan de sobrellevar la situación como pueden. En suma, aunque duela, nuestros niños y niñas y adolescentes se sienten desolados, perdidos, a la intemperie.
El tiempo no me lo permite así que sólo mis oídos y mi corazón registran desde hace muchos años los comentarios de jovencitos y jovencitas de liceos en contextos críticos -en los que por opción me he desempeñado siempre (y de hombres y mujeres, porque también ejerzo en Establecimientos Penitenciarios) hermanados por una historia similar: la soledad (ya sea porque están efectivamente sin compañía, porque están con sus mayores pero a ninguno le importa lo que ocurre adentro de esa frágil cascarita o porque desatan sobre ellos la violencia verbal y física).
¿Alguien medianamente coherente puede suponer que un joven puede aprender matemáticas, geografía, etc., etc., en esas condiciones? ¿Y acaso, es la única sustancia esa para la formación de una persona?

¿Qué ocurre cuando además de esa desprotección, un grupo “inclusivo” (que es la bandera que blandimos últimamente en Seminarios y Congresos) está integrado por nueve o diez jovencitos que presentan las más diversas patologías psiquiátricas, y su maestro o su profesor apenas si recibió formación sobre el abc de la Psicología infantil imperante hace 40 o 50 años, y el Liceo sólo cuenta con una Psicóloga que debe fragmentarse en segundos para repartir su magra carga horaria entre 1500 alumnos? ¿Han tomado medidas congruentes en algún escalón jerárquico para siquiera paliar esta terrible situación? ¿Qué se pretende de nosotros? Demasiado fieles hemos sido a nuestra vocación, irreversiblemente apegados a los más indefensos (tal cual el legado recibido del mejor de los Orientales), al lidiar en la vanguardia de todas las crisis habidas -las reconocidas y las disfrazadas-.-
Tampoco los docentes pertenecientes a Contextos de Encierro hemos recibido formación específica (y hace más de ocho años que está en funcionamiento esta presencia); parece que hay una excesiva confianza en nuestro “mester”, parece que hay una gran indiferencia hacia los más básicos postulados éticos y jurídicos.

¿A qué rendimiento están refiriéndose? Al pan, pan: se pretende "magia" ¿Sabe el público todo esto? Tal vez lo ignore, porque ni los gobernantes, ni las autoridades lo han declarado en ningún momento y, por supuesto, cómo podría recogerlo entonces la prensa? Claro, yo pertenezco a una generación donde los periodistas cumplían a carta cabal su misión de investigar; aún creo en los códigos, en las convicciones.

De un hecho, en cambio, tengo la certeza de su conocimiento general: todo el mundo sabe el estado desastroso de los locales educativos. Las cámaras los han mostrado. Pero todavía es posible agregar un dato no verificado por la tecnología de los medios: la temperatura. ¿Saben ustedes que trabajamos, juntitos con los chiquilines, a ocho o diez grados en invierno? Por supuesto, todo deja una experiencia: antes, yo no podía pensar con ese abrumante frío; ahora, estoy curtida y cada vez pienso mejor.

Por último, y presumiendo que no sea un dato tan extraño, me pregunto si la opinión pública conoce el tiempo reloj que insume la corrección de un trabajo escrito en una materia como Literatura, por ejemplo. Cronometrado: entre cuatro y cuatro horas y media para un grupo de treinta alumnos. Ni hablar de las planificaciones diarias, el registro de las libretas, etc., etc., porque no me quiero alejar de esa circunstancia de la evaluación ya que, como también se sabe, en general la mayoría de los y las docentes trabajamos dos turnos; es decir que, los escritos quedan para el fin de semana: sábados y domingos.
La remuneración de un docente de cualquier grado abarca, exclusivamente, las horas de clase. Hasta el momento no conozco otra profesión que implique la donación encubierta del dignificante trabajo. ¿Se entiende ahora por qué hay tantos docentes “burn out”, por nombrar la más reciente de las enfermedades profesionales?

En suma, y por “la vía de la verdad”: la deuda con la Educación sigue sin ser saldada y el concepto de Educación que reclama la realidad está muy distante de la práctica de este Estado; estamos tan solos y solas como nuestros/as alumnos/as.



Profa. Ana Milán



miércoles, 19 de junio de 2013

¿"Quién soy yo"?- Gibreel en Los Versos Satánicos

19 de junio de 1947
Salman Rushdie


I
EL ÁNGEL GIBREEL


1
«Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos—
tienes que haber muerto. ¡Ay, sí! ¡Ay, sí! Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. ¡Ta-taa! ¡Takachum! ¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer...» Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido.


«Yo te digo que debes morir, te digo, te digo...», y así una vez y otra, bajo una luna de
alabastro, hasta que una voz estentórea rasgó la noche: «¡Al diablo con tus canciones! —Las
palabras pendían, cristalinas, en la noche blanca y helada—. En tus películas sólo movías los labios porque te doblaban, así que ahórrame ahora ese ruido infernal.»
Gibreel, el solista desafinado, hacía piruetas al claro de luna, mientras cantaba su espontáneo gazal, nadando en el aire, ora mariposa, ora braza, enroscándose, extendiendo brazos y piernas en el casi infinito del casi amanecer, adoptando actitudes heráldicas, ora rampante, ora yacente, oponiendo la ligereza a la gravedad. Rodó alegremente hacia la sardónica voz. «Hola, compañero, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué hay, mi buen Chamchito?» A lo que el otro, una sombra impecable que caía cabeza abajo en perfecta vertical, con su traje gris bien abrochado y los brazos pegados a los costados, tocado, como lo más natural del mundo, con extemporáneo bombín, hizo la mueca propia del enemigo de diminutivos. «¡Eh, paisano! —gritó Gibreel, provocando otra mueca invertida—. ¡Es el mismo Londres, chico! ¡Allá vamos! Esos cabritos de ahí abajo no sabrán lo que se les vino encima, si un meteoro, un rayo o la venganza de Dios. Llovidos del cielo, muñeca. ¡Puummmmba! Cras, ¿eh? ¡Qué entrada, Yyyaaa! Yo te digo... Flas.»


Llovidos del cielo: un big bang seguido de catarata de estrellas. Un principio de Universo,
un eco en miniatura del nacimiento del tiempo... el jumbo Bostan, vuelo AI-420 de la Air India, estalló sin previo aviso a gran altura sobre la grande, putrefacta, hermosa, nivea y resplandeciente ciudad de Mahagonny, Babilonia, Alphaville. Claro que Gibreel ya ha pronunciado su nombre, de manera que yo no puedo interferir: el mismo Londres, capital de Vilayet, parpadeaba, centelleaba y se mecía en la noche. Mientras, a una altura de Himalaya, un sol fugaz y prematuro estallaba en el aire cristalino de enero, un punto desaparecía de las pantallas de radar y el aire transparente se llenaba de cuerpos que descendían del Everest de la catástrofe a la láctea palidez del mar.

¿Quién soy yo?
¿Quién más está ahí?

El avión se partió por la mitad, como vaina que suelta las semillas, huevo que descubre su
misterio. Dos actores, Gibreel, el de las piruetas, y el abotonado y circunspecto Mr. Saladin Chamcha, caían cual briznas de tabaco de un viejo cigarro roto. Encima, detrás, debajo de ellos, planeaban en el vacío butacas reclinables, auriculares estéreo, carritos de bebidas, recipientes de los efectos del malestar provocado por la locomoción, tarjetas de desembarque, juegos de vídeo libres de aduana, gorras con galones, vasos de papel, mantas, máscaras de oxígeno... Y también —porque a bordo del aparato viajaban no pocos emigrantes, sí, un número considerable de esposas que habían sido interrogadas, por razonables y concienzudos funcionarios, acerca de la longitud y marcas distintivas de los genitales del marido, y un regular contingente de niños sobre cuya legitimidad el Gobierno británico había manifestado sus siempre razonables dudas—, también, mezclados con los restos del avión, no menos fragmentados ni menos absurdos, flotaban los desechos del alma, recuerdos rotos, yoes arrinconados, lenguas maternas cercenadas, intimidades
violadas, chistes intraducibies, futuros extinguidos, amores perdidos, significado olvidado de palabras huecas y altisonantes, tierra, entorno natural, casa. Un poco aturdidos por el estallido, Gibreel y Saladin bajaban como fardos soltados por una cigüeña distraída de pico flojo, y Chamcha, que caía cabeza abajo, en la posición recomendada para el feto que va a entrar en el cuello del útero, empezó a sentir una sorda irritación ante la resistencia del otro a caer con normalidad. Saladin descendía en picado mientras que Farishta abrazaba el aire, asiéndolo con brazos y piernas, con los ademanes del actor amanerado que desconoce las técnicas de la sobriedad. Abajo, cubiertas de nubes, esperaban su entrada las corrientes lentas y glaciales de la Manga inglesa, la zona señalada para su reencarnación marina.
«Oh, mis zapatos son japoneses —cantaba Gibreel, traduciendo al inglés la letra de la vieja
canción, en semiinconsciente deferencia hacia la nación anfitriona que se precipitaba a su encuentro—, el pantalón, inglés, pues no faltaba más. En la cabeza, un gorro ruso rojo; mas el corazón sigue siendo indio, a pesar de todo.» Las nubes hervían, espumeantes, cada vez más cerca, y quizá fuera por aquella gran fantasmagoría de cúmulos y cumulonimbos, con sus tormentosas cúspides enhiestas a la luz del amanecer, quizá fuera el dúo (cantando el uno y abucheando el otro) o quizás el delirio provocado por la explosión que les evitaba apercibirse de lo inminente..., lo cierto es que los dos hombres, Gibreelsaladin Farischtachamcha, condenados a esta angelicodemoníaca caída sin fin pero efímera, no se dieron cuenta del momento en que empezaba el proceso de su transmutación. ¿Mutación?


Sí, señor; pero no casual. Allá arriba, en el aire-espacio, en ese campo blando e intangible
que el siglo ha hecho viable y que se ha convertido en uno de sus lugares definitorios, la zona de la movilidad y de la guerra, la que empequeñece el planeta, la del vacío de poder, la más insegura y transitoria, ilusoria, discontinua y metamórfica —porque, cuando lo arrojas todo al aire, puede ocurrir cualquier cosa—, allá arriba, decía, se operaron, en unos actores delirantes, cambios que habrían alegrado el corazón del viejo Mr. Lamarck: bajo extrema presión ambiental, se adquirieron determinadas características.

¿Qué características respectivamente? Calma, ¿se han creído que la Creación se produce a
marchas forzadas? Bien, pues la revelación tampoco... Echen una mirada a la pareja. ¿Observan algo extraño? Sólo dos hombres morenos en caída libre; la cosa no tiene nada de particular, pensarán, treparon demasiado, se pasaron, volaron muy cerca del sol, ¿no es eso? No es eso. Presten atención.
  
Mr. Saladin Chamcha, consternado por los sonidos que manaban de la boca de Gibreel
Farishta, contraatacó con sus propios versos. Lo que Farishta oyó tremolar en el fantasmagórico aire nocturno era también una vieja canción, letra de Mr. James Thomson, mil setecientos a mil setecientos cuarenta y ocho. «... por orden del cielo —entonaba Chamcha con unos labios que el frío ponía patrióticamente rojos, blancos y azules— surgió del aaaazul... —Farishta, consternado, se desgañitaba cantando a los zapatos japoneses, los gorros rusos y los corazones inviolablemente subcontinentales, pero no conseguía ahogar la atronadora voz de Saladin— ... y los ángeles de la guaaaarda entonaban el estribillo.»
Desengañémonos, era imposible que se oyeran mutuamente, y no digamos que conversaran
y compitieran en el canto de esta manera. Acelerando hacia el planeta, con la atmósfera silbando alrededor, ¿cómo habían de oírse? Pero, desengañémonos nuevamente, se oían.
Se precipitaban hacia abajo y el frío invernal que les escarchaba las pestañas y amenazaba
con helarles el corazón estaba a punto de despertarles de su ensueño exaltado, ya iban a percatarse del milagro del canto, de la lluvia de extremidades y de niños de la que ellos formaban parte y del horrible destino que subía a su encuentro cuando, empapándose y congelándose instantáneamente, se sumergieron en la ebullición glacial de las nubes.


Se hallaban en lo que parecía ser un largo túnel vertical. Chamcha, atildado, envarado y
todavía cabeza abajo, vio cómo Gibreel Farishta, con su camisa sport color púrpura, nadaba hacia él por aquel embudo con paredes de nube, y quiso gritar: «No te acerques, aléjate de mí», pero algo se lo impidió, un agudo cosquilleo que se iniciaba en sus intestinos, de manera que, en lugar de proferir palabras hostiles, abrió los brazos y Farishta nadó hacia ellos y quedaron abrazados cabeza con pie, y la fuerza de la colisión les hizo voltear y caer haciendo molinetes por el agujero que conducía al País de las Maravillas. Mientras se abrían paso, surgieron de la blancura una sucesión de formas nebulosas, en metamorfosis incesante de dioses en toros, mujeres en arañas y hombres en lobos. Nubes-criaturas híbridas se precipitaban hacia ellos, flores gigantes con pechos humanos colgadas de tallos carnosos, gatos alados y centauros, y Chamcha, en su aturdimiento, tenía la impresión de que también él había adquirido calidad nebulosa y metamórfica, híbrida, como si estuviera convirtiéndose en la persona cuya cabeza estaba inserta entre sus piernas y cuyas piernas se enlazaban alrededor de su largo y estirado cuello.
Aquella persona, empero, no tenía tiempo para tales fantasías; es más, era incapaz de
entregarse al más nimio fantaseo. Y es que acababa de ver emerger del remolino de las nubes la figura de una seductora mujer de cierta edad, con sari de brocado verde y oro, brillante en la nariz y moño alto bien defendido por la laca de los embates del viento de las alturas, que viajaba cómodamente sentada en alfombra voladora. 
«Rekha Merchant —saludó Gibreel—, ¿acaso no has podido encontrar el camino del cielo?» ¡Impertinentes palabras para ser dichas a una muerta! Pero, en descargo del osado, puede aducirse su condición traumatizada y vertiginosa... Chamcha, agarrado a sus piernas, profirió una interrogación de perplejidad: 
«¿Qué diablos?»
«¿Tú no la ves? —gritó Gibreel—. ¿No ves su recondenada alfombra de Bokhara?»
No, no, Gibbo, susurró en sus oídos la voz de la mujer; no esperes que él confirme. Yo soy única y estrictamente para tus ojos, excremento de cerdo, mi bien. Con la muerte llega la sinceridad, amor, y ahora puedo llamarte por tu nombre.
La nebulosa Rekha murmuraba agrias trivialidades, pero Gibreel gritó otra vez a Chamcha: «Compa, ¿la ves o no la ves?»

Saladin Chamcha no veía, ni oía, ni decía nada. Gibreel se encaró con ella solo. «No debiste hacerlo —la reprendió—. No, señora. Es un pecado. Una enormidad.»
Oh, y ahora me riñes, rió ella. Ahora tú eres el que se da aires de moralidad, qué risa. Tú me dejaste, le recordó su voz al oído, como si le mordisqueara el lóbulo de la oreja. Fuiste tú, luna de mis delicias, el que se escondió en una nube. Y yo me quedé a oscuras, ciega, perdida por amor.
Él empezaba a tener miedo. «¿Qué quieres? No; no me lo digas, sólo márchate.»
Cuando estuviste enfermo, yo no podía ir a verte, por el escándalo; tú sabías que no podía, que me mantenía apartada por tu bien, pero después me castigaste, lo utilizaste de pretexto para marcharte, de nube para esconderte. Eso, y también a ella, la mujer de los hielos. Canalla. Ahora que estoy muerta he olvidado cómo se perdona. Yo te maldigo, mi Gibreel, que tu vida sea un infierno. Un infierno, porque ahí me mandaste, maldito seas, y de ahí viniste, demonio, y ahí vas, imbécil, que te aproveche la jodida zambullida. La maldición de Rekha y, después, unos versos en una lengua que él no entendía, secos y sibilantes, en los que repetidamente creyó distinguir, o tal vez no, el nombre de Al-Lat.
Gibreel se apretó contra Chamcha y salieron de las nubes.

La velocidad, la sensación de velocidad volvió, silbando su nota escalofriante. El techo de nubes voló hacia lo alto, el suelo de agua se acercó y ellos abrieron los ojos. Un grito, el mismo grito que aleteaba en su vientre cuando Gibreel nadaba por el cielo, escapó de labios de Chamcha; un rayo de sol taladró su boca abierta liberándolo. Pero Chamcha y Farishta, que habían caído a través de las transformaciones de las nubes, también tenían contorno vago y difuso, y cuando la luz del sol dio en Chamcha, liberó algo más que un grito.
«Vuela —gritó Chamcha a Gibreel—. Echa a volar, ya.» Y, sin saber la razón, agregó lada
orden: «Y canta.»

¿Cómo llega al mundo lo nuevo? ¿Cómo nace?
¿De qué fusiones, transubstanciaciones y conjunciones se forma?
¿Cómo sobrevive, siendo como es tan extremo y peligroso? ¿Qué compromisos, qué pactos, qué traiciones a su íntima naturaleza tiene que hacer para contener a la panda de demoledores, al ángel exterminador, a la guillotina?
¿Es siempre caída el nacimiento?

¿Tienen alas los ángeles? ¿Vuelan los hombres?

Fragmento de: Los Versos Satánicos
De: Salman Rushdie



"Vidalita, acordate de José Artigas y endulzate la boca cuando lo digas".- Carlos Bonavita



19 de junio de 1764


Bandera de Artigas, hasta los tuétanos hija
de su purísimo e irrepetible sentimiento,
de su innegociable ideario,
de su entrega absoluta a la Vida
que es de todos y es de naides. 

Por él creada el 1º de marzo de 1815, bajo la energía de estas palabras: 

"“Yo he ordenado en todos los pueblos libres de aquella opresión, que se levante una igual a la de mi Ctel. Gral., blanca en medio, azul en los dos extremos, y en medio de estos unos listones colorados, signo de la distinción de nuestra grandeza, de nuestra decisión por la República, y de la sangre derramada para sostener nuestra libertad e independencia...”.
(Archivo Artigas Tomo Vigésimo) De: Wikipedia




Martín José Artigas, capitán de milicias 
y miembro del cabildo de Montevideo, 
se casó con Francisca Antonia Pascual Rodríguez.
José Artigas fue el tercer hijo 
de los seis que tuvieron sus padres.
Su abuela materna era descendiente 
de una princesa inca llamada Beatriz Tupac Yipanqui.




En la “Vida del brigadier general D. José Gervasio Artigas”, publicada en 1860, Isidoro de María afirmó que Artigas había “nacido en el año 1758 en Montevideo”.  En 1879, al reeditar este estudio en el tomo primero de los “Rasgos biográficos”, expresó: “Artigas era natural de Montevideo.  Nació en Las Piedras por el año 1760”.  Pero en 1884, al publicar la tercera edición de esta obra, rectificó este error.  Para esa fecha ya había sido dado a conocer por Carlos M. Ramírez, en ocasión de su polémica con el “Sud América”, el texto de la partida de bautismo de Artigas.  “La tradición, expresa De María, lo daba nacido en el pago o partido de Las Piedras, probablemente por las circunstancias de poseer sus padres un establecimiento de campo en el Sauce Solo, jurisdicción de la parroquia de Las Piedras.  Siguiendo esa creencia lo dimos, en la primera edición, como nacido en Las Piedras.  Pero por la partida de bautismo que obtuvimos posteriormente, etc”, “consta –dice- haber nacido en Montevideo el 19 de junio de 1764 y bautizado el 21 del mismo en la iglesia parroquial de esta ciudad”.


Destituidas pues de todo fundamento están las versiones según las cuales Artigas habría nacido en Sauce, Las Piedras o Pando.  Debemos atenernos a la partida de bautismo que lo declara natural de Montevideo.  Queda por determinar ahora en qué lugar de la ciudad de Montevideo nació el prócer.

En “La Semana”, el 18 de mayo de 1911, Alberto Dutrenit, luego de aceptar sin reservas que Artigas había nacido en Montevideo, se refirió a la dificultad que existía para determinar la ubicación de su casa natal, localizada por algunos elementos tradicionales y sin ningún fundamento en la calle Washington.  Cuando nació Artigas en 1764, su padre no tenía propiedades en la ciudad, de la que se hallaba ausente durante largos períodos.  Nada parece más natural que su esposa, hija única, viviera en la casa que sus padres tenían en Montevideo.  En efecto María Rodríguez Camejo y Felipe Pascual Arnal, fallecidos en 1772 y en 1773, poseyeron una finca ubicada en las esquinas de las actuales calles Cerrito y Colón, propiedad, que fue heredada por Martín José y Francisca Antonia Arnal, padres de Artigas, que en ella residían de seguro en compañía de los abuelos maternos de Artigas en el año 1764 en que éste nació.  Esa finca pasó luego a ser de pertenencia de Artigas y en ella residió su hijo José María, casado con Josefa De María, cuyo hermano, el cronista Isidoro De María publicó en 1900 un breve e ilustrativo artículo relacionado con el punto.  Es curioso señalar el detalle de que habiendo sido De María quien en un principio formuló las afirmaciones más erróneas sobre la fecha y el lugar del nacimiento de Artigas, fuera quien cincuenta años después aportara elementos de juicio esclarecedores sobre el segundo aspecto del problema.  En efecto, en el citado artículo inserto en “Rojo y Blanco” el 24 de junio de 1900, el venerable cronista se refirió a los bienes que Artigas recibió como herencia de sus padres, figurando entre ellos “un solar de terreno en la calle San Benito, de 25 varas de frente por 50 de fondo”.  Dice que lo percibió por herencia materna y que más tarde con la finca que habían levantado sus bisabuelos pasó a ser propiedad del hijo del prócer José María Artigas Villagrán, cuñado de María.  “En este edificio –expresa De María- casi derrumbado en 1833, fue donde nació el general Don José Gervasio de Artigas, y en su terreno se halla actualmente edificada la casa de la calle Colón número 71”.

El solar nativo de Artigas puede pues localizarse en la esquina noreste formada por las calles Colón y Cerrito, entonces San Benito y San Luis, donde se levantó la propiedad de sus abuelos maternos María Rodríguez Camejo y Felipe Pascual Arnal.



Casa natal de Artigas en Montevideo

La casa no era amplia, tampoco podía llamársela bella.  Pero resultaba cómoda.  En 1832 en que le fue adjudicada a la hija primogénita Martina Antonia, la acción del tiempo ya le había causado deterioros, pero mantenía todavía cubiertos sus gruesos muros de piedra y firme su alargado techo de teja, a dos aguas, de aleros rasantes (sin aleros), techo cuya construcción había demandado en su lejana época y vaya el detalle para los que gustan de cifras exactas el empleo de 5.000 tejas sin una más ni una menos.
De acuerdo a su orientación en aquella esquina, la casa recibía el embate de los vientos del sur, por la parte de su mojinete, proyectado a su vez hacia la calle San Benito (Colón hoy y anteriormente sin nombre) la bañaban desde el amanecer los rayos del sol.

En este frente se abrían dos pequeñas ventanas sin rejas, flanqueando a distancia proporcionada la principal abertura, o sea la que, en su lenguaje corriente, los familiares denominaban desde vieja data con cierto énfasis portal de entrada.  Sus dinteles se apoyaban sobre un escalón de piedra. Hacia la esquina se abría la segunda puerta, también con su escalón.

Construida en un solo cuerpo, la casa alargaba allí su planta rectangular de unas 18 varas de largo (m. 15,03) por 6 y media de ancho (m. 5,4275) teniendo una altura de 3 varas (m. 2,52) hasta los aleros y 5 (m. 4,18) hasta la cumbrera.  En esta planta se contaban tres piezas corridas, también con denominación propia en el lenguaje familiar, o sean el cuarto esquina, la sala y el cuarto dormitorio.

Entre el primero y la segunda se mantenía interiormente la separación de ambientes mediante una divisoria de adobe, y entre ésta y el último cuarto, realizaba igual objetivo una divisoria en que se abría una abertura con marco, sin batientes.  La sala que no era otra cosa que el comedor, comunicaba a la calle por el portal de entrada y recibía la luz también por una de las ventanitas (ventana a la calle) ya mencionadas.  La segunda ventana corresponde al cuarto dormitorio, que además tenía otra en opuesto sentido (¿o sería una puerta?), con vista al gran patio, sin corredor (¿no tendría alero?), todo pavimentado de piedra loza y hacia el cual sólo tenía salida desde las dos piezas primeramente mencionadas.

En este patio se veía implantado hacia la parte de la calle San Luis (hoy Cerrito), el llamado cuarto de los viejos, para cuya construcción contribuyó con los materiales correspondientes Martín José Artigas.

En el mismo patio, situada frente al cuarto dormitorio, del que distaba unas pocas varas, estaba la cocina, lugar de estar de la familia, como todas las de su tiempo, y donde a la hora del asado confraternizaban en rueda cordial amos y esclavos.  Era bastante amplia y disponía de un fogón con estribadero, campana y chimenea.  Tenía, como únicas aberturas una puerta y una ventana.  Sobre sus paredes de piedra, reposaba un techo armado con 18 tijeras (vigas de madera en forma de cabreadas) y cubierto en 800 tejas.  Tal era en sus principales características la casa (natal) de Artigas.

De : www.revisionistas.com.ar

Casa de los Artigas en Sauce.


Quizás pueda esta niña representar
a una de las tantas y tantos 
por los que Artigas sentía tanta devoción.
Quizás ella no conoce aún
aquella frase emblemática
de su credo social
que dice: 

"Los niños americanos tienen que saber
que se puede elegir entre
el cautiverio y el desierto".


Transmitirla es el mejor tributo
que podemos rendirle
al mejor de los orientales.
Por eso, oportuno es agradecer también
a Gonzalo Abella,
un maestro visceralmente artiguista, 
por haber roto el silencio una vez más.









domingo, 16 de junio de 2013

“No tengo nada, / ¡más que esta tranquilidad! / ¡Este frescor!” - Kobayashi Issa

Un maestro del haiku
15 de junio de 1763 - Japón

De la nada a la nada a través del tamiz del dolor, 
y aun así, la serenidad.





Las flores han caído:
ahora nuestras mentes
están tranquilas.



El mendigo
tiene el cielo y la tierra
como ropa de verano.



La noche es larga;
el sonido del agua
dice lo que pienso.



El año se va:
oculto mis canas
a mi padre.



Escuchamos los insectos
y las voces humanas
con distintos oídos.



Un exhausto gorrión
en medio
de un montón de niños.



La mariposa voladora:
yo me siento
una criatura del polvo.



Nosotros, seres humanos,
retorciéndonos entre
las flores que se abren.



Bajo la fría lluvia,
por amor a los demás,
¡ten Piedad, Buda!



De: Amediavoz.com