sábado, 8 de junio de 2013

"¿Qué tienes para soportar la vida, corazón loco...?"- Marguerite Yourcenar

8 de junio de 1903 - Bélgica
Marguerite Yourcenar

 “Los cuatro votos budistas que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo en volver a decirlos en este momento delante de usted, porque un voto es una plegaria, y más secreto aun que una plegaria [...] Simplificando: se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio; perfeccionarse en la medida de lo posible, y por fin por numerosas que sean las criaturas que vagan en la extensión de los tres mundos, es decir en el universo, trabajar para salvarlas. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí al amor de los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de 26 siglos”.

“Si tuviera un consejo para dar a un ser joven y del cual respetara la inteligencia, el ardor o la valentía, le diría: «No te apegues. No te apegues nunca. Demasiadas servidumbres encontrarás en tu vida que te forjarás libremente y al azar, y sin saber adónde te conducirá el compromiso asumido. Por el bien de los otros como por el tuyo propio, no te apegues. La desdicha consiste en que se requiere haber estado frecuentemente apegado para conocer el precio de no estarlo».La atadura exterior tan sólo se siente, en cualquier caso, cuando el lazo interior se ha gastado o se ha roto. Pero, por otro lado, quien no se apega sólo conoce lo más superficial de los seres. [...]La libélula con cuerpo de coral, de un rosado visible solamente cuando se posa sobre mi mano. Durante el vuelo, la gasa de sus alas lo recubre”.

“Un sabio griego, Bion, [...] habría dicho la siguiente frase: «Los niños matan a las ranas por juego, pero ellas mueren de verdad». Para explicar a los niños por todos aquellos que se ocupan de la infancia.” [...]

De: Marguerite Yourcenar: Viaje y conciencia de lo universal
Por Vicente Torres






Cuento azul
Marguerite Yourcenar

Traducción de Mariana Hernández Cruz

Yourcenar, Marguerite. "Conte blue" en Conte bleu suivi de le Premier soir et de Maléfice, Paris, Gallimard, 1996.

Los mercaderes provenientes de Europa estaban sentados en el puente, frente al mar azul, bajo la sombra índigo de las velas remendadas con retazos grises. Sin cesar, el sol cambiaba de lugar entre los cordajes y el balanceo lo hacía rebotar como una pelota en una red de tejido demasiado abierto. El navío viraba continuamente para evitar los escollos, mientras el atento piloto acariciaba su barbilla azul.

Los mercaderes desembarcaron al crepúsculo en una ribera adoquinada con mármol blanco. Vetas azuladas corrían por la superficie de las grandes losas que antaño sirvieron como recubrimiento de los templos. Los mercaderes seguían el sentido del ocaso y las sombras que se alargaban detrás de ellos sobre el camino eran más delgadas, más grandes y menos negras que al mediodía, y su matiz azul pálido hacía pensar en las ojeras que se perciben bajo los párpados de un enfermo. Unas inscripciones azules temblaban en las blancas cúpulas de las mezquitas como tatuajes sobre un seno delicado y, de vez en cuando, una turquesa se desprendía del artesonado, arrastrada por su propio peso, y caía con un ruido sordo sobre el tapiz blando y ajado.

En cuanto se levantó, la luna se consagró a errar, cual vampiresa, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul como la escamosa cola de una sirena, y el mercader griego encontró en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte, un cierto parecido con las grupas lisas y azules de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su luz en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes entraron al patio de honor para resguardarse del viento del mar, pero las asustadas mujeres se negaron a recibirlos, y ellos se desollaron los nudillos en vano a fuerza de golpear las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable. El frío era tan cruel que el mercader holandés perdió los cinco dedos del pie izquierdo y una tortuga amputó dos de los dedos de la mano derecha del italiano quien, en la oscuridad, la confundió con un simple cabujón de lapislázuli. Finalmente, un negro enorme salió llorando del palacio y les dijo que cada noche las damas rechazaban su amor porque su piel no era suficientemente oscura. El mercader griego supo ganarse su benevolencia ofreciéndole como regalo un talismán hecho con sangre seca y tierra de cementerio, y el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar recomendando a las mujeres no alzar demasiado la voz para no despertar a los camellos y perturbar a las serpientes que mamaban su leche al claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres bajo los ojos curiosos de las sirvientas, entre humos de olores azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de tablones dorados, una china ataviada con un vestido anaranjado los acusó de impostores, pues los anillos que le ofrecían se volvían invisibles al contacto con su piel amarilla; ninguno reparó en una mujer vestida de negro que estaba sentada al fondo del corredor y como caminaron distraídamente sobre un pliegue de su falda, ella los maldijo en el nombre del cielo en la lengua de los tártaros, en el nombre del sol en lengua turca y en el nombre de la arena en la lengua del desierto. En un cuarto tapizado de telas de araña, no obtuvieron respuesta de una mujer vestida de gris que se palpaba incesantemente para asegurarse de que existía; huyeron de una sala color carmín donde encontraron a una mujer vestida de rojo, que se desangraba a través de una larga herida abierta en su pecho, pero ella no parecía darse cuenta ya que su ropaje no estaba manchado.

Por último, se refugiaron en donde estaban las cocinas y allí discutieron la mejor forma de llegar hasta la caverna de los zafiros. Eran interrumpidos constantemente por el paso de los portadores de agua, y un perro cubierto de sarna lamió el muñón azulado del mercader italiano que había perdido los dedos. Vieron asomar por la escalera del sótano a una joven esclava que llevaba pedazos de hielo apilados en un tazón de cristal turbio. Sin darse cuenta, ella posó el tazón sobre una columna de aire para poder levantar las manos, a modo de saludo, a la altura de su frente, donde tenía tatuada la estrella de los magos. Su cabello negro-azulado corría desde sus sienes hasta sus hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas, y su boca no era más que una llaga azul. Su vestido lavanda, desteñido por lavarse con frecuencia, estaba todo desgarrado en las rodillas pues tenía el hábito de postrarse asiduamente a rezar.

Como era sordomuda, poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes; asintió con gravedad cuando uno tras otro le mostraron el color de sus ojos en un espejo y el rastro de sus pasos sobre el polvo del corredor, indicándole que los guiara. El mercader griego le ofreció sus talismanes: ella los rechazó como una mujer feliz, pero con la sonrisa de una mujer desesperada. El mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia extendiendo su vestido desgarrado, y ellos no comprendieron si se juzgaba demasiado pobre o demasiado rica para tales esplendores.

Con la ayuda de una brizna de hierba, la joven forzó el picaporte de una puerta; se encontraron en un patio redondo como el interior de un balde, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. Luego usó su dedo pequeño para abrir una segunda puerta que daba a la llanura, y uno tras otro se adentraron en la isla por un camino bordeado de ramos de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, pequeñas y negras como víboras y como la joven no tenía una, pensaron que tal vez era un fantasma.

Las colinas, azules a la distancia, se volvían negras, castañas y grises a medida que se acercaban, pero el mercader de Turena no perdía el valor y, para reconfortarse, cantaba las melodías de su país. El mercader castellano fue atacado dos veces por un escorpión; sus piernas se hincharon hasta las rodillas y se tornaron del color de las berenjenas maduras; sin embargo, no experimentaba dolor alguno y llevaba un paso más solemne y seguro que los otros, como si se sintiera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba porque los talones de la joven estaban perlados de sangre ya que caminaba descalza sobre trozos de porcelana y vidrios.

Tuvieron que deslizarse sobre sus rodillas hacia el interior de la caverna, que no abría al mundo más que una boca estrecha y resquebrajada. Pero la gruta era más espaciosa de lo que se hubiera creído y cuando sus ojos hicieron amistad con las tinieblas, descubrieron por todas partes fragmentos de cielo entre las grietas de la roca. Un lago inmaculado ocupaba el centro de la cueva; cuando el mercader italiano le lanzó un guijarro para calcular su profundidad, no se escuchó caer, pero en la superficie se formaron burbujas como si una sirena despertada bruscamente hubiera expirado todo el aire que llenaba sus pulmones azules. El mercader griego metió sus ávidas manos en esa agua que se las tiñó hasta las muñecas, como el líquido hirviente en el barril del tintorero, mas no consiguió asir los zafiros que bogaban cual flotillas de nautilos sobre las aguas, más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y lanzó al agua sus cabellos, a los que los zafiros se prendieron como a las mallas sedosas de una red oscura. Primero, llamó al mercader holandés, quien llenó de zafiros sus zapatos, y al mercader turenés, que llenó su gorro. El mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, y el castellano se arrancó los guantes de piel de las manos sudorosas y en adelante los usó colgados del cuello, como manos cortadas. Cuando llegó el turno del mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; entonces la muchacha se quitó un pendiente de bisutería y le ordenó por señas que lo pusiera sobre su corazón.

Reptaron fuera de la caverna y la joven le pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gran piedra sobre la entrada. Después hizo un sello con arcilla y un hilo de sus cabellos. La ruta de regreso les pareció más larga que en la mañana; el mercader castellano comenzó a sufrir a causa de sus piernas envenenadas y se tambaleaba blasfemando en nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, hambriento, quiso beber de las cantimploras azules de los higos maduros, pero cientos de abejas escondidas en su sabrosa espesura le picaron en la garganta y en las manos.

Cuando llegaron al pie de las murallas, dieron un rodeo para evitar a los centinelas. Se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto porque hacía mucho tiempo que en ese país ya no se pescaban. Su barca flotaba débilmente sobre el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único vestigio de una estatua colosal erigida en honor de un dios cuyo nombre ya no recordaba nadie. En el muelle, la joven quiso despedirse de los mercaderes poniendo sus dos manos sobre su corazón, pero el griego la tomó de las muñecas y la arrastró dentro de la nave, con el propósito de venderla al príncipe veneciano de Negroponto, que amaba a las mujeres heridas o lisiadas. La sordomuda se dejó llevar sin resistencia. Al caer sobre el suelo del puente, sus lágrimas se convertían en aguamarinas, por lo que sus verdugos de las ingeniaron para hacerla llorar.

La desnudaron y la ataron al mástil. Su cuerpo era tan blanco que hubiera servido de faro a los barcos que navegaran por esa clara noche de las Islas. Cuando terminaron de jugar su partida de palillos, los mercaderes bajaron a los camarotes para dormir. Al alba, el holandés, atormentado por el deseo, subió al puente y se acercó a la prisionera para violarla. Pero la joven había desaparecido; las ataduras vacías colgaban del tronco del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus delgados y suaves pies, no quedaba nada más que un montón de hierbas aromáticas del que se desprendía un vapor azul.

Los días siguientes, la calma reinó sobre el mar; los rayos de sol que caían sobre aquel manto color de algas hacían el ruido que hace el hierro al rojo vivo cuando se sumerge en agua fría. Las piernas gangrenosas del mercader castellano estaban azules como las montañas que se advertían en el horizonte, y ríos purulentos escurrían desde las tablas del puente hacia el mar. Cuando su sufrimiento fue intolerable, sacó de su cinturón una larga daga triangular y se cortó las piernas envenenadas a la altura de los muslos. Agotado, murió al amanecer, después de haber legado sus zafiros al basiliense, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana, hicieron un descanso en Esmirna, y el mercader turenés, que temía al mar, desembarcó con la intención de continuar su viaje al lomo de una buena mula. Un banquero armenio le cambió sus zafiros por diez mil piezas de oro con la efigie de San Juan; eran perfectamente redondas y el turenés cargó trece mulas con felicidad. Pero cuando regresó a Angers después de siete años de viaje, se enteró de que la moneda de San Juan no tenía valor en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por un cántaro de cerveza subastado en el muelle, pero escupió en seguida el insípido líquido desbravado que no tenía el mismo sabor que en las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia para hacerse nombrar Dogo, pero murió asesinado al día siguiente de sus bodas con el golfo. En cuanto al mercader griego, ató sus zafiros a un largo hilo y los suspendió a los costados del barco para que el contacto con las olas favoreciera su hermoso color azul. Las húmedas piedras se volvieron líquidas y no aportaron al tesoro del mar sino algunas gotas de agua transparente; sin embargo, el mercader griego se consoló pescando peces que cocía sobre ceniza.

La tarde del vigésimo séptimo día, fueron atacados por un corsario. El mercader basiliense engulló sus zafiros para protegerlos de la avaricia de los piratas y murió desgarrado por los daños en las entrañas. El griego se arrojó al mar y fue recogido por un delfín que lo acompañó de vuelta a Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto sobre la barca en medio de cadáveres y sacos vacíos; no se habían tomado la molestia de despojarlo del pendiente de vidrio azul. Treinta días después, la barca que flotaba a la deriva entró por sí sola en el puerto de Dublín y el irlandés bajó a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Llovía. Los techos oblicuos de las casas bajas hacían pensar en grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. Los charcos salpicaban la calzada desigual; el cielo, de un marrón sucio, estaba tan cenagoso que los ángeles no hubieran osado salir de la casa de Dios. Las calles estaban completamente desiertas; una mercería ambulante, llena de cordones, zapatos y calcetines color beige, estaba abandonada  al borde de una banqueta bajo un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el portal de la catedral no hacían nada por evitar que la lluvia cayera sobre sus coronas o sus tiaras, y santa Magdalena la recibía sobre sus pechos desnudos.

El desalentado mercader fue a sentarse en un pórtico junto a una joven mendiga. Ella era tan pobre que su cuerpo azulado por el frío se veía bajo las desgarraduras de su vestido gris; sus rodillas entrechocaban ligeramente; entre los dedos cubiertos de sabañones, tenía un mendrugo de pan que el mercader le pidió por el amor de Dios. Ella se lo tendió enseguida.

El mercader hubiera querido regalarle el pendiente de vidrio azul porque no tenía otra cosa que ofrecer, pero en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello y entre las cuentas de su rosario. Y se echó a llorar porque ya no poseía nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en el que casi pereció.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en torno a ellos, la joven se estrechó contra él para darle calor. Él le pidió noticias del país y ella le respondió en el dialecto del pueblo que él había abandonado siendo muy joven. Entonces, él apartó los cabellos desordenados que cubrían el rostro de la mendiga, pero estaba tan sucio que la lluvia trazaba canales blancos sobre él, y descubrió con horror que era ciega y que su ojo izquierdo ya había desaparecido bajo una nube siniestra. Mas no por eso dejó de reposar la cabeza sobre sus rodillas cubiertas de andrajos y se durmió tranquilo, porque el ojo derecho, privado de vista, era sin embargo milagrosamente azul.

De: www.puntoenlinea.unam.mx/



El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle


Respuestas

-¿Qué tienes para consolar la tumba,
Corazón insolente, corazón en rebeldía?
El fruto maduro pesa y se desprende.
¿Qué tienes para consolar la tumba?
-Tengo el caudal de haber sido.

-¿Qué tienes para soportar la vida,
Corazón loco, corazón pronto al hastío?
Corazón sin esperanza y sin deseo,
¿Qué tienes para soportar la vida?
-Piedad, por lo que ha de pasar.


-¿Qué tienes para despreciar a los hombres,
Corazón duro, corazón rompible?
¿Qué tienes para despreciar a los hombres?
¿Qué eres más de lo que somos?
-Capaz de despreciarme.

Versión de Silvia Barón-Supervielle





Gwendolyn Brooks, una voz que debemos mantener vibrando

7 de junio de 1917
Primera escritora afroamericana ganadora del Pulitzer de Poesía.
Los Comedores de Judías

Se alimentan básicamente de judías, 
este par de viejos amarillentos.
Cenando en un acto casual.
En un simple y astillado plato 
sobre una mesa simple y crujiente,
con cubiertos de estaño.
Dos Buenas Personas.
Dos que han vivido mucho,
Aunque siempre usen la misma ropa
Y conserven sus cosas viejas.
Y recordando…
Recordando, entre parpadeos y puntadas,
Inclinados sobre las judías en un cuarto 
trasero alquilado lleno de cuentas y recibos y
muñecas y ropas, hebras de tabaco, jarrones 
y marginados.




Nosotros los más enrollados
Jugadores de Billares.
Siete en la Dorada Pala

Nosotros los más enrollados. Nosotros
Dejamos la escuela. Nosotros
Merodeamos al anochecer. Nosotros
Golpeamos despiadados. Nosotros
Cantamos al pecado. Nosotros
Rebajamos la ginebra. Nosotros
sonando jazz en junio. Nosotros
Morimos pronto



La Loca

No cantaré una canción de Mayo
Una canción de Mayo sería alegre
Esperaré hasta Noviembre
Y cantaré una canción gris
Esperaré hasta Noviembre
Que es el tiempo para mí
Saldré en la helada oscuridad
Y cantaré terriblemente.
Y toda la pequeña gente
Se me quedará mirando y dirá
“Esa es la Loca
Que no pudo cantar en Mayo”

Versiones de Carlos Bruno Castañeda



Los niños de los pobres

 1.

Las personas sin niños endurecen
alcanzan la frialdad y la insolencia
no se cuidan y van con displicencia
el huracán o el fuego acometen.
Y si la tierra entera es arrasada
mueren simplemente, agitadas
sus almas sin huellas, desmañadas
ríen o caen, tímidas, paralizadas.
Mientras tanto, en la sombra, nosotros
escuchamos impotentes el extraño
gimoteo-lloriqueo de los niños
que suave nos atrapa y hace otros,
nos conjura y convierte en azúcar
las molestias y verdades del amor.


2.

¿Qué les daré a mis hijos? Pobres son
condenados como parias de la tierra
mis dulces leprosos que no piden
ropa de terciopelo suave y tierna
pero me ruegan por un brusco giro
tomados de mi mano van gritando
no quieren seguir más de contrabando
ni ángeles, ni admirables, ni seguros.
Mi mano atosigada de pendientes
sin derecho a mi propia morada
ningún proyecto servirá de nada
ni penas ni amor serán suficientes
para afianzar a mis mitades que viajan
por el otoño helado en todas partes.

  
3.

¿Diré a mis niños que recen por rezar?
Pequeños, invadan el sobrio lugar
fantasmal, con ecos de penitentes
histéricos y arrogantes por esta vez.
Entiendan, niños, no hay pecados que expiar
protejan sus almas en normas dudosas
sean como tumbas, mulas metafísicas
aprendan que Dios no suele abandonar.
Tras el susurro de sus limpias palabras
esperaré si quieren: repasen salmos
si esto los asusta: tejan creencias
y si los desgarra: vuélvanse calmos.
En la frente y en los dedos, sean sabios,
alisten una venda para sus ojos.


[Trad. de Oscar Godoy Barbosa]
En Blog de Poesía Solidaria



La Madre



Los abortos no te dejan olvidar.
Recuerdas a los niños que recibiste
y que no pudiste recibir,
pulpas húmedas y pequeñas,
con poco o nada de pelo,
los cantantes y trabajadores
que nunca recibieron el aire.

Nunca los descuidarás ni los golpearás,
ni los callarás ni los comprarás con un dulce.
Nunca harás que dejen de chuparse el dedo
ni ahuyentarás a los fantasmas que llegan.
Nunca los dejarás,
mientras contienes un exquisito suspiro,
y regresas para hacerte un bocado de ellos,
con golosa mirada de madre.

He escuchado en las voces del viento
las voces de mis tenues
hijos asesinados.
Me he contraído. Me he aliviado.
Mis débiles amados en los pechos
de los que nunca mamaron.
He dicho, Cariños, si pequé, si les arrebaté
su suerte
y sus vidas de su alcance inconcluso,
si robé sus nacimientos y sus nombres,
sus simples lágrimas de bebé y sus juegos,
sus amores acartonados o hermosos, sus tumultos,
sus matrimonios,
sus dolores y sus muertes,
si envenené el comienzo de sus respiros,
créanme que hasta cuando más decidida fui,
no estaba decidida.
Aunque ¿por qué habría yo de gimotear,
gimotear que el crimen fue de otro y no mío?
Si de todos modos están muertos.
O más bien, o en cambio,
nunca tomaron forma.
Por eso también, me temo,
es incorrecto: ay, ¿qué debo decir,
cómo decir la verdad?
Nacieron, tuvieron cuerpo, murieron.
Solo que nunca se rieron ni hicieron planes
ni lloraron.

Créanme, los amé a todos.
Créanme, los conocí, aunque desdibujados,
 y los amé, los amé
a todos."


De: Desatando a la Mujer Fuerte, Clarissa Pinkola Estés. Editorial Diana.
De: taomujer.blogspot.com


poetry foundation.org



viernes, 7 de junio de 2013

"La Voz Dormida se está convirtiendo en un acto casi social, porque la gente viene a contarme sus historias cuando el libro está ya acabado"- Dulce Chacón


Dulce Chacón
6 de junio de 1954


-¿Cómo surge La voz dormida? ¿Es un poso de Cielos de barro, algo que le quedó y que tenía que decir?
-No, yo empecé esta novela antes que Cielos de barro. Lo que ocurre es que Cielos se me atravesó y tuve que dejar esta. La voz dormida surge de una necesidad personal de hace mucho tiempo, de conocer la historia de España que no me contaron, aquella que fue censurada y silenciada. Para mí, era importante conocer la historia reciente de nuestro país, me movió un deseo y un impulso de saber más. He estado documentándome e investigando durante cuatro años para poder escribir la novela. He consultado con historiadores, he leído muchos libros y, sobre todo, he recogido muchos testimonios orales. Esto fue lo que me motivó a centrar la historia en las mujeres, porque creo que son las protagonistas de la Historia que nunca se contó. Esa es la voz silenciada, la figura en la sombra. La historia con minúscula es la que me ha servido para darle carne a los personajes e incorporar a cada uno de ellos una historia real.
-Todas las historias que aparecen en la novela ¿son reales?
-Prácticamente todas las historias están documentadas en hechos reales, no es que sean reales en sí. Hortensia, por ejemplo, una mujer condenada a muerte que esperan que nazca su hijo para fusilarla, no existió y es, por tanto, ficticia. Pero ha habido muchos casos parecidos y en ellos me he basado.
-¿Qué diferencia La voz dormida con sus obras anteriores?
-Lo que he hecho ha sido ficcionalizar la realidad, he cogido pedazos de realidad y los he incorporado a la novela. La línea argumental de la novela es ficticia, pero el tiempo en el que se desarrolla es real. Las penurias están documentadas en hechos reales. He construido una verdad a medias sobre el hecho de una verdad completamente auténtica. Es la primera vez que mezclo ficción y realidad.
-¿Qué diferencias ha encontrado entre lo que le contaron de pequeña sobre la guerra y lo que ha descubierto después?
-Hay una fundamental: la mayor parte de la información que tenemos los españoles ha sido la historia que nos han contado los vencedores de la guerra civil. Los vencedores ocultaron gran parte de la historia que no interesaba que se supiera. Esa parte oculta y en sombras es la que intentamos recuperar muchos, a través de las novelas, del cine, de los documentales. Hay en España, una inquietud por adentrarnos en esa época. Hay que darle a la memoria el lugar que debe ocupar.
-¿Produce resquemor hablar de la guerra civil con la gente?
-Yo pienso que sí hay un conflicto. Hablar todavía del conflicto es revivirlo, y existe ese resquemor quizá porque se ha hablado poco de él. Es necesario hablar más y contar más, para que la voz sea un instrumento de reconciliación y no un arma arrojadiza contra el otro. La reconciliación real todavía no ha llegado, porque aún no se ha producido esa conversación. Hemos oído la versión de los vencedores, ahora tenemos que oír a los vencidos
-¿Hay ira en esa gente que salió derrotada?
-Yo recuerdo una mujer que habló conmigo, que se llama Pepita y es la que me inspira la protagonista de la historia...
          .....

           -He leído en algún sitio que usted dijo que la guerra civil no acabó con el bando franquista del 39, sino con la muerte del franquismo. Pero ahora acaba de decir que aún no ha terminado.

-No, yo no he dicho que acabara con la muerte de Franco. La guerra civil acabó para unos en el 39, y para otros quizá no haya acabado, porque hay mucha gente que todavía no ha podido contar su historia. El silencio está enquistado de tal manera que está hecho callo, y es muy difícil sanar ese silencio. El conflicto acabó, por supuesto, en el 39, pero la exterminación física de los republicanos y de los rojos era la política de “tierra quemada” del franquismo. Durante muchísimos años se estuvo fusilando a gente diariamente. Y luego, cuando ya habían conseguido lo que querían, se siguió reprimiendo a los familiares de los presos.

-Sí, es como esa anécdota que cuenta en la novela, en la que un personaje muere en abril del 76 poco antes de que la policía se presente a buscarlo, como todos los años, para evitar que se manifestara en el primero de mayo, y les dice su mujer: "pasen y llevénselo".

-Claro, eso es. Porque la libertad era una libertad vigilada, incluso los que no habían sufrido penas de cárcel, estaban vigilados. El horror debió haber acabado al finalizar la guerra, y no fue así. El silencio debía haber acabado cuando murió Franco y no acabó. Se hicieron los Pactos de la Transición, que obligaban a cambiar armonía por silencio. Cuando ya han pasado 25 años de la transición, mucha gente dice "bueno, y ahora para qué contar esta historia", a mí eso me lo han dicho. Ese "para qué" forma parte del silencio. El conflicto acabará cuando se pueda hablar libremente de él. No es ira ni revancha, sino un deseo legítimo de recuperar una memoria olvidada y secuestrada. Hay muchísimo que contar. Yo he hablado con gente que no había hablado de esto con nadie, gente que me pide que cierre la ventana para poder hablar, porque teme que sus vecinos la escuchen o que la señalen con el dedo. Eso significa que no se ha hablado todo lo que se debía haber hablado.

-¿Cómo ve el papel de la mujer hoy día?

-La mujer perdió dos veces. Perdió la guerra civil y perdió los derechos civiles que había logrado durante la República. En el primer caso, perdieron las mujeres republicanas, en el segundo, las dos, tanto republicanas como nacionales, porque fueron relegadas al ámbito doméstico. Hubo un organismo oficial que se llamaba la Sección Femenina, y que ensañaba a la mujer a ser ama de casa, descanso del guerrero y ángel del hogar. Esto lo explica muy bien Mary Nash en un libro que se titula Rojas. Esa pérdida la hemos arrastrado hasta hoy. La mujer tiene que mostrar su valía doblemente en cualquier campo, porque nuestra sociedad, la sociedad española, sigue siendo muy machista.

Fragmentos de Entrevista a Dulce Chacón extraídos de Revista Espéculo

© Santiago Velázquez Jordán 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/dchacon.html














La novela, cuya lectura recomendamos fervorosamente,
fue transferida a lenguaje cinematográfico
después del fallecimiento de la autora.









jueves, 6 de junio de 2013

“El corazón nos corre a veces por todo el cuerpo, como si fuera un perro perseguido”- Federico García Lorca



5 de junio de 1878
El maleficio de la mariposa
(Primera obra escrita por el autor)

Comedia en dos actos y un prólogo

PERSONAJES:
DOÑA CURIANA
CURIANA NIGROMÁNTICA
CURIANITA SILVIA
DOÑA ORGULLOS, madre de Curianita Silvia
MARIPOSA
CURIANITO EL NENE, hijo de Doña Curiana
GUSANO PRIMERO
ALACRANCITO EL CORTAMIMBRES
GUSANO SEGUNDO
CURIANA CAMPESINA PRIMERA
GUSANO TERCERO
CURIANA CAMPESINA SEGUNDA
CURIANITA SANTA
OTRAS CURIANAS CAMPESINAS
CURIANAS GUARDIANAS


PRÓLOGO

Señores: La comedia que vais a escuchar es humilde e inquietante, comedia rota del que quiere arañar a la luna y se araña su corazón, El amor, lo mismo que pasa con sus burlas y sus fracasos por la vida del hombre, pasa en esta ocasión por una escondida pradera poblada de insectos donde hacía mucho tiempo era la vida apacible y serena. Los insectos estaban contentos, sólo se preocupaban de beber tranquilos las gotas de rocío y de educar a sus hijuelos en el santo temor de sus dioses. Se amaban por costumbre y sin preocupaciones. El amor pasaba de padres a hijos como una joya vieja y exquisita que recibiera el primer insecto de las manos de Dios. Con la misma tranquilidad y la certeza que el polen de las flores se entrega al viento, ellos se gozaban del amor bajo la hierba húmeda. Pero un día... hubo un insecto que quiso ir más allá del amor. Se prendó de una visión de algo que estaba muy lejos de su vida... Quizá leyó con mucha dificultad algún libro de versos que dejó abandonado sobre el musgo un poeta de los pocos que van al campo, y se envenenó con aquello de «yo te amo, mujer imposible». Por eso, yo os suplico a todos que no dejéis nunca libros de versos en las praderas, porque podéis causar mucha desolación entre los insectos. La poesía que pregunta por qué se corren las estrellas es muy dañina para las almas sin abrir... Inútil es deciros que el enamorado bichito se murió. ¡Y es que la Muerte se disfraza de Amor! ¡Cuántas veces el enorme esqueleto portador de la guadaña, que vemos pintado en los devocionarios, toma la forma de una mujer para engañarnos y abrirnos las puertas de su sombra! Parece que el niño Cupido duerme muchas veces en las cuencas vacías de su calavera. ¡En cuántas antiguas historietas, una flor, un beso o una mirada hacen el terrible oficio de puñal!

Un viejo silfo del bosque escapado de un libro del gran Shakespeare, que anda por los prados sosteniendo con unas muletas sus alas marchitas, contó al Poeta esta historia oculta en un anochecer de otoño, cuando se fueron los rebaños, y ahora el poeta os la repite envuelta en su propia melancolía. Pero antes de empezar quiero haceros el mismo ruego que a él le hizo el viejo silfo aquel anochecer de otoño, cuando se fueron los rebaños. ¿Por qué os causan repugnancias algunos insectos limpios y brillantes que se mueven graciosamente entre las hierbas? ¿Y por qué a vosotros los hombres, llenos de pecados y de vicios incurables, os inspiran asco los buenos gusanos que se pasean tranquilamente por la pradera y tomando el sol en la mañana tibia? ¿Qué motivo tenéis para despreciar lo ínfimo de la Naturaleza? Mientras que no améis profundamente a la piedra y al gusano no entraréis en el reino de Dios. También el viejo silfo le dijo al poeta : "Muy pronto llegará el reino de los animales y de las plantas; el hombre se olvida de su Creador, y el animal y la planta están muy cerca de su luz; di, poeta, a los hombres que el amor nace con la misma intensidad en todos los planos de la vida; que el mismo ritmo que tiene la hoja mecida por el aire tiene la estrella lejana, y que las mismas palabras que dice la fuente en la umbría las repite con el mismo tono el mar; dile al hombre que sea humilde, ¡todo es igual en la Naturaleza!". Y nada más habló el viejo silfo. Ahora, escuchar la comedia. Tal vez os riáis al oír hablar a estos insectos como hombrecitos, como adolescentes. Y si alguna honda lección sacáis de ella, id al bosque para darle las gracias al silfo de las muletas, un anochecer tranquilo, cuando se hayan marchado los rebaños.




Acto primero

La escena representa un prado verde y humilde bajo la sombra densa de un gran ciprés. Una veredita casi invisible borda sobre la hierba un ingenuo arabesco. Más allá del pradito, una pequeña charca rodeada de espléndidas azucenas y unas piedras azules... Es la hora casta del amanecer. Y todo el prado está cubierto de rocío. A la vera del camino se ven las madrigueras de los insectos como un minúsculo y fantástico pueblo de cuevas. De su casa sale Doña Curiana con un manojito de hierbas a guisa de escoba. Es una cucaracha viejísima, a la que falta una de sus patas, que perdió a consecuencia de un escobazo que le dieron en una casa donde se alojaba siendo todavía joven y reluciente. Los martillos formidables de la aurora ponen al rojo la plancha fría del horizonte.


ESCENA PRIMERA

Doña Curiana y la Curiana Nigromántica.

DOÑA CURIANA.(Asomándose al prado)
¡Mañana clara y serena!
Ya rompe el primer albor.

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Con un cucurucho de estrellas y un manto de musgo seco.) Que Dios te bendiga, ¡oh vecina buena!

DOÑA CURIANA.
¿Dónde vais, señora, de rocío llena?

CURIANA NIGROMÁNTICA
Vengo de soñar que yo era una flor
Hundida en la hierba.

DOÑA CURIANA.
¿Cómo soñáis eso?

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Sueño que las dulces gotas de rocío
Son labios de amores que me dejan besos
Y llenan de estrellas
Mi traje sombrío.

DOÑA CURIANA. (Regañona.)
Mas pensad, señora, que por la poesía...

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Tristemente.)
¡Ay, doña Curiana, qué vais a decir!

DONA CURIANA.
Pudierais coger una pulmonía
Que hiciera pedazos su sabiduría.
Tendríamos todas
Mucho que sentir.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Mi alma tiene gran tristeza, ¡vecina!
Me dijo ayer tarde una golondrina:
«Todas las estrellas se van a apagar».
Dios está dormido, y en el encinar
Vi una estrella roja toda temblorosa
Que se deshojaba como enorme rosa.
La vi perecer
Y sentí caer
En mi corazón
Un anochecer
. «Amigas cigarras, grité, ¿veis las estrellas?
«Un hada se ha muerto», respondieron ellas
Fui junto a los troncos del vicio encinar
Y vi muerta el hada del campo y del mar.

DOÑA CURIANA.
¿Quién la mataría?

CURIANA NIGROMÁNTICA
La mató el amor

DOÑA CURIANA
Mirad cómo quiebra el primer albor.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¿Y vuestro buen hijo, cómo sigue?

DOÑA CURIANA.
Bien.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Ayer le vi triste.

DOÑA CURIANA.
Lo noté también:
Anda enamorado.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
De Silvia quizá.

DOÑA CURIANA
Según él, es de algo ¡que nunca tendrá!

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Va a ser un poeta, y no es nada extraño:
Su padre lo fue.

DOÑA CURIANA.
Un gran desengaño
Me llevé con él.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¡Era un corazón!

DOÑA CURIANA.
¡Ay!, apaleaba mi caparazón.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Pero conservaba siempre el troje lleno.

DOÑA CURIANA.
Mas eso no impide que fuera muy bueno.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
En fin, callaremos, yo mucho le amé.
¿Y esa pierna coja?

DOÑA CURIANA.
Anoche noté
El ruin dolorcillo que tanto me irrita.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Poneos las hojas de una margarita;
Lavaos con rocío y no andéis; tomad
Estos polvos santos de cráneo de hormiga,
Tomadlos de noche con mastranzo.

DOÑA CURIANA.
Amiga,
Que el gran Cucaracho os pague en amor
Y que en vuestros sueños ¡os convierta en flor!
(Acariciadora)
Desechad tristeza y melancolías;
La vida es amable, tiene pocos días,
Y tan sólo ahora la hemos de gozar.

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Como soñando.)
Todas las estrellas se van a apagar.

DOÑA CURIANA.
No penséis en eso, vecina doctora,
Mirad la alegría que nos trae la aurora.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¡Ay, lo que yo vi junto al encinar!

DOÑA CURIANA.
No pensar en eso, ¡dos a acostar...

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Volviendo a la realidad en una brusca transición.)
El prado está silencioso.
Ya parte el rocío a su cielo ignorado,
El viento rumoroso
Hasta nosotros llega perfumado.

DOÑA CURIANA.
¿También sois poeta, doctora vecina?
Nosotras, las pobres, con nuestra cocina
Tenemos bastante.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
No seas vulgar.

DOÑA CURIANA. (Un poco disgustada.)
En mi clase todas sabemos cantar
Y chupar las flores. ¡Qué os habéis creído

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Con razón te daba palos tu marido;
Cocina y poesía se pueden juntar,
Hasta luego, amiga, voy a descansar.

(Se va)

DOÑA CURIANA.
Que la luz os guíe.
Yo voy a barrer
mi puerta con brisa del amanecer.

(Se pone a barrer cantando)

Un gusanito me dijo
Ayer tarde su querer;
No lo quiero hasta que tenga
Dos alas y cuatro pies.




ESCENA II

Doña Curiana y Curianita Silvia

Por el lado izquierdo de la escena llega la Curianita Silvia, arrogante y madrugadora. Silvia, en su clase de insecto repugnante es encantadora; brilla como el azabache y sus patas son ágiles y delicadas. Es hija de Doña Orgullos, curiana que cuenta más de un año de edad, y es el mejor partido del pueblo. Trae una diminuta margarita a guisa de sombrilla, con la que juega graciosamente, y se toca de un modo delicioso con el caparazón dorado de una «teresica»

DOÑA CURIANA.
Madrugadora venís,.
Niña encantadora y bella.

CURIANITA SILVIA..
¿Niña me decís? Ha tiempo.
Que ya salí de la escuela.

DOÑA CURIANA..
¿Os molestáis porque os llamo .
Niña? Pues diré doncella .
o doncellita.

CURIANITA SILVIA. (Coquetonamente.).
No es eso.

DOÑA CURIANA..
¿Qué os pasa entonces?

CURIANITA SILVIA..
Tristezas..
Que estoy pasando.
Sin que nadie se dé cuenta.

DOÑA CURIANA.
Tan joven y ya tan triste.
¡Bueno que lo esté esa vieja
De la Nigromanta! Vos
Aún sois demasiado nueva
Y nada os falta en el mundo.

CURIANITA SILVIA. (Ingenuamente.)
No he visto más que esta tierra.

DOÑA CURIANA. (Pensativa.)
¿Os ha dicho la doctora
Que se apagan las estrellas
Porque se había muerto un hada
O no sé qué... lo que cuenta?

CURIANITA SILVIA.
Nada me dijo.

DOÑA CURIANA.
Entonces
¿Por qué tenéis la tristeza
Que os consume y os marchita?
De qué sufrís?

CURIANITA SILVIA.
¡Ay, abuela!
¿No tuvisteis corazón
Cuando joven? Si os dijera
Que soy toda un corazón...

DONA CURIANA. (En un arranque de indignación.)
Aquí sois todos poetas
Y mientras pensáis en eso
Descuidáis vuestras haciendas,
Tenéis vuestras casas sucias
Y sois unas deshonestas
Que dormís fuera de casa,
Sabe Dios con quién.

CURIANITA SILVIA.
Paciencia
Necesito para oírla.
Me insultáis.

DOÑA CURIANA.
No es que yo quiera
Insultarte, niña Silvia.
Es que me da mucha pena
Verte triste y desolada
Tan sin causa.

CURIANITA SILVIA.
Causa cierta
Tienen estos mis pesares.

DOÑA CURIANA. (Cariñosa.)
¿Puedo aliviártelos, nena?

CURIANITA SILVIA.
Mis pesares son tan hondos
Como la laguna aquella.

(Con angustia)

¿Dónde está el agua
Tranquila y fresca
Para que calme
Mi sed inquieta?

DOÑA CURIANA. (Asustada.)
Silvia, calmaos, por favor;
Sed juiciosa y sed serena.

CURIANITA SILVIA. (Soltando la margarita en el suelo.)
¿Por qué sendero
De la pradera
Me iré a otro mundo
Donde me quieran?

DOÑA CURIANA. (Enérgica.)
Esto es imposible, Silvia.
Os volvéis loca.

CURIANITA SILVIA.
Me queda
Mucho tiempo que llorar.
Yo me enterraré en la arena
A ver si un amante bueno
Con su amor me desentierra.

DOÑA CURIANA.
Estás muy enamorada,
Ya lo sé. Mas en mi época
Las jóvenes no pedíamos
Los novios a boca llena,
Ni hablábamos en parábolas
Como hablas tú. La vergüenza
Estaba más extendida
Que en estos tiempos. Se cuenta
De una curiana muy santa
Que permaneció soltera
Y vivió seis años. Yo
Dos meses tengo y soy vieja.
¡Todo por casarme! ¡Ay!

(Lagrimeando)

CURIANITA SILVIA. (Muy romántica.)
¡Amor, quién te conociera
Dicen que eres dulce y negro,
Negras tus alas pequeñas,
Negro tu caparazón
Como noche sin estrellas;
Tus ojos son de esmeraldas,
Tus patas son de violetas.

DOÑA CURIANA.
Estás más loca que un grillo
Que conocí allá en su cueva,
Que se las daba de listo,
De gran mago y de profeta.
Era un pobre desdichado;
A mí me dio una receta
Para curar el amor.

CURIANITA SILVIA. (Intrigada.)
¿Qué decía la receta?

DOÑA CURIANA.
Dese a los enamorados
Dos palos en la cabeza
Y no se los deje nunca
Tumbarse sobre las hierbas.

SILVIA.
Os chanceáis, señora.

DOÑA CURIANA.
Silvia, ¿y quién no se chancea
Viendo a una joven bonita
Cometer tantas simplezas?

CURIANITA SILVIA. (Aparte.)
Ella ignora que a su hijo
Es a quien amo.

DOÑA CURIANA.
Discreta
Sois sin embargo al hablar
De la causa que os apena.
¿Y dónde está vuestro amor?
¿Muy lejos?

CURIANITA SILVIA.
Está tan cerca
Que el aire me trae su aliento.

DOÑA CURIANA.
¡Es un mozo de la aldea!
Lo teníais bien oculto.
¿Y él os ama?

CURIANITA SILVIA.
Me detesta.

DOÑA CURIANA.
¡Cosa rara, vos sois rica!
En mi tiempo...

CURIANITA SILVIA.
La princesa
Que él aguarda no vendrá.

DOÑA CURIANA.
¿Qué tal es él?

CURIANITA SILVIA.
Me deleitan
Su cuerpo chico y sus ojos
Soñadores de poeta.
Tiene un lunar amarillo
Sobre su pata derecha,
Y amarillas son las puntas
Divinas de sus antenas.

DOÑA CURIANA.
¡Aparta! Es mi hijo.

CURIANITA SILVIA.
¡Yo le amo con locura!

DOÑA CURIANA (Como soñando.)
Ella es rica. ¡Qué torpeza
La de esta criatura rara!
¡Yo haré que la ame por fuerza!

(Compungida y fingiendo lo que no siente)

¡Ay cuánto debe sufrir!

(Aparte)

¡Tiene magníficas rentas!
¡Pobrecita de mis carnes!
¡Sangrecita de mis venas,
te casaré con mi hijo!

CURIANITA SILVIA. (Ruborizándose.)
Lo adivinasteis.

DOÑA CURIANA. (Abrasándola con ternura.)
Piensa
Que tengo ya muchos días
Y te adiviné la pena.

CURIANITA SILVIA.
¡Ay, qué dicha! ¡Qué alegría!

DOÑA CURIANA. (Mimosa en extremo.)
Límpiate esa cara tierna
Y deja tus lagrimitas
Al pie de esas azucenas.
Voy a llamar a mi hijo
para que te vea.

CURIANITA SILVIA.
Reina
Seré de este prado verde,
Pues tengo amor y riquezas.


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La aurora


La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

De: Poeta en Nueva York



CASIDA DE LA MANO IMPOSIBLE


Yo no quiero más que una mano,
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano,
aunque pase mil noches sin lecho.
Sería un pálido lirio de cal,
sería una paloma amarrada a mi corazón,
sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.
Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía
Yo no quiero más que esa mano
para tener un ala de mi muerte.
Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya, astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.

De: El Diván del Tamarit


Juana de Ibarbourou y Federico