sábado, 8 de junio de 2013

"¿Qué tienes para soportar la vida, corazón loco...?"- Marguerite Yourcenar

8 de junio de 1903 - Bélgica
Marguerite Yourcenar

 “Los cuatro votos budistas que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo en volver a decirlos en este momento delante de usted, porque un voto es una plegaria, y más secreto aun que una plegaria [...] Simplificando: se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio; perfeccionarse en la medida de lo posible, y por fin por numerosas que sean las criaturas que vagan en la extensión de los tres mundos, es decir en el universo, trabajar para salvarlas. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí al amor de los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de 26 siglos”.

“Si tuviera un consejo para dar a un ser joven y del cual respetara la inteligencia, el ardor o la valentía, le diría: «No te apegues. No te apegues nunca. Demasiadas servidumbres encontrarás en tu vida que te forjarás libremente y al azar, y sin saber adónde te conducirá el compromiso asumido. Por el bien de los otros como por el tuyo propio, no te apegues. La desdicha consiste en que se requiere haber estado frecuentemente apegado para conocer el precio de no estarlo».La atadura exterior tan sólo se siente, en cualquier caso, cuando el lazo interior se ha gastado o se ha roto. Pero, por otro lado, quien no se apega sólo conoce lo más superficial de los seres. [...]La libélula con cuerpo de coral, de un rosado visible solamente cuando se posa sobre mi mano. Durante el vuelo, la gasa de sus alas lo recubre”.

“Un sabio griego, Bion, [...] habría dicho la siguiente frase: «Los niños matan a las ranas por juego, pero ellas mueren de verdad». Para explicar a los niños por todos aquellos que se ocupan de la infancia.” [...]

De: Marguerite Yourcenar: Viaje y conciencia de lo universal
Por Vicente Torres






Cuento azul
Marguerite Yourcenar

Traducción de Mariana Hernández Cruz

Yourcenar, Marguerite. "Conte blue" en Conte bleu suivi de le Premier soir et de Maléfice, Paris, Gallimard, 1996.

Los mercaderes provenientes de Europa estaban sentados en el puente, frente al mar azul, bajo la sombra índigo de las velas remendadas con retazos grises. Sin cesar, el sol cambiaba de lugar entre los cordajes y el balanceo lo hacía rebotar como una pelota en una red de tejido demasiado abierto. El navío viraba continuamente para evitar los escollos, mientras el atento piloto acariciaba su barbilla azul.

Los mercaderes desembarcaron al crepúsculo en una ribera adoquinada con mármol blanco. Vetas azuladas corrían por la superficie de las grandes losas que antaño sirvieron como recubrimiento de los templos. Los mercaderes seguían el sentido del ocaso y las sombras que se alargaban detrás de ellos sobre el camino eran más delgadas, más grandes y menos negras que al mediodía, y su matiz azul pálido hacía pensar en las ojeras que se perciben bajo los párpados de un enfermo. Unas inscripciones azules temblaban en las blancas cúpulas de las mezquitas como tatuajes sobre un seno delicado y, de vez en cuando, una turquesa se desprendía del artesonado, arrastrada por su propio peso, y caía con un ruido sordo sobre el tapiz blando y ajado.

En cuanto se levantó, la luna se consagró a errar, cual vampiresa, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul como la escamosa cola de una sirena, y el mercader griego encontró en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte, un cierto parecido con las grupas lisas y azules de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su luz en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes entraron al patio de honor para resguardarse del viento del mar, pero las asustadas mujeres se negaron a recibirlos, y ellos se desollaron los nudillos en vano a fuerza de golpear las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable. El frío era tan cruel que el mercader holandés perdió los cinco dedos del pie izquierdo y una tortuga amputó dos de los dedos de la mano derecha del italiano quien, en la oscuridad, la confundió con un simple cabujón de lapislázuli. Finalmente, un negro enorme salió llorando del palacio y les dijo que cada noche las damas rechazaban su amor porque su piel no era suficientemente oscura. El mercader griego supo ganarse su benevolencia ofreciéndole como regalo un talismán hecho con sangre seca y tierra de cementerio, y el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar recomendando a las mujeres no alzar demasiado la voz para no despertar a los camellos y perturbar a las serpientes que mamaban su leche al claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres bajo los ojos curiosos de las sirvientas, entre humos de olores azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de tablones dorados, una china ataviada con un vestido anaranjado los acusó de impostores, pues los anillos que le ofrecían se volvían invisibles al contacto con su piel amarilla; ninguno reparó en una mujer vestida de negro que estaba sentada al fondo del corredor y como caminaron distraídamente sobre un pliegue de su falda, ella los maldijo en el nombre del cielo en la lengua de los tártaros, en el nombre del sol en lengua turca y en el nombre de la arena en la lengua del desierto. En un cuarto tapizado de telas de araña, no obtuvieron respuesta de una mujer vestida de gris que se palpaba incesantemente para asegurarse de que existía; huyeron de una sala color carmín donde encontraron a una mujer vestida de rojo, que se desangraba a través de una larga herida abierta en su pecho, pero ella no parecía darse cuenta ya que su ropaje no estaba manchado.

Por último, se refugiaron en donde estaban las cocinas y allí discutieron la mejor forma de llegar hasta la caverna de los zafiros. Eran interrumpidos constantemente por el paso de los portadores de agua, y un perro cubierto de sarna lamió el muñón azulado del mercader italiano que había perdido los dedos. Vieron asomar por la escalera del sótano a una joven esclava que llevaba pedazos de hielo apilados en un tazón de cristal turbio. Sin darse cuenta, ella posó el tazón sobre una columna de aire para poder levantar las manos, a modo de saludo, a la altura de su frente, donde tenía tatuada la estrella de los magos. Su cabello negro-azulado corría desde sus sienes hasta sus hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas, y su boca no era más que una llaga azul. Su vestido lavanda, desteñido por lavarse con frecuencia, estaba todo desgarrado en las rodillas pues tenía el hábito de postrarse asiduamente a rezar.

Como era sordomuda, poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes; asintió con gravedad cuando uno tras otro le mostraron el color de sus ojos en un espejo y el rastro de sus pasos sobre el polvo del corredor, indicándole que los guiara. El mercader griego le ofreció sus talismanes: ella los rechazó como una mujer feliz, pero con la sonrisa de una mujer desesperada. El mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia extendiendo su vestido desgarrado, y ellos no comprendieron si se juzgaba demasiado pobre o demasiado rica para tales esplendores.

Con la ayuda de una brizna de hierba, la joven forzó el picaporte de una puerta; se encontraron en un patio redondo como el interior de un balde, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. Luego usó su dedo pequeño para abrir una segunda puerta que daba a la llanura, y uno tras otro se adentraron en la isla por un camino bordeado de ramos de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, pequeñas y negras como víboras y como la joven no tenía una, pensaron que tal vez era un fantasma.

Las colinas, azules a la distancia, se volvían negras, castañas y grises a medida que se acercaban, pero el mercader de Turena no perdía el valor y, para reconfortarse, cantaba las melodías de su país. El mercader castellano fue atacado dos veces por un escorpión; sus piernas se hincharon hasta las rodillas y se tornaron del color de las berenjenas maduras; sin embargo, no experimentaba dolor alguno y llevaba un paso más solemne y seguro que los otros, como si se sintiera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba porque los talones de la joven estaban perlados de sangre ya que caminaba descalza sobre trozos de porcelana y vidrios.

Tuvieron que deslizarse sobre sus rodillas hacia el interior de la caverna, que no abría al mundo más que una boca estrecha y resquebrajada. Pero la gruta era más espaciosa de lo que se hubiera creído y cuando sus ojos hicieron amistad con las tinieblas, descubrieron por todas partes fragmentos de cielo entre las grietas de la roca. Un lago inmaculado ocupaba el centro de la cueva; cuando el mercader italiano le lanzó un guijarro para calcular su profundidad, no se escuchó caer, pero en la superficie se formaron burbujas como si una sirena despertada bruscamente hubiera expirado todo el aire que llenaba sus pulmones azules. El mercader griego metió sus ávidas manos en esa agua que se las tiñó hasta las muñecas, como el líquido hirviente en el barril del tintorero, mas no consiguió asir los zafiros que bogaban cual flotillas de nautilos sobre las aguas, más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y lanzó al agua sus cabellos, a los que los zafiros se prendieron como a las mallas sedosas de una red oscura. Primero, llamó al mercader holandés, quien llenó de zafiros sus zapatos, y al mercader turenés, que llenó su gorro. El mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, y el castellano se arrancó los guantes de piel de las manos sudorosas y en adelante los usó colgados del cuello, como manos cortadas. Cuando llegó el turno del mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; entonces la muchacha se quitó un pendiente de bisutería y le ordenó por señas que lo pusiera sobre su corazón.

Reptaron fuera de la caverna y la joven le pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gran piedra sobre la entrada. Después hizo un sello con arcilla y un hilo de sus cabellos. La ruta de regreso les pareció más larga que en la mañana; el mercader castellano comenzó a sufrir a causa de sus piernas envenenadas y se tambaleaba blasfemando en nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, hambriento, quiso beber de las cantimploras azules de los higos maduros, pero cientos de abejas escondidas en su sabrosa espesura le picaron en la garganta y en las manos.

Cuando llegaron al pie de las murallas, dieron un rodeo para evitar a los centinelas. Se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto porque hacía mucho tiempo que en ese país ya no se pescaban. Su barca flotaba débilmente sobre el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único vestigio de una estatua colosal erigida en honor de un dios cuyo nombre ya no recordaba nadie. En el muelle, la joven quiso despedirse de los mercaderes poniendo sus dos manos sobre su corazón, pero el griego la tomó de las muñecas y la arrastró dentro de la nave, con el propósito de venderla al príncipe veneciano de Negroponto, que amaba a las mujeres heridas o lisiadas. La sordomuda se dejó llevar sin resistencia. Al caer sobre el suelo del puente, sus lágrimas se convertían en aguamarinas, por lo que sus verdugos de las ingeniaron para hacerla llorar.

La desnudaron y la ataron al mástil. Su cuerpo era tan blanco que hubiera servido de faro a los barcos que navegaran por esa clara noche de las Islas. Cuando terminaron de jugar su partida de palillos, los mercaderes bajaron a los camarotes para dormir. Al alba, el holandés, atormentado por el deseo, subió al puente y se acercó a la prisionera para violarla. Pero la joven había desaparecido; las ataduras vacías colgaban del tronco del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus delgados y suaves pies, no quedaba nada más que un montón de hierbas aromáticas del que se desprendía un vapor azul.

Los días siguientes, la calma reinó sobre el mar; los rayos de sol que caían sobre aquel manto color de algas hacían el ruido que hace el hierro al rojo vivo cuando se sumerge en agua fría. Las piernas gangrenosas del mercader castellano estaban azules como las montañas que se advertían en el horizonte, y ríos purulentos escurrían desde las tablas del puente hacia el mar. Cuando su sufrimiento fue intolerable, sacó de su cinturón una larga daga triangular y se cortó las piernas envenenadas a la altura de los muslos. Agotado, murió al amanecer, después de haber legado sus zafiros al basiliense, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana, hicieron un descanso en Esmirna, y el mercader turenés, que temía al mar, desembarcó con la intención de continuar su viaje al lomo de una buena mula. Un banquero armenio le cambió sus zafiros por diez mil piezas de oro con la efigie de San Juan; eran perfectamente redondas y el turenés cargó trece mulas con felicidad. Pero cuando regresó a Angers después de siete años de viaje, se enteró de que la moneda de San Juan no tenía valor en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por un cántaro de cerveza subastado en el muelle, pero escupió en seguida el insípido líquido desbravado que no tenía el mismo sabor que en las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia para hacerse nombrar Dogo, pero murió asesinado al día siguiente de sus bodas con el golfo. En cuanto al mercader griego, ató sus zafiros a un largo hilo y los suspendió a los costados del barco para que el contacto con las olas favoreciera su hermoso color azul. Las húmedas piedras se volvieron líquidas y no aportaron al tesoro del mar sino algunas gotas de agua transparente; sin embargo, el mercader griego se consoló pescando peces que cocía sobre ceniza.

La tarde del vigésimo séptimo día, fueron atacados por un corsario. El mercader basiliense engulló sus zafiros para protegerlos de la avaricia de los piratas y murió desgarrado por los daños en las entrañas. El griego se arrojó al mar y fue recogido por un delfín que lo acompañó de vuelta a Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto sobre la barca en medio de cadáveres y sacos vacíos; no se habían tomado la molestia de despojarlo del pendiente de vidrio azul. Treinta días después, la barca que flotaba a la deriva entró por sí sola en el puerto de Dublín y el irlandés bajó a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Llovía. Los techos oblicuos de las casas bajas hacían pensar en grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. Los charcos salpicaban la calzada desigual; el cielo, de un marrón sucio, estaba tan cenagoso que los ángeles no hubieran osado salir de la casa de Dios. Las calles estaban completamente desiertas; una mercería ambulante, llena de cordones, zapatos y calcetines color beige, estaba abandonada  al borde de una banqueta bajo un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el portal de la catedral no hacían nada por evitar que la lluvia cayera sobre sus coronas o sus tiaras, y santa Magdalena la recibía sobre sus pechos desnudos.

El desalentado mercader fue a sentarse en un pórtico junto a una joven mendiga. Ella era tan pobre que su cuerpo azulado por el frío se veía bajo las desgarraduras de su vestido gris; sus rodillas entrechocaban ligeramente; entre los dedos cubiertos de sabañones, tenía un mendrugo de pan que el mercader le pidió por el amor de Dios. Ella se lo tendió enseguida.

El mercader hubiera querido regalarle el pendiente de vidrio azul porque no tenía otra cosa que ofrecer, pero en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello y entre las cuentas de su rosario. Y se echó a llorar porque ya no poseía nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en el que casi pereció.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en torno a ellos, la joven se estrechó contra él para darle calor. Él le pidió noticias del país y ella le respondió en el dialecto del pueblo que él había abandonado siendo muy joven. Entonces, él apartó los cabellos desordenados que cubrían el rostro de la mendiga, pero estaba tan sucio que la lluvia trazaba canales blancos sobre él, y descubrió con horror que era ciega y que su ojo izquierdo ya había desaparecido bajo una nube siniestra. Mas no por eso dejó de reposar la cabeza sobre sus rodillas cubiertas de andrajos y se durmió tranquilo, porque el ojo derecho, privado de vista, era sin embargo milagrosamente azul.

De: www.puntoenlinea.unam.mx/



El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle


Respuestas

-¿Qué tienes para consolar la tumba,
Corazón insolente, corazón en rebeldía?
El fruto maduro pesa y se desprende.
¿Qué tienes para consolar la tumba?
-Tengo el caudal de haber sido.

-¿Qué tienes para soportar la vida,
Corazón loco, corazón pronto al hastío?
Corazón sin esperanza y sin deseo,
¿Qué tienes para soportar la vida?
-Piedad, por lo que ha de pasar.


-¿Qué tienes para despreciar a los hombres,
Corazón duro, corazón rompible?
¿Qué tienes para despreciar a los hombres?
¿Qué eres más de lo que somos?
-Capaz de despreciarme.

Versión de Silvia Barón-Supervielle





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