sábado, 9 de agosto de 2014

“Ser hombre o mujer en esta narrativa implica ejercer y recibir violencia bajo la apariencia de prácticas eróticas”- Rubí Carreño

9 de agosto de 1897- Chile
Escritora
Agregada Cultural en la Embajada de Chile en Uruguay

AGUAS ABAJO


La casa fue primero de quincha con revoque de barro. Pero, al correr del tiempo, el hombre empezó a subir lajas del río y alrededor de las paredes ya existentes hizo otras de piedra. Era como una casa metida dentro de otra casa. O, mejor dicho, como una habitación metida dentro de otra habitación, porque la casa no era sino ese espacio doblemente murado, con una puerta y dos ventanucos, si bien la rodeaban varios cobertizos que servían de cocina, establo y apeadero.

Junto al alto muro de la montaña, la casa se guarecía del viento en una entrante de la roca. Un tajo en cuyo fondo corría el río la separaba de la montaña fronteriza.

En verano el caudal del río era mísero entre las arenas y las piedras ocres; en otoño aumentaba hasta tragarse las piedras, arremolinado, precipitado, sin que nunca un remanso le diera color de cielo, ni una estrella se quedara quieta en la profunda noche de su espejo; llegaba el invierno y las finas rayas persistentes de la lluvia lo esfumaban todo, pero el ruido del agua en furiosa torrentada dominaba aun el caer de la lluvia y los tabletazos del viento, cuando no su largo aullido; la primavera provocaba con sus deshielos súbitos anegamientos que arrastraban troncos y pedruscos, formando muchas veces represas que la corriente empujaba hasta lograr un nuevo avance fragoroso. Terminaba el deshielo y el río aparecía de nuevo como un hilo cobrizo, imperceptible a veces sobre el rojizo de la arena, entre las paredes del tajo, rojas también, como las montañas mondas que limitaban el horizonte.

En la casa la existencia se guiaba por las aguas. La sequía del verano marcaba la época en que la mujer, cantando dulcemente las cuatro notas de la melodía india, bajo los cobertizos hacía sus quehaceres domésticos. La vieja hilaba, medio ciega, en su silleta frente al abismo, mirando la niebla de sus propios ojos, muy abiertos los párpados, rojiza de soles, de vientos, de años; labrada por las arrugas y con las manos extrañamente presurosas manejando el huso. La muchacha ayudaba a la madre, guiaba a la vieja, bajaba por agua hasta el río, segura de sus quince años, alta la cabeza, con la falda modelándole el vientre de suave jadear, y en la piel una tersura de fruta que se supiera a punto y con el deseo de que le hincaran los dientes. Los dos niños iban y venían, ayudando a la madre, ayudando a la vieja, ayudando a la muchacha, triscando por las montañas con las cabras, cuidando al burro, ayudando sobre todo al hombre entregado allá abajo, en el cauce seco del río, a la tarea de fraccionar los troncos, de hacerlos leña, atados que después iba a dejar al pueblito lejano; negocio para vivir, manera de arrancarle a la montaña una piltrafa que se cambiaba en monedas. Negocio para el verano, porque, después, en otoño, la lluvia iba borrando las posibilidades para este trabajo, deshaciendo en barro gredoso los caminos, impidiendo toda comunicación.

Entonces la mujer tejía mantas en el telar primitivo, la vieja continuaba hilando como siempre con los ojos fijos en su propia niebla, la muchacha iba y venía de cobertizo en cobertizo con un saco puesto en la cabeza para defenderse de la lluvia, en unión de los niños igualmente tocados. Mientras tanto el hombre, con fina pericia de artesano, tallaba la greca de los capachos. Que como las mantas eran el trabajo del mal tiempo. Pero las lluvias lo encerraban todo, todo, y la casa, sin perspectiva, se quedaba con los habitantes dentro, junto al hogar que ardía en medio, abierta una ranura en el techo para dejar salir el humo y una luz difusa entrando por los ventanucos. Parecían alelados de inacción, atentos tan sólo a que un disminuir de la lluvia les permitiera echarse afuera para rápidos trajines.

Eran apenas unas pocas horas hábiles. La luz se iba a media tarde y una vela encendía su llama vacilante, a veces, porque la mujer escatimaba ese lujo. Por lo general era suficiente el resplandor del fuego para hacer circular el mate y después se acercaban los jergones al rescoldo, uno para el hombre y la mujer, otro para la vieja y la muchacha, otro para los niños. Buscaban en la tibieza de las brasas una defensa contra el frío, que se hacía palpable, como si la noche lo empujara por las junturas de la puerta, por las rendijas de los ventanucos, por la ranura del techo y dentro de la habitación se pegara a los cuerpos. Los niños se dormían repentinamente caídos en el sueño. La vieja rezaba largos rosarios, allegándose al calor de la muchacha y con el gato negro de las supersticiones echado sobre el cuello, entre las trenzas y el rebozo. El hombre y la mujer cambiaban rituales palabras, frases sueltas, oyendo cómo las respiraciones iban haciéndose sonoras.

--¡No!
--Tán ormíos.
--La Maclovia no...
--Toos.
--¿Y la vieja?
--¿Ella? No importa...

La vieja sabía que les era indiferente que estuviera o no dormida, y cuando el primer gemido le llegaba, por un instante interrumpía el rezo, mientras una sonrisa le alzaba el labio superior, dejando al aire los boquerones de los dientes ralos. Pero a veces un gemido más agudo inquietaba el sueño de la muchacha, la ponía al borde del desvelo, cuando no la despertaba de golpe, anhelante, sabedora de lo que pasaba allí, viéndolo sin verlo, trasudando angustia, con los pechos repentinamente doloridos y los muslos temblorosos, uno contra otro, apretados. Pero volvía el silencio, y ella, resbalando por una especie de beatitud, iba sintiendo que los músculos se le distendían y que lentamente entraba de nuevo a la zona del sueño.

Hasta que la primavera limpiaba de nubes el horizonte y una bandada de cachañas pasaba gritando su alegría de sol. Entonces había que rehacer la huella que iba al pueblito, ir a vender las mantas y los capachos, comprar "las faltas".

--¿Onde'stá tu taita? --preguntó la mujer.
--Mi taita no; su marío. Tá allá, en el bajo --indicó la muchacha con un gesto.
--¿Nunca vai a entender icirle taita?
--Nunca. Mi taita murió. Este es su marío.
--Güeno... --y la mujer se la quedó mirando, apesadumbrada, sin fuerzas para luchar con esa tozudez--. ¿Querís irlo a buscar? Tá el sol alto ya y los chiquillos andan hambreados. Tanto demorarse siempre este hombre...
--Güeno pa'l trabajo... --intervino la vieja--. No debís rezongar por eso: es tentar a Dios.
--Mande uno de los chiquillos --contestó desganada la muchacha.
La mujer la miró de nuevo, con esa lentitud que le hacía los ojos como de vaca, inexpresivos. Pero de pronto reaccionó y dijo furiosa, a gritos:
--Vai a irlo a buscar... Mal mandá... No es ningún perro sarnoso pa' que no le podái hablar siquiera...

Las palabras parecían resbalar sobre la muchacha, plantada en las piernas abiertas, desnudas y fuertes, las manos cruzadas a la espalda. Miró a la mujer de soslayo, entrecerrados los ojos pestañudos; alzó los hombros y, siempre con las manos en la espalda, echó a andar por el senderito escalonado que bajaba al río.

No se daba prisa. Una cachaña que la descubriera planeaba curiosamente sobre ella, atraída por la mancha clara de su blusilla. Una cabra dejó de ramonear y también la miró curiosamente, con la cabeza en escorzo, empinada en un peñasco, prodigiosamente sostenida. La muchacha seguía andando, despaciosa, llena de sol, con los anchos pies como apoderándose de la tierra a cada paso. Se detuvo un instante y, guiada por el hacheo, torció camino porque ya sabía dónde encontrar al marido de su madre.

--Lo llaman --dijo a voces desde lo alto.

El hombre se volvió a mirarla. Estaba sobre él, en un saliente de piedras y troncos, mirándolo por entre las pestañas, seria y sin embargo con una especie de terneza que le atirantaba la boca en una sombra de sonrisa.

--Voy --contestó.

Tenía el hacha en la mano. La voleó, hundiéndola de golpe en el tronco que cortaba. Todo él pareció tenderse al esfuerzo, como si los músculos se le hicieran parte del hacha para meterse en la madera. Se volvió, restregándose las manos. Y los ojos se le soldaron a la figura alzada allí, viéndola desde abajo, con las piernas desnudas y el vientre apenas combo y las puntas de los senos altos, y arriba la barbilla y todo el rostro echado hacia atrás, deformado y desconocido, con las crenchas despeinadas por la mano del viento, mano como de hombre que la quisiera y la acariciara.

Pareció que le crecieran raíces. Se la quedó mirando, mirando. Como si las raíces se adentraran por la tierra y llegaran hasta esa obscura región de las corrientes subterráneas, napas frías y calientes, ambas subiéndole por los pies, por las piernas, por el torso; inundándole el pecho, contradictorias; llegándole hasta los brazos, hasta las manos; subiendo por los brazos nuevamente, rebotando toda esa marejada en el cerebro, golpeando allí, insistiendo allí con su fuerte fluir y refluir. Como aguas calientes y frías. Y como si el sol hubiera de pronto hecho florecer todos los retamos de la tierra norteña en que pasara la infancia y el olor fuera una borrachera que hiciera vacilar la montaña. La muchacha lo miraba, entrecerrados los párpados. El hombre se arrancó a sus raíces, las cortó de un golpe con el mismo ímpetu con que derribaba un árbol y avanzó hasta casi pegar la cara a los pies de la muchacha. Alzó los ojos. La veía siempre hacia arriba, firme y sin esquivarse. Súbitamente pegó la frente a sus piernas, alzó las manos y las pegó a las piernas. Y un momento se quedaron así, como parte del paisaje, sin pensar en nada, sintiendo tan sólo la tremenda vida instintiva que los galvanizaba.

La muchacha seguía mirándolo, más entrecerrados aún los párpados. Cuando dio un paso atrás, la cara y las manos del hombre quedaron en el aire, sin tratar de retenerla. La muchacha se dio vuelta y empezó a andar. Y el hombre, con un salto elástico, se alzó hasta el sendero y se fue tras ella, como ciego al que milagrosamente se revela la certidumbre del sol.

--Tai muy insolente vos --dijo la mujer vociferando.
--Porque pueo --contestó la muchacha con iguales voces.
--Vai a lavar la ropa.
--No quero.
--Vai a lavar la ropa.
--No quero lavar la ropa. No quero. ¿Entiende? No quero lavarla. Lávela usté.
--Vai a lavarla vos, porque yo te lo mando. Pa' eso soy tu mamita.
--No quero.
--Lo que vai a conseguir es que te largue un güen palo.
--¡Je! --rió la muchacha--. Haga la prueba no más...

No con un palo, pero sí con un bofetón intentó alcanzarla. La muchacha se esquivó rápida, y la mujer, con su propio impulso, perdió el equilibrio y fue a darse contra la batea.

--Me las vai a pagar --gritó iracunda.
--Déjala --dijo la vieja--, déjala no más. No vai a conseguir na' d'ella. Es pior que macho.
--Pero si antes no era así...
--Cosas de moza --prosiguió la vieja--. Déjala no más, ya se le pasará el emperramiento.
--Te voy a acusar a tu taita, a ver si le hacís caso...
--No es mi taita --protestó la muchacha desde lejos, apoyada en un puntal del apeadero y haciendo eses en la tierra con un pie.
--Sí, ya sé; no es tu taita, es mi marío --dijo amargamente la mujer.
--Su marío... --y entrecerró los párpados, mirándola mientras que un gesto como el de la vieja mostraba en la boca los dientes de animalillo carnicero, fuertes y crueles.
--Mejor es que te vayai pa'l alto con las cabras --interrumpió la vieja--. Son l'únicas que te aguantan.
--Tamién usté con lo que la malcría. Parece que no tuviera más nieto qu'ésta... --hizo el reproche la mujer cuando la muchacha se alejaba, como siempre las manos cruzadas a la espalda.
Parecían la réplica una de la otra: la vieja con los ojos muy abiertos, inexpresivos, toda ella como de piedra herrumbrosa, por una vez con el huso caído en el regazo y las manos sobre él, inmóviles. La mujer al frente, en otra silleta, abiertos los ojos lavados por las lágrimas, paralizadas las facciones por el dolor, las manos en el cuenco de la falda, como olvidados objetos inservibles. Atrás la casa se borraba en la sombra que lentamente subía de la hondonada precedida de un hálito fresco. En el cielo tan sólo había el tachón de una estrella y un ave porfiadamente modulaba su reclamo. La hora del crepúsculo pareció irse de súbito y en la noche quedó desparramado y vivo el insistente croar de las ranas.

--¿Y los chiquillos? --preguntó en un hilo de voz la mujer.

--Ya s'acostaron --dijo quedamente la vieja.

--¿No preduntaron na' por mí?

--Sabís lo que son. Tán locos con los dos chivitos de la Barbona.

--¿Y... ella?

--Muy suelta e cuerpo..., como si no hubiera pasao na'...

--¿Hizo ella la comía?

--¿Y quién querís que l'hiciera?

No sólo le quitaba el hombre. Le quitaba el hogar, la responsabilidad de la vida familiar, el derecho al mando. Y era su hija... Los músculos de la cara se le relajaron y por los ojos le brotó el llanto, silenciosamente, anegándole las mejillas, entrándosele por los labios, regustándole en amargor la garganta. A veces un sollozo iba a estallar, lo sentía subir desde el fondo de sus entrañas, desgarrándolas, pero la mujer apegaba convulsivamente el delantal a la boca para hacerlo morir allí, sin ruido alguno. Porque le habían dicho "que no querían oírla" tras la escena de la mañana, cuando los encontró anudados en un abrazo y estalló en ira, aullando insultos y amenazas que sólo sirvieron para que la muchacha, tranquilamente alzándose, la mirara despectiva, y el hombre, frío y brutal, la pusiera frente a la nueva situación. Ella, que hiciera lo que más le conviniera. Si quería quedarse en la casa, bueno. Si quería, se iba. Pero ni malas caras ni gritos. Podía acompañar a la vieja, hilar, tejer, lo que fuera más de su gusto. Pero "la dueña de casa" era ahora la muchacha.

--Ella es mi mujer. Mi mujer --decía el hombre, con una voz que se esparcía en el aire como trigo en el surco--. Mi mujer.

Cuando quiso agredir a la muchacha, el hombre alzó el fuerte brazo, impidiéndoselo. ¡Que le pasara el mal momento! ¡Que se fuera al río o a la montaña, que viera de sosegarse! Las cosas eran así y nada más. Cosas de la vida..., como le dijo después la vieja, cuando ella la arrastró hasta el fondo del tajo, tambaleándose ambas y abrazadas. A sus años se podía hablar así... ¡Pero ella! Con su adoración por el hombre, con su ansia de él adherida a la piel, muro que reverdece con la enredadera que le da forma. ¡La vieja! ¡Como los otros, como todos, oyendo su conveniencia! Tratando de calmarla, de hacer de todo aquello un incidente sin importancia. Queriendo volver a subir a la casa, negándole hasta eso mísero que era su compañía, dejándola sola en su desesperación, abandonada a la pena, royendo su humillación y su impotencia.

Pensó irse, andando senderos hasta no sabía dónde. Echarse al río. Subir por la montaña y tirarse por cualquier risco. Se veía extenuada por el hambre, pordiosera de los ranchos. O fría en el agua, hinchada, deforme, como a veces aparecía en la corriente un animal ahogado. O rota entre piedras y tierra. Pensaba en su muerte como en un hecho ajeno, espectadora de la reacción de los otros. Para verlos sufrir. Para verlos deshechos por el remordimiento. Para que nunca se atrevieran a mirarse, con su ánima separándolos. Lloraba asomada a la muerte y como llorando a otro muerto que no era ella. Se interponían entre esas imágenes pequeñeces de la vida diaria en que hallaba reposo: ya no sería ella quien amasara, sino la muchacha, con cansancio sobre la tabla y con la cara después ardida por el vaho del horno. Pero cuando estuvieran comiendo, a lo mejor a él no le gustaba el pan hecho por otras manos, tan regodeón como era, y la echaría de menos... Fue el cabo por el cual se asió a la esperanza. La echaría de menos... Si no en el abrazo carnal, en lo rutinario de la vida cotidiana. Puede que la muchacha terminara por contentarse con ser tan sólo "su mujer" y le fuera dejando lado a ella para ser "la dueña de casa"... Pero el que fuera "su mujer" le dolía como un dolor físico, como el sufrimiento de haberla parido a ella, a la hija, a la que ahora se lo robaba todo. Lloraba de nuevo, sola en lo hondo del tajo, junto a la impasible faz de los peñascos.

El atardecer, con su mandato de siglos, la hizo buscar furtiva el cobijo de la casa y halló a la vieja esperándola, segura de su retorno.

Ahora había que impedir que la oyeran. Por eso convulsivamente se tapaba la boca, empuñadas las manos sobre el delantal, ahogando sollozos. ¡Que no la oyeran! Había que disimularse. Desaparecer si era posible. Y esperar, esperar... Siempre hay una hora en que amanece.

--Me voy a la cama --dijo la vieja--. Hace rato ya qu'están toos ormíos.

Se alzó, buscó a tientas el bastón, agarró la silleta y se dispuso a encaminarse hacia la casa.

--¿Vos no venís? --preguntó con acento que se quebraba en una inesperada terneza.

--Ya voy, mamita --contestó la otra, alzándose también, con la sensación de que no tenía cuerpo, de que las piernas no iban a obedecerla, de que no podría sostenerse en pie y menos lograr moverse.

Pero se alzó, agarró la silleta con idéntico gesto que la vieja y tras ella, lentamente, echó a andar camino de la casa, con el espanto de ir por las cornisas de un mal sueño y la angustia del vacío acechándola a casa paso.


BRUNET, Marta. Aguas abajo. Aguas Abajo. Obras completas de Marta Brunet. Santiago, Zig-Zag, 1962. Pp.100-106.


De: http://www.brunet.uchile.cl


viernes, 8 de agosto de 2014

Rosa Chacel: integrante velada de la Generación del 27


3 de junio de 1898- 7 de agosto de 1994: España
Escritora
Exiliada en época de la Dictadura Franquista

LA PALABRA

Naturaleza: gracias por este don supremo
Del verso, que me diste;
Yo soy la mujer triste
A quien Caronte ya mostró su remo.
¿Qué fuera de mi vida sin la dulce palabra?
Como el óxido labra
Sus arabescos ocres,
Yo me grabé en los hombres, sublimes o mediocres.

Mientras vaciaba el pomo, caliente, de mi pecho,
No sentía el acecho,
Torvo y feroz, de la sirena negra.

Me salí de mi carne, gocé el goce más alto:
Oponer una frase de basalto
Al genio oscuro que nos desintegra.



AGRIO ESTÁ EL MUNDO


Agrio está el mundo,
inmaduro,
detenido;
sus bosques
florecen puntas de acero;
suben las viejas tumbas
a la superficie;
el agua de los mares
acuna
casas de espanto.

Agrio está el sol
sobre el mundo,
ahogados en los vahos
que de él ascienden,
inmaduro,
detenido.

Agria está la luna
sobre el mundo;
verde,
desteñida;
caza fantasmas
con sus patines
húmedos.

Agrio está el viento
sobre el mundo;
alza nubes de insectos muertos,
se ata, roto,
a las torres,
se anuda crespones
de llanto;
pesa sobre los techos.

Agrio está el hombre
sobre el mundo,
balanceándose
sobre sus piernas…

A sus espaldas,
todo,
desierto de piedras;
a su frente,
todo,
desierto de soles,
ciego…




Mujeres creadoras a la sombra del 27 (Fragmento)


Hace una década se ponía en marcha desde la estación del Centro Cultural del 27 la locomotora de 'El Maquinista de la Generación', una publicación cuyo objetivo ha sido siempre homenajear y recordar la obra de los autores de este grupo y también dejar testimonio de la creación más actual que recoge el testigo de aquellos artistas. En su nuevo número, la revista centra su contenido en el descubrimiento de una veintena de mujeres que vivieron y crearon su obra en el primer tercio del siglo XX. Poetas, editoras, pintoras o filósofas que vieron eclipsado su trabajo por la atención que despertaba el grupo principal de los poetas del 27.

Nombres ya conocidos en nuestro país como Rosa Chacel, Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, María Teresa León, María Zambrano o Carmen Conde, a las que se vienen a sumar ahora Lucía Sánchez Saornil, Josefina de la Torre, Casilda del Antón del Olmet, Gloria de la Prada, Josefina Bolinaga, Cristina de Arteaga, Margarita Ferreras, Pilar de Valderrama o Isabel Oyarzábal, entre muchas otras.

Mujeres como Sofía Casanova, que fue corresponsal en Polonia del diario 'Abc' durante la Primera Guerra Mundial y que llegó a entrevistar a Lenin; María Cegarra, la primera mujer española licenciada en Ciencias Químicas y autora del poemario 'Cristales míos'; o Pilar de Valderrama, la que fuera musa de Antonio Machado, autora de títulos como 'Huerto cerrado' o 'Esencias'.


Adelantadas a su tiempo

En todos los casos, estas féminas se adelantaron a su tiempo, tal y como destaca José Antonio Mesa Toré, codirector de la revista. Y es que en su opinión «dan fe en su forma de actuar y en su obra de un espíritu libre completamente insólito para su época». Mesa Toré recuerda también que la antología de textos que ofrece 'El Maquinista de la Generación' en este número 18-19 parte del trabajo realizado por la escritora y filóloga Pepa Merlo, que presenta un adelanto de su libro 'Peces en la Tierra (Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27)', que publica este mismo mes la Fundación José Manuel Lara en colaboración con el Centro del 27.

De: http://www.diariosur.es




miércoles, 6 de agosto de 2014

“Nuestra memoria es un mundo más perfecto que el universo: le devuelve la vida a los que ya no la tienen”- Guy De Maupassant

5 de agosto de 1850- Francia

Guy de Maupassant: aspectos médicos de su creativa y desenfrenada vida
Rev. méd. Chile vol.140 no.4 Santiago abr. 2012

(FRAGMENTO)

La memoria inconsciente

En 1913 Proust publica "Por el camino de Swan" que contiene el famoso episodio en que el protagonista, al untar una magdalena en té, evoca la infancia ya perdida. Muchos la han considerado como la primera descripción literaria de la memoria inconsciente. Sin embargo, casi 30 años antes, Maupassant en "Enfermos y Médicos", escribe: "¡Singular misterio es el recuerdo! Uno va despistado por las calles, bajo el primer sol de mayo, y de repente, como si unas puertas durante mucho tiempo cerradas se abrieran en la memoria, cosas ya olvidadas regresan de nuevo a la mente. Pasan, seguidas por otras, nos hacen revivir horas pasadas, horas lejanas.¿Por qué esas vueltas bruscas hacia antaño? ¿Quién lo sabe? Un olor que flota, una sensación tan ligera que ni la hemos notado, pero que uno de nuestros órganos reconoció, un escalofrío, incluso un destello de sol que daña la retina, un ruido tal vez, un nada que nos rozó en una circunstancia en un tiempo lejano y que volvemos a encontrar, vale para hacernos volver a ver de repente un país, unas gentes, unos acontecimientos desaparecidos de nuestro pensamiento. ¿Por qué un soplo de aire cargado de olores, de hojas bajo los castaños de los Campos Elíseos, evoca de repente un camino, un enorme camino, a lo largo de una montaña, en Auvernia?"

El concepto es muy similar y está, pues ya aquí. Pero hay más. En "Magnetismo", como destaca Armand Lanoux, relata la historia de un hombre que sueña con una mujer a la que conoce, pero no desea y a la que posee en sueños. A la mañana siguiente ella se entrega a él y se convierten en amantes por dos años. ¿Cómo explicárselo, pregunta el mismo narrador? Y responde que "quizá por una visión de ella que yo no había destacado y que me vino esa tarde como uno de esos llamados misteriosos e inconscientes de la memoria que nos representan a menudo cosas dejadas de lado por nuestra consciencia que han pasado desapercibidas ante nuestra inteligencia".

Este texto data de 1882, mientras que "La interpretación de los sueños" de Freud, recién de 1900 por lo que nuevamente se trata de una notable intuición; sólo que en la segunda obra, como dice Lanoux, la palabra inconsciente se transforma, de adjetivo en sustantivo.


De: http://www.scielo.cl/scielo
















La felicidad


Era la hora del té, antes que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un estremecimiento, todavía resplandeciente bajo el día agonizante, parecía una interminable plancha de metal pulimentado.

Lejos, a la derecha, las montañas escarpadas dibujaban su perfil negro sobre el púrpura pálido del poniente.

Se hablaba del amor, se discutía sobre este viejo tema, volviéndose a decir las cosas ya dichas tantas veces. La suave melancolía del crepúsculo hacía pesadas las palabras, produciendo un sentimiento de ternura en las almas, y aquella palabra, “amor”, constantemente pronunciada, tan pronto por la voz fuerte de un hombre como por una voz femenina de timbre ligero, parecía llenar el saloncito, en el que revoloteaba como un pájaro, pesando en su atmósfera como una aparición.

¿Se puede amar durante muchos años seguidos?

-Sí -decían algunos.

-No -aseguraban otros.

Distinguían los diversos casos, establecían diferencias, se citaban ejemplos; y todos, hombres y mujeres, estaban llenos de recuerdos que les volvían y turbaban, pero que no podían citar aunque los tenían a flor de labios, y parecían emocionados, hablaban de aquel tema vulgar y soberano, del acuerdo tierno y misterioso de dos seres, con una emoción honda y un interés ardiente.

De pronto, alguien, con la mirada fija en un punto lejano, exclamó:

-¡Miren allí! ¿Qué es aquello?

Sobre el mar, en el horizonte, surgía una masa gris, enorme y confusa.

Las mujeres se levantaron y contemplaron sin comprender aquel fenómeno sorprendente que jamás habían visto.

Alguien dijo:

-Es Córcega. Se la ve así dos o tres veces al año en ciertas condiciones atmosféricas excepcionales, cuando el aire, de una limpidez perfecta, no la oculta con esas brumas de vapor que siempre velan las lejanías.

Vagamente, se distinguían las crestas de las montañas, donde creyeron reconocer la nieve. Todos quedaron sorprendidos, turbados, casi asustados por aquella brusca aparición de una tierra, por aquel fantasma salido del mar. Así debieron de ser las extrañas visiones que tuvieron los navegantes que, como Colón, partieron a través de los océanos inexplorados.

Entonces, un anciano caballero, que aún no había hablado, dijo:

-En esa isla que se alza ante nosotros como para responder a lo que estábamos diciendo y despertar en mi memoria un curioso recuerdo, conocí un ejemplo admirable de un amor constante, inverosímilmente feliz. Se lo contaré. Hace cinco años hice un viaje a Córcega. Es una isla salvaje, más desconocida y lejana de nosotros que América, a pesar de que a veces se la vea desde las costas de Francia, como hoy. Imagínense un mundo todavía en el caos, un mar de montañas separadas por angostos barrancos por los que corren torrentes; no hay llanuras, sino inmensas olas de granito y gigantescas ondulaciones de tierra cubiertas de matorrales o de umbrosos bosques de castaños y pinos. Es un suelo virgen, inculto, desierto, aunque a veces se descubra un pueblo, que parece un amontonamiento de rocas en la cima de un monte. No hay cultivos, ni industrias, ni arte. Jamás se encuentra un trozo de madera tallada, un fragmento de piedra esculpida, ni hay huellas del gusto infantil o refinado de los antepasados por las cosas graciosas y bellas. Es esto precisamente lo que más choca en aquel soberbio y duro país: la indiferencia hereditaria por esa búsqueda de formas seductoras que se llama arte. Italia, donde cada palacio, lleno de obras maestras, es una obra maestra por sí mismo; donde el mármol, la madera, el bronce, el hierro, los metales y las piedras atestiguan el genio del hombre; donde los más pequeños objetos antiguos que se encuentran en las casas viejas revelan esa divina preocupación por la gracia, es para todos nosotros la patria sagrada a la que se ama porque nos muestra y nos prueba el esfuerzo, la grandeza, la potencia y el triunfo de la inteligencia creadora. Frente a ella, la ruda Córcega se ha conservado como en sus primeros días. El hombre vive allí en su tosca casa, indiferente a todo lo que no afecte a su propia existencia o a sus querellas de familia. Ha conservado los defectos y las cualidades de las razas incultas, violento, rencoroso, inconscientemente sanguinario, pero también hospitalario, generoso, leal, ingenuo, capaz de abrir sus puertas a los caminantes y de dar su fiel amistad a la menor muestra de simpatía. Hacía un mes que vagaba a través de esta isla magnífica, con la sensación de que estaba en los confines del mundo. No había ni posadas, ni tabernas, ni carreteras. Llegaba, por senderos de mulas, a esas aldeas que se sujetan en las laderas de las montañas y desde las que se dominan abismos tortuosos de cuyas profundidades sube por la noche el rumor continuo, la voz sorda y honda del torrente. Llamaba a las puertas de las casas, y pedía un refugio para la noche y algo de comer hasta el día siguiente. Me sentaba a la humilde mesa y dormía bajo un techo humilde; a la mañana siguiente, estrechaba la mano que me tendía el huésped, el cual me conducía hasta los límites del pueblo. Una noche, tras diez horas de camino, llegué a una casita aislada en el fondo de un pequeño valle que se abría al mar una legua más abajo. Las dos vertientes montañosas, cubiertas de matorrales, de rocas desmoronadas y de grandes árboles, cerraban como dos murallas sombrías aquel barranco lamentablemente triste. En torno a la choza, un viñedo y un pequeño huerto, y un poco más lejos, varios grandes castaños: lo suficiente, en fin, para vivir, y una fortuna para aquel país pobre. La mujer que me recibió era vieja, grave y limpia, excepcionalmente. El hombre, sentado en una silla de paja, se levantó para saludarme y se volvió a sentar sin decir una palabra. Su compañera me dijo:

-Perdónele, se ha quedado sordo. Tiene ya ochenta y dos años.

Me sorprendió que hablara el francés de Francia.

-¿Son ustedes de Córcega?

Ella me respondió:

-No. Somos del continente. Pero hace cincuenta años que vivimos aquí.

Una sensación de angustia y de espanto se apoderó de mí al pensar en aquellos cincuenta años transcurridos en un lugar tan sombrío, tan alejado de las ciudades donde vive la gente. Llegó un viejo pastor, y nos pusimos a comer el único plato de la cena: una sopa espesa en la que habían hervido todo junto: patatas, tocino y coles. Al acabar la breve comida, fui a sentarme ante la puerta, con el corazón sobrecogido por la melancolía del triste paisaje, oprimido por esa angustia que se apodera a veces de los viajeros ciertas noches tristes en ciertos lugares desolados. Parece como si todo, la existencia y el universo, estuviera a punto de acabar. Bruscamente se descubre la horrible miseria de la vida, el aislamiento de todos, la nada de todo y la negra soledad del corazón, que se mece y se engaña a sí mismo con sueños hasta la muerte. La vieja se acercó a mí y, con esa curiosidad que vive siempre en el fondo de las almas más resignadas, me preguntó:

-¿Viene usted de Francia, entonces?

-Sí, viajo por gusto.

-¿Será usted de París, quizá?

-No, soy de Nancy.

Me pareció que la agitaba una extraordinaria emoción. Ignoro cómo lo sentí. Ella repitió con voz lenta:

-¿Es usted de Nancy?

En la puerta apareció el hombre, con esa impasibilidad de los sordos.

-No importa. No oye nada -dijo ella. Luego, al cabo de unos segundos, añadió:

-Entonces, conocerá usted a mucha gente en Nancy.

-Sí, a casi todo el mundo.

-¿Conoce a la familia de Sainte-Allaize?

-Sí, muy bien. Eran amigos de mi padre.

-¿Cómo se llama usted?

Le dije mi nombre. Me miró fijamente, y luego, con esa voz de quien evoca sus recuerdos, me dijo:

-Sí, sí, me acuerdo. ¿Y los Brisemare? ¿Qué fue de ellos?

-Murieron todos.

-¡Ah! ¿Conocía a los Sirmont?

-Sí, el último es general.

Entonces, estremeciéndose de emoción y de angustia, por algún sentimiento confuso, poderoso y sagrado, por no sé qué deseo de confesar, de decirlo todo, de hablar de cosas que había tenido hasta aquel momento encerradas en el fondo de su corazón, y también de todas aquellas personas cuyo nombre agitaba su espíritu, me dijo:

-Sí, ya sé: Henri de Sirmont. Es mi hermano.

Alcé mis ojos hasta ella, sobrecogido de sorpresa. Y, de pronto, lo recordé todo. Tiempo atrás había sido un escándalo en la noble Lorena. Una muchacha, bella y rica, Suzanne de Sirmont, había sido raptada por un suboficial de húsares del regimiento que mandaba su padre. Era un guapo mozo, hijo de campesinos, pero que sabía llevar muy bien el dormán, aquel soldado que sedujo a la hija de su coronel. Se debió fijar en él y enamorarse, viendo desfilar los escuadrones. Pero ¿cómo le habló, cómo pudieron verse, comprenderse? ¿Cómo se atrevió ella a hacerle comprender que le amaba? No se pudo saber. Nada logró adivinarse, y nadie lo presentía. Una noche, cuando el soldado acababa de cumplir su servicio, desapareció con ella. Los buscaron, pero no lograron encontrarlos. Jamás se tuvo noticias de ella, y la consideraron como muerta. Y yo la volvía a encontrar de aquella forma, en aquel siniestro valle.

-Sí, sí, ahora me acuerdo -le dije, a mi vez-. Usted es la señorita Suzanne.

Ella dijo que sí con la cabeza. Caían lágrimas de sus ojos. Entonces, señalándome con una mirada al anciano inmóvil a la puerta de su casucha, me dijo:

-Es él.

Y me di cuenta de que lo seguía queriendo, de que lo veía aún con sus ojos de seducida. Le pregunté:

-¿Ha sido usted feliz, por lo menos?

Ella me respondió, con una voz que le salía dél corazón:

-Sí, muy feliz. Me ha hecho muy feliz. Jamás he lamentado nada.

La contemplé, triste, sorprendido, maravillado por el poder del amor. Aquella señorita rica se había marchado con aquel hombre, con aquel campesino. Se había transformado ella misma en campesina. Se había acostumbrado a su vida sin encantos, sin lujo, sin delicadeza de ninguna clase; se había doblegado a sus costumbres sencillas. Y todavía lo amaba. Se había transformado en una aldeana con gorro, con falda de paño. Comía en un plato de barro sobre una mesa de madera, sentada en una silla de paja, un guiso de coles y patatas con tocino. Se acostaba en un jergón junto a él. ¡Y nunca había pensado en nada, sino en él! No había echado de menos ni las joyas, ni las finas telas, ni las elegancias, ni la blandura de los asientos, ni la tibieza perfumada de las alcobas cubiertas de tapices, ni la suavidad de los colchones de pluma donde los cuerpos se hunden para el reposo. Nunca había necesitado más que a él; su presencia colmaba sus deseos. Había abandonado la vida de muy joven, y la sociedad, y a todos los que la habían criado y querido. Sola con él, se había ido a aquel barranco salvaje. Y él lo había sido todo en su vida, todo lo que se desea, todo lo que se sueña, todo lo que se espera sin cesar, todo lo que se ansía sin límites. Le había llenado de dicha la existencia. No habría podido ser más feliz. Y durante toda la noche, oyendo el ronquido sordo del viejo soldado tendido sobre su yacija junto a la mujer que lo había seguido hasta tan lejos, pensé en aquella extraña y sencilla aventura, en aquella felicidad tan completa, hecha de tan poco. Y me marché al amanecer, tras haber estrechado la mano a los dos ancianos esposos.

El narrador se calló.

Una mujer dijo:

-No demuestra nada. Esa mujer tenía un ideal demasiado fácil, necesidades demasiado primitivas y exigencias demasiado sencillas. Tenía que ser una necia.

Otra, lentamente, dijo:

-¿Y qué importa? Fue feliz.

Y lejos, al final del horizonte, Córcega se hundía en la noche, volvía a entrar lentamente en el mar, borrándose su gran sombra aparecida como para contar por sí misma la historia de los dos humildes amantes que se habían refugiado en su costa.



De: CiudadSeVa.com



sábado, 2 de agosto de 2014

“La creación más peligrosa de toda sociedad es el hombre que no tiene nada que perder”- James Baldwin

2 de agosto de 1924- Estados Unidos
Escritor.
Activista por los derechos de
afroamericanos y homosexuales.


UNA LECCIÓN DE HUMILDAD


Cierto día el Califa Harun Alraschid organizó un gran banquete en el salón principal de palacio.
Las paredes y el cielo raso brillaban por el oro y las piedras preciosas con las que estaban adornados. Y la gran mesa estaba decorada con exóticas plantas y flores Allí estaban los hombres más nobles de toda Persia y Arabia. También estaban presentes como invitados muchos hombres sabios, poetas y músicos.
Después de un buen tiempo de transcurrida la fiesta, el califa se dirigió al poeta y le dijo:
-Oh, príncipe hacedor de hermosos poemas, muéstranos tu habilidad, describe en versos este alegre y glorioso banquete.
El poeta se puso de pie y empezó con estas palabras:
-¡Salud! Oh, califa, y gozad bajo el abrigo de vuestro extraordinario palacio.
-Buena introducción -dijo Alraschid-. Pero permítenos escuchar más de vuestro discurso. El poeta prosiguió:
-Y que en cada nuevo amanecer te llegue también una nueva alegría. Que cada atardecer veas que todos tus deseos fueron realizados.
-¡Bien, bien! Sigue pues con tu poema.
El poeta se inclinó ligeramente en señal de agradecimiento por tan deferentes palabras del califa y prosiguió:
-¡Pero cuando la hora de la muerte llegue, oh mi califa, entonces, aprenderéis que todas las delicias de la vida no fueron más que efímeros momentos, como una puesta de sol.
Los ojos del califa se llenaron de lágrimas, y la emoción ahogó sus palabras. Cubrió su rostro con las manos y empezó a sollozar.
Luego uno de los oficiales que estaba sentado cerca del poeta, alzó la voz:
-¡Alto! El califa quiso que lo alegraran con cosas placenteras, y vos le estáis llenando la cabeza con cosas muy tristes.
-Dejad al poeta solo –dijo Raschid–. El ha sido capaz de ver la ceguera que hay en mí y trata de hacer que yo abra los ojos.

De: http://narrativabreve.com



Querido hermano:

No sabes cuánto necesitaba oír de ti. Quise escribirte muchas veces, pero imaginaba lo mucho que debo haberte herido y entonces no lo hice. Pero ahora me siento como un hombre que ha tratado de salir de algún agujero profundo, realmente profundo y podrido y que allá afuera veía el sol. Necesito salir.

No puedo contarte mucho de cómo llegué aquí. Es decir, no sé cómo contártelo. Pienso que sentía miedo de algo o intentaba escapar de algo y sabes que nunca he tenido la cabeza muy sólida (sonrisa). Me alegra que mamá y papá hayan muerto y no puedan ver lo que sucedió con su hijo y juro que de saber lo que estaba haciendo jamás te habría lastimado así, a ti y a tanta gente admirable que fue amable conmigo y creyó en mí.

No pienses que tuvo algo que ver con que fuera músico. Es más que eso. O quizás menos que eso. Aquí, no puedo poner en orden las cosas en la cabeza, y procuro no pensar qué ocurrirá conmigo cuando salga. A veces pienso que voy a palmarla y nunca saldré de aquí y otras que de inmediato volveré. Sin embargo, algo te digo: mejor me vuelo los sesos que pasar por lo mismo otra vez. Pero eso lo dicen todos, según me informan. Si te aviso cuando llego a Nueva York y me recibes, lo apreciaría mucho. Dale mi cariño a Isabel y a los críos, y sentí mucho enterarme de lo de Gracie. Quisiera ser como mamá y decir hágase la voluntad del Señor, pero no sé, me parece que los problemas son lo único que jamás se termina y no sé qué se gana echándole la culpa al Señor. Pero tal vez haga su poquito de bien si crees en eso.

Tu hermano
Sonny

De: Los blues de Sonny
En: http://www.materialdelectura.unam.mx





“El mito nos dice que América está llena de gente sonriente… la realidad es que el país está afincado por una horda deseperada, rapaz y dividida determinada a olvidar su pasado y hacer dinero. No hemos cambiado en este respecto, y se nota en nuestros rostros, nuestros hijos, por nuestra inefable soledad y por la espectacular fealdad y hostilidad de nuestras ciudades.”

Prólogo de James Baldwin a Nada Personal, donde el famoso fotógrafo Richard Avendon testimonia su desencanto sobre la sociedad norteamericana y sus mitos de bienestar e igualdad.














Fragmentos de NOTA INTRODUCTORIA

La literatura negra ha tenido variadas funciones en lo que constituye el cuerpo de las letras estadounidenses. Sin embargo, preponderó aquella del testimonio, desde las canciones iniciales hasta la narrativa posterior. Testimonio en un sentido amplio: tanto la congoja íntima como la exposición descarnada de una situación social inaceptable. De las canciones bíblicas al blues y al jazz; de Paul Laurence Dunbar (1872-1906) a la poderosa, aunque desigual, Native Son (1940) de Richard Wright (1908-1960). Y, siempre, el peligro cuando no la realidad constante de anteponer la protesta a los méritos literarios de lo escrito. Peligro, desde luego, necesario de arriesgar.

En esa línea se sitúa James Baldwin. Es decir, retoma las inquietudes de Wright, de Chester Himes (1909), de Ralph Ellison (1914-1994) y les agrega una voz nueva.

Acosado por sus fantasmas íntimos y, sobre todo, por la presión social del medio norteamericano contra un hombre de color a la busca de expresión, Baldwin se procura un terreno neutro en el extranjero. París fue la ciudad elegida. Vinieron años de penuria, en los cuales se malganó la vida como corresponsal de algunas publicaciones. Pero la estancia resultó productiva en varios sentidos. Uno de ellos, que Baldwin descubre su norteamericanismo. Es decir, al contacto de un ámbito que lo aliviaba de los hostigamientos raciales, consigue la calma suficiente para meditar sobre su condición de hombre, y termina diciendo que es norteamericano y en los Estados Unidos debe dar su batalla. Otra consecuencia de importancia la expresó el propio Baldwin con claridad: “Pero comen­cé a pensar en francés. Comencé a entender el inglés mucho mejor que nunca antes; comencé a entender el inglés del cual procedía, el idioma que produjo a Ray Charles o a Bessie Smith o que produjo a todos los poetas que me produjeron. Comenzó una especie de reconciliación, que no hubiera ocurrido si no me salgo del inglés”. Por tanto, el autoexilio fue una cura, de la cual Baldwin surgió fortalecido, y muy capaz de enfrentarse al problema de ser negro en los Estados Unidos. 

Federico Patán -octubre de 1991

De: http://www.materialdelectura.unam.mx


“No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres” ―Herman Melville


Y ahora quisiera hablar un poco acerca de las ballenas.

Existen varias especies de ellas. La «ballena azul» es la mayor, no solamente de los animales del mar, sino también de los de la tierra, y llega a medir más de treinta metros de larga.

El rorcual es un poco más pequeño, apenas llega a los veinticuatro metros, y ambos tienen una aleta encima del lomo.

Luego están las ballenas propiamente dichas, que carecen de tal aleta, y de las cuales la mayor es la llamada ballena boreal, que vive en el océano Ártico y mide unos veinte metros.
La ballena tiene, pese a su descomunal tamaño, una garganta tan estrecha que por ella no cabría un pez de mediano grosor. Por eso, las ballenas no comen sino pequeños crustáceos y moluscos, así como ciertas algas. En lugar de dientes tienen una serie de láminas córneas, por lo cual tragan el alimento sin masticarlo. Las láminas córneas tienen forma de guadaña y son unas cuatrocientas, colocadas a ambos lados del paladar; sirven como colador para que escape el agua que han tragado junto a su alimento, el cual queda retenido en la lengua. La ballena puede permanecer sumergida hasta cuarenta minutos y entonces, al salir a la superficie, expele el agua que durante ese tiempo ha entrado en sus pulmones y lo hace en forma de surtidor, al que acompaña un fuerte resoplido.
Eso sí, mientras no le amenaza ningún peligro, permanece flotando en la superficie y hasta salta sobre ella, con la agilidad que nadie pensaría al ver su monstruoso tamaño. Hasta llega a salir por completo del agua.

Del cachalote, que es otra de las especies de ballena, se extrae un finísimo aceite.
El cachalote tiene una cabeza enorme, que puede llegar a ser hasta un tercio de la longitud total del animal. Gran parte de esta cabeza está llena de ese líquido graso.
El cachalote carece de barbas, pero posee en cambio dientes muy poderosos en la mandíbula inferior, y en la superior unas cavidades en las que encajan los dientes.
Éstos son de marfil y pueden tener hasta un centenar de ellos, que le sirven para devorar las presas, y éstas ya no son diminutas, sino pulpos, calamares y hasta tiburones pequeños y focas, pero sobre todo pulpos, los cuales, cuando son grandes, oponen muy fuerte resistencia, llegando a herir al cachalote con su córneo pico.
El cachalote se encuentra en casi todos los mares y generalmente viaja en
bandadas; no es raro verle hacer cabriolas y dar enormes saltos sobre las olas, por lo que es extraordinariamente difícil clavarle el arpón. Los balleneros que lo sabían hacer, eran raros, ya que el cachalote tiene la costumbre de brincar sobre las lanchas, a las cuales hunde y destruye con su enorme peso, sobre todo cuando esas barcas eran de madera.


Fragmento de Moby Dick

1º de agosto de 1819- Estados Unidos