miércoles, 28 de mayo de 2014

“Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido no fuera más que aquello que nunca pudo ser, no fuera más que algo vedado y reprimido de familia en familia, de mujer en mujer” - Alfonsina Storni

















Nació el 29 de mayo de 1892.

“He de decir que la literatura es la única conciencia que poseemos”- John Cheever

27 de mayo de 1912- Estados Unidos
Narrador


Los Diarios de John Cheever revelan la escritura íntima de un hombre público: la otra narrativa, el mundo privado de un gran escritor, que fluía paralela a la de los relatos y novelas publicadas a lo largo de su vida. Sin embargo, ambas narrativas la pública y la privada,  están hechas de la misma materia prima: la clase media y su cotidianeidad en su dimensión más superficial y a la vez más profunda. Historias mínimas de lo maravilloso y lo terrible a la vez, como dos caras de una misma moneda. La ambigüedad que Cheever veía en esa vida suburbana que permanentemente retrataba. Van de la mano: un mundo luminoso y mágico, sembrado del encanto de lo cotidiano de una vida familiar de clase media, y la sensación de fracaso y mediocridad que la misma vida puede provocar.

Fueron escritos a máquina y luego encuadernados sin fecha por su autor. Comienzan en los años cuarenta y se continúan a lo largo de más de tres décadas. Cheever escribió veintinueve cuadernos de forma más o menos sistemática, según las épocas, donde todo esto queda revelado: su teatro privado compuesto de soledad, insatisfacción, sentimiento de fracaso y a la vez, la belleza de las pequeñas sutilezas y detalles de la vida doméstica.

  Esos Diarios fueron luego de su muerte publicados por su hijo y su editor Robert Gottlieb, quien seleccionó cuatrocientas páginas del total. El momento en que serían publicados había sido acordado entre el escritor y su hijo.

  Cheever veía en ellos una puerta a la inmortalidad, pero además tenía otra poderosa razón para que no vieran la luz antes de su muerte: el dolor que sus Diarios causarían a sus seres más cercanos. A pesar de ese dolor, la familia apoya su publicación, anteponiendo la deseada posteridad de su autor y sin desconocer que son una clase magistral de literatura.

  Editados con prólogo de su hijo Benjamin Cheever y notas aclaratorias de Rodrigo Fresán, los Diarios son una invitación a la lectura y a la escritura de lo cotidiano. A continuación algunos fragmentos, quedan todos invitados.

 Los siguientes fragmentos pertenecen a la primera parte de los Diarios (finales de los cuarenta y años cincuenta):

* En el sillón del dentista, vuelvo a pensar que soy como el prisionero que trata de escapar de la cárcel por una ruta equivocada. Sin comprobar si la puerta está abierta, sigo cavando el túnel con una cucharilla
Es una melancolía obstinada, infinita, hundida en el sopor, el malestar o la pura y simple angustia de una comida pesada después de misa….Más de la mitad del mundo está sumida en un sueño irreparador.

 ¨*A medida que me acerco a los cuarenta sin haber conseguido ninguno de los objetivos que me había propuesto, sin haber alcanzado la profunda creatividadpor la que me he esforzado durante años, siento que adopto una posición menor, oscura, mediocre, que no es mi destino pero sí culpa mía, como si  en algún momento me hubiera faltado el ingenio y el valor para ajustarme de modo competente a las formas que tenía a mano.


*Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar.


*No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio.


* Cuando hablo con los demás, cuando voy en tren, la vida parece dotada de una bondad superficial que no necesita discusión. Cuando paso seis, o siete horas frente a la máquina de escribir, cuando duermo la mona en un sillón roto, acabo por poner todo en tela de juicio, incluso a mí mismo. Llego a conclusiones insoportablemente morbosas y la mitad del tiempo desearía morir. Tengo que llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo autodestructivo.


* Estoy cansado, pero ya pasará. Amo el cuerpo de mi esposa y la inocencia de mis hijos. Nada más.

Victoria Mora
De: http://lecturasenelaltillo.blogspot.com



“Tengo que llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo autodestructivo. Cuando despierto por la mañana debo decirme que es necesario pegar más duro, hacer mejor las cosas, al menos dejar a mis hijos un recuerdo respetable y aleccionador (…) Debo introducirme en mi trabajo, y éste debe darme a mí la legítima sensación de bienestar de que disfruto cuando el tiempo es bueno y cuando he dormido bien. La buena salud es algo instintivo en mí y puede serlo para la literatura”.

Lucas Brito Sánchez-La quimera de Cheever: escribir o vivir



“Entonces despiertas a las seis y media con una excitación que crece, y a la diez, como un gato vagabundo, serías capaz de cabalgar a un jaguar embalsamado o cogerte un picaporte oxidado. Va en aumento hasta las doce y media, cuando las visitas y la comida te ayudan a serenarte. Vas al pueblo a comprar leche, y al ver el anhelo de orden que agrupa los edificios, la expresión seria de un joven que cruza la calle con sus hijos parece la belleza manifiesta a la que aspiramos. Entonces a uno le embarga la melancolía, aliviada apenas por doce palomas que alzan el vuelo desde el techo de un edificio viejo. Es un día hostil. El cielo está desalentadoramente gris, pero la luz gris es fuerte. La música de amor que sale de un supermercado es triste, muy triste. La mujer que me precede, con anillos de diamantes y una gruesa capa de maquillaje, espera con paciencia el turno para pagar una bolsa pequeña de papas. En la peluquería duerme un policía brutal y corrupto, con la cara cubierta por una máscara de barro. Entra una joven con una caja pesada en la que lleva algo para vender. Su pelo, teñido y peinado en casa, es de un tinte acaramelado que pasó de moda hace años. Al salir del instituto, ha dedicado una hora entera a maquillarse. “Sé que le interesará…” “No”, dice el peluquero, cortante. Quiero darle todo el dinero que tengo. Media hora después, la veo en la cuneta con la caja, como si no supiera adónde ir. Creo que ha invertido sus ahorros, tal vez un préstamo, en algo que le parece muy deseable. Se ha teñido el pelo y mejorado sus rasgos, y en lugar del éxito imaginado, ay, con tanta alegría, sólo ha conocido el rechazo. Creo que su experiencia —en la cuneta— es parte de nuestra vida. La atesoro. Es casi de noche, uno no tiene nada, absolutamente nada, y lo tiene todo. Contestaré cartas, encenderé el fuego, leeré”.


De Diarios, John Cheever. Emecé.







Reunión

La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.
—¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
—Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.

De: http://www.taringa.net/




lunes, 26 de mayo de 2014

Cuando la depresión cultiva poemas

Theodore Roethke
26 de mayo de 1908- Alaska
Poeta, docente.

CASA ABIERTA


MIS secretos gritan fuerte.
No tengo necesidad de lengua.
Mi corazón ofrece hospitalidad,
Mis puertas se abren libremente.
Una épica de los ojos
Mi amor, sin ningún disfraz.


Mis verdades están todas previstas,
Esta angustia revelada a sí misma.
Estoy desnudo hasta los huesos,
Con la desnudez me escudo.
Lo que uso es el mí mismo:
Conservo sobrio el espíritu.

La ira permanecerá,
Los actos dirán la verdad
En lenguaje exacto y puro
Detengo la engañadora boca:
La furia reduce mi más claro grito
A una agonía tonta.



INTERLUDIO

EL elemento del aire era incontenible.
El ímpetu del viento rasgó las tiernas hojas
Arrojándolas en confusión sobre a tierra.
Esperamos las primeras gotas de lluvia en los aleros.

El caos crecía al tiempo que la luz
Mermaba bajo el cielo compacto.
Una noche innatural dilató nuestras pupilas,
Pero el camino y el polvoriento campo permanecieron secos.


La lluvia quedóse en la nube; fue casi oscuro;
El viento yació inmóvil entre las altas hierbas.
Las venas de las manos traicionaban nuestro miedo.
Lo que habíamos esperando no había acontecido.




LO MÍNIMO


ESTUDIO las vidas sobre una hoja: los pequeños
Durmientes, ateridos que se codean en frías dimensiones,
Escarabajos en cavernas, salamandras, peces sordos,
Piojos amarrados en largas, flojas malezas subterráneas,
Contorsionistas de marismas,
Y reptiles bacterianos
Culebreando entre heridas
Como jóvenes anguilas en estanques,
Sus descoloridas bocas besando las cálidas suturas,
limpiando y acariciando,
deslizando y cicatrizando.






TODA LA TIERRA; TODO EL AIRE


I

ESTOY con piedras que permanecen.
Las piedras duran donde están.
Las campanillas se enroscan;
los pescaditos se mueven.
Una onda despierta el estanque.

II


ESTA dicha es mi ruina, ¿Yo soy!
Un hombre rico como un gato,
Un gato en la horcadura de un árbol,
Cuando ella sacude sus cabellos.
Pienso en eso y me río.

III


TODA inocencia e ingenio, ella
Mantiene vivos mis deseos;
Cuando , flexible como una fiera,
Camina por la calle,
Comienzo a dejarme a mí mismo


IV

VERDADERAMENTE hermosos.
Sus cuerpos no pueden mentir:
la flor pica a la abeja.
El suelo necesita del abismo,
Dicen las piedras, dicen los peces.

V

Un campo se aleja en el sueño.
¿Dónde están los muertos? Ante mí
Fluctúa una única estrella.
Un árbol se desliza con la luna.
¡El campo es mío! ¡Es mío!

VI


ESTOY al acecho en una guarida,
Todo uno con la tétrica oscuridad.
¿Qué es el infierno sino un corazón helado?
¿Pero quién , al enfrentarse con el rostro de ella,
No se regocijaría?





















Dolor

Conozco la inexorable tristeza de los lápices,
nítidos en sus cajas, el dolor de las libretas y los pisapapeles,
toda la miseria de los folders de manila y la goma,
la desolación en inmaculados lugares públicos,
salones de recibo solitarios, lavabos, conmutadores
eléctricos,
el inalterable pathos de la jofaina y la jarra,
el ritual del multígrafo, los clips, las comas,
interminables duplicados de vidas y de cosas.
Y he visto el polvo de las paredes de las instituciones,
más fino que la harina, vivo, más peligroso que el sílice,
cayendo colado, casi invisible, en las largas tardes de tedio
cubriendo de una fina película las uñas y cejas delicadas,
patinando el pálido pelo, los grises rostros duplicados y
standard.

En: Descontexto.com



domingo, 25 de mayo de 2014

“Mercedes me enseñó que la bondad no es blanda, sino dura...”- Jaime Jaramillo

María Mercedes Carranza- Colombia
24 de mayo de 1945









EXTRAÑOS EN LA NOCHE


Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor; estas
calles son el laberinto que he de andar y desandar: todos los
pasos que al final serán mi vida. Grises las paredes, los
árboles y de los habitantes el aire de la frente a los pies. A
lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno, un verde
Patinir de laguna o río, y tras los cerros tal vez puede verse
el sol. La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida; nos
unen el cansancio y el tedio de la convivencia pero también la
costumbre irremplazable y el viento.




MALDICIÓN


Te perseguiré por los siglos de los siglos.
No dejaré piedra sin remover
Ni mis ojos horizonte sin mirar.

Dondequiera que mi voz hable
Llegará sin perdón a tu oído
Y mis pasos estarán siempre
Dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos,
Resucitarán los muertos y volverán a morir
Y allí donde tú estés:
Polvo, luna, nada, te he de encontrar.



POEMA DEL DESAMOR


Ahora en la hora del desamor
Y sin la rosada levedad que da el deseo
Flotan sus pasos y sus gestos.

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,
Aquellas palabras que no fueron posibles,
Las preguntas que sólo zumbaron como moscas
Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.

Días perdidos en oficios de la imaginación,
Como las cartas mentales al amanecer
O el recuerdo preciso y casi cierto
De encuentros en duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre los sueños.

¡Qué sucia es la luz de esta hora,
Qué turbia la memoria de lo poco que queda
Y qué mezquino el inminente olvido!


De: http://www.todacolombia.com



Mijáil Shólojov

24 de mayo de 1905 -Rostov del Don
Escritor

El destino de un hombre


La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros- no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo -refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.

El pequeño río, que se seca parcialmente en verano, se había desbordado frente al caserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en una frágil barquilla, de fondo plano, que únicamente podría llevar a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljoz, nos esperaba un "Willis" viejecillo, que había visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El chofer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje. Apenas desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes sitios del podrido fondo, pequeños surtidores. Con medios manuales, calafateamos la insegura embarcación y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chofer trajo del caserío el auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:

-Si este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas; no nos espere usted antes.

El caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto al embarcadero había ese silencio que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de Prijoperskie, hundidas en el humo liliáceo de la niebla, el suave vientecillo traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.

Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla de "Bielomor" estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha no zozobrara, y ahora, lamentando amargamente mi imprevisión, extraje del bolsillo con cuidado la cajetilla reblandecida, me puse en cuclillas y empecé a colocar sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.

Era mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se secarían pronto. Los rayos solares calentaban tanto, que me arrepentí de haberme puesto para el viaje los acolchados pantalones y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquel el primer día verdaderamente tibio después del invierno. Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido por entero en la soledad y el silencio, quitarse el gorro de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en nada, seguir el movimiento de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido del cielo.

Pronto vi que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos, arrastrando los pies, iban en dirección al embarcadero, pero al llegar adonde estaba parado el automóvil, torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:

-¡Salud, hermano!

-Buenos días -repuse, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía.

El hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:

-Saluda al tío, hijito. Ya ves, es también chofer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos en un camión y él conduce ese pequeño coche.

Mirándome de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché suavemente y le pregunté:

-¿Cómo es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.

Con enternecedora confianza infantil, el pequeño se apretó contra mis rodillas y enarcó asombrado las claras cejas rubias.

-¡Yo que voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué va! Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.

Luego de quitarse de la espalda la mochila escuálida y de tomar asiento a mi lado, el padre dijo:

-¡Estoy aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al trote y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes, como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no es para hombres viajar con pasajeros de esta clase, y menos a patita.

Hizo una pausa y preguntó:

-¿Y tú qué, hermano, esperas a tus jefes?

Me fue violento sacarlo de su error, diciéndole que yo no era chofer, y respondí:

-Hay que esperar.

-¿Vendrán de la otra orilla?

-Sí.

-¿Sabes si llegará pronto la barca?

-Dentro de un par de horas.

-Bastante tiempo es ése. Bueno, descansaremos entre tanto. Yo no tengo ninguna prisa. Pasaba ya de largo, cuando, de pronto, veo que un hermano chofer está tomando el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo es tan triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano, es como el caballo curado; no sirve para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.

Sacó del bolsillo del pantalón caqui, de verano, una enrollada bolsita de raída seda color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria bordada en una de las esquinas: "Al querido combatiente, de una alumna de la escuela secundaria de Lebediansk."

Fumamos de aquel tabaco campesino, muy fuerte, y estuvimos callados largo rato. Iba ya a preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto lo obligaba a viajar con aquel deshielo, pero él se me adelantó:

-¿Te has pasado toda la guerra al volante?

-Casi toda.

-¿En el frente?

-Sí.

-Pues a mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.

Puso sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Lo miré de reojo y sentí un malestar impreciso... ¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos como cubiertos de ceniza, llenos de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo mirarlos? Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.

Luego de arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a hablar:

-A veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos y piensa: "Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este modo?" Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol... No la tengo, ¡ni la espero! -y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente al hijito y le dijo-: Anda, querido, vete a jugar un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas, los chiquillos encuentran siempre algo. ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!

Cuando fumábamos en silencio, yo observando a hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido con sencillez, pero su ropilla era buena; la hechura de su larga chaquetita, forrada de fina y desgastada piel de cabra, las diminutas botas altas, lo suficientemente holgadas para ponérselas con calcetines de lana, y un zurcido hecho con mucha maestría para tapar un desgarrón en la manga, todo ello denotaba cuidados de mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida con descuido, burdamente; el remiendo de los pantalones caqui, de uniforme, no lo había echado como era menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de soldado, pero los compactos calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que hubieran sido arreglados por ninguna mano femenina... y entonces, pensé: "Tú eres viudo o te llevas mal con tu mujer".

Mas él, después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió hablar; yo, todo oídos, lo escuchaba:

-Al principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Voronezh, el año mil novecientos. Durante la guerra civil serví en el Ejército Rojo, en la división de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kuban, a trabajar como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año volví del Kuban, vendí la pequeña jata1 y me fui a vivir a Voronezh. Al principio trabajé en un artel de carpinteros; luego pasé a una fábrica y aprendí el oficio de mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre, complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola desde afuera, desde un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado, sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!

»Volvía uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a casa, para prepararme siempre un plato sabroso. La miraba uno y se le ablandaba el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y le decía: "Perdona, querida Irina, he estado muy grosero contigo. Pero, compréndelo, hoy no me ha ido bien el trabajo." Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significaba para el trabajo? Por la mañana me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es tener una mujer y compañera inteligente.

»En ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra, también recorría el último trecho metiendo la primera, es decir, a cuatro patas; pero llegaba. Y de nuevo, ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme... Me desnudaba y me decía bajito: "Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte, dormido, de la cama". Bueno, y yo me derrumbaba como un fardo, y todo se balanceaba ante mis ojos. Solo, entre sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba, por consiguiente...

»Por la mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que me despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada; por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal tallado. "Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca, pero no debes beber más, querido." ¿Acaso se podía no hacer honor a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con los ojos únicamente, la besaba y me iba al trabajo como un corderito. En cambio, si me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado también al segundo día! Así pasa en otras familias en que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles de ésas, y lo sé bien.

»Pronto, empezaron a llegar los hijitos. Primero nació un niño; luego, dos niñas más... Y entonces me aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la familia era ya numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y punto final.

»El año veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a conducir, y empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y no quise volver a la fábrica. Manejar el volante me parecía más distraído. Viví de esta manera diez años, sin darme cuenta de cómo pasaron. Se fueron como un sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor; pero, después de andar veinte kilómetros, se cubre de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.

»Trabajé durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las demás gentes. Los chicos nos daban alegrías: los tres estudiaban con notas de sobresaliente, y el mayorcito, Anatoli, resultó tan capaz para las matemáticas que hasta llegaron a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para esas ciencias. Pero aquello me halagaba mucho y estaba orgulloso de él, ¡muy orgulloso!

»En los diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos hicimos una casita con dos habitaciones pequeñas, despensa y pasillo. Irina compró dos cabras. ¿Qué más necesitábamos? Los chicos comían gachas con leche, teníamos un hogar, estábamos vestidos y calzados; por consiguiente, todo marchaba bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una parcela, de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación. De haber hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.

»Y de pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase en el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron a despedirme a la estación los cuatro míos. Irina, Anatoli y mis hijas Nastienka y Oliushka. Todos los chicos se portaron como unos valientes. Claro que a mis hijas, no sin motivo, se le saltaron unas lagrimillas. A Anatoli solamente se le estremecían los hombros, como si tuviera frío, por aquel entonces ya había cumplido los dieciséis años, y a mi Irina... En los diecisiete años de matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche anterior estuvo mi camisa humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho, y por la mañana, la misma historia... Llegaron a la estación, y yo, de la lástima que me daba mi mujer, no podía mirarla: tenía los labios hinchados de llanto, los cabellos asomaban revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios, como de loca. Los jefes dieron la orden de subir al tren, y ella se derrumbó sobre mi pecho mientras sus manos se aferraban a mi cuello; temblaba toda, como un árbol hendido por un hachazo... los chicos y yo tratábamos de consolarla, pero ¡de nada servía! Otras mujeres hablaban con sus maridos o con sus hijos, pero la mía estaba pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía más que temblar toda ella sin poder articular palabra. Yo le dije: "¡Hay que ser fuertes, querida Irina! Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida." Ella balbuceó, sollozando a cada palabra: "Querido mío... Andriusha... no volveremos a vernos... más... en este... mundo..."

(...) 


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