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| Nació el 29 de mayo de 1892. |
Morada del Ctro. de Fción. Humanística PERRAS NEGRAS (Uruguay: "País de los Pájaros Pintados")
miércoles, 28 de mayo de 2014
“He de decir que la literatura es la única conciencia que poseemos”- John Cheever
| 27 de mayo de 1912- Estados Unidos Narrador |
Los
Diarios de John Cheever revelan la escritura íntima de un hombre público: la
otra narrativa, el mundo privado de un gran escritor, que fluía paralela a la
de los relatos y novelas publicadas a lo largo de su vida. Sin embargo, ambas
narrativas la pública y la privada,
están hechas de la misma materia prima: la clase media y su
cotidianeidad en su dimensión más superficial y a la vez más profunda.
Historias mínimas de lo maravilloso y lo terrible a la vez, como dos caras de
una misma moneda. La ambigüedad que Cheever veía en esa vida suburbana que
permanentemente retrataba. Van de la mano: un mundo luminoso y mágico, sembrado
del encanto de lo cotidiano de una vida familiar de clase media, y la sensación
de fracaso y mediocridad que la misma vida puede provocar.
Fueron
escritos a máquina y luego encuadernados sin fecha por su autor. Comienzan en
los años cuarenta y se continúan a lo largo de más de tres décadas. Cheever
escribió veintinueve cuadernos de forma más o menos sistemática, según las
épocas, donde todo esto queda revelado: su teatro privado compuesto de soledad,
insatisfacción, sentimiento de fracaso y a la vez, la belleza de las pequeñas
sutilezas y detalles de la vida doméstica.
Esos Diarios fueron luego de su muerte
publicados por su hijo y su editor Robert Gottlieb, quien seleccionó
cuatrocientas páginas del total. El momento en que serían publicados había sido
acordado entre el escritor y su hijo.
Cheever veía en ellos una puerta a la
inmortalidad, pero además tenía otra poderosa razón para que no vieran la luz
antes de su muerte: el dolor que sus Diarios causarían a sus seres más
cercanos. A pesar de ese dolor, la familia apoya su publicación, anteponiendo la
deseada posteridad de su autor y sin desconocer que son una clase magistral de
literatura.
Editados con prólogo de su hijo Benjamin
Cheever y notas aclaratorias de Rodrigo Fresán, los Diarios son una invitación
a la lectura y a la escritura de lo cotidiano. A continuación algunos
fragmentos, quedan todos invitados.
Los siguientes fragmentos pertenecen a la
primera parte de los Diarios (finales de los cuarenta y años cincuenta):
*
En el sillón del dentista, vuelvo a pensar que soy como el prisionero que trata
de escapar de la cárcel por una ruta equivocada. Sin comprobar si la puerta
está abierta, sigo cavando el túnel con una cucharilla
Es
una melancolía obstinada, infinita, hundida en el sopor, el malestar o la pura
y simple angustia de una comida pesada después de misa….Más de la mitad del
mundo está sumida en un sueño irreparador.
¨*A medida que me acerco a los cuarenta sin
haber conseguido ninguno de los objetivos que me había propuesto, sin haber
alcanzado la profunda creatividad‒por la que me he esforzado durante años‒,
siento que adopto una posición menor, oscura, mediocre, que no es mi destino
pero sí culpa mía, como si en algún
momento me hubiera faltado el ingenio y el valor para ajustarme de modo
competente a las formas que tenía a mano.
*Escribir
bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico,
reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar.
*No
nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de
infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una
posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo
mis disfraces demasiado en serio.
*
Cuando hablo con los demás, cuando voy en tren, la vida parece dotada de una
bondad superficial que no necesita discusión. Cuando paso seis, o siete horas
frente a la máquina de escribir, cuando duermo la mona en un sillón roto, acabo
por poner todo en tela de juicio, incluso a mí mismo. Llego a conclusiones
insoportablemente morbosas y la mitad del tiempo desearía morir. Tengo que
llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo
autodestructivo.
*
Estoy cansado, pero ya pasará. Amo el cuerpo de mi esposa y la inocencia de mis
hijos. Nada más.
Victoria Mora
De: http://lecturasenelaltillo.blogspot.com
“Tengo
que llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo
autodestructivo. Cuando despierto por la mañana debo decirme que es necesario
pegar más duro, hacer mejor las cosas, al menos dejar a mis hijos un recuerdo
respetable y aleccionador (…) Debo introducirme en mi trabajo, y éste debe
darme a mí la legítima sensación de bienestar de que disfruto cuando el tiempo
es bueno y cuando he dormido bien. La buena salud es algo instintivo en mí y
puede serlo para la literatura”.
Lucas Brito Sánchez-La quimera
de Cheever: escribir o vivir
“Entonces
despiertas a las seis y media con una excitación que crece, y a la diez, como
un gato vagabundo, serías capaz de cabalgar a un jaguar embalsamado o cogerte
un picaporte oxidado. Va en aumento hasta las doce y media, cuando las visitas
y la comida te ayudan a serenarte. Vas al pueblo a comprar leche, y al ver el
anhelo de orden que agrupa los edificios, la expresión seria de un joven que
cruza la calle con sus hijos parece la belleza manifiesta a la que aspiramos.
Entonces a uno le embarga la melancolía, aliviada apenas por doce palomas que
alzan el vuelo desde el techo de un edificio viejo. Es un día hostil. El cielo
está desalentadoramente gris, pero la luz gris es fuerte. La música de amor que
sale de un supermercado es triste, muy triste. La mujer que me precede, con
anillos de diamantes y una gruesa capa de maquillaje, espera con paciencia el
turno para pagar una bolsa pequeña de papas. En la peluquería duerme un policía
brutal y corrupto, con la cara cubierta por una máscara de barro. Entra una
joven con una caja pesada en la que lleva algo para vender. Su pelo, teñido y
peinado en casa, es de un tinte acaramelado que pasó de moda hace años. Al
salir del instituto, ha dedicado una hora entera a maquillarse. “Sé que le
interesará…” “No”, dice el peluquero, cortante. Quiero darle todo el dinero que
tengo. Media hora después, la veo en la cuneta con la caja, como si no supiera
adónde ir. Creo que ha invertido sus ahorros, tal vez un préstamo, en algo que
le parece muy deseable. Se ha teñido el pelo y mejorado sus rasgos, y en lugar
del éxito imaginado, ay, con tanta alegría, sólo ha conocido el rechazo. Creo
que su experiencia —en la cuneta— es parte de nuestra vida. La atesoro. Es casi
de noche, uno no tiene nada, absolutamente nada, y lo tiene todo. Contestaré
cartas, encenderé el fuego, leeré”.
De Diarios, John Cheever. Emecé.
Reunión
La
última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de
estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de
campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole
que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y
preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se
reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún
estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño
para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto
desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre,
mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera
mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus
limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de
volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola,
Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está
por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor
que comamos algo por aquí cerca.
Me
rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una
rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado,
betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé
que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una
fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos
de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria.
Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones,
y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la
cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner!
—gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo
aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será
posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego
dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió
hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas
palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese,
cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo
que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos
gibsons con ginebra Beefeater.
—No
me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería
haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los
camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos
gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo
que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la
compostura.
—Ésa
es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—.
Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí
a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos
trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre
la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía
con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—Garçon!
Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo
mismo?
—¿Cuántos
años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso
no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo
siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De
acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo
verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva
York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó
la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían
americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban
adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de
nuevo:
—¡Que
venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una
última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con
Geefeater.
—¿Dos
bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe
muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con
Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre
Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal
es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto
no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No
discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí
que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si
hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos,
Charlie.
El
cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
—Buongiorno
—dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti
fortio. Molto gin, poco vermut.
—No
entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No
me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe
perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El
camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo
siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De
acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas
las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya
entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al
infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo
que coger el tren —dije.
—Lo
siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el
brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido
tiempo de ir a mi club…
—No
tiene importancia, papá —dije.
—Voy
a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en
el tren.
Se
acercó a un quiosco y pidió:
—Mi
buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e
insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se
puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir
demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme
uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo
que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera
un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este
sujeto me dé una contestación.
—Hasta
la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última
vez que vi a mi padre.
De: http://www.taringa.net/
lunes, 26 de mayo de 2014
Cuando la depresión cultiva poemas
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| Theodore Roethke 26 de mayo de 1908- Alaska Poeta, docente. |
CASA ABIERTA
MIS secretos gritan
fuerte.
No tengo necesidad
de lengua.
Mi corazón ofrece
hospitalidad,
Mis puertas se
abren libremente.
Una épica de los
ojos
Mi amor, sin ningún
disfraz.
Mis verdades están
todas previstas,
Esta angustia
revelada a sí misma.
Estoy desnudo hasta
los huesos,
Con la desnudez me
escudo.
Lo que uso es el mí
mismo:
Conservo sobrio el
espíritu.
La ira permanecerá,
Los actos dirán la
verdad
En lenguaje exacto
y puro
Detengo la
engañadora boca:
La furia reduce mi
más claro grito
A una agonía tonta.
INTERLUDIO
EL elemento del
aire era incontenible.
El ímpetu del
viento rasgó las tiernas hojas
Arrojándolas en
confusión sobre a tierra.
Esperamos las
primeras gotas de lluvia en los aleros.
El caos crecía al
tiempo que la luz
Mermaba bajo el
cielo compacto.
Una noche innatural
dilató nuestras pupilas,
Pero el camino y el
polvoriento campo permanecieron secos.
La lluvia quedóse
en la nube; fue casi oscuro;
El viento yació
inmóvil entre las altas hierbas.
Las venas de las
manos traicionaban nuestro miedo.
Lo que habíamos
esperando no había acontecido.
LO MÍNIMO
ESTUDIO las vidas
sobre una hoja: los pequeños
Durmientes,
ateridos que se codean en frías dimensiones,
Escarabajos en
cavernas, salamandras, peces sordos,
Piojos amarrados en
largas, flojas malezas subterráneas,
Contorsionistas de
marismas,
Y reptiles
bacterianos
Culebreando entre
heridas
Como jóvenes
anguilas en estanques,
Sus descoloridas
bocas besando las cálidas suturas,
limpiando y
acariciando,
deslizando y
cicatrizando.
TODA LA TIERRA; TODO EL AIRE
I
ESTOY con piedras
que permanecen.
Las piedras duran
donde están.
Las campanillas se
enroscan;
los pescaditos se
mueven.
Una onda despierta
el estanque.
II
ESTA dicha es mi
ruina, ¿Yo soy!
Un hombre rico como
un gato,
Un gato en la
horcadura de un árbol,
Cuando ella sacude
sus cabellos.
Pienso en eso y me
río.
III
TODA inocencia e
ingenio, ella
Mantiene vivos mis
deseos;
Cuando , flexible
como una fiera,
Camina por la
calle,
Comienzo a dejarme
a mí mismo
IV
VERDADERAMENTE
hermosos.
Sus cuerpos no
pueden mentir:
la flor pica a la
abeja.
El suelo necesita
del abismo,
Dicen las piedras,
dicen los peces.
V
Un campo se aleja
en el sueño.
¿Dónde están los
muertos? Ante mí
Fluctúa una única
estrella.
Un árbol se desliza
con la luna.
¡El campo es mío!
¡Es mío!
VI
ESTOY al acecho en
una guarida,
Todo uno con la
tétrica oscuridad.
¿Qué es el infierno
sino un corazón helado?
¿Pero quién , al
enfrentarse con el rostro de ella,
No se regocijaría?
Dolor
Conozco la
inexorable tristeza de los lápices,
nítidos en sus
cajas, el dolor de las libretas y los pisapapeles,
toda la miseria de
los folders de manila y la goma,
la desolación en
inmaculados lugares públicos,
salones de recibo
solitarios, lavabos, conmutadores
eléctricos,
el inalterable
pathos de la jofaina y la jarra,
el ritual del
multígrafo, los clips, las comas,
interminables
duplicados de vidas y de cosas.
Y he visto el polvo
de las paredes de las instituciones,
más fino que la
harina, vivo, más peligroso que el sílice,
cayendo colado,
casi invisible, en las largas tardes de tedio
cubriendo de una
fina película las uñas y cejas delicadas,
patinando el pálido
pelo, los grises rostros duplicados y
standard.
En: Descontexto.com
domingo, 25 de mayo de 2014
“Mercedes me enseñó que la bondad no es blanda, sino dura...”- Jaime Jaramillo
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| María Mercedes Carranza- Colombia 24 de mayo de 1945 |
EXTRAÑOS EN LA NOCHE
Nadie mira a nadie
de frente,
de norte a sur la
desconfianza, el recelo
entre sonrisas y
cuidadas cortesías.
Turbios el aire y
el miedo
en todos los
zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja
cae
como diluvio:
ciudad de mundo
que no conocerá la
alegría.
Olores blandos que
recuerdos parecen
tras tantos años
que en el aire están.
Ciudad a medio
hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha
que comienza a menstruar,
precaria, sin
belleza alguna.
Patios
decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras
todavía sirven chocolate;
patios de
inquilinato
en los que habitan
calcinados la mugre y el dolor.
En las calles
empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como
filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan
familiares como la muerte y el amor; estas
calles son el
laberinto que he de andar y desandar: todos los
pasos que al final
serán mi vida. Grises las paredes, los
árboles y de los
habitantes el aire de la frente a los pies. A
lo lejos el verde
existe, un verde metálico y sereno, un verde
Patinir de laguna o
río, y tras los cerros tal vez puede verse
el sol. La ciudad
que amo se parece demasiado a mi vida; nos
unen el cansancio y
el tedio de la convivencia pero también la
costumbre
irremplazable y el viento.
MALDICIÓN
Te perseguiré por
los siglos de los siglos.
No dejaré piedra
sin remover
Ni mis ojos
horizonte sin mirar.
Dondequiera que mi
voz hable
Llegará sin perdón
a tu oído
Y mis pasos estarán
siempre
Dentro del
laberinto que tracen los tuyos.
Se sucederán
millones de amaneceres y de ocasos,
Resucitarán los
muertos y volverán a morir
Y allí donde tú
estés:
Polvo, luna, nada,
te he de encontrar.
POEMA DEL DESAMOR
Ahora en la hora
del desamor
Y sin la rosada
levedad que da el deseo
Flotan sus pasos y
sus gestos.
Las sonrisas
sonámbulas, casi sin boca,
Aquellas palabras
que no fueron posibles,
Las preguntas que
sólo zumbaron como moscas
Y sus ojos, frío
pedazo de carne azul.
Días perdidos en
oficios de la imaginación,
Como las cartas
mentales al amanecer
O el recuerdo
preciso y casi cierto
De encuentros en
duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre
los sueños.
¡Qué sucia es la
luz de esta hora,
Qué turbia la
memoria de lo poco que queda
Y qué mezquino el inminente
olvido!
De: http://www.todacolombia.com
Mijáil Shólojov
![]() |
| 24 de mayo de 1905 -Rostov del Don Escritor |
El destino de un hombre
La
primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó
impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo,
soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya
estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se
alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los
riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y
los caminos se ponían casi intransitables.
En
esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de
Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros-
no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de
salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra
los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las
ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y
hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas,
bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante,
blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor
acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran
pródigamente embadurnados los arreos.
En
los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y
seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba
trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo
-refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al
cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos
al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.
El
pequeño río, que se seca parcialmente en verano, se había desbordado frente al
caserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno
pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en una frágil barquilla, de
fondo plano, que únicamente podría llevar a tres personas como máximo.
Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljoz, nos
esperaba un "Willis" viejecillo, que había visto ya mucho mundo,
dejado allá el invierno anterior. El chofer y yo embarcamos, no sin temor, en
la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje. Apenas
desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes sitios del podrido fondo,
pequeños surtidores. Con medios manuales, calafateamos la insegura embarcación
y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde, nos
encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chofer trajo del caserío el
auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:
-Si
este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de
horas; no nos espere usted antes.
El
caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto al embarcadero había ese
silencio que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en
los lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del
acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de
Prijoperskie, hundidas en el humo liliáceo de la niebla, el suave vientecillo
traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.
Cerca
de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y
quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada
chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla de "Bielomor"
estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la cubierta de
la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos
instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el
remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha no
zozobrara, y ahora, lamentando amargamente mi imprevisión, extraje del bolsillo
con cuidado la cajetilla reblandecida, me puse en cuclillas y empecé a colocar
sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.
Era
mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se
secarían pronto. Los rayos solares calentaban tanto, que me arrepentí de
haberme puesto para el viaje los acolchados pantalones y la enguatada chaqueta
de soldado. Era aquel el primer día verdaderamente tibio después del invierno.
Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido por entero en la soledad
y el silencio, quitarse el gorro de orejeras, también de soldado, secar al
vientecillo los cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en
nada, seguir el movimiento de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas,
por el azul pálido del cielo.
Pronto
vi que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un
hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no
debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos, arrastrando los pies, iban
en dirección al embarcadero, pero al llegar adonde estaba parado el automóvil,
torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado de
espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:
-¡Salud,
hermano!
-Buenos
días -repuse, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía.
El
hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:
-Saluda
al tío, hijito. Ya ves, es también chofer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos
en un camión y él conduce ese pequeño coche.
Mirándome
de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el
chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché
suavemente y le pregunté:
-¿Cómo
es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.
Con
enternecedora confianza infantil, el pequeño se apretó contra mis rodillas y
enarcó asombrado las claras cejas rubias.
-¡Yo
que voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué
va! Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.
Luego
de quitarse de la espalda la mochila escuálida y de tomar asiento a mi lado, el
padre dijo:
-¡Estoy
aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al
trote y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde
debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes,
como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los
charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no
es para hombres viajar con pasajeros de esta clase, y menos a patita.
Hizo
una pausa y preguntó:
-¿Y
tú qué, hermano, esperas a tus jefes?
Me
fue violento sacarlo de su error, diciéndole que yo no era chofer, y respondí:
-Hay
que esperar.
-¿Vendrán
de la otra orilla?
-Sí.
-¿Sabes
si llegará pronto la barca?
-Dentro
de un par de horas.
-Bastante
tiempo es ése. Bueno, descansaremos entre tanto. Yo no tengo ninguna prisa.
Pasaba ya de largo, cuando, de pronto, veo que un hermano chofer está tomando
el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo es tan
triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han
mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano, es como el caballo curado; no sirve
para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.
Sacó
del bolsillo del pantalón caqui, de verano, una enrollada bolsita de raída seda
color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria bordada
en una de las esquinas: "Al querido combatiente, de una alumna de la
escuela secundaria de Lebediansk."
Fumamos
de aquel tabaco campesino, muy fuerte, y estuvimos callados largo rato. Iba ya
a preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto lo obligaba a viajar
con aquel deshielo, pero él se me adelantó:
-¿Te
has pasado toda la guerra al volante?
-Casi
toda.
-¿En
el frente?
-Sí.
-Pues
a mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.
Puso
sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Lo miré de reojo y sentí
un malestar impreciso... ¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos como cubiertos
de ceniza, llenos de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo
mirarlos? Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.
Luego
de arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos
instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a
hablar:
-A
veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos
ciegos y piensa: "Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué
me has castigado de este modo?" Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad
ni a la luz del sol... No la tengo, ¡ni la espero! -y de pronto, al caer en la
cuenta, empujó cariñosamente al hijito y le dijo-: Anda, querido, vete a jugar
un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas, los chiquillos encuentran
siempre algo. ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!
Cuando
fumábamos en silencio, yo observando a hurtadillas al padre y al hijo, había
advertido ya una circunstancia que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido
con sencillez, pero su ropilla era buena; la hechura de su larga chaquetita,
forrada de fina y desgastada piel de cabra, las diminutas botas altas, lo
suficientemente holgadas para ponérselas con calcetines de lana, y un zurcido
hecho con mucha maestría para tapar un desgarrón en la manga, todo ello
denotaba cuidados de mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos
maternales. En cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada
chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida con descuido,
burdamente; el remiendo de los pantalones caqui, de uniforme, no lo había
echado como era menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes
puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de soldado, pero los compactos
calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que hubieran sido
arreglados por ninguna mano femenina... y entonces, pensé: "Tú eres viudo
o te llevas mal con tu mujer".
Mas
él, después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió
hablar; yo, todo oídos, lo escuchaba:
-Al
principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Voronezh, el año mil
novecientos. Durante la guerra civil serví en el Ejército Rojo, en la división
de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kuban, a trabajar
como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la
madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el
mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año volví del Kuban, vendí la
pequeña jata1 y me fui a vivir a Voronezh. Al principio trabajé en un artel de
carpinteros; luego pasé a una fábrica y aprendí el oficio de mecánico
ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había criado en una casa de
niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre,
complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo que eran las
penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola desde afuera, desde
un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado,
sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más guapa y deseada que
ella, ¡ni la habrá!
»Volvía
uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no
contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no
sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a
casa, para prepararme siempre un plato sabroso. La miraba uno y se le ablandaba
el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y le decía: "Perdona,
querida Irina, he estado muy grosero contigo. Pero, compréndelo, hoy no me ha
ido bien el trabajo." Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la
tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significaba
para el trabajo? Por la mañana me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y
cualquier faena cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es
tener una mujer y compañera inteligente.
»En
ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A
veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo
verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era
entonces un muchacho sano y fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba
siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra, también recorría el último
trecho metiendo la primera, es decir, a cuatro patas; pero llegaba. Y de nuevo,
ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse unas
miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme... Me desnudaba y me decía
bajito: "Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte,
dormido, de la cama". Bueno, y yo me derrumbaba como un fardo, y todo se
balanceaba ante mis ojos. Solo, entre sueños, sentía que ella me pasaba
suavemente la mano por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba,
por consiguiente...
»Por
la mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que
me despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada;
por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra cosilla ligera y me
llenaba de vodka un vaso de cristal tallado. "Toma, Andriusha, para que se
te quite la resaca, pero no debes beber más, querido." ¿Acaso se podía no
hacer honor a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con
los ojos únicamente, la besaba y me iba al trabajo como un corderito. En
cambio, si me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera empezado a dar
voces o a regañar, estando yo bajo los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que
me habría emborrachado también al segundo día! Así pasa en otras familias en
que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles de ésas, y lo sé bien.
»Pronto,
empezaron a llegar los hijitos. Primero nació un niño; luego, dos niñas más...
Y entonces me aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la
familia era ya numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de
cerveza, y punto final.
»El
año veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a
conducir, y empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y
no quise volver a la fábrica. Manejar el volante me parecía más distraído. Viví
de esta manera diez años, sin darme cuenta de cómo pasaron. Se fueron como un
sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha
enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El
pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba
yo por ella, y todo estaba claro en derredor; pero, después de andar veinte
kilómetros, se cubre de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de
la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.
»Trabajé
durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las
demás gentes. Los chicos nos daban alegrías: los tres estudiaban con notas de sobresaliente,
y el mayorcito, Anatoli, resultó tan capaz para las matemáticas que hasta
llegaron a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de
quién le vendría tanto talento para esas ciencias. Pero aquello me halagaba
mucho y estaba orgulloso de él, ¡muy orgulloso!
»En
los diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos
hicimos una casita con dos habitaciones pequeñas, despensa y pasillo. Irina
compró dos cabras. ¿Qué más necesitábamos? Los chicos comían gachas con leche,
teníamos un hogar, estábamos vestidos y calzados; por consiguiente, todo
marchaba bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una
parcela, de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación.
De haber hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.
»Y
de pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase
en el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron a
despedirme a la estación los cuatro míos. Irina, Anatoli y mis hijas Nastienka
y Oliushka. Todos los chicos se portaron como unos valientes. Claro que a mis
hijas, no sin motivo, se le saltaron unas lagrimillas. A Anatoli solamente se
le estremecían los hombros, como si tuviera frío, por aquel entonces ya había
cumplido los dieciséis años, y a mi Irina... En los diecisiete años de
matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche anterior estuvo mi camisa
humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho, y por la mañana, la misma
historia... Llegaron a la estación, y yo, de la lástima que me daba mi mujer,
no podía mirarla: tenía los labios hinchados de llanto, los cabellos asomaban
revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios, como de loca. Los jefes dieron
la orden de subir al tren, y ella se derrumbó sobre mi pecho mientras sus manos
se aferraban a mi cuello; temblaba toda, como un árbol hendido por un
hachazo... los chicos y yo tratábamos de consolarla, pero ¡de nada servía!
Otras mujeres hablaban con sus maridos o con sus hijos, pero la mía estaba
pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía más que temblar toda ella sin
poder articular palabra. Yo le dije: "¡Hay que ser fuertes, querida Irina!
Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida." Ella balbuceó,
sollozando a cada palabra: "Querido mío... Andriusha... no volveremos a
vernos... más... en este... mundo..."
(...)
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