martes, 15 de abril de 2014

El circo romano anual del Uruguay: las jineteadas del Prado y del Parque Roosevelt







Después de haber visto los diversos informativos televisivos de estos últimos días, cualquier persona centrada se estará preguntando qué ubicación espacial ocupará en la platea -como observador privilegiado que debería ser- el médico veterinario asignado por las autoridades para garantía del "buen trato" de los animales obligados a participar de este espectáculo bárbaro y avergonzante, exhibido al mundo como "tradición". 

Nadie, lego o letrado, habrá podido sustraerse a la serie de actos de agresión a los que son sometidos los caballos en cada una de estas demostraciones de banalidades humanas, porque, en definitiva, muy ignorante, ególatra y venal resulta quien se considera superior al resto de los Seres Vivos y se ufana en "paseo de honor" de tal deleznable rango. 

Por cierto, no nos olvidemos de cuántos intereses sostienen la ejecución de esta infame muestra de bestialidad colectiva ni nos rasguemos las vestiduras ante la violencia cada vez más intensa desatada en el "paisito". Hay muchas formas de legitimar y de naturalizar la dominación por la fuerza; ésta es una: sutil, aparentemente inocua.




En mi país se mueren los caballos

En mi país se mueren los caballos.
Yo los he visto espuma y corazón desde el asfalto heridos
y los he visto muertos masticando el látigo
como quien ruega al cielo la clemencia que Dios no puede darle.

A golpes los veo morir;
tienen los ojos tristes de color como a pradera en el alma
y no gritan, no juzgan, no maldicen.
A palos los veo morir
ignorantes de tanto poderío; mansos
y venturosos de inocencia.
Lo más triste no es
el golpazo ni el látigo;
lo más triste es que mueren los caballos y nadie lo quiere ver.
Caballos y caballeros marchan juntos, criaturas del polvo:
unos ponen el casco y la paciencia,
otros ponen el fierro y el chasquido de dientes,
unos cuelgan monedas al pescante de su alma,
otros tiemblan debajo del machete.
Unos alcohol y negras.
Otros lomo y silencio.
Ambos ignoran mucho de vivir y todos sufren.
Por eso es que en mi país
en cualquier callejuela de la tarde se revienta un caballo
y deja su poca suerte desmembrada bajo plena canícula.
Desamparo y Caballo son la misma resurrecta miseria,
condominio del hambre y el país en la mejilla menos perdonada.
Y con el paso triste de los reyes enfermos veo pasar los caballos
tan limpios como Jesús de todo mal de conciencia.
Cuando han muerto setenta veces siete no precisan del odio,
no reniegan del cielo que no ven ni sueñan el pasto simple;
su desaliento es viejo como su hambre,
su cansancio es azul.
Y como llevamos dentro la cicatriz del caballo
esquivamos los ojos y apretamos el paso.
En mi país se mueren. Se están muriendo todos los caballos
y nadie lo quiere ver.
Yo estoy aquí para decir “lo siento”
Jorge Luis Mederos
De: http://verbiclara.wordpress.com


Estos gauchos modernos se han olvidado
de que soy el símbolo de la Libertad
en el Escudo Patrio.






“Quizás yo no sea más que una canción inventándote en las noches insomnes” - Nicolai Gumiliov

15 de abril de 1886 - Rusia
Escritor y fundador del Sindicato de Escritores Rusos.
Casado con la poeta Anna Ajmátova.
Fusilado por la Checa de Petrogrado. 

La palabra


En aquel tiempo, cuando Dios giraba
su rostro sobre el mundo nuevo, entonces,
detenían el sol con la palabra
y con ella se arrasaban torreones.
El águila no osaba alzar las alas
y los astros se anclaban a la luna,
si la palabra alguna vez volaba
como una llama roja en las alturas.
Y el número se usaba en lo mundano,
como un buey que trabaja uncido al yugo;
pues los matices del significado,
los transmiten los números fecundos.
El patriarca canoso, en tiempo antiguo,
que del bien y del mal sacó riqueza,
con su vara, por miedo a los sonidos,
el número trazó sobre la arena.
Pero olvidamos que, de lo terreno,
tan sólo en la palabra hay salvación,
y que en algún lugar del Evangelio
está escrito que la palabra es Dios.
Le impusimos los límites estrechos
que nos dictaba la naturaleza;
y como abejas de un panal desierto,
así se pudren las palabras muertas.

(1921)


El tranvía extraviado

Para mí aquel barrio era desconocido,
de repente oí unos graznidos de grajo,
notas de un laúd, un lejano rugido:
volaba un tranvía por la calle abajo.
Por algún misterio sucedió que luego
me encontraba montado en aquel tranvía;
dejaba a su paso una estela de fuego
que brillaba incluso a plena luz del día.
Alado ,corría, negra tempestad,
volaba extraviado a través del abismo
del tiempo... «Atención, conductor, por piedad,
detén el vagón, detenlo ahora mismo».
Tarde: hemos pasado hasta la última almena,
todo un palmeral se perdió a nuestro lado,
y a través del Neva, del Nilo y del Sena
por tres puentes nuestras ruedas han chirriado.
Surgió en la ventana, por sólo un momento,
mirando hacia dentro con un gesto huraño
un viejo mendigo —si no me lo invento—
aquel que murió en Beirut el pasado año.
¿En dónde me encuentro? Afligido, angustiado,
el corazón dice latiendo a raudales:
«Ves la estación donde se vende al contado
el billete a las Indias Espirituales».
Un cartel... en una escritura sangrienta
se lee: «verduras»; pero sé de cierto:
aquí no se trata de nabos en venta,
aquí se comercian cabezas de muerto.
En camisa roja, con su cara de ubre,
también mi cabeza rebana el verdugo
y en una gran caja pringosa la cubre
con otras cabezas rezumando jugo.
El gris de la hierba... Una casa, mirad,
con sus tres ventanas: en el callejón,
tras el seto—: «para, conductor, por piedad,
para ahora mismo, detén el vagón.»
Aquí tú, María, has cantado y vivido,
aquí para mí bordaste una cubierta;
tu cuerpo y tu voz, ¿hacia dónde se han ido ?
¿Acaso es posible que ahora estés muerta?
En tu cuarto estabas en plena agonía,
y, mientras, con una empolvada peluca,
fui a la emperatriz a rendir pleitesía
y ya no volví a mirarte en vida nunca.
Nuestra libertad es la luz emanada
—hoy lo sé— en lejanas regiones etéreas.
Hombres y animales están a la entrada
del jardín de fieras que son los planetas.
Pero siento un aire, familiar, ligero:
desde la otra orilla, una embestida cruel:
la mano de cobre del jinete fiero
y las arboladas patas del corcel.
Para la ortodoxia, fortaleza y guía,
San Isác se esculpe sobre el cielo: allí
haré rogativas en pro de María
y dirán la misa de réquiem por mí.
Pero el corazón está desconsolado,
cuesta respirar y la vida es dolor:
María, jamás me hubiera imaginado
que pueda existir tanta pena y amor.

(1921)

Ella

Conozco a una mujer: una quietud,
una amarga fatiga de palabras,
habita en el misterio de la luz
que brilla en sus pupilas ensanchadas.
Su alma tan sólo se abre ávidamente
al cobre de la música del verso;
ante la vida larga y sus deleites
su gesto se hace sordo y altanero.
Y con tanto sigilo, y con demora,
qué extraño es su pausado caminar;
no se puede decir que sea hermosa,
pero es dueña de mi felicidad.
Si ansío libertades y me siento
orgulloso y feraz, la voy a ver:
para aprender lo que es dolor sereno
y dulce, en su delirio y languidez.
Ella reluce en horas de zozobra
y lleva los relámpagos asidos,
y sus sueños contrastan como sombras
del ardiente arenal del paraíso.

(1912)


© Nikolai Gumiliov
© De la traducción, Xenia Dyakonova
© De la versión, José Mateo

De: www.eldigoras.com



 El acmeísmo y la vanguardia rusa

      Desde 1910, año de la crisis simbolista, hasta 1930, año del suicidio de Maiakovski, la cultura rusa se puso, por primera vez en su historia, a la vanguardia de las culturas europeas: Stravinski, Prokofiev, Rajmáninov, Scriabin, Stanislavski, Meyerhold, Kandinski, Chagall, Malévich, Larionov, Goncharova, Tatlin, Diaguílev, Nijinski, Eisenstein...

      Tal es el contexto cultural en el que surgieron en Rusia dos grandes movimientos poéticos de vanguardia: el futurismo y el acmeísmo. En torno al futurismo moscovita se agruparon un gran número de jóvenes poetas como Maiakovski, Jlébnikov, Pasternak, Kruchónij, Burliuk, Kamenski, Severianin, los cuales siguieron en lo fundamental los pasos del futurismo italiano...

      En cuanto a los acmeístas petersburgueses, guiados inicialmente por Nikolai Gumiliov, Anna Ajmátova y Osip Mandelstam, soñaban como los simbolistas con la nostalgia de una cultura universal. Clasicistas, admiradores del arte gótico y de Shakespeare, Rabelais, Villon, Gautier, se reunieron hacia 1909 en torno a una nueva revista, Apolo, crearon la editorial Acmé (palabra tomada del griego que significa la "cima", la "perfección", el "momento de mayor intensidad") y, a instancias de Gumiliov, fundaron en 1911 el Taller de los Poetas. El nuevo movimiento poético parecía en sus comienzos una renovación del simbolismo ruso, del que tomaron prestado su gusto por la cultura europea y la mitología occidental; una conciencia histórica; la dimensión ética y epistemológica de la sensibilidad poética; y una estética organicista, fundada en la forma interna del verso. Sin embargo, los acmeístas se alejaban del simbolismo en su rechazo de la metafísica, del misticismo, de la vaguedad, de lo ambiguo, como evidenciaba su primer grito de guerra: "¡Al diablo el simbolismo!

      ¡Viva la rosa viva!". Al creer en las propiedades "orgánicas" de la lengua, propugnaban un regreso a los orígenes de la lengua, a la noche etimológica de la palabra. En su principal manifiesto poético, La mañana del acmeísmo, escrito por Osip Mandelstam en 1913 (aunque sólo se publicaría en 1919),(1) el poeta reivindica frente a los futuristas el Logos como sentido consciente de la palabra poética; considera la creación poética como construcción verbal, como arquitectura sonora; declara su amor por la infinita complejidad de nuestro oscuro organismo, por la soberanía de la ley de identidad "A=A : ¡Qué maravilloso poema!"), por la aspiración de los acmeístas a la noble mezcla de razón y música, así como por la concepción del mundo como equilibrio vivo, que se resume en el primer mandamiento de los acmeístas: "Amad más la existencia de una cosa que a la cosa misma y vuestra vida más que a vosotros mismos".
   
      El Taller de los Poetas, fundado por Nikolai Gumiliov y Serguei Gorodetski en 1911, sirvió hasta 1915 como lugar de reunión, de germinación y de publicación de las poéticas y de los poetas acmeístas. De allí surgió Hiperborrea, la revista del movimiento, así como varios volúmenes colectivos de poesía y los primeros poemarios individuales de Ajmátova y de Mandelstam, quienes llevarían la poética acmeísta hasta las creaciones verbales próximas al cubo-futurismo de Jlébnikov y de Maiakovski, así como a su experiencia vital después de la revolución rusa, lo que convirtió al acmeísmo, paradójicamente, en el movimiento poético más innovador y más comprometido de las vanguardias rusas. Su compromiso era la creación poética y la capacidad de dar cuenta mediante la palabra poética de la realidad social e ideológica de la época soviética. De este modo, el acmeísmo condujo, en las obras mayores de Ajmátova (Réquiem Poema sin héroe)(2) y de Mandelstam (Cuadernos de Voronezh)(3), a una inversión estética del realismo socialista, aun nuevo realismo.

Jesús García Gabaldón

De: http://www.poeticas.com.ar


“¡Demasiado lo que no se puede escribir ni callar!”- Tomas Tranströmer

15 de abril de 1931- Suecia
Psicólogo,  traductor, escritor.
Trabajó durante décadas en contextos de encierro.

MADRIGAL


Heredé un bosque sombrío donde rara vez voy. Mas llegará un día en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces, el bosque se pondrá en movimiento. No estamos sin esperanzas. Los crímenes más difíciles continúan sin aclarar a pesar de los esfuerzos de muchos policías. Del mismo modo, hay en nuestra vida un gran amor sin aclarar. Heredé un bosque sombrío pero hoy yo camino en otro bosque, el luminoso. ¡Todas las criaturas que cantan, serpentean, mueven la cola y se arrastran! Es primavera y el aire es muy fuerte. Tengo un diploma de la universidad del olvido y estoy tan vacío como la camisa que se seca en el cordel.





LOS RECUERDOS ME MIRAN


Una mañana de junio es muy temprano
Para despertar, pero tarde para dormir de nuevo.
Debo ir a la hierba que está llena
De recuerdos, que me siguen con la mirada.
No se ven, se mezclan completamente
Con el fondo, camaleones perfectos.
Tan cerca que los escucho respirar
A pesar que el canto de los pájaros es estridente.





DESPUÉS DE UNA LARGA SEQUÍA


Ahora mismo el verano es gris; noches extrañas.
La lluvia se desliza desde el cielo
y en calma aterriza
como si se tratase de sorprender a alguien que duerme.

Los círculos de agua pululan en la superficie de la ensenada
y es la única superficie que hay
-lo otro es altura y profundidad,
ascender y hundirse.

Dos troncos de abeto
emergen y se estiran en largas, huecas señales de tambor.
Lejos están las ciudades y el sol.
El trueno está en la hierba alta.


Es posible llamar a la isla de los espejismos.
Es posible oír esa voz gris.
Para el rayo, el hierro es miel.
Uno puede vivir con su código.


MÚSICA LENTA


El edificio está cerrado. El sol entra por las ventanas
y calienta la parte superior de los escritorios
que son tan fuertes como para cargar el peso del destino del hombre.
Estamos afuera hoy, junto a la extensa y ancha ladera.
Muchos llevan ropas oscuras. Uno puede estar al sol y cerrar los ojos
y sentir cómo es soplado lentamente hacia adelante.
Rara vez vengo hasta el agua. Pero ahora estoy aquí,
entre grandes piedras con espaldas pacíficas.
Piedras que lentamente han caminado hacia atrás desde las olas.


De: http://www.elcultural.es



sábado, 12 de abril de 2014

"Por exponer la indigencia moral del hombre moderno"


Samuel Beckett
13 de abril de 1906- Dublín, Irlanda
Dramaturgo clave del teatro del absurdo.
Narrador. Poeta.


Un cuarto sin muebles. Luz cenicienta.
En las paredes de la derecha y de la izquierda, hacia el fondo, dos ventanitas muy altas, con las cortinas corridas.
A la derecha, en el proscenio, una puerta. En la pared, junto a la puerta, un cuadro dado vuelta. En el proscenio, a la izquierda, dos tachos de basura, muy juntos, cubiertos con una vieja sábana. En el centro, cubierto con una vieja sábana, sentado en una silla de ruedas, está Hamm. Clov, inmóvil al lado de la silla, lo mira. Tez muy roja.
Clov va a colocarse bajo la ventana de la izquierda. Camina en forma rígida y vacilante. Mira la ventana de la izquierda con la cabeza echada hacia atrás. Vuelve la cabeza, mira la ventana de la derecha.
Se coloca bajo la ventana de la derecha. Mira la ventana con la cabeza echada hacia atrás. Vuelve la cabeza y mira la ventana de la izquierda. Sale, regresa en seguida con una escalerilla, la coloca bajo la ventana de la izquierda, sube, corre la cortina. Baja, camina seis pasos hacia la ventana de la derecha, regresa, toma la escalerilla, la coloca bajo la ventana de la derecha, sube, corre la cortina. Baja, camina tres pasos hacia la ventana de la izquierda, regresa, toma la
escalerilla, la coloca bajo la ventana de la izquierda, sube, mira por la ventana. Risa breve. Baja, da un paso hacia la ventana de la derecha, regresa, toma la escalerilla, la coloca bajo la ventana de la derecha. Sube, mira por la ventana. Risa breve. Baja, se dirige hacia los tachos de basura, regresa a tomar la escalerilla. La toma, cambia de idea, la deja, va hacia los tachos de basura, quita el trapo que los cubre, lo pliega cuidadosamente y se lo coloca bajo el brazo. Levanta la tapa de uno de los tachos, se inclina y mira dentro. Risa breve. Lo tapa. Hace lo mismo con el otro. Va hacia Hamm, quita el trapo que lo cubre, lo pliega cuidadosamente y se lo coloca bajo el brazo.
Hamm parece dormir. Viste robe de chambre, solideo de fieltro y gruesas pantuflas, un gran pañuelo manchado de sangre le cubre la cara, de su cuello cuelga un silbato. Tiene una manta sobre las rodillas. Clov lo mira. Risa breve. Va hacia la puerta, se detiene, se vuelve, contempla la escena, se vuelve hacia la sala

CLOV (mirada fija, voz monocorde): Terminó, se terminó, va a terminar, quizá esté por terminar. (Pausa.) Los granos se unen a los granos, uno a uno, y un día, de pronto, forman un montón, un pequeño montón, el imposible montón. (Pausa.) Voy a la cocina, tres metros por tres metros por tres metros, a esperar que me llame con el silbato. (Pausa.) Bonitas dimensiones; me apoyaré en la mesa, miraré la pared, esperando que me llame.

Permanece un momento inmóvil. Después sale. Regresa en seguida, va a tomar la escalerilla y sale con ella.
Pausa. Hamm se mueve, bosteza bajo el pañuelo. Aparta el pañuelo de su cara. Tez muy roja. Anteojos negros.

HAMM: Ahora... (bostezos) me toca (pausa) a mí. (Con los brazos extendidos sostiene el pañuelo abierto ante sí.) ¡Trapo viejo! (Se quita los anteojos, se frota los ojos, la cara, limpia los anteojos, se los pone, dobla cuidadosamente el pañuelo y lo coloca delicadamente en el bolsillo superior de su robe de chambre. Carraspea, une las puntas de los dedos.) ¿Puede exis... (bostezos) tir miseria más... más grande que la mía? Sin duda. En otras épocas. ¿Pero hoy? (Pausa.) ¿Mi padre? (Pausa.) ¿Mi madre? (Pausa.) ¿Mi... perro? (Pausa.) ¡Oh!, admito que sufren tanto como pueden sufrir seres semejantes. ¿Pero acaso digo que nuestros sufrimientos pueden compararse? Sin duda. (Pausa.) No, todo es ab... (bostezos) soluto. (Orgulloso.) Más crecemos más satisfechos estamos. (Pausa. Sombrío.) Y más vacíos. (Pausa. Estornuda.) ¡Clov! (Pausa.) No, estoy solo. (Pausa.) ¡Qué sueños... con una s! ¡Esos bosques! (Pausa.) ¡Basta! Es hora de que esto termine, también en el refugio. (Pausa.) Y sin embargo, vacilo, vacilo en... en ponerle punto final. Sí, es eso, es hora de que esto termine y, sin embargo, todavía vacilo en... (bostezos) ponerle punto final. (Bostezos.) ¡Oh! ¡Oh! ¿Qué me pasa? Sería mejor que me fuera a acostar. (Llama con el silbato. En seguida entra Clov. Se detiene junto al sillón.) ¡Apestas! (Pausa.) Ayúdame, voy a acostarme.

CLOV: Acabo de levantarte.
HAMM: ¿Y entonces?
CLOV: No puedo levantarte y acostarte cada cinco minutos, tengo que hacer.
HAMM: ¿Nunca has visto mis ojos?
CLOV: No.
HAMM: Mientras dormía, ¿nunca sentiste curiosidad por quitarme los anteojos y mirar mis ojos?
CLOV: ¿Levantándote los párpados? (Pausa.) No.
HAMM: Te los mostraré un día. (Pausa.) Parece que son totalmente blancos. (Pausa.) ¿Qué hora es?
CLOV: La misma de siempre.
HAMM: ¿Miraste?
CLOV: Sí
HAMM: ¿Entonces?
CLOV: Cero.
HAMM: Debería llover.
CLOV: No lloverá.

Pausa.

HAMM: ¿Aparte de eso, te encuentras bien?
CLOV: Sí.
HAMM: ¿Te sientes normal?
CLOV (molesto): Te digo que no me quejo.
HAMM: Yo me siento un poco raro. (Pausa.) Clov.
CLOV: Sí.
HAMM: ¿No estás harto?
CLOV: ¡Sí! (Pausa.) ¿De qué?
HAMM: De... de... esto.
CLOV: Desde el comienzo. (Pausa.) ¿Tú, no?
HAMM (sombrío): Entonces no hay motivos para que cambie.
CLOV: Puede terminar. (Pausa.) Toda la vida las mismas preguntas, las mismas respuestas.
HAMM: Ayúdame. (Clov no se mueve.) Busca la sábana. (Clov no se mueve.) Clov.
CLOV: Sí.
HAMM: No te daré más de comer.
CLOV: Entonces moriremos.
HAMM: Te daré justo lo necesario para que no mueras. Siempre tendrás hambre.
CLOV: Entonces no moriremos. (Pausa.) Voy a buscar la sábana. (Se dirige hacia la puerta.)
HAMM: No vale la pena. (Clov se detiene.) Te daré un bizcocho por día. (Pausa.) Un bizcocho y medio. (Pausa.) ¿Por qué te quedas conmigo?
CLOV: ¿Por qué me retienes?
HAMM: No hay nadie más.
CLOV: No hay ningún otro empleo.

Pausa.

HAMM: Sin embargo, me dejas.
CLOV: Trato de hacerlo.
HAMM: No me quieres.
CLOV: No.
HAMM: Antes me querías.
CLOV: ¡Antes!
HAMM: Te he hecho sufrir demasiado. (Pausa.) ¿Verdad?
CLOV: No es eso.
HAMM (indignado): ¿No te he hecho sufrir demasiado?
CLOV: Sí.
HAMM (aliviado): ¡Ah! ¡Menos mal! (Pausa. Fríamente.) Perdón. (Pausa. Más fuerte.) He dicho perdón.
CLOV: Te oigo. (Pausa.) ¿Perdiste sangre?
HAMM: Menos. (Pausa.) ¿No es la hora del calmante?
CLOV: No.

Pausa.

HAMM: ¿Cómo andan tus ojos?
CLOV: Mal.
HAMM: ¿Cómo andan tus piernas?
CLOV: Mal.
HAMM: Pero puedes caminar.
CLOV: Sí.
HAMM (con violencia): Entonces, ¡camina! (Clov va hasta la pared del fondo, se apoya en ella con la frente y las manos.) ¿Dónde estás?
CLOV: Aquí.
HAMM: ¡Vuelve! (Clov vuelve a su sitio, al lado del sillón.) ¿Dónde estás?
CLOV: Aquí.
HAMM: ¿Por qué no me matas?
CLOV: No conozco la combinación del aparador.

Pausa.

HAMM: Tráeme dos ruedas de bicicleta.
CLOV: No hay más ruedas de bicicleta.
HAMM: ¿Qué hiciste con tu bicicleta?
CLOV: Nunca he tenido bicicleta.
HAMM: Es imposible.
CLOV: Cuando todavía había bicicletas, lloré por tener una. Me arrastré a tus pies. Me mandaste al diablo. Ahora ya no hay más.
HAMM: ¿Y tus recorridas? ¿Cuando visitabas a mis pobres, ibas a pie?
CLOV: A veces, a caballo. (La tapa de uno de los tachos de basura se levanta y aparecen las manos de Nagg aferradas al borde. Después emerge la cabeza, cubierta con un gorro de dormir. Tez muy blanca. Nagg bosteza. En seguida, escucha.) Te dejo. Tengo que hacer.

HAMM: ¿En la cocina?
CLOV: Sí.
HAMM: Fuera de aquí es la muerte. (Pausa.) Bueno, vete. (Clov sale.Pausa.) Esto va mejor.
NAGG: ¡La sopa!
HAMM: ¡Maldito progenitor!
NAGG: ¡La sopa!
HAMM: ¡Ah! ¡Basta de viejos! ¡Comer, comer, no piensan más que en eso! (Pitada. Entra Clov. Se detiene al lado del sillón.) ¡Vaya! Creí que me abandonabas.
CLOV: Todavía no. Todavía no.
NAGG: ¡La sopa!
HAMM: Dale la sopa.
CLOV: No hay más.
HAMM (a Nagg): No hay más. Ya nunca habrá sopa para ti.
NAGG: ¡Quiero sopa!
HAMM: Dale un bizcocho. (Clov sale.) ¡Fornicador maldito! ¿Cómo están tus muñones?
NAGG: No te preocupes por mis muñones
CLOV: Estoy de vuelta con el bizcocho.
Pone el bizcocho en la mano de Nagg, quien lo toma, lo palpa, lo husmea.
HAMM (quejumbroso): ¿Qué es esto?
CLOV: Un simple bizcocho.
NAGG (quejumbroso): ¡Está duro! ¡No puedo!
HAMM: ¡Enciérralo!
Clov hunde a Nagg dentro del tacho de basura y lo tapa.
CLOV (regresando a su puesto al lado del sillón): ¡Si la vejez supiera!


Fragmento de FINAL DE PARTIDA


 
La palabra, una mancha en el silencio.

 Sobresaltos
Uno
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal. Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.


Dos

Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas  resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.


Tres

Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.


De: cuentosinfin.com




“La crisis aviva algo importante que es colocarte en el sitio del otro”- Ana María Moix

12 de abril de 1947- Barcelona, España
Escritora, traductora, editora y activista de género.

UN POCO DE PASIÓN Y OTROS CUENTOS DE FÚTBOL


Relajante. Ante todo, ver un partido de fútbol retransmitido por televisión le resulta relajante. Sumamente re-la-jan-te. Y, así, silabeándolo en voz baja y con pausada entonación, pronuncia el término al repetirle a su mujer que, al contrario de lo que ella parece dar a entender con sus reiterativos ¡tranquilo, hombre, tranquilo, seguro que ganan el título!, a él, ver un partido de fútbol en casa, sentado cómodamente en un sillón frente al televisor, le resulta muy, pero que muy re-la-jan-te. Y si, a veces, da muestras de inquietud, no se debe al hecho de seguir la marcha del encuentro con excesivo apasionamiento, ni al cero a cero indicado en el marcador, sino, precisamente, a los insistentes no te pongas nervioso de su mujer, ilógicos a todas luces tras una convivencia matrimonial de veinte años, período de tiempo más que suficiente para que cualquier esposa —y así se lo dice a ella— pueda apreciar el talante sosegado del hombre que tiene al lado.
La pasión no es sentimiento acorde con su ideal de vida, ni con el temple requerido para afrontar cuantos impertinentes problemas le plantean quienes le rodean. No es hombre de talante quebradizo, expuesto al nocivo efecto de los súbitos accesos emocionales que suelen desestabilizar el carácter de un hombre hecho y derecho. Consciente de dicha verdad, lamenta no poder inculcársela a su mujer. Lejos quedan los tiempos en que intentó hacerlo, y lejana su renuncia a seguir intentándolo dado el poco entusiasmo con que ella se aplicaba a la labor de comprender los altos razonamientos que estructuraban la manera de pensar y de actuar del que era su propio cónyuge. Allá ella, se dice; si no quiere o no puede entender, que no entienda. Pero deja de repetir sandeces, le grita él, ahora, para evitar volver a oírle decir que no se ponga nervioso cuando todos sus allegados saben de sobra que nunca, nunca, ha sido él hombre proclive a perder los estribos ante las adversidades de la vida, y, menos, ante la posibilidad de que su equipo resulte perdedor en el partido de fútbol que está presenciando en casa, cómodamente sentado en un sillón, frente al televisor. Y, además, admitiendo que dicha posibilidad se cumpliera, ¿es sensato calificar de adversidad un resultado negativo?, ¿en qué cabeza cabe semejante exageración?, se dice —y le diría a su mujer, de no ser consciente de su comprobada incapacidad para comprenderle—, ¿qué clase de persona hay que ser para permitir que el buen o mal temple de uno dependa del resultado de un partido de fútbol? Por supuesto que por nada del mundo se hubiera hoy perdido el encuentro entre los dos máximos rivales del campeonato de liga, pero —¡ay!, ¿cómo metérselo a ella en la sesera?— no por propio placer, sino para poder, mañana, compartir la experiencia con sus compañeros de oficina. Y porque le resulta relajante, muy relajante. Es más, le resulta altamente benéfico desde el punto de vista anímico. Tanto que incluso olvida la incomodidad que le produce la presencia de su mujer revoloteando por la estancia y aconsejándole calma. Y, generoso como es, la invita a sentarse a su lado para que también ella contemple el soberbio espectáculo. Quizá, se dice llevado por esa dulce euforia que le invade frente al televisor —y que, por supuesto y según piensa, no está relacionada con ese magnífico gol que acaba de marcar el interior izquierda de su equipo—, quizá, se repite, se decida a explicarle, una vez más, que a él el partido en sí no le importa en absoluto, que tanto le da que gane o pierda su equipo, y que su empeño en ver el encuentro obedece a un deber de amistad: ¿qué mejor gesto de solidaridad puede tener con sus compañeros de oficina, el lunes por la mañana, que el de sumarse a la polémica siempre originada por el partido del domingo?, ¿qué mejor prueba de afecto hacia los demás que aceptar, o simular aceptar, como propios sus aficiones, intereses y necesidades? Bien es cierto que, para conseguirlo, resulta imprescindible una cualidad poco común consistente en saber ponerse en la piel del otro. Cualidad que requiere imaginación y, también generosidad. Sí, eso es, imaginación y generosidad, se repite autocomplacido por sus reflexiones. Imaginación para adivinar cómo es el prójimo al que uno desea complacer y cuáles son sus deseos y necesidades; y generosidad porque para ponerse en piel ajena hay que olvidarse de la propia. Le encantaría poder explicárselo a su mujer; pero ¿qué va a decirle a una persona que ni siquiera es capaz de ver que él no está irritable, que nunca está irritable y menos ahora, precisamente ahora que su equipo acaba de marcar el segundo tanto?, ¿qué puede explicarle a una mujer que confunde euforia con crispación y no entiende que si se sirve un segundo whisky no es, como ella dice, porque piensas que te relajará, cuando sabes, debieras saber por experiencia, que lo que hace es alterarte más, sino para festejar ese glorioso segundo tanto de ese estupendo interior izquierda de su equipo? Cualquiera le habla de imaginación y generosidad, dos de las cualidades más evidentes del carácter de ese marido que Dios le ha dado y a quien ella no se ha tomado la molestia de intentar conocer ni comprender. No quiere romper la promesa que se ha hecho a sí mismo de no violentar la paz familiar por nada del mundo pese a lo ocurrido con su hija mayor y su amigo, novio o lo que sea; de lo contrario, podría reprocharle ahora mismo a su mujer qué cree ella que sucedería en ese remanso de paz que era su hogar si él, en lugar de ser un hombre tranquilo y reflexivo, fuera una especie de energúmeno capaz de alterarse por el resultado de un partido de fútbol. Si no se ha alterado por la noticia, por la visita a comisaría, por la visita a los abogados, ¿cómo va a perder el control de sus nervios ahora ante el partido de la máxima rivalidad? Cierto que está en juego el campeonato, o, mejor dicho, estaba en juego, porque con ese tres a cero a favor de su equipo —¡sí, tres, ya van tres!—, el título está más que ganado. Pero, aun en el supuesto de que la suerte se torciera, y sería torcerse mucho, hay que saber perder y resignarse, y saber apreciar el aspecto positivo de las cosas, por desagradables que a veces puedan ser. Y son. Desagradables, muy desagradables son a veces. ¿A quién le gusta tener a una hija en la cárcel de un país extranjero por drogadicción? ¿Quién no se sentiría desesperado al enterarse, por teléfono, como a él le ha ocurrido hoy, que su hija mayor y su novio o amigo o lo que sea, no estaban aprendiendo inglés en Londres sino atiborrándose de estupefacientes en un país asiático? Cualquiera, cualquier garabato de hombre que no tuviera la cabeza donde hay que tenerla. Sobre todo, si ese mismo garabato de hombre hubiera recibido aquella misma mañana la puñalada trapera que ha recibido él: una carta, una inmunda carta, de la no menos inmunda mujer que, hasta ayer, es decir, hasta hace veinticuatro horas, ha sido su amante, su secretaria, su colaboradora, su apoyo en el trabajo, en la cama, en todo, en casi todo lo que conforma la vida de un hombre.

De: http://mientrastantoleo.com


Lo que necesitas es amor

Lánguida, de piel muy blanca, más bien menuda pero bien proporcionada y grácil, Ma no era activa pero tampoco podía aplicársele el calificativo de apática, o al menos eso opinaba él al poco de conocerla. No era la encarnación de la alegría, cierto, pensó cuando decidió pedirle matrimonio, pero en ocasiones, cuando creía que nadie la observaba, él descubría que su mirada destellaba brillos de una suerte de malicia cosquilleante e ingenua que le llenaba de ternura. En su vida cotidiana, no era una mujer entusiasta que aliviara la, con frecuencia, monotonía de la vida en común. Aunque, a decir verdad, su vida en común no abarcaba solo a ellos dos, sino también a la madre y a la hermana mayor de su mujer, ambas increíblemente parecidas a ella pero, pensó él al conocerlas, con una diferencia inquietante: los rasgos físicos y de personalidad que compartían las tres mujeres aparecían más exagerados en la madre y en la hermana mayor y, en su acentuación, se le antojaban sumamente peligrosos. La languidez de Ma era casi postración en las otras dos; su elegante lentitud, pura indolencia; su falta de alegría, insatisfacción constante, y, en su fin, su inactividad, dejadez absoluta. Además, madre y hermana mayor carecían de aquel interminente brillo que, de vez en cuando, muy de vez en cuando, chispeaba en la mirada de Ma. Por eso, ante el temor de que la madre y la hermana mayor pudieran representar el futuro de su mujer, no dudó él en jugarse el todo por el todo cuando, al año de haberse consumado el matrimonio ante el altar, la mirada de Ma dejó de brillar durante meses, ella empezó a vivir casi la mitad del día en la cama, como su madre y su hermana mayor; su tez, antes pálida, se tornó cadavérica; su figura menuda empezaba a ser esquelética y...
Nunca hubiera podido imaginárselo, pero resultó ser cierto: un matrimonio no solo se consuma ante el altar. Puesto en práctica el remedio, Ma abandonó el lecho de día a no ser que consiguiera, pergeñando tretas casi infantiles, arrastrarlo a él consigo; empezó a infundir ritmos musicales a la marcha de la casa, aplicando distintas canciones olvidadas a cada actividad hogareña, se la oía reír por los pasillos, se extrañaba de ganar peso sin comer más de lo habitual, la tenía todo el día encima, haciéndole carantoñas, en fin, había dado en clavo. Debía reconocerlo. Aunque, en su fuero interno, ahora consideraba a Ma excesivamente rígida al hacerle cumplir con sus obligaciones maritales de modo, en su opinión personal, exagerado, y al calificar de egoísmo su tendencia a disminuir el ejercicio marital. Pero no quería ser egoísta, de modo que a los insistentes lamentos de Ma referentes al estado de postración de su madre y de su hermana mayor, pensó que no le quedaba más remedio que cumplir con los deberes de su función de hombre de la casa: ya eran tres las que se pasaban el día cantando por los pasillos, tres las que recobraban color y lozanía, tres las que mantenían la casa radiante de orden, de limpieza y de alegría. Tres.
Fue él quien empezó a adelgazar, a inquietarse por cualquier nadería, a adquirir un tono de piel ceniciento, a descubrirse una mirada apagada, muerta, ante el espejo, a arrastrar los pies al caminar por el pasillo, a desear no levantarse de la cama y pasarse el día encerrado, a oscuras. El anuncio de la llegada de la hermana menor le aterró: ¡cuatro, no! Pero su aparición fue como un milagro: alta, robusta, enérgica, la tez coloreada por el sol... parecía de otra familia. Respiró aliviado. Pero no fue milagro, sino mero espejismo. Sentado en un sillón de la sala de estar, a solas, en silencio, no la oyó llegar, y el pánico se apoderó de él cuando el cuerpazo lleno de vida de la hermana menor se le vino encima y oyó que, en voz insinuante y queda, le susurraba al oído: "Pobrecito, estás que das pena, déjate hacer, yo sé que lo que necesitas es amor".
De: http://elpais.com/diario



El Asesinato Se Produjo A Mediodía

 


El asesinato se produjo a mediodía, en plena calle y bajo el sol. De la otra acera empezaron a disparar y caí en redondo, tratando de imaginar que clase de pájaro saldría de mi pecho cuando se acercara un compañero para recibir mi último mensaje: que el muchacho que vendía periódicos en la esquina llegaría a ser rey en Nueva York.

Andando El Tiempo Se Verán Las Caras

Andando el tiempo se verán las caras, esos que gritan por las esquinas viva la revolución. Degeneramos, compañeros. Preguntad al mozo de telégrafos si le gusta la historia de Rossy Brown.

Rossy partió bajo la luna, una noche de fiesta en casa de Míster Brown. Un caballero la envolvió en su capa y a sus sueños la llevó.

Regresó luego, triste y perdida, y a los pies de la mamá sollozó: Yo no sabía qué me decía aquella noche, verbena de San Juan, cuando dije estoy cansada y tengo sueño, mañana ya os veré. Tengo una herida y un hijo muerto. Sólo su capa Jim me dejó. Era mi dueño, y aunque lo digan, Jim nunca fue salteador.

Lo saben Rossy y la cocinera que en el ajo estuvo en la ocasión: Jim vuelve siempre. De madrugada su canción canta a las muchachas de negros ojos y dulce voz:

Un amor tiene cualquiera
pero Dulce Jim, no.

Y es que el mozo de telégrafos está enamorado, y no sabe qué hacer para que la hija de la portera entienda que no es muchacho del montón.




PASABAN DE LAS DOCE DE LA NOCHE...

Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba
a casa, y juro que no bebí, pero allí estaban los dos, ju-
gando a cartas a la vuelta de la esquina. Eran dos som-
bras para siempre enamoradas: Bécquer y Che Guevara.


AQUEL HOMBRE DE OJOS ROJOS...

Aquel hombre de ojos rojos y chaqueta azul venía
de muy lejos. Balbuceaba canciones por los parques y solía
relatar historias aparentemente sin sentido. Sin embargo,
parecía poseer un extraño entendimiento y saber
por qué algunos adolescentes lloran al despertar, herido
el pecho por el resplandor de la mañana.

De: http://micuaderno1.blogspot.c