miércoles, 4 de diciembre de 2013

A bordo, en sus ratos libres, leía a Shakespeare

Joseph Conrad
 Józef Teodor Konrad Korzeniowski
3 de diciembre de 1857 - Imperio Ruso


Emblemas de esperanza


Un ancla es una pieza de hierro forjado, adaptada admirablemente a su fin....Un ancla de antaño (porque en la actualidad existen inventos que parecen champiñones y objetos como garras, sin forma ni expresión concretas, simples ganchos)...un ancla de antaño era, a su modo, un instrumento de lo más eficiente. De su acabamiento da prueba su tamaño, pues no hay otro dispositivo tan pequeño para el importante trabajo que debe realizar. ¡Fíjense en las anclas colgando de las serviolas de un gran barco! ¡Cuán minúsculas resultan en comparación con el enorme tamaño del casco! Si fueran de oro parecerían dijes, juguetes decorativos, no mayores en proporción que un precioso pendiente en la oreja de una mujer. Y, sin embargo, de ellas dependerá, en más de una ocasión, la propia vida del barco.
Un ancla se forja y se configura buscando fidelidad; dadle fondo que morder, y se aferrará a él hasta romper el cable...Bien, dicha pieza de hierro, honrada, tosca, de tan sencillo aspecto, tiene más partes que miembros el cuerpo humano: el arganeo, el cepo, la cruz, las uñas, los mapas, la caña...
Desde el principio hasta el final los pensamientos del marino están enormemente pendientes de sus anclas. Un velero del Canal las tiene siempre prestas, los cables engrilletados, y la tierra casi siempre a la vista. El ancla y la tierra se hallan indisolublemente unidas en los pensamientos de un marino. Pero en cuanto el buque se ha zafado de los mares estrechos y arrumba hacia un mundo en el que no hay nada sólido entre él y el Polo Sur, las anclas son recogidas y los cables desaparecen de la cubierta. Pero las anclas no desaparecen. Técnicamente hablando, se encuentran "amarradas dentro del buque"; y, sobre el castillo de proa, atadas a cáncamos con cabos y cadenas, bajo las tirantes escotas de las velas mayores, parecen indolentes y como dormidas. Así afirmados, pero estrechamente vigilados, inertes y poderosos, esos emblemas de esperanza hacen compañia al vigía durante las guardias nocturnas; y así se deslizan los días, en un prolongado descanso para esas piezas de hierro de forma tan característica que, visibles prácticamente desde todos los puntos de la cubierta del barco, reposan en la parte de proa a la espera de cumplir su cometido en algún lugar al otro extremo del mundo, mientras el navío las lleva en su avance con gran afluencia y salpicadura de espuma bajo su casco, y los rociones del mar abierto enmohecen sus pesados miembros.
El primer acercamiento a tierra, todavía invisible en ese instante a los ojos de la tripulación, es anunciado por la vivaz orden del segundo de a bordo al contramaestre: "Sacaremos las anclas esta tarde", o "mañana por la mañana antes de nada", según sea el caso. Pues el segundo de a bordo es el custodio de las anclas del barco y el guardián de sus cables. Hay barcos buenos y barcos malos, barcos cómodos y barcos en los que, desde el primer hasta el último día de la travesía, no hay descanso para el cuerpo ni para el alma de un segundo. Y los barcos son lo que de ellos hacen los hombres: he aquí un aserto de sabiduría marinera, y, sin duda alguna, en lo esencial es verdad.
Sin embargo, hay barcos en los que, como una vez me dijo un viejo segundo entrecano, "¡nada parece marchar nunca bien!". Y mirando al suyo desde la popa, donde nos encontrábamos los dos (yo me había llegado hasta el muelle a hacerle una visita de buena vecindad), añadió: "Este es uno de ellos". Levantó la mirada, y al ver la expresión de mi rostro, que era de obligada condolencia profesional, se apresuró a corregir mi natural suposición: "Oh, no; el viejo vale. Nunca chocamos con él. Tiene tantas dotes marineras como el que más. Y, no obstante, por alguna razón, nada parece marchar nunca bien en este barco. ¿Sabes lo que te digo? Que el barco es de suyo torpe".
El "viejo" era, por supuesto, su capitán, que justo en aquel momento apareció en cubierta con una chistera y un abrigo marrón y, tras hacernos un cortés saludo con la cabeza, bajó a tierra. No tenía, desde luego, más de treinta años, y el maduro segundo, comentándome en un murmullo "Ese es mi viejo", procedió a darme ejemplos de la natural torpeza del barco con una especie de tono deprecatorio, como queiendo decirme: "No vayas a ceer que le guardo rencor por eso".
Los ejemplos no importan. La cuestión es que hay barcos en los que las cosas realmente van mal; pero sea el barco como sea -bueno o malo, afortunado o desafortunado-, es en su parte delantera donde el segundo de a bordo se siente más en casa. Es categóricamente su extremo del barco, aunque por supuesto sea él el supervisor ejecutivo del navío entero. Allí se encuentran sus anclas, su aparejo de proa, su trinquete, su puesto de maniobras cuando el capitán está al mando. Y también allí viven los hombres, los tripulantes del buque, a los que tiene el deber de mantener ocupados, haga buen o mal tiempo, por el bien del barco. Es el segundo de a bordo, único miembro de rango de la brigada de popa, quien se llega presuroso a proa al grito de "¡Toda la gente a cubierta!". Es el sátrapa de esa provincia dentro del autocrático reino del barco, y el responsable más directo de cuanto allí suceda.
Allí también, al acercarse a tierra, es él quien, ayudado por el contramaestre y el carpintero, "saca las anclas" con los hombres de su mismo cuarto de guardia, a quienes conoce mejor que al resto. Allí se asegura de que la bitadura esá dispuesta, el molinete desembragado, las mordazas abiertas; y allí, tras dar la última orden de su competencia, "¡guarda del cable!", aguarda atento, en un barco en silencio que avanza lentamente hacia el fondeadero elegido, la aguda voz de mando proveniente de popa "¡Largar!". Asomándose inmediatamente por la borda, ve la pesada zambullida del hierro fiel, al caer, con sus propios ojos, que vigilan y comprueban si ha salido clara.
Que el ancla "salga clara" quiere decir que salga clara de su propia cadena. El ancla debe caer desde la amura del barco sin que haya vuelta en ninguno de los miembros de su cable, pues de la contrario se daría fondo con ancla encepada. Mientras la tirantez del cable no sea completa sobre el arganeo, no hay ancla de la que pueda uno fiarse por excelente que sea el tenedero. En una situación comprometida garreará seguramente, pues las herramientas, al igual que los hombres, deben ser tratadas con equidad para que muestren las "virtudes" que guardan en sí. El ancla es un emblema de esperanza, pero un ancla encepada es peor que la más falaz de las falsas esperanzas que jamás embaucaran a los hombres o a las naciones con una sensación de seguridad.




Telarañas e hilo


Desde la galleta del palo mayor de un buque de regular tamaño, el horizonte describe un círculo de muchas millas dentro del cual uno puede distinguir cabalmente otro barco hasta su línea de flotación; y los mismos ojos que ahora siguen estos trazos han llegado a contar, en su día, más de cien veleros encalmados, como encerrados en un anillo mágico, no muy lejos de las Azores.
Apenas si había dos arrumbados exactamente en la misma dirección, como si cada uno hubiera planeado escapar del círculo encantado por un punto diferente del compás. Pero el hechizo de la calma es una magia poderosa. Al día siguiente todavía se los divisaba dispersos, los unos a la vista de los otros y aproados hacia distintos rumbos; pero cuando por fin llegó la brisa con la oscura onda que, muy azul, recorrió un pálido mar, se encaminaron todos juntos en una misma dirección. Pues era aquella una flota que, procedente de los más remotos confines de la tierra, volvía ya a casa, y una goleta frutera de Falmouth, el más pequeño de aquellos barcos, abría la marcha. Podría uno habérsela imaginado muy hermosa, si no divinamente alta, dejando un aroma de limones y naranjas en su estela.
Al día siguiente se veían ya muy pocos barcos desde nuestros topes: siete quizá, a lo sumo, con unas cuantas manchas más en la distancia, invisible el casco, fuera del anillo mágico del horizonte. El sortilegio del viento favorable posee una sutil capacidad para dispersar una congregación de barcos de blancas alas orientados todos en el mismo sentido, cada uno con su blanca cinta de revoloteante espuma bajo la proa. Es la calma la que reúne misteriosamente a los barcos; y es el viento el gran separador.
Cuanto más grande es un barco, desde mayor distancia se lo puede ver; y es su blanca altura henchida por el viento lo que, antes que ninguna otra cosa, proclama su tamaño. Los elevados mástiles, sujetando en lo alto el albo velamen extendido como una red para atrapar la invisible fuerza del aire, van emergiendo paulatinamente del agua, vela tras vela, verga tras verga, creciendo más y más hasta que, bajo la sobresaliente estructura de su maquinaria de madera y lona, uno percibe la insignificante, minúscula mota de su casco.
Los mástiles altos son los pilares que aguantan los equilibrados planos que, inmóviles y silenciosos, toman del aire la fuerza motriz del barco como si fuera un don del Cielo otorgado a la audacia humana; y son los masteleros del buque, privados y despojados de su blanca gloria, los que se inclinan ante la cólera de un firmamento encapotado.
Al ceder en desnuda y desmadejada sumisión ante una violenta racha es cuando mejor se da uno cuenta de su altura, incluso siendo marino. El hombre que ha visto a su barco dando tremendos y amenazadores bandazos llega a tener conciencia de la disparatada altura de los palos de un buque. Parece imposible que esos mástiles dorados que si uno quería verlos tenía que doblar completamente el cuello hacia atrás, ahora , al quedar en un plano visual más bajo, no golpeen obligadamente el borde mismo del horizonte. Una experiencia de ese tipo le da a uno una impresión mucho más cabal de la elevación de los palos que la que podría darle trepar hasta extenuarse por la arboladura. Y eso que en mis tiempos los sobrejuanetes de un barco normal, de buen rendimiento, se encontraban ya a bastante distancia de las cubiertas.
Desde luego que un hombre activo puede llegar a subir infinidad de veces, sin cansarse, por las escalas de hierro de una sala de máquinas, pero yo recuerdo momentos en los que incluso para mis flexibles miembros y mi ufana agilidad la maquinaria del velero parecía alcanzar hasta las estrellas mismas.
Pues de maquinaria se trata: una maquinaria que realiza su trabajo en completo silencio y con una gracia sin movimiento, que parece esconder un poder caprichoso y no siempre gobernable sin tomar ni quitarle nada a los recursos materiales de la tierra. No es lo suyo la infalible precisión del acero impulsado por el blanco vapor y al que el rojo fuego da vida y alimenta el negro carbón. Aquella parece extraer su fuerza del alma misma del mundo, su formidable aliada, sujeta a obediencia por los más frágiles vínculos, como un feroz fantasma atrapado en una red de algo aún más rico que la seda hilada. Porque, ¿qué es el despliegue de los más fuertes cabos, los más altos palos y el velamen más resistente contra el poderoso aliento del infinito, sino espigas de cardos, telaraña e hilo?

De: PDFB.com.ar


A ningún artista podrá reprochársele que se encoja ante un riesgo que solamente los imbéciles corren a afrontar y que solamente los genios abordan con impunidad. En un empeño que principalmente estriba en despojar la propia alma más o menos de toda vestimenta a ojos del mundo entero, un cierto respeto por la decencia, aun cuando implique el costo del éxito, no es más que el respeto por la propia dignidad, inseparablemente unida a la dignidad de la propia obra.

Angustias al escribir - Joseph Conrad 

De: consejosdeescritores.blogspot.com




Para nuestros queridos compañeros:
Hugo y Néstor.

El placer es nuestro


El de invitarte a visitar bocalcorazon.blogspot.com
donde podrás conocer 
otro Servicio de mediación cultural 
del Centro de Formación Humanística Perras Negras.

Te esperamos con la misma emoción que tu compañía nos provoca en este espacio porque... sin ti... la Palabra es una frágil copa a medio llenar. Gracias por tu presencia.


viernes, 29 de noviembre de 2013

"Un bazar impensable de ficciones" - Silvio Rodríguez

29 de noviembre de 1946- San Antonio de los Baños, Cuba

Señora de los sueños


Mis canciones están llenas de mentiras. Ficción le llaman. Y nunca he hablado de la importancia de esta Señora en lo que hago, ni de la utilidad de su oficio introductor, que abrevia distancias de un corazón a otro, haciendo transparente lo que por otra vía es neblinoso, cuando no peregrino.

Fue una pequeña vagabunda que apareció de un traspié de mi lengua, en terreno baldío. Venía sin posesión visible, pero infló un globo que se hizo una carpa, una cordillera y luego una ciudad de la que hoy, por supuesto, es el ama de llaves. Un buen día tuve la casa llena de cachivaches, de cosas como rejas sin ventanas, tiradores sin puertas y mangas sin camisas. Un bazar impensable de ficciones.

– ¿Necesita sextante?
– Perdone, pero prefiero un astrolabio –dije yo, por antiguo.
– Muy bien, aquí lo tiene. ¿Algo más?
– No se me ocurre nada…

Aquí fue donde se sacó los guantes y, como para darme un escarmiento, me sopló humo de lámparas, hilos de alfombras voladoras, botoncitos de nácar, laúdes, palmatorias, cajitas de rapé. Y de pronto me vi pintando un cuadro que no me imaginaba, mirando la distancia entre lo que creía saber de mis canciones y lo que ellas sabían de mí.

Se suele culpar a la vida de nuestras melodías. Ese es un estribillo de mortales. Las canciones son de otra raza y ¿de qué se van a alimentar sino de la ficción? No hay otra cosa que las sacie. Engordan de lo que guardan remotos almacenes a cuyos inventarios no tenemos acceso, pues tienen llaves fugitivas.

Las cerraduras están en cualquier parte. A veces un aroma tenue, llegado de la infancia, abre una hendija a esos lugares. Uno quisiera abalanzarse, como desesperado. Pero igualmente acaba comprendiendo que sólo se permiten los atisbos, la mínima visita que algún sentido pudo hacer.

Son olvidos, inesperados movimientos que ocurren en aquel laberinto de almacenes. Naturalezas, sustancias, o simplemente sueños que quieren salir a conocernos y a que les conozcamos. Cuando Ella no vigila, cuelan sus llavecitas en la primera cerradura que encuentran. Ahí olfateamos, sentimos un sabor y en ocasiones hasta vemos lo que no sabemos explicarnos.

En esas migas infinitesimales se nos revela algo sobre lo que no hay control, ni leyes, aunque sin duda es nuestro. Un territorio íntimo que no hemos aprendido a usar o que acaso olvidamos. Regueros que no esperan por nuestra comprensión sino por nuestro afecto.

Silvio Rodríguez


Publicado en el blog Segunda Cita el 19 de octubre de 2013.




La gaviota


Corrían los días de fines de guerra.
Había un soldado regresando intacto
—intacto del frío mortal de la tierra,
intacto de flores de horror en su cuarto—.

Elevó los ojos, respiró profundo,
la palabra cielo se hizo en su boca
y como si no hubiera más en el mundo
por el firmamento pasó una gaviota.

Gaviota, gaviota, vals del equilibrio,
cadencia increíble, llamada en el hombro.
Gaviota, gaviota, blancura, delirio,
aire y bailarina, gaviota de asombro.

¿Adónde te marchas, canción de la brisa,
tan rápida, tan detenida?
Disparo en la sien y metralla en la risa,
gaviota que pasa y se lleva la vida.

Corrían los días de fines de guerra.
Pasó una gaviota volando, volando
lento, como un tiempo de amor que se cierra,
imperio de ala, de cielo y de cuándo.

Corrían los días de fines de guerra,
pasó una gaviota volando.
Y el que anduvo intacto rodó por la tierra,
huérfano, desnudo, herido, sangrando.

(1976)








Para que muchos/as podamos seguir creyendo,
sin perder "la alegre tristeza del olivo"
existen seres como tú, querido Silvio.
Gracias por la energía luminosa de tu arte.


“Ser humano significa, para cada uno de nosotros, pertenecer a una clase, a una sociedad, a un país, a un continente y una civilización; y para nosotros los moradores europeos, la aventura desarrollada en el corazón del Nuevo Mundo significa en primer lugar que no era nuestro mundo y que tenemos responsabilidades en el crimen de su destrucción” - Claude Lévi-Strauss

28 de noviembre de 1908 -Bruselas, Bélgica
Claude Lévi-Strauss


Odio los viajes y los exploradores …", así de radical comienza uno de los viajeros y exploradores más prolíficos del siglo XX su autobiográfico "Tristes Trópicos" (1955). El tono escéptico - aunque no cínico - es característico de quien tal vez haya visto demasiadas cosas y sufrido demasiadas decepciones como para dejar un hueco a la esperanza en el ser humano. Quizá esa distancia hacia las personas y hacia la vida en general le haya permitido a Levi-Strauss convertirse en un genial observador del ser humano. Podría afirmarse que Levi-Strauss es el antropólogo total.

Total por su formación pluridisciplinar, total por sus trabajos de campo y sus etnografías de primera calidad; total por sus ideas y su capacidad de creación teórica; total por su influencia en el pensamiento contemporáneo más allá de la antropología; total por que el conjunto de su obra fue tomada por la generación del 68 como una alternativa al pensamiento cristiano y burgués … y total por el conjunto de su vida, sin duda apasionante, contradictoria y original.

Como hijo de una familia de artistas e intelectuales judíos de Bruselas, Levi-Strauss tuvo acceso a una esmerada educación. Tuvo tiempo de estudiar derecho y filosofía, aunque le aburrieron. Cuenta con una vasta cultura clásica y literaria y también con profundos conocimientos en música clásica y contemporánea. Sin embargo, sus "tres amantes", como él las definía, fueron la geología, el marxismo y el psicoanálisis.

Volviendo a su formación, tanto la geología, como el marxismo y el psicoanálisis comparten una premisa: las cosas constan de estructuras y estas estructuras pueden ser descubiertas y analizadas en detalle. En las formaciones geológicas a través de el estudio de los estratos y el análisis mineralógico, en el marxismo a través del estudio de las relaciones de clase y en el psicoanálisis a través de la terapia y la relación médico - paciente.

Sin embargo, fue la antropología lo que permitió a este erudito francés tomar contacto con otras culturas diferentes de la occidental y cuestionar la pretendida superioridad de la misma. Su contacto con las culturas de Brasil, así como de otras tribus sud y norteamericanas fue intensísimo. Puede afirmarse que pasó más de 30 años entre culturas diferentes.

El concepto de estructura quedó definitivamente arraigado en Levi-Strauss gracias a la gramática estructural de Ferdinand Saussurre. La lingüística estructural no se queda en el análisis simple de los componentes de las oraciones, sino que penetra en su estructura profunda y pretende ser capaz de reconocer pautas comunes a todas las lenguas. Es decir, no se queda en el significado de las palabras, sino que estudia cómo la mente ordena los significantes, que son las unidades mínimas del lenguaje.

Del mismo modo que el lenguaje consta de unidades mínimas que, capa tras capa (como en la geología) se ordenan según una serie de reglas para producir un significado, la cultura, que según Levi-Strauss es comunicación, también se constituye de unidades mínimas que se combinan según ciertas reglas en unidades mayores que forman un significado. Descomponer la cultura en sus unidades básicas y comprender las reglas mediante las cuales se combinan es entender el significado de la cultura. En resumidas cuentas este es el método estructural.

Según Levi-Strauss la mente humana organiza el conocimiento en polos binarios y antagónicos (bueno - malo; dentro - fuera; nosotros - vosotros; crudo -cocinado, etc.) que se organizan de acuerdo con la lógica. Tanto la ciencia como el mito, como explicaciones del mundo, estarían estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y por tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a diferentes cosas.

Para Claude Levi-Strauss, las reglas por las que las unidades de la cultura se combinan no son producto de la invención humana, sino que siguen las pautas que se encuentran en el cerebro humano. Expresado en términos más actuales, las pautas de la cultura serían genéticas. Por lo tanto, en el paso del ser humano de animal natural a animal cultural (a través de la adquisición del lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones económicas y unidades políticas, etc.) el ser humano sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica. Por eso el ser humano no sería la especie privilegiada que creemos que es, sino una especia más que pasará y que solamente dejará algunas trazas de su actividad cuando se extinga.

Entre las obras más destacadas de Claude Levi-Strauss se pueden citar "El Pensamiento Salvaje" (1962), "Estructuras elementales de Parentesco" (1949), "Raza e Historia" (1952), "Antropología Estructural" (2 vol., 1958-73) y "Totemismo" (1962). Es imprescindible mencionar "Mythologiques", un estudio estructural de los mitos de los nativos americanos, que se compone de varias obras publicadas entre 1964 y 1971, así como la ya citada "Tristes Trópicos", unas memorias que fueron un éxito de crítica y público.

El pensamiento de Levi-Strauss influyó en, fue influido por y fue parte de los movimientos sociales de los años 60. Ofrecía una alternativa, pesimista, pero alternativa, a los sistemas burgueses y religiosos imperantes en la cultura oficial de Occidente. Cuestionando la supremacía de la cultura occidental y explicando "científicamente" las reglas de la cultura, Levi-Strauss construyó una imagen del ser humano pesimista: un ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la destrucción del planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza ni siquiera en el humanismo (no se debe olvidar que Levi-Strauss pertenece a la generación que vivió la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto y que produjo su obra en el contexto de la Guerra Fría).

La obra de Levi-Strauss ha rebasado las fronteras de la antropología, influyendo profundamente en la filosofía, la sociología, la historia, el estudio de la literatura, la filología, la ciencia política, etc. Sin embargo, con el declinar de la contracultura y el fin de la Guerra Fría, la visión de Levi-Strauss ha ido perdiendo fuerza. También sus teorías antropológicas son cuestionadas, aunque sin duda el análisis estructural es aún importante en cualquier estudio etnográfico.

Tanto las teorías antropológicas de Levi-Strauss como su imagen del ser humano han sido criticadas por numerosos autores y también han sido superadas en parte. Pero no cabe duda de que se trata de uno de los pensadores más profundos y originales del siglo XX, cuya obra encierra las esperanzas, los horrores, el vacío y la angustia de una época tras la cual el ser humano ha perdido definitivamente la inocencia.

REFERENCIAS

Minnesota State University, Mankato " Claude Levi-Strauss",2000.
Claude Levi-Strauss Structural Anthropology (Basic Books Classics),2000
SECCIÓN REALIZADA Y MANTENIDA POR EL EQUIPO DE "EL RINCÓN DEL ANTROPÓLOGO"


De: Liceus- Portal de Humanidades.com


Claude Lévi-Strauss – El arte y el grupo [Entrevista de Georges Charbonnier]

Georges Charbonnier. ¿Cuál es la diferencia que observa el etnólogo entre el arte de las sociedades llamadas primitivas y el arte no "moderno", sino "de los tiempos modernos"?

Claude Lévi-Strauss. En esta categoría un poco vaga de los tiempos modernos hay que hacer primero una distinción. Un etnólogo se encontraría perfectamente a gusto, y en un terreno con el que está familiarizado, con el arte griego anterior al siglo V y aun con la pintura italiana, cuando se detiene uno en la Escuela de Siena. Allí donde el terreno comenzaría a ceder bajo nuestro pie, donde la impresión de extrañeza se nos impondría, sería pues, solamente, por una parte, con el arte griego del siglo V y, por otra parte, con la pintura italiana a partir del Quattrocento. Es con estas formas relativamente "modernas", cada una en su dimensión histórica, con las que hay que intentar hacer la comparación del arte o de las artes primitivas.
Así planteado, me parece que la diferencia obedece a dos órdenes de hechos: por una parte, lo que podríamos llamar individualización de la producción artística, y, por la otra, su carácter cada vez más figurativo o representativo. Y aun allí, quisiera añadir un dato: cuando hablo de la individualización de la producción artística, no pienso primero en la personalidad del artista, como individuo y como creador. Aunque hayamos tardado mucho en darnos cuenta de ello, el artista posee también estos caracteres en muchas de las sociedades que llamamos "primitivas". Trabajos recientes a propósito de la escultura africana muestran que el escultor es un artista, que este artista es conocido, a veces a mucha distancia, y que el público indígena sabe reconocer el estilo propio de cada autor de máscara o de estatua. Con el arte de los tiempos modernos, se trataría, pues, de una individualización creciente, no del creador, sino de la clientela. No es el grupo en su conjunto el que espera del artista que le proporcione algunos objetos realizados según cánones prescritos, sino que son "aficionados" o "entendedores" -por extraño que pueda parecer el término, en una comparación con grupos muy diferentes del nuestro-o grupos de conocedores.

Georges Charbonnier. El arte está reservado a los conocedores, en nuestra época, por varias razones. En primer lugar, hay un corte o separación en el interior de! grupo, pues una parte del mismo se desinteresa totalmente de la obra de arte, sobre poco más o menos, y no acepta sino formas degradadas. Pero también se plantea un problema económico; la obra de arte, en nuestras sociedades, es una cosa muy cara y, por consiguiente, no es accesible a todos. ¿Se observa a veces ese fenómeno en las sociedades primitivas, o no se le observa nunca? ¿Es que, en la sociedad primitiva, todo el mundo puede tener acceso personal a la obra de arte?

Claude Lévi-Strauss. Esto depende de los casos. Hay algunas sociedades primitivas en las que se manifiestan los mismos fenómenos sociales y económicos a los que hizo usted alusión hace un momento, en las que los artistas crean para personas o para grupos ricos que pagan las obras extremadamente caro, y que inclusive ven un gran prestigio en el hecho de poseer la producción de un determinado artista. Aunque ocurra, de todas maneras es excepcional. Pero tiene usted razón en plantear inmediatamente este problema de la jerarquía social, porque creo que habremos de encontrarlo nuevamente aquí, como lo encontramos, otro día, a propósito de la noción de progreso y del lugar en la historia. Dijimos que la historia era una categoría interior a ciertas sociedades, un modo conforme al cual las sociedades jerarquizadas se aprehenden a sí mismas, y no un medio en e! seno del cual todos los grupos humanos se situarían de igual manera. Y habremos de encontrar ideas muy emparentadas con aquélla.
Pero no quisiera lanzarme de lleno a esta explicación, porque me parece que, si la aceptásemos sin reservas, sería menos convincente que si llegásemos a ella por un camino desviado. Así pues, repito lo que dije acerca de los dos caracteres: individualización de la producción artística, considerada más bien desde el punto de vista del cliente que desde el punto de vista del artista, y carácter cada vez más figurativo o representativo de las obras; entonces, me parece que, en las artes que llamamos primitivas, hay siempre –y en razón, por lo demás, de la tecnología muy rudimentaria de los grupos en cuestión– una disparidad entre los medios técnicos de que dispone el artista y la resistencia de los materiales que tiene que vencer, la cual le impide, valga la expresión, aun cuando no lo quisiese conscientemente –y las más de las veces lo quiere conscientemente–, hacer de la obra de arte un simple facsímil. No puede o no quiere reproducir íntegramente su modelo y, entonces, se ve obligado a significarlo. En vez de ser representativo, el arte se presenta como un sistema de signos. Pero si se piensa en ello, se ve que estos dos fenómenos: individualización de la producción artística, por una parte, y pérdida o debilitamiento de la función significativa de la obra, por otra parte, están ligados funcionalmente, y la razón es sencilla: para que haya lenguaje, es necesario que haya grupo. Es evidente de suyo que el lenguaje...

Georges Charbonnier. Siendo constitutivo ...

Claude Lévi-Strauss. ….es un fenómeno de grupo, es constitutivo del grupo, no existe más que por el grupo, pues el lenguaje no se modifica, no se trastorna a voluntad. No lograríamos comprendernos si formásemos, en nuestra sociedad, una determinada cantidad de capillitas, cada una de las cuales tendría su lenguaje particular, o si nos permitiésemos introducir en nuestro lenguaje trastornos o rebeliones constantes, como las que observamos en el dominio artístico, desde hace algunos años. Así pues, quien dice lenguaje habla de un gran fenómeno, que interesa al conjunto de una colectividad y, sobre todo, de un fenómeno que tiene una estabilidad muy relativa, pero, de todas maneras, muy grande.
Las dos diferencias que señalamos hace un momento son, pues, las dos caras de una misma realidad. En la medida en que un elemento de individualización se introduce en la producción artística, la función semántica de la obra, necesaria y automáticamente, tiende a desaparecer, y desaparecerá en beneficio de una aproximación cada vez mayor al modelo, que se trata de imitar y ya no, solamente, .de significar.
Una vez dicho esto, me hallo dispuesto a volver a tratar las consideraciones sociológicas mencionadas por usted hace un momento. Hemos introducido una relación entre el arte y el lenguaje, o al menos con los diferentes sistemas de signos. Ahora bien, ya nos habíamos planteado este problema a propósito de la escritura. Cuando nos preguntamos por cuál era el gran fenómeno social al que estaba ligada la aparición de la escritura, en todo tiempo y lugar, estuvimos de acuerdo, creo yo, en el hecho de que la única realidad sociológica concomitante de la escritura era la aparición de fisiones, de escisiones, correspondientes a regímenes de castas o de clases, pues la escritura se nos manifestó en sus comienzos como un medio de sometimiento de unos hombres a otros hombres, como un medio de mandar a los hombres y de apropiarse' de las cosas.
Ahora bien, tal vez no sea fortuito que la transformación de la producción artística, a la que hacía alusión hace un momento, haya tenido lugar en sociedades dotadas de escritura –no digo que haya sido un fenómeno nuevo en el Renacimiento, pero lo que sí era nuevo, al menos, era la invención de la imprenta, un cambio del orden de magnitud del papel desempeñado por la escritura en la vida social– en todo caso, dos sociedades, la Grecia ateniense y la Italia florentina, donde las distinciones de clase y de fortuna adquieren un relieve particular; por último, en los dos casos se trata de sociedades en las que el arte pasa a ser cosa de una minoría que busca un instrumento o un medio de disfrute íntimo, mucho más que lo que ha sido en las sociedades que llamamos primitivas, y de lo que es en algunas de ellas, es decir, un sistema de comunicación, que funciona a la escala del grupo.

Georges Charbonnier. Lo que está muy claro es que en nuestras sociedades todos los artistas se quejan unánimamente de la falta de difusión de sus obras en las clases llamadas populares. Y, al mismo tiempo, todo esto se mantiene en el plano de un pesar vagamente expresado.

Claude Lévi-Strauss. Pero esto no puede más que mantenerse en este plano mencionado, puesto que es evidente que es algo que no depende de la voluntad de todos estos artistas. ni de uno solo de ellos, el que una situación histórica, para cuya producción se han necesitado siglos, cambie bruscamente. Lo único que quiero hacer es comprobar la existencia de una situación de hecho que no está en nuestro poder cambiar deliberadamente.

Georges Charbonnier. Pero, entonces, ¿dónde hay que encontrar las causas de la ruptura? ¿En el grupo o en un cambio de función del arte, ligado a otros fenómenos?

Claude Lévi-Strauss. Creo que podremos encontrarlas en una evolución general de la civilización, que no se efectúa de golpe, puesto que discernimos períodos de recurrencia. El arte, me parece a mí, ha perdido el contacto con su función significativa en la estatuaria griega, y lo vuelve a perder en la pintura italiana del Renacimiento. Pero podríamos decir, hasta cierto punto, que son cosas que se esbozan también en otras sociedades, probablemente ya en la estatuaria egipcia, en un grado menor que en Grecia; quizá también en un período de la estatuaria asiria, y por último en una sociedad que corresponde a los etnólogos, a pesar de los puntos en común que tiene con las que acabo de mencionar: el México precolombiano. Ahora bien, no es por casualidad por lo que he pensado en el México precolombiano al evocar matices de la producción estética, puesto que México ha sido también una sociedad de escritura. Me parece que la escritura ha desempeñado un papel muy profundo en la evolución del arte hacia una forma figurativa, pues la escritura ha enseñado a los hombres que era posible, por medio de signos, no sólo significar el mundo exterior, sino aprehenderlo, tomar posesión de él. No seré tan ingenuo que pretenda que una estatua griega la época clásica sea un facsímil del cuerpo humano. En cierto sentido, también' ella está alejada del objeto; como en el caso de una estatua africana, nos las tenemos que ver con signos, aunque en grado menor. Así pues. no estriba en eso solamente la diferencia, sino también en las actitudes del autor y del público. Me parece que en la estatuaria griega, en la pintura italiana del Renacimiento, a partir del Quattrocento, en todo caso, se descubre, respecto del modelo, no sólo ese esfuerzo de significación, esa actitud puramente intelectual, que es tan impresionante en el arte de los pueblos que llamamos primitivos, sino (y quizá esto suene a paradoja) una suerte de concupiscencia de inspiración mágica, puesto que descansa en la ilusión de que no sólo se puede comunicar con el ser, sino que se le puede apropiar a través de la efigie. Es lo que yo llamaría "posesividad respecto del objeto", el medio de apoderarse de una riqueza o de una belleza exterior. Es en esta exigencia ávida, en esta ambición de capturar el objeto para beneficio del propietario o inclusive del espectador, donde me parece que se encuentra una de las grandes originalidades del arte de nuestra civilización.

De Levi-Strauss, Claude. Arte lenguaje y etnología. Entrevistas con Georges Charbonnier. Siglo XXI Editores. Págs. 51-58. Traducción de Francisco González Aramburu.

De: http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com




«Jamás nos hemos vengado de los muertos; cada ser humano ha de tener su última morada en la tierra: así fue, es y será» - Konstantin Símonov

Espérame


Espérame y yo volveré
pero espérame mucho.
Espérame cuando las tristes lluvias lleguen
y cuando el calor llegue, no dejes de esperar.
Espérame cuando ya nadie espere
y el ayer se haya olvidado ya.
Espérame aún cuando de lejos
mis cartas no lleguen más.
Espérame cuando ya todos
se cansen juntos de esperar.
Espérame y yo volveré.
No quieras bien te ruego
a los que repitan de memoria
que ya es tiempo de olvidar
aun si la madre o el hijo ya creyesen que no existo ya.
Deja que los amigos
sentados junto al fuego
se cansen de esperar
y beban vino amargo
en honor a mi recuerdo.
Espérame y con ellos
no te apresures a beber.
Espérame y yo volveré
para que la muerte rabie.
Aquél que nunca me ha esperado
tal vez dirá de mí
el pobre tuvo suerte.
No comprenderán jamás
los que jamás han esperado
cómo tú del fuego me salvaste
de cómo he sobrevivido
lo sabremos sólo tú y yo.
Es que sencillamente me esperaste
como nunca nadie me esperó.




(Otra traducción)

Esperame que volveré.
Solo que la espera será dura.
Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante.
Cuando los demás hayan dejado de esperar olvidando su ayer.
Espera incluso cuando no te lleguen cartas de lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre y hermanos crean que ya no existo.
Y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi muerte.
Espera no apresures a brindar por mi memoria tú también.
Espera porque volveré desafiando todas las muertes.
Y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.
Nunca entenderán que en medio de la muerte tú con tu espera me salvaste.
Solo tú y yo sabremos cómo sobrevivir, es porque esperaste y los otros no.




ESTOY MUY SOLO...



       Estoy muy solo y muy triste...
¡Oh, si pudiera encontrar
otra mujer como ella
en vez de volver atrás!

       Mas, ¿dónde hallar unas manos
que ausentes causen pesar?

       ¿Dónde encontrar unos ojos
de tan altivo mirar,
ojos llenos de soberbia
que nunca los vi llorar?

       ¿Dónde hallar los mismos labios
que rían y canten igual,
que yo viviera temiendo
no me vuelvan a besar?

       ¿Dónde hallar otra como ella
a quien poder perdonar,
que la vida al lado suyo
fuera cruel felicidad?
¿Que de todas las madrugadas,
después de largo velar,
me levantara como ella,
redomado y contumaz?

       Que amante y loca una noche
yo la pudiera abrazar
y mañana sea de piedra
imposible de ablandar.

       Y que entonces, con dolor,
yo tuviera que escuchar
maldiciéndome a mí mismo:
“No me vuelvas a tocar...”

       Que en la quietud de la noche
al sorprender su velar
encuentre en ella dos almas
y a las dos las quiera igual.

       De la noche a la mañana
ignorar qué pasará;
no saber al día siguiente
cuál alma me mostrará.
             
       Atormentado por ella
no podía vivir más;
quise entregar mi cariño
a otra mujer más leal.

       Pero sé que es imposible
tal compañera encontrar
y que al fin será ella misma
a quien yo vaya a buscar,
porque no existe en el mundo
ninguna mujer igual:
tan mala, ni tan preciosa,
ni tan maldita, en verdad...

En El diario lírico, 1941-1942



LA MUERTE DE UN AMIGO


       No es verdad: un amigo no muere;
tan sólo deja de estar a tu lado.
No comparte más el pan contigo,
ni bebe más de tu caramañola.

       En la fosa cubierta por la nieve,
no canta más la canción de sobremesa,
y cerca de ti, bajo la misma capa,
no duerme más junto al brasero.

       Pero todo lo que ha pasado entre vosotros,
todo lo que os seguía en vuestras huellas,
no pudo quedarse
con sus restos, en la tumba.

       Heredero de ira y desdén,
después que perdiste a tu amigo,
te volviste para siempre
dueño de doble vista y oído.

       Legamos amor a nuestras mujeres;
recuerdos a nuestros hijos;
pero en los campos quemados por la guerra,
a los amigos legamos el caminar.

       Aún nadie conoce un remedio
para las muertes repentinas.
Más y más grave se vuelve el peso de la herencia,
más y más estrecho el círculo de tus amigos.

       Carga entonces su peso, vagando en las batallas.
No dejes caer nada.
Pasa con él la noche bajo el fuego.
Cárgalo. Cárgalo.

       Cuando ya no puedas cargarlo más,
recuerda que al perecer
tan sólo lo transferirás a los hombros
de los que vivan aún.

       Y alguien, sin haberte visto,
de terceras manos tu peso tomará,
y vengando a los muertos, y odiando,
hasta la victoria lo llevará.

En La libreta del frente, 1942



EL COMPAÑERO


Tras el enemigo de nuevo caminamos
hacia el poniente cinco días, palmo a palmo.

El quinto día, bajo un fuego inclemente
cayó mi compañero, el rostro hacia el poniente.

Tal como avanzaba, así murió: corriendo.
Así cayó y así quedó en la nieve, yerto.

Abrió los brazos anchos como si quisiera
abarcar en ellos a la nación entera.

Como si él, que dio su vida en la pelea,
aún después de muerto su tierra protegiera.

Muchos días amargos la madre llorará.
La victoria no podrá devolvérselo ya.

Mas para él —que lo sepa la madre doliente—
fue más fácil morir con el rostro al poniente.

En La libreta del frente, 1942



 
Konstantín Símonov
28 de noviembre de 1915 - Petrogrado
Hasta 1935 trabajó como obrero, antes de emprender una carrera literaria que lo confirmó como un notable escritor de temas bélicos y patrióticos de la Rusia soviética

Aunque escribió sobre temas muy diversos, se le conoce principalmente como escritor y poeta en tiempos de guerra. Símonov presenció como corresponsal la derrota de los japoneses en la Batalla de Khalkin-Gol (1939), planeada y ejecutada por Zhukov; de hecho, varios de los futuros personajes de ficción de Símonov tomarían parte en la campaña de Khalkin-Gol. Trabajó también en Mongolia para la publicación del ejército Geroicheskaya krasnoarmeiskaya, y como corresponsal de guerra para el periódico Krasnaya Zvezda (1941-1945).

Durante la guerra, uno de los objetivos evidentes de la literatura soviética en todas sus manifestaciones fue avivar las llamas del patriotismo ruso. La poesía resultó ser un medio muy propicio para este fin, y algunos de los poemas de Símonov, como Zhdi menia (Espérame), de 1941, Rodina (Patria), de 1941, Ubei ego (Mátalo), de 1942, y Bezymiannoe pole (Un campo anónimo), de 1942, figuran entre los mejores ejemplos de este género. La popularidad de Símonov provino de su relativa indiferencia por la política, cualidad compartida aunque en menor grado por Olga Berggolts y Vera Inber. Los temas tratados eran el hogar, el trabajo, el descanso y el amor.

A finales del verano de 1942, Alemania intentó apoderarse de Stalingrado, y Símonov cubrió el contraataque soviético desde su principio a su fin. Dni i nochi (Días y noches), de 1944, es uno de los numerosos trabajos dedicados a esta importante victoria soviética, y narra la tenacidad con la que los combatientes rusos resistieron el ataque alemán. Una vez ganada la guerra contra Hitler, la Unión Soviética rechazó cualquier futura cooperación con sus anteriores aliados occidentales. El Comisario de Cultura, Andrei Zhdanov, inició una depuración sistemática de la vida intelectual que finalizó cuando Stalin murió en 1953. La obra de teatro de Símonov Russkii vopros (La cuestión rusa), de 1946, es una obra típicamente propagandística de la época en la que se responsabiliza a Occidente de la Guerra Fría. Tras la muerte de Stalin, se intentaron reanudar las relaciones con Occidente. El autor, conocido por su ideología izquierdista, juntamente con Ilia Erenburg y Aleksandr Fadeiev, tuvo un papel activo en los esfuerzos para influir en los políticos occidentales y para conseguir el apoyo en iniciativas de política exterior soviética.

De: http://www.biografiasyvidas.com