martes, 11 de junio de 2013

“Sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura”- Leopoldo Marechal

11 de junio de 1900 - Buenos Aires

















Credo a la vida


Creo en la vida todopoderosa,
en la vida que es luz, fuerza y calor;
porque sabe del yunque y de la rosa
creo en la vida todopoderosa
y en su sagrado hijo, el buen Amor.

Tal vez nació cual el vehemente sueño
del numen de un espíritu genial;
brusca la senda, el porvenir risueño,
nació tal vez cual el vehemente sueño
de un apóstol que busca un ideal.

Padeció, la titán, bajo los yugos
de una falsa y mezquina religión;
veinte siglos se hicieron sus verdugos
y aun padece, titán, bajo sus yugos
esperando la luz de la razón.

Fue en la humana estultez crucificada;
murió en el templo y resurgió en la luz...
¡Y, desde allí, vendrá como una espada,
contra esa Fe que germino en la nada,
contra ese dios que enmascaro la cruz!

Creo en la carne que pecando sube,
creo en la Vida que es el Mal y el Bien;
la gota de agua del pantano es nube.
Creo en la carne que pecando sube
y en el Amor que es Dios.
¡Por siempre amén!



Adán Buenosayres


Libro Quinto, Parte I


"Que a tan doloroso extremo lo conducía." "Que solía conducirlo a extremo tan doloroso." "Que a extremo tan doloroso. . ."

Adán Buenosayres despierta con aquel jirón de frase que lo ha perseguido, como un tábano imbécil, en toda la extensión de su sueño. Y al abrir los ojos ve a su lado la figura de Irma, cuyas manos industriosas van y vienen sobre la bandeja del desayuno.

—¿Qué hora es? —le pregunta con infinito desaliento.

—Las diez y media —responde Irma.

"Que a tan doloroso extremo...”

—¿Llueve?

—Garúa.

"Y le dijo a Irma que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá..." ¡Basta! Se incorpora violentamente, y sus ojos desorientados recorren la habitación desierta. ¿Irma se ha escurrido ya? Tanto mejor.

La primera noción que se le aclara en el entendimiento le trae un gusto de hiel: recuerda que a cierta hora de aquel nuevo día tendrá que cumplir una serie de gestos ineluctables; que su rostro deberá ocupar un sitio en cierta y determinada constelación de rostros; que su voz pertenece a un coro de voces que aguardan la suya para levantarse. Y al reflexionar en ello, tiene conciencia de que no podrá ese día, ya que no halla en su voluntad ni un solo átomo vivo.

Sequedad y amargura en su boca: sí, es claro, la borrachera de ayer. Con la mayor economía de gestos Adán Buenosayres alarga su mano hasta la bandeja, vierte café puro en el tazón cotidiano y lo bebe a grandes sorbos. Delicia. Luego, no sin embutirse antes en su vieja salida de baño, se dirige a la ventana y escudriña el exterior: una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente sobre las cosas. Adán estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que, faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las semillas. Imaginación. En una soga de tender, allá enfrente, hay dos sábanas húmedas que chicotean y un calzoncillo gris lleno de viento. Y el viento anda también entre las hojas muertas, llevándose a carradas —oro y bronce— la rica metalurgia del otoño. ¡Sí, otra metáfora! En la calle, hombres y bestias desafían la bruma y son devorados por ella sin rumor alguno; porque adentro y afuera el silencio se ha extendido como una obra de tapicería. ¡Bien!

Sustrayéndose a su contemplación y al desaforado juego de las imágenes, Adán se dirige a su mesa, carga una pipa de horno ancho y la enciende. Un vellón de humo sube al techo: "¡Gloria al Gran Manitú, porque ha dado a los hombres la delicia del oppavoc!" Luego vuelve a su cama y recobra la horizontal: "Mejor es estar sentado que de pie, acostado que sentado, muerto que acostado." ¡Alegre sentencia!

Restituido a su grata inmovilidad (y la inmovilidad es una virtud de Dios, motor inmóvil), Adán Buenosayres recuerda los episodios de la noche anterior y su conducta personal en cada uno. Se asombra entonces al evocarse a sí mismo en tan extraña multiplicidad de gestos: ¡cuántas posiciones ha tomado y cuántas formas asumido el alma bruja en el espacio de una noche! Y entre tantos disfraces, la cara verdadera de su alma... ¡No! Adán se resiste a entregarse tan pronto al dolor de las ideas: es demasiado acogedora la luz que llena su habitación, y demasiado hermoso el silencio que ha traído la lluvia: el silencio y la luz parecen hermanos en aquella hora de ceniza; y luz y silencio, con su grata hermandad, le hacen posible ahora un comienzo de beatitud. Habiéndose negado él al entendimiento y a la voluntad, le queda sólo el juego de la memoria: cuando lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo! Es una serie de Adanes muertos que se levantan de sus tumbas y le dicen ahora: ¿Te acuerdas? La pipa, fumada casi en ayunas, le produce una embriaguez gemela del silencio y la luz ("por eso la hoja seca es sagrada"). Y los Adanes gesticulan, allá en el fondo, y le dicen: ¿Te acuerdas?

...Y hubo cierta edad en que los días empezaban en una canción de tu madre:

Cuatro palomas blancas,
cuatro celestes:
Cuatro coloraditas
me dan la muerte.

Cruzabas por tus días y tus noches como por una serie de habitaciones blancas y negras. El petizo lobuno era un mañero del diablo: se arrancaba freno y bozal en un mojón del palenque, y abría las tranqueras con el hocico. ¡Y el pampa Casiano, que con tanto arte mataba perdices a tiro de rebenque!

O un revuelo de campanas locas te despertó al amanecer: ¡las romerías de Maipú! Era muy temprano aún, pero latía ya en la casa un acelerado pulso de fiesta: los hombres estaban algo duros en sus ropas de domingo; muy excitadas, las tías jóvenes desplegaban telas brillantes, removían frascos de olor, cuchicheaban entre sí o reían de pronto llenas de fuego; renegando en sonoras frases vascuenses, tío Francisco luchaba con una bota que se le resistía. Más tarde, al entrar en la iglesia, el abuelo Sebastián hundió en la pila toda su mano de cíclope; la sacó chorreando, tocaste aquellos dedos nudosos y te persignaste de rodillas. Después los hombres te llevaron al almacén de Olariaga, en cuyo palenque inmenso lucía ya una hilera de vistosos caballos: adentro, junto al mostrador, se cambiaban saludos fuertes y risas como detonaciones, entre un olor de vino priorato, de talabartería y de farmacia. Y la estudiantina española entró de súbito, rascando guitarras y violines: vestían trajes llenos de luces, calzón corto, medias blancas y sombreros con plumas, y los escoltaba un cardumen de chicos alborozados. Pero tus ojos no se demoraban en ello, sino en las tres o cuatro figuras inmóviles que sonreían vaso en mano, detrás del grupo y al margen de la batahola: como el abuelo Sebastián, aquellos paisanos eran, tal vez, del tiempo de Rosas, a juzgar por sus barbas de una blancura de vellón o sus rostros atezados y con más arrugas que un papel antiguo: llevaban todavía chiripá negro, botas de potro y desusadas nazarenas en los talones; y en tu asombro de niño los mirabas como si contemplases el mismo rostro de la aventura, pues no dejabas de vincularlos a los famosos arreos de hacienda rumbo al Chubut, a las travesías legendarias por médanos y tempestades, a toda la gesta del resero antiguo, cuyo elogio habías escuchado tantas veces en cocinas llenas de humo y en boca de forasteros que llegaban y se iban inexplicablemente, como el viento. Más tarde, a mediodía, los asados humeaban, tendidos ya sobre tizones, bajo una lluvia de salmuera. Y luego se armó el bailongo a cielo abierto, hasta que la noche austral cayó sobre músicos y bailarines.

Ahora te ves en el camino de Maipú a Las Armas, tra­zado en la llanura de horizonte a horizonte. Son los últi­mos días del verano y los primeros de tu adolescencia; y estás a caballo, detrás de cien novillos rojos, envuelto en la polvareda que levantan cuatrocientas pezuñas. Te han dejado calzar las botas negras que, con el poncho de vi­cuña y el facón de cabo de plata, constituyen la sola he­rencia que recibiste del abuelo Sebastián; y el uso de aquellas botas es, a tus ojos, un comienzo de la hombría. Montado en su pangaré memorable, tío Francisco, a tu derecha, mastica el tabaco negro "La Hija del Toro" que nunca faltó en su tabaquera de buche de avestruz; y al mirarlo ahora en calma, vuelve a tu imaginación aquella noche de tempestad en que tío Francisco, ante la tropi­lla de redomones que se le desbandaba por vez tercera, se tiró de su caballo al suelo, desenvainó su cuchillo, y levantando sus ojos a las alturas desafió al propio Dios, gritándole: "¡Bajá si sos hombre!" Al frente de la tropa van Justino y el pampa Casiano, uno a la derecha y el otro a la izquierda; todos llevan en el interior del chambergo una fresca rama de duraznillo blanco, porque ya es casi mediodía y el sol dispara sus rayos verticales, co­mo un arquero enfurecido. Y es verdad que el sudor cae de tu frente y deja en tus labios un gusto salobre, y que la polvareda enceguece tus ojos y reseca tus narices, y que se aturden tus oídos con el mugir de las bestias y el alalá de los arreadores. Pero tu corazón está repicando co­mo una campanita de fiesta, y no ambicionas otra suerte que la de avanzar por un camino trazado en la llanura de horizonte a horizonte, detrás de cien novillos rojos que arden como brasas a mediodía.

¿Desde cuándo te hablaban así las formas resplandecientes de las criaturas? ¿Desde cuándo te hablaban ellas en aquel idioma que no entendías aún claramente, pero que te adelantaba la certidumbre de lo bello, lo verdadero y lo bueno, y hacía lagrimear tus ojos, y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón de responder con el mismo lenguaje? Ciertamente, una mañana, leyendo tu trabajo de colegial, don Bruno había dicho en clase: "Adán Buenosayres es un poeta"; y los chicos te observaron a fondo, como si te desconocieran. Pero, ¿desde cuándo? Señor, un niño que se aparta de los juegos, furtivamente, para tejer en los rincones una urdimbre de palabras musicales: "¡­Oh, la rosa, la triste rosa, la descarnada rosa!"

Tienes ahora dieciocho años, allá, en los campos de Santa Marta, y estás junto a Liberato Farías el domador: abajo la tierra es un gran círculo de color de espiga, trazado en torno de tus pies; arriba el cielo muestra su tez de jacinto, cúpula o flor, ¿quién sabe? Liberato ha ceñido ya sus crenchas lacias con un pañuelo de colores, y ahora se ajusta las espuelas, alegre y juicioso como un luchador que se dispone a otro combate. Veinte pasos al frente, mordiendo el freno por vez primera, con el lazo todavía en el cogote y sujetas ya las patas nerviosas con el maneador, el potro negro se revuelve, inquieto y relampagueante como una gota de mercurio: Almirón, el capataz, le agarrota el belfo con la manija de su rebenque; tío Francisco, sin soltar el lazo, estudia con ojo atento las ondulaciones del animal. Y tus miradas elogiosas discurren entre aquellas imágenes, deteniéndose, ya en el domador que a tu lado se calza, rodilla en tierra, ya en el bruto ajustado y tenso como una máquina de furor, ya en el cielo de tez de jacinto, ya en la tierra de color de espiga. Liberato está de pie; y ahora, llevándose a cuestas el envoltorio de su apero, se dirige cachazudamente hacia el grupo que ya le aguarda: no bien llega, clasifica en orden las piezas de su recado; y luego, acercándose al potro, lo recorre con ancha mano desde el pescuezo hasta la cola, semejante al músico que, antes de tocar, acaricia y tantea el cordaje de su guitarra. Las prendas del recado se deslizan ahora sobre el animal: sudaderas, mandil, caronas, bastos, la cincha que se aprieta con uñas y dientes, el cojinillo y el cinchón; mientras el potro, que ha vacilado entre el estupor y la ira, se decide al fin y trata de romper sus ataduras. Concluida la operación, Liberato monta juiciosamente y afirmándose apenas en el estribo se acomoda sobre los cueros; y sólo entonces, con amistoso ademán, ha solicitado a sus padrinos que se retiren y lo dejen a solas con su batalla. Tío Francisco deshace la manea y el lazo; Almirón suelta el belfo del animal; y uno y otro requieren sus caballos, a fin de acompañar al domador según las leyes del apadrinamiento. Sin embargo, el potro no se mueve aún, como si tuviese los remos clavados en la tierra: entonces Liberato le pone su rebenque delante de los ojos, y el animal, encabritándose, mantiene un instante la posición vertical, se sienta de pronto sobre sus cuartos, recobra el equilibrio, gira violentamente hacia la izquierda y luego hacia la derecha, no sabe si huir o revolcarse en el suelo con su jinete y todo, mientras el domador, a bárbaros tirones de rienda, le hace doblar el pescuezo en uno y otro sentido. Al fin, amontañándose todo y puesto el hocico entre las patas delanteras, el animal inicia su corcoveo, luchando por librarse del jinete que se le ciñe con el doble arco de sus piernas. Y fracasado ya todo su juego de violencias y astucias, el potro inicia una carrera loca rumbo al horizonte, asistido por su jinete que le da o le quita rienda. Tus ojos lo acompañaron en aquella fuga, y tus oídos oyeron el redoblar de los cascos en la tierra sonora como un tambor. Y viste luego cómo jinete y caballo regresaban del horizonte, puestos ya en armonía; y cómo el domador, tras apearse y echar abajo los cueros, palmeaba la cabeza del animal, como sellando con él un pacto inquebrantable. Te habías acercado al potro vestido de sudor, y le mirabas los ollares dilatados en ruidoso jadeo, la boca llena de sangre y espuma, los ojos húmedos de gotas calientes que al resbalar fingían el curso humano de las lágrimas. Y cuando acariciaste su belfo dolorido, llegó a tus narices el aliento vegetal del potro: un dulce y puro aliento de inocencia. Después acompañabas a Liberato hasta el aljibe fresco de aguas y musgos: apoyado en el brocal, el domador tenía la placidez juiciosa del combatiente que se ha purificado en otra batalla. Y mientras apuraba él su jarro chorreante, advertiste cómo sus ojos azules, puestos en el cenit, se humedecían de delicia. Entonces te alejaste por una tierra de color de espiga y bajo un cielo de jacinto, rumiando en tu corazón lleno de alabanzas la promesa de un canto que todavía no escribiste.

Y ahora te hallas en Buenos Aires, forastero y estudioso de la gran ciudad, a la que acabas de llegar, portador de un mensaje de frescura que no sabes manifestar aún, como no sea en exclamación o balbuceo:

En el corimbo rojo de la mañana zumban
tus abejorros, Maravilla.

Fragmento extraído de El Cartonero Cultural



Yasunari Kawabata

11 de junio de 1899- Osaka, Japón
Premio Nobel 1968





«Muchos escritores, en su juventud, escriben poesía: yo, en lugar de poesía, escribí los relatos que caben en la palma de una mano. Entre ellos hay piezas irracionalmente construidas, pero hay varios buenos que fluyeron naturalmente de mi pluma, con espontaneidad… El espíritu poético de mi juventud vive en ellos".







Canarios

Señora:
Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.
Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.
Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: "Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir".
Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?
Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.
Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros —de los que probablemente ya se haya olvidado— serían una molestia para usted.
Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted? ¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.
Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?".

Kanariya, 1924
















Lugar soleado


En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar. Fue el comienzo del amor.
De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kimono. Ante su gesto, me dije: la he disgustado con mi mal hábito. Me avergoncé y mi pesadumbre se hizo evidente.
—Fijé la vista en ti, ¿no?
—Sí, pero no es para tanto.
Su voz sonaba gentil y sus palabras, cálidas. Me sentí aliviado.
—¿Te molesta, no es cierto?
—No, de verdad, está bien.
Bajó el brazo. En su expresión se notaba el esfuerzo que hacía para aceptar mi mirada. Miré hacia otro lado, y fijé la vista en el océano.
Desde hacía mucho tenía ese hábito de fijar la vista en quien estuviera a mi lado, para su disgusto. Muchas veces me había propuesto corregirme, pero sufría si no observaba los rostros de quienes estaban cerca. Me aborrecía al darme cuenta de que lo estaba haciendo. Tal vez el hábito venía de haber pasado mucho tiempo interpretando los rostros ajenos, luego de perder a mis padres y mi hogar cuando era un niño, y verme obligado a vivir con otros. Tal vez por eso me volví así, pensaba.
En cierto momento, con desesperación traté de definir si había desarrollado esta costumbre después de haber sido adoptado o si ya existía antes, cuando tenía mi hogar. Pero no encontraba recuerdos que pudieran aclarármelo.
Fue entonces, al apartar los ojos de la muchacha, que vi un lugar en la playa bañado por el sol del otoño. Y ese lugar soleado despertó un recuerdo por largo tiempo enterrado.
Tras la muerte de mis padres, viví solo con mi abuelo durante casi diez años en una casa en el campo. Mi abuelo era ciego. Años y años se sentó en la misma habitación ante un brasero de carbón, en el mismo rincón, vuelto hacia el este. Cada tanto volvía la cabeza hacia el sur, pero nunca al norte. Una vez que me di cuenta de este hábito suyo de volver la cara sólo en una dirección, me sentí tremendamente perturbado. A veces me sentaba durante un rato largo frente a él observando su rostro, preguntándome si se volvería hacia el norte al menos una vez. Pero mi abuelo volvía la cabeza hacia la derecha cada cinco minutos como una muñeca mecánica, fijando la vista sólo en el sur. Eso me provocaba malestar. Me parecía misterioso. Al sur había lugares soleados, y me pregunté si, aun siendo ciego, podría percibir esa dirección como algo un poco más luminoso.
Ahora, mirando la playa, recordaba ese otro lugar soleado que tenía olvidado.
Por aquellos días, fijaba la mirada en mi abuelo esperando que se volviera hacia el norte. Como era ciego, podía observarlo fijamente. Y me daba cuenta ahora de que así se había desarrollado mi costumbre de estudiar los rostros. Y que este hábito ya existía en mi vida de hogar, y que no era un vestigio de servilismo. Ya podía tranquilizarme en mi autocompasión por esta costumbre. Aclarar la cuestión me provocó el deseo de saltar de alegría, tanto más porque mi corazón estaba colmado por la aspiración de purificarme en honor de la muchacha.
La joven volvió a hablar.
—Me voy acostumbrando, aunque todavía me intimida un poco.
Esto significaba que podía volver a mirarla. Seguramente había juzgado rudo mi comportamiento. La observé con expresión radiante. Se sonrojó y me lanzó una mirada disimulada.
—Mi cara dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Pero no me preocupa.
Hablaba como una criatura. Me sonreí. Me pareció que repentinamente nuestra relación había adquirido otra intimidad. Y quise llegar hasta ese lugar soleado de la playa, con ella y con el recuerdo de mi abuelo.

Hinata, 1923
Traducción de Amalia Sato. Emecé








lunes, 10 de junio de 2013

El precio de un sueño


Fue en la primera formación que sus miradas se cruzaron. Él, apuesto, elegante en su uniforme, firme y experto al dar órdenes, percibió sus ojos un poco asustados a pesar de la treintena de cadetes formados en el patio de la Escuela Militar. Ella, tímida pero segura de lo que buscaba allí: concretar el sueño de su vida.

-Pedro, ¿cómo está María?- preguntó un parroquiano al padre de la joven , pasados unos meses.
-Bien, muy bien. Además de haber ingresado a las filas militares se puso de novia- contestó con orgullo.-Pronto va a venir con el Coronel para presentarlo ya  que piensan casarse en poquito tiempo.

María estaba feliz. En la Escuela disfrutaba tanto la clase de Historia como las maniobras más complicadas. Era su vocación. Y cuando estaba en el departamento que le había alquilado Rodríguez, sentía que todo a su alrededor era perfecto, hasta la desenfrenada pasión que la embargaba.
-¿Comunicaste a tus padres que iremos a visitarlos?
-Sí, claro, están ansiosos por conocerte- respondió contenta María, sin interrumpir ni una caricia.

Un fin de semana  de junio, frío, lluvioso, llegaron en una camioneta último modelo. La mamá de María estaba pronta para el agasajo de tan esperado acontecimiento.
Emocionada, abrazó a su hija y saludó con un apretón de mano al invitado.

Pedro ya se volvía del pueblo. Había ido al bar, a juntar coraje para enfrentar al  Coronel. Apenas lo vio, no pudo contener la bronca:
-¡Fuera de mi casa, maldito sinvergüenza! Es usted un mentiroso. Vive con su esposa y sus hijos. No es la primera vez que engaña a una subordinada- gritaba con la lengua medio enredada.
-No le permito que falte el respeto. Soy el Coronel Rodríguez y nunca negué tener familia. Debería informarse usted mejor acerca de la conducta de su hija en la capital. Ella me provocaba constantemente y …uno como hombre… claro…y como militar… no se puede resistir. A la jovencita le gusta revolcarse. Es una puta más de las tantas que entran a la Escuela y buscan acomodarse con los superiores.
-¡Cállese! Ella no es así. Es una chiquilla pura, una víctima más de las que ingenuamente caen en sus redes, otra de las engañadas. Lo que no entiendo es lo del compromiso… ilusionarla con el matrimonio.
-Se equivoca, Don, nunca hablé  de casamiento. Insistía en venir y no puedo contradecirla, es un primer paso conocer la familia, no implicaba formalizar.

Pedro se abalanzó aunque su esposa, llorando desconsoladamente, logró controlarlo. María permaneció toda ella inmóvil, paralizados sus músculos desde los pies hasta los maxilares. En el tenso rostro, solo sus ojos no aceptaron bajar ni un milímetro los párpados, y clavaron en los de Rodríguez aquella ira recién descubierta. Su vocación tenía un precio: lo estaba aprendiendo.-



Gladys Calvano

Integra el Taller de Narrativa de Pasiones Literarias en la modalidad "por internet". 



sábado, 8 de junio de 2013

"¿Qué tienes para soportar la vida, corazón loco...?"- Marguerite Yourcenar

8 de junio de 1903 - Bélgica
Marguerite Yourcenar

 “Los cuatro votos budistas que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo en volver a decirlos en este momento delante de usted, porque un voto es una plegaria, y más secreto aun que una plegaria [...] Simplificando: se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio; perfeccionarse en la medida de lo posible, y por fin por numerosas que sean las criaturas que vagan en la extensión de los tres mundos, es decir en el universo, trabajar para salvarlas. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí al amor de los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de 26 siglos”.

“Si tuviera un consejo para dar a un ser joven y del cual respetara la inteligencia, el ardor o la valentía, le diría: «No te apegues. No te apegues nunca. Demasiadas servidumbres encontrarás en tu vida que te forjarás libremente y al azar, y sin saber adónde te conducirá el compromiso asumido. Por el bien de los otros como por el tuyo propio, no te apegues. La desdicha consiste en que se requiere haber estado frecuentemente apegado para conocer el precio de no estarlo».La atadura exterior tan sólo se siente, en cualquier caso, cuando el lazo interior se ha gastado o se ha roto. Pero, por otro lado, quien no se apega sólo conoce lo más superficial de los seres. [...]La libélula con cuerpo de coral, de un rosado visible solamente cuando se posa sobre mi mano. Durante el vuelo, la gasa de sus alas lo recubre”.

“Un sabio griego, Bion, [...] habría dicho la siguiente frase: «Los niños matan a las ranas por juego, pero ellas mueren de verdad». Para explicar a los niños por todos aquellos que se ocupan de la infancia.” [...]

De: Marguerite Yourcenar: Viaje y conciencia de lo universal
Por Vicente Torres






Cuento azul
Marguerite Yourcenar

Traducción de Mariana Hernández Cruz

Yourcenar, Marguerite. "Conte blue" en Conte bleu suivi de le Premier soir et de Maléfice, Paris, Gallimard, 1996.

Los mercaderes provenientes de Europa estaban sentados en el puente, frente al mar azul, bajo la sombra índigo de las velas remendadas con retazos grises. Sin cesar, el sol cambiaba de lugar entre los cordajes y el balanceo lo hacía rebotar como una pelota en una red de tejido demasiado abierto. El navío viraba continuamente para evitar los escollos, mientras el atento piloto acariciaba su barbilla azul.

Los mercaderes desembarcaron al crepúsculo en una ribera adoquinada con mármol blanco. Vetas azuladas corrían por la superficie de las grandes losas que antaño sirvieron como recubrimiento de los templos. Los mercaderes seguían el sentido del ocaso y las sombras que se alargaban detrás de ellos sobre el camino eran más delgadas, más grandes y menos negras que al mediodía, y su matiz azul pálido hacía pensar en las ojeras que se perciben bajo los párpados de un enfermo. Unas inscripciones azules temblaban en las blancas cúpulas de las mezquitas como tatuajes sobre un seno delicado y, de vez en cuando, una turquesa se desprendía del artesonado, arrastrada por su propio peso, y caía con un ruido sordo sobre el tapiz blando y ajado.

En cuanto se levantó, la luna se consagró a errar, cual vampiresa, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul como la escamosa cola de una sirena, y el mercader griego encontró en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte, un cierto parecido con las grupas lisas y azules de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su luz en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes entraron al patio de honor para resguardarse del viento del mar, pero las asustadas mujeres se negaron a recibirlos, y ellos se desollaron los nudillos en vano a fuerza de golpear las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable. El frío era tan cruel que el mercader holandés perdió los cinco dedos del pie izquierdo y una tortuga amputó dos de los dedos de la mano derecha del italiano quien, en la oscuridad, la confundió con un simple cabujón de lapislázuli. Finalmente, un negro enorme salió llorando del palacio y les dijo que cada noche las damas rechazaban su amor porque su piel no era suficientemente oscura. El mercader griego supo ganarse su benevolencia ofreciéndole como regalo un talismán hecho con sangre seca y tierra de cementerio, y el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar recomendando a las mujeres no alzar demasiado la voz para no despertar a los camellos y perturbar a las serpientes que mamaban su leche al claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres bajo los ojos curiosos de las sirvientas, entre humos de olores azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de tablones dorados, una china ataviada con un vestido anaranjado los acusó de impostores, pues los anillos que le ofrecían se volvían invisibles al contacto con su piel amarilla; ninguno reparó en una mujer vestida de negro que estaba sentada al fondo del corredor y como caminaron distraídamente sobre un pliegue de su falda, ella los maldijo en el nombre del cielo en la lengua de los tártaros, en el nombre del sol en lengua turca y en el nombre de la arena en la lengua del desierto. En un cuarto tapizado de telas de araña, no obtuvieron respuesta de una mujer vestida de gris que se palpaba incesantemente para asegurarse de que existía; huyeron de una sala color carmín donde encontraron a una mujer vestida de rojo, que se desangraba a través de una larga herida abierta en su pecho, pero ella no parecía darse cuenta ya que su ropaje no estaba manchado.

Por último, se refugiaron en donde estaban las cocinas y allí discutieron la mejor forma de llegar hasta la caverna de los zafiros. Eran interrumpidos constantemente por el paso de los portadores de agua, y un perro cubierto de sarna lamió el muñón azulado del mercader italiano que había perdido los dedos. Vieron asomar por la escalera del sótano a una joven esclava que llevaba pedazos de hielo apilados en un tazón de cristal turbio. Sin darse cuenta, ella posó el tazón sobre una columna de aire para poder levantar las manos, a modo de saludo, a la altura de su frente, donde tenía tatuada la estrella de los magos. Su cabello negro-azulado corría desde sus sienes hasta sus hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas, y su boca no era más que una llaga azul. Su vestido lavanda, desteñido por lavarse con frecuencia, estaba todo desgarrado en las rodillas pues tenía el hábito de postrarse asiduamente a rezar.

Como era sordomuda, poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes; asintió con gravedad cuando uno tras otro le mostraron el color de sus ojos en un espejo y el rastro de sus pasos sobre el polvo del corredor, indicándole que los guiara. El mercader griego le ofreció sus talismanes: ella los rechazó como una mujer feliz, pero con la sonrisa de una mujer desesperada. El mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia extendiendo su vestido desgarrado, y ellos no comprendieron si se juzgaba demasiado pobre o demasiado rica para tales esplendores.

Con la ayuda de una brizna de hierba, la joven forzó el picaporte de una puerta; se encontraron en un patio redondo como el interior de un balde, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. Luego usó su dedo pequeño para abrir una segunda puerta que daba a la llanura, y uno tras otro se adentraron en la isla por un camino bordeado de ramos de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, pequeñas y negras como víboras y como la joven no tenía una, pensaron que tal vez era un fantasma.

Las colinas, azules a la distancia, se volvían negras, castañas y grises a medida que se acercaban, pero el mercader de Turena no perdía el valor y, para reconfortarse, cantaba las melodías de su país. El mercader castellano fue atacado dos veces por un escorpión; sus piernas se hincharon hasta las rodillas y se tornaron del color de las berenjenas maduras; sin embargo, no experimentaba dolor alguno y llevaba un paso más solemne y seguro que los otros, como si se sintiera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba porque los talones de la joven estaban perlados de sangre ya que caminaba descalza sobre trozos de porcelana y vidrios.

Tuvieron que deslizarse sobre sus rodillas hacia el interior de la caverna, que no abría al mundo más que una boca estrecha y resquebrajada. Pero la gruta era más espaciosa de lo que se hubiera creído y cuando sus ojos hicieron amistad con las tinieblas, descubrieron por todas partes fragmentos de cielo entre las grietas de la roca. Un lago inmaculado ocupaba el centro de la cueva; cuando el mercader italiano le lanzó un guijarro para calcular su profundidad, no se escuchó caer, pero en la superficie se formaron burbujas como si una sirena despertada bruscamente hubiera expirado todo el aire que llenaba sus pulmones azules. El mercader griego metió sus ávidas manos en esa agua que se las tiñó hasta las muñecas, como el líquido hirviente en el barril del tintorero, mas no consiguió asir los zafiros que bogaban cual flotillas de nautilos sobre las aguas, más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y lanzó al agua sus cabellos, a los que los zafiros se prendieron como a las mallas sedosas de una red oscura. Primero, llamó al mercader holandés, quien llenó de zafiros sus zapatos, y al mercader turenés, que llenó su gorro. El mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, y el castellano se arrancó los guantes de piel de las manos sudorosas y en adelante los usó colgados del cuello, como manos cortadas. Cuando llegó el turno del mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; entonces la muchacha se quitó un pendiente de bisutería y le ordenó por señas que lo pusiera sobre su corazón.

Reptaron fuera de la caverna y la joven le pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gran piedra sobre la entrada. Después hizo un sello con arcilla y un hilo de sus cabellos. La ruta de regreso les pareció más larga que en la mañana; el mercader castellano comenzó a sufrir a causa de sus piernas envenenadas y se tambaleaba blasfemando en nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, hambriento, quiso beber de las cantimploras azules de los higos maduros, pero cientos de abejas escondidas en su sabrosa espesura le picaron en la garganta y en las manos.

Cuando llegaron al pie de las murallas, dieron un rodeo para evitar a los centinelas. Se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto porque hacía mucho tiempo que en ese país ya no se pescaban. Su barca flotaba débilmente sobre el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único vestigio de una estatua colosal erigida en honor de un dios cuyo nombre ya no recordaba nadie. En el muelle, la joven quiso despedirse de los mercaderes poniendo sus dos manos sobre su corazón, pero el griego la tomó de las muñecas y la arrastró dentro de la nave, con el propósito de venderla al príncipe veneciano de Negroponto, que amaba a las mujeres heridas o lisiadas. La sordomuda se dejó llevar sin resistencia. Al caer sobre el suelo del puente, sus lágrimas se convertían en aguamarinas, por lo que sus verdugos de las ingeniaron para hacerla llorar.

La desnudaron y la ataron al mástil. Su cuerpo era tan blanco que hubiera servido de faro a los barcos que navegaran por esa clara noche de las Islas. Cuando terminaron de jugar su partida de palillos, los mercaderes bajaron a los camarotes para dormir. Al alba, el holandés, atormentado por el deseo, subió al puente y se acercó a la prisionera para violarla. Pero la joven había desaparecido; las ataduras vacías colgaban del tronco del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus delgados y suaves pies, no quedaba nada más que un montón de hierbas aromáticas del que se desprendía un vapor azul.

Los días siguientes, la calma reinó sobre el mar; los rayos de sol que caían sobre aquel manto color de algas hacían el ruido que hace el hierro al rojo vivo cuando se sumerge en agua fría. Las piernas gangrenosas del mercader castellano estaban azules como las montañas que se advertían en el horizonte, y ríos purulentos escurrían desde las tablas del puente hacia el mar. Cuando su sufrimiento fue intolerable, sacó de su cinturón una larga daga triangular y se cortó las piernas envenenadas a la altura de los muslos. Agotado, murió al amanecer, después de haber legado sus zafiros al basiliense, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana, hicieron un descanso en Esmirna, y el mercader turenés, que temía al mar, desembarcó con la intención de continuar su viaje al lomo de una buena mula. Un banquero armenio le cambió sus zafiros por diez mil piezas de oro con la efigie de San Juan; eran perfectamente redondas y el turenés cargó trece mulas con felicidad. Pero cuando regresó a Angers después de siete años de viaje, se enteró de que la moneda de San Juan no tenía valor en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por un cántaro de cerveza subastado en el muelle, pero escupió en seguida el insípido líquido desbravado que no tenía el mismo sabor que en las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia para hacerse nombrar Dogo, pero murió asesinado al día siguiente de sus bodas con el golfo. En cuanto al mercader griego, ató sus zafiros a un largo hilo y los suspendió a los costados del barco para que el contacto con las olas favoreciera su hermoso color azul. Las húmedas piedras se volvieron líquidas y no aportaron al tesoro del mar sino algunas gotas de agua transparente; sin embargo, el mercader griego se consoló pescando peces que cocía sobre ceniza.

La tarde del vigésimo séptimo día, fueron atacados por un corsario. El mercader basiliense engulló sus zafiros para protegerlos de la avaricia de los piratas y murió desgarrado por los daños en las entrañas. El griego se arrojó al mar y fue recogido por un delfín que lo acompañó de vuelta a Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto sobre la barca en medio de cadáveres y sacos vacíos; no se habían tomado la molestia de despojarlo del pendiente de vidrio azul. Treinta días después, la barca que flotaba a la deriva entró por sí sola en el puerto de Dublín y el irlandés bajó a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Llovía. Los techos oblicuos de las casas bajas hacían pensar en grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. Los charcos salpicaban la calzada desigual; el cielo, de un marrón sucio, estaba tan cenagoso que los ángeles no hubieran osado salir de la casa de Dios. Las calles estaban completamente desiertas; una mercería ambulante, llena de cordones, zapatos y calcetines color beige, estaba abandonada  al borde de una banqueta bajo un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el portal de la catedral no hacían nada por evitar que la lluvia cayera sobre sus coronas o sus tiaras, y santa Magdalena la recibía sobre sus pechos desnudos.

El desalentado mercader fue a sentarse en un pórtico junto a una joven mendiga. Ella era tan pobre que su cuerpo azulado por el frío se veía bajo las desgarraduras de su vestido gris; sus rodillas entrechocaban ligeramente; entre los dedos cubiertos de sabañones, tenía un mendrugo de pan que el mercader le pidió por el amor de Dios. Ella se lo tendió enseguida.

El mercader hubiera querido regalarle el pendiente de vidrio azul porque no tenía otra cosa que ofrecer, pero en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello y entre las cuentas de su rosario. Y se echó a llorar porque ya no poseía nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en el que casi pereció.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en torno a ellos, la joven se estrechó contra él para darle calor. Él le pidió noticias del país y ella le respondió en el dialecto del pueblo que él había abandonado siendo muy joven. Entonces, él apartó los cabellos desordenados que cubrían el rostro de la mendiga, pero estaba tan sucio que la lluvia trazaba canales blancos sobre él, y descubrió con horror que era ciega y que su ojo izquierdo ya había desaparecido bajo una nube siniestra. Mas no por eso dejó de reposar la cabeza sobre sus rodillas cubiertas de andrajos y se durmió tranquilo, porque el ojo derecho, privado de vista, era sin embargo milagrosamente azul.

De: www.puntoenlinea.unam.mx/



El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle


Respuestas

-¿Qué tienes para consolar la tumba,
Corazón insolente, corazón en rebeldía?
El fruto maduro pesa y se desprende.
¿Qué tienes para consolar la tumba?
-Tengo el caudal de haber sido.

-¿Qué tienes para soportar la vida,
Corazón loco, corazón pronto al hastío?
Corazón sin esperanza y sin deseo,
¿Qué tienes para soportar la vida?
-Piedad, por lo que ha de pasar.


-¿Qué tienes para despreciar a los hombres,
Corazón duro, corazón rompible?
¿Qué tienes para despreciar a los hombres?
¿Qué eres más de lo que somos?
-Capaz de despreciarme.

Versión de Silvia Barón-Supervielle





Gwendolyn Brooks, una voz que debemos mantener vibrando

7 de junio de 1917
Primera escritora afroamericana ganadora del Pulitzer de Poesía.
Los Comedores de Judías

Se alimentan básicamente de judías, 
este par de viejos amarillentos.
Cenando en un acto casual.
En un simple y astillado plato 
sobre una mesa simple y crujiente,
con cubiertos de estaño.
Dos Buenas Personas.
Dos que han vivido mucho,
Aunque siempre usen la misma ropa
Y conserven sus cosas viejas.
Y recordando…
Recordando, entre parpadeos y puntadas,
Inclinados sobre las judías en un cuarto 
trasero alquilado lleno de cuentas y recibos y
muñecas y ropas, hebras de tabaco, jarrones 
y marginados.




Nosotros los más enrollados
Jugadores de Billares.
Siete en la Dorada Pala

Nosotros los más enrollados. Nosotros
Dejamos la escuela. Nosotros
Merodeamos al anochecer. Nosotros
Golpeamos despiadados. Nosotros
Cantamos al pecado. Nosotros
Rebajamos la ginebra. Nosotros
sonando jazz en junio. Nosotros
Morimos pronto



La Loca

No cantaré una canción de Mayo
Una canción de Mayo sería alegre
Esperaré hasta Noviembre
Y cantaré una canción gris
Esperaré hasta Noviembre
Que es el tiempo para mí
Saldré en la helada oscuridad
Y cantaré terriblemente.
Y toda la pequeña gente
Se me quedará mirando y dirá
“Esa es la Loca
Que no pudo cantar en Mayo”

Versiones de Carlos Bruno Castañeda



Los niños de los pobres

 1.

Las personas sin niños endurecen
alcanzan la frialdad y la insolencia
no se cuidan y van con displicencia
el huracán o el fuego acometen.
Y si la tierra entera es arrasada
mueren simplemente, agitadas
sus almas sin huellas, desmañadas
ríen o caen, tímidas, paralizadas.
Mientras tanto, en la sombra, nosotros
escuchamos impotentes el extraño
gimoteo-lloriqueo de los niños
que suave nos atrapa y hace otros,
nos conjura y convierte en azúcar
las molestias y verdades del amor.


2.

¿Qué les daré a mis hijos? Pobres son
condenados como parias de la tierra
mis dulces leprosos que no piden
ropa de terciopelo suave y tierna
pero me ruegan por un brusco giro
tomados de mi mano van gritando
no quieren seguir más de contrabando
ni ángeles, ni admirables, ni seguros.
Mi mano atosigada de pendientes
sin derecho a mi propia morada
ningún proyecto servirá de nada
ni penas ni amor serán suficientes
para afianzar a mis mitades que viajan
por el otoño helado en todas partes.

  
3.

¿Diré a mis niños que recen por rezar?
Pequeños, invadan el sobrio lugar
fantasmal, con ecos de penitentes
histéricos y arrogantes por esta vez.
Entiendan, niños, no hay pecados que expiar
protejan sus almas en normas dudosas
sean como tumbas, mulas metafísicas
aprendan que Dios no suele abandonar.
Tras el susurro de sus limpias palabras
esperaré si quieren: repasen salmos
si esto los asusta: tejan creencias
y si los desgarra: vuélvanse calmos.
En la frente y en los dedos, sean sabios,
alisten una venda para sus ojos.


[Trad. de Oscar Godoy Barbosa]
En Blog de Poesía Solidaria



La Madre



Los abortos no te dejan olvidar.
Recuerdas a los niños que recibiste
y que no pudiste recibir,
pulpas húmedas y pequeñas,
con poco o nada de pelo,
los cantantes y trabajadores
que nunca recibieron el aire.

Nunca los descuidarás ni los golpearás,
ni los callarás ni los comprarás con un dulce.
Nunca harás que dejen de chuparse el dedo
ni ahuyentarás a los fantasmas que llegan.
Nunca los dejarás,
mientras contienes un exquisito suspiro,
y regresas para hacerte un bocado de ellos,
con golosa mirada de madre.

He escuchado en las voces del viento
las voces de mis tenues
hijos asesinados.
Me he contraído. Me he aliviado.
Mis débiles amados en los pechos
de los que nunca mamaron.
He dicho, Cariños, si pequé, si les arrebaté
su suerte
y sus vidas de su alcance inconcluso,
si robé sus nacimientos y sus nombres,
sus simples lágrimas de bebé y sus juegos,
sus amores acartonados o hermosos, sus tumultos,
sus matrimonios,
sus dolores y sus muertes,
si envenené el comienzo de sus respiros,
créanme que hasta cuando más decidida fui,
no estaba decidida.
Aunque ¿por qué habría yo de gimotear,
gimotear que el crimen fue de otro y no mío?
Si de todos modos están muertos.
O más bien, o en cambio,
nunca tomaron forma.
Por eso también, me temo,
es incorrecto: ay, ¿qué debo decir,
cómo decir la verdad?
Nacieron, tuvieron cuerpo, murieron.
Solo que nunca se rieron ni hicieron planes
ni lloraron.

Créanme, los amé a todos.
Créanme, los conocí, aunque desdibujados,
 y los amé, los amé
a todos."


De: Desatando a la Mujer Fuerte, Clarissa Pinkola Estés. Editorial Diana.
De: taomujer.blogspot.com


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