martes, 11 de junio de 2013

“Sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura”- Leopoldo Marechal

11 de junio de 1900 - Buenos Aires

















Credo a la vida


Creo en la vida todopoderosa,
en la vida que es luz, fuerza y calor;
porque sabe del yunque y de la rosa
creo en la vida todopoderosa
y en su sagrado hijo, el buen Amor.

Tal vez nació cual el vehemente sueño
del numen de un espíritu genial;
brusca la senda, el porvenir risueño,
nació tal vez cual el vehemente sueño
de un apóstol que busca un ideal.

Padeció, la titán, bajo los yugos
de una falsa y mezquina religión;
veinte siglos se hicieron sus verdugos
y aun padece, titán, bajo sus yugos
esperando la luz de la razón.

Fue en la humana estultez crucificada;
murió en el templo y resurgió en la luz...
¡Y, desde allí, vendrá como una espada,
contra esa Fe que germino en la nada,
contra ese dios que enmascaro la cruz!

Creo en la carne que pecando sube,
creo en la Vida que es el Mal y el Bien;
la gota de agua del pantano es nube.
Creo en la carne que pecando sube
y en el Amor que es Dios.
¡Por siempre amén!



Adán Buenosayres


Libro Quinto, Parte I


"Que a tan doloroso extremo lo conducía." "Que solía conducirlo a extremo tan doloroso." "Que a extremo tan doloroso. . ."

Adán Buenosayres despierta con aquel jirón de frase que lo ha perseguido, como un tábano imbécil, en toda la extensión de su sueño. Y al abrir los ojos ve a su lado la figura de Irma, cuyas manos industriosas van y vienen sobre la bandeja del desayuno.

—¿Qué hora es? —le pregunta con infinito desaliento.

—Las diez y media —responde Irma.

"Que a tan doloroso extremo...”

—¿Llueve?

—Garúa.

"Y le dijo a Irma que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá..." ¡Basta! Se incorpora violentamente, y sus ojos desorientados recorren la habitación desierta. ¿Irma se ha escurrido ya? Tanto mejor.

La primera noción que se le aclara en el entendimiento le trae un gusto de hiel: recuerda que a cierta hora de aquel nuevo día tendrá que cumplir una serie de gestos ineluctables; que su rostro deberá ocupar un sitio en cierta y determinada constelación de rostros; que su voz pertenece a un coro de voces que aguardan la suya para levantarse. Y al reflexionar en ello, tiene conciencia de que no podrá ese día, ya que no halla en su voluntad ni un solo átomo vivo.

Sequedad y amargura en su boca: sí, es claro, la borrachera de ayer. Con la mayor economía de gestos Adán Buenosayres alarga su mano hasta la bandeja, vierte café puro en el tazón cotidiano y lo bebe a grandes sorbos. Delicia. Luego, no sin embutirse antes en su vieja salida de baño, se dirige a la ventana y escudriña el exterior: una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente sobre las cosas. Adán estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que, faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las semillas. Imaginación. En una soga de tender, allá enfrente, hay dos sábanas húmedas que chicotean y un calzoncillo gris lleno de viento. Y el viento anda también entre las hojas muertas, llevándose a carradas —oro y bronce— la rica metalurgia del otoño. ¡Sí, otra metáfora! En la calle, hombres y bestias desafían la bruma y son devorados por ella sin rumor alguno; porque adentro y afuera el silencio se ha extendido como una obra de tapicería. ¡Bien!

Sustrayéndose a su contemplación y al desaforado juego de las imágenes, Adán se dirige a su mesa, carga una pipa de horno ancho y la enciende. Un vellón de humo sube al techo: "¡Gloria al Gran Manitú, porque ha dado a los hombres la delicia del oppavoc!" Luego vuelve a su cama y recobra la horizontal: "Mejor es estar sentado que de pie, acostado que sentado, muerto que acostado." ¡Alegre sentencia!

Restituido a su grata inmovilidad (y la inmovilidad es una virtud de Dios, motor inmóvil), Adán Buenosayres recuerda los episodios de la noche anterior y su conducta personal en cada uno. Se asombra entonces al evocarse a sí mismo en tan extraña multiplicidad de gestos: ¡cuántas posiciones ha tomado y cuántas formas asumido el alma bruja en el espacio de una noche! Y entre tantos disfraces, la cara verdadera de su alma... ¡No! Adán se resiste a entregarse tan pronto al dolor de las ideas: es demasiado acogedora la luz que llena su habitación, y demasiado hermoso el silencio que ha traído la lluvia: el silencio y la luz parecen hermanos en aquella hora de ceniza; y luz y silencio, con su grata hermandad, le hacen posible ahora un comienzo de beatitud. Habiéndose negado él al entendimiento y a la voluntad, le queda sólo el juego de la memoria: cuando lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo! Es una serie de Adanes muertos que se levantan de sus tumbas y le dicen ahora: ¿Te acuerdas? La pipa, fumada casi en ayunas, le produce una embriaguez gemela del silencio y la luz ("por eso la hoja seca es sagrada"). Y los Adanes gesticulan, allá en el fondo, y le dicen: ¿Te acuerdas?

...Y hubo cierta edad en que los días empezaban en una canción de tu madre:

Cuatro palomas blancas,
cuatro celestes:
Cuatro coloraditas
me dan la muerte.

Cruzabas por tus días y tus noches como por una serie de habitaciones blancas y negras. El petizo lobuno era un mañero del diablo: se arrancaba freno y bozal en un mojón del palenque, y abría las tranqueras con el hocico. ¡Y el pampa Casiano, que con tanto arte mataba perdices a tiro de rebenque!

O un revuelo de campanas locas te despertó al amanecer: ¡las romerías de Maipú! Era muy temprano aún, pero latía ya en la casa un acelerado pulso de fiesta: los hombres estaban algo duros en sus ropas de domingo; muy excitadas, las tías jóvenes desplegaban telas brillantes, removían frascos de olor, cuchicheaban entre sí o reían de pronto llenas de fuego; renegando en sonoras frases vascuenses, tío Francisco luchaba con una bota que se le resistía. Más tarde, al entrar en la iglesia, el abuelo Sebastián hundió en la pila toda su mano de cíclope; la sacó chorreando, tocaste aquellos dedos nudosos y te persignaste de rodillas. Después los hombres te llevaron al almacén de Olariaga, en cuyo palenque inmenso lucía ya una hilera de vistosos caballos: adentro, junto al mostrador, se cambiaban saludos fuertes y risas como detonaciones, entre un olor de vino priorato, de talabartería y de farmacia. Y la estudiantina española entró de súbito, rascando guitarras y violines: vestían trajes llenos de luces, calzón corto, medias blancas y sombreros con plumas, y los escoltaba un cardumen de chicos alborozados. Pero tus ojos no se demoraban en ello, sino en las tres o cuatro figuras inmóviles que sonreían vaso en mano, detrás del grupo y al margen de la batahola: como el abuelo Sebastián, aquellos paisanos eran, tal vez, del tiempo de Rosas, a juzgar por sus barbas de una blancura de vellón o sus rostros atezados y con más arrugas que un papel antiguo: llevaban todavía chiripá negro, botas de potro y desusadas nazarenas en los talones; y en tu asombro de niño los mirabas como si contemplases el mismo rostro de la aventura, pues no dejabas de vincularlos a los famosos arreos de hacienda rumbo al Chubut, a las travesías legendarias por médanos y tempestades, a toda la gesta del resero antiguo, cuyo elogio habías escuchado tantas veces en cocinas llenas de humo y en boca de forasteros que llegaban y se iban inexplicablemente, como el viento. Más tarde, a mediodía, los asados humeaban, tendidos ya sobre tizones, bajo una lluvia de salmuera. Y luego se armó el bailongo a cielo abierto, hasta que la noche austral cayó sobre músicos y bailarines.

Ahora te ves en el camino de Maipú a Las Armas, tra­zado en la llanura de horizonte a horizonte. Son los últi­mos días del verano y los primeros de tu adolescencia; y estás a caballo, detrás de cien novillos rojos, envuelto en la polvareda que levantan cuatrocientas pezuñas. Te han dejado calzar las botas negras que, con el poncho de vi­cuña y el facón de cabo de plata, constituyen la sola he­rencia que recibiste del abuelo Sebastián; y el uso de aquellas botas es, a tus ojos, un comienzo de la hombría. Montado en su pangaré memorable, tío Francisco, a tu derecha, mastica el tabaco negro "La Hija del Toro" que nunca faltó en su tabaquera de buche de avestruz; y al mirarlo ahora en calma, vuelve a tu imaginación aquella noche de tempestad en que tío Francisco, ante la tropi­lla de redomones que se le desbandaba por vez tercera, se tiró de su caballo al suelo, desenvainó su cuchillo, y levantando sus ojos a las alturas desafió al propio Dios, gritándole: "¡Bajá si sos hombre!" Al frente de la tropa van Justino y el pampa Casiano, uno a la derecha y el otro a la izquierda; todos llevan en el interior del chambergo una fresca rama de duraznillo blanco, porque ya es casi mediodía y el sol dispara sus rayos verticales, co­mo un arquero enfurecido. Y es verdad que el sudor cae de tu frente y deja en tus labios un gusto salobre, y que la polvareda enceguece tus ojos y reseca tus narices, y que se aturden tus oídos con el mugir de las bestias y el alalá de los arreadores. Pero tu corazón está repicando co­mo una campanita de fiesta, y no ambicionas otra suerte que la de avanzar por un camino trazado en la llanura de horizonte a horizonte, detrás de cien novillos rojos que arden como brasas a mediodía.

¿Desde cuándo te hablaban así las formas resplandecientes de las criaturas? ¿Desde cuándo te hablaban ellas en aquel idioma que no entendías aún claramente, pero que te adelantaba la certidumbre de lo bello, lo verdadero y lo bueno, y hacía lagrimear tus ojos, y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón de responder con el mismo lenguaje? Ciertamente, una mañana, leyendo tu trabajo de colegial, don Bruno había dicho en clase: "Adán Buenosayres es un poeta"; y los chicos te observaron a fondo, como si te desconocieran. Pero, ¿desde cuándo? Señor, un niño que se aparta de los juegos, furtivamente, para tejer en los rincones una urdimbre de palabras musicales: "¡­Oh, la rosa, la triste rosa, la descarnada rosa!"

Tienes ahora dieciocho años, allá, en los campos de Santa Marta, y estás junto a Liberato Farías el domador: abajo la tierra es un gran círculo de color de espiga, trazado en torno de tus pies; arriba el cielo muestra su tez de jacinto, cúpula o flor, ¿quién sabe? Liberato ha ceñido ya sus crenchas lacias con un pañuelo de colores, y ahora se ajusta las espuelas, alegre y juicioso como un luchador que se dispone a otro combate. Veinte pasos al frente, mordiendo el freno por vez primera, con el lazo todavía en el cogote y sujetas ya las patas nerviosas con el maneador, el potro negro se revuelve, inquieto y relampagueante como una gota de mercurio: Almirón, el capataz, le agarrota el belfo con la manija de su rebenque; tío Francisco, sin soltar el lazo, estudia con ojo atento las ondulaciones del animal. Y tus miradas elogiosas discurren entre aquellas imágenes, deteniéndose, ya en el domador que a tu lado se calza, rodilla en tierra, ya en el bruto ajustado y tenso como una máquina de furor, ya en el cielo de tez de jacinto, ya en la tierra de color de espiga. Liberato está de pie; y ahora, llevándose a cuestas el envoltorio de su apero, se dirige cachazudamente hacia el grupo que ya le aguarda: no bien llega, clasifica en orden las piezas de su recado; y luego, acercándose al potro, lo recorre con ancha mano desde el pescuezo hasta la cola, semejante al músico que, antes de tocar, acaricia y tantea el cordaje de su guitarra. Las prendas del recado se deslizan ahora sobre el animal: sudaderas, mandil, caronas, bastos, la cincha que se aprieta con uñas y dientes, el cojinillo y el cinchón; mientras el potro, que ha vacilado entre el estupor y la ira, se decide al fin y trata de romper sus ataduras. Concluida la operación, Liberato monta juiciosamente y afirmándose apenas en el estribo se acomoda sobre los cueros; y sólo entonces, con amistoso ademán, ha solicitado a sus padrinos que se retiren y lo dejen a solas con su batalla. Tío Francisco deshace la manea y el lazo; Almirón suelta el belfo del animal; y uno y otro requieren sus caballos, a fin de acompañar al domador según las leyes del apadrinamiento. Sin embargo, el potro no se mueve aún, como si tuviese los remos clavados en la tierra: entonces Liberato le pone su rebenque delante de los ojos, y el animal, encabritándose, mantiene un instante la posición vertical, se sienta de pronto sobre sus cuartos, recobra el equilibrio, gira violentamente hacia la izquierda y luego hacia la derecha, no sabe si huir o revolcarse en el suelo con su jinete y todo, mientras el domador, a bárbaros tirones de rienda, le hace doblar el pescuezo en uno y otro sentido. Al fin, amontañándose todo y puesto el hocico entre las patas delanteras, el animal inicia su corcoveo, luchando por librarse del jinete que se le ciñe con el doble arco de sus piernas. Y fracasado ya todo su juego de violencias y astucias, el potro inicia una carrera loca rumbo al horizonte, asistido por su jinete que le da o le quita rienda. Tus ojos lo acompañaron en aquella fuga, y tus oídos oyeron el redoblar de los cascos en la tierra sonora como un tambor. Y viste luego cómo jinete y caballo regresaban del horizonte, puestos ya en armonía; y cómo el domador, tras apearse y echar abajo los cueros, palmeaba la cabeza del animal, como sellando con él un pacto inquebrantable. Te habías acercado al potro vestido de sudor, y le mirabas los ollares dilatados en ruidoso jadeo, la boca llena de sangre y espuma, los ojos húmedos de gotas calientes que al resbalar fingían el curso humano de las lágrimas. Y cuando acariciaste su belfo dolorido, llegó a tus narices el aliento vegetal del potro: un dulce y puro aliento de inocencia. Después acompañabas a Liberato hasta el aljibe fresco de aguas y musgos: apoyado en el brocal, el domador tenía la placidez juiciosa del combatiente que se ha purificado en otra batalla. Y mientras apuraba él su jarro chorreante, advertiste cómo sus ojos azules, puestos en el cenit, se humedecían de delicia. Entonces te alejaste por una tierra de color de espiga y bajo un cielo de jacinto, rumiando en tu corazón lleno de alabanzas la promesa de un canto que todavía no escribiste.

Y ahora te hallas en Buenos Aires, forastero y estudioso de la gran ciudad, a la que acabas de llegar, portador de un mensaje de frescura que no sabes manifestar aún, como no sea en exclamación o balbuceo:

En el corimbo rojo de la mañana zumban
tus abejorros, Maravilla.

Fragmento extraído de El Cartonero Cultural



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