domingo, 17 de agosto de 2014

Con todo cariño y pasión literaria, para G+1 gianni grego, que como italiano de pura cepa, vibra con nuestro admirado Cesare Pavese...























Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

Versión de Carles José i Solsora



The night you slept


También la noche se te asemeja,
la noche remota que llora,
muda, en el corazón profundo,
y las estrellas pasan cansadas.
Una mejilla toca una mejilla-
es un estremecimiento frío, alguien
se debate y te implora, solo,
perdido en ti, en tu fiebre.

La noche sufre y anhela el alba,
pobre corazón sobresaltado.
¡Oh rostro tapado, oscura angustia,
fiebre que entristece las estrellas,
hay quien, como tú, espera el alba
escudriñando tu rostro en silencio!
Estás tendida bajo la noche
como un cerrado horizonte muerto.
Pobre corazón sobresaltado,
en un tiempo lejano eras el alba.

Versión de Carles José i Solsora



Mañana


La ventana entornada recuadra un rostro
sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.

No hay recuerdos en este rostro.
Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Sólo un susurro
que es la voz del mar convertida en recuerdo.

En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
que se impregna de luz, alumbra el rostro.
Cada día es un milagro intemporal,
bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
y un sabor a vívido marisco.

No existe recuerdo en este rostro.
No hay palabra que lo contenga
o vincule con cosas pasadas. Ayer,
se desvaneció de la angosta ventana,
tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni humanas palabras, sobre el campo del mar.



De: http://amediavoz.com




sábado, 16 de agosto de 2014

En el hotel de la "inconsolable congoja”...


“Concurso Internacional de Cuentos Julio Cortázar”


BASES 


A cien años de su nacimiento y a treinta de su muerte, el Hotel Esplendor de Montevideo, antiguo Hotel Cervantes, donde Julio Cortázar escribió “La puerta condenada”, convoca a escritores a presentar un cuento de tema libre en idioma español.

 Podrán participar escritores, sin que importe su nacionalidad y residencia, siempre que el cuento sea presentado en el idioma anteriormente dicho y contemple las siguientes características:

1
. El cuento deberá ser original, inédito, no premiado en otros concursos.

2
Deberá tener un máximo de veinte páginas, escritas en un solo lado sobre hojas formato A4, utilizando caracteres Times New Roman cuerpo 14, con interlineado de 1,5 mm y no más de treinta líneas por página.

 3
Se presentará en un sobre cerrado que contenga una copia en papel del cuento y su versión digital en CD o similar. La recepción del sobre se hará en el Hotel Esplendor, Soriano 868, Montevideo, Uruguay. En la cara exterior del sobre, además del destinatario, dirá “Concurso Internacional de Cuentos Julio Cortázar”. Dentro de ese sobre se incluirá otro sobre cerrado en cuyo exterior constará el título de la obra y el seudónimo del participante. En su interior habrá una hoja con el nombre completo del autor, domicilio, teléfono y dirección electrónica.

Se podrá participar con una sola obra.

 4
El plazo para la recepción de los trabajos vencerá el 30 de setiembre inclusive.

5
El jurado otorgará un único premio y las menciones que considere pertinentes.

 6
La obra ganadora recibirá un premio de U$ 700 (setecientos dólares americanos) y la edición del cuento traducido al inglés y portugués.
Los autores autorizan a Hotel Esplendor a la publicación de las obras, tanto el cuento premiado como las menciones que el jurado decidiera otorgar.

 7
. El jurado estará integrado por los escritores Cristina Peri y Miguel Ángel Campodónico y el Dr. en Letras y docente Guillermo Giucci.

 8
El jurado emitirá su fallo el viernes 28 de Noviembre de 2014, día en el cual se entregará el premio y las menciones en acto público en el Hotel Esplendor. El jurado por mayoría de integrantes podrá resolver los asuntos no previstos en estas bases. El fallo será inapelable.

9
No podrán participar las personas unidas por lazos familiares a los integrantes del jurado o a los organizadores.

 10
Los cuentos no premiados podrán retirarse en el Hotel Esplendor, desde el 1 al 15 de diciembre de 2014, entre las 14 y las 18hs.

 11
Por la sola participación en el concurso los participantes aceptan las condiciones establecidas en estas bases.

Producción: pozodeagua televisión

De: www.escritores.org

Gracias, Susana Matteo, muy querida integrante de CFH PERRAS NEGRAS.








martes, 12 de agosto de 2014

Ánxel Fole, fundador de la revista Yunque, cuna de los poemas gallegos de García Lorca.

11 de agosto de 1903- Lugo, España
Escritor

¡Venía del más allá!


Fue en la feria de Rubián. Por entonces me dedicaba a comprar y vender ganado.Ganaba hasta veinte duros por semana tratando con bueyes...Era por Enero. Ya pasaran Reyes.
Yo y otros tratantes habíamos comido en casa de Tumbarón. Buen yantar, y que Dios no nos lo dé peor. Chorizos con cachelos y vino del Lor. Éramos cuatro: Chinchas, Pelandrusco, o Fogueteiro y yo. Como que come, bebe que bebe, juega que juega. El Pelandrusco nos llegó a desplumar a uno tras otro.
Me olvidé de decirles que jugábamos en un cuarto del piso. Ya habíamos vendido todo el ganado que trajéramos. Cerramos la puerta tras de nosotros; y ya comprenderán por qué. Donde hay cuartos hay que tener mucho cuidado...Venga un trago...Allí había un hombre...
No sé qué cosa de raro le encontré a su vestido. Desde luego, no era ya de nuestro tiempo. Llevaba una chaqueta de pana negra ribeteada de alpaca...Aún traía una así la mujer de don Ángel, el farmacéutico de Bóveda. Y una camisa almidonada...Déjenme recordar. Un chaleco color tabaco. Y antiparras. Era un hombre que tendría sesenta años, poco más o menos. Y parecía hombre de carrera. Como todos nosotros, estaba con las cartas en la mano. No hablaba. Me daba miedo...
Y mucho más me dio.
Iba un tute, pero ahora no sé quien ganaba. El Chinchas acababa de cantar las cuarenta, gritando muy fuerte; o Fogueteiro golpeaba la mesa con el puño; yo ...yo levantaba la cabeza para mirar aquél hombre...¡Ya no estaba allí! Miré para todos los lados. Nada. Ni que lo llevara el demonio. De verdad que no me sentía bien. Le pedí a mis compañeros que dejasen de jugar.
-¿No visteis un hombre ya viejo, de chaqueta negra, que estaba jugando frente na mí de cara a la puerta? ¿Con quien de vosotros vino? Hace un instante que desapareció, y yo no sentí abrir la puerta. ¿Quien lo vio marchar?
Nadie lo viera, o nadie reparó en él. Se pusieron a contar los cuartos. Después de muchas cuentas parecía que no faltaban ni dos reales.
Me levanté. La ventana y la puerta estaban cerradas. No entendía aquello. Pero cuando dí la vuelta para volver a sentarme, miré para un gran retrato de marco dorado que estaba en la pared, a la izquierda de la ventana. ¡Era igualito!
Al fijarme en él sentí un escalofrío en el espinazo, como cuado supiera, hacía muchos años, que me tocaba hacer el servicio en tierra de moros. Todos callaban. Oí la voz de Pelandrusco:
-Olvida eso. Debieron embrujarte cuando saliste de casa. Así Dios me salve.
Yo no estaba para risas. ¿Aquél hombre era el del cuadro! Salí fuera, y fui en busca del Tumbarón a la taberna, que estaba en el bajo. Muchos feriantes había en ella. El tabernero y sus hijas despachaban cafés, copas, vasos, pantrigo, queso...
Yo debía estar muy pálido, porque Tumbarón me preguntó:
-¿Qué te pasa? ¿Te va mal? ¿Quieres una copita de aguardiente de hierbas? Es muy buena para los males repentinos.
Aún no les dije cómo era Tumbarón. Hombre muy corpulento, fuerte como un peñasco. Cuando algún borracho esbardallaba mucho y se empeñaba en no salir de la taberna, él no andaba con requisitorias ni tonterías. Cogía un mazo de madera de acacia, que tenía para embocar las espitas en las cubas, y le asentaba dos golpes bien dados en el cogote. Con sus setenta años aún cargaba con dos fanegas de pan a la espalda. Pero esto no hacía al caso.
Fuimos los dos a una mesa apartada que estaba vacía. Mandó traer unos cafés y unas copas. Le conté lo que me pasara. Tumbarón escuchaba sin perder palabra. Cada poco encendía un cigarro.
-No creas-le decía yo-que enloquecí. Lo vi con mis propios ojos, como te estoy viendo a ti. El hombre del cuadro y el hombre que jugaba con nosotros, eran la misma persona. Tampoco se puede decir que fue el vino, pues apenas comenzaba a beber. Todo era igualito: las mejillas hundidas, los ojos fatigados. Y no era un fantasma, porque le sentí el aliento. Nadie lo vio salir, ni yo tampoco. Mejor dicho, fui el único que lo vi allí... ¿Qué te parece?
Tumbarón tardó en responder. No sé que cosa rara le noté en la mirada.
-El hombre del cuadro-dijo-murió hace más de veinte años.
Me estremecí...Siguió hablando:
-Era don Venancio, que fue médico de este pueblo. Yo lo apreciaba mucho. Me salvó de la muerte en el tiempo de la gripe. Si no fuese por él ya estaría en el nicho, debajo de las piedras. Pero él no pudo salvar a su mujer, ni a sus tres hijas. En menos de un mes las llevó la muerte a las tres. Don Venancio cambió completamente. Se dió a la bebida y jugaba todo lo que tenía. Me llevaba el demonio al verlo tumbado por los caminos. Murió en la pobreza. Sus herederos, que vinieron a hacerse cargo de lo poco que dejara, tuvieron que vender los muebles para pagar deudas. Todo lo que le quedó no valdría ni dos mil reales. Y eso que fue el mejor médico que hubo aquí. En el mismo cuarto donde están los tratantes ahora, jugaba todo lo que ganaba. Yo compré algún mueble y también su retrato. Lo tuve siempre en el cuarto de matrimonio. Pero hubo que sacarlo de allí y ponerlo donde lo has visto.
Tumbarón se acercó a mí. Echándome todo el aliento en la oreja, me dijo en voz baja:
-Mi mujer también lo vió...¿Sabes? ¡Venía del otro mundo!
Salí en busca de mis compañeros. Les grité desde el pasillo, porque no quería entrar en el cuarto. Aún estaban jugando y vociferando. Les recordé que teníamos que hacer más de cuatro leguas de camino. A fuerza de gritarles conseguí sacarlos de allí. Fuimos a la cuadra a preparar las bestias...
Era una noche estremecida. Helaba. Pronto salió la luna. Se veía casi como si fuese de día. Las bestias parece que tenían más prisa que nosotros por llegar a casa. Yo iba un poco atrás. Un extraño malestar me hacía ir callado...Sentí que una mirada me taladraba la nuca. No sé si dije bien. Ya no pude resistir más. Giré la cabeza. En una vuelta del camino había un hombre vestido de negro. Me señalaba con la mano derecha. Tenía algo en ella. No era un pañuelo; más bien una billetera...Jamás volví a coger las cartas.

De: http://es.humanidades.literatura.narkive.com



domingo, 10 de agosto de 2014

Leer, intercambiar opiniones, analizar y reflexionar... ¿Todo en compañía?

























El zumo del Taller de Lectura, después de Ciudad de Dios, de Rubem Fonseca













Favela Ciudad de Dios- Brasil

















Aquellos que entren, 
abandonen todas las esperanzas...


El zamba busca y encuentra zamba, y las playas de Río son las más cálidas del mundo. Unas mujeres hermosas bailan acompañados por caballeros con una sonrisa impecable. El verde amárelo impregna todo, el telón, los asientos, hasta el propio escenario y nosotros impávidos alucinamos con la obra. La utopía de la felicidad nos absorbe y el desfile de la ostentación nos envuelve. El orden y el progreso parecen posibles. Los rascacielos acarician los morros. La sombra del cristo abraza al Brasil entero. En este espectáculo todo es alegría, todo es amor, plenitud, felicidad y riquezas. Y es por ello principalmente que nada lo es.
Nos cruzamos con las modelos, con los futbolistas, con el alegre brasileño siempre a las risas, feliz de estar vivo,  hasta que llegamos a la puerta de salida. Sin gestos y sin nada que lo delate Rubem Fonseca, nuestro Virgilio, nos espera, y al salir del teatro y entrar en las calles Brasil nos muestra su desdentada sonrisa.

El autor no nos pasea por absolutamente nada rimbombantemente colorido, y por un momento parece que todo fuera gris, blanco, negro y por supuesto, rojo. Las calles sucias, el cielo sucio, el mundo sucio. El infierno personal por el que nos conduce nuestro guía no existe en ninguna postal turística. No aparece en ninguna comedia trillada. No respira ningún aire de progreso, y dista de la propaganda optimista que nos meten por el recto. El contra discurso violento grita por darse a conocer, y detrás de su hambre latente de alegría, aparece por un momento la suplica por un espectáculo diferente.

El Brasil de Fonseca está vivo, y es tristemente real. Sepulta todo herméticamente en una superficialidad mecánica, donde los actores se mueven, sin propósito y sin sueños, sin optimismo alguno como un gigante retrasado paseando por una ciudad superpoblada. En este infierno dantesco las putas, los maricones, los pobres, los ricos, los dementes, los psicópatas, los cerdos, los sin tierra, los sin esperanzas, los nada absolutos son los absolutos héroes. Y cualquiera puede ser asesino, cualquiera puede ser la escoria más impune. El bien y el mal si son como en la vida real, juego de conceptos para niños, y no una línea divisoria.  La contracultura del autor presenta el placer por la violación, la alegría de los pederastas y los psicópatas, el odio de los abandonados, y las pesadillas más brutales de los amantes fascistas de la crónica roja.

De un lado de la vereda, Dios es brasileño, y seduce a cualquiera con las bellezas más gratas de un Edén terrenal. Del otro, los prohibidos, las sobras, las favelas pintarrajeadas, que traspiran exclusión y alienación, el alimento de la “O globo”. En el medio, nuestro guía nos pasea, y nos relata la memoria de los que ni siquiera se les ha dejado tener historia. Pero a diferencia de “La Comedia”, en este viaje Rubem no nos conduce por el infierno para llegar al paraíso en un anhelo de amor y purificación sino todo lo contrario: nos baja como ángeles del cielo y nos arrastra en la mierda que todos -lectores y no-lectores- dejamos caer.



Carolina y Germán

Taller de Lectura "Grafo al Aire"
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS


Rubem Fonseca, el policía que creyó en la escritura.
Un autor brasileño para leer de punta a punta. 

“No hay derecho mayor y más inalienable que el derecho a soñar. El único derecho que ningún dictador puede recortar y suprimir” - Jorge Amado

10 de agosto de 1912- Bahía, Brasil
Escritor
Empezó a publicar en la década del '30 y en sus textos denunció, por una parte, el dolor y la pobreza y, por otra, la ironía, la fiesta y la alegría como herramientas populares de protesta. Absolutamente realista, mostró un profundo análisis psicológico en sus novelas que reflejaron su compromiso político al denunciar las injusticias sociales. De esa época son sus novelas "Cacau" (Cacao), "Suor" (Sudor), "Mar morto" (Mar muerto) y "Capitáes de areia" (Capitanes de la arena). En 1937 sus libros fueron quemados en la Plaza Pública de Bahía por la policía del Estado Nuevo Brasileño, y después de estar recluido tres años en una cárcel de Río de Janeiro, se exilió en la Argentina. Tras su regreso -que le valió un nuevo arresto- abandonó su país para residir en Portugal, Italia, Francia, Rusia y Checoslovaquia. Allí escribió allí los tres volúmenes de ensayos titulados "Os subterráneos da liberdade" (Los subterráneos de la libertad).



En junio de 1996, estando de visita en Italia, fue invitado al programa televisivo "Storie" que en el canal 2 de la RAI dirigía el periodista Gianni Miná (1938).

FRAGMENTOS DE LA ENTREVISTA

Hace sesenta años usted escribía uno de sus libros, una de sus obras maestras, "Capitanes de la are­na", un libro premonitorio que hablaba de los niños de la calle. ¿Cómo le vino la idea de escribir un libro sobre esos niños?

Simplemente porque era una realidad que ya es­taba presente entonces, aunque en una medida menor. "Capitanes de la arena" es un libro de 1937. ¿Cuántos niños eran abandonados en Bahía en ese momento? ¿Doscientos, trescientos? En todo el Brasil, ¿dos mil? ¡Hoy hay once mi­llones de niños abandonados! ¿Se da cuenta de cuánto cre­ció numéricamente el problema desde el momento en que yo escribí el libro y cuántos problemas se sumaron a lo largo de los años? La droga entonces no existía; hoy está, y marca a estos chicos de un modo violento, profundo. Yo verdadera­mente no sé qué se puede hacer para intentar frenar un fe­nómeno tan grande.

Brasil es el sexto país productor de alimentos del mundo, en un ochenta por ciento por las condiciones de vida de la gente. ¿Qué fue lo que engendró una tragedia semejante? ¿La economía neoliberal?

En Brasil los bienes materiales pertenecen a una minoría; la mayor parte del pueblo vive en condiciones terribles, inimaginables.

En un Brasil capaz de expresar toda esa rique­za intelectual, ¿por qué -como usted me dijo una vez- los niños han perdido la inocencia, por qué se da la des­composición de la que habla el sociólogo Betinho, "la per­versión de la sociedad brasileña"? ¿A qué se debe?

Creo que se debe a la droga, pero sobre todo a la indiferencia del gobierno respecto de este problema. Sin embargo, a pesar de esto, yo creo que el pueblo es más fuer­te que esa miseria, que esa tristeza, que esa agonía. Creo que ganaremos esta lucha.

Una gran responsabilidad debe atribuírsele -desgraciadamente- también a las naciones europeas, que se hicieron responsables del saqueo del Brasil, como lo demuestran varios documentales, entre los cuales está uno que fue exhibido por un amigo de Chico Mendes, que vino a un programa televisivo nuestro y nos habló de qué significa robar, saquear el Amazonas, que es el mayor ban­co genético, la última memoria verde no sólo del Brasil, sino de todo el mundo y, como tal, debe ser protegida y no violentada por puros intereses de carácter económico. ¡Es increíble que una riqueza semejante pueda ser desintegrada! 

¿Hay un mensaje que Jorge Amado, que es un brasile­ño que ha vivido tanto, pueda dar al final de este relato de su historia de hombre?

Yo creo que el mensaje es que debemos salvar a Brasil, tenemos que modificar las condiciones del poder para que realmente se preocupe por los problemas de la gente. El verdadero interés para nosotros es resolverlos y no seguir con enfrentamientos demagógicos para engañar a los demás. Nosotros, los brasileños, tenemos una gran responsabilidad con respecto a nuestro país y somos nosotros los que tene­mos que tratar de hacer que se transforme en un gran país.

Pero los modelos de desarrollo del Banco Mun­dial, del Fondo Monetario Internacional matarán a Brasil, le impedirán sobrevivir. Quizás una voz como la suya, capaz de recordar que todas esas recetas son mercadería envenenada, son modelos sin esperanza, podría ser una ayuda valiosa.

Son modelos sin esperanza. Y lo repito, es a noso­tros, los brasileños, a quienes nos toca la tarea de resolver los problemas del Brasil. Nosotros somos los responsables de nuestra existencia, no esos que están en el extranjero que, entre otras cosas, más que salvar, quieren conquistar el Ama­zonas, apoderarse de la selva y esclavizar a la gente que vive en ella. Nosotros somos los responsables y, dejando de lado el tiempo que tengamos que emplear, somos nosotros los que debemos cumplir este trabajo. ¡Es un deber nuestro!


De: http://eljineteinsomne2.blogspot.com







 






sábado, 9 de agosto de 2014

“Ser hombre o mujer en esta narrativa implica ejercer y recibir violencia bajo la apariencia de prácticas eróticas”- Rubí Carreño

9 de agosto de 1897- Chile
Escritora
Agregada Cultural en la Embajada de Chile en Uruguay

AGUAS ABAJO


La casa fue primero de quincha con revoque de barro. Pero, al correr del tiempo, el hombre empezó a subir lajas del río y alrededor de las paredes ya existentes hizo otras de piedra. Era como una casa metida dentro de otra casa. O, mejor dicho, como una habitación metida dentro de otra habitación, porque la casa no era sino ese espacio doblemente murado, con una puerta y dos ventanucos, si bien la rodeaban varios cobertizos que servían de cocina, establo y apeadero.

Junto al alto muro de la montaña, la casa se guarecía del viento en una entrante de la roca. Un tajo en cuyo fondo corría el río la separaba de la montaña fronteriza.

En verano el caudal del río era mísero entre las arenas y las piedras ocres; en otoño aumentaba hasta tragarse las piedras, arremolinado, precipitado, sin que nunca un remanso le diera color de cielo, ni una estrella se quedara quieta en la profunda noche de su espejo; llegaba el invierno y las finas rayas persistentes de la lluvia lo esfumaban todo, pero el ruido del agua en furiosa torrentada dominaba aun el caer de la lluvia y los tabletazos del viento, cuando no su largo aullido; la primavera provocaba con sus deshielos súbitos anegamientos que arrastraban troncos y pedruscos, formando muchas veces represas que la corriente empujaba hasta lograr un nuevo avance fragoroso. Terminaba el deshielo y el río aparecía de nuevo como un hilo cobrizo, imperceptible a veces sobre el rojizo de la arena, entre las paredes del tajo, rojas también, como las montañas mondas que limitaban el horizonte.

En la casa la existencia se guiaba por las aguas. La sequía del verano marcaba la época en que la mujer, cantando dulcemente las cuatro notas de la melodía india, bajo los cobertizos hacía sus quehaceres domésticos. La vieja hilaba, medio ciega, en su silleta frente al abismo, mirando la niebla de sus propios ojos, muy abiertos los párpados, rojiza de soles, de vientos, de años; labrada por las arrugas y con las manos extrañamente presurosas manejando el huso. La muchacha ayudaba a la madre, guiaba a la vieja, bajaba por agua hasta el río, segura de sus quince años, alta la cabeza, con la falda modelándole el vientre de suave jadear, y en la piel una tersura de fruta que se supiera a punto y con el deseo de que le hincaran los dientes. Los dos niños iban y venían, ayudando a la madre, ayudando a la vieja, ayudando a la muchacha, triscando por las montañas con las cabras, cuidando al burro, ayudando sobre todo al hombre entregado allá abajo, en el cauce seco del río, a la tarea de fraccionar los troncos, de hacerlos leña, atados que después iba a dejar al pueblito lejano; negocio para vivir, manera de arrancarle a la montaña una piltrafa que se cambiaba en monedas. Negocio para el verano, porque, después, en otoño, la lluvia iba borrando las posibilidades para este trabajo, deshaciendo en barro gredoso los caminos, impidiendo toda comunicación.

Entonces la mujer tejía mantas en el telar primitivo, la vieja continuaba hilando como siempre con los ojos fijos en su propia niebla, la muchacha iba y venía de cobertizo en cobertizo con un saco puesto en la cabeza para defenderse de la lluvia, en unión de los niños igualmente tocados. Mientras tanto el hombre, con fina pericia de artesano, tallaba la greca de los capachos. Que como las mantas eran el trabajo del mal tiempo. Pero las lluvias lo encerraban todo, todo, y la casa, sin perspectiva, se quedaba con los habitantes dentro, junto al hogar que ardía en medio, abierta una ranura en el techo para dejar salir el humo y una luz difusa entrando por los ventanucos. Parecían alelados de inacción, atentos tan sólo a que un disminuir de la lluvia les permitiera echarse afuera para rápidos trajines.

Eran apenas unas pocas horas hábiles. La luz se iba a media tarde y una vela encendía su llama vacilante, a veces, porque la mujer escatimaba ese lujo. Por lo general era suficiente el resplandor del fuego para hacer circular el mate y después se acercaban los jergones al rescoldo, uno para el hombre y la mujer, otro para la vieja y la muchacha, otro para los niños. Buscaban en la tibieza de las brasas una defensa contra el frío, que se hacía palpable, como si la noche lo empujara por las junturas de la puerta, por las rendijas de los ventanucos, por la ranura del techo y dentro de la habitación se pegara a los cuerpos. Los niños se dormían repentinamente caídos en el sueño. La vieja rezaba largos rosarios, allegándose al calor de la muchacha y con el gato negro de las supersticiones echado sobre el cuello, entre las trenzas y el rebozo. El hombre y la mujer cambiaban rituales palabras, frases sueltas, oyendo cómo las respiraciones iban haciéndose sonoras.

--¡No!
--Tán ormíos.
--La Maclovia no...
--Toos.
--¿Y la vieja?
--¿Ella? No importa...

La vieja sabía que les era indiferente que estuviera o no dormida, y cuando el primer gemido le llegaba, por un instante interrumpía el rezo, mientras una sonrisa le alzaba el labio superior, dejando al aire los boquerones de los dientes ralos. Pero a veces un gemido más agudo inquietaba el sueño de la muchacha, la ponía al borde del desvelo, cuando no la despertaba de golpe, anhelante, sabedora de lo que pasaba allí, viéndolo sin verlo, trasudando angustia, con los pechos repentinamente doloridos y los muslos temblorosos, uno contra otro, apretados. Pero volvía el silencio, y ella, resbalando por una especie de beatitud, iba sintiendo que los músculos se le distendían y que lentamente entraba de nuevo a la zona del sueño.

Hasta que la primavera limpiaba de nubes el horizonte y una bandada de cachañas pasaba gritando su alegría de sol. Entonces había que rehacer la huella que iba al pueblito, ir a vender las mantas y los capachos, comprar "las faltas".

--¿Onde'stá tu taita? --preguntó la mujer.
--Mi taita no; su marío. Tá allá, en el bajo --indicó la muchacha con un gesto.
--¿Nunca vai a entender icirle taita?
--Nunca. Mi taita murió. Este es su marío.
--Güeno... --y la mujer se la quedó mirando, apesadumbrada, sin fuerzas para luchar con esa tozudez--. ¿Querís irlo a buscar? Tá el sol alto ya y los chiquillos andan hambreados. Tanto demorarse siempre este hombre...
--Güeno pa'l trabajo... --intervino la vieja--. No debís rezongar por eso: es tentar a Dios.
--Mande uno de los chiquillos --contestó desganada la muchacha.
La mujer la miró de nuevo, con esa lentitud que le hacía los ojos como de vaca, inexpresivos. Pero de pronto reaccionó y dijo furiosa, a gritos:
--Vai a irlo a buscar... Mal mandá... No es ningún perro sarnoso pa' que no le podái hablar siquiera...

Las palabras parecían resbalar sobre la muchacha, plantada en las piernas abiertas, desnudas y fuertes, las manos cruzadas a la espalda. Miró a la mujer de soslayo, entrecerrados los ojos pestañudos; alzó los hombros y, siempre con las manos en la espalda, echó a andar por el senderito escalonado que bajaba al río.

No se daba prisa. Una cachaña que la descubriera planeaba curiosamente sobre ella, atraída por la mancha clara de su blusilla. Una cabra dejó de ramonear y también la miró curiosamente, con la cabeza en escorzo, empinada en un peñasco, prodigiosamente sostenida. La muchacha seguía andando, despaciosa, llena de sol, con los anchos pies como apoderándose de la tierra a cada paso. Se detuvo un instante y, guiada por el hacheo, torció camino porque ya sabía dónde encontrar al marido de su madre.

--Lo llaman --dijo a voces desde lo alto.

El hombre se volvió a mirarla. Estaba sobre él, en un saliente de piedras y troncos, mirándolo por entre las pestañas, seria y sin embargo con una especie de terneza que le atirantaba la boca en una sombra de sonrisa.

--Voy --contestó.

Tenía el hacha en la mano. La voleó, hundiéndola de golpe en el tronco que cortaba. Todo él pareció tenderse al esfuerzo, como si los músculos se le hicieran parte del hacha para meterse en la madera. Se volvió, restregándose las manos. Y los ojos se le soldaron a la figura alzada allí, viéndola desde abajo, con las piernas desnudas y el vientre apenas combo y las puntas de los senos altos, y arriba la barbilla y todo el rostro echado hacia atrás, deformado y desconocido, con las crenchas despeinadas por la mano del viento, mano como de hombre que la quisiera y la acariciara.

Pareció que le crecieran raíces. Se la quedó mirando, mirando. Como si las raíces se adentraran por la tierra y llegaran hasta esa obscura región de las corrientes subterráneas, napas frías y calientes, ambas subiéndole por los pies, por las piernas, por el torso; inundándole el pecho, contradictorias; llegándole hasta los brazos, hasta las manos; subiendo por los brazos nuevamente, rebotando toda esa marejada en el cerebro, golpeando allí, insistiendo allí con su fuerte fluir y refluir. Como aguas calientes y frías. Y como si el sol hubiera de pronto hecho florecer todos los retamos de la tierra norteña en que pasara la infancia y el olor fuera una borrachera que hiciera vacilar la montaña. La muchacha lo miraba, entrecerrados los párpados. El hombre se arrancó a sus raíces, las cortó de un golpe con el mismo ímpetu con que derribaba un árbol y avanzó hasta casi pegar la cara a los pies de la muchacha. Alzó los ojos. La veía siempre hacia arriba, firme y sin esquivarse. Súbitamente pegó la frente a sus piernas, alzó las manos y las pegó a las piernas. Y un momento se quedaron así, como parte del paisaje, sin pensar en nada, sintiendo tan sólo la tremenda vida instintiva que los galvanizaba.

La muchacha seguía mirándolo, más entrecerrados aún los párpados. Cuando dio un paso atrás, la cara y las manos del hombre quedaron en el aire, sin tratar de retenerla. La muchacha se dio vuelta y empezó a andar. Y el hombre, con un salto elástico, se alzó hasta el sendero y se fue tras ella, como ciego al que milagrosamente se revela la certidumbre del sol.

--Tai muy insolente vos --dijo la mujer vociferando.
--Porque pueo --contestó la muchacha con iguales voces.
--Vai a lavar la ropa.
--No quero.
--Vai a lavar la ropa.
--No quero lavar la ropa. No quero. ¿Entiende? No quero lavarla. Lávela usté.
--Vai a lavarla vos, porque yo te lo mando. Pa' eso soy tu mamita.
--No quero.
--Lo que vai a conseguir es que te largue un güen palo.
--¡Je! --rió la muchacha--. Haga la prueba no más...

No con un palo, pero sí con un bofetón intentó alcanzarla. La muchacha se esquivó rápida, y la mujer, con su propio impulso, perdió el equilibrio y fue a darse contra la batea.

--Me las vai a pagar --gritó iracunda.
--Déjala --dijo la vieja--, déjala no más. No vai a conseguir na' d'ella. Es pior que macho.
--Pero si antes no era así...
--Cosas de moza --prosiguió la vieja--. Déjala no más, ya se le pasará el emperramiento.
--Te voy a acusar a tu taita, a ver si le hacís caso...
--No es mi taita --protestó la muchacha desde lejos, apoyada en un puntal del apeadero y haciendo eses en la tierra con un pie.
--Sí, ya sé; no es tu taita, es mi marío --dijo amargamente la mujer.
--Su marío... --y entrecerró los párpados, mirándola mientras que un gesto como el de la vieja mostraba en la boca los dientes de animalillo carnicero, fuertes y crueles.
--Mejor es que te vayai pa'l alto con las cabras --interrumpió la vieja--. Son l'únicas que te aguantan.
--Tamién usté con lo que la malcría. Parece que no tuviera más nieto qu'ésta... --hizo el reproche la mujer cuando la muchacha se alejaba, como siempre las manos cruzadas a la espalda.
Parecían la réplica una de la otra: la vieja con los ojos muy abiertos, inexpresivos, toda ella como de piedra herrumbrosa, por una vez con el huso caído en el regazo y las manos sobre él, inmóviles. La mujer al frente, en otra silleta, abiertos los ojos lavados por las lágrimas, paralizadas las facciones por el dolor, las manos en el cuenco de la falda, como olvidados objetos inservibles. Atrás la casa se borraba en la sombra que lentamente subía de la hondonada precedida de un hálito fresco. En el cielo tan sólo había el tachón de una estrella y un ave porfiadamente modulaba su reclamo. La hora del crepúsculo pareció irse de súbito y en la noche quedó desparramado y vivo el insistente croar de las ranas.

--¿Y los chiquillos? --preguntó en un hilo de voz la mujer.

--Ya s'acostaron --dijo quedamente la vieja.

--¿No preduntaron na' por mí?

--Sabís lo que son. Tán locos con los dos chivitos de la Barbona.

--¿Y... ella?

--Muy suelta e cuerpo..., como si no hubiera pasao na'...

--¿Hizo ella la comía?

--¿Y quién querís que l'hiciera?

No sólo le quitaba el hombre. Le quitaba el hogar, la responsabilidad de la vida familiar, el derecho al mando. Y era su hija... Los músculos de la cara se le relajaron y por los ojos le brotó el llanto, silenciosamente, anegándole las mejillas, entrándosele por los labios, regustándole en amargor la garganta. A veces un sollozo iba a estallar, lo sentía subir desde el fondo de sus entrañas, desgarrándolas, pero la mujer apegaba convulsivamente el delantal a la boca para hacerlo morir allí, sin ruido alguno. Porque le habían dicho "que no querían oírla" tras la escena de la mañana, cuando los encontró anudados en un abrazo y estalló en ira, aullando insultos y amenazas que sólo sirvieron para que la muchacha, tranquilamente alzándose, la mirara despectiva, y el hombre, frío y brutal, la pusiera frente a la nueva situación. Ella, que hiciera lo que más le conviniera. Si quería quedarse en la casa, bueno. Si quería, se iba. Pero ni malas caras ni gritos. Podía acompañar a la vieja, hilar, tejer, lo que fuera más de su gusto. Pero "la dueña de casa" era ahora la muchacha.

--Ella es mi mujer. Mi mujer --decía el hombre, con una voz que se esparcía en el aire como trigo en el surco--. Mi mujer.

Cuando quiso agredir a la muchacha, el hombre alzó el fuerte brazo, impidiéndoselo. ¡Que le pasara el mal momento! ¡Que se fuera al río o a la montaña, que viera de sosegarse! Las cosas eran así y nada más. Cosas de la vida..., como le dijo después la vieja, cuando ella la arrastró hasta el fondo del tajo, tambaleándose ambas y abrazadas. A sus años se podía hablar así... ¡Pero ella! Con su adoración por el hombre, con su ansia de él adherida a la piel, muro que reverdece con la enredadera que le da forma. ¡La vieja! ¡Como los otros, como todos, oyendo su conveniencia! Tratando de calmarla, de hacer de todo aquello un incidente sin importancia. Queriendo volver a subir a la casa, negándole hasta eso mísero que era su compañía, dejándola sola en su desesperación, abandonada a la pena, royendo su humillación y su impotencia.

Pensó irse, andando senderos hasta no sabía dónde. Echarse al río. Subir por la montaña y tirarse por cualquier risco. Se veía extenuada por el hambre, pordiosera de los ranchos. O fría en el agua, hinchada, deforme, como a veces aparecía en la corriente un animal ahogado. O rota entre piedras y tierra. Pensaba en su muerte como en un hecho ajeno, espectadora de la reacción de los otros. Para verlos sufrir. Para verlos deshechos por el remordimiento. Para que nunca se atrevieran a mirarse, con su ánima separándolos. Lloraba asomada a la muerte y como llorando a otro muerto que no era ella. Se interponían entre esas imágenes pequeñeces de la vida diaria en que hallaba reposo: ya no sería ella quien amasara, sino la muchacha, con cansancio sobre la tabla y con la cara después ardida por el vaho del horno. Pero cuando estuvieran comiendo, a lo mejor a él no le gustaba el pan hecho por otras manos, tan regodeón como era, y la echaría de menos... Fue el cabo por el cual se asió a la esperanza. La echaría de menos... Si no en el abrazo carnal, en lo rutinario de la vida cotidiana. Puede que la muchacha terminara por contentarse con ser tan sólo "su mujer" y le fuera dejando lado a ella para ser "la dueña de casa"... Pero el que fuera "su mujer" le dolía como un dolor físico, como el sufrimiento de haberla parido a ella, a la hija, a la que ahora se lo robaba todo. Lloraba de nuevo, sola en lo hondo del tajo, junto a la impasible faz de los peñascos.

El atardecer, con su mandato de siglos, la hizo buscar furtiva el cobijo de la casa y halló a la vieja esperándola, segura de su retorno.

Ahora había que impedir que la oyeran. Por eso convulsivamente se tapaba la boca, empuñadas las manos sobre el delantal, ahogando sollozos. ¡Que no la oyeran! Había que disimularse. Desaparecer si era posible. Y esperar, esperar... Siempre hay una hora en que amanece.

--Me voy a la cama --dijo la vieja--. Hace rato ya qu'están toos ormíos.

Se alzó, buscó a tientas el bastón, agarró la silleta y se dispuso a encaminarse hacia la casa.

--¿Vos no venís? --preguntó con acento que se quebraba en una inesperada terneza.

--Ya voy, mamita --contestó la otra, alzándose también, con la sensación de que no tenía cuerpo, de que las piernas no iban a obedecerla, de que no podría sostenerse en pie y menos lograr moverse.

Pero se alzó, agarró la silleta con idéntico gesto que la vieja y tras ella, lentamente, echó a andar camino de la casa, con el espanto de ir por las cornisas de un mal sueño y la angustia del vacío acechándola a casa paso.


BRUNET, Marta. Aguas abajo. Aguas Abajo. Obras completas de Marta Brunet. Santiago, Zig-Zag, 1962. Pp.100-106.


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