jueves, 6 de marzo de 2014

Sólo quien tuvo la astucia de vender “arañas” cuando niño, pudo tener el valor y el conocimiento para evitar, cuando adulto, que su pueblo vendiera el alma al diablo. Tú sabes, Latinoamérica, a quién estamos recordando; tú sabes que hemos perdido a Hugo Chávez.



El arañero

Ustedes saben que yo vendía arañas. Desde niño, más o menos, tengo noción de lo que es la economía productiva y cómo vender algo, cómo colocarlo en un mercado. Mi abuela terminaba las arañas y yo salía disparado. ¿Pa’ dónde iba a coger? ¿Pa’l cementerio? Estaría loco. Allá estaba a lo mejor una señora acomodando una tumba, a lo mejor un entierro. Si había un entierro entonces yo aprovecharía ¿verdad? Pero no, ¿pa’ dónde? Pa’l Bolo. Más de una vez mi papá me regañó: “¿Qué haces tú por aquí?” “Vendiendo arañas, papá”. Todas las tardes, a las cinco, se veían allá los hombres del pueblo. Mi papá jugaba bolos porque él es zurdo y lanzaba bien.

En el bolo yo vendía la mitad, y después pa’l cine. La concentración, pues, en la Plaza Bolívar. A la salida de la misa estaba yo, mire, con mi bichito aquí: “Arañas calientes”, no sé qué más. Y le agregaba coplas: “Arañas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes”, “arañas sabrosas, pa’ las muchachas buenamozas”, cosas así. Arañas calientes, araña dulce, pa’ no sé qué. Yo inventaba, ya casi se me olvidaron las coplas. A las muchachas yo les cantaba. Dígame si salía por ahí Ernestina Sanetti, ¡ah!, yo le cantaba. Ernestina Sanetti, Telma González, de las bonitas del pueblo. Entonces vendía mis arañas ahí donde estaba el mercado y la concentración.

¡Cómo olvidar las fiestas de Sabaneta! Yo era monaguillo, tocaba las campanas, y había que tocarlas duro los días de fiesta. Y la abuela: “¡Huguito, hay que buscar más lechosa!”. Porque en los días normales yo vendía no más de veinte arañas dulces; eran dos bolívares con un real. En cambio, en las fiestas se vendían hasta cien arañas diarias. Mi abuela se levantaba muy temprano. Yo la ayudaba; le comía las paticas a las arañas. Y le regalaba una a Hilda, que me gustaba aquella muchachita. Me quedaban por lo menos dos lochas todos los días, para montarme en la montaña rusa y la vuelta a la luna aquella. Me gustaba ir al circo y ver a las trapecistas bonitas que se lanzaban. De cuando en cuando iba un elefante, un tigre en una jaula, y uno vivía las ilusiones del mes de octubre. Dígame en las fiestas patronales. ¡No! Estábamos en emergencia, había que buscar lechosa no sé, hasta allá en el río, porque se vendía mucho, y además no teníamos competencia. La única casa donde se hacían arañas en este pueblo era la casa de Rosa Inés Chávez. Sí, un monopolio.

Abuela Rosa / Arañas (dulce) / Hugo de los Reyes (padre) / Sabaneta


En prisión, cuando le contaba a la luna
lo que aún estaba dispuesto a enfrentar.

Ilumina a tu Pueblo, Niño Sabio.
La palabra "hermanos"
ha sido invisibilizada.
El verdadero Enemigo está afuera
y come palabras, personas, almas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

“La paura è sempre una pessima consiguiera” - Giorgio Bassani

4 de marzo de 1916- Bolonia, Italia























Me preguntas por qué y cuándo


Me preguntas por qué y cuándo
te respondo que fue así
reparar simplemente en un atardecer cualquiera
pongamos por caso -ya que ni siquiera sabemos cuál- de octubre
en cómo golpeaba la luz del sol el rosáceo
e inaccesible flanco sudeste del palacio
                         Sacchetti
-la luz golpeaba y al tiempo bañaba no sé si me
entiendes?-
reparar en las hojitas negras y agudas de la hiedra -hacía viento
¿comprendes?- recorridas a trechos
hacia arriba en el sendero de obscuras ramificaciones por una especie de
descarga eléctrica reiterada que simultáneamente
estuviese empapada sabe Dios cómo de auténtico y líquido
                           oro
y sentir deseos de pronto después de infinitos años
de reír reír y a la vez todo lo
                          contrario

Giorgio Bassani (Italia)
Del libro Epitafio (Editorial Visor).
Traducido por Carlos Manzano
Publicado en http://www.lanacion.com.ar


De: elescaramujo.blogspot.com



Epitafio


Paso veloz como el viento a lo largo
de la orilla izquierda del Magra
donde el viento enmaraña
la cabellera de los sauces.
De mí y de ti
¿qué quedará en los ojos
de quién nos haya visto?
Una imagen así,
un flash y basta,
en suma nada.


De: Portada20minutos.es


Tormentos de joven artista


Tenía necesidad, antes de que la imagen se precisara y encontrase una expresión insustituible, tenía necesidad de vivir larga y repetidamente, a una distancia de tiempo más bien considerable, las mismas situaciones. Los objetos debían volvérseme familiares al punto de odiarlos por su desoladora cotidianidad. Todo debía marchitarse dentro de mí para nacer. De ese modo las cosas que me brotaban de la pena tenían una pátina gastada y familiar y podían resultarme naturalmente tristes: eran palabras tristes y no había una explicación evidente que diese cuenta de su tristeza. Pero era un mal escritor. Siempre inexperto. Hubiera dado la mitad de mi vida para encontrar un código, la facilidad para expresarme.

Envidiaba a los superficiales, escribía poquísimo y cada vez me encontraba de nuevo, como en el comienzo, sin ningún otro recurso sino la parte marchita que estaba dentro de mí. Ninguna sintaxis, ningún vocabulario, ninguna "literatura" podían ayudarme. Era aquél de las eternas recaídas sobre el mismo inútil esfuerzo. Entre una y otra de mis páginas llenaba con encarnizamiento páginas y páginas sordas, vacías, que querían ser "tristes" de divina melancolía, pero que, en cambio, terminaban por sonar ridículamente alegres y solemnes de "literatura" tozudamente convencional. Desconfiaba de mí y pasaba días tremendos. Hasta que sin darme cuenta, casi por milagro, entraba en el corazón de un tema y lo llevaba a buen término con una facilidad que frisaba la indiferencia. Lo releía estupefacto, pero ya ansioso de descubrir la "clave", el secreto, como Teseo llevado, por mágica virtud, a violar el laberinto, reflexiona, perdida Ariadna, sobre esos pasos envueltos de milagrosa facilidad y sin embargo irrepetibles en la memoria.

De nuevo me encarnizaba, me desesperaba. Sufría todo esto como una injusticia. Las frentes de mis amigos, escritores fecundos, me parecían bendecidas por un misterioso sello, y yo las miraba con estupefacta reverencia. Pero quizá yo no era apto para la narración distendida, ya que tenía siempre necesidad de sentirme en el centro de una corriente, de un aura poética. Se trataba, sobre todo, de un defecto de inteligencia.

(Gentileza de Paola y Enrico Bassani)
Traducción de Hugo Beccacece .

De: en http://www.lanacion.com.ar





Giorgio Bassani: un poeta herido por la historia


De paso por Buenos Aires, la historiadora del arte Paola Bassani, hija del autor de Historias de Ferrara y El jardín de los Finzi-Contini , evoca en una entrevista la personalidad y la obra del gran escritor italiano, la amistad con Pier Paolo Pasolini y el clima intelectual de la posguerra. Además, se reproduce una página inédita, escrita por el novelista ferrarés cuando tenía veinticinco años, en la que analiza sin piedad su propio trabajo.

Los escritores han logrado recrear y modelar una ciudad histórica en sus novelas con tal verosimilitud y astucia de estilo que los lectores de esos libros, al pasear por las calles y los parques reales mencionados en aquellas narraciones, lo hagan llevados por el ansia de conocer las esquinas y los senderos donde los personajes de ficción se encuentran eternamente en un página para revelar un secreto, declararse enamorados o tejer una traición. Giorgio Bassani (1916-2000), el admirable autor de Historias de Ferrara y de El jardín de los Finzi-Contini , es uno de esos escasos y notables creadores que han teñido de irrealidad un espacio urbano (Ferrara) o, tal vez, han sobreimpreso una realidad más esencial, más profunda, a las descripciones de las guías de turismo y de los planos.

Bassani ha hecho lo mismo también con algunas personas. Las ha des-realizado, o más bien las ha elevado a otro nivel de realidad. Frente a mí, sentada a una mesa del café La Biela, está Paola Bassani, la hija del novelista italiano. En el prólogo de El jardín..., el narrador cuenta una excursión a unas tumbas etruscas realizada en compañía de unos amigos, en abril de 1957. En la comitiva hay una niña de nueve años, Giannina, "de carácter alegre y expansivo", cuyas preguntas llevan al narrador a decidir que, finalmente, escribirá la historia del fin de un amor de juventud y la tragedia de una gran familia judía bajo el fascismo. Aquella niña de la ficción, inspirada en Paola, es hoy la mujer que tengo delante de mí, llegada a Buenos Aires para hablar de su padre en una serie de conferencias. Historiadora del arte, especialista en el manierismo, discípula del gran estudioso Roberto Longhi y presidenta de la Fundación Giorgio Bassani, Paola es una mujer que conserva el "carácter alegre y expansivo de la niñez" y unos "ojos centelleantes" sobre los que, de tanto en tanto, "pasa una sombra de evidente pena".

Giorgio Bassani fue uno de los intelectuales italianos más activos de la segunda mitad del siglo XX. Además de escribir libros de poesía ( Storie dei poveri amanti , Astrolabio , Un´ altra libertà , Epitaffio , In gran segreto , Di là del cuore ) y de relatos ( Historias de Ferrara , Detrás de la puerta , La garza , El olor del heno ), fue redactor de Botteghe Oscure , la gran revista literaria de la posguerra. También se desempeñó como presidente de Italia Nostra (una asociación creada para defender el paisaje y el patrimonio artístico de la península) y fue vicepresidente de la RAI. Como responsable de las ediciones Feltrinelli, descubrió y publicó El gatopardo , la célebre novela del príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa que había sido ignorada o rechazada por otras editoriales. Las obras de Bassani recibieron numerosos premios, pero el nombre del autor alcanzó repercusión internacional más allá del ámbito literario por las versiones cinematográficas de La larga noche del 43 , Los anteojos de oro y, sobre todo, El jardín de los Finzi-Contini , dirigida por Vittorio de Sica y ganadora del Oscar de 1972 a la mejor película extranjera.

EL JOVEN CONSPIRADOR

El cine, precisamente, marcó la obra de Bassani desde el comienzo de los años 50. Las narraciones del autor italiano fueron escritas después de que empezó a trabajar como guionista cinematográfico y estuvieron influidas por todo lo que aprendió en ese oficio. "Michelangelo Antonioni introdujo a mi padre en el mundo del cine -recuerda Paola Bassani-. Los dos eran oriundos de Ferrara. Jugaban juntos al tenis en La Mafisa. Cuando las leyes raciales entraron en vigencia, papá, por ser judío, tuvo vedado el ingreso en el club. Pero Antonioni y él siguieron en contacto. Michelangelo se fue a Roma en 1943 y ayudó a mi padre a instalarse en la capital en la clandestinidad. Papá conspiró contra el régimen desde 1936 hasta que Mussolini fue destituido por el rey. Me interesa destacar que no esperó a que se promulgaran las leyes raciales para declararse antifascista. Aunque parezca mentira, la mayoría de los judíos de Ferrara eran fascistas, como lo era el resto de los ferrareses. En una ciudad rica y burguesa como Ferrara, el Duce era considerado, sobre todo, como el creador del Imperio. Al principio, ni siquiera las leyes raciales convencieron del todo a mi abuelo del aspecto siniestro del fascismo. Mi padre podía estudiar en la universidad; pero, ya graduado, no podía enseñar en ella. Podía hacerlo, en cambio, en los colegios israelitas. En las clases que dictaba, formaba a los muchachos, poco menores que él, en el antifascismo."

Las actividades conspirativas de Bassani consistían en reuniones entre intelectuales en las que se debatía la situación del momento y en la redacción y distribución de publicaciones antifascistas. Esta última tarea obligaba al escritor a continuos desplazamientos por la península. Los miembros del grupo al que pertenecía Bassani, origen más tarde del Partito d´ Azione, estaban consagrados sobre todo a una acción de propaganda destinada a denunciar las atrocidades nazi-fascistas y a encarar el análisis de cómo debería reconstruirse la Italia posmussoliniana. Bassani nunca participó en la lucha armada. Creía en lo que entonces se llamaba, de acuerdo con el pensamiento de Croce, "la religión de la libertad".

"En 1943, los espías fascistas ya estaban informados de los movimientos de mi padre. En mayo lo detuvieron. Con varias decenas de otros conspiradores fue encerrado en la cárcel de via Piangipane en Ferrara -cuenta Paola Bassani-. El 25 de julio, el rey destituyó a Mussolini y lo hizo arrestar. Al día siguiente, los antifascistas presos, entre ellos mi padre, fueron liberados. Papá no se hacía ilusiones, se imaginaba que las cosas iban a empeorar. Después de que Skorzeny rescató a Mussolini de su prisión en el Gran Sasso y de que el Duce, de acuerdo con Hitler, fundó la República de Salò, quedó bien claro que mi padre había acertado en sus previsiones. Les dijo a todos sus amigos y a su familia que debían abandonar Ferrara porque era una ciudad muy chica, donde todos se conocían y se sabía quién era fascista y quién no lo era. Mis abuelos y el resto de mi familia dejaron Ferrara y trataron con éxito de mimetizarse con los habitantes de ciudades más importantes donde nadie los conocía. Papá ya estaba enamorado de mi madre, Valeria Sinigallia, con la que había querido casarse cuando él todavía se encontraba en la cárcel. Las autoridades no se lo permitieron. Pero apenas quedó en libertad, los que serían mis padres contrajeron matrimonio en Bolonia el 4 de agosto de 1943.


MASACRE EN FERRARA

"En noviembre de ese año, fue asesinado uno de los jerarcas fascistas de Ferrara, Igino Ghisellini. El asesinato de Ghisellini debía ser pagado con la muerte de diez enemigos del fascismo. La madrugada del 15 de noviembre fueron a buscar a mi padre a su casa. No lo encontraron, porque había escapado mucho antes. Los adversarios del régimen fueron llevados delante del castillo estense, en pleno centro de la ciudad. A sus espaldas estaba el foso de la fortaleza; enfrente, una farmacia y el café Fis. Allí fueron eliminados con ráfagas de ametralladora. Ese episodio inspiró a mi padre la nouvelle La larga noche del 43 , llevada al cine por Florentano Vancini. Al principio, papá, escapado de Ferrara, se refugió en Florencia y, por último, en Roma. Llegó a la capital el 6 de diciembre de 1943 con el último tren que entró en la estación. Después la ciudad quedó incomunicada."

Desde 1944 hasta el final de la guerra, Bassani participó en la edición de Italia libera , el periódico del Partito d´Azione, del que había sido uno de los fundadores. El Partito era laico, no marxista, antifascista y radical. Desde Roma, Bassani y su mujer viajaban continuamente a Nápoles y a la Italia liberada, para buscar nuevos adeptos y para reunirse con otros correligionarios que trabajaban en la difusión de los ideales del grupo. En esos viajes, Bassani descubrió el Sur. En Nápoles, frecuentaba la casa del gran filósofo italiano Benedetto Croce, cuyas ideas inspiraban a los miembros del Partito d´Azione. En los viajes al sur, Bassani se abrió a un mundo más sensual y primitivo. Más tarde continuó la exploración de los paisajes y los antiguos monumentos de esas regiones y llegó a Sicilia, guiado por su amistad con el escritor Carlo Levi, el autor de Cristo se detuvo en Eboli .

"Ese período peligroso e intenso que vivió entre el 36 y el 45 fue el material con el que construyó la parte más importante de su obra -dice Paola Bassani-. Durante la guerra, en 1940, había publicado Città in pianura con un pseudónimo, Giacomo Marchi, porque como judío no podía editarse ninguna obra suya. Marchi era el apellido de mi abuela materna, que era católica. Città in pianura es el primer libro, en él aparecen el profundo lirismo y la melancolía que bañan todas sus obras posteriores. Más tarde, la guerra, la experiencia de la segregación y del fascismo le proporcionaron los temas de su obra narrativa y lo convirtieron en un autor cuya obra está marcada y alimentada por las circunstancias históricas. A esos elementos se sumó un hecho fundamental. Mi padre aprendió a contar de un modo distinto a partir de su trabajo como guionista en el cine. Debió aprender a hacerse entender por un público amplio. La posguerra vio el nacimiento del neorrealismo y mi padre estuvo directamente involucrado en ese movimiento. Se hizo amigo de Mario Soldati, el autor y director piamontés. Para él, escribió el guión de La provinciana , una película basada en un libro de Moravia, en la que trabajaba Gina Lollobrigida. Conoció a Pasolini y, desde el primer momento, comprendió que se encontraba frente a un gran escritor e intelectual. Entablaron una amistad muy profunda. Lo hizo colaborar de inmediato en la revista Botteghe Oscure y escribieron guiones juntos. Mi padre lo incorporó al grupo que elaboraba el libreto de La donna del fiume , que se filmó en Codigoro. La protagonista era Sophia Loren. Papá también colaboró con Visconti en el guión de Senso ( Livia, la historia de un amor desesperado ), un film que no tenía nada que ver con el neorrealismo, pero sí con los intereses históricos de mi padre. Como curiosidad, puedo decir que una sola vez mi papá apareció en la pantalla como actor. Se lo ve en una escena de Las muchachas de Piazza Spagna . Es el profesor que sube las escaleras hacia Trinità dei Monti. Además, dobló la voz de Orson Welles en La ricotta , de Pier Paolo Pasolini. La voz que recita la poesía de Passolini es la de papá, no la de Welles."

La experiencia cinematográfica arrancó de la literatura a Bassani, le hizo tomar contacto con la realidad y lo volvió eficaz como narrador. Más tarde el cine, paradójicamente, lo devolvió a la narración literaria mucho más maduro. Sacrificó entonces en su prosa parte del aura poética que lo caracterizaba en aras del interés del relato.

LOS BESOS DE PASOLINI

Como ejemplo de la transformación literaria que se operó en Giorgio Bassani, su hija revela que, entre los inéditos del padre, encontró una adaptación popular, para la pantalla, de Los novios , la célebre y clásica novela de Manzoni.

"Además, el cine cambió la técnica de relato de mi padre" -dice Paola-. Eso se ve en Historias de Ferrara . `El paseo antes de la cena´ se abre con la descripción, a la manera de un travelling de lo que se ve en el corso Giovecca, la calle principal de Ferrara. El narrador va contando lo que se presenta a su mirada a medida que avanza por el corso hasta que llega a dos personajes que están al final de esa perspectiva, visibles casi como dos manchas diminutas. Esas dos manchas son los protagonistas de la nouvelle . En ese recurso técnico, el Bassani escritor concilió dos tradiciones y dos técnicas: la cinematográfica y la pictórica. Papá había estudiado arte con Roberto Longhi, el gran historiador y crítico del arte. Con él, había analizado e investigado la perspectiva renacentista. El comienzo de `Un paseo antes de la cena´ es el resultado de esa combinación de conocimientos."

La amistad con Pasolini tuvo algo que ver con la escritura de Los anteojos de oro , la nouvelle en que Bassani narra la historia de un respetado y prestigioso médico ferrarés, el doctor Fadigatti, condenado a la soledad y a la marginación en cuanto se descubre su homosexualidad.

"Mi padre era un hombre más bien mujeriego. Nunca supe si alguna vez tuvo una relación homosexual. No lo creo, pero de algún modo vivió una experiencia homosexual vicaria a través de la literatura y de su amistad con Pasolini. Para escribir Los anteojos de oro , se valió de la frecuentación de Pier Paolo y de Carlo Emilio Gadda, el autor de El zafarrancho aquel de via Merulana . Papá los observaba y estudiaba para dar vida al doctor Fadigatti. En 1957, les propuso que pasaran sus vacaciones con nosotros en Antigniano, cerca de Livorno. Mis padres alquilaron unas habitaciones en una pequeña pensión e invitaron a Pier Paolo y a Carlo Emilio. De las charlas que mantuvo con ellos, de los retratos que hizo de ellos en sus cuadernos, surgieron muchas páginas de Los anteojos... De todos modos, papá decía siempre que la homosexualidad era una de las pocas cosas que le producían cierta incomodidad en el trato con Pier Paolo. Se refería sobre todo a ciertas actitudes de Pasolini. Por ejemplo, una vez, papá, que era muy tímido, había salido a caminar con Pier Paolo por las colinas de Florencia. En una vuelta del camino, vieron pasar a un obrero muy buen mozo subido a una bicicleta. Pier Paolo, arrebatado por la apostura del muchacho, le echó varios besos con la mano. El muchacho no hizo caso, pero mi padre nos contó después que, de la vergüenza, hubiera querido evaporarse. Sin embargo, había entre Pasolini y papá una gran complicidad. Papá fue la primera persona a la que Pier Paolo le leyó Las cenizas de Gramsci . Y Pasolini fue escucha atento de las Historias de Ferrara ."

EL RITMO DE LA NOSTALGIA

El jardín de los Finzi-Contini (1962) fue, en parte, una trasposición del amor de Bassani por su esposa, Valeria Sinigallia, y de las experiencias que vivió durante el fascismo. Dice Paola Bassani: "En Ferrara, una rama de mi familia materna, también judía, tenía una casa grande, con una cancha de tenis, a la que invitaban a jugar a los amigos. Allí papá conoció a mamá en 1941. Ella era una mujer muy hermosa. Su padre había heredado una gran fortuna, que terminó por perder. Mamá vivía con los suyos en Pola, cerca de Trieste, donde mis abuelos tenían una villa imponente, que había pertenecido al emperador Francisco José. Mi madre quedó huérfana de padre a los diecisiete años y entonces la familia también perdió aquella villa . Mamá se fue entonces a vivir a Venecia, al palazzo de una abuela. Entre Venecia y Ferrara, media un corto viaje de tren. Un día, mamá resolvió visitar a sus primos de Ferrara y pasar una temporada con ellos y allí, una tarde, cayó Giorgio, el joven escritor, que había ido a jugar al tenis. Se enamoraron perdidamente. Pronto papá viajó a Venecia para declarársele."

Las Historias de Ferrara y El jardín... fueron una especie de respuesta de Bassani al neorrealismo que tanto había influido en la literatura de posguerra. El hecho de que el escritor hubiera sido uno de los guionistas de ese movimiento cinematográfico hacía aún más notable el nuevo rumbo que tomaban no sólo él, sino también el pensamiento y la estética de la época.

Giorgio Bassani vino por única vez a la Argentina en 1983, en ocasión de la Feria del Libro de ese año. Daba la impresión de un hombre rígido, serio, no demasiado expresivo. En realidad, ya hacía cinco años que habían empezado a manifestarse en él los primeros síntomas del mal de Parkinson. Más tarde, también sufrió de mal de Alzheimer.

"A pesar de todo, papá supo arreglárselas en sus últimos años de producción para seguir escribiendo. Volvió a la poesía y escribió en poemas los motivos que ya no tenía tiempo ni fuerzas para desarrollar en novelas. Esos poemas son epitafios. En ellos cuenta sueños, instantes cruciales de una existencia, pero sobre todo, detalles mínimos y reveladores de la vida diaria. Ya no tenía fuerzas para recrear una ciudad, como había recreado Ferrara. Durante un tiempo, papá se refugió en Lucania, en el sur de Italia, donde tenía una casa con un panorama maravilloso. Se hizo amigo de los vecinos con los que comentaba pequeños hechos cotidianos. Le pareció encontrar allí algo del clima de la Ferrara preindustrial de su infancia. Ese fue otro lazo que compartió con Pasolini: la nostalgia de ese mundo antiguo, regido por otro tiempo, por otro ritmo. Cuando sus fuerzas y su conciencia ya no le permitieron seguir labrando con letra diminuta sus poemas-epitafios en cuadernos cuadriculados, sobrevino el silencio."

Por Hugo Beccacece
de la Redacción de LA NACION

De: Suplemento Cultural de La Nación.com.ar







martes, 4 de marzo de 2014

"El atractivo de su cuento está en su forma de narrar"- H. P. Lovecraft

Arthur Machen
3 de marzo de 1863 - Reino Unido

Los niños felices



Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al "Distrito Nordeste". Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un «escondrijo» por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o qué esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas.

Me dirigí, pues, al Distrito Nordeste, el domingo 26 de diciembre de 1915, y continué mis investigaciones a partir de la Bahía Helmsdale, que es un pequeño pueblo marítimo situado a tres kilómetros escasos del cabo Malton. La gente de los prados y las marismas también se había enterado de la fábula, considerándola con supremo desdén. Por lo que pude averiguar, dicho cuento había tenido origen en los juegos de unos niños que durante el verano habían vivido en Helmsdale. Habían improvisado un burdo drama de espías alemanes y su captura, y habían utilizado la Caverna Helvy, situada entre Helmsdale y el cabo Malton, como escenario de sus juegos. Esto era todo; aparentemente, los bobos habían hecho el resto; los bobos que creían de todo corazón a los «rusos», y se persignaban ante aquel que expresaba sus dudas respecto a los «Ángeles de Mons».

-Los niños forjaron un cuento que no se creían -me espetó un habitante del pueblo, que seguramente me juzgó más prudente que otras personas.

Naturalmente, no podía comprender, pese a todo, que un periodista tiene dos deberes: proclamar la verdad y denunciar la mentira.

A primeras horas de la tarde del lunes, ya había terminado con los «alemanes» y su escondite, y decidí detenerme en Banwick antes de regresar a casa, pues había oído comentar a menudo que era un lugar bellísimo y curioso. De modo que cogí el tren de la una y media, y empecé a internarme, deteniéndome en muchas estaciones desconocidas en medio de las grandes mesetas; cambié de tren en Marishes Ambo, y proseguí el viaje por un territorio extraño, a la escasa luz de la tarde invernal. De pronto, el tren abandonó el terreno llano y comenzó a descender por una cañada profunda y estrecha, oscurecida por bosques a cada lado, amarillenta por las ramas quebradas, solemne en su soledad. Lo único que se movía era el río acaudalado y turbulento que espumeaba sobre las rocas, y formaba plácidos remansos en las orillas.

Los oscuros bosques se diseminaron en grupos de antiguas matas de espinos; grandes rocas grises, de formas raras, surgían del suelo; y otras dentadas se elevaban hacia las alturas a cada lado de la cañada. El río iba creciendo y ensanchándose, y siguiendo su curso llegamos a Banwick al ponerse el sol.

Contemplé la maravilla de la ciudad a la luz del crepúsculo, rojizo por occidente. Las nubes ensombrecían los rosales; había mares de verdor por entre islas de luz carmesí; y nubes relucientes como espadas flamígeras, como dragones de fuego. Y por debajo de aquellos colores, de aquellas luces confundidas se veían las luces del puerto abajo, y más arriba, al otro lado del puente, la abadía en ruinas y la inmensa iglesia en la colina.

Salí de la estación por una antigua calle, tortuosa y estrecha, con recintos cavernosos y patios que se abrían al otro lado, y tramos de peldaños que ascendían hacia las terrazas de las casas, o descendían al puerto y a la marea del agua. Distinguí muchas casas torcidas, casi hundidas por el peso de los años, casi por debajo del nivel del suelo, con techumbres de troncos de árbol derruidas y portales encorvados, con rastros de grabados grotescos en sus muros. Y cuando llegué al muelle, al otro lado del puerto había la más asombrosa confusión de techos de tejas rojas que había visto en mi vida, y la gran iglesia normanda de color gris, en la colina pelada que los dominaba. Más abajo, las barcas se balanceaban con la marea, y el agua ardía en los fuegos del atardecer. Era la ciudad de un sueño mágico. Estuve en el muelle hasta que en el cielo hubo desaparecido todo resplandor, y las aguas y la noche invernal quedaron completamente a oscuras en Banwick.

Hallé una vieja posada junto al puerto. Los muros de las habitaciones iban al encuentro unas de otras, formando unos extraños e inesperados ángulos; había agudas proyecciones y raras junturas de ladrillos, como si una habitación tratase de internarse en otra; había indicios de escaleras imprevistas en los rincones de los techos. Mas también había un bar donde Tom Smart había gustado de sentarse, con un buen fuego de leños, viejos sillones y bastantes perspectivas de conseguir «algo caliente» después de cenar.

Me senté en tan agradable lugar una hora o dos, y conversé con la amable gente del pueblo que entraba y salía. Todos me hablaban de las viejas aventuras o la industria de la población. Antaño era un gran puerto ballenero, y tenían unos magníficos astilleros; y más adelante, Banwick fue famoso por su corte del ámbar.

-Pero ahora ya no es nada -se entristeció un parroquiano del bar-, y nosotros nada poseemos.

Salí a dar una vuelta antes de cenar. Banwick estaba en tinieblas, en espesas tinieblas. Por buenos motivos, no ardía en sus calles ni una sola luz; y apenas se distinguían algunos resquicios luminosos a través de los visillos de las ventanas. Era como andar por una ciudad de la Edad Media, con las formas antiguas de las casas apenas visibles en la oscuridad, formas que me recordaban los cuadros extraños y cavernosos del París y Tours medievales que trazó Doré.

Apenas había nadie en las calles; aunque todos los patios y callejones parecían llenos de niños. Divisé a varios corriendo aquí y allá. Y nunca había oído unas voces infantiles tan felices. Unos cantaban, otros reían, y atisbando por una de las oscuras cavernas, percibí un corro de niños que danzaban, dando vueltas y más vueltas, cantando con voces muy diáfanas una bella melodía; seguramente una tonadilla local, supuse, ya que se trataba de unas modulaciones que jamás había escuchado.

Regresé a la posada y hablé con su propietario respecto a la gran cantidad de niños que jugaban en las oscuras calles y en los patios, y en lo felices que todos me habían parecido.

Durante un instante me contempló fijamente y al fin me dijo:

-Bueno, caballero, los niños andan un poco sueltos estos días. Sus padres se hallan en el frente, y sus madres no pueden dominarlos ni sujetarlos en casa. De modo que todos se han vuelto un poco salvajes.

Había algo raro en su expresión. Pero no conseguí descubrir en qué estribaba la rareza. Y me di cuenta de que mi observación le había dejado inquieto, pero yo ignoraba en absoluto qué le pasaba. Cené y me senté un par de horas a discutir de los «alemanes» en su escondite del cabo Malton.

Terminé mi relato del mito alemán, y en vez de irme a la cama, decidí que debía dar otra vuelta por Banwick, envuelto en su maravillosa oscuridad. De modo que salí y crucé el puente subiendo por la calle del otro lado, donde se veía (se hubiese visto en pleno día) el amontonamiento de tejados rojos casi unos encima de otros, que había contemplado aquel atardecer. Ante mi asombro, vi que los extraordinarios niños de Banwick continuaban en la calle, alborotando, jugando y riendo, bailando y cantando, por las escaleras que daban a los patios interiores, pareciendo de esta forma que flotasen en el aire. Sus alegres carcajadas resonaban como campanadas en la noche.

Eran las once y cuarto cuando salí de la posada, y estaba precisamente pensando que las madres de aquella población eran excesivamente indulgentes con sus hijos, cuando éstos empezaron a entonar la antigua melodía que ya había escuchado antes. Las diáfanas y modélicas voces se elevaban en la oscuridad: a lo que me pareció, por centenares. Yo me hallaba en una callejuela, y vi con gran estupor que los niños pasaban ante mí en una larga procesión que ascendía por la colina hacia la abadía. Ignoro si había aparecido una luna muy pálida, o si las nubes pasaban por delante de las estrellas; pero el aire se aplacó, y conseguí divisar a los niños con toda claridad, andando lentamente y cantando, en un transporte de exaltación en tanto entonaban la dulce melodía en medio del bosque invernal, que en aquellos momentos parecía transformado por una temprana primavera.

Todos vestían de blanco, algunos con extrañas marcas en sus cuerpos que, supuse, tenían cierto significado en aquel fragmento de místico misterio que estaba yo contemplando.

Muchos llevaban coronas hechas con algas húmedas en torno a las sienes; uno mostraba una cicatriz pintada en la garganta; un chiquillo llevaba una túnica abierta, y señalaba una profunda herida encima del corazón, de la que parecía manar sangre; otro niño tenía las manitas muy separadas, con las palmas llenas de espinos y sangrando, como si se las hubiesen atravesado. Uno de los cantores llevaba un bebé en brazos, e incluso éste presentaba una herida en la cara.

La procesión pasó ante mí, y oí cantar a los niños mientras seguían ascendiendo por la colina hacia la antigua iglesia. Regresé a la posada, y al atravesar el puente me asaltó de repente la idea de que era el día de los Santos Inocentes. Sin duda, acababa de presenciar una confusa reliquia de alguna tradición medieval, por lo que al llegar a mi destino le formulé al posadero unas preguntas al respecto.

Entonces comprendí el significado de la extraña expresión que antes había observado en su rostro. Empezó a temblar y a estremecerse de horror; y luego se alejó de mí como si yo fuese un mensajero de la muerte.

Unas semanas más tarde estaba leyendo un libro titulado Los antiguos ritos de Banwick. Lo había escrito, en el reinado de la reina Isabel I de Inglaterra, un autor anónimo que había conocido el esplendor de la antigua abadía y la desolación que la asoló. Y hallé este pasaje:

«Y en el Día de los Inocentes, a medianoche, se celebró un maravilloso y solemne servicio religioso. Ya que cuando los monjes terminaron de cantar el Tedeum en los maitines, subió al altar el abad, espléndidamente ataviado con una vestidura de oro, por lo que era una maravilla contemplarle. Y también entraron en el templo todos los niños de tierna edad de Banwick, todos ataviados con túnicas blancas. Luego, el abad empezó a cantar la misa de los Santos Inocentes. Y cuando terminó la consagración de la misa, se adelantó hasta el Santo Libro el niño más pequeño de cuantos se hallaban presentes y podían estar de pie. Y este niño llegó al altar, y el abad lo instaló en un trono de oro reluciente, y se inclinó y lo adoró, entonando:

Talium Regnum Celoerum, Aleluya. De éste es el Reino de los Cielos, Aleluya.

Y todo el coro cantó en respuesta:

Amicti sunt stolis albis, Aleluya, Aleluya. (Vestidos están con túnicas blancas, Aleluya, Aleluya).

Y el prior y todos los monjes, por orden, adoraron y reverenciaron al niño que se hallaba sentado en el trono.»

Yo había presenciado la procesión de la Orden Blanca de los Santos Inocentes. Había visto a los que salían cantando de las aguas profundas donde se hallaba el Lusitania; había visto a los mártires inocentes de los campos de Flandes y Francia regocijándose ante la idea de oír misa en su morada espiritual.
  

De: CiudadSeVa.com


Arthur Machen o el horror en la ciudad

Guillermo García

Facultad de Ciencias Sociales
Universidad Nacional de Lomas de Zamora
Argentina

(Fragmentos)


A partir del primer cuarto del siglo XIX, cuando los perfiles de la vida moderna principian a consolidarse definitivamente, se torna inevitable reformular los códigos de la narración fantástica en Occidente. Una vez eclipsado el viejo orden absolutista, y aunque secretamente las codicien a fin de legitimarse, el imperio creciente de la casta burguesa nada entenderá de estirpes, blasones, tortuosas genealogías y culpas ancestrales, tan sombrías y recónditas para su mentalidad como los ruinosos castillos que las albergaban. La superioridad de la sangre dará paso, entonces, al poder que el dinero confiere.

En efecto, la pregunta se abocará, a partir de entonces, a interrogar por el dónde, el cuándo y el qué del relato de horror. En otras palabras, se vuelve necesaria por parte del género una readaptación de los escenarios y los temas. Dos narraciones de Poe —“Manuscrito hallado en una botella” (1833) y “El hombre de la multitud” (1840)—, resultan ejemplificadoras al respecto. Mientras que el Manuscrito encontrado en Zaragoza (1806/1813), la novela del polaco Jan Potocki, representaría en este contexto un fulgurante canto de cisne.

(...)

“Entre los creadores actuales del miedo cósmico que han alcanzado el más alto nivel artístico son pocos los que pueden compararse con el polifacético Arthur Machen”, dictaminó Lovecraft en El horror en la literatura, para en seguida especificar que “su poderosa producción de horror, a finales del siglo XIX y principios del XX, sigue siendo única en su clase, y marca una época distinta en la historia de este género literario”.

A continuación, el discípulo norteamericano destaca lo que a su juicio constituye una de las marcas sobresalientes de su ‘maestro’. Escribe: “Machen, dotado de una impresionante herencia céltica unida a vivos recuerdos juveniles de los montes remotos, bosques y misteriosas ruinas romanas de la región de Gwent, ha vivido una vida imaginativa de rara belleza, intensidad y fondo histórico”.

En efecto, a un avisado lector como Lovecraft pareciera no escapársele que la consecuencia predominante de las fantasías de su mentor radicaba en la sutil e inesperada conjunción de lo arcaico y lo moderno o, en otros términos, de la pervivencia soterrada del primero en los ámbitos ‘visibles’ donde el segundo actualmente impera.

(...)

Ahora bien, ¿constituye la ciudad un lugar apto para la irrupción de lo fantástico? O, en otros términos, ¿cómo hacer para situar lo innominado, ‘eso’ que por definición escapa a todo registro estadístico y representativo, en el seno del orbe ciudadano, aquel regido justamente por tales parámetros?

Una de las formas será confundiendo el signo de lo otro, la alteridad, en la marea de la multitud. Así lo ensaya Poe en el mencionado cuento. Ese será el principio, también, de numerosas narraciones policiales, sobre todo las adscriptas a la vertiente clásica.

La otra posibilidad consiste en insertar lo monstruoso en los ‘intersticios urbanos’.

En el caso puntual de Arthur Machen, determinados lugares o, más valdría decir, ‘no lugares’, son los privilegiados cuando de aludir a horrores innominados se trata. Los personajes tras los cuales se escuda el narrador para abordar tales sucesos, a su vez, suelen ser perfiles homólogos a los del detective razonador de los primeros policiales. Desocupados flaneurs, económicamente desahogados, cultos y educados, verdaderos hommes de letres las más de las veces, se dedican a rastrear, tal como hacía el narrador de “El hombre de la multitud” poeniano, tipos, conductas o parajes que ‘salgan de lo común’.

(...)

Así, podría hablarse de una geografía puntual en Machen donde los excesos del mal y el espanto emergen y se expanden con plena seguridad: los pasajes callejeros y los interiores de respetables mansiones. Lugares ambos que, bien mirados, constituyen sendos ‘reversos’ del orbe multitudinario. El amparo que avenidas, cafés, restaurantes, plazas y pobladas veredas prodigan a perseguidores y perseguidos, cesan absolutamente en aquellos, privados, sustraídos a la mirada pública, al tráfago de las multitudes, sitios propicios para que lo atávico contamine, aunque más no sea momentáneamente, las estribaciones de lo moderno.

(...)


En la cosmovisión de Arthur Machen la malignidad opera en el plano de la más inmediata materialidad, esto es, que maniobra sobre los cuerpos sometiéndolos a las inimaginables formas de tormento que dictan los excesos nacidos de la perversión y la tortura.

Al igual que las incisiones de su coetáneo Jack el Destripador, la prosa de Machen también se complace en diseccionar todo lo que de artificial poseía el estricto encauzamiento que la moral victoriana imponía sobre cuerpos y conductas.

(...)

Lo perturbador de Machen radica en que lo desconocido late en el seno de lo doméstico, forma parte de los sustratos olvidados de la propia historia. Podríase hablar, en este sentido, de unas paradójicas fronteras interiores. Así, si el vampiro procedía de los confines del imperio, la ‘gente menuda’ proviene del corazón del Reino y de las capas interiores del propio acervo folklórico.

No obstante, ambas manifestaciones tienen en común el no ajustarse al esquema biologicista del saber positivo.


(...)


Uno de los rasgos sobresalientes de la concepción macheniana del horror radica en el hecho de que lo monstruoso se sustrae a toda forma de discurso. Enmascarado tras los perfiles de la vida ordinaria, lo atroz escatima una y otra vez la representación directa, hecho que contribuye a conferirle un plus de abominación y espanto. En efecto, escapar al discurso es escapar a la descripción y, por ende, a la forma. Entonces, es el signo de lo informe (o preformal) ese que se adivina en los mejores momentos del galés. Dicho signo, por lo demás, se halla descontando desde el vamos, poniéndolas en tela de juicio, toda una serie de categorías fundamentales del pensamiento positivista. Para empezar, el decir estadístico de la ciencia. O, en especial, la tesis biológica del evolucionismo y su gemela en el campo histórico social, la del progreso ilimitado.

No será extraño, entonces, que el discurso que se aboque a dar cuenta de lo monstruoso adopte formas particularísimas. Arribamos así a una última y breve cuestión, de índole estrictamente literaria, referida a las técnicas utilizadas por Machen cuando de construir un relato se trata.

Hablando, pues, del modo de narrar, difícil será no aludir a las destrezas desplegadas por el galés en el campo de la fragmentación y la discontinuidad.


De: Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid


El ciclo de las estaciones para los celtas.


domingo, 2 de marzo de 2014

Ryunosuke Akutagawa: demasiado cuerdo para aceptar el mundo tal cual era.















Cuerpo de mujer


Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.


Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.


1º de marzo de 1892 - Tokio

sábado, 1 de marzo de 2014

Precursor de la Vanguardia nicaragüense: José Coronel Urtecho

28 de febrero de 1906

EL TIGRE ESTÁ EN LA NIÑA

                                                                 Tiger! Tiger! burning bright
                                                                 In the forest of the night
                                                                                              William Blake


El tigre está en los ojos
Preso entre curvas mansas, perezosas
Despertando del lodo como vegetaciones
Entre panales y gorgeos al borde de la cama
El grifo abierto, el rumor, el vapor de la bañera
El zumo de naranja, las tostadas
Todo lo que se apunta con la lengua del lápiz
El gesto de la mano que suelta una paloma
Los pechos como nidos ocultos en las ramas
Y una serpiente dulce como un canto
Entre viejas consolas y entre jaulas de flores

Buenos días, muchacha hace tiempo olvidada
No despiertes del todo en la visita
Sigue tus infalibles líneas ecuatoriales
Siempre dormida, virginal, obscena

Conoces tú a la dama de la mano en el pecho?
El tigre está en la niña del ojo de la mujer.



IDILIO EN CUATRO ENDECHAS

        I

De nuevo. Sí. De nuevo
siento que voy, que llevo.

En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.

Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.

Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.

        II

Te quiero
en diciembre, en enero.
Te quiero día a día, el año entero.

Te quiero
bajo el naranjo y bajo el limonero.

        III

Ya parece que sí, que te das, que te entregas.
Pero te busco a tientas, busco a ciegas,
busco donde no estás, donde no llegas.

Tus manos en mis manos tiemblan de frío.
¿En dónde está tu corazón, en dónde el mío?
En tu abandono estás desfallecida.
¿Qué se hizo tu sangre, tu vida?

No sabes tú, ni quieres
saber quién soy, quién eres.
Despierta. Escucha, escucha lo que digo.
Lejos estás de mí si estás conmigo.

IV

Olvida
mi vida, tu vida.
Mira que el día nuevo
es tiempo de relevo
y deber militar.

Vienen tiempos de guerra
y de sangre en la tierra,
en el aire, en el mar.

Deja el recuerdo perdido
en el mar del olvido.
Deja el recuerdo en el mar.

Mira que tú has nacido
sólo pra el olvido,
sólo para llorar.

Olvidar y llorar en el mar.


De: elplacard.blogspot.com

viernes, 28 de febrero de 2014

¡Gracias a todas las personas que se han integrado!

Talleres anuales teórico-prácticos

¡Últimos horarios disponibles!

* Grupales:




S  de Narrativa:

Sábados:
de 14.00 a 15.30 horas
de 17.00 a 18.30 horas




S de Poesía: 
Martes:
de 18.00 a 19.30 horas

Sábados:
de 15.30 a 17.00 horas


Inscripciones:
(previa entrevista personal)
literaturaenprimavera@gmail.com
098 466 781
095 906 118

Para los Talleres 
* Personalizados  

*a Distancia  
las inscripciones pueden efectuarse en cualquier fecha., aunque los cupos horarios son igualmente limitados.


En Julio, publicaremos la producción 2013-2014.
¿Vas a perderte esa hermosa experiencia?


 Pasiones Literarias
Centro de Formación Humanística
PERRAS NEGRAS


(Las imágenes han sido extraídas de Pinterest, un mar de belleza)