domingo, 22 de diciembre de 2013

Inscripciones abiertas para Talleres de Verano





Cierre de inscripciones: 6 de enero de 2014.
(Imprescindible agendar una entrevista previa)


Costos Promocionales para dos personas  en:
  • Taller de Iniciación a Narrativa
  • Motivación a la Escritura


Comienzo del Ciclo de Verano: 15 de enero de 2014.


“El corazón es una tierra que cada pasión conmueve, remueve y trabaja sobre las ruinas de las demás” - Gustave Flaubert






CAPÍTULO VI


Emma había leído Pablo y Virginia y había soñado con la casita de bambúes, con el negro Domingo con el perro Fiel, pero sobre todo con la dulce amistad de algún hermanito, que subiera a buscar para ella frutas rojas a los grandes árboles, más altos que campanarios, o que corriera descalzo por la arena llevándole un nido de pájaros. Cuando cumplió trece años, su padre la llevó él mismo a la ciudad para ponerla en un internado. Se alojaron en una fonda del barrio San Gervasio, donde les sirvieron la cena en unos platos pintados, que representaban la historia de la señorita de la Valliere17. Las leyendas explicativas, cortadas aquí y a11í por los rasguños de los cuchillos, glorificaban todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas de la Corte. Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la llevaban a la capilla, adonde se entraba desde el refectorio por un largo corredor. Jugaba muy poco en los recreos, entendía bien el catecismo, y era ella quien contestaba siempre al señor vicario en las preguntas difíciles. Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en medio de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se fue adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la frescura de las pilas de agua bendita y del resplandor de las velas. En vez de seguir la misa, miraba en su libro las ilustraciones piadosas orladas de azul, y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado Corazón atravesado de agudas flechas o el Buen Jesús que cae caminando sobre su cruz. Intentó, para mortificarse, permanecer un día entero sin comer. Buscaba en su imaginación algún voto que cumplir. Cuando iba a confesarse, se inventaba pecaditos a fin de quedarse allí más tiempo, de rodillas en la sombra, con la cara pegada a la rejilla bajo el cuchicheo del sacerdote. Las comparaciones de novio, de esposo, de amante celestial y de matrimonio eterno que se repiten en los sermones suscitaban en el fondo de su alma dulzuras inesperadas. Por la noche, antes del rezo, hacían en el estudio una lectura religiosa. Era, durante la semana, algún resumen de Historia Sagrada o las Conferencias del abate Frayssinous18, y, los domingos, a modo de recreo, pasajes del Genio del Cristianismo19. ¡Cómo escuchó, las primeras veces, la lamentación sonora de las melancolías románticas que se repiten en todos los ecos de la tierra y de la eternidad! Si su infancia hubiera transcurrido en la trastienda de un barrio comercial, quizás se habría abierto entonces a las invasiones líricas de la naturaleza que, ordinariamente, no nos llegan más que por la traducción de los escritores. Pero conocía muy bien el campo; sabía del balido de los rebaños, de los productos lácteos, de los arados. Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de provecho personal; y rechazaba como inútil todo to que no contribuía al consuelo inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que artístico, buscaba emociones y no paisajes. Había en el convento una solterona que venía todos los meses, durante ocho días, a repasar la ropa. Protegida por el arzobispado como perteneciente a una antigua familia aristócrata arruinada en la Revolución, comía en el refectorio a la mesa de las monjas y charlaba con ellas, después de la comida, antes de subir de nuevo a su trabajo. A menudo las internas se escapaban del estudio para ir a verla. Sabía de memoria canciones galantes del siglo pasado, que cantaba a media voz, mientras le daba a la aguja. Contaba cuentos, traía noticias, hacía los recados en la ciudad, y prestaba a las mayores, a escondidas, alguna novela que llevaba siempre en los bolsillos de su delantal, y de la cual la buena señorita devoraba largos capítulos en los descansos de su tarea. Sólo se trataba de amores, de galanes, amadas, damas perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios, mensajeros a quienes matan en todos los relevos, caballos reventados en todas las páginas, bosques sombríos, vuelcos de corazón, juramentos, sollozos, lágrimas y besos, barquillas a la luz de la luna, ruiseñores en los bosquecillos, señores bravos como leones, suaves como corderos, virtuosos como no hay, siempre de punta en blanco y que lloran como urnas funerarias. Durante seis meses, a los quince años, Emma se manchó las manos en este polvo de los viejos gabinetes de lectura20. Con Walter Scott, después, se apasionó por los temas históricos, soñó con arcones, salas de guardias y trovadores. Hubiera querido vivir en alguna vieja mansión, como aquellas castellanas de largo corpiño, que, bajo el trébol de las ojivas, pasaban sus días con el codo apoyado en la piedra y la barbilla en la mano, viendo llegar del fondo del campo a un caballero de pluma blanca galopando sobre un caballo negro. En aquella época rindió culto a María Estuardo y veneración entusiasta a las mujeres ilustres o desgraciadas: Juana de Arco, Eloísa, Inés Sorel, la bella Ferronniere, y Clemencia Isaura para ella se destacaban como cometas sobre la tenebrosa inmensidad de la historia, donde surgían de nuevo por todas partes, pero más difuminados y sin ninguna relación entre sí, San Luis con su encina, Bayardo moribundo, algunas ferocidades de Luis XI, un poco de San Bartolomé, el penacho del Bearnés, y siempre el recuerdo de los platos pintados donde se ensalzaba a Luis XIV21. En clase de música, en las romanzas que cantaba, sólo se trataba de angelitos de alas doradas, madonas, lagunas, gondoleros, pacíficas composiciones que le dejaban entrever, a través de las simplezas del estilo y las imprudencias de la música, la atractiva fantasmagoría de las realidades sentimentales. Algunas de sus compañeras traían al convento los keepsakes22 que habían recibido de regalo. Había que esconderlos, era un problema; los leían en el dormitorio. Manejando delicadamente sus bellas encuadernaciones de raso, Emma fijaba sus miradas de admiración en el nombre de los autores desconocidos que habían firmado, la mayoría de las veces condes o vizcondes, al pie de sus obras. Se estremecía al levantar con su aliento el papel de seda de los grabados, que se levantaba medio doblado y volvía a caer suavemente sobre la página. Era, detrás de la balaustrada de un balcón, un joven de capa corta estrechando entre sus brazos a una doncella vestida de blanco, que llevaba una escarcela a la cintura; o bien los retratos anónimos de las ladies inglesas con rizos rubios, que nos miran con sus grandes ojos claros bajo su sombrero de paja redondo. Se veían algunas recostadas en coches rodando por los parques, donde un lebrel saltaba delante del tronco de caballos conducido al trote por los pequeños postillones de pantalón blanco. Otras, tendidas sobre un sofá al lado de una carta de amor abierta, contemplaban la luna por la ventana entreabierta, medio tapada por una cortina negra. Las ingenuas, una lágrima en la mejilla, besuqueaban una tórtola a través de los barrotes de una jaula gótica, o, sonriendo, con la cabeza bajo el hombro, deshojaban una margarita con sus dedos puntiagudos y curvados hacia arriba como zapatos de punta respingada. Y también estabais allí vosotros, sultanes de largas pipas, extasiados en los cenadores, en brazos de las bayaderas, djiaours, sables turcos, gorros griegos, y, sobre todo, vosotros, paisajes pálidos de las regiones ditirámbicas, que a menudo nos mostráis a la vez palmeras, abetos, tigres a la derecha, un león a la izquierda, minaretes tártaros en el horizonte, ruinas romanas en primer plano, después camellos arrodillados; todo ello enmarcado por una selva virgen bien limpia y un gran rayo de sol perpendicular en el agua, de donde de tarde en tarde emergen como rasguños blancos, sobre un fondo de gris acero, unos cisnes nadando. Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la cabeza de Emma, iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante ella unos detrás de otros, en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano de algún simón retrasado que rodaba todavía por los bulevares. Cuando murió su madre, lloró mucho los primeros días. Mandó hacer un cuadro fúnebre con el pelo de la difunta, y, en una carta que enviaba a Les Bertaux, toda llena de reflexiones tristes sobre la vida, pedía que cuando muriese la enterrasen en la misma sepultura. El pobre hombre creyó que estaba enferma y fue a verla. Emma se sintió satisfecha de haber llegado al primer intento a ese raro ideal de las existencias pálidas, a donde jamás llegan los corazones mediocres. Se dejó, pues, llevar por los meandros lamartinianos, escuchó las arpas sobre los lagos, todos los cantos de cisnes moribundos, todas las caídas de las hojas, las vírgenes puras que suben al cielo y la voz del Padre Eterno resonando en los valles. Se cansó de ello y, no queriendo reconocerlo, continuó por hábito, después por vanidad, y finalmente se vio sorprendida de sentirse sosegada y sin más tristeza en el corazón que arrugas en su frente. Las buenas monjas, que tanto habían profetizado su vocación, se dieron cuenta con gran asombro de que la señorita Rouault parecía írseles de las manos. En efecto, ellas le habían prodigado tanto los oficios, los retiros, las novenas y los sermones, predicado tan bien el respeto que se debe a los santos y a los mártires, y dado tantos buenos consejos para la modestia del cuerpo y la salvación de su alma, que ella hizo como los caballos a los que tiran de la brida: se paró en seco y el bocado se le salió de los dientes. Aquella alma positiva, en medio de sus entusiasmos, que había amado la iglesia por sus flores, la música por la letra de las romanzas y la literatura por sus excitaciones pasionales, se sublevaba ante los misterios de la fe, lo mismo que se irritaba más contra la disciplina, que era algo que iba en contra de su constitución. Cuando su padre la retiró del internado, no sintieron verla marchar. La superiora encontraba incluso que se había vuelto, en los últimos tiempos, poco respetuosa con la comunidad. A Emma, ya en su casa, le gustó al principio mandar a los criados, luego se cansó del campo y echó de menos su convento. Cuando Carlos vino a Les Bertaux por primera vez, ella se sentía como muy desilusionada, como quien no tiene ya nada que aprender, ni le queda nada por experimentar. Pero la ansiedad de un nuevo estado, o tal vez la irritación causada por la presencia de aquel hombre, había bastado para hacerle creer que por fin poseía aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido como un gran pájaro de plumaje rosa planeando en el esplendor de los cielos poéticos, y no podía imaginarse ahora que aquella calma en que viva fuera la felicidad que había soñado.


Para todas las Emas de todos los tiempos, desde Lilith


sábado, 21 de diciembre de 2013

"Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso, aprendemos siempre"- Paulo Freire











"de los apasionados es mi reino" Gonzalo Rojas

20 de diciembre de 1916 - Lebu, Chile

La poesía es mi lengua



Abro mis labios, y deposito en la atmósfera un torrente de sol,
como un suicida que pone su semilla
en el aire cuando hace estallar sus sesos en el resplandor del laberinto.

Ya sé que el sol de la muerte me está haciendo girar en un eterno proceso
de rotación y traslación llamado falsamente Poesía.
A veces, como hoy, esta aparente confusión me hace reír a carcajadas.
Este torbellino de palabras volcánicas como una erupción,
que son una amenaza para los sacerdotes del soneto y el número.

Pero es un sol innumerable lo que me sale por la boca,
como un vómito de encendido carbón qué me abrasara las ideas y las vísceras.

Estoy perdido para el mundo,
aunque mi reino sean todos los mundos posibles,
porque yo soy el testigo de mi propia creación.
Mi creación es mi pasión. Por eso hago soplar los vientos
para que den testimonio de mis llamas.

Yo estoy en el medio de las pasiones que imitan la ululación de mi cólera,
porque de los apasionados es mi reino.
Cada lágrima derramada con pasión es un grano de arena robado al desierto del vacío.
Cada beso es una llama para el resplandor de los muertos.

Que el tiempo de los encantos es un baile de máscaras,
y nada vale rehuir su hechizo.
Las personas son máscaras; y las acciones juegos de enmascarados.
Los deseos, contribuyen al desarrollo normal de la farsa.
Los hombres denominan toda esta multiplicidad de seres y fenómenos,
y consumen el tesoro de sus días disfrazándose de muertos.

Yo vi el principio de esta especie de reptil y de nube.
Se reunían por la noche en las cavernas.
Dormían juntos para reproducirse.
Todos estaban solos con sus cuerpos desnudos.
En sus sueños volaban como todos los niños,
pero estaban seguros de su vuelo.

He nacido para conducirlos por el paso terrestre.
Soy la luz orgullosa del hombre encadenado.
Soy el torrente que echa a volar la moda y la costumbre,
y me encarno en los hombres de mil naturalezas
porque gusto mostrarme como un monstruo,
para que el hombre entienda cuándo soplan mis vientos.

Yo canto por la lengua de los arrebatados,
los que me identifican con su sangre y su rostro.

Todo hombre vuelve a mí cuando sube a buscar
el origen de su soledad que tanto lo alucina.
Cuando niños, los hombres me dan su corazón.
Después empiezan a podrirse,
y pierden el contacto con su animal sagrado.

El hombre que quería ser Dios, se está muriendo desde el comienzo de sus días.
El guerrero que quiso toda la superficie del planeta,
se está muriendo.
El hombre que soñaba
la conquista del sol, se está cada mañana obscureciendo.

Todo, y todo,
y todo
se está muriendo de sí mismo.

Pero yo soy el viento que sopla sobre el mar del tormento y del gozo.
El que arranca a los moribundos su más bella palabra.
El que ilumina la respiración de los vivientes.
El que aviva el fuego fragmentario de los pasajeros sonámbulos.

Yo soy el viento de su origen
que sopla donde quiere.

Mis alas invisibles
están grabadas en su esqueleto.
En este instante,
todos los hombres están oyendo mi golpe y mi palabra,
pero los dejo en libertad.


De La miseria del hombre, 1948




Remando en el ritmo



Cada lágrima derramada con pasión es un grano de arena robado al desierto del vacío.
Cada beso es una llama para el resplandor de los muertos.

1945

De Oscuro, 1977



Acorde clásico


Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando
como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza
para pasar por el latido precioso
de la sangre, fluye, fulgura
en el mármol de las muchachas, sube
en la majestad de los templos, arde en el número
aciago de las agujas, dice noviembre
detrás de las cortinas, parpadea

en esta página.


¿A qué mentirnos?


Vivimos, gran Quevedo, vivimos tiempo que ni se detiene, ni tropieza, ni vuelve.

¿A qué mentirnos con la llama del perfume, con la noche moderna
de los cinematógrafos, antesalas terrestres del sepulcro?
Pongamos desde hoy el instrumento en nuestras manos.
Abramos con paciencia nuestro nido para que nadie nos arroje por lástima al reposo.
Cavemos cada tarde el agujero después de haber ganado nuestro pan.

Que en esa tierra hay hueco para todos: los pobres y los ricos.
Porque en la tierra hay un regalo para todos:
los débiles, los fuertes, las madres, las rameras.
Caen de bruces. Caen de cabeza o sentados.
Por donde más les pesa su persona, todos caen y caen.
Aunque el cajón sea lustroso o de cristal. Aunque las tablas
sin cepillar parezcan una cáscara rota con la semilla reventada.

Todos caen y caen, y van perdiendo el bulto en su caída,
¡hasta que son la tierra milenaria y primorosa!





Carta del suicida


Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el estómago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una piedra bajo la corriente cambiante.

Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
Unas sobre otras hasta consumirse.

Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,
Me sigue a donde voy y me sirve de hada.

 De: AMediaVoz.com


Ganador de la Orden al Mérito Docente
y Cultural "Gabriela Mistral".


jueves, 19 de diciembre de 2013

Guido Gossano, poeta "crepuscular"

19 de diciembre de 1883 - Turín


LA AUSENCIA


Un beso. Y va lejos. Desaparece
en el fondo, allá donde se pierde
la calle boscosa, que parece
un gran corredor en el verde.

Rememoro aquí donde hace poco
vestía el bello traje gris:
vuelvo a ver el crochet, las novelas
y cada sutil vestigio...

Me inclino en el balcón. Abandono
la mejilla sobre la baranda.
Y no estoy triste. No estoy
más triste. Esta noche retorna.

Alrededor declina el verano.
Y sobre un geranio bermellón,
agitando las alas caudales,
planea un enorme Papilio...

El azul infinito del día
es como la seda bien extendida;
pero sobre la llanura serena
la luna ya piensa el regreso.

La charca brilla. Se calla
la rana. Pero guiña un resplandor
de un fuerte verde esmeralda, de brasa
azul: el martín pescador.

Y no estoy triste. Pero me quedo
perplejo si miro el jardín...
¿Perplejo de qué? Nunca me he
sentido tan niño...

¿Perplejo de qué? De las cosas.
Las flores me parecen extrañas:
aunque hay siempre rosas,
aunque hay siempre geranios...



De: letras.s5.com


Poetas crepusculares


Poetas italianos de principios del siglo XX, que, pese a tener una idea común de la poesía, no formaban una verdadera escuela y no elaboraron una poética precisa.

El principal representante del grupo fue Guido Gozzano (El camino del refugio, 1907; Los coloquios, 1911); otros exponentes fueron Sergio Corazzini, Marino Moretti y Fausto Maria Martini. El término crepuscular fue empleado por primera vez por Giuseppe Antonio Borgnese en una reseña que subrayaba el tono humilde, sosegado y un poco triste de su poesía. En efecto, tanto los temas como las opciones expresivas de estos poetas producen un efecto de modesto realismo cotidiano. El lenguaje es sencillo, las palabras pertenecen con frecuencia a la lengua hablada, el verso tiende a la prosa porque el mundo representado está hecho de "pequeñas cosas de pésimo gusto", por citar un verso de Gozzano. En este mundo doméstico se mueven personajes corrientes que viven existencias humildes y banales, como la señorita Felicitá, ama de casa feúcha, protagonista de una célebre poesía de Gozzano. Frente a este mundo provinciano, la actitud del poeta es de melancolía junto a una clara conciencia de distanciamiento irónico.
Todo esto no significa en absoluto que la poesía crepuscular sea ingenua y simple; al contrario, la elección literaria de estos autores es rigurosa y consciente. Si por una parte rechaza y supera el modelo noble y grandilocuente de Gabriele D’Annunzio, a pesar de que imita una colección suya de poesías de tono muy sosegado, concretamente, el Poema paradisíaco, no obstante, sigue modelos italianos y extranjeros concretos, como la poesía prosaica del tipo de Vittorio Betteloni, y el simbolismo de Giovanni Pascoli, Paul Verlaine y algunos poetas decadentes flamencos y franceses, como Maurice Maeterlinck, Georges Rodenbach o Jules Laforgue.





En contraste (no absoluto) con la poesía dannunziana, fue característica de la primera década del siglo XX la lírica de los "crepuscolari", modestos, sencillos, lunares, lácteos y coloquiales en su tono, dentro de las formas elementales. Los dos más típicos murieron jóvenes, de tuberculosis, enfermedad de poetas: Sergio Corazzini, en 1907, fecha de las selvas vanguardistas italianas y Guido Gozzano, cuando Marinetti era un mito de automóviles. No fueron, como digo, poetas que se acercaron a la vanguardia, tan en boga entonces, sino que en ellos había una sentimentalidad que se refrenaba con una sobriedad que hacía pensar, por ejemplo, en Leopardi, si bien en tono más áulico, sino en lenguaje corriente: "Vendrá la paz con las manos juntas // pero no las oirás, tú, pequeña, venir // Volverá, sabes, todos los días // un poco, sin decirte nada; y, mira // será como si cantases una // plegaria...", y en este plan, escribió Gozzano.


De: http://emilioarnao.blogspot.es


Ítalo Svevo, un escritor rescatado de la indiferencia por otro escritor


Aron Héctor Schmitz o Ítalo Svevo
19 de diciembre de 1861 - Triest

Nada menos que
James Joyce,
su maestro de inglés,
se erigió en su guía literario
y se atrevió a emitir opinión
contraria a la de la crítica
italiana 
de la época.


Interesado en las prácticas de Freud,
 Svevo planteó en su novela
 “La conciencia de Zeno” la recurrencia 
a la terapia para la cura del abatimiento.
También fue un pionero 
de las técnicas innovadoras
 de la narrativa del XX, 
pues introduce allí la ficcionalización
 del material autobiográfico 
en la figura de varios de los personajes.


"Mi mujer, Livia"


Una vez convencida de que Ettore estaba bien muerto (caramba, ¡hacía seis meses que no lo veían!), Livia se dejó convencer para que aceptara otro novio. Lo recibió creyendo de buena fe que estaba enamorada. Era apuesto y buen mozo, fornido, muy tieso; tenía unos dientes preciosos y un par de bigotes nada fin de siècle ; last but [not] least , era rico.

Antes de la entrevista, Olga se preocupó de aleccionarla. No confiaba mucho en el incipiente amor de su hija y quería dejarle bien claro que, en aquella relación, lo que su corazón no le dictara, el interés debía sugerírselo.

-Compórtate bien, y piensa que para nosotros quizá sea una suerte que Ettore haya muerto. Éste tiene...

Y, con un gesto de la boca, le dio a entender «dinero».

Livia no replicó: se hacía cargo de que efectivamente era así, y el sentido común le aconsejó no protestar. Dedicó un suspiro a la memoria del ausente, que estaba muerto, recordó que él no le había hecho otra recomendación que la de ser feliz y... se resignó. Le dijo al recién llegado que hacía mucho tiempo que lo amaba; se habían conocido cuando Ettore aún vivía y, si no se había enamorado de él desde el primer momento, la culpa era del destino, que había hecho que ella ya estuviera prometida.

El otro escuchaba sonriente, muy convencido de su buena estrella. Sin mostrar la menor sorpresa, se atusó el flamante bigote negro y dijo con calma:

-Lo sé, lo sé. Ya me había dado cuenta.

Livia se sorprendió. Aquello no era cierto, y desde luego a ella, en su lugar, le hubiera costado creerlo. ¡Qué fácil de engañar era éste! A Ettore todo se le volvían suspicacias; el nuevo novio quedaba convencido así sin más de lo primero que una decía.

Olga dejó a la pareja a solas, para darles tiempo de conocerse más a fondo.

Él fue directo a abrazarla y a besarla en la boca en plan conquistador; a ella le costó un poco, pero se acordó de los consejos de su madre y respondió al abrazo poniendo cara de contenta. Un ruido detrás de la puerta los interrumpió (el ánima de Ettore, que rebullía).

Así pues, estaban conformes.

A continuación, él emprendió una larga parrafada -a todas luces preparada de antemano- con la que le explicó largo y tendido lo que él consideraba el ideal de esposa. Parte de lo que dijo coincidía con lo que había dicho Ettore. Este otro también se casaba con una mujer para que ella viviera exclusivamente para él.

La diferencia estaba en que Ettore no había dicho que la mujer de César no debía dar pie ni siquiera a que hablaran de ella; la mujer de Ettore no era la mujer de César.

-El pasado te pertenece -añadió-. Pero (y aquí se enroscó los bigotes con ademán imperativo) quiero conocerlo.

Ella, no sin vacilar un poco, se lo contó. Le habló de K., y él no abrió la boca.

Le habló de M., y se burló de ella. Por fin se disponía a hablarle de Ettore, pero él la interrumpió:

-Ése no. El recuerdo de Ettore no me preocupa -dijo en un tono tranquilo de superioridad que hizo que la puerta emitiera un crujido doloroso.

-Ya me ha dicho tu madre que lo soportabas por compasión.

Ella lo miró estupefacta; pero como la salida le pareció de lo más cómodo, no llegó a responder.

Aunque ya estaba muerto y bien muerto, Ettore moría por segunda vez.


Traducción: Luisa Juanatey


De: DDOOSS.com



ARTE

        
   Nació un artista y miró en derredor en busca de ideas, pero, además de éstas, tuvo en seguida —cosa curiosa— experiencia y concluyó: «Primero debo tener el dinero suficiente y después vendrá el arte». Siguió mirando el mundo, pero, en lugar de obtener de él imágenes y colores, estudió, con ojos de zorro, su propio interés. Después, cuando tuvo el dinero, pensó que había llegado el momento de dejar actuar al alma de artista que, como sabía, abrigaba dentro de sí y esperó las imágenes, los colores y las ideas, pero nada se le ocurrió y permaneció solo y desconsolado con su dinero, mientras el deseo de la única vida animada, la del pensamiento, ya no le permitía disfrutarlo, y entonces pensó: «Tal vez este pesado dinero me tenga acogotado, sometido como una cadena». Se apresuró a desprenderse de él y volvió a esperar que su destino se vivificara, pero ni siquiera entonces obtuvo satisfacción, porque su pensamiento seguía colmado con el recuerdo del dinero que había logrado y de aquel del que se había desprendido. Cuando murió, preguntó, afligido, a su Creador: «¿Por qué me hiciste creer que me habías concedido un alma de artista?»
   Y el Creador le respondió: «El alma que ahora vuelve hasta mí es la de un artista, pero olvidaste traer contigo tu organismo para que yo viera por qué tu alma resultó sofocada por él».
   «Apestaba tanto», dijo el artista, «que no podía traerlo conmigo».
   «Yo creo que ya antes apestaba», dijo el Creador.

De: documentaminima.blogspot.com


LA LIBERTAD


La puertecita de la jaula había quedado abierta. El pajarito se plantó, con un ligero salto, en la entrada y desde allí miró el vasto mundo primero con un ojo y después con el otro. Por su cuerpecito pasó el estremecimiento del deseo de los espacios vastos para los cuales estaban hechas sus alas, pero después pensó: "Si salgo, podrían cerrar la jaula y yo quedaría preso fuera". El animalito volvió a entrar y poco después vio, con satisfacción, cerrarse la puertecita que sellaba su libertad.




martes, 17 de diciembre de 2013

“En el aroma vertical del jazmín” - Jorge Arbeleche


Desde allí, 
te invitamos a integrarte en

Talleres Literarios de Verano 2014
(a partir del 15 de enero)

grupales / individuales / a distancia


Inscripciones hasta el 27 de diciembre
para:

Iniciación a Narrativa / Poesía / Dramaturgia / Guion
Y yo, ¿quién soy? (“Escrituras del Yo”)
Grupos de Lectura

Motivación a la escritura

Redacción y Estilo

Corrección de Textos ya producidos
Asesoría Literaria para editar











En:
ü     Motivación a la escritura: 
     2 personas por $ 840

ü     Iniciación a la Narrativa: 
     2 personas por $ 1200


Por consultas:

literaturaenprimavera@gmail.com

por mensaje o llamada a:
098 466 781
095 906 118


Ineludibles: entrevista previa e inscripción

Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS


Serán también muy bienvenidos/as en:
bocalcorazon.blogspot.com
(Servicio de mediación cultural a domicilio)

domingo, 15 de diciembre de 2013

"... me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo"... Rayuela


a los que resolvieron dedicar un tiempo al descanso, después de un año muy complejo, tanto a nivel individual como social.

No padecen estos/as compañeros/as esa extraña "enfermedad" que nuestro Juan Carlos Onetti, en una entrevista televisiva española, bautizó "literatosis". 

Según narra Iván Thays en "La disciplina de la vanidad", un joven periodista llegó inoportunamente a la casa del escritor y no sólo lo encontró despojado de su prótesis dental sino que se atrevió a demostrar con los consabidos gestos su percepción de un extraño olor en el ambiente. 
Onetti verbalizó que los dientes se los había prestado a Vargas Llosa y que el hedor tenía una explicación, pues sólo estando "muy podrido de literatura" tiene un escritor un motivo real para escribir.

Quizá a ello se deba el corto lapso de un mes que determinaron. (En un mes, no sanan de literatosis).


Simultáneamente, otras personas, por diferentes motivos,resuelven que éste es el momento justo para contagiarse, y se acercan ahora, en pleno verano. Nuestra bienvenida afectuosa.

Las inscripciones cierran el 27 de diciembre. No se trata de que posteriormente resulte imposible integrarse; se trata de que el Centro respeta esencialmente el derecho a la participación plena y por ello trabaja con grupos pequeños, intentando coordinar días y horarios viables para el colectivo.



A todos/as, nuestro intenso deseo del mejor acopio de energías para el 2014. Las necesitaremos, en especial para concretar la democrática opción grupal de publicar la producción literaria del año en curso para los primeros meses del 2014.

Varias experiencias anteriores muy gratificantes administran nuestra cordura, pues "de nada sirve abrir una puerta con pasión si luego no podrás cerrarla con honor y satisfacción".