miércoles, 10 de julio de 2013

"Somos la misma cosa, yo, tú" - Nicolás Guillén

10 de julio de 1902


Tengo


Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero, como se dice en español.

Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.
Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tenis y no yacht,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.
Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.


Tomado de Tengo, en Obra poética 1920-1972, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972.


No sé por qué piensas tú


No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.

Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?

Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.

Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.

Ya nos veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
adónde vamos yo y tú...
¡No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!


Tomado de Cantos para soldados y sones para turistas, en Obra poética 1920-1972, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972.


De: Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, 1997-20131997-2013. Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es


La muralla

Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
- ¡Tun, tun!
- ¿Quién es?
- Una rosa y un clavel...
- ¡Abre la muralla!
- ¡Tun, tun!
- ¿Quién es?
- El sable del coronel...
- ¡Cierra la muralla!
- ¡Tun, tun!
- ¿Quién es?
- La paloma y el laurel...
- ¡Abre la muralla!
- ¡Tun, tun!

- ¿Quién es?
- El alacrán y el ciempiés...
- ¡Cierra la muralla!
Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y a la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla...
Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.


Canción de cuna para despertar a un negrito


Una paloma
cantando pasa:
—¡Upa, mi negro,
que el sol abrasa!
Ya nadie duerme,
ni está en su casa;
ni el cocodrilo
ni la yaguaza,
ni la culebra,
ni la torcaza...
Coco, cacao,
cacho, cachaza,
¡upa, mi negro,
que el sol abrasa!

Negrazo, venga
con su negraza.
¡Aire con aire,
que el sol abrasa!
Mire la gente,
llamando pasa;
gente en la calle,
gente en la plaza;
ya nadie queda
que esté en su casa...
Coco, cacao,
cacho, cachaza,
¡upa, mi negro
que el sol abrasa!

Negrón, negrito,
ciruela y pasa,
salga y despierte,
que el sol abrasa,
diga despierto
lo que le pasa...
¡Que muera el amo,
muera en la brasa!
Ya nadie duerme,
ni está en su casa:
¡coco, cacao,
cacho, cachaza,
upa, mi negro,
que el sol abrasa!


Nicolás Guillén













“ser negro es un problema
de los que no se pueden resolver”
(De "Brindis", dedicado a
Josephine Baker 
después de haberle sido impedido
su ingreso a un bar )




Estos extraños momentos

El arte es la red fatal que atrapa el vuelo,
como grandes mariposas misteriosas,
de estos extraños momentos que escapan a la inocencia
y a la distracción de los hombres comunes

Giorgio de Chirico

Grecia: 10 de julio de 1888









"Hebdómeros"  (Fragmento)


...Hebdómeros fue a acostarse y no despertó al día siguiente hasta muy tarde. Aun despierto no podía decidirse a levantarse; entonces permaneció unas cuantas horas más en su cama meditando y por fin se decidió a mirar qué hora era en el reloj que siempre dejaba sobre una silla, junto a su cama; eran las cinco de la tarde. La hora, pensó Hebdómeros, que en los doce meses del año corresponde a septiembre. Entonces comprendió que hubiera sido lógico por su parte de cerrar, al concluir ese mismo día, su ciclo metafísico. Prefería el orden y la lógica a la armonía; desde el momento en que el azar (u otra cosa) le había llevado a consultar su reloj justo en el minuto en que las agujas marcaban la hora correspondiente al mes de septiembre, más valía aprovechar ese afortunado azar y no buscar, como se suele decir, tres pies al gato. Comprendió que lo que esperaba, no era la felicidad, tal como suponen en general los hombres; no se trataba en absoluto de sentir ese frío en el estómago, esa sensación de malestar e inquietud, esa imposibilidad de quedarse tranquilamente sentado en su sitio, ese afán de locuacidad y expansión, ese deseo de contar, incluso al primero que llegara, el acontecimiento que nos turba, esa especie de abandono y endeblez inconmensurables, en fin, todos esos síntomas que se dejan notar cuando una felicidad repentina nos sorprende en el monótono desarrollo de la vida. Hebdómeros, igual que todo el mundo, había pasado por momentos similares, no muy violentos, no hasta el punto de morirse de gozo, como el perro de Ulises, o de volverse loco, como el pintor Frank Shysko, que sufrió un ataque de demencia el día que supo que había ganado un millón en una lotería, pero, de todos modos, bastante importante y significativos. No obstante sintió, y rara vez le engañaba el sentimiento, sintió que, esta vez, no se trataba tanto de felicidad como de seguridad; le iba a invadir un sentimiento de seguridad y se dispuso a recibirlo dignamente, con recogimiento, de la misma manera que el creyente se dispone a recibir en su bajo forma de hostia o de lo que sea, al Dios en quien cree. Hebdómeros abrió la ventana de su habitación pero evitó respirar a fondo el aire de fuera, y tampoco quiso poner cara de preso liberado, de enfermo que se siente mejor, etc...; además, no tenía motivo para hacerlo, y la naturaleza, o mejor dicho los propios elementos le ayudaron a evitar esas actitudes comprometedoras para un hombre serio como él, de modo que, con relación a las actitudes, podía jactarse a medias de ser un pícaro en el sentido metafísico de la palabra. En efecto, el aire de fuera no era ni más puro, ni más fresco, que el aire de su habitación; eso no significaba que aquel aire de fuera se le parecía totalmente, como una gota de agua se parece a otra gota de agua, su hermana. Ni una racha; un equilibrio absoluto; en ese sitio, las casas de la ciudad aparecían diseminadas aunque bastantes cercanas unas de otras; era día semifestivo y en cada persona se habían introducido las esperanzas de un semidios. Ahora había varios semidioses vestidos como todo el mundo, paseándose por las aceras y esperando en los cruces de las calles a que pasaran los coches. Si la quinta hora de la tarde es la que se encuentra entre el atardecer y la segunda parte del día, el mes de septiembre es el que se encuentra entre dos estaciones: verano y otoño. Eso corresponde, en un enfermo, al momento que precede a la convalecencia y que, naturalmente, es al mismo tiempo el que marca el final de la enfermedad propiamente dicho. En efecto, el verano, es la enfermedad, es la fiebre y el delirio y los sudores externos, los tedios sin fin. El otoño es la convalecencia antes de que empiece la vida (el invierno).

-Sí -pensaba Hebdómeros-, es algo que parece extraño, algo que me obliga a discutir con mis semejantes. A riesgo de pasar por un desequilibrado y de sentir luego a mis espaldas las burlas de los lógicos , de los que creen poseer las claves de las causas y los efectos, y la tabla de valores para cada cosa en este bajo mundo. Y sin embargo, estoy seguro de que la cosa no va así; esas malas costumbres, esos falso movimientos que la humanidad, de su infancia acostumbra a hacer, es lo que ha falseado el camino de la verdad o lo que, mejor dicho, ocultándolo, rodeándolo de niebla y vaho, lo empaño, le confirió el color de los objetos que lo circundan en la tierra, de modo que se confunde con el ambiente hasta el punto de que el hombre distraído pasa por su lado sin reconocerlo, junto a la codorniz inmóvil sin advertir su presencia porque el color de su plumaje se confunde con el del terreno en que se halla.

  Hebdómeros, esta vez, sabía al menos a qué atenerse y pensaba con razón que si, en otras ocasiones, había temido la felicidad y, ante su constante amenaza, había, en señal de exorcismo, rotó unos cántaros, esta vez sus temores eran absolutamente inadecuados y completamente injustificados; no le gustaba hacer cosas inútiles a menos que no se tratara de lo que él llamaba la inutilidad necesaria , aunque en este caso ya no se hubiera tratado de una inutilidad. Sus teorías sobre la vida variaban según su bagaje de experiencias,. ¿Qué conclusión podía sacar, en tal caso, sino que el secreto de la felicidad, ese inestimable secreto que la mayoría de filósofos se agotan en buscar teóricamente y que la inmensa mayoría de hombres se esfuerza prácticamente en descubrir, consistiría en no admirar nada, en no amar ninguna cosa? ¿Escepticismo, entonces? No, pues lo que sus adversarios, en momentos particularmente delicados o graves, estaban dispuestos a creer, solo era cierto a medias, ¡y aún! Que se jactara, no cabe duda, pero ¿acaso jactarse no suele ser algo necesario y hasta indispensable? ¿Y no es mejor jactarse, aun a riesgo de irritar a nuestros contemporáneos, que hacer como aquel célebre cortesano cuya memoria al final se resintió de manera enojosa por la práctica demasiado prolongada de su profesión de cortesano? Lo que sí era seguro, demostrado por Hebdómeros cada vez que se presentaba la ocasión, es que era infinitamente menos riguroso en la aplicación de su regla de conducta cuando se trataba de su propia personalidad. De hecho, hubiese sido algo verdaderamente muy original declararse superior a los demás sin serlo primero con respecto a sí mismo. De todos modos y a pesar de ese gran deseo de justicia que siempre había predominado en cada uno de sus actos, no envidiaba para nada a los que lograban jugar ese doble juego. Más bien hubiese intentado decir que los enemigos son necesarios. Sin ellos, la existencia amenazaría con volverse bastante insípida y de una monotonía exasperante; pensaba que los enemigos tienen su función importante en la organización de la vida social y en las manifestaciones de la vida humana, similares en eso a ciertos animales más o menos desagradables, a menudo incluso bastante repugnantes, y cuya utilidad no se manifestaba al primer instante, aunque sin embargo tienen un sitio destinado con toda justicia en el plan de la creación. Y además, ¿cabe concebir así a sangre fría una existencia en donde no hubiera elección más que entre no admirar nada, no ilusionarse incluso por nada, o guardar celosamente para sí las ilusiones y admiraciones propias? Eso explica que Hebdómeros dejara de seguir defendiendo ante sus contemporáneos, sin hacer excepción de sus amigos más próximos ni siquiera de sus más fervientes admiradores, las circunstancias atenuantes, y no se esforzó en buscar otros rodeos para reivindicar el derecho a elogiar. Por otra parte esperaba, y eso durante mucho tiempo y hasta en épocas de transición que le permitieron abrir nuevas puertas a los espectáculos más inesperados, que los que le siguieran no le acusaran por usar, con una discreción conciente, en la presentación de lo que él llamaba modestamente sus Maravillas , un lenguaje que, en cualquier otra ocasión, le hubiese valido, no sólo los sarcasmos de la muchedumbre, que con mucha frecuencia son necesarios para las mentes de gran envergadura, sino también los sarcasmos de la élite, de esa misma élite a la que con razón se jactaba de pertenecer, pero de la cual muy a pesar suyo estaba obligado a renegar, como el profeta renegado de su madre. Eso sucedía cada vez que una creación de índole especial le forzaba a aislarse completamente y a situarse más allá del bien y del mal, aunque sobre todo del bien. Tarea por lo demás de las menos fáciles.

Lo que decía, lo que hacía, estaba dicho y hecho con objeto de fascinar muy naturalmente a los más diversos gustos. Poseía más que suficiente para complacer a los niños, a los niños de verdad que suelen ser jueces temibles, y que también suelen tener voz para complacer a los aficionados y coleccionistas de cromos e incluso y sobre todo a esos niños mayores y falsos que son los artistas. ¡Ah! Es que el arte de ver y de decir lo que se ha visto, anterior como todos saben a la invención de la poesía propiamente dicha, había recorrido orgullosas distancias desde sus primeras tentativas. Y a pesar de eso (y eso era una de las cosas que mas le entristecían) siempre había gente dispuesta a reprocharle que sobrepasara el marco que parecía haberle asignado su propia naturaleza, gente que se extrañaba ante las hazañas realizadas y ante el sinfín de dificultades vencidas. Por todo ello había adquirido una situación privilegiada de donde en vano procuraba desalojarle sus antagonistas. Sus cualidades particulares y el talento que iba perfeccionado sin cesar, le preservaban a bueno seguro de las vicisitudes de la moda. El sistema que utilizaban tenía unas ventajas ciertas e innegables. Era particularmente rápido y respetaba con rigurosa fidelidad el carácter , y hasta lo que en general es más difícil, el color de la inspiración original. Original y no original; Hebdómeros desconfiaba de la originalidad tanto como de la fantasía:

 - No conviene excederse en galopar a lomos de la fantasía..., lo que conviene es descubrir, pues, descubriendo, hacemos posible la vida en el sentido de que la reconciliamos con su madre la Eternidad; descubriendo pagamos nuestro tributo a ese minotauro que los hombres llaman el Tiempo y que representan bajo el aspecto de un anciano alto y enjuto, sentado con expresión absorta entre una guadaña y una clepsidra.

   Una vez más, Hebdómeros se sintió amarrado a las encrucijadas, mientras el suave chapotear del agua chocaba con los bloques del muelle. Entonces le asaltaron la elocuencia y una especie de nueva inspiración romántica, y, dirigiéndose a los amigos que le acompañaban, habló así:

  -Nada puede sustituir esta inefable dulzura, resultado de veinte años de experiencias y constantes esfuerzos, ni nada tampoco puede superar en poder evocador esa divina serenata en la que se mezclan nuestra propia ignorancia, el gozo misterioso, el temblor o mejor dicho los latidos del corazón a la luz de la luna, mientras los rítmicos acordes de las guitarras caen una y otras vez como el agua que cae en el agua. De nuestras disposiciones, de nuestras debilidades, de las inconmensurables tensiones en que el arte que, al fin y al cabo, no es más que una invención de  los hombres, nos había sumido desde la pubertad, los recuerdos, atenuados por el velo de los años, pasan con un aleteo silencioso. Fuente fecunda de fracasos y decepciones, para luchar contra tu ignorancia, oh poeta, sigue los sabios consejos de tu musa; ahí la tienes, apoyada pensativa en ese fuste de columna por donde se desliza el lagarto y trepa la hiedra...¡Oh flores de ternuras! ¡Tesoros! ¡Lamentos! ¿Estancias infinitas a las estrellas! ¡Aleteos! ¡Albadas de los segadores! ¡Encantadores interludios! ¡Ofrendas! ¡Fiestas de los benditos caseríos bajo el cielo azul! ¡Oh Pastorales! ¡Oh hojas que caen! ¡Escucha la lenta confesión del viejo violoncelo, oh corazón que nunca cambiaste! ¡Acuérdate del beso de Eunice! ¡Acuérdate del adiós de las rosas! ¡Escucha la canción del nido por el camino en flor! ¿Oh sinfonía inacabada en esos eternos voglio amarti! ¡Cantos sin palabras quedamente murmurados! ¡Tristes ensueños! ¡Rememoraciones! ¡Recuerdos! ¡Oh noche estrellada! ¡Juanita! ¡Juanita! ¡Canta el agua y canta aún bajo los floridos parques de los hogares polacos! ¡Olas del Ródano y olas del Rin! ¡Tristeza de las geografías, a ratos grises, a ratos verdes, pero siempre azules cuando se abren los lagos y se extienden los vastos mares! ¡Las falenas de la noche quemaron sus alas en las lámparas de acetileno! ¡Las hojas del otoño, húmedas de lluvia, cayeron girando sobre la podrida madera de los balcones de nuestras villas! ¿Qué dicen tus ojos? ¿Siempre o jamas! ¿Abrid de par en par las cancelas de vuestros jardines, amigos de corazón oprimido! Os secundaremos en vuestras tareas; estudiaremos con vosotros, fraternamente, amistosamente, cordialmente todas las propuestas que querías hacernos.

 No obstante, había que volverse a casa. Así lo comprendió Hebdómeros y una gran tristeza le invadió el corazón. Las transfirmaciones fatales reflejaban al infinito las más locas esperanzas y las decisiones jerárquicas se instalaban triunfales, impresas en caracteres negros y solemnes sobre la blancura del papel. Los propios generales, los altos funcionarios y los altos dignatarios de rictus obsceno bajo sus grasientos bigotes, se inclinaban con la falsedad de una humillación protocolaria que no tenía más objetivo que salvar las apariencias, apariencias por lo demás dudosas, de las que fácilmente hubieran podido prescindir. Hebdómeros conocía el resto. Conocía tan bien esas tardes interminables en el cuarto de las cartas geográficas (lado jardín). Sin, después de comer se retiraban ahí a descansar, digamos, pues hacía calor, un calor implacable desde las primeras horas del día. Pero una vez ahí dentro, ¿dónde estaba el descanso? Sí, ¿dónde se había metido, ese dios tan dulce, hermano del sueño? Nostalgias, nostalgias sin fin, manos tendiéndose en la punta de los brazos fuera de las ventanas cuyas blancas cortinas con diseños de extrema trivialidad, se agitaban, un poco bajo el soplo intermitente de una cálida brisa procedente de los campos, de esos campos que se extendían alternando, todos iguales, salvo muy leves variaciones de color que no contaban apenas en la monótona sinfonía de los grises, grises verdosos, ocres grises, verdes, ocre, etc...Y encima, ¿por qué había que pararse de repente? Y renunciar a las oportunidades y posibilidades de una empresa por lo demás muy costosa pero que prometía gozos y descansos inesperados e inolvidables aunque no fuera una empresa para descansar de lleno , como decía el propio Hebdómeros sonriendo irónico. Pero nadie da nada por nada; dar por dar; en las puertas de las ciudades orientales, bajo la apabullante cúpula del cielo rojizo, los traficantes disentéricos gesticulaban en torno a las mercancías arrojadas entre el polvo caldeado y sobre las que moscas de trompas tanatóforas, es decir portadoras de muerte, se obstinan con el minúsculo zumbido de sus alitas iridiscentes, aleteando a toda velocidad.

 -Sí -decía Hebdómeros- el comercio, el tráfico, los negocios, los trueques, los especulaciones, las valoraciones, la confianza, el crédito, los beneficios, los negocios que son los negocios, y luego, al anochecer, muertos de cansancio y con las manos sucias por la vil moneda, ¿qué recibimos por toda recompensa? Un puñado de dátiles podridos y un trago de agua tibia y emporcada por los pájaros del cielo, bebida en una escudilla que apesta a madera mojada...¡Pero la gran recompensa, esta noche eres tú, oh Cornelia! ¡Tú, pastora de piernas ceñidas por cintas y con manos de madre! ¡Tú, sólida gacela, tu madrecita de los Gracos! Aunque, en las calles sórdidas y oscuras, la plebe enfurecida lapidara a tu hijo, oh conmovedora y desnuda como un borriquillo sin albarda, el que haya adivinado el fulgor de tu mirada se arrojará sólo contra la multitud delirante, monómaco ante quien todo retrocede, y te traerá en sus brazos a tu hijo, un hijo ensangrentado, pero a salvo, tu hijo desmayado pero vivo, a fin de ver, después del milagro de tus lágrimas, como se deslizan esas perlas primero despacio y luego más aprisa por tus mejillas tan bellas, para caer en tus manos tan puras, ¡oh, Cornelia!

Volvió a camibar el ambiente. Se había extendido el crepúsculo. Los sórdidos callejones, de donde subía el hedor de las basuras en fermentación, se hallaba ya muy lejos; se acabaron las matanzas. La madre de los Gracos había evolucionado, si es que vale expresarse así...

 Afligidos transeúntes, llevando sus niños de la mano, regresaban a sus lares con esa vaga melancolía procurada por la sensación de una dicha terminada, de una felicidad concluida. Hebdómeros abrió de par en par su ventana al espectáculo de la vida, al escenario del mundo. Con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza alta, como un navegante erguido en la proa del barco ante la aparición de una tierra desconocida, esperó. Pero estaba obligado a esperar, pues de momento todo se limitaba al sueño, e incluso al sueño en el sueño. En el horizonte, el cielo se encendía por los últimos fulgores del crepúsculo. Varias humaderas, rectas como columnas, subían y subían sin cesar...Hebdómeros se dio vuelta en el lecho...

- ¿Qué hora es? -y siguió hablándose en voz alta- ¿Cuánto falta aún?...Pronto saldrá la luna y con ella el viento y las estrellas...; las pulgas me devoran y la enteritis me retuerce las entrañas. ¡Me he bebido las últimas de belladona y de beleño! ¿Qué debo esperar? ¿En que he de seguir creyendo? Los dioses emigrados; las alegrías juguetonas que se ocultaban detrás de los arbustos y desde ahí te mandan señas para que te acerques, cosa que te guardarás muy mucho de hacer, pues con que de dos pasos hacia ellas, ya se te ponen más lejos, muchos más lejos, por desgracia...Los asesinos alejados de las ciudades; la paz y la justicia reinando por doquier. ¡Y tú, a quien vislumbre antes de mi sueño diurno; tú, visible para mí solo, tú cuya mirada me habla de inmortalidad!

...Desconfiando como siempre se acercó con precaución, guardando una mano en el bolsillo del pantalón y la otra libre, dispuesta a parar el golpe. Algunos destacamentos de hoplitas pasaban por su lado con cierta expresión obstinada y taciturna. Subían cohetes al cielo pero sin ruido; todo ruido había muerto. Todo lo que revista una dureza en el mundo; las piedras de la tierra, los huesos de los hombres y de los animales, todo parecía haber desparecido para siempre; una gran ola, grasienta e irresistible, de infinita ternura, lo había sumergido todo y, en medio de ese nuevo Océano, la nave de Hebdómeros flotaba inmóvil, con todas sus velas flojas. Pero entonces, despacio, de manera enigmática, una nueva y extraña confianza comenzó a renacer en su alma. Al principio tuvo miedo; hasta tembló, como tiembla el anciano valetudinario en su sillón, sólo en el castillo vacío, durante una noche de invierno, viendo que el pomo de la puerta se abre lentamente, movido desde fuera por una mano misteriosa. Luego, de golpe, barridos por un soplo irresistible, el miedo, la angustia, la duda, la nostalgia, el descontento, las alertas, las desesperaciones, los cansancios, las incertidumbres, las cobardías, las debilidades, los ascos, la desconfianza, el odio, la ira, todo, todo despareció en una formidable vorágine, detrás de aquellas tapias de ladrillo semiderruidas, a cuyo alrededor crecían zarzas y ortigas como una enfermedad tenaz. Olas cuyas glaucas profundidades tenían en su superficie bordados de espuma irrumpieron al revés e inmensos rebaños de cábalas salvajes, de cascos duros como el acero, desparecieron en un desenfrenado galope, en un alud de grupas rozándose, chocando, empujándose hasta el infinito...

   Y una vez más volvió el desierto y la noche. Todo dormía de nuevo, inmóvil y silencioso. De golpe Hebdómeros vio que esa mujer tenía los ojos de su padre; y comprendió.

   La mujer habló de inmortalidad, en la noche grande sin estrellas.

   -...Oh Hebdómeros -dijo-, soy la Inmortalidad. Los nombres poseen su género, o mejor dicho su sexo, como ya dijiste una vez con mucha astucia, y los verbos por desgracia, se declinan. ¿Jamás pensaste en mi muerte? ¿Jamás pensaste en la muerte de mi muerte? ¿Alguna vez pensaste en mi vida ? Un día, oh hermano...

  Pero ya no hablo más. Sentada en un fuste de columna rota, la mujer le apoyó suavemente una mano en el hombro y, con la otra, apretó la derecha del héroe. Hebdómeros, con el codo apoyado en el vestigio y la barbilla en la mano, había dejado de pensar...Su pensamiento ante la purísima brisa de la voz que acabada de oír, cedió lentamente y terminó abandonándose del todo. Se abandono al oleaje acariciador de las palabras inolvidables y, a través de ese oleaje, navegó hacia playas extrañas e ignotas. Navegó bajo la tibieza de un sol que declina, sonriendo en su declive a las soledades cerúleas...

Entretanto, entre el cielo y la vasta extensión de los mares, islas verdes, islas maravillosas fueron pasando despacio, como pasan los buques de una escuadra ante la nave almirante, mientras largas teorías de aves sublimes, de inmaculada blancura, volaron cantando.


Giorgio de Chirico

De: DDOOSS

'Hebdómeros', la novela sobre el misterio de la vida cotidiana escrita por Giorgio hacia 1927;la dedicó a «la sagrada memoria de mi hermano Alberto Savinio», fallecido en 1952.





“El terrible vacío descubierto es 
la misma insensata y tranquila belleza de la materia”. 

martes, 9 de julio de 2013

Jan Neruda, praguense

9 de julio de 1834
Opinan muchos críticos que
fue un precursor de Franz Kafka.

Era un inútil


Horácek ya no estaba entre nosotros. Nadie lamentó su muerte a pesar de que todos le conocían en la Kleinseite. En la Kleinseite, los vecinos se conocen muy bien, precisamente porque no conocen a nadie más. Cuando Horácek murió, se decían entre ellos que era bueno que estuviese muerto porque así su madre se ahorraría mucho sufrimiento, ya que Horácek era un inútil. Murió de repente, a los veinticinco años; así lo decía el registro funerario. Sobre su carácter, dicho registro no daba información; ahí no habían anotado nada porque, a saber -como comentaba muy chistosamente el boticario-, un inútil no tiene ningún carácter. ¡Claro que si hubiera muerto el señor boticario!... El cuerpo de Horácek fue sacado de la capilla ardiente junto con otros muertos. «Así como es la vida, así también es el final», dijo el señor boticario en la farmacia. Tras el muerto desfilaba un pequeño grupo de mendigos más o menos endomingados, por lo que resultaban todavía más llamativos. Sólo dos personas pertenecían al cortejo de Horácek: su vieja madre y un hombre joven, vestido de manera muy elegante, que la acompañaba. Estaba completamente pálido, su paso era inseguro y tembloroso, de tanto en tanto parecía sacudido por la fiebre. Los habitantes de la Kleinseite prestaban escasa atención a la madre, lo que al fin y al cabo era un alivio para ella, y si lloraba, sólo lo hacía como madre y quién sabe si de alegría; el joven provenía muy probablemente de otra parte de la ciudad, pues no le conocía nadie. « ¡Pobre, si él mismo necesita dónde apoyarse. Seguro que está aquí por la Horácková. ¿Cómo? ¿Su amigo? ¡Qué!, ¿quién iba a declararse simpatizante de alguien proscrito por todos? Y, además, su hijo, Horácek, no tuvo amigos ni siquiera de joven. ¡Fue siempre un inútil! ¡Pobre madre!»

Por el camino, la madre iba llorando con un sentimiento que ablandaba el corazón; al joven le rodaban las lágrimas por las mejillas, a pesar de que Horácek hubiese sido un joven inútil.

Los padres de Horácek tenían un colmado. No les iba mal, pues en general a los tenderos suele irles bien, y en especial si tienen la tienda en un lugar donde vive mucha gente pobre.

En un sitio así, el tendero ve entrar el dinero lentamente en la caja, corona a corona y céntimo a céntimo -por madera, mantequilla y manteca-, sobre todo cuando, además, tiene que añadir una pizca de sal o de comino; pero, a cambio, siempre entra dinero, aunque sea poco a poco, e incluso las deudas de dos céntimos se pagan religiosamente.

La Horácková tenía sus benefactoras, mujeres de funcionarios que alababan su exquisita mantequilla. Compraban mucha y pagaban casi siempre el primero de mes.

El hijo de los tenderos, Franz, tenía ya casi tres años y todavía llevaba vestidos de niña. Las vecinas decían que era un niño feo. Los hijos de las vecinas eran casi todos mayores, y Franz rara vez se atrevia a jugar con ellos. Una vez, en la calle, los niños se burlaron de un judío. Franz estaba con ellos, pero no se metió con él; el judío empezó a correr tras los chicos, enganchó a Franz, el cual no albergaba la menor intención de salir corriendo y se lo llevó entre insultos hasta donde se hallaban sus padres. Las vecinas estaban atónitas de ver lo inútil que era ya el pequeño Franz.

Su madre se alarmó y consultó con su marido.

- No le voy a pegar. En casa, con los niños, se volvería aún más salvaje, y tampoco podemos cuidar de él, así que lo enviaremos a la guardería.

Le pusieron pantalones, y Franz tuvo que ir, llorando, a la escuela. Allí pasó dos años. El primer año recibió un croissant en recompensa por su conducta tranquila; el segundo año habría obtenido una estampita en el examen anual... si se hubiese presentado.

El día antes del examen se fue a casa al mediodía. Tenía que pasar por delante de donde vivía un rico terrateniente. Ante la casa, en una calle bastante tranquila, acostumbraban revolotear las aves, y Franz se quedaba a menudo embelesado con ellas. Aquel día paseaban por allí algunos pavos que Franz no había visto en su vida. Lleno de entusiasmo, se detuvo a contemplarlos. No transcurrió mucho tiempo y ya estaba de cuclillas entre los pavos manteníendo importantes conversaciones con ellos. Se olvidó de la comida y de la escuela, y cuando por la tarde los niños se chivaron al maestro y le contaron que Franz estaba jugando con los pavos en lugar de ir a la escuela, el profesor mandó a la asistenta que fuera a buscarlo.

La víspera de la París-Marsella, en los medios ciclistas de la capital corrió el rumor de que Martín reservaba al público una sorpresa impresionante, y cincuenta y tres periodistas acudieron a entrevistarle.

- ¿Que qué pienso del teatro? -respondió Martín-. Un día, de paso por Carcasona, se me ocurrió ir a ver el Fausto en el Teatro Municipal, y me dio pena Margarita, Y digo que si Fausto hubiera sabido lo que es una buena bici, habría tenido algo con que entretenerse en su juventud y no se le habría ocurrido hacerle esas pillerías a la pobre Margarita, y habría acabado casándose con ella. Bueno, eso me parece a mí. Ahora, si me preguntan quién va a ser el primero en Marsella, a eso, digo yo, sí puedo responder sin esconderme de nadie: voy a ser yo.

Y cuando los periodistas se alejaban, recibió una carta perfumada, de una tal Liliane, que le invitaba a tomar el té. Era una mujer de mala vida, como tantas, y que no tenía ni educación ni principios, ni moral. Martín fue a su casa sin desconfiar, al salir del velódromo, donde había ido a dar unas vueltas para probar la máquina. Llevaba en la mano una maletita con sus cosas de ciclista.

Habló de las carreras, de la mejor táctica, del cuidado que había que tener con la bici y con su persona. La mala mujer le hacía preguntas pérfidas:

- ¿Y cómo se da un masaje, señor Martín?

Y le tendía la pierna para que él la cogiera. Y Martín cogía ingenuamente esta pierna de perdición, sin más emoción que si fuera la de un compañero, y explicaba tranquilamente:

- Se hace así, hacia arriba. Con las mujeres, es difícil, porque tienen los músculos blandos.

- Y, en caso de accidente, ¿cómo haría usted para llevarme?

Y le hacía otras preguntas, pero no se puede repetir todo lo que esta mujer decía. Martín respondía candorosamente, muy lejos de sospechar la maldad de sus intenciones. Ella mostró curiosidad por lo que llevaba en la maletita, y él le mostró su calzón, su maillot y sus sandalias de corredor.

- ¡Ah, señor Martín! -dijo-. ¡Cómo me gustaría verle vestido de corredor! Jamás he visto uno de tan cerca.

- Bueno -dijo él-. Si le gusta...

Cuando volvió, la encontró cubierta con un vestido más sucinto aún que el suyo, y del que es mejor no hacer una detallada descripción. Pero Martín, ni bajó los ojos. Miró sin pudor, con aire serio, y dijo:

- Veo que también a usted le gustaría correr en bicicleta, pero le hablaré francamente: el oficio de corredor ciclista, a mi ver, no les va a las mujeres. En cuestión de piernas, las suyas podrían valer tanto como las mías. No es eso lo que quiero decir, pero las mujeres tienen pechos y cuando uno rueda dos o trescientos kilómetros, es pesado cargar con eso, señora. Sin contar con que está lo de los niños. Además, eso.

Liliane, conmovida por estas palabras de cordura y de inocencia, comprendió hasta qué punto es amable la virtud y comenzó a detestar sus pecados -y tenía muchos - y luego le dijo a Martín con lágrimas muy dulces:

- He sido una loca pero, a partir de hoy, esto se ha acabado.

- No hay nada de malo en esto -dijo Martín -. Ahora que usted me ha visto en maillot, voy ahí al lado a vestirme. Es por el respeto ¿sabe? Mientras tanto, usted puede hacer lo mismo, y ya verá como no piensa más en correr en bicicleta.

Así lo hicieron, y Martín salió a la calle llevándose las bendiciones de esta pobre muchacha a quien devolvía el honor y la alegría de vivir en paz con su conciencia. Los periódicos de la noche publicaban su retrato, pero él no sintió el menor placer, ni orgullo, pues no necesitaba todo este ruido para esperar. Al día siguiente, desde la salida de París, se colocó en el último lugar y lo conservó hasta el final. Al entrar en Arles, se enteró de que sus competidores habían llegado ya a Marsella, pero no menguó su esfuerzo. Continuaba pedaleando con todas sus fuerzas y, en el fondo de su corazón, y aunque la carrera hubiera terminado para los otros, no desesperaba aún de poder quizá llegar el primero. Los periódicos, furiosos por haberse visto engañados, lo trataron de fanfarrón y le aconsejaron que corriera «el criterium de los asnos» (juego de palabras incomprensible para quien no lea periódicos deportivos). Esto no le impidió a Martín seguir esperando, y a Liliana abrir, en la rue de la Fidelité, una lechería con la enseña del Buen Pedal, en la que los huevos se vendían unos céntimos más baratos que en cualquier otro lugar.

Empezó a estudiar derecho porque estaba de moda y porque el padre quería que se hiciese funcionario. Así que Horácek tuvo todavía más tiempo para leer y, como por la misma época se enamoró felizmente, también empezó a escribir. Sus primeros ensayos salieron publicados en revistas, y toda la Kleinseite estaba enormemente indignada de que se hubiera convertido en literato, escribiera en periódicos y, por si fuera poco, además en lengua checa.

Le profetizaron un descenso en picado, y cuando su padre murió poco tiempo después, todos afirmaron con seguridad que había sido la aflicción a causa del inútil de su hijo lo que le había llevado a la muerte.

La madre dejó el colmado. Al cabo de poco tiempo ya le iba muy mal, y Horácek tuvo que mirar de ganar algún dinero. Habría buscado gustoso un trabajo, pero eso era algo que no podía decidir inmediatamente. No había perdido del todo las ganas de seguir estudiando, si bien la carrera de derecho le resultaba una bazofia de difícil aceptación, y sólo iba a la facultad cuando se aburría. El gran impedimento, sin embargo, era su amor. Una bella muchacha, realmente cariñosa, estaba encendida de amor por él, y tampoco sus padres la obligaban a decidirse por ningún otro, a pesar de que le presentaban suficientes pretendientes. La muchacha quería esperar a Horácek hasta que pasara el examen y obtuviese con él un puesto decente. El empleo que le habían ofrecido a Horácek traía consigo un sueldo inmediato, pero sin expectativas para el futuro. Horácek comprendió bien que, a su lado, la muchacha no tendría un futuro próspero, y a la miseria tampoco quería entregarla. Creyó que estaba menos enamorado de ella de lo que en realidad estaba, y tomó la decisión de decirle adiós. Sin embargo, no tenía corazón para hacerlo de forma abierta: quería ser repudiado, arrojado; tal era el inconsciente anhelo de regocijarse en un sufrimiento inmerecido. Pronto se le ocurrió la manera. Cambiando su letra, escribió una carta anónima contando las cosas más insultantes sobre él mismo y la envió a los padres de la novia. La hijita no creyó al denunciante. Pero el padre era más precavido, preguntó entre los vecinos de Horácek y ellos le informaron de que el muchacho era un inútil desde la infancia. Cuando Horácek fue de visita unos días más tarde, la muchacha salió llorando de la habitación y él fue despedido de la casa de manera cortés.

La muchacha se casó poco después, y por toda la Kleinseite se extendió el rumor de que habían echado a Horácek de la casa a causa de su inutilidad.

Fue entonces cuando a Horácek se le rompió el corazón, pues había perdido a la única persona que le amaba, sin oder ignorar su propia culpa en todo ello.

Perdió su presencia de ánimo, el nuevo oficio se le volvió detestable, se moría de pesar y se consumía abiertamente. A sus vecinos no les extrañaba nada todo eso, ya que no era -decían- sino la consecuencia de una vida llevada tan a la ligera.

Su nueva ocupación le obligaba a estar en un despacho privado. A pesar de su aversión, trabajaba con ahínco, y su superior pronto le depositó toda su confianza; cuando había que transportar dinero, se lo confiaba a él. Horácek también tuvo ocasión de mostrarse agradecido con el hijo del jefe. Una vez, éste le esperó a la salida.

- Señor Horácek, si usted no me ayuda, no tendré más remedio que arrojarme al agua, y, por escapar a mi propia verguenza, sere una vergüenza para mi padre. Tengo deudas que debo pagar hoy a toda costa, pero no recibiré mi dinero hasta pasado mañana, y ahora me encuentro perdido. Usted lleva dinero para mi tío; confíemelo de forma provisional; pasado mañana lo repondré. ¡Mi tío no le preguntará a mi padre por el dinero!

Pero el tío sí que preguntó, y al día siguiente se leía en el periódico: «Ruego a todos aquellos relacionados con mi empresa no le confíen ningún dinero a F. Horácek. Le he despedido sin previo aviso, por deslealtad.»

Ni siquiera la noticia de que otro barrio de la ciudad ardía en llamas habría despertado tanto interés entre los habitantes de la Kleinseite.

Horácek no delató al hijo del señor director: se fue a su casa, y, pretextando dolor de cabeza, se acostó.

El médico del distrito, a la hora de costumbre y claramente sumido en sus pensamientos, fue unos días más tarde a la farmacia.

- ¿Así que el inútil se ha muerto? -preguntó sonriendo el señor boticario.

- ¿Horácek? ¡Pues sí!

- ¿Y de qué ha muerto?

- ¡Bah? Por mí, diré que de un ataque al corazón.

- ¡Vaya! Menos mal que no ha dejado deudas de medicamentos, ese inútil.



Madre de la narrativa gótica: Ann Radcliffe / Ann Ward

9 de julio de 1764
“El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar 
a la fuerza en vez de permitirme, 
malhadadamente herido como estaba, 
pasar una noche al ras, era uno de esos edificios 
mezcla de grandeza y de melancolía que 
durante tanto tiempo levantaron 
sus altivas frentes en medio de los Apeninos, 
tanto en la realidad 
como en la imaginación de Mistress Radcliffe”.

El retrato oval- Edgar Allan Poe
























“On the Supernatural in Poetry” es un diálogo moralizante, que al parecer la autora pretendía que formara parte del prólogo de la novela Glaston de Boldeville, pero que debido a su muerte se publicó póstumamente en The New Monthly Magazine. En este opúsculo, Radcliffe defiende la validez e importancia del uso de la imaginación y lo sobrenatural en la literatura, mientras y estos sirvan para acercar al texto a evocar lo sublime y ayuden, en última instancia, a revelar la verdad y a hacer que las cosas positivas se distingan mejor de las negativas.
ANA MARÍA MORALES- Presentación de “On the Supernatural in Poetry”:

DE LO SOBRENATURAL EN POESÍA
Ann Radcliffe
Traducción de Gerardo Altamirano Meza*

Uno de nuestros viajeros comenzó una seria disertación sobre las ilusiones contenidas en la imaginación.
—“Y no sólo en ocasiones frívolas” –dijo –, “sino en las metas más importantes de la vida; a menudo un objeto adula y encanta a distancia, sin embargo, a medida que nos aproximamos a él, se desvanece dejándonos sólo decepción en nuestros corazones, y a veces un daño mucho más severo”.
Estas divagaciones, expresadas con un aire de descubrimiento por Mr. S., quien a menudo se complicaba la existencia pensando en cualquier asunto, excepto aquél concerniente a una buena merienda, perdieron a su compañero que, persiguiendo tales conjeturas dadas en la presente escena, no obstante humilde, prosiguió trayendo a la conversación a Shakespeare y llevando el tema a regiones desconocidas.
—“¿Dónde está ahora el espíritu imperecedero?”, dijo, “Ese espíritu que pueda
exquisitamente percibir y sentir; aquél que pueda inspirarse en el amplio abanico de personajes que esta vida ofrece para, de esta manera, crear sus propios mundos. Ese espíritu al cual lo grandioso, lo hermoso, lo melancólico y lo sublime de naturaleza visual, pueda llamarle la atención y logre hacerlos corresponder no sólo con los sentimientos, sino también con las pasiones. Ese espíritu que parezca percibir un alma en todo; y así, en la elaboración secreta de sus personajes, y en la combinación de los incidentes, pueda mantener los elementos y su escena siempre en unísono con ellos, resaltando sus efectos.
De la manera que acabo de describir, se dio la escena en la que aquellos conspiradores en Roma, quienes bajo los rayos y truenos de la tormenta, lograron reunirse en el pórtico del teatro de Pompeyo.
Las calles desiertas por la multitud temerosa, ese lugar, abierto al aire libre como era, fue conveniente para su consejo; con lo que respecta a la tormenta, simplemente no la sintieron; no era más terrible para ellos que sus propias pasiones, ni tan terrible a otros como el espíritu ardiente y embravecido que les provoca, casi inconcientemente, arder en furia. Estas llamativas circunstancias, y otras de importancia sobrenatural, ayudaron a la caída del conquistador del mundo, un hombre cuyo po der fue representado por Cassius como aterrador, igual que esa noche, cuando la muerte cubierta fue vista en el rayo que caía del cielo, para alumbrar las desiertas calles de Roma.
¿Qué tanto lo sublime de estas circunstancias remarcan nuestra idea del poder de César, de su impresionante grandeza de carácter, y nos preparan y hacen que nos interesemos en el destino de este personaje? El alma entera se glorifica y adorna, en la completa energía de atención, sobre el progreso de la conspiración contra él; y, no habiéndolo sabiamente Shakespeare retirado de nuestra vista, no habría balance de nuestras pasiones”.
—César era un tirano”, dijo Mr. S. Mr. W. lo miró por un momento, sonrío, y después silenciosamente hizo una reflexión sobre el curso de sus propios pensamientos.
—”Ningún maestro jamás conoció la manera de tocar los acordes adecuados de la simpatía por medio de pequeñas circunstancias, como lo hizo nuestro Shakespeare. En “Cymbeline”, por ejemplo, qué finamente dichas circunstancias hacen uso de, para despertar el ánimo de una buena vez, la solemnidad en la expectación y la ternura; y, llamando de nueva cuenta al suave recuerdo de un dolor pasado, se prepara la mente para fundir, por medio de una ocurrencia misteriosa, una pequeña pizca de dolor con nuestra piedad o compasión. Así, cuando Belarius y Arviragus regresan a la cueva donde habían dejado a la infeliz y desaliñada Imogen para que reposase; y mientras se encuentran parados a las afueras del antro; y Arviragus, hablando del pobre enfermo ‘Fidele’ con la más tierna piedad; se escucha una música que emana de los adentros de aquella cueva, una música tocada por aquella arpa de la cual Guiderius dice: “Desde la muerte de mi madre querida, no había tocado antes. Todas las cosas solemnes deberían responder sólo a accidentes igual de solemnes.” Inmediatamente, Arviragus entra a escena llevando a Fidele, que no es otra que su hermana Imogen travestida, sin sentido, entre sus brazos:
—El ave ha muerto
—¿Cómo lo encontraste?
—Rígido, como ves. Así, sonriendo.
—Pensé que dormía. ¿Por qué muerto, si duerme?
—Con las más bellas flores, y mientras el verano dure y YO VIVA AQUÍ, FIDELE, endulzaré vuestra triste pena.
Por sí mismas las lágrimas pueden hablar de la conmovedora simplicidad de toda la escena...

De: FUENTES HUMANÍSTICAS
DOSSIER LO FANT STICO O LA IRRUPCI N DE LO SOBRENATURAL
Facultad de Filosofía * y Letras, UNAM