sábado, 13 de abril de 2013

No habla pero aún siente, y escribe...

15 de abril de 1931- Suecia
Tomas Tranströmer
Premio Nobel 2011

Una hemiplejia lo alejó de su intensa actividad 
como psicólogo, traductor y poeta.
Pero todavía crea...


En Uruguay, fue presentado por Vintén Editor en la década de los 70 pero quizá muy pocos pudieron imaginar que llegaría tan alto en la consideración pública. Me acompañó en horas difíciles. Todavía estás a tiempo de gozar de su presencia.




Lamento


Él dejó la pluma.
Quedó quieta en la mesa.
Quieta en el vacío.
Él dejó la pluma.

¡Demasiado lo que no se puede escribir ni callar!
Está paralizado por lo que sucede muy lejos
aunque la prodigiosa mochila late como un corazón.

Afuera, es el comienzo del verano.
Del verdor llegan silbos -¿personas o pájaros?
Y cerezos en flor que palmean los camiones que llegaron a casa.

Pasan semanas.
Se hace lentamente noche.
Las polillas en la ventana:
pequeños, pálidos telegramas del mundo.



Versión de Roberto Mascaró
De "El cielo a medio hacer" 1962
Nórdica Libros S.A. 2010


Apuntes de fuego


Durante los meses tristes, centelleó mi vida sólo cuando hice el amor contigo.
Como la luciérnaga se enciende y se apaga, se enciende y se apaga- a medias 
puede uno seguir su camino
en la noche oscura del olivar.
Durante los meses tristes, estaba el alma desesperada y sin vida
pero el cuerpo caminó directo hacia ti.
El cielo de la noche rugió.
Sigilosamente ordeñábamos cosmos y sobrevivimos.



Madrigal

Heredé un bosque sombrío donde rara vez voy. Mas llegará un día en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces, el bosque se pondrá en movimiento. No estamos sin esperanzas. Los crímenes más difíciles continúan sin aclarar a pesar de los esfuerzos de muchos policías. Del mismo modo, hay en nuestra vida un gran amor sin aclarar. Heredé un bosque sombrío pero hoy yo camino en otro bosque, el luminoso. ¡Todas las criaturas que cantan, serpentean, mueven la cola y se arrastran! Es primavera y el aire es muy fuerte. Tengo un diploma de la universidad del olvido y estoy tan vacío como la camisa que se seca en el cordel.



De: canalcultura.org



viernes, 12 de abril de 2013

Canción de cuna charrúa


Duérmase, pequeña,
rama de arazá,
que su madre quiere
ir a descansar.

Cuando el sol nos mire
hay que trabajar,
quillapís y lazos
debemos trenzar.

Al barro travieso
hay que transformar,
ollas y vasijas
moldear y pintar.

Duerma, Guyunusa,
que un duende vendrá
y será el lucero
de burucuyá.
Duérmase, mi niño,
que los grillos van
cerrando los ojos
de la claridad.

Duerma que mañana
en el río habrá
surubí y dorado,
peces de coral.

El arco y la flecha
pronto le darán
las presas que el monte
lleva en su carcaj.

Duérmase que el tiempo,
joven Zapicán,
bordará su fama,
lo hará Tubichá.

Sylvia Puentes de Oyenard

(Extraído de Espacio Latino.com)






Tallado en las hojas
de Lorenzo Silva Durán
Extraído de Téngase. Presente@blogspot.com














¡No pudiste apropiarte de la Vida: Micaela fue tu mayor derrota, Frutos!



Hoy, 11 de abril, se cumple otro aniversario siniestro de los tantos ocurridos en esta tierra que llamamos República Oriental del Uruguay, denominación en la que, por otra parte, quedó acuñada una traición más al ideario de Artigas, el magnífico insobornable.

Hoy se conmemora otra traición: la matanza de Salsipuedes, la aniquilación de jefes indígenas connotados por sus acciones heroicas en el proceso de emancipación; la vil sangría de un coraje usurpado; en realidad, el primer acto bárbaro de una política de extinción en la que participaron políticos militares y civiles, además de otros agentes de poder.
El diario El Universal, publicado en Montevideo, dice brevemente en su edición del 15 de abril de 1831:   “Estamos informados de que en el día 10 del corriente ha habido una acción en Salsipuedes, entre los Charrúas y la división del inmediato mando de S.E. el Señor Presidente en campaña, en la cual han sido aquellos completamente destruidos”.

Es recomendable recorrer los distintos Sitios y Portales en busca de la abundante información publicada, aunque más interesante resultaría consultar bibliografía en aras de construir la propia visión: los historiadores Nelson Caula, Gonzalo Abella, Daniel Vidart ofrecen perspectivas realmente iluminadoras.

No menos oportuno resulta el siguiente artículo, de raícesuruguay.com, por su calidad motivadora a la investigación personal:


EL CACIQUE CHARRÚA SEPÉ
  
Según el Profesor Omar Ernesto Michoelsson, no fueron los últimos charrúas aquellos que sobrevivieron a la masacre de Salsipuedes y posteriormente en 1833 fueron llevados por Curel a Francia, de nombres Vaimaca, Senaqué, Tacuabé y Guyunusa, inmortalizados en bronce en un monumento ubicado en el Prado de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay. Los verdaderos últimos charrúas fueron una veintena de hombres, mujeres y niños que vivieron bajo el cuidado del cacique Sepé en la zona de Batoví, en campos de quien fuera su protector, don José de la Paz Nadal.
 Disfrutemos esta nota de Pablo Lavalleja Valdez publicada en el año 1941 en el diario El Pueblo de Tacuarembó:
“…En el corazón de esta comarca propicia para cobijar el sueño eterno de una raza, se esconde el cementerio de los últimos charrúas, que habitaron el suelo patrio; probablemente ellos fueron los que en 1831 escaparon a la masacre del Queguay. El cacique (Sepé) así lo aseguraba.
La tribu, que reunía una veintena de individuos, levantaba sus toldos de pieles de yegua sobre la falda del Cerro de los Charrúas, alrededor del cual gambeteaban las tormentas. Tenían el color de nuestras antiguas monedas de cobre; bajos, musculosos, casi cuadrados;  parados, parecían una estatua de granito; pero en movimiento eran elásticos, su agilidad asombrosa... El cacique, casi centenario, al retirarse borracho de la pulpería, por alarde, sin esfuerzo, saltaba en pelo, rozando apenas el lomo de su cabalgadura.
Amigos de la holganza, sólo se movían para adquirir yerba, caña y tabaco, que comerciaban por caballos, cueros  y juegos de bolas retobadas con piel de lagarto.
…Les molestaban las bombachas y no hubo medio de conseguir que las usaran; un “chepe” o cuero de guazú ceñido a la cintura, les era suficiente para no avergonzarse de su sexo; el “quiapí” de yaguareté o de ciervo era lujo para jefes.
Don Manuel Oribe se interesó por la tribu y obtuvo de un pariente de mi madre, varios objetos fabricados por los indios, seguramente destinados al Museo Nacional. En casa conservo algunas piezas de guerra, de la misma procedencia.
Las mujeres, enseñadas por las indias misioneras –algunas de las que vinieron con Rivera de las Misiones Orientales, se mezclaron con los habitantes del Norte (año 1829) –tejían fibras de caraguatá, cocían el barro, fabricaban burdos útiles domésticos y adornaban las flechas con plumas de ñacurutú, que sujetaban con cerda y fibras vegetales al extremo rasurado de cañas tacuaras.
Las madres adiestraban a los pequeños en la caza de  perdices y mulitas.
Con retoños de jacarandá o de guayabo, cuyas puntas endurecían al fuego, solían hacer arpones flexibles para atravesar la tararira dormida en el remanso o flechar la pava, disimulada sobre la horqueta de troncos corpulentos.
Volvían de esas excursiones costeando arroyos donde recogían cuarzos, pedernales y huesos para confeccionar los útiles del hogar y las armas de los hombres, que dedicados a la caza mayor; de un certero golpe de bola en la cabeza tumbaban al carpincho o inmovilizaban al bagual. Alcanzar un ñandú en campo abierto, era juego de niños para ellos.
Jinetes excelentes, todo su apero consistía en un tiento de cuero de potro a cuyos extremos sujetaban dos huesos de canilla de aguará o de guazú, que usaban para estribar entre los dedos índice y pulgar del pie, dando así completa estabilidad al cuerpo.
Cuando salían al pillaje, apenas descansaban para dar resuello y agua a la tropilla, y si pernoctaban, maneaban solamente al caballo favorito, valiéndose de la estribera, porque no usaban bozal ni cabestro. Capaces de sostenerse días enteros sobre el caballo, su resistencia era superior a la del bruto.
Considerábanse dueños de la hacienda baguala que pastaba en campos que les pertenecieron, las trataban como suyas arreando cuanto podían; eso no constituía un delito para ellos porque desconocían el derecho a la propiedad. Exceptuando las armas, el caballo y la mujer, todo lo compartían en común.
Eran rastreadores por instinto y tenían el olfato muy desarrollado; siempre daban con el bicho que buscaban.
En la toldería se entretenían golpeando una contra otra dos piedras hasta redondearlas; cuando reunían muchas, las enterraban en hoyos de toros para tenerlas de reserva en caso de pelea.
Preferían a todas, la carne de equino, que apenas calentaban para comer, en fogones cuya lumbre conservaban las ancianas.

Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez en raícesuruguay.com


Guyunusa y su hija
Obra de Gervasio Furest


martes, 9 de abril de 2013

"El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado."- Charles Baudelaire



Es el Padre de la Poesía moderna.

Reproducción fotográfica
extraída de la Revista Digital
La Máquina del Tiempo.


Documentación extraída de: La Máquina del Tiempo.

Dibujo de Jean Duval
(su amante por muchos años)
producido por
el propio Baudelaire.
En: La Máquina del Tiempo,
que recomendamos visitar.
Traductor y estudioso de Poe.




Sus "poemas en prosa" son la prueba
más clara de esa paternidad.



Las Ventanas




Quien desde fuera mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, tenebroso y deslumbrante que una ventana tenuemente iluminada por un candil. Lo que la luz del sol nos muestra siempre es menos interesante que cuanto acontece tras unos cristales. En esa oquedad radiante o sombría, la vida sueña, sufre, vive.
    Por sobre las olas de los tejados, acierto a entrever a una mujer madura, arrugada ya, pobre, perpetuamente enfrascada en su tarea y que nunca sale. Con su rostro, con su atuendo, con sus gestos, con apenas nada, he reconstruido la historia de esta mujer, o quizá fuera mejor decir su leyenda, y de vez en cuando, entre lágrimas, me la recito a mí mismo.
    De haber sido un pobre anciano, habría reconstruido la suya con la misma naturalidad.
    Y me acuesto, satisfecho de haber vivido y padecido en la piel de otros.
    Y tal vez me digan: "¿Cómo sabes que esa leyenda es la verdadera?". ¡Qué me importa la realidad que se halle fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, 
a sentir que soy y lo que soy.

CHARLES BAUDELAIRE
nace el 9 de abril de 1821.




                                   










lunes, 8 de abril de 2013

Viento


A veces muero solo por acompañarte un rato
y oír que el cielo, dormido, susurra tu voz al viento,
al viento que me ha dormido.


Raúl Trindade


Nature will show you the way
Lim Heng Swee
http://bunnyeatsdesign.com/



De vez en cuando, vale la pena perder los lentes.


Hace unos días perdí mis lentes de visión cercana. “Dentro de casa”, pensé, ya que estaba casi segura de haberlos usado luego que volví del centro. Al rato, al no encontrarlos, la búsqueda se convirtió en tragedia.
Mi marido tiene fama de “encuentra-cosas“y puso manos a la obra. Le oí mascullar entre dientes: “Que aparezcan, sino qué hago con esta mujer sin poder leer”.
La atmósfera se iba cargando. Yo había empezado a buscar en los lugares más
normales : arriba de las mesas, debajo de los almohadones, arriba de las sillas, para luego acordarme de mamá que decía que cuando las cosas no aparecen en los lugares lógicos hay que buscarlas en los ilógicos; me puse en acción. No busqué debajo del jabón de tocador, como dijo un gracioso alguna vez, pero sí entre los cubiertos, en el cajón de la ropa interior, en los estantes de más arriba de las bibliotecas y hasta en el horno de la cocina.
Llamé al óptico, no lo encontré, y a los tres comercios en que había estado, nada. Mi angustia crecía acordándome de que estos lentes eran los de repuesto, ya que los otros los había perdido el año anterior en un viaje desde el Ateneo a casa.
De repente, una exclamación victoriosa y aliviada de Jaime: “Aquí están“. Los vi  paraditos, sobre la alfombra, pegados al sofá, con un aire de inocencia que daba ganas de matarlos, no sé cómo no los pisamos.
A los dos nos volvió el alma al cuerpo. No abrimos una botella de champagne porque no la teníamos, pero estoy segura de que ambos reíamos tontamente.
Más tarde me puse a pensar: ¿No será que el excelente hábito de leer se me ha convertido en una especie de vicio? No son normales mis reacciones cuando pienso que no puedo hacerlo, porque confieso que estuve a punto de llorar.
Entonces empecé a recordar cómo y desde cuándo había empezado mi contacto con los libros.
Me recuerdo de niña, antes de saber leer, paseándome con algún libro infantil abierto, recitando, sin equivocarme ni en una coma, toda su lectura. Inocentemente pensaba que iba convencer a los mayores de que ya leía. Ellos actuaban como si lo creyeran. Después de un tiempo cuando sí supe leer, un velo espeso se corrió y pude entrar en un mundo maravilloso.
Mis padres tenían una buena biblioteca y nunca me prohibieron leer nada; me aconsejaban diciéndome: “Este libro no lo vas a entender, dejalo para más adelante, ahora están estos otros que te van a gustar.” Así pasé de los clásicos infantiles a algunos de aventuras como  Tom  Sawyer y aventuras de Huck, y otros femeninos, como Juvenilia, Mujercitas, Jane Eyre y algunos más. Luego vinieron Moby Dick y varios tomos de las aventuras de Naricita de Monteiro Lobato que me gratificaron hondamente. Los clásicos me llegaron mucho más adelante. ¡Y la poesía ¡ Sufrí y amé con Darío, Nervo, Bécquer y Neruda. En mi adolescencia el sufrir por amor era algo insoslayable. Y a pesar de mi corta edad apoyaba con fervor a Manrique cuando dice que todo tiempo pasado fue mejor. “¿Te acordás?” decíamos con dos o tres amigas; y los mayores retrucaban entre risas: “¿De qué se van a acordar ustedes?”  
Confieso que cuando crecí tuve algunas desilusiones: El castillo de Saint Michele de Axel Munthe (lugar que tuve la dicha de conocer en Anacrapi mucho después) me deslumbró a los quince años; cuando lo releí a los treinta me desilusionó. “Moraleja -me dije- no vuelvas a leer de adulta lo que te encantó en la adolescencia, es peligroso”. Todo tiene su ciclo y me volvió a gustar en mi ineluctable madurez. Aquí vinieron los imprescindibles: Flaubert, Dickens, Tolstoi, Malraux, Camus, Faulkner, Sartre y tantos otros. Pero antes cuando había cursado Literatura en el Secundario, descubrí el mundo maravilloso de Homero, Esquilo, el Siglo de Oro español, Shakespeare, Cervantes, Ibsen y muchos más.
Cuenta Vargas Llosa que de niño alargaba los cuentos porque no quería que terminaran; yo les cambiaba el final si no me gustaban y muchas veces compartí con los protagonistas sus aventuras fantásticas: me metí en un hueco en la tierra de la mano de Alicia, me adentré en un bosque tras los pasos de Gretel y bailé hasta el alba con el príncipe sin nombre de la Cenicienta; yo se lo puse, se llamaba Gabriel.
Pasando los años, el pre-boom y el boom latinoamericano: Carpentier, Rulfo, Onetti, Octavio Paz, Fuentes, la maravillosa escritura de las primeras novelas de Vargas Llosa,  yendo adelante y atrás en el tiempo y mezclando conversaciones, y el monumental García Márquez que nos relata con alegría y de forma colorida por más que los cuentos sean terribles temas de su América fantástica y mestiza.
Mucho más acá en el tiempo, hará cuatro o cinco años, escritores asiáticos, afganos, iraníes, indios, nos descubren un mundo contradictorio pero exento de belleza, al que Occidente ha catalogado con una sola palabra: atraso.
A pesar de todas  estas lecturas tengo un debe muy grande con escritores ineludibles: Platón, Proust, Conrad, Yeats, Mann, T.S.Elliot y muchos más. Es entonces que me convierto en la niñita que se pasea oronda recitando el texto de un libro, pensando que engaña a los mayores haciéndoles creer que sabe mucho cuando en realidad sabe tan poco.

 María Cristina Fuentes   /     Grupo ALAS
Marzo de 2013


Cuando sólo tenía yo una honda para cazar pajaritos


En el año 1973, el Profesor Leonardo Garet ocupó la Cátedra de Literatura Uruguaya  en el Instituto de Estudios Superiores. (Hoy es Director de Cultura de la Intendencia de su amado Salto y miembro de la Academia Nacional de Letras, por mencionar algunas de sus múltiples actividades).

No nos subyugó tanto su porte atlético, que una campera de napa marrón contribuía a enfatizar, como el repertorio de los matices que desplegaban íntegramente sus grandes ojos oscuros a medida que iba analizando su selección de cuentos de Horacio Quiroga; estaba tan compenetrado con su coterráneo, tan fascinado con su escritura, que hasta sus miradas se convertían en recursos para escenificarlo, 
para transportarlo e introyectarlo en nuestra aún primitiva sensibilidad.

Cuando llegamos a Delmira, a María Eugenia, tuvimos el privilegio de conocer un abanico de abordajes teóricos inimaginables y supimos de su rigurosidad para el estudio de la poesía. A esa altura, ya considerábamos totalmente secundario 
si su atavío era deportivo o el de un dandy enfundado en impecable traje gris.

Pero no fue hasta que trabajamos con Rodó que supe que su juventud no era impedimento alguno para conducirse como “un formador de formadores”, ese centinela de las armas de quienes proyectan 
convertirse en Quijotitos.
Puntualmente, había solicitado un análisis personal de una parábola de Rodó. Mi actuación, hasta ese momento, había sido muy poco satisfactoria: cazaba algún pajarito con honda, de vez en cuando. Razones muy subjetivas me comprometían con el autor de referencia y entonces, fui un poco más prolija.
La devolución del profesor Garet 
-exhaustiva, severa, motivadora- me reconcilió conmigo misma y con mi opción vocacional; fue el instante crucial para tomar conciencia de que no estaba velando mis armas, y ni siquiera sabía que las tenía. Por eso, querido Profesor, mi agradecimiento inefable.

Fuiste también un refugio ético en tiempos inmorales, un responsable cabal de que hoy pueda compartir visceralmente tu preciosa creencia en “el común derecho a los caramelos”.  

 
De Vela de Armas
Alción Editora


domingo, 7 de abril de 2013

La mujer, "esa diosa para las almas grandes"- Gabriela Mistral

Premio Nobel en 1945, sí. El primero otorgado a una latinoamericana. Por la fuerza de su creación, sí. 

¿Quién no ha leído sus poemas? Por ejemplo: 




Pero quizás no todas/os conozcamos su historia de vida. En un aniversario más de su nacimiento, ocurrido el 7 de abril de 1889, en Chile, bajo el nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata, los invitamos a recorrer algunos sitios de la web donde encontrarán información, aunque no todos consignen ciertos datos relevantes para la comprensión de su tenacidad vital. 
Por ejemplo: siendo muy niña, experimentó el abandono de su padre; a los once años, fue apedreada por sus compañeras de escuela, que la acusaban de haber robado un material didáctico; a los dieciséis, cuando resuelve seguir la carrera docente, fue rechazada por sostener ideas "ateas". 
Esta curiosa confabulación determina una actitud de inteligente combate de su parte, consolidada en el artículo periodístico "La Instrucción de la Mujer",  a raíz del cual aceptan su postulación. Las chilenas ya tenían una voz para exigir sus derechos.





LA ORACIÓN DE LA MAESTRA

A César Duayen

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos.

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la dulzura de las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando!

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el costado ardiente de amor.


Gabriela Mistral

¿Será posible escribir un poema de esta naturaleza
a partir de ideas "ateas"?
¿Tan difícil habrá sido comprender
que una actitud de compromiso real
con los semejantes
es más cristiana
que
encender las velas del rito
en cada fecha prescrita
por el dogma?























jueves, 4 de abril de 2013

“Por muy grande que sea ese dolor, la esperanza aún se alza a cien codos más arriba”- Isidoro Ducasse




Nacido el 4 de abril de 1846, en
Montevideo sitiado.







¿Qué decir de un ser extraviado del Amor (del amor de sus padres, de su familia, de sus compatriotas, de su tierra,  de los descendientes de sus coterráneos), tan suprimido que, hasta  fotografías y cartas testimoniantes de su tangibilidad fueron literalmente evaporadas por diversas circunstancias y en diferentes momentos de su corta vida?

¿Qué decir de Isidoro Ducasse,  
nuestro Desolado Mayor?


Tampoco terminan de decir acabadamente sobre su Poesía los eruditos. “Está maldita, como él”, se conforman con decir muchos.


"Conocí a Ducasse en el Liceo de Pau, en
el año 1864. Aún veo a ese joven alto, 
delgado, algo encorvado, pálido, con los 
cabellos largos cayéndole sobre la frente ...
Habitualmente estaba triste y siIencioso,
como retraído en sí mismo. Dos o tres 
veces me habló con cierta animación de 
esos países de ultramar donde la vida era 
libre y feliz.
Muchas veces pasaba horas enteras con
los codos apoyados en el pupitre y las 
manos en la frente, los ojos fijos sobre 
algún libro clásico que no leía; era 
evidente que sufría de nostalgia y que lo 
mejor que sus padres hubieran debido 
hacer era traerlo de vuelta
a Montevideo”.

Fragmento del testimonio de Paul Lespes,
sesenta años después de haber sido
compañero de Isidoro en el Liceo de Tarbes,
Francia.




En esta Casa, una lágrima muda desliza con ternura sus Cantos hacia otro joven, hacia esa esperanza que puede alzarse cien codos más arriba que el dolor, como el Condecito quiso decir alguna vez.

Y ese otro joven, cabal esperanza, así le contesta:



Carta a Lautréamont

Desvivo y vivo, hoy te escribo esta carta
harta mi cara se impacta al leer tus frases
descartes en mi mente mientras observo el póquer de ases
piel erizada, y un latir inconcebible
transportado a un aljibe falto de luz
eso es lo que hiciste, magia en un libro
sobrepasando cualquier idioma
una conexión extraordinaria de ordinaria forma

forma parte de mi vida, al día, de hoy
te digo gracias, aunque eso es lo que eludo
un saludo, burdo y mudo
para quien le hizo frente
a los peores fantasmas del mundo.

un café, un cigarro, un poema
un rap, un trago, una canción
y debajo de mi almohada
de por vida los cantos de Maldoror.

Bryan Francia

Gracias, querido Bryan. 
Otra muestra de otro mito que se derrumba, porque los jóvenes sí leen Poesía. 
No necesariamente está hecha para ser entendida la Poesía; tal vez hoy es suficiente con que sea sentida. Ése es el paso ineludible.


De izquierda a derecha, el segundo, Bryan, con
CharrúasCrew.

Bryan, el último a la derecha, 
con CharrúasCrew.
Búscalos en Youtube y en Facebook.
Pronto podrás disfrutar
la grabación de esta "Carta".




Y Gracias también a Ti, Lector/a, por tu compañía, en esta noche especial. 
Por un instante, nuestro Desolado Mayor 
no estuvo solito.            

martes, 2 de abril de 2013

El patito feo *

      Una rosa de la tumba de Homero
     [Cuento infantil. Texto completo]
          Hans Christian Andersen
       De: Biblioteca ciudadseva.com                

Hans Christhian Andersen
2 de abril de 1805


En todos los cantos de Oriente suena el amor del ruiseñor por la rosa; en las noches silenciosas y cuajadas de estrellas, el alado cantor dedica una serenata a la fragante reina de las flores.

No lejos de Esmirna, bajo los altos plátanos adonde el mercader guía sus cargados camellos, que levantan altivos el largo cuello y caminan pesadamente sobre una tierra sagrada, vi un rosal florido; palomas torcaces revoloteaban entre las ramas de los corpulentos árboles, y sus alas, al resbalar sobre ellas los oblicuos rayos del sol, despedían un brillo como de madreperla.

Tenía el rosal una flor más bella que todas las demás, y a ella le cantaba el ruiseñor su cuita amorosa; pero la rosa permanecía callada; ni una gota de rocío se veía en sus pétalos, como una lágrima de compasión; inclinaba la rama sobre unas grandes piedras.

-Aquí reposa el más grande de los cantores -dijo la rosa-. Quiero perfumar su tumba, esparcir sobre ella mis hojas cuando la tempestad me deshoje. El cantor de la Ilíada se tornó tierra, en esta tierra de la que yo he brotado. Yo, rosa de la tumba de Homero, soy demasiado sagrada para florecer sólo para un pobre ruiseñor.

Y el ruiseñor siguió cantando hasta morir.

Llegó el camellero, con sus cargados animales y sus negros esclavos; su hijito encontró el pájaro muerto, y lo enterró en la misma sepultura del gran Homero; la rosa temblaba al viento. Vino la noche, la flor cerró su cáliz y soñó:

Era un día magnífico, de sol radiante; se acercaba un tropel de extranjeros, de francos, que iban en peregrinación a la tumba de Homero. Entre ellos iba un cantor del Norte, de la patria de las nieblas y las auroras boreales. Cogió la rosa, la comprimió entre las páginas de un libro y se la llevó consigo a otra parte del mundo a su lejana tierra. La rosa se marchitó de pena en su estrecha prisión del libro, hasta que el hombre, ya en su patria, lo abrió y exclamó: «¡Es una rosa de la tumba de Homero!».

Tal fue el sueño de la flor, y al despertar tembló al contacto del viento, y una gota de rocío desprendida de sus hojas fue a caer sobre la tumba del cantor. Salió el sol, y la rosa brilló más que antes; el día era tórrido, propio de la calurosa Asia. Se oyeron pasos, se acercaron extranjeros francos, como aquellos que la flor viera en sueños, y entre ellos venía un poeta del Norte que cortó la rosa y, dándole un beso, se la llevó a la patria de las nieblas y de las auroras boreales.

Como una momia reposa ahora el cadáver de la flor en su Ilíada, y, como en un sueño, lo oye abrir el libro y decir: «¡He aquí una rosa de la tumba de Homero!»

FIN

Agradecemos al escritor Víctor Montoya su revisión de este cuento para la Biblioteca Digital Ciudad Seva.

ciudadseva.com












*   De armar el árbol genealógico de mi vocación literaria, junto al nombre de mi padre (que era un narrador infantil natural), tendría que ubicar seguramente el de Hans Christian Andersen.

    Su “Patito Feo”, lagrimeado y escuchado con la misma ansiedad cada noche, desde que tenía dos o tres años, fue otra iniciación silenciosa al respeto por “l@s diferentes”.

   Por eso me parece oportuno recordar que  Bruno Betthelheim, en Psicoanálisis del Cuento de Hadas, plantea: “El mensaje que los cuentos de hadas transmiten a los niños es que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos”.
   Sin embargo, debo acotar: casi todos los obstáculos.

Ana