domingo, 25 de mayo de 2014

Mijáil Shólojov

24 de mayo de 1905 -Rostov del Don
Escritor

El destino de un hombre


La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros- no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo -refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.

El pequeño río, que se seca parcialmente en verano, se había desbordado frente al caserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en una frágil barquilla, de fondo plano, que únicamente podría llevar a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljoz, nos esperaba un "Willis" viejecillo, que había visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El chofer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje. Apenas desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes sitios del podrido fondo, pequeños surtidores. Con medios manuales, calafateamos la insegura embarcación y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chofer trajo del caserío el auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:

-Si este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas; no nos espere usted antes.

El caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto al embarcadero había ese silencio que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de Prijoperskie, hundidas en el humo liliáceo de la niebla, el suave vientecillo traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.

Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla de "Bielomor" estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha no zozobrara, y ahora, lamentando amargamente mi imprevisión, extraje del bolsillo con cuidado la cajetilla reblandecida, me puse en cuclillas y empecé a colocar sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.

Era mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se secarían pronto. Los rayos solares calentaban tanto, que me arrepentí de haberme puesto para el viaje los acolchados pantalones y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquel el primer día verdaderamente tibio después del invierno. Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido por entero en la soledad y el silencio, quitarse el gorro de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en nada, seguir el movimiento de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido del cielo.

Pronto vi que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos, arrastrando los pies, iban en dirección al embarcadero, pero al llegar adonde estaba parado el automóvil, torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:

-¡Salud, hermano!

-Buenos días -repuse, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía.

El hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:

-Saluda al tío, hijito. Ya ves, es también chofer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos en un camión y él conduce ese pequeño coche.

Mirándome de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché suavemente y le pregunté:

-¿Cómo es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.

Con enternecedora confianza infantil, el pequeño se apretó contra mis rodillas y enarcó asombrado las claras cejas rubias.

-¡Yo que voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué va! Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.

Luego de quitarse de la espalda la mochila escuálida y de tomar asiento a mi lado, el padre dijo:

-¡Estoy aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al trote y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes, como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no es para hombres viajar con pasajeros de esta clase, y menos a patita.

Hizo una pausa y preguntó:

-¿Y tú qué, hermano, esperas a tus jefes?

Me fue violento sacarlo de su error, diciéndole que yo no era chofer, y respondí:

-Hay que esperar.

-¿Vendrán de la otra orilla?

-Sí.

-¿Sabes si llegará pronto la barca?

-Dentro de un par de horas.

-Bastante tiempo es ése. Bueno, descansaremos entre tanto. Yo no tengo ninguna prisa. Pasaba ya de largo, cuando, de pronto, veo que un hermano chofer está tomando el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo es tan triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano, es como el caballo curado; no sirve para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.

Sacó del bolsillo del pantalón caqui, de verano, una enrollada bolsita de raída seda color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria bordada en una de las esquinas: "Al querido combatiente, de una alumna de la escuela secundaria de Lebediansk."

Fumamos de aquel tabaco campesino, muy fuerte, y estuvimos callados largo rato. Iba ya a preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto lo obligaba a viajar con aquel deshielo, pero él se me adelantó:

-¿Te has pasado toda la guerra al volante?

-Casi toda.

-¿En el frente?

-Sí.

-Pues a mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.

Puso sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Lo miré de reojo y sentí un malestar impreciso... ¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos como cubiertos de ceniza, llenos de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo mirarlos? Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.

Luego de arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a hablar:

-A veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos y piensa: "Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este modo?" Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol... No la tengo, ¡ni la espero! -y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente al hijito y le dijo-: Anda, querido, vete a jugar un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas, los chiquillos encuentran siempre algo. ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!

Cuando fumábamos en silencio, yo observando a hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido con sencillez, pero su ropilla era buena; la hechura de su larga chaquetita, forrada de fina y desgastada piel de cabra, las diminutas botas altas, lo suficientemente holgadas para ponérselas con calcetines de lana, y un zurcido hecho con mucha maestría para tapar un desgarrón en la manga, todo ello denotaba cuidados de mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida con descuido, burdamente; el remiendo de los pantalones caqui, de uniforme, no lo había echado como era menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de soldado, pero los compactos calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que hubieran sido arreglados por ninguna mano femenina... y entonces, pensé: "Tú eres viudo o te llevas mal con tu mujer".

Mas él, después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió hablar; yo, todo oídos, lo escuchaba:

-Al principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Voronezh, el año mil novecientos. Durante la guerra civil serví en el Ejército Rojo, en la división de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kuban, a trabajar como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año volví del Kuban, vendí la pequeña jata1 y me fui a vivir a Voronezh. Al principio trabajé en un artel de carpinteros; luego pasé a una fábrica y aprendí el oficio de mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre, complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola desde afuera, desde un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado, sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!

»Volvía uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a casa, para prepararme siempre un plato sabroso. La miraba uno y se le ablandaba el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y le decía: "Perdona, querida Irina, he estado muy grosero contigo. Pero, compréndelo, hoy no me ha ido bien el trabajo." Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significaba para el trabajo? Por la mañana me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es tener una mujer y compañera inteligente.

»En ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra, también recorría el último trecho metiendo la primera, es decir, a cuatro patas; pero llegaba. Y de nuevo, ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme... Me desnudaba y me decía bajito: "Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte, dormido, de la cama". Bueno, y yo me derrumbaba como un fardo, y todo se balanceaba ante mis ojos. Solo, entre sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba, por consiguiente...

»Por la mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que me despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada; por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal tallado. "Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca, pero no debes beber más, querido." ¿Acaso se podía no hacer honor a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con los ojos únicamente, la besaba y me iba al trabajo como un corderito. En cambio, si me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado también al segundo día! Así pasa en otras familias en que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles de ésas, y lo sé bien.

»Pronto, empezaron a llegar los hijitos. Primero nació un niño; luego, dos niñas más... Y entonces me aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la familia era ya numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y punto final.

»El año veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a conducir, y empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y no quise volver a la fábrica. Manejar el volante me parecía más distraído. Viví de esta manera diez años, sin darme cuenta de cómo pasaron. Se fueron como un sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor; pero, después de andar veinte kilómetros, se cubre de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.

»Trabajé durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las demás gentes. Los chicos nos daban alegrías: los tres estudiaban con notas de sobresaliente, y el mayorcito, Anatoli, resultó tan capaz para las matemáticas que hasta llegaron a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para esas ciencias. Pero aquello me halagaba mucho y estaba orgulloso de él, ¡muy orgulloso!

»En los diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos hicimos una casita con dos habitaciones pequeñas, despensa y pasillo. Irina compró dos cabras. ¿Qué más necesitábamos? Los chicos comían gachas con leche, teníamos un hogar, estábamos vestidos y calzados; por consiguiente, todo marchaba bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una parcela, de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación. De haber hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.

»Y de pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase en el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron a despedirme a la estación los cuatro míos. Irina, Anatoli y mis hijas Nastienka y Oliushka. Todos los chicos se portaron como unos valientes. Claro que a mis hijas, no sin motivo, se le saltaron unas lagrimillas. A Anatoli solamente se le estremecían los hombros, como si tuviera frío, por aquel entonces ya había cumplido los dieciséis años, y a mi Irina... En los diecisiete años de matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche anterior estuvo mi camisa humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho, y por la mañana, la misma historia... Llegaron a la estación, y yo, de la lástima que me daba mi mujer, no podía mirarla: tenía los labios hinchados de llanto, los cabellos asomaban revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios, como de loca. Los jefes dieron la orden de subir al tren, y ella se derrumbó sobre mi pecho mientras sus manos se aferraban a mi cuello; temblaba toda, como un árbol hendido por un hachazo... los chicos y yo tratábamos de consolarla, pero ¡de nada servía! Otras mujeres hablaban con sus maridos o con sus hijos, pero la mía estaba pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía más que temblar toda ella sin poder articular palabra. Yo le dije: "¡Hay que ser fuertes, querida Irina! Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida." Ella balbuceó, sollozando a cada palabra: "Querido mío... Andriusha... no volveremos a vernos... más... en este... mundo..."

(...) 


Para continuar leyendo: CiudadSeVa.com


“Hasta la guerra, nunca había comprendido la tremenda influencia que podía ejercer la poesía en la gente que lucha por un ideal. Prácticamente no había periódico clandestino que no publicase versos de nuestros poetas, entre ellos... Maria Konopnicka”- Jan Karski

María Konopnicka
23 de mayo de 1842- Polonia
Poeta, narradora, ensayista, crítica literaria, traductora, periodista y activista.

HAY EN MI PECHO


Hay en mi pecho una tumba silenciosa
que no adorna ninguna flor
y en cuyo mortal refugio
no yace ningún cadáver.

Sobre ella no suena el metal de las campanas,
ni le pesan grandes masas de tierra.
En esta tumba silenciosa
no hay ni losa ni cruz.

En ella cayó el rayo
que doraba mi vida.
Lo único que hay en ella es mi sueño silencioso
y el latido confiado de mi corazón.


De: http://milyunpoetas.blogspot.com



Los enanos y María la huerfanita


Ese año el invierno fue muy duro y largo... Los enanos, como cada año, lo pasaban en “la Cueva de Cristal”; por supuesto no iban a la helada nieve. Allí más y más ansiosamente esperaban la llegada de la primavera.
Błystek*, que era el rey de los enanos, era el más impaciente. De vez en cuando les ordenaba buscar signos de la primavera, pero aún no había lugar para verla. Hacía tanto frío que el rey se congelaba a su trono…
Finalmente, la primavera comenzó a acercarse; los hielos se derretían y los enanos empezaron a estornudar.
El rey envió un cronista educado, Koszałka – Opałka, para revisar lo que pasaba sobre la tierra. El enano se marchó inmediatamente llevando un gran libro, un tintero y una pluma. Llegó a una aldea, donde un zorro estaba robando las gallinas de los granjeros.

Allí había un desorden total, todo el mundo pensaba, ¿qué se puede hacer con el zorro? Opałek entendía muy poco de esto. Pero era inteligente y un cronista escrupuloso y debía anotar el evento en el libro.
Él escribió que los “Tatarzy” ([Tártaros] “grupo de personas turcas de Europa Central y Oriental y Asia Central. Eso hace al aspecto histórico”) atacaron el pueblo; ya que las personas siempre le echaban la culpa de los disturbios en los pueblos a ellos.
Koszałek fue saludado calurosamente por los pastores. Lo invitaron a sentarse junto a ellos al fuego y le ofrecieron patatas. El cronista adoraba a los niños y con mucho gusto les contó muchas historias interesantes a los pastores y a ellos…

Decía que en el pasado a los enanos les iba mejor... Los enanos vivían con la gente, los cuales los llamaron GNOMOS, les ayudaban en la granja y el hogar, y  tenían amistad con ellos.
Después del bautismo de Polonia, en tiempos de Mieszko I (primer rey de Polonia), ángeles ocuparon el lugar de los Enanos y estos empezaron a bajar de peso, ponerse negros y perder fuerza. Escaparon de la gente, por temor a las campanas ruidosas de la iglesia. Después se escondieron de la gente y vivieron en lugares apartados.

Por la tarde Koszałek se despidió de los niños y se marchó al bosque. Estaba muy oscuro y el enano cayó en una madriguera donde vivía el zorro Sadełko(un nombre que significa grasita). La pluma del cronista le resultó muy interesante al zorro.
Cuando se enteró de que la pluma era de ganso, de los gansos que eran pastoreados por María la huérfana, inmediatamente comenzó a planificar el ataque a las aves.
Además, Opałek aún no había visto ninguna señal de la primavera, aunque muchas de ellas estaban a su alrededor. Es más, dedujo que no habría primavera en ese año.

Mientras tanto en la Cueva de Cristal había mucha hambre, porque la comida se había acabado. Allí Recordaban la aventura de Podziomek*…
Hubo una mujer que descuidaba a su precioso hijo. Los gnomos decidieron que lo remplazarían por Podziomek; un enano mucho más feo y que siempre tenía hambre. La mujer lo golpeó y le gritó tan fuerte que los enanos decidieron devolver a Janek(pues tal era el nombre del niño) a su madre, y Podziomek regresó con ellos.

Ahora Podziomek, hambriento, se había marchado desde la Cueva a la tierra, para buscar los signos de la primavera. Un ave le dejó viajar sobre su espalda… Aterrizaron sobre el techo de una casa, donde vivía la madre de Janek. El ama de casa vio al enano y él huyó al bosque. Allí, en un claro en el bosque se encontró con un gitano que tenía un mono.
El gitano, que ya había encarcelado a Koszalka – Opalka encarceló también a Podziomek. Los guardó encadenados  y trató de que aprendieran trucos de circo.

Muy pronto los enanos presentaban en la feria los trucos que habían aprendido. Y mientras lo hacían, los gitanos robaban a los espectadores. Podziomek advirtió a las personas sobre lo que pasaba y ellos exiliaron a la deshonesta banda de la ciudad. Los gnomos se refugiaron en el bosque… La primavera por fin había llegado.


El gitano atrapó una vez más en sus manos a los enanos, pero los gnomos con un hechizo hicieron que el hombre les devolviera a las Cuevas de Cristal. Allí el Rey ‘’Blystek’’ decidió que él y el tribunal marcharían inmediatamente a la tierra. Por la noche todos se enguaracaron** en el coche de Skrobek (un campesino pobre).

Podziomek y Koszałek-Opalek bajaron a la región de Głodowa Wólka, y el resto de los enanos se sentaron entre las ramas de los árboles cerca de la cabaña de Skrobek. Ellos querían ayudar de alguna manera al campesino pobre, que vivía solo con sus dos hijos; ya que todos pasaban hambre y no podían cuidar de la granja.

Nunca le había faltado nada a María en toda su vida, hasta que su madre murió. A continuación, tuvo que irse de su casa y vivir en Głodowa Wólka, donde comenzó a pastorear los Gansos de una mujer. El perro Gasio le ayudaba. El zorro Sadeło le tenía mucho miedo a este perro pero le gustaban mucho sus gansos. Por casualidad y equivocación, Koszałek - Opałek ayudó al zorro a robar los gansos.
Podziomek llevó a María a la reina ´´Tarta”, para ayudarla a recuperar su manada.
La reina vivía sobre una montaña muy alta, gracias a ella María pudo recuperar sus gansos. Su anfitriona, sin embargo, había encontrado una nueva ayudanta y exilió a María.

Luego de esto Skrobek cuidó a la Huérfana y ella  a cambio de esto cuidaba de sus hijos y el hogar.
Gracias a los hechizos del rey, Skrobek llegó a ser muy trabajador y preparar muy bien el campo para la siembra. Los enanos recogían las siembras de granos en todo el pueblo. También atraparon al ratón Wiechetek, que había robado el trigo. Cuando comprendieron que lo llevaba para sus hijos hambrientos, el rey Bystek se lo perdonó. Además, ordenó a los enanos cuidar de los niños de Wiechetek.

Skrobek amaba María como si fuera su propia hija. El otoño pasó... Skrobek ya había sembrado su campo. Los Enanos en la Gruta de Cristal empezaban a prepararse para el invierno. Podían volver a casa alegres y orgullosos por todas las muchas cosas buenas que habían logrado ese año: encontrar una casa para María y haber cambiado la conducta de Skrobek.
Sobre la tierra sólo estaba Koszałek - Opałek. Al principio vivió con el zorro en su madriguera. Finalmente, entendió que Sadełko era un asesino de aves y un ladrón.

En el verano Opałek buscaba a sus hermanos, desgraciadamente sin lograrlo. Pero él contaba a los niños alrededor de unas historias muy interesantes: del rey Bystek, de la huérfana María y sus gansas, de los tesoros, de los hechizos, de la brujería y lo que los enanos habían hecho. Así dejó de escribir sus crónicas.

Nota de traductora: Los nombres marcados* son nombres de fantasía.


De: www.detonadordecuentos.com.ar




jueves, 22 de mayo de 2014

“La última locura que me quedará probablemente será la de creerme poeta” - Gérard de Nerval

22 de mayo de 1808- Francia
Poeta, ensayista, traductor.

El desdichado


Yo soy el Tenebroso, -el viudo-, el Sin Consuelo,
Príncipe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única estrella ha muerto, y mi laúd constelado
lleva en sí el negro sol de la Melancolía.

En la Tumba nocturna, Tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo y el mar de Italia, aquella
flor que tanto gustaba a mi alma desolada,
y la parra do el Pámpano a la Rosa se alía.

¿Soy Amor o soy Febo?.. Soy Lusignan o ¿Biron?
Mi frente aún enrojece del beso de la Reina;
he soñado en la Gruta do nada la Sirena...

He, doble vencedor, traspuesto el Aqueronte:
Modulando unas veces en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y, otras, gritos del Hada.

De: CiudadSeVa.com




El reflejo de su psicosis en su obra


En la obra de Nerval y en su manera de comportarse aparecen evidencias de distintos fenómenos psicopatológicos, que comprometen afecto, pensamiento y sensopercepción. Su obra "Aurelia" contiene lo más psicótico de su producción literaria y fue escrita en pleno período de su enfermedad. Aunque para él la locura es "el desbordamiento de los sueños en la realidad", empero, Nerval es capaz de darse cuenta que no es su estado normal, sino uno enfermo. Así, en una carta al salir de un sanatorio en 1841, luego de su primer episodio psicótico, comentó a la esposa de Dumas: "Ayer me encontré con Dumas. Le dirá que he recobrado lo que está convenido llamar razón, pero no crea una palabra. Soy y he sido siempre el mismo... La ilusión, la paradoja, la presunción, son todas ellas, enemigas del buen sentido, que nunca me ha faltado. En el fondo, he tenido un sueño muy divertido y lo echo de menos; he llegado incluso a preguntarme si no es más verdadero que lo único que me parece explicable y natural hoy. Pero como hay aquí médicos y comisarios que velan porque no se extienda el campo de la poesía a expensas de la vía pública, sólo me han dejado salir y vagar definitivamente entre las gentes razonables cuando convine muy formalmente en haber estado enfermo, lo cual le costaba mucho a mi amor propio e incluso a mi veracidad... Para acabar, convine en dejarme clasificar en una "afección" definida por los doctores y llamada, indiferentemente, Teomanía o Demoniomanía en el diccionario médico. Con ayuda de tales definiciones, incluidas en estos dos artículos, la ciencia tiene el derecho de escamotear o reducir al silencio a todos los profetas y videntes predichos por el Apocalipsis, ¡uno de los cuales me jactaba de ser yo!

Nerval fue muy celoso de que no se diera a conocer al público lector su enfermedad, se molesta y reacciona irónicamente contra Dumas por la nota del epígrafe de este artículo y que se menciona en mayor longitud más adelante. En el prólogo de "Las hijas del Fuego", Nerval se defiende y explica que su extraña conducta sólo refleja la compenetración del autor con sus personajes, llegando a hacer uso de sus sueños y fantasías. Para Nerval "los sueños son una segunda vida" y este postulado lo transfiere a su obra.

Alejandro Dumas en su comentario sobre Nerval nos da indicios sobre su trastorno: "... su habitat podría ser, ni más ni menos, que un fumadero de opio del Cairo o un comedor de hachís de Argel, y entonces, la vagabunda que ella es (se refiere a la imaginación de Nerval), lo lanza a las teorías imposibles, a los libros irrealizables. Ora es el rey Salomón, ha vuelto a encontrar el sello que evoca a los espíritus, espera a la Reina de Saba; y entonces créanme, no hay cuento de hadas o de Las Mil y una Noches que valga lo que él cuenta a sus amigos, que no saben si deben compadecerlo o envidiarlo de la agilidad y del poder de esos espíritus, de la belleza y riqueza de esa reina; ora es sultán de Crimea, conde de Abisinia, duque de Egipto. Otro día se cree loco y cuenta cómo llegó a estarlo, y con tan alegre brío, pasando por peripecias tan convincentes, que cada cual desea estarlo para seguir a ese guía irresistible por el país de las quimeras y de las alucinaciones. Ora finalmente, es la melancolía la que se convierte en su musa y entonces, retengan sus lágrimas si pueden; pues nunca Werther (personaje de la obra homónima de Goethe), nunca Rene (personaje de obra homónima de Chateubriand); han tenido quejas más punzantes, sollozos más dolorosos, palabras más tiernas y gritos más poéticos... ".
Una de las bizarras situaciones que provocaron su internación fue el verlo pasear a una langosta con una cinta azul. La mala crítica a una de sus obras y la indiferencia frente a la reedición de "Viaje a Oriente", le provocan una crisis que lo lleva al hospital en enero de 1852. Si bien ese año continúa con una actividad frenética, en 1853 y 1854 requiere de internaciones periódicas. En el invierno de 1854, después de una crisis grave, se le permitió vivir con una tía en París. No parece muy repuesto, vagabundea, trasnocha en los barrios bajos, en calles como la que muestra un grabado de la época y desaparece por varios días seguidos. El 24 de enero deja una nota a su tía:"... Cuando ya haya triunfado de todo, tendrás tu lugar en mi Olimpo, como yo tengo mi lugar en tu casa. No me esperes hoy, pues la noche será negra y blanca....". (...) 
"Aurelia" (1855) es su último libro y uno de los más trascendentes para los surrealistas. El autor narra en "Aurelia" episodios depresivos muy severos en los que se aprecia una gran tristeza, ideas de culpa y de auto-eliminación, como también fases maníacas con marcada actividad alucinatoria como en el siguiente relato, donde Nerval escribe: "Aquí empezó para mí, lo que llamaré el desbordamiento del sueño en la vida real. A partir de aquel momento, todo tomaba, a veces, un aspecto doble y eso, sin que el razonamiento careciere nunca de lógica, sin que la memoria perdiese los más leves detalles de lo que me sucedía. Sólo que mis acciones, insensatas en apariencia, estaban sometidas a lo que llaman ilusión, según la razón humana. Me creí transportado a un planeta oscuro donde se debatían los primeros gérmenes de la creación. Vi monstruos que cambiaban de forma y, despojándose de sus primeras pieles, se alzaban más poderosos sobre patas gigantescas, la enorme masa de sus cuerpos rompía las ramas y las hierbas, y en el desorden de la naturaleza, se entregaban a combates en los que yo mismo tomaba parte, pues tenía un cuerpo tan extraño como el de ellos. De repente un aire divino, el planeta se iluminó, todos los monstruos que había visto se despojaban de sus formas extrañas y se convertían en hombres y mujeres; otros revestían en sus transformaciones, la figura de los animales salvajes, de los peces y de los pájaros".

Concluimos citando las palabras de Marcel Proust en relación a Nerval, quien contribuyó mucho a su revaloración: "Si un escritor, en las antípodas de las claras y fáciles acuarelas, ha tratado de definirse laboriosamente ante sí mismo, de esclarecer unos matices turbios, unas leyes profundas, unas impresiones casi inasibles del alma humana, es Gerard de Nerval".

De: Los diagnósticos de Gerard de Nerval: La influencia de la locura en la genialidad literaria
Rev. méd. Chile v.138 n.1 Santiago ene. 2010
De: http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872010000100017


En: http://www.scielo.cl.com












Hisako Matsubara



Hisako Matsubara nació en Kyoto el 21 de mayo de 1935, hija de un gran sacerdote de la religión sintoísta. También, ella está ordenada como sacerdotisa de este credo. Estudió literatura inglesa y religión comparada en la International Christian University de Tokio y se graduó en Arte del Teatro, en la Pennsylvania State University, en los Estados Unidos. Allí, trabajó como editora antes de trasladarse a Europa para ampliar estudios en Zurich, Marburgo y Göttingen. Posteriormente, se doctoró en Historia del Pensamiento por la Universidad de Ruhr, en Alemania, país en el que residió durante mucho tiempo, concretamente en la ciudad de Colonia. Salvo algunos poemas de juventud en japonés, toda su obra está escrita en alemán. En 1969 traduce a la lengua de Goethe el texto Taketori-monogatari, clásico japonés del siglo décimo, junto a su hermana Naoko Matsubara que realiza las ilustraciones de este libro. Entre sus obras destacan: Samurái, su novela más conocida y que ha sido traducida a ocho idiomas, Glückspforte (1980), Los pájaros del crepúsculo (1981), ambientada a finales de las Segunda Guerra Mundial y principios de la posguerra, Bajo el puente en Hiroshima (1988), Karpfentanz (1994) y Himmelszeichen (1998). Asimismo, destacan sus libros de ensayo Blick aus Mandelaugen: eine Japanerin in Deutschland (1968), Weg zu Japan: west-östl. Erfahrungen (1983) y Raumschiff Japan: Realität und Provokation (1989) y el libro en inglés The Japanese: A Mystery Unfolded (1990). Además, ha realizado una edición completa y comentada de la literatura japonesa del siglo XIX. Igualmente, ha escrito artículos regularmente para el diario germano Die Zeit y para la televisión alemana como autora de documentales y en labores de asesoramiento sobre temas literarios y políticos. En los últimos años, esta novelista, una de las más importantes escritoras japonesas actuales, se ha trasladado junto a su familia a los Estados Unidos, donde ha impartido clases en varias de sus universidades.

                                                                          
Samurái fue escrita originariamente en alemán por la escritora y ensayista japonesa Hisako Matsubara, bajo el título de Brokatrausch, el año 1978. Este libro muestra como telón de fondo las profundas transformaciones sociales, políticas y económicas que trajo consigo para el Japón el advenimiento de la restauración Meiji (1867-1912). En sus páginas se refleja el difícil tránsito desde las antiguas tradiciones nacionales a las nuevas formas de vida occidentales que obligaron a todo un país a adaptarse a los vientos de cambio de una nueva era. Igualmente, en esta novela, se abordan diferentes temas como el sentido del deber, la obediencia ciega, el amor incondicional, la pérdida de las ilusiones o la intransigencia, vistos a través de la óptica de sus personajes.

Este relato narra la historia de Hayato, un rico samurái, que adopta a Nagayuki, descendiente de una familia aristocrática empobrecida, a quien educa según las rígidas normas tradicionales y lo promete a su hija Tomiko. Luego, la pareja contrae matrimonio y vive felizmente varios años en la ciudad de Tokio, mientras el joven estudia la carrera de Derecho en la Universidad Imperial. En medio de esta época de grandes transformaciones, el cabeza de familia, cuyo honor le prohíbe hablar de dinero, va perdiendo poco a poco todos sus bienes por su falta de visión empresarial. Éste, anclado en un pasado que existe únicamente en su mente, envía a Nagayuki a América a hacer fortuna, no como miembro de una poderosa empresa nipona, sino como un simple samurái, provisto tan sólo de su espada y portando cinco cajas de ricos kimonos. Tomiko tiene que permanecer sola en el pueblo, cuidando de la familia y lejos del hombre al que ama. Mientras tanto, su marido intenta abrirse paso en los Estados Unidos bajo el peso de una devastadora realidad.

(...)

Esta obra ha sido comparada por la crítica con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) que ofrece un magistral relato sobre la decadencia de la nobleza y su relevo como clase dominante durante la época de la unificación italiana. Frente a este autor italiano que aseveraba en su libro que algo debería cambiar para que todo siguiera igual, Hisako Matsubara nos ofrece una visión de la ruina de un antiguo régimen que se debilita lentamente y finalmente fenece, degradando todo lo que se encuentra a su alrededor. En este texto se observa el declive del clan Ogasawara, encarnado en el personaje de Fumiya, que contempla las últimas horas del shogunato Tokugawa y la caída en desgracia de la vieja aristocracia de Kyoto, mientras el emperador traslada su corte a Tokio para iniciar la era del nuevo Japón. Este ocaso afecta de la misma forma a los samuráis, representados en la figura de Hayato, que es incapaz de comprender que en la nueva sociedad surgida en la era Meiji el papel de su clase ya no tenía cabida. En las páginas de esta novela observamos la decadencia de su linaje a través de elaboradas metáforas, relacionadas con los elementos de la naturaleza: “Con pasos, que se deslizaban aparentemente ligeros, señalando así el reducido peso de su viejo cuerpo, como de madera seca, en descomposición, Hayato recorría un bosque imaginario”. Igualmente, esta apariencia de decrepitud se asemeja a la visión de un carcomido mástil que se degrada lentamente como el emblema de su antiguo abolengo: “Algunos árboles habían caído ya de las rocas tras el último tifón y yacían, descomponiéndose, en el agua”. También, algunos críticos han visto cierto paralelismo de esta obra con El jardín de los cerezos del escritor y dramaturgo Antón Chéjov (1860-1904) que muestra el declinar de la aristocracia rusa de finales del siglo XIX.

Esta novela nos ha mostrado los grandes cambios generados por la era Meiji, una revolución política, social y económica que llevó a Japón a convertirse en una de las grandes potencias contemporáneas. En sus páginas se reflejan algunos de los acontecimientos políticos que marcaron esta etapa de grandes transformaciones: la Guerra Ruso-Japonesa, la anexión de Corea y la ocupación de China por las tropas imperiales. Además, abordan aspectos como el traslado del poder de manos de los antiguos señores feudales al emperador, la centralización de la administración en Tokio, el desarrollo de la economía y la industria de alto rendimiento, y la modernización del transporte y las comunicaciones. También, se resalta la influencia de los bancos y de las grandes empresas que habían sido las precursoras del moderno Japón, puesto que habían contribuido a la caída del shogunato Tokugawa y con su capital habían apoyado las reformas del nuevo soberano. Asimismo, muchos jóvenes son enviados a estudiar al extranjero, principalmente a Europa y a los Estados Unidos, y empiezan a decaer los antiguos valores tradicionales en un país que tuvo que adaptarse y renovarse ante unos nuevos retos marcados por el signo de los tiempos.

Este libro, bellamente escrito, está lleno de sensibilidad y de marcado lirismo. Hisako Matsubara nos ha ofrecido en esta obra una profunda recreación psicológica de unos personajes, perfectamente estudiados, que reflejan las emociones y los deseos más íntimos del ser humano. A través de un estilo sobrio y cuidado, esta autora nos ha mostrado con intensidad los sentimientos de una pareja de amantes, separados por la intransigente voluntad de un padre, mientras los poderosos vientos del cambio soplaban sobre el antiguo Japón.


 © Orlando Betancor 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

De: http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/samurai.html




“No menos que el saber me place el dudar”- Dante Alighieri



21 de mayo de 1265- Italia
Poeta y político.



TAN GENTIL Y TAN HONESTA LUCE
mi dama cuando a alguien saluda,
que toda lengua temblando enmudece,
y no se atreven los ojos a mirarla. 

Ella pasa, sintiéndose alabada,
benignamente de humildad vestida;
pareciera ser algo venido
del cielo a la tierra a mostrar un  milagro.   

Se muestra tan agradable a quien la mira,
que por los ojos procura al corazón gran dulzura,
incomprensible para quien no la experimenta.

 Y parece que de sus labios surgiera
un espíritu suave de amor pleno
que al alma va diciendo:  ¡Suspira!



VE CLARAMENTE TODA SALUD
quien a mi dama entre las damas mira;
las que con ella van se ven obligadas
de agradecer a Dios tan bella gracia.

 Y su belleza es de tanta virtud,
que a las demás ninguna envidia alcanza,
y así con ella las hace andar vestidas
de gentileza, amor y  fe.

 Verla vuelve a toda cosa humilde,
y no solo ella se hace ver agradable
sino que cada una por ella recibe honor.

 Y hay en sus actos tanta gentileza
que nadie puede traerla a la memoria
sin suspirar  de dulzura y de amor.
 

De VITA NUOVA

En: http://hablasonialuz.wordpress.com


Iglesia de Santa Margarita, donde se produjo
el encuentro entre Dante y Beatriz.











miércoles, 21 de mayo de 2014

“Es una mesita insignificante, cuadrada, pero él la prefiere a lo más valioso de lo que posee...”- Stefan Zweig



Honoré De Balzac
20 de mayo de 1799




En esta casa corrigió la Comedia Humana.


La mesa de trabajo
consignada por S. Zweig



Este salón comunica con un comedor que se halla separado de la cocina por la caja de una escalera cuyos peldaños son de madera y ladrillos descoloridos y gastados. Nada hay más triste que ver este salón amueblado con sillones y sillas con una tela  a rayas, alternativamente mates y relucientes. Parte de las paredes está tapizada con papel barnizado, que representa las principales escenas de Telémaco, y cuyos clásicos personajes están pintados en colores. El panel, situado entre las ventanas enrejadas, ofrece a los pensionistas el cuadro del banquete dado al hijo de Ulises por Calipso. Desde hace cuarenta años, esta pintura suscita las bromas de los huéspedes jóvenes, que se creen superiores a su posición al burlarse de la comida a la que la miseria les condena. La chimenea de piedra, cuyo hogar siempre limpio atestigua que sólo se enciende fuego en las grandes ocasiones, está adornada por dos jarrones llenos de flores artificiales que acompañan a un reloj de mármol azulado del peor gusto. Esta primera pieza exhala un olor que carece de nombre en el idioma y que habría que llamar olor de pensión. Huele a encerrado, a moho, a rancio; produce frío, es húmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizá podría describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las cantidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano. Bien, a pesar de estos horrores, si lo comparaseis con el comedor, que le es contiguo, hallaríais que este salón resulta elegante y perfumado. Esta sala, completamente recubierta de madera, estuvo en otro tiempo pintada de un color que hoy no puede identificarse, que forma un fondo sobre el cual la grasa ha impreso sus capas de modo que dibuje en él extrañas figuras. En ella hay bufetes pegajosos sobre los cuales se ven botellas, pilas de platos de porcelana gruesa, de bordes azules, fabricados en Tournay. En un ángulo hay una caja con compartimientos numerados que sirve para guardar las servilletas, manchadas o vinosas, de cada huésped.

Se encuentran allí algunos de esos muebles indestructibles, proscritos en todas partes, pero colocados allí como los desechos de la civilización en los Incurables. Veréis allí un barómetro de capuchino que sale cuando llueve, grabados execrables que quitan el apetito, todos ellos enmarcados en madera negra barnizada con bordes dorados; una estufa verde, quinqués de Argand, en los que el polvo se combina con el aceite, una larga mesa cubierta de tela encerada lo suficientemente grasienta para que un bromista escriba su nombre sirviéndose de su dedo como de un estilo, sillas desvencijadas, pequeñas esteras de esparto, calientapiés medio roto, cuya madera se carboniza. Para explicar hasta qué punto este mobiliario es viejo, podrido, trémulo, roído, manco, tuerto, inválido, expirante, haría falta efectuar una descripción que retardaría con exceso el interés de esta historia, y las personas que tienen prisa no perdonarían. El ladrillo rojo está lleno de valles producidos por el desgaste causado por los pies o por los fondos de color. En fin, allí reina la miseria sin poesía; una miseria económica, concentrada. Si aún no tiene fango, tiene manchas; si no presenta andrajos ni agujeros, va a descomponerse por efecto de la putrefacción.
Esta pieza se halla en todo su lustre en el momento en que, hacia las siete de la mañana, el gato de la señora Vauquer precede a su dueña, salta sobre los bufetes, husmea en ellos la leche contenida en varios potes, y deja oír su ronroneo matutino. Pronto aparece la viuda, con su gorro, bajo el que pende un mechón de pelo postizo, y camina arrastrando sus viejas zapatillas. Su cara avejentada, grasienta, de en medio de la cual brota una nariz como el pico de un loro; sus manos agrietadas, su cuerpo parecido al de una rata de iglesia, su busto demasiado cargado y flotante, se hallan en armonía con esta sala que rezuma desgracia, en la que se ha refugiado la especulación, y cuyo aire cálidamente fétido es respirado por la señora Vauquer sin que le produzca desmayo.

Su rostro fresco como una primera helada de otoño, sus ojos circundados de arrugas, cuya expresión pasa de la sonrisa prescrita a las bailarinas, a la amarga mueca de los usureros, en fin, toda su persona implica la pensión, así como la pensión implica toda su persona. El presidio no se imagina sin el capataz, no puede concebirse el uno sin el otro. La fofa gordura de esta mujer es el producto de esta vida, como el tifus es la consecuencia de las exhalaciones de un hospital. Su vestido, hecho con ropa vieja, resume el salón, el comedor, el jardincillo, anuncia la cocina y hace presentir los huéspedes. Cuando ella está allí, el espectáculo es completo. De una edad de unos cincuenta años, la señora Vauquer se parece a todas las mujeres que han tenido desgracias. Tiene los ojos vidriosos, el aire inocente de una callejera que se hace acompañar para hacerse pagar mejor, pero, por otra parte, dispuesta a todo con tal de hacer más agradable su suerte. Sin embargo, es buena mujer en el fondo, dicen los huéspedes, que la creen sin fortuna al oírla gemir y toser como ellos. ¿Quién había sido el señor Vauquer? Ella nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? En las desgracias, respondía la señora Vauquer. Se había portado mal con ella, sólo le había dejado los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho de no compadecer ningún infortunio, porque, decía, había sufrido todo lo que es posible sufrir. Al oír los pasos de la señora, la gorda Silvia, la cocinera, se apresuraba a servir el desayuno de los huéspedes internos.


De: Papá Goriot









« El silencio es un hacer. El silencio es, pues, actuación. Actuación silenciosa» - Castilla del Pino (psiquiatra)


“Desaparecidos”


Están en algún sitio / concertados
desconcertados / sordos
buscándose / buscándonos
bloqueados por los signos y las dudas
contemplando las verjas de las plazas
los timbres de las puertas / las viejas azoteas
ordenando sus sueños sus olvidos
quizá convalecientes de su muerte privada
nadie les ha explicado con certeza
si ya se fueron o si no
si son pancartas o temblores
sobrevivientes o responsos
ven pasar árboles y pájaros
e ignoran a qué sombra pertenecen
cuando empezaron a desaparecer
hace tres cinco siete ceremonias
a desaparecer como sin sangre
como sin rostro y sin motivo
vieron por la ventana de su ausencia
lo que quedaba atrás / ese andamiaje
de abrazos cielo y humo
cuando empezaron a desaparecer
como el oasis en los espejismos
a desaparecer sin últimas palabras
tenían en sus manos los trocitos
de cosas que querían
están en algún sitio / nube o tumba
están en algún sitio / estoy seguro
allá en el sur del alma
es posible que hayan extraviado la brújula
y hoy vaguen preguntando preguntando
dónde carajo queda el buen amor
porque vienen del odio.

Mario Benedetti
De: poemasdelalma.com


La desmemoria /2

El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.


Eduardo Galeano


El silencio es la actuación del cobarde, del que no es capaz de asumir con palabras la consumación de su hacer aberrante.