martes, 6 de agosto de 2013

"... Fue festejado..."- Alberto Gallo

El escritor uruguayo Alberto Gallo vino a presentar la primera de una trilogía de «novelas japonesas»

“Si se juntan la magia y la relojería, nace la literatura”

Gallo explica que comenzó a escribir ‘Nunca acaricies a un perro en llamas’ como una historia que empezaba en Japón, y se fue transformando en una novela estrictamente japonesa».
«Hacer en Montevideo literatura japonesa me permite tomar real distancia de cosas que tiene que ver conmigo, con mi país, con nuestra región, con las que ya ajusté cuenta en mis novelas anteriores». Así fundamenta el escritor Alberto Gallo la trilogía que ha comenzado con el libro «Nunca acaricies a un perro en llamas», que acaba de publicar la editorial Norma, y que el laureado narrador montevideano vino a presentar en Buenos Aires. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo se le ocurrió escribir una novela japonesa?

Alberto Gallo: Es que como uruguayo, como diría Borges, soy oriental. Tengo una infancia un poco ligada al mundo japonés. Mi papá, que vive, tiene 84 años, cuando yo era chico era el Mago Jack en Canal 12 de Montevideo, un canal importante de televisión abierta, conocía a Fú Manchú, y lo llamaban para que actuara en los «Sábados Circulares de Mancera». Al mismo tiempo era relojero. Eso de algún modo explica por qué yo soy escritor. Si se junta magia y relojería, surge la literatura. El mecanismo de la escritura y la magia de la ficción. Mi papá tenía todos los trucos de magia en cajas con letras japonesas, que significaban cosas que fui preguntándole a lo largo del tiempo. El le arreglaba los relojes a la Sociedad Japonesa del Uruguay, que estaba en Colón, el barrio donde nací. Fue así como tuve amigos japoneses, íbamos a casamientos y fiestas de japoneses, y una señora Nagasaki me solía contar historias de su país y cómo habían venido corridos por la guerra. Me propuso aprender japonés, pero a los 10 años me resultó imposible. Eso se enterró para siempre. Y por esos misterios de la literatura, comienzan a surgir como ideas narrativas hace unos cuatro años, de un modo que al comienzo titulé «japonés básico», por aquello de que, cuando algo no se entiende, se dice que es «chino básico», y que acaso tenía que ver con que no entendía qué estaba pasando en mi país, en el Río de la Plata, en el mundo. Así comencé como un juego a escribir «Nunca acaricies a un perro en llamas» como una historia que empezaba en Japón, y se fue transformando en una novela estrictamente japonesa.

P.: Que parte de la bomba a Hiroshima y entra en un mundo de muertos vivos cercano al de Rulfo.

A.G.: Nunca pude recuperarme de la lectura de «Pedro Páramo» y «El llano en llamas». Pasa un tiempo, vuelvo a esos libros y vivo el mismo deslumbramiento, porque Rulfo logró borrar las fronteras, y en «Pedro Páramo» no se sabe quién está vivo y quién está muerto. A mí me impresionó el atentado a Hiroshima, y que a los estadounidenses se los catalogara de héroes porque tirando esa bomba terminaron la guerra. Después supimos que no era todo tan así, había necesidad de experimentar la bomba para ver qué ocurría. Evaluaron que hubiera muerto mucha más gente si seguía la guerra. De cualquier modo murieron de un saque 140 mil civiles, a los que hay que sumar los que se siguen muriendo hoy por contaminación genética.

P.: ¿Cuándo se le juntó el mundo de Pedro Páramo con la bomba en Hiroshima?

A.G.: Cuando escuché a un sobreviviente que le decía a un periodista: durante la primera hora después del estallido no sabíamos si estábamos vivos o muertos. Y el periodista le dice: ¡Qué metáfora! Ninguna metáfora, nos pellizcábamos para ver si sentíamos algo, nos sacábamos un pedazo de carne y tratábamos de ver si podíamos volver a pegarla. Había gente muerta y gente que buscaba restos de su cuerpo para intentar completar su figura lacerada.

P.: A diferencia del escritor mexicano, usted parte de un contundente hecho histórico.

A.G.: Y que fue festejado. Eso visto desde afuera fue una catástrofe, pero se terminó la guerra. Desde dentro, en Japón, hay dramas y tragedias y los sobrevivientes de la bomba eran mal vistos. Ahí estaba el escenario por donde andaban mis personajes.

P.: ¿Qué le sucede a sus personajes poco después de que cae la bomba?

A.G.: Dudan. No saben si son en realidad un grupo de fantasmas confundidos. Descubren que han muerto, pero que acaso no hayan muerto donde creen que murieron. Y no voy a contar todo lo que pasa después. Acaso allí haya una metáfora de las vidas que vivimos, los que a veces vivimos como si hubiéramos muerto. Los que nos quedamos mirando a un chocolatero millonario en la tele dejando pasar nuestro tiempo, y eso es una especie de muerte, según creo. A veces los vivos no disfrutamos la vida y nos dejamos llevar por cosas que están contaminadas de muerte.

P.: ¿Por qué el hilo conductor de su libro lo lleva el perro de la advertencia del título?

A.G.: Porque Cristo desde su animalidad podía cuestionar, reírse, hacer comentarios irónicos sobre los seres humanos. Es un perro que piensa sobre las cosas que hacen los hombres. Se llama Cristo porque es «un pobre Cristo», porque a ese Cristo no se lo puede tocar porque tiene parte de su cuerpo en llamas. El perro Cristo me permite jugar con la idea de si no habremos tomado un rumbo equivocado. A través de ese perro se expresa lo lúdico de la literatura. La importancia de este perro está balanceada por la de los otros personajes. Es el que permite tomar distancia y mostrar el instante que cae la bomba sobre ese conjunto de civiles. Era el día de la limpieza y estaban todos los niños en la calle para salir. Está Kumiko que se prepara para ir al colegio, mientras el padre riega los cerezos en el jardín. Está la pequeña Sumi, que me gusta muchísimo. Es una niña muda, que espía a su madre y al amante, que escribe en las cenizas con un palito permanentemente. Está Masato, un antiguo guerrero samurai, con su perro Cristo, que los reagrupa a los sobrevivientes, si es que lo son, tratando de salvarlos, de sacarlos de esa ciudad en ruinas, tratando de saber qué es lo que pasa. Y soy yo, el escritor, quien quiere saber qué pasa, quá me pasa, porque escribo para conocerme un poco más. Y las reflexiones de los personajes me plantean mis desconciertos, mis oscuridades, me revelan cosas mías y me acercan a mí mismo.

P.: Al llegar a su quinta novela publicada, decide ir a Japón para contar una historia.

A.G.: En realidad, «Nunca acaricies a un perro en llamas» es la primera novela de una trilogía japonesa, cada una dedicada a un elemento. Esta al fuego, que es el lado oscuro del aire. La segunda, «No bajes a la playa con tus zapatos nuevos», al agua; y la tercera, con título provisorio, a la tierra. Ocurren en diversos momentos y los personajes son todos japoneses. Si bien llevo escritas cinco novelas, siento que «Nunca acaricies...» es la primera. En las otras cuatro, lo que hice fue ajustar cuentas conmigo mismo, con mi vida, conocer historias de mi país y de la región. La anterior, «Angeles entre nosotros» es una historia chilena, uruguaya, argentina, donde cuento del viaje de Darwin por esta zona del mundo y cómo comienza a surgir en él la Teoría de la Evolución de las Especies. Fueron obras de aprendizaje. Esta «literatura japonesa» me permite tomar una real distancia de cosas que tienen que ver conmigo, con las que ya ajusté cuentas, trabajar con los personajes casi como si estuviera armando una obra de teatro. Y la distancia, al no estar involucrado, suele dar mayor profundidad, permite trabajar mejor la poesía. La lejanía, y hasta el exotismo, me permite una libertad de creación enorme.

P.: ¿No le han dicho que en su relato se acerca a Murakami?

A.G.: Peor, me han dicho «vos sos más japonés que Murakami». Lo que pasa es que Murakami es un autor con ribetes muy occidentales, y por eso no gusta en Japón. Por eso no es muy difícil ser más japonés que Murakami. Cuando comencé a trabajar en mi literatura japonesa sabía que era un riesgo, y decidí afrontarlo y escribir lo que tengo ganas de escribir. Por otra parte se está dando un panorama muy raro en el mundo editorial. Las grandes editoriales rechazan muchas cosas porque acaso no sean comerciales, y quedan muchas obras por el camino. Ese rechazo da al escritor, a la vez, una amplia libertad. Deja de estar pendiente de la comercialidad, de si puede gustar o no. Porque, en ese sentido, el arte no deja de dar sorpresas.

P.: En los últimos tiempos ha habido un creciente interés por algunos escritores uruguayos nuevos y la revaloración de otros, como Mario Levrero. ¿A qué cree que se debe?

A.G.: Cuando salimos de la dictadura, que entre otras cosas nos hizo tanto mal culturalmente, necesitamos hacer un ajuste de cuentas con el pasado y con nosotros mismos. Hubo una necesidad de escribir novelas históricas sobre lo que nos había pasado y lo que nos estaba pasando. Nos pasamos unos 15 años en eso. Ahora eso ha pasado, se ha hecho, estamos más grandes, y comienzan a salir las obras. Se abre un panorama más que interesante. Así como hay un rock uruguayo, una forma de cantar uruguaya que es reconocible, estoy convencido de que hay una literatura uruguaya. Acá alguien podrá peguntarme qué tiene de uruguayo un relato japonés, y le diría que muchas, que no están a la vista, pero están. No está el decir uruguayo de Jaime Roos, pero hay una actitud uruguaya en el planteo de esta historia, hasta en su sentimentalidad. Y está esa universalidad de algo que nos cae de arriba y destruye a una multitud de personas, y son bombas económicas, aviones convertidos en bombas contra las Torres Gemelas, la capacidad de agresión y destrucción amoral que tiene un sector de nuestra especie.

Entrevista de Máximo Soto

www.ambito.com
Quizás aún no todos/as hayamos leído la narrativa de Alberto Gallo.
Siempre habrá oportunidad y especialmente después de haber leído
la anterior entrevista, tan motivante.
Pero sí estamos seguros/as de que
la mayoría de los/as uruguayos/as
lo han escuchado por Radio Uruguay, de 14.00 a 16.00,
dirigiendo con Daina Rodríguez
(otra profesional de real solvencia)
ese cautivante programa titulado Efecto Mariposa.
No es la primera vez que lo recomendamos,
del mismo modo que ahora invitamos
a conocer un fragmento de
NUNCA ACARICIES A UN PERRO EN LLAMAS. 


Alberto Gallo
Nunca acaricies a un perro en llamas
Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2010.


De acuerdo, sí, pero morir no es el problema, el asunto es morir y no darse cuenta. Y la señorita Kumiko ha visto a muchos en ese estado intermedio, en esa zona inestable generada por la brisa de la mañana, la que balancea los pájaros sobre los cables de alta tensión. Sí sí, Kumiko
los ha visto en ese instante en el que se hacen la pregunta fatal: ¿Acaso habré muerto? Los ha visto arrastrar sus pies y mirar al cielo como si todo ese azul que tienen sobre sus cabezas no fuera aire, sino mar, un mar revuelto y lleno de olas y espuma y algas como pájaros verdes. Pero luego la señorita Kumiko los ha visto, también, pellizcarse la piel hasta arrancarla en pedazos para convencerse de que están vivos. Y los ha visto hablar solos y buscar su mirada en la mirada de los otros y los ha visto, al fin, irse sin ninguna respuesta a esa pregunta que ella misma se ha hecho demasiadas veces desde esta mañana a las ocho quince, mientras espera que pasen por su casa para llevarla al colegio. Es el día de la limpieza y pronto se reunirá con sus amigos para asear las aulas, el edificio y los patios de recreo, donde la brisa que mueve los cables eléctricos, al mismo tiempo, levanta la pollera del uniforme y deambula libremente entre las piernas de las chicas.
Ay, ese aire fresco y suave, casi una caricia. Kumiko adora sentir el aire que se mete bajo las faldas y le envuelve todo el cuerpo mientras le susurra, entre el pelo suelto, esa canción infantil que ahora está cantando su padre. Él, como cada mañana, lleva puesto el sombrero y los guantes de jardinería. Está regando sus cerezos cuando, de pronto, ambos escuchan un sonido en el cielo, un motor lejano, demasiado lejano para preocuparse. Es curioso ver en qué medida la guerra disuelve los miedos para que la vida cotidiana siga su curso. Que alguien siga empecinado en regar los cerezos del jardín, por ejemplo, aun cuando acaba de escuchar que se acerca un avión de guerra, vaya si eso es curioso. El temblor apareció despacio, de forma sutil. Primero subió por los pies de Kumiko, y luego por los de su padre, hasta alojarse en sus cuerpos, en cada articulación, en cada fibra muscular, en cada célula de sus huesos. Después, el silencio. Un silencio intenso y colorido que llenó el aire como lo hace la lluvia o la aurora boreal. Aunque nadie podía decir que se tratase de un silencio rojo o verde. No. Tampoco azul. Por el contrario, era un silencio tan lleno de tonos, que anulaba los colores. Era un silencio blanco. Una poderosa luz que atravesaba las córneas igual que una piedra en el espejo de agua del estanque que, a partir de ese momento, nunca volverá a ser el mismo.
En ese instante Kumiko se volvió para ver a su padre pero él ya no estaba allí. Ni su sombrero ni sus guantes ni su regadera. Por eso pensó que había quedado ciega, pero pronto se dio cuenta de que el vacío no es ceguera y de que ni siquiera el jardín estaba allí, ni las grandes plantaciones de cerezos que empezaban al fondo de la casa y se extendían hasta el horizonte, esa línea amarilla que ahora se ondulaba igual que una cuerda floja. Tampoco estaba allí su casa de tres pisos ni la casa de los vecinos de la otra la cuadra, porque allí no había cuadra ni vecinos ni caminos a la vista, sino solamente el esqueleto expuesto de la ciudad. Fue cuando Kumiko empezó a correr. Buscaba un lugar
donde guarecerse, pero no avanzaba, como no se avanza en esas pesadillas en las que uno corre sin poder moverse de su sitio. Sí, pensó, estoy soñando, y por un instante una especie de paz surcó su columna vertebral y se sintió aliviada. Al menos, hasta que llegó el viento y se vio rodeada de cerezos derretidos, y un intenso calor se adhirió a su espalda antes de que pudiera esconderse detrás de los restos de un viejo monumento, donde permaneció con la cabeza entre las rodillas y los ojos apretados. Fueron unos pocos segundos en los que comprendió lo que es la eternidad y, al levantar la vista, lo que es el infierno.
Entonces, se frotó los ojos y dijo no no no, estoy soñando, dijo, y las personas que la rodeaban se volvieron para verla con esa mirada de qué afortunada eres, muchacha, hoy es tu día de suerte. Pero esa gente no hablaba, no gritaba, no se quejaba, solo la observaba con ojos de quien no entiende nada y, a la vez, lo ha comprendido todo en una
mínima fracción de tiempo. Estamos muertos. La frase no fue dicha por nadie, pero sí pensada por todos, incluso por Kumiko, un instante antes de ser atropellada por un hombre que la cargó bajo el brazo y, un poco más adelante, la lanzó dentro del refugio. El mismo hombre que luego empujó a su padre en ese agujero con puerta metálica al ras de la tierra. Su padre. Un loco, según los vecinos. Un desquiciado que había hecho construir este refugio contra toda aprobación, contra todo pronóstico y que, ahora, al cerrar la tapa de hierro, no advertía que sus guantes de jardinería se desintegraban por el calor y sus manos se asaban como dos palomas. La espalda de Kumiko no estaba mejor y, de hecho, nadie sabía con exactitud dónde empezaba su piel y dónde terminaba la tela del uniforme del colegio. Todas las fronteras se habían esfumado y aunque el dolor parecía venir desde afuera, desde el último límite con la realidad, esa maldita alimaña cavaba y cavaba y
cavaba hasta el hueso, y daba toda la sensación de que el dolor ya no venía desde afuera, sino desde las profundidades más abismales de uno mismo. El dolor era una larva primigenia y sedienta que se alimentaba del aire de los cuerpos, del oxígeno de los vivos, que es lo que necesitan las larvas y los gusanos para vivir. ¿Qué había sucedido ahí afuera? ¿Finalmente había atacado el enemigo? Su padre la miraba sin hablar porque estaba acostumbrado a entenderse así con la gente, pero ella, la señorita Kumiko, con apenas dieciocho años de edad, carecía de aquel entrenamiento en el silencio. Mi niña, él colocó las manos de su hija entre las suyas (entre lo que quedaba de ellas). Me duele, padre, duele mucho la espalda, la voz de la joven se escuchaba resignada y es curioso, también, ver en qué medida la guerra modifica el umbral de la resignación. Hay que salir de aquí, aseguró su padre al fin, la mala noticia es que la puerta está sellada por fuera, dijo. ¿Qué
hemos hecho, padre, qué clase de castigo es este?, Kumiko hablaba mirando el piso, pero de pronto alzó la vista para hacerle la pregunta más temida: ¿Estamos vivos, padre? En esa incertidumbre atroz se ocultaba el peor de los miedos de la señorita Kumiko y, sin embargo, aun suponiendo que su padre estuviese muerto, pues, difunto y todo, golpeaba la puerta metálica con una piedra. Gong. Gong. Gong. Un golpe cada diez segundos. Ella los contaba pacientemente como quien lleva la cuenta de sus demonios antes de morir. Gong gong gong gong.
Pero Kumiko no lo soportó más y, justo al taparse los oídos, vio que la puerta metálica se abría y pensó que siempre, siempre es en el peor momento cuando las puertas suelen abrirse. Entonces, apareció ante ellos un hombre descalzo, que vestía a la antigua usanza y sostenía una espada entre las manos, una hoja de acero fulgurante con un dragón cincelado en uno de los lados y una flor de cerezo en el otro. Hermoso, pensó Kumiko o quizá lo haya dicho en voz baja. El cuerpo maduro de ese hombre que la observaba desde afuera del refugio era sencillamente hermoso. Los rasgos angulosos de su rostro y su cuello estilizado y los músculos redondeados de sus brazos y la firmeza de su cintura, pero sobre todo, pensó la señorita Kumiko, sobre todo esa forma que se marcaba entre aquellos muslos tensos, y sintió algo entre sus propios muslos, cierto latido que se conectaba con los latidos de eso que tenía justo enfrente. Hermoso, murmuró. Tal vez por eso mismo su padre haya amenazado a ese hombre con una piedra, y ella no haya podido evitar el recuerdo del colegio, aquella clase sobre los primates, porque había algo animal en las posturas de esos dos hombres. Su padre le gritaba al otro que se fuera, que se alejara de allí y los dejara en paz, pero la espada de su adversario surcó el aire y se detuvo justo en su cuello, donde apenas le hizo un pequeño corte, delicada advertencia del lado del dragón. ¿En qué fecha estamos?, atinó a preguntar su padre, claramente desorientado, y aquel hombre, sin mover su espada, le contestó: Agosto del año veinte de Shoowa. Y,
como si hubiese recordado todo de golpe, el padre de Kumiko dijo estamos en guerra, ¿verdad?, y además hemos sido bombardeados... Y aquel hombre asintió, entonces, con un leve movimiento de la cabeza, antes de murmurar, con cierto desprecio: Hibakusha, porque eso es lo que eran todos, los bombardeados de la guerra. En ese instante, el animal que acompañaba al recién llegado, un perro flaco y rojizo, se asomó al refugio sin curiosidad, más bien como un trámite, apenas para confirmar, una vez más, la forma en que los hombres son capaces de humillarse a sí mismos. Allí abajo, dentro del refugio, el padre de Kumiko estaba arrodillado, suplicando por su hija y ofreciendo, a cambio, su propia vida. ¡Ja!, pobre imbécil, parece decirle el perro con la mirada. Su vida, repite el hombre de la espada, sin entusiasmo, porque esa ofrenda, para él, carece de valor. Luego, envaina y extiende su mano para ayudar a salir a la muchacha. Afuera, el calor es extremo,
la temperatura de la extinción, y lo primero que ella ve al salir, además del perro y su amo, es a esa niña delgada que permanece de pie al costado del refugio, sin llorar, mirándolos a todos sin asombro, sin sorpresa. No hay emoción en ella, no hay expresión, sólo hay vacío. Con una mano sostiene su muñeca de trapo y con la otra una rama seca. Sus ojos son amarillos y no tienen brillo ni pestañas ni cejas. El único movimiento que se puede ver en todo su cuerpo es el de su boca, que no deja de masticar, mientras un fino hilo de saliva verdosa se escurre por la comisura de sus labios y cae junto a sus pies, sobre el charco humeante en el que está parada. Kumiko puede oler en el aire el aroma de la saliva, mezclado con el de la orina de la niña. ¿Y tus padres?, le pregunta, pero no es la niña quien contesta, sino el hombre de la espada. No ha quedado nada ni nadie en pie, señorita, dice, mi nombre es Masato, agrega, antes de bajar levemente la cabeza, como
si hubiese decidido tomarse un instante para repasar las últimas horas de su vida, o quizá los primeros minutos de su muerte. Sentado junto a él, su perro levanta los ojos y lo mira fijamente, increpándolo por haber dicho algo que no debía. El cuerpo rojo del animal está casi totalmente quemado, y carga dos pequeñas llamas del tamaño del fuego de una vela. Dos llamas que se niegan a extinguirse y a las que, aunque el perro intente ignorar, pican endiabladamente, pican como pulgas salvajes. Con pereza, el animal estira una pata para apagar esa comezón que, sin embargo, seguirá allí por mucho tiempo, sin prisas, porque ese pequeño fuego ha hecho nido en su piel. El fuego es el lado oscuro del aire, una implacable ausencia de oxígeno, un vacío propagado por ese viento feroz que traía consigo lamentos, susurros y gritos. Entre ellos, los del señor Masato. Cristo Cristo, gritaba, y Cristo, rodeado de cientos de mariposas que se disputaban esas zonas donde su piel exudaba un líquido vital para ellas, Cristo se arrastraba detrás de su señor. Detrás, y un poco al costado, para evitar tragarse las cenizas que el hombre levantaba al andar. ¡Ja! No saben caminar de otra manera. No les importa quién viene detrás. Lo cierto es que su señor dejaba un poco de sombra donde guarecerse y desde allí, desde esa perspectiva, Cristo veía en Masato a un hombre alto, delgado y de espalda ancha, de orejas pequeñas y afiladas como su arma: una espada artesanal, tipo katana, fabricada a mano, al igual que
en la época medieval. Era el arma más eficaz conocida por un guerrero y él, su señor Masato, él la llevaba con orgullo, alineada a la columna vertebral. Era ella, la espada (que no sus vértebras), la responsable de mantenerlo equilibrado en esta vida. Vestía, además, una camisa azul de media manga y unas amplias faldas de color gris que dejaban afuera sus talones, y cuya tela iba barriendo las cenizas. Un pañuelo le cubría la cabeza, y otro, la boca, mientras caminaba con la seguridad de saber hacia dónde iba. ¡Ja! Cualquier día. Cristo hizo un gesto de aburrimiento y miró hacia arriba, hasta dejar los ojos en blanco.
Los hombres no saben hacia dónde van. Los hombres, pequeños veleros a la deriva, se dejan llevar por el viento. En cambio él, Cristo, vaya si él sabe hacia dónde se dirigen los hombres. Lo percibe en el aire, en la atmósfera, en aquella luz blanca y, por fin, en la lluvia negra que cae después. Y lo percibe en el olor de los animales que han quedado al borde del camino. Allí estaban las costillas resecas de un caballo y justo en medio de ellas, enjaulada, una lagartija cuya única misión en esta tierra consistía en cambiar los puntos de apoyo para no  quemarse las patitas. Primero, la pata delantera, que alternaba con la opuesta trasera; después, las otras dos, también alternadas, unas y otras, unas y otras, sin dejar de observarlos a todos ellos, a esas sombras que atravesaban lentamente el paisaje. Cerca de la lagartija, algunos pájaros estaban apostados sobre las ramas negras del único árbol de cerezos que se mantenía en pie. Parecían frutos. Parecían piedras con forma de pájaros, ya que en esos cuerpos desplumados no había nada; ni siquiera había pesar en sus miradas y, por supuesto, no había en ellos ni una pizca de carne para alimentarse. Esos pájaros eran un manojo de huesillos secos y precariamente unidos por la tozudez de la vida que, algunas veces, insiste en defender lo indefendible. ¿Por qué
permanecían allí? ¿Por qué esa larga espera, esa estúpida somnolencia, ese alerta de centinelas? ¿Por qué la lagartija equilibrista no dejaba de mover sus patitas? ¿Por qué él mismo, Cristo, se arrastraba sin protestar, cobijado a la sombra de su señor? Sólo había una respuesta. Tal vez, porque esa inexplicable fidelidad, esa enigmática sumisión, fuera su única naturaleza. Cristo, susurró el señor Masato sin volverse, para asegurarse de que su amigo estuviese allí. Pero Cristo no emitió otro sonido, más que el del filo de sus propios huesos a punto de atravesarle la piel quemada, roja, sin pelo. Quería terminar de una vez con ese asunto y quedarse, también él, al borde del camino. ¿Por qué no?
Mandar todo al infierno y echarse bajo los pájaros de piedra y junto a la pequeña lagartija equilibrista. No sonaba nada, nada mal. De hecho, por un instante, Cristo tuvo la sensación de que había muerto. Algo parecido a esa duda existencial que deben sentir las gallinas, a las que el instinto de salvarse las mantiene correteando sin rumbo, dándose de tumbos contra los árboles, aun después de haber sido decapitadas. Los únicos seres vivos en esta desolación parecen ser las mariposas que, atraídas por el líquido viscoso de sus heridas, no dejan de asediarlo y lo rodean como para cargarlo entre todas y sacarlo de allí. Entonces,
de pronto, la sombra de su señor se detiene. Acaba de encontrar a una niña casi desnuda, con los restos de la ropita escolar derretidos contra el cuerpo. Una niña que se orina encima y parece empecinada en masticar algo que, por momentos, asoma de su boca bajo formas diversas, mientras un hilo de saliva verdosa cae por la comisura de sus labios y,
en un instante sutil, queda suspendido en el aire. Suspendida en el aire, pequeña y delgada y tan quemada como la niña, la muñeca de trapo que colgaba de su mano parecía ella misma, sólita entre los últimos vestigios del planeta. ¿Cuál es tu nombre?, le preguntó Masato, pero ella no sólo no contestó sino que lo regañó con la mirada, quién era él o quién se creía que era para interrogarla así.
Mientras tanto, intentaba limpiar la muñeca con una mano, con un movimiento provocado más por el instinto que por un afán de higiene. Era como si hubiese estado haciendo ese gesto durante cientos, miles de años, pero sin saber el porqué. De pronto, hizo un alto en la limpieza y, con la rama que tenía en la otra mano, escribió algo en la ceniza: ¿Están vivos? Supongo que sí, dijo Masato y en voz baja, casi en un susurro, con el aire justo para articular los sonidos sin atemorizarla, agregó: Me llamo Masato y este es Cristo, mi perro. Ella los miró a los dos con los ojitos entrecerrados. Le costaba entender aquellas palabras
y definir la forma de esos cuerpos. Sumi, escribió ahora y, casi enseguida, con la misma rama, señaló a una muchacha que, un poco más allá, caminaba sin rumbo junto a un hombre que buscaba algo entre las cenizas, cavando con los pies y con las manos, como un mono. En ese momento, el perro aulló largamente. ¡Ja! Si supieran estos infelices que algo terrible está por ocurrir. Pero nadie quiere escucharlo. Salvo su señor, claro, el señor Masato, quien, tras el aullido de Cristo, agarró a Sumi con fuerza y la colocó bajo el brazo y corrió y corrió perseguido por el viento. Corrió hasta donde se encontraba aquella
muchacha a quien cargó bajo el otro brazo, hasta llegar al sitio donde el hombre acababa de encontrar lo que buscaba al ras de la tierra: la puerta de un pequeño refugio. Una puerta metálica que los esperaba con la boca abierta de par en par, de modo que Masato no lo dudó ni un instante, y lanzó a la más pesada primero y luego empujó al hombre
adentro y cuando él mismo quiso saltar con la niña, el viento los alcanzó por detrás. Fue un duro golpe. Un empujón apocalíptico que los dejó a veinte metros de allí, de boca en el piso de una casa con el techo caído y, justo en el centro, llenos de escombros sobre sus cabezas, dos ancianos muy arrugados, un hombre y una mujer que lo observaban con desaprobación, porque él cubría, con su propio cuerpo, el cuerpo de la niña. ¿Están ustedes muertos?, les preguntó Masato con desconfianza. Y la anciana le sonrió. El anciano, en cambio, lo miró seriamente y dijo está loco, rematadamente loco. Está aterrado, dijo ella, y luego continuó murmurando cosas incomprensibles y mientras ellos susurraban, Cristo removió los escombros con la poca fuerza que le quedaba, hasta que Masato y la niña pudieron ponerse de pie y salir de allí y dejar los restos de la casa y los de sus habitantes. Afuera, los rodeó un grupo de gente que les pidió ayuda sin hablar, con la mirada amarilla, con los brazos extendidos y la boca abierta. Un poco más adelante, un perro que tenía quemadas las órbitas de los ojos, se plantó ante Cristo y lo miró desde esos agujeros resecos. Y le mostró los dientes. Estaba furioso. Había algo humano en ese odio animal. Pero al ver el fuego encendido en el lomo y en la oreja de su adversario, aquel perro salió corriendo lo más dignamente que puede escapar un perro de otro. Para entonces, el señor Masato había encontrado la tapa metálica del refugio. Uno de los
extremos está sellado, pero el otro le permite introducir la espada y hacer fuerza, hasta abrirla. Aléjese de nosotros, grita desde abajo, con una piedra en alto, el hombre al que él mismo había lanzado allí adentro un momento antes. Se lo advierto, dice ahora Masato aferrado a su espada. Fuera de aquí, insiste el otro, fuera he dicho. Y entonces, con un movimiento rápido y certero, Masato desenvaina y da un paso hacia delante y, girando sobre su eje, baila en el aire y la falda se abre al viento, se despliega como un paracaídas mientras la espada lo envuelve con un recorrido metálico que va dejando su rastro en el aire. De un lado, la ferocidad del dragón, y del otro, el aroma de los cerezos. Pero la hoja se detiene lentamente, apenas apoyada en la superficie de la piel, a milímetros de la yugular de aquel insensato, y allí le hace un corte superficial, una línea pequeña y rosada que intenta, en vano, sangrar. El hombre se toca, entonces, la cabeza, y al comprobar
que aún se encuentra en su lugar, se arrodilla ante el señor Masato y le ofrece su vida. Su vida, repite Masato mientras el perro lo mira de reojo, sentado junto a él, rascándose distraídamente el lomo y la oreja y quemándose la pata con esas pequeñas llamas que no se apagan. Después, se lame con indiferencia. ¡Ja! Cobardes. Al final, entre los hombres, todo termina de rodillas. Luego, lame la tierra humedecida por la saliva y por la orina de la niña que, sin dejar de masticar, lo mira impasible. La muñeca que cuelga de su mano apenas toca la ceniza con la punta de sus pies de trapo y un cielo violeta se apoya, suavemente, sobre sus hombros quemados. Estamos muertos, piensa la pequeña Sumi. Sí. Estamos todos muertos.


Para sentirse vivo

Juan de Marsilio


UNA EXPLOSIÓN tan fuerte que conmueve a los muertos. Un amor tan profundo que recién se consuma tras la muerte. Una mañana clara de verano que empieza tranquila, porque la gente ya se ha acostumbrado a la guerra. Hiroshima, 6 de agosto de 1945.
Una de las mejores características de la uruguayez es su universalidad. Pese a vivir en este rinconcito provinciano en el que recalaron -casi de rebote- tantos inmigrantes (o acaso por eso mismo) los uruguayos cultos pueden hacer cuestión personal no sólo del universo en abstracto sino de cualquier comarca en concreto, porque en todas a los seres humanos les ocurre lo mismo: vivir, amar y morirse. Por eso es uruguayísima esta novela japonesa de Alberto Gallo, triste y hermosa.
Es una novela en que se rinde homenaje explícito a Juan Rulfo, sin que el tributo empañe para nada el carácter genuino, personal del texto, y permitiendo instalar en personajes y lector, como subrayado a los hechos de la mañana, la obsesiva pregunta de si están vivos o muertos, y la tenaz voluntad de vivir, incluso tras la muerte. Lo mismo puede decirse sobre las historias zen que el autor intercala en el relato, que cumplen además una potente función simbólica, en el sentido de marcar que en la fugacidad de la vida humana un instante puede significar tanto que se vuelve eterno y definitivo. Es el cuento del hombre perseguido por un tigre hasta un acantilado, que se aferra a un cerezo que crece en la pared del risco y, al comprender que sus opciones son caer o ser devorado, toma una flor y se arroja al vacío, al tiempo que declara que nunca una flor de cerezo ha sido tan bella.
Este libro conjuga violencia, horror y pena con sensualidad y ternura, dándole a ciertos pasajes un tono poético y fantasmagórico. Gallo extrae belleza incluso de la descripción del desastre, las llagas, los cadáveres, el paisaje destruido, sin por ello menguar un ápice el dolor y la injusticia de los hechos, antes bien, subrayándolos. Vaya como ejemplo: "Era un silencio blanco. Una poderosa luz que atravesaba las córneas igual que una piedra en el espejo de agua en el estanque que, a partir de ese momento, nunca volverá a ser el mismo". Y lo que se está describiendo es la primera explosión nuclear sobre un centro poblado. Pero la imagen más bella en su horror son las nubes de mariposas que vienen a posarse en las secreciones de la piel llagada de las víctimas.
Los personajes son construidos en base a la técnica del flashback, que permite ver quiénes eran y qué sentían antes de la mañana terrible en que comienza el relato. Son entrañables la señorita Kumiko, con su sensualidad adolescente y sabia, el monje Masato, enamorado de ella con amor absoluto, pudoroso y delicado. Pudor y delicadeza que no se pierden siquiera en el momento de la consumación amorosa (ese momento en que Masato se convierte, sin dejar de ser él, "en todos los hombres que alguna vez han penetrado a una mujer por amor"). Pero buena parte de la densidad filosófica del texto la aportan -sin parrafada alguna, por su modo de ser y sentir- Sumi, una niñita, y Cristo, el perro de Masato, tan querible en su desgracia (es el perro en llamas aludido en el título) que el nombre que el autor le elige no suena para nada sacrílego.
Como escribe Gallo, "morir no es el problema, el asunto es morir y no darse cuenta". Esta novela ayuda a sentirse vivo.

NUNCA ACARICIES A UN PERRO EN LLAMAS, de Alberto Gallo. Norma, 2010. Bs. As, 150 págs. Distribuye América Latina.

De: SUPLEMENTO CULTURAL EL PAÍS


La Belleza no cuenta con
ningún sitial privilegiado;
puede estar,
Y ESTÁ,
en cualquier parte...
Quizás por eso
ni se compra ni se vende.





























Escritor y periodista cultural. 
Ha publicado las novelas: Las palomas no matan (premiada en la Feria de Libros y Grabados de Montevideo en 1985), Juegos de altillo (1993), Los Pelagatos (1996, Premio Municipal de Narrativa en Montevideo y finalista del Premio Planeta Argentina de Novela) y Ángeles entre nosotros (2005, finalista del Premio Bartolomé Hidalgo). En 1989 moderó el Primer Coloquio de Escritores y Artistas Plásticos Latinoamericanos residentes en Nueva York, llevado a cabo en aquella ciudad. Al año siguiente coordinó para Uruguay el proyecto franco-uruguayo "Julio Cortázar de la A a la Z", iniciado en París en homenaje al escritor argentino. Paralelamente se ha desempeñado como columnista de libros en radio y televisión. Ha escrito cuentos para diarios y semanarios y su obra figura en varias antologías y diccionarios de literatura uruguaya. En 2009 recibió el Premio Legión del Libro por su aporte a la lectura y a la cultura nacional.”

"El horror amanece"














Despabílate, amor


Bonjour buon giorno guten morgen,
despabílate amor y toma nota,
sólo en el tercer mundo
mueren cuarenta mil niños por día,
en el plácido cielo despejado
flotan los bombarderos y los buitres,
cuatro millones tienen sida
la codicia depila la Amazonia.

Buenos días good morning despabílate,
en los ordenadores de la abuela ONU
no caben más cadáveres de Ruanda
los fundamentalistas degüellan a extranjeros,
predica el papa contra los condones,
Havelange estrangula a Maradona
bonjour monsieur le maire
forza Italia buon giorno
guten morgen ernst junger
opus dei buenos días
good morning Hiroshima,
despabílate amor
que el horror amanece.



Mario Benedetti


La rosa de Hiroshima

Piensen en la criaturas
Mudas telepáticas
Piensen en las niñas
Ciegas inexactas
Piensen en las mujeres
Rotas alteradas
Piensen en las heridas
Como rosas cálidas
Pero ¡oh! no se olviden
De la rosa de la rosa
De la rosa de Hiroshima
La rosa hereditaria
La rosa radioactiva
Estúpida e inválida
La rosa con cirrosis
La anti-rosa atómica
Sin color sin perfume
Sin rosa sin nada.


Vinicius de Moraes


















Hiroshima mon amour - Marguerite Duras –




Fragmentos del guión:

“Ella. –De la misma manera que existe esta ilusión en el amor, esta ilusión de ser capaz de no olvidar nunca, también yo he tenido la ilusión ante Hiroshima de que jamás olvidaría.
Igual que en el amor.”

Ella (en voz baja). –Oye…
Sé…
Lo sé todo.
Todo sigue.


El. –Nada. No sabes nada.

Nube atómica.
Atomium que gira. 
La gente camina por la calle bajo la lluvia.
Pescadores afectados por la radioactividad.
Un pescado no comestible.
Miles de pescados no comestibles enterrados.


Ella. –  Las mujeres corren peligro de dar a luz niños deformes, monstruos, pero todo sigue.
Los hombres corren el peligro de verse atacados de esterilidad, pero todo sigue.
La lluvia da miedo.
Lluvias de cenizas sobre las aguas del Pacífico.
Las aguas del Pacífico matan.
Han muerto pescadores del Pacífico.
La comida da miedo.
Se tira la comida de toda una ciudad.
Se tira la comida de ciudades enteras.
Toda una ciudad monta en cólera.
Ciudades enteras montan en cólera.


Noticiarios: Unas manifestaciones.


Ella. – ¿Contra quién, la cólera de ciudades enteras?
La cólera de ciudades enteras tanto si lo quieren como si no, contra la desigualdad establecida como principio por ciertos pueblos contra otros pueblos, contra la desigualdad como principio por ciertas razas contra otras razas, contra la desigualdad establecida como principio de ciertas clases contra otras clases.


Cortejos de manifestantes.
Discursos “mudos” por los altavoces.


Ella (en voz baja). –Oye…
Igual que tú, yo conozco el olvido.
El. –No, tú no conoces el olvido.
Ella. –Igual que tú, estoy dotada de memoria. Y conozco el olvido.
El. –No, tú no estás dotada de memoria.
 Ella. –Como tú, también yo intenté luchar con todas mis fuerzas contra el olvido. Y he olvidado, como tú. Como tú, deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra.

La sombra “fotografiada” sobre la piedra
de un desaparecido de Hiroshima.”



 “Desfile de jóvenes llevando pancartas
Segunda serie de pancartas:

I

Este prestigioso resultado (bomba atómica)
hace honor a la inteligencia
científica del hombre.


II

Pero es lamentable que 
la inteligencia política del hombre
esté 100 veces menos desarrollada
que su inteligencia científica.


III

Y nos impida por completo
admirar al hombre.”


De: migueleguedez.wordpress.com/

Marguerite Duras

No es "la flor de ceniza" de Idea Vilariño

Hace 68 años: Hiroshima


“Me he convertido en la muerte, la destructora de mundos”, (del Bhagavad Gita, sagrado poema épico hindú, recordado por Oppenheimer, uno de los creadores de la bomba atómica, al estallar el prototipo en Alamogordo, EE.UU. el 16.7.45)

La noche del 5 de agosto de 1945, más de quinientos bombarderos asolaron las ciudades japonesas de Saga, Maebashi, y otras. Eran pocos sin embargo, el 31 de julio habían sido mil. Tokio (y Japón entero) estaba ya casi totalmente devastada por las bombas incendiarias que caían día tras día, noche tras noche y preludiaban la “Operación Olympic”, la invasión de la isla principal, Honshu. 

Como muestra de lo que sería la invasión, para ocupar la isla de Okinawa entre mayo y junio del mismo año, los yanquis mantuvieron una feroz lucha contra hasta casi el último de los más de cien mil defensores japoneses. EE.UU. tuvo cerca de 15 mil muertos y 400 buques de guerra hundidos o sumamente dañados. (En 10 años de intervención en Viet Nam, entre los 60/70, EE.UU., además de perder la guerra, tendría 58 mil muertos). 

El estado de Japón para ese entonces era tal que todo parecía venirse abajo, excepto la moral ciudadana y el Ejército Imperial que con cuatro millones de hombres y otro tanto de reservistas –sin contar con una milicia de varones mayores de 15 años, varias veces millonaria-, se mantenía intacto. Era claro que todos –en especial su fanática casta dirigente militar-, se disponían a defender con uñas y dientes el sagrado suelo patrio.

Poco antes, el 26 de julio, la Declaración de Postdam firmada por Stalin, Churchill y Truman, había intimado la rendición incondicional del Japón. Sin embargo, nada más lejos que la rendición en las mentes enajenadas de los militaristas nipones. Para mantener alta la convicción de que revertirían la situación y ganarían la guerra, no había mejor síntoma que el hundimiento del “Indianápolis”. El viejo crucero acababa de cumplir su última misión: llevar la caja de plomo con el principal componente de la bomba nuclear a Tinian, la base militar estadounidense desde la cual despegaría el avión que la lanzaría. El submarino del comandante Hashimoto, hundiría al “Indianápolis”, mientras procuraba regresar a EE.UU, el 30 de julio

Hiroshima, un puerto recostado sobre el Mar Interior del Japón, estaba dividida por 5 canales que surcaban el delta del río Ota y dividían la ciudad en islas que se unían por 81 puentes. La ciudad era llana –muy vulnerable a la fuerza expansiva de las bombas-, y a pocos metros sobre el nivel del mar. En uno de sus extremos estaba el aeropuerto, en otro las Industrias Toyo, y más abajo el Puerto y la fábrica Mitsubishi. Estos establecimientos tenían turnos de trabajo de 24 hrs. Había sido necesario recurrir a niños de 13 años para cubrir a los hombres, desplazados al frente de batalla. La guerra había terminado con más del 80% de la primitiva flota y paralizado a la aviación. Los elementos imprescindibles para rehacerlas, petróleo, hierro, eran muy escasos, igual que los alimentos. 

Igualmente en aquella fértil cuenca rodeada de cumbres y verdes colinas, una hermosa ciudad con casitas de tejas negras, vivía sencillamente bajo la ilusión de que no sería bombardeada porque, se decía, “hay muchos parientes de norteamericanos en la ciudad y el Presidente Roosevelt ha accedido a no bombardearla como gesto de buena voluntad”

La ilusión duró hasta el 28 de julio. Ese mediodía, dos B-24 enemigos, desviados de su blanco, dejaron caer sus bombas en la ciudad pero fueron derribados y veintitrés tripulantes tomados prisioneros.
.
En agosto, Hiroshima le ganó la fatídica elección a Kyoto. El Jefe del Estado Mayor Conjunto, Gral. Curtis Le May (años más tarde declaró: “de haber perdido la guerra habría sido juzgado por criminal de guerra”; igual tendrían que haberlo hecho como Comandante de la Fuerza Aérea de EE.UU., en la guerra de Viet Nam), terminó de decidirla “a favor” de la primera al descartar Kyoto por ser un “conjunto de altares sin valor militar”. Hiroshima en cambio tenía gran número de tropas y fábricas de material de guerra,....también restaban allí casi trescientos mil hambrientos civiles y una veintena de prisioneros norteamericanos.

A las 2.45 del 6 de agosto, el piloto Paul Tibbets, comandante del Grupo Mixto 509, ejecutor del producto final del Proyecto “Manhattan”, impulsó hacia delante todas las válvulas de su B-29, bautizado con el nombre de su madre, “Enola Gay”, con sus otros once tripulantes y una solitaria bomba, y se acercaría rápidamente a su objetivo, acompañado por dos aviones observadores.

Pasadas las 7, mientras sendos aviones meteorológicos observaban el tiempo sobre blancos alternativos –Nagasaki y Kokura-, otro se anticipaba sobrevolando Hiroshima para verificar el estado del tiempo. En las tres ciudades las condiciones atmosféricas eran buenas (pronóstico proporcionado por los servicios chinos de Mao Tse Dong)

En la ciudad, los prisioneros norteamericanos terminaban de alimentarse en cuencos proporcionados por sus captores. A dos cuadras del puente Aioi –Punto de Bombardeo-, cambiaba el turno de la Clínica Shima y la mayor parte de los habitantes de la ciudad desayunaba o comenzaba sus trabajos. El Príncipe Coreano Ri Gu, adjunto al ejercito japonés, montado como de costumbre en un magnífico caballo blanco, ingresaba al puente Aioi,.dirigiéndose a un castillo céntrico donde habría una reunión de oficiales del Ejército nipón, y millares de soldados terminaban sus ejercicios gimnásticos.

A las 8.15.17 y a 9.600 metros de altura se abrieron las compuertas del “Enola Gay”, y “Little Boy”, nombre en clave de la primera bomba atómica del mundo, comenzó su descenso hacia la ciudad sobre la que se cernía una leve neblina. Exactamente a las 8.16.43 y a 600 metros de altura, la bomba explotó, fallando su objetivo, directamente sobre la Clínica Shima.

Al momento del estallido la temperatura del núcleo subió a millones de grados. En un radio de 10 km cuadrados a su alrededor, cerca del 60% de la superficie de la ciudad quedó arrasasado, 80 mil personas fallecieron de inmediato, entre ellas 180 de los 200 médicos de la ciudad y más de 1600 enfermeras. El mando supremo aliado informó luego que 130 mil personas murieron, fueron heridas o desaparecieron y más de 170 mil perdieron sus hogares. El 70% de los 90 mil edificios, entre ellos 52 de 55 hospitales, resultó destruido, al igual que todos los servicios públicos y de transporte. El castillo de reunión quedó destrozado y murió el noventa por ciento de sus ocupantes, incluida la mayoría de los prisioneros estadounidenses. 

Enseguida se desató una tormenta de fuego y una monstruosa masa de calor rojo y azul, de quilómetro y medio de diámetro, empezó a ascender succionando en su base aire altamente abrasador que incendiaba todo cuanto fuese combustible. Muros de piedra, puertas de acero y pavimentos de asfalto refulgían al rojo vivo. A más de un quilómetro y medio del epicentro el calor fundió la ropa con la piel, de hombres, mujeres, ancianos y niños. 

Uno de los tripulantes del “Enola Gay”, comentó después que mirar hacia atrás: “era como asomarse al infierno”. Los incendios en la ciudad eran demasiados para contarlos y una extraña y densa niebla comenzaba a envolver la ciudad.

El 9 de agosto, agotando el arsenal nuclear de EE.UU., otra bomba similar es arrojada sobre Nagasaki y el Imperio del Sol Naciente, última potencia del Eje Berlín-Roma-Tokio, se rinde al día siguiente. El divino Emperador Hiro-Hito se dirige por primera vez a su pueblo por radio, para explicarle que era necesario “soportar lo insoportable”, y en nombre del Japón el Sr. Shigemitsu y el Gral. Umezh (se había garantizado a Hiro Hito el respeto a su persona y a la institución imperial y no se lo quiso humillar), firman la rendición incondicional ante el Gral. Mac Carthur, el 2 de setiembre, a bordo del acorazado “Missouri” anclado en la bahía de Tokio.

La mayoría de los doce integrantes de la tripulación del “Enola Gay”, pese a alguna difundida y errónea versión, vivió sin remordimientos y murió pacíficamente en los años siguientes. El Cmte. Tibbets, aún vive y es presidente de una compañía de reactores en EE.UU.

En el mundo sobreviven unos 300 mil “hibakusha” (persona bombardeada), víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Sufren desfiguraciones físicas y otras enfermedades provocadas por las radiaciones, tales como cáncer y deterioros genéticos que afectan a generaciones posteriores. También son socialmente discriminados. A su respecto se acuñó el concepto de “anestesia síquica” para dar cuenta de la defensa psicológica general contra los horrores insoportables que sufrieron.

La Historia ha juzgado de distintas maneras este episodio. Se lo ha condenado como un acto de asesinato en masa innecesario sosteniendo que Truman sabía que Japón estaba a punto de rendirse (algunos agregan que Roosevelt había sabido de antemano que Japón atacaría Pearl Harbour y nada hizo, pues ese ataque le serviría de argumento para forzar a la opinión pública de su país hacia la declaración de guerra). EE.UU. y sus Aliados han argumentado que fue un acto de guerra necesario puesto que el suicida fanatismo nipón (los pilotos “kamikaze” y los torpedos humanos “kaiten”, eran el ejemplo), llevaría a la muerte por lo menos a un millón de soldados norteamericanos, a un cuarto de millón de británicos y a un número mucho mayor de japoneses, sin contar los daños materiales en desesperadas batallas y matanzas, para lograr la victoria recién diez o doce años después. Cada uno sacará su propia conclusión.

Tras la guerra, la ciudad, experimentó una intensa reconstrucción y fue recuperando poco a poco su actividad comercial. Sus principales industrias pertenecen al sector textil, construcción naval, maquinaria, destilerías y alimentos. La región que la rodea, aunque montañosa, tiene valles muy fértiles en los que se produce seda, trigo y arroz. Hoy cuenta con más de un millón de habitantes.

La fiesta del budismo llamada Bon y celebrada en junio en Japón, señala el retorno de los espíritus ancestrales a sus antiguos hogares. Las almas en pena de los que murieron violentamente se aplacan con ceremonias, y al final de la fiesta se depositan lamparillas en las aguas del río para que guíen a los espíritus de vuelta a la tierra de los muertos. En Hiroshima se depositan lucernarias delante del cenotafio erigido a las víctimas.

Cada 6 de agosto desde 1947, miles de personas participan en una ceremonia multiconfesional en el Parque de la Paz, construido en el sitio donde antes estaba el Salón de Promoción Industrial, y se mantiene, tal cual desde ese fatídico día, una de sus cúpulas, conocida ahora como Cúpula de la Paz..

Creo no equivocarme al pensar que todos los que recordamos y reflexionamos sobre Hiroshima, compartimos los mismos sentimientos de dolor, angustia y vergüenza. Nunca más.

“No hay enfermedad como el odio, ningún regalo como la salud, ninguna fe como la confianza, ninguna alegría como la paz”. (“Después de las cenizas”, película japonesa basada en la tragedia de Hiroshima).


Dr. Carlos Blanc


Fuentes: “Esquema de la Historia Universal”, de Wells, “Enola Gay”, de Thomas, “Hazañas y secretos de la II Guerra Mundial”, de J.M. Romaña, y “Fog of War”, documental que recoge declaraciones de Robert Mac Namara, ex Secretario de Defensa de EE.UU., emitido por HBO.
 








lunes, 5 de agosto de 2013

Bajo la Serpiente de los Huesos Blancos -8-

EL PRISIONERO

  
Los disparos se respondían intermitentemente en la fría noche invernal. Formaban una línea indecisa y fluctuante en torno al rancho; avanzaban y retrocedían, en medio de largas pausas ansiosas, como los hilos de una malla que se iba cerrando cautelosa, implacablemente, a lo largo de la selva y los esteros adyacentes a la costa del río. El eco de las detonaciones pasaba rebotando a través de delgadas capas acústicas que se rompían al darle paso. Por su duración podía calcularse el probable diámetro de la malla cazadora tomando el rancho como centro: eran tal vez unos cuatro o cinco kilómetros. Pero esa legua cuadrada de terreno rastreado y batido en todas direcciones, no tenía prácticamente límites. En todas partes estaba ocurriendo lo mismo.
El levantamiento popular se resistía a morir del todo. Ignoraba que se le había escamoteado el triunfo y seguía alentando tercamente, con sus guerrillas deshilachadas, en las ciénagas, en los montes, en las aldeas arrasadas.
Más que durante los propios combates de la rebelión, al final de ellos el odio escribió sus páginas más atroces. La lucha de facciones degeneró en una bestial orgía de venganzas. El destino de familias enteras quedó sellado por el color de la divisa partidaria del padre o de los hermanos. El trágico turbión asoló cuanto pudo. Era el rito cíclico de la sangre. Las carnívoras divinidades aborígenes habían vuelto a mostrar entre el follaje sus ojos incendiados; los hombres se reflejaban en ellos como sombras de un viejo sueño elemental. Y las verdes quijadas de piedra trituraban esas sombras huyentes. Un grito en la noche, el inubicable chistido de una lechuza, el silbo de la serpiente en los pajonales, levantaban paredes que los fugitivos no se atrevían a franquear. Estaban encajonados en un embudo siniestro; atrapados entre las automáticas y los máuseres, a la espalda, y el terror flexible y alucinante, acechando la fuga. Algunos preferían afrontar a las patrullas gubernistas. Y acabar de una vez.
El rancho incendiado, en medio del monte, era un escenario adecuado para las cosas que estaban pasando. Resultaba lúgubre y al mismo tiempo apacible; ana decoración cuyo mayor efecto residía en su inocencia destruida a trechos. La violencia misma no había completado su obra; no había podido llegar a ciertos detalles demasiado pequeños en que el recuerdo de otro tiempo sobrevivía. Los horcones quemados apuntaban al cielo fijamente entre las derruidas paredes de adobe. La luna bruñía con un tinte de lechosa blancura los cuatro carbonizados muñones. Pero no era esto lo principal. En el reborde de una ventana, en el cupial del rancho, por ejemplo, persistía una diminuta maceta: una herrumbrada latita de conservas de donde emergía el tallo de un clavel reseco por las llamas; persistía allí a despecho de todo, como un recuerdo olvidado, ajena al cambio, rodeada por el brillo inmemorial de la luna, como la pupila de un niño ciego que ha mirado el crimen sin verlo.
El rancho estaba situado en un punto estratégico; dominaba la única salida de la zona de los esteros donde se estaban realizando las batidas y donde se suponía permanecía oculta la última montonera rebelde de esa región. El rancho era algo así como el centro de operaciones del destacamento gubernista.
Las armas y los cajones de proyectiles se hallaban amontonados en la que había sido la única habitación del rancho. Entre las armas y los cajones de proyectiles había un escaño viejo y astillado. Un soldado con la gorra puesta sobre los ojos dormía sobre él. Bajo la débil reverberación del fuego que, pese a la estricta prohibición del oficial, los soldados habían encendido para defenderse del frío, podían verse los bordes pulidos del escaño, alisados por años y años de fatigas y sudores rurales. En otra parte, un trozo de pared mostraba un solero casi intacto con una botella negra chorreada de sebo y una vela a medio consumir ajustada en el gollete. Detrás del rancho, recostado contra el tronco de un naranjo agrio, un pequeño arado de hierro con la reja brillando opacamente, parecía esperar el tiro tempranero de la yunta en su balancín y en las manceras los puños rugosos y suaves que se estarían pudriendo ahora quién sabe en qué arruga perdida de la tierra. Por estas huellas venía el recuerdo de la vida. Los soldados nada significaban; las automáticas, los proyectiles, la violencia tampoco. Sólo esos detalles de una desvanecida ternura contaban.
A través de ellos se podía ver lo invisible; sentir en su trama secreta el pulso de lo permanente. Por entre las detonaciones, que parecían a su vez el eco de otras detonaciones más lejanas, el rancho se apuntalaba en sus pequeñas reliquias. La latita de conserva herrumbrada con su clavel reseco estaba unida a unas manos, a unos ojos. Y esas manos y esos ojos no se habían disuelto por completo; estaban allí, duraban como una emanación inextinguible del rancho, de la vida que había morado en él. El escaño viejo y lustroso, el arado inútil contra el naranjo, la botella negra con su cabo de vela y sus chorreaduras de sebo, impresionaban con un patetismo más intenso y natural que el conjunto del rancho semidestruido. Uno de los horcones quemados, al cual todavía se hallaba adherido un pedazo de viga, continuaba humeando tenuemente. La delgada columna de humo ganaba altura y luego se deshacía en azuladas y algodonosas guedejas que las ráfagas se disputaban. Era como la respiración de la madera dura que seguiría ardiendo por muchos días más. El corazón del timbó es testarudo al fuego, como es testarudo al hacha y al tiempo. Pero allí también estaba humeando y acabaría en una ceniza ligeramente rosada.
En el piso de tierra del rancho los otros tres soldados del retén se calentaban junto al raquítico fuego y luchaban contra el sueño con una charla incoherente y agujereada de bostezos y de irreprimibles cabeceos. Hacía tres noches que no dormían. El oficial que mandaba el destacamento había mantenido a sus hombres en constante acción desde el momento mismo de llegar.
Un silbido lejano que venía del monte los sobresaltó. Era el santo y seña convenido. Aferraron sus fusiles; dos de ellos apagaron el fuego rápidamente con las culatas de sus armas y el otro despertó al que dormía sobre el escaño, removiéndolo enérgicamente:
—¡Arriba…, Saldívar! Epac-pue… Oúma jhina, Teniente… Te va arrelar la cuenta, recluta kangüeaky…
El interpelado se incorporó restregándose los ojos, mientras los demás corrían a ocupar sus puestos de imaginaria bajo el helado relente.
Uno de los centinelas contestó el peculiar silbido que se repitió más cercano. Se oyeron las pisadas de los que venían. Un instante después, apareció la patrulla. Se podía distinguir al oficial caminando delante, entre los cocoteros, por sus botas, su gorra y su campera de cuero. Su corta y gruesa silueta avanzaba bajo la luna que un campo de cirros comenzaba a enturbiar. Tres de los cinco soldados que venían detrás traían arrastrando el cuerpo de un hombre. Probablemente otro rehén —pensó Saldívar—, como el viejo campesino de la noche anterior a quien el oficial había torturado para arrancarle ciertos datos sobre el escondrijo de los montoneros. El viejo murió sin poder decir nada. Fue terrible. De pronto, cuando le estaban pegando, el viejo se puso a cantar a media voz, con los dientes apretados, algo así como una polca irreconocible, viva y lúgubre a un tiempo. Parecía que había enloquecido. Saldívar se estremeció al recordarlo.
La caza humana no daba señales de acabar todavía. Peralta estaba irritado, obsedido, por este reducto fantasma que se hallaba enquistado en alguna parte de los esteros y que continuaba escapándosele de las manos.
El teniente Peralta era un hombre duro y obcecado; un elemento a propósito para las operaciones de limpieza que se estaban efectuando. Antiguo oficial de la Policía Militar, durante la guerra del Chaco, se hallaba retirado del servicio cuando estalló la revuelta. Ni corto ni perezoso, Peralta se reincorporó a filas. Su nombre no sonó para nada durante los combates, pero empezó a destacarse cuando hubo necesidad de un hombre experto e implacable para la persecución de los insurrectos. A eso se debía su presencia en este foco rebelde. Quería acabar con él lo más pronto posible para volver a la capital y disfrutar de su parte en la celebración de la victoria

Evidentemente Peralta había encontrado una pista en sus rastreos y se disponía a descargar el golpe final. En medio de la atonía casi total de sus sentidos, Saldívar oyó borrosamente la voz de Peralta dando órdenes. Vio también borrosamente que sus compañeros cargaban dos ametralladoras pesadas y salían en la dirección que Peralta les indicó. Algo oyó como que los guerrilleros estaban atrapados en la isleta montuosa de un estero. Oyó que Peralta borrosamente le decía:
—Usté, Saldívar, queda solo aquí. Nosotro’ vamo’ a acorralar a eso’ bandido’ en el estero. Lo dejo responsable del prisionero y de lo’ pertrecho’.
Saldívar hizo un esfuerzo doloroso sobre sí mismo para comprender. Sólo comprendió un momento después que los demás ya se habían marchado. La noche se había puesto muy oscura. El viento gemía ásperamente entre los cocoteros que rodeaban circularmente el rancho. Sobre el piso de tierra estaba el cuerpo inmóvil del hombre. Posiblemente dormía o estaba muerto. Para Saldívar era lo mismo. Su mente se movía entre difusas representaciones cada vez más carentes de sentido. El sueño iba anestesiando gradualmente su voluntad. Era como una funda de goma viscosa en torno a sus miembros. No quería dormir. Pero sabía de alguna manera muy confusa que no debía dormir. Sentía en la nuca una burbuja de aire. La lengua se le había vuelto pastosa; tenía la sensación de que se le iba hinchando en la boca lentamente y que en determinado momento le llegaría a cortar la respiración. Trató de caminar alrededor del prisionero, pero sus píes se negaban a obedecerle; se bamboleaba como un borracho. Trató de pensar en algo definido y concreto, pero sus recuerdos se mezclaban en un tropel lento y membranoso que planeaba en su cabeza con un peso muerto, desdibujado e ingrávido. En uno o dos destellos de lucidez, Saldívar pensó en su madre, en su hermano. Fueron como estrías dolorosas en su abotagamiento blando y fofo. El sueño no parecía ya residir en su interior; era una cosa exterior, un elemento de la naturaleza que se frotaba contra él desde la noche, desde el tiempo, desde la violencia, desde la fatiga de las cosas, y lo obligaban a inclinarse, a inclinarse…
El cuerpo del muchacho tiritaba menos del frío que de ese sueño que lo iba doblegando en una dolorosa postración. Pero aún se mantenía en pie. La tierra lo llamaba; el cuerpo inmóvil del hombre sobre el piso de tierra, lo llamaba con su ejemplo mudo y confortable, pero el muchachuelo se resistía con sus latidos temblorosos, como un joven pájaro en la cimbra de goma.
Hugo Saldívar era con sus dieciocho años uno de los tantos conscriptos de Asunción que el estallido de la guerra civil había atrapado en las filas del servicio militar. La enconada cadena de azares que lo había hecho atravesar absurdas peripecias lo tenía allí, absurdamente, en el destacamento de cazadores de cabezas humanas que comandaba Peralta, en los esteros del Sur, cercanos al Paraná.
Era el único imberbe del grupo; un verdadero intruso en medio de esos hombres de diversas regiones campesinas, acollarados por la ejecución de un designio siniestro que se nutría de sí mismo como un cáncer. Hugo Saldívar pensó varias veces en desertar, en escaparse. Pero al final decidió que era inútil. La violencia lo sobrepasaba, estaba en todas partes. Él era solamente un brote escuálido, una yema lánguida alimentada de libros y colegio, en el árbol podrido que se estaba viniendo abajo.
Su hermano Víctor sí había luchado denodadamente. Pero él era fuerte y recio y tenía sus ideas profundas acerca de la fraternidad viril y del esfuerzo que era necesario desplegar para lograrla. Sentía sus palabras sobre la piel, pero hubiera deseado que ellas estuviesen grabadas en su corazón:
—Todos tenemos que unirnos, Hugo, para voltear esto que ya no da más, y hacer surgir en cambio una estructura social en la que todos podamos vivir sin sentirnos enemigos, en la que querer vivir como amigos sea la finalidad natural de todos…
Víctor había combatido en la guerra del Chaco y de allí había traído esa urgencia turbulenta y también metódica de hacer algo por sus semejantes. La transformación del hermano mayor fue un fenómeno maravilloso para el niño de diez años que ahora tenía ocho más y ya estaba viejo. Víctor había vuelto de la inmensa hoguera encendida por el petróleo del Chaco con una honda cicatriz en la frente. Pero detrás del surco rojizo de la bala, traía una convicción inteligente y generosa. Y se había construido un mundo en que más que recuerdos turbios y resentimientos, había amplia fe y exactas esperanzas en las cosas que podrían lograrse.
Por el mundo de Víctor sí sería hermoso vivir, pensó el muchacho muchas veces, emocionado, pero distante de sí mismo. Después vio muchas cosas y comprendió muchas cosas. Las palabras de Víctor estaban entrando lentamente de la piel hacia el corazón. Cuando volvieran a encontrarse, todo sería distinto. Pero eso todavía estaba muy lejos.
No sabía siquiera dónde podía hallarse Víctor en esos momentos. Tenía sin embargo la vaga idea de que su hermano había ido hacia el sur, hacia los yerbales, a levantar a los mensúes. ¿Y si Víctor estuviese entre esos últimos guerrilleros perseguidos por Peralta a través de los esteros? Esta idea descabellada se le ocurrió muchas veces, pero trató de desecharla con horror. No; su hermano debía vivir, debía vivir… Necesitaba de él.
El mandato imperioso del sueño seguía frotándose contra su piel, contra sus huesos; se anillaba en torno a él como una kuriyú viscosa, inexorable, que lo iba ahogando lentamente. Iba a dormir, pero ahí estaba el prisionero. Podía huir, y entonces sería implacable Peralta con el centinela negligente. Ya lo había demostrado en otras ocasiones.
Moviéndose con torpeza en su pesada funda de goma, Saldívar hurgó en la oscuridad en busca de un trozo de alambre o de soga para amarrar al prisionero. Podía ser un cadáver, pero a lo mejor se estaba fingiendo muerto para escapar en un descuido. Sus manos palparon en vano los rincones de la casucha incendiada. Al final encontró un trozo de ysypó, reseco y demasiado corto. No servía. Entonces, en un último y desesperado destello de lucidez, Hugo Saldívar recordó que frente al rancho había un hoyo profundo que se habría cavado tal vez para plantar un nuevo horcón que nunca sería levantado. En el hoyo podría entrar un hombre parado hasta el pecho. Alrededor del agujero, estaba el montículo de la tierra excavada. Hugo Saldívar apoyó el máuser contra un resto de tapia y empezó a arrastrar al prisionero hacia el hoyo.
Con un esfuerzo casi sobrehumano consiguió meterlo en el agujero negro que resultó ser un tubo hecho como de medida. El prisionero quedó erguido en el pozo. Sólo sobresalían la cabeza y los hombros. Saldívar empujó la tierra del montículo con las manos y los reyunos, hasta rellenar mal que mal todos los huecos alrededor del hombre. El prisionero en ningún momento se resistió; parecía aceptar con absoluta indiferencia la operación del centinela. Hugo Saldívar apenas se fijó en esto. El esfuerzo desplegado lo reanimó artificialmente por unos instantes. Aún tuvo fuerzas para traer su fusil y apisonar con la culata el relleno de tierra. Después se tumbó como una piedra sobre el escaño, cuando el tableteo de las ametralladoras arreciaba en la llanura pantanosa.

El teniente Peralta regresó con sus hombres hacia el mediodía. La batida había terminado. Una sonrisa bestial le iluminaba el rostro oscuro de ave de presa. Los soldados arreaban dos o tres prisioneros ensangrentados. Los empujaban con denuestos e insultos obscenos, a culatazos. Eran más mensúes del Alto Paraná. Solamente sus cuerpos estaban vencidos. En sus ojos flotaba el destello de una felicidad absurda. Pero ese destello flotaba ya más allá de la muerte. Ellos sólo se habían demorado físicamente un rato más sobre la tierra impasible y sedienta.
Peralta llamó reciamente:
—¡Saldívar!
Los prisioneros parpadearon con resto de dolorido asombro. Peralta volvió a llamar con furia:
—¡Saldívar!
Nadie contestó. Después se fijó en la cabeza del prisionero que sobresalía del hoyo. Parecía un busto tallado en una madera mugrosa; un busto olvidado allí hacía mucho tiempo. Una hilera de hormigas guaikurú trepaba por el rostro abandonado hasta la frente, como un cordón oscuro al cual el sol no conseguía arrancar ningún reflejo. En la frente del busto había una profunda cicatriz, como una pálida media luna.
Los ojos de los prisioneros estaban clavados en la extraña escultura. Habían reconocido detrás de la máscara verdosa, recorrida por las hormigas, al compañero capturado la noche anterior. Creyeron que el grito de Peralta nombrando al muerto con su verdadero apellido, era el supremo grito de triunfo del milicón embutido en la campera de cuero.
El fusil de Hugo Saldívar estaba tumbado en el piso del rancho como la última huella de su fuga desesperada. Peralta se hallaba removiendo en su estrecha cabeza feroces castigos para el desertor. No podía adivinar que Hugo Saldívar había huido como un loco al amanecer perseguido por el rostro de cobre sanguinolento de su hermano a quien él mismo había enterrado como un tronco en el hoyo.
Por la cara de Víctor Saldívar, el guerrillero muerto, subían y bajaban las hormigas.
Al día siguiente, los hombres de Peralta encontraron el cadáver de Hugo Saldívar flotando en las aguas fangosas del estero. Tenía el cabello completamente encanecido y de su rostro había huido toda expresión humana.


Augusto Roa Bastos
paraguayo
Uruguay tiene pendientes muchas deudas
con su hermano Paraguay. Una de ellas
es el desconocimiento de su literatura,
de sus escritores, de sus artistas, en general.
¡Qué desagradecidos somos
los hijos de Artigas! 


“Para un judío decir ‘Yo creo’ significa decir ‘Yo recuerdo’” - León Uris

3 de agosto de 1924- Baltimore