¡Hasta mañanaaaa!
Morada del Ctro. de Fción. Humanística PERRAS NEGRAS (Uruguay: "País de los Pájaros Pintados")
sábado, 15 de junio de 2013
Terapia para corazones cansados: la pintura naif
Para volver a ser niños y disfrutar, por un instante, la belleza de la simplicidad:
¡Hasta mañanaaaa!
¡Hasta mañanaaaa!
viernes, 14 de junio de 2013
“¡Así que tú eres la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta gran guerra!"- Abraham Lincoln
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| 14 de junio de 1811 |
L A C A B A Ñ A D E L T Í O T O M
CAPITULO 1
EN EL CUAL EL LECTOR ES PRESENTADO A UN HOMBRE MUY
HUMANITARIO
UNA tarde desapacible del mes de febrero se hallaban sentados frente a una botella de vino dos caballeros en el comedor de una casa del distrito del..., del Estado de
Kentucky. Los sirvientes se habían retirado. Parecían discutir un asunto serio.
Hemos dicho dos "caballeros" por conveniencia del lenguaje, porque a uno de los interlocutores no se le hubiera creído perteneciente a la clase de hombres a
quienes generalmente se aplica ese titulo. Era un individuo de baja estatura, tosco,
de facciones ordinarias, y con ese aire petulante de los hombres de baja estofa encumbrados por la fortuna. Iba ostentosamente vestido con prendas de
diversos colores.
Los dedos, grandes y ordinarios , estaban cuajados de anillos y llevaba una gruesa cadena de oro con un puñado de dijes de portentoso tamaño.
Su lenguaje estaba salpicado de expresiones groseras.
Su interlocutor, el señor Shelby, tenía, por el contrario, todo el aspecto de un caballero, y el de su casa indicaba opulencia.
-El asunto puede quedar arreglado en la forma que le digo -dijo Shelby.
-No puedo cerrar trato en esas condiciones, señor Shelby -repuso el otro, interponiendo una copa de vino entre la luz y sus ojos.
-Ha de tener usted en cuenta, Haley, que Tom es un hombre que sale de lo corriente, y vale esa cantidad; es trabajador, honrado y capaz, y maneja mi granja con la
precisión de un reloj.
-Esa honradez será como la de todos los negros.
-No; digo que es honrado en la verdadera acepción de la Palabra. Tom es bueno, trabajador, de buen corazón y religioso. Se le bautizó hace cuatro años y creo que siente de veras la religión. Yo le he confiado todo cuanto poseo y siempre lo he hallado leal y recto.
-No va usted a deducir que yo sea de los que no creen en la religiosidad de los negros -dijo Haley-. En el último envío que hice a Nueva Orleáns iba uno que era un santo,
por lo bueno, amable y pacífico. Por cierto que hice un buen negocio con él, porque lo había comprado barato y lo revendí en seiscientos dólares. Sí, señor, sí; la religión es una cualidad muy recomendable en un negro si es auténticamente religioso, sin fingimiento.
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| Casa natal de esta primera escritora abolicionista. De: www.ohiohistory.org |
En similar actitud mental a la de Lincoln,
el héroe y poeta
José Martí expresaba:
"Mi verso es un puñal / que por el puño echa flor..."
jueves, 13 de junio de 2013
¿Coincidencias?
Tendría nueve o diez años cuando terminé por desear
la hora de la siesta, tan detestada en un principio.
Vivíamos en el Prado, frente al arroyo Miguelete, un
predio baldío desbordado de yuyitos, flores, mariposas y pájaros: mi infinito jardín.
Bajo la sombra fresca y azul de los paraísos que acariciaba la celosía de la
ventana apenas entreabierta, fui feliz. Una felicidad sencilla, secreta, de a
ratos hasta punzante, pero tan cálida que hasta hoy me abriga.
Al calor de las dos de la tarde, mientras las chicharras
me avisaban que era ya tiempo, abría mi Heidi por centésima vez desde que me lo
habían regalado y buscaba morosamente la parte que más me gustaba, aquella en
que la luna asomaba por la ventana del desván donde dormía la niña en la cabaña
de su abuelo... Entonces soñaba con los ojos bien abiertos; soñaba que, algún día,
podría vivir en una casa donde pediría que me construyeran una ventana en el
techo, sobre la cama, para que todas las luces del cielo se posaran en mis párpados...
Quizás los estaba defendiendo de las imágenes oscuras, atroces, que la vida
adulta nos va preparando a todos. No tuve que esperar demasiado.
Hasta hoy no sabía que el doce de junio de cada año
se conmemoran los nacimientos de Johanna Spyri y de Anita. Parecería que la
casualidad se ha desnudado y es sólo pura causalidad.
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| 12 de junio de 1827 - Suiza |
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| 12 de junio de 1929 |
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| La página El Bibliófilo Enmascarado es una muy interesante fuente de información. ¡Recomendada! |
HEIDI (Fragmento)
Cerca del
rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera de mano apoyada
contra la pared, que conducía al desván de la cabaña. Por ella subió Heidi
ágilmente y descubrió arriba un montón de oloroso heno. Una pequeña ventana
redonda permitía ver desde el desván todo el valle.
-¡Qué bien se
está aquí! -exclamó gozosa la pequeña -Aquí quiero dormir, abuelito. ¡Sube y
verás qué bonito es esto! -Ya lo conozco -contestó el Viejo.
-Ahora voy a
hacerme la cama -volvió a decir la niña, corriendo de un lado para otro-, pero
es preciso que subas y me traigas una sábana.
-¡Está bien,
ahora voy! -respondió el abuelo, y en seguida se dirigió al armario.
Rebuscó en su
interior durante un rato y por fin extrajo un gran trozo de tela basta. El
lecho que Heidi se había preparado sobre el suelo del desván no desagradó al
anciano.
-Muy bien, así
me gusta -dijo el abuelo-; aquí traigo la sábana, pero antes de ponerla, espera
un poco.
Y diciendo
esto, cogió más heno y aumentó el espesor del lecho para que la niña no notara
la dureza del suelo.
Su abuelo la
ayudó a extender la sábana y una vez colocada, Heidi se detuvo pensativa ante
su obra.
-Nos hemos
olvidado una cosa, abuelito -dijo a poco.
-¿Qué es?
-La manta.
-Espera un
momento -dijo el anciano, y descendió la escalera; se dirigió a su cama y
volvió poco después con un gran saco de pesado lienzo.
Pronto quedó
extendida la tela de saco sobre el lecho improvisado. Heidi quedó de nuevo
contemplando la obra y por fin exclamó:
-La manta es
muy bonita y la cama me gusta mucho, mucho. Quisiera que fuera de noche, para
poder acostarme ya en ella.
-Creo que será
mejor que vayamos a comer algo -respondió el abuelo-. ¿Qué te parece a ti?
En su afán de
prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de
comida, advirtió de pronto que, en efecto, sentía hambre.
-Sí, sí,
vámonos a comer algo.
El Viejo se
dirigió al hogar, descolgó un caldero grande que estaba suspendido de la cadena
sobre los rescoldos del hogar, lo reemplazó por uno más pequeño y se sentó
sobre un taburetito para avivar el fuego. Pronto empezó a hervir el contenido
del pequeño caldero; mientras tanto, el abuelo había cogido unas tenazas de hierro y
sostenía sobre el fuego un gran trozo de queso, dándole vueltas con lentitud
hasta que estuvo dorado. Heidi había seguido aquellos preparativos con mucha
atención, tuvo una idea y se alejó del hogar y empezó a ir y venir del armario
a la mesa. El abuelo concluyó por fin
su faena junto al hogar y se acercó a la mesa con un cazo en la mano y el queso
asado en la otra sujeto al extremo de las tenazas. Cuando se aproximó a la
mesa, la halló ya puesta; sobre ella reposaba un pan, dos platos hondos y dos
cuchillos.
-Muy bien,
pequeña; me gusta que sepas pensar un poco -dijo el anciano en tono de alabanza-,
pero aún falta algo en la mesa.
Al reparar en
el vapor delicioso que salía del cazo, Heidi comprendió lo que quería su abuelo
y se dirigió rápidamente al armario. En él, sólo había un tazón, pero en el
mismo estante había dos vasos; la pequeña regresó a la mesa y colocó allí la
taza y un vaso.
-Muy bien, veo
que sabes salir del paso, pero ¿dónde vas a sentarte?
El único
asiento alto que había en la casita era el del abuelo. Heidi corrió como una
flecha hacia el hogar, cogió el taburetito y lo colocó ante la mesa, sentándose
en él.
-Ahora ya
tienes asiento, es verdad, pero es muy bajo y apenas llegas a la mesa -dijo el
anciano, añadiendo en seguida-: Espera un poco que voy a arreglarlo.
Se levantó,
llenó la taza de leche y la puso sobre el taburete grande acercando a éste el
taburetito, en el que mandó sentarse a la niña; de aquella forma el asiento
mayor servía de mesa a Heidi. Después colocó en él un gran pedazo de pan y un
trozo de queso dorado.
-Ahora come,
hija mía -dijo y se sentó en una esquina de la mesa para comer él también.
Heidi no se
hizo repetir dos veces la orden; asió la taza y bebió el contenido de un tirón.
-¿Te gusta esta
leche? -preguntó el abuelo, satisfecho al ver con qué apetito había bebido la
niña.
-Nunca la he
bebido tan buena -contestó Heidi.
-Pues entonces
quiero que bebas más -dijo el Viejo, y llenó la taza otra vez hasta el borde.
Heidi comía con
gran apetito el pan, sobre el que había extendido el queso asado, tierno como
la mantequilla.
Terminada la
comida, el Viejo salió para limpiar y poner en orden el establo de las cabras.
Heidi no le perdía de vista mientras hacía aquel trabajo. Después de poner en
el suelo paja fresca para los animales, el abuelo se dirigió a un pequeño
cuarto adosado en la parte posterior de la casa. Allí cogió madera, aserró tres
trozos de igual tamaño y luego cortó una tabla redonda, en la que hizo tres
agujeros, introdujo en ellos los trozos que antes había cortado y los sujetó
con clavos.
-¿Sabes lo que
estoy haciendo? -preguntó el abuelo.
-Un taburete
para mí, porque es muy alto. ¡Y en qué poco tiempo lo has terminado! -exclamó
la pequeña, que no salía de su asombro.
«Ella comprende
lo que ve, tiene buenos ojos», se dijo el abuelo al dar la vuelta a la casa,
armado de sus herramientas y de algunos trozos de madera, dando aquí y allá un
martillazo, asegurando la puerta, reparando un desperfecto aquí y otro allá.
Heidi le seguía paso a paso, sin quitarle el ojo de encima y encontrándolo todo
muy divertido, tanto que llegó la noche sin que se hubiera dado cuenta del
tiempo transcurrido.
De pronto sonó
un agudo silbido. Heidi vio que su abuelo avanzaba hacia el sendero. Eran Pedro
y sus cabras que bajaban, como todas las noches, de los prados de pasto. Heidi
se colocó en medio del rebaño, dando gritos de alegría y acariciando una tras
otra a sus amigas de la mañana. Dos lindas cabras, blanca la una y de color
castaño la otra, avanzaron y fueron a lamer la mano del Viejo, que les ofreció
un poco de sal. Luego Pedro desapareció con el resto del rebaño. Heidi acarició
tiernamente a las dos cabritas y empezó a dar saltos a su alrededor llena de
alegría. Después comenzó a hacer preguntas:
-¿Son nuestras
estas cabritas, abuelito? ¿Duermen en el establo? ¿Las tendremos siempre aquí?
El abuelo
apenas tenía tiempo de responder con un «sí» lacónico al torrente de preguntas
de la pequeña.
Cuando las
cabritas terminaron de lamer la sal, el Viejo dijo a Heidi:
-Ve a buscar tu
tazón y tráete el pan.
Heidi obedeció
y regresó al instante. El abuelo empezó a ordeñar la cabrita blanca y cuando
tuvo el tazón lleno, cortó un trozo de pan y dijo:
-Esto es para
ti; tómalo pronto y vete a dormir. Yo ahora voy a meter las cabras en el
establo. Buenas noches, Heidi.
-Buenas noches,
abuelito, y que descanses. ¿Cómo se llaman, abuelito? Dime sus nombres -exclamó
la pequeña corriendo detrás del Viejo y de las cabras.
-Esta se llama
Blanquita y aquélla Diana -replicó el abuelo.
-¡Adiós,
Blanquita; adiós, Diana! -gritó Heidi con todas sus fuerzas mientras las cabras
entraban en el establo.
Heidi se sentó
después en el banco que había delante de la casa, para beber la leche y comer
el pan. Apenas se metió en el lecho quedó profundamente dormida y tan bien como
si se hubiera hallado en la cama de una princesa.
Un momento
después, y antes de que anocheciera por completo, el Viejo se acostó también, porque se levantaba todas las mañanas
a la salida del sol.
A media noche
el Viejo se despertó murmurando para sí: «Seguramente tendrá miedo allí
arriba», y trepó por la escalera para ver lo que hacía la pequeña.
La luna
brillaba en el firmamento, y a veces su disco plateado quedaba oculto por
grandes nubes que el viento arrastraba en loca carrera. De pronto la blanca
claridad del astro de la noche penetró por la ventana del desván y proyectó sus
rayos sobre el lecho en que descansaba la niña. Heidi dormía profunda y
tranquilamente. Parecía que soñaba con cosas agradables, porque una expresión
de feliz satisfacción resplandecía en su carita de ángel.
El abuelo
contempló largo rato a la niña; luego la luna volvió a esconderse detrás de las
nubes y, sin hacer ruido, el Viejo volvió a su lecho en la oscuridad
Johanna Spyri
Diario de Ana Frank
Sábado,
20 de junio de 1942
Para
alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque
nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a
ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece
años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de
desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas. «El papel es más
paciente que los hombres.» Me acordé de esta frase uno de esos días medio
melancólicos en que estaba sentada con la cabeza apoyada entre las manos,
aburrida y desganada, sin saber si salir o quedarme en casa, y finalmente me
puse a cavilar sin moverme de donde estaba. Sí, es cierto, el papel es paciente,
pero como no tengo intención de enseñarle nunca a nadie este cuaderno de tapas
duras
llamado pomposamente «diario», a no ser que alguna vez en mi vida tenga un amigo
o una amiga que se convierta en el amigo o la amiga «del alma», lo más probable
es que a nadie le interese.
He
llegado al punto donde nace toda esta idea de escribir un diario: no tengo
ninguna amiga.
Para
ser más clara tendré que añadir una explicación, porque nadie entenderá cómo
una chica de trece años puede estar sola en el mundo. Es que tampoco es tan
así: tengo unos padres muy buenos y una hermana de dieciséis, y tengo como
treinta amigas en total, entre buenas y menos buenas. Tengo un montón de
admiradores que tratan de que nuestras miradas se crucen o que, cuando no hay otra
posibilidad, intentan mirarme durante la clase a través de un espejito roto.
Tengo a mis parientes, a mis tías, que son muy buenas, y un buen hogar. Al
parecer no me falta nada, salvo la amiga del alma. Con las chicas que conozco
lo único que puedo hacer es divertirme y pasarlo bien. Nunca hablamos de otras
cosas que no sean las cotidianas, nunca llegamos a hablar de cosas íntimas.
Y
ahí está justamente el quid de la cuestión. Tal vez la falta de
confidencialidad sea culpa mía, el asunto es que las cosas son como son y
lamentablemente no se pueden cambiar. De ahí este diario.
Para
realzar todavía más en mi fantasía la idea de la amiga tan anhelada, no
quisiera apuntar en este diario los hechos sin más, como hace todo el mundo,
sino que haré que el propio diario sea esa amiga, y esa amiga se llamará Kitty.
¡Mi
historia! (¡Cómo podría ser tan tonta de olvidármela!)
Como
nadie entendería nada de lo que fuera a contarle a Kitty si lo hiciera así, sin
ninguna introducción, tendré que relatar brevemente la historia de mi vida, por
poco que me plazca hacerlo.
...
De:
Librodot.com
martes, 11 de junio de 2013
"Yo me siento más contento de haberme hecho solo que protegido" - Salvador Garmendia
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| 11 de junio de 1928 - Barquisimeto, Venezuela |
Personaje II
Hacía tiempo que
había perdido todo interés en escuchar las notas embrolladas del organito.
Empezaban a sonar por la tarde, a eso de las cinco, hora en que la Madama le
entraba de frente a su primer frasco de caña blanca. Dos horas después, en los
días de semana, bajaba yo a la calle para ir a la imprenta a ocuparme de mis
galeradas y a la mitad del foso, en lo más agudo de aquella fetidez mohosa
desprendida de las paredes, la veía aparecer en el codo de la escalera. (Mis
sonrisas anticipadas de los primeros días, el ademán de saludo que iba a
quedarse amedrentado a mitad de camino, privando de destino a aquella mano
levantada que serviría acaso para estrujarme tontamente la nariz o sacudir un
polvo imaginario en la solapa, dejaron de tener lugar en cuanto me convencí de
que la Madama no iba a reconocerme y que ni siquiera me dedicaría una mirada).
Era ya un gran montón de trapos inflados de fatiga y vapores de alcohol. El
pelo rizado, de un tono rubio desvaído (una cabellera y una boca menuda,
encapullada, y unos ojos vidriados y redondos que la aproximaban a un doloroso
parecido con las beldades del cuplé), se le venía a la cara formando crespos
rígidos, que subían y bajaban a los impulsos de una ascensión deliberadamente
agotadora. Tal vez hubiera podido ahorrarse la mitad de aquel esfuerzo, pero
ella se obstinaba en demostrar una especie de furor penitente, trepando con
celeridad frenética, más aparente que efectiva dado el escaso número de
peldaños ganados entre bufidos y palabras truncas e incomprensibles, aunque
llenas de furia.
(Yo había tomado
posesión de aquella escalera, en la que me divertía practicar el juego del
ciego, una de mis manías gratuitas. Era una manera de confiarme a las delicias
del tacto y establecer por esa vía una relación personal con los objetos.
Durante la acción, mis ojos continuaban abiertos, aunque en cierta forma
paralizados; entre tanto, el poder de absorción de mi mente era alimentado a
través de la mano y por allí se propagaba a todos los conductos de la
percepción y el conocimiento; era un juego liviano -aunque a veces podía
volverse terriblemente enmarañado-, que ponía en actividad mis más secretas
reservas de memoria. Un roce cualquiera era capaz de despertar, sólo por una
vez, sensaciones insospechadas, regresiones insólitas en el olfato o en los
genitales. Golpes de miedo o de tristeza eran sentimientos diluidos que
escapaban de sus celdas y repetían, por unos instantes, sus viejos cometidos. En
la escalera, el juego tenía la ventaja de extenderse a un territorio inmenso,
cuyos relieves y lastimaduras eran recorridos por las puntas de mis dedos. A la
altura de los primeros peldaños, una pequeña zona virulenta y húmeda, escamosa
un poco más abajo, el paso de una grieta, trozos fríos y resbaladizos, un
hoyuelo tierno donde cabía la yema del dedo… mientras la memoria devolvía el
tacto de otras superficies, que a su vez traían adheridos lugares y gentes,
voces y emanaciones diferentes).
Con una mano se
agarraba del muslo para impulsarse, la otra apretaba el frasco de relevo
envuelto en un papel de estraza. A mi regreso, poco después de media noche, al
pasar cerca de su puerta, la sentía moverse y tropezar entre los muebles como
una ciega atarantada. La oía toda, de manera que los sonidos llegaban a formar
en mi cabeza una imagen perfectamente delineada: el roce de los trapos, la voz
quebrada que tosía o cantaba o ensartaba mitades de palabras, interjecciones
salidas de la maraña del cerebro que no volvería a escucharse otra vez… y el
frote de sus sandalias sobre el trozo de alfombra y el sonido doble y aspirado
de sus narices en forma de una eñe acatarrada.
El organito ya
había parado de sonar.
Lo escuché por
primera vez cuando vine a alquilar el cuarto hace unos meses. Las notas rodaban
por el aire acidulado del callejón que ya empezaba a ensombrecerse y pensé en
unas bolitas livianas que se perseguían sin llegar a alinearse, tropezaban y se
amontonaban, corrían de nuevo dando tumbos y apenas conseguían mantener el hilo
de la melodía, que era, al parecer, un pasodoble viejo y desmadejado. Prometí perfeccionar esta imagen, podarla de
la mitad de las palabras y utilizarla a la primera oportunidad. Todo el
callejón era en verdad un buen escenario de novela; tenía lo que me agradaba
poner en palabras; palabras con sabor, con tacto, con emanaciones y asperezas.
Era un gran trozo
del decorado viejo de la ciudad salvado del desbande general. (Sé que un día
acabarán por derribar, moler y arrojar bien lejos, convertido en polvo y
cascajos, lo poco que todavía permanece en pie de una albañilería marchita. Una
ciudad habrá muerto y otra ocupará su lugar. Sus habitantes irán de un sitio a
otro como en una trampa descomunal sin sosiego posible. El recuerdo, despojado
de ese elemento, será humo de memoria). Los grandes edificios de la avenida,
cuyo jadeo se volvía imperceptible a la mitad del estrecho canal, mostraban
sólo sus espaldas lisas y blancas, detrás de un amontonamiento impenetrable de
chatarra urbana: ladrillos desnudos, yacijas de madera y platabandas sin frisar
con tendederos y despojos de muebles.
Mi caserón de
cuatro pisos parecía estar allí para demostrar, por medio de una caligrafía
minuciosa, lo que muchos años de intemperie son capaces de producir en una capa
de pintura al óleo. Tenía hileras de balcones, con las barriguitas salientes
como palcos de teatro, y destacaba de las otras edificaciones, todas de una
sola planta, casas de tejado y cuerpo ático, de una misma edad. Mi cuarto, en
el tercer piso, era de verdad inmenso, aunque nada sombrío. En las paredes no
hubiera podido poner nada de mi parte: me entregaban una escritura heterogénea,
llena de borrones y tachaduras, como si hubiesen vuelto muchas veces sobre ella
hasta hacerla ilegible. Fue un desencanto encontrarme la puerta que daba al
balcón condenada a punta de listones y clavos.
La Madama era otra
persona en las mañanas. Se recorría el edificio entero, regando su olor a
tintura de árnica, cacareando, riendo sin parar. Me llamaba “mijit” por mijito,
y me hablaba de su hijo, un muchacho gordo y grosero que con frecuencia me
adelantaba en la escalera, hediondo a sol y expeliendo un canto horrible a base
de trompetillas. No puedo asegurar que le entendiera, pero su charla no era en
modo alguno fastidiosa: por el contrario, me divertía escucharla, me hacía
reír, me comunicaba un ánimo ligero y festivo. Pero si es que algo entendía en
el momento, lo olvidaba todo apenas ella desaparecía de mi vista. Lo que mi
memoria era capaz de reproducir después se reducía a un sonido confuso,
indescifrable, pues ella debía expresarse en una lengua única, comunicable sólo
en el momento de producirse, irrepetible, imposible de memorizar; era una sola
pasta de gestos y sonidos, mezclada con sus ojitos rojos y parpadeantes, su
cara hinchada de donde casi desaparecían los rasgos, sus trapos y su olor a
árnica.
Su cuarto parecía
mucho más pequeño que el mío, a causa de la multitud de objetos que lo cubrían:
el moblaje completo de una casa comprimido entre aquellas cuatro paredes;
completo, digo, si se le miraba en conjunto; pero en detalles descalabrado y
maltrecho. El aire era denso, difícil de respirar al principio.
Toqué la manija del
organito, aunque no me atreví a moverla. La Madama estaba de espaldas a mí,
colocando la loza en el aparador. Tocaba cada pieza con primor entre las yemas
de los dedos, la hacía dar vueltas, soplaba en las molduras para quitar un
polvo inexistente y la devolvía a su lugar. El artefacto, aquel molinillo de
música, no tenía gran cosa que ver: era un cajón oscuro, sin mayores resaltes,
sostenido por una paticas labradas. Unos dibujos dorados luchaban por
sobrevivir ahogados en la niebla que se hundía en la madera. La Madama no se
daba punto de reposo cambiando de sitio floreros y figuras de pasta.
Hoy, como dije, la
música del organito ha dejado de enternecerme. Estoy tratando de escribir un
cuento con la Madama de personaje principal. Siento moverse en mi cabeza todo
el asunto, percibo la textura de la pasta, el calor de esa masa con vida que
palpita allá adentro y presiona con deseos de salir y, sin embargo, me resisto
al intento. ¿Cómo empezar?… Diez años antes, su entrada a la casona seguida por
una troupe fantástica como los personajes desterrados de una comedia de época:
aquel mobiliario anacrónico que a duras penas pudo encontrar alojo en la
habitación. La Madama en plena florescencia, madura y perfumada, posible
todavía de reconstruir a partir de sus manos, que se conservaban rosadas y
frescas. O salir de dentro de ella misma, aquí, ahora, en el momento en que
abre los ojos en medio de sus ruinas; la fiebre de las mañanas que la lanza a
una vertiginosa correría por todos los habitáculos del caserón, sin parar de
hablar y de reír. El paso de las horas, que al término del día deben traerle
algún momento de tregua antes de la caída: quizás el tránsito por alguna comarca
apacible que la hace languidecer en medio de recuerdos tímidos, cosas vagas e
insípidas, escenas que apenas sobrepasan el blanco como el color de las viñetas
viejas. La música de organito. Ha empezado a sonar ahora. Abandono el papel
donde aún no he acabado una línea. Quizás me venga bien un pequeño paseo.
Salgo, paso frente a su puerta, me detengo un trecho más allá, regreso y llamo,
llamo por dos veces sis recibir respuesta.
Abro, sólo lo suficiente para asomar la cara y al instante las bolitas
de música me rebasan y salen trotando hacia el pasillo. La Madama aparece
sentada en uno de sus sillones floreados, hundida en él más bien, las piernas
extendidas y abiertas, el vestido sobre las rodillas, la barba encajada en la
hinchazón del pecho. Un brazo que cuelga indolente la pone en contacto con el
organito. Sin moverse, alza los ojos hacia mí y hace una contracción rabiosa
como si quisiera escupirme.
-¡Sucio, vete de
aquí, puegco!
Me siento
descubierto y humillado, perseguido por una sensación de torpe vergüenza, como
si una mano en la nuca me empujara escaleras abajo. Jamás he debido asomarme.
Casi a saltos, vengo a dar a la acera. Salgo al aire fresco del atardecer y
apenas he caminado una cuadra, siento que a mi alrededor todo es armonioso y
distante. La casa, el callejón se hallan lejos, inmovilizados en un aire
inviolable para ojos extraños. En este momento, la Madama es una figura de
paja, un trasto relegado a un rincón entre otros muchos que puedo mover,
colocar, disponer a mi antojo. Creo que mañana me decida finalmente a escribir.
En Difuntos,
extraños y volátiles, Editorial Tiempo Nuevo, Caracas, 1970.
“Sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura”- Leopoldo Marechal
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| 11 de junio de 1900 - Buenos Aires |
Credo a la vida
Creo en la vida todopoderosa,
en la vida que es luz, fuerza y calor;
porque sabe del yunque y de la rosa
creo en la vida todopoderosa
y en su sagrado hijo, el buen Amor.
Tal vez nació cual el vehemente sueño
del numen de un espíritu genial;
brusca la senda, el porvenir risueño,
nació tal vez cual el vehemente sueño
de un apóstol que busca un ideal.
Padeció, la titán, bajo los yugos
de una falsa y mezquina religión;
veinte siglos se hicieron sus verdugos
y aun padece, titán, bajo sus yugos
esperando la luz de la razón.
Fue en la humana estultez crucificada;
murió en el templo y resurgió en la luz...
¡Y, desde allí, vendrá como una espada,
contra esa Fe que germino en la nada,
contra ese dios que enmascaro la cruz!
Creo en la carne que pecando sube,
creo en la Vida que es el Mal y el Bien;
la gota de agua del pantano es nube.
Creo en la carne que pecando sube
y en el Amor que es Dios.
¡Por siempre amén!
Adán Buenosayres
Libro Quinto, Parte
I
"Que a tan
doloroso extremo lo conducía." "Que solía conducirlo a extremo tan
doloroso." "Que a extremo tan doloroso. . ."
Adán Buenosayres
despierta con aquel jirón de frase que lo ha perseguido, como un tábano
imbécil, en toda la extensión de su sueño. Y al abrir los ojos ve a su lado la
figura de Irma, cuyas manos industriosas van y vienen sobre la bandeja del
desayuno.
—¿Qué hora es? —le
pregunta con infinito desaliento.
—Las diez y media
—responde Irma.
"Que a tan
doloroso extremo...”
—¿Llueve?
—Garúa.
"Y le dijo a
Irma que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá..." ¡Basta!
Se incorpora violentamente, y sus ojos desorientados recorren la habitación
desierta. ¿Irma se ha escurrido ya? Tanto mejor.
La primera noción
que se le aclara en el entendimiento le trae un gusto de hiel: recuerda que a
cierta hora de aquel nuevo día tendrá que cumplir una serie de gestos
ineluctables; que su rostro deberá ocupar un sitio en cierta y determinada
constelación de rostros; que su voz pertenece a un coro de voces que aguardan
la suya para levantarse. Y al reflexionar en ello, tiene conciencia de que no
podrá ese día, ya que no halla en su voluntad ni un solo átomo vivo.
Sequedad y amargura
en su boca: sí, es claro, la borrachera de ayer. Con la mayor economía de
gestos Adán Buenosayres alarga su mano hasta la bandeja, vierte café puro en el
tazón cotidiano y lo bebe a grandes sorbos. Delicia. Luego, no sin embutirse
antes en su vieja salida de baño, se dirige a la ventana y escudriña el
exterior: una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la
ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que
la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente
sobre las cosas. Adán estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que,
faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las
semillas. Imaginación. En una soga de tender, allá enfrente, hay dos sábanas
húmedas que chicotean y un calzoncillo gris lleno de viento. Y el viento anda
también entre las hojas muertas, llevándose a carradas —oro y bronce— la rica
metalurgia del otoño. ¡Sí, otra metáfora! En la calle, hombres y bestias
desafían la bruma y son devorados por ella sin rumor alguno; porque adentro y
afuera el silencio se ha extendido como una obra de tapicería. ¡Bien!
Sustrayéndose a su
contemplación y al desaforado juego de las imágenes, Adán se dirige a su mesa,
carga una pipa de horno ancho y la enciende. Un vellón de humo sube al techo:
"¡Gloria al Gran Manitú, porque ha dado a los hombres la delicia del
oppavoc!" Luego vuelve a su cama y recobra la horizontal: "Mejor es
estar sentado que de pie, acostado que sentado, muerto que acostado."
¡Alegre sentencia!
Restituido a su
grata inmovilidad (y la inmovilidad es una virtud de Dios, motor inmóvil), Adán
Buenosayres recuerda los episodios de la noche anterior y su conducta personal
en cada uno. Se asombra entonces al evocarse a sí mismo en tan extraña
multiplicidad de gestos: ¡cuántas posiciones ha tomado y cuántas formas asumido
el alma bruja en el espacio de una noche! Y entre tantos disfraces, la cara
verdadera de su alma... ¡No! Adán se resiste a entregarse tan pronto al dolor
de las ideas: es demasiado acogedora la luz que llena su habitación, y
demasiado hermoso el silencio que ha traído la lluvia: el silencio y la luz
parecen hermanos en aquella hora de ceniza; y luz y silencio, con su grata
hermandad, le hacen posible ahora un comienzo de beatitud. Habiéndose negado él
al entendimiento y a la voluntad, le queda sólo el juego de la memoria: cuando
lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros
ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es
reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo! Es una serie de Adanes
muertos que se levantan de sus tumbas y le dicen ahora: ¿Te acuerdas? La pipa,
fumada casi en ayunas, le produce una embriaguez gemela del silencio y la luz
("por eso la hoja seca es sagrada"). Y los Adanes gesticulan, allá en
el fondo, y le dicen: ¿Te acuerdas?
...Y hubo cierta
edad en que los días empezaban en una canción de tu madre:
Cuatro palomas
blancas,
cuatro celestes:
Cuatro coloraditas
me dan la muerte.
Cruzabas por tus
días y tus noches como por una serie de habitaciones blancas y negras. El
petizo lobuno era un mañero del diablo: se arrancaba freno y bozal en un mojón
del palenque, y abría las tranqueras con el hocico. ¡Y el pampa Casiano, que
con tanto arte mataba perdices a tiro de rebenque!
O un revuelo de
campanas locas te despertó al amanecer: ¡las romerías de Maipú! Era muy
temprano aún, pero latía ya en la casa un acelerado pulso de fiesta: los
hombres estaban algo duros en sus ropas de domingo; muy excitadas, las tías
jóvenes desplegaban telas brillantes, removían frascos de olor, cuchicheaban
entre sí o reían de pronto llenas de fuego; renegando en sonoras frases
vascuenses, tío Francisco luchaba con una bota que se le resistía. Más tarde,
al entrar en la iglesia, el abuelo Sebastián hundió en la pila toda su mano de
cíclope; la sacó chorreando, tocaste aquellos dedos nudosos y te persignaste de
rodillas. Después los hombres te llevaron al almacén de Olariaga, en cuyo
palenque inmenso lucía ya una hilera de vistosos caballos: adentro, junto al
mostrador, se cambiaban saludos fuertes y risas como detonaciones, entre un
olor de vino priorato, de talabartería y de farmacia. Y la estudiantina
española entró de súbito, rascando guitarras y violines: vestían trajes llenos
de luces, calzón corto, medias blancas y sombreros con plumas, y los escoltaba
un cardumen de chicos alborozados. Pero tus ojos no se demoraban en ello, sino
en las tres o cuatro figuras inmóviles que sonreían vaso en mano, detrás del grupo
y al margen de la batahola: como el abuelo Sebastián, aquellos paisanos eran,
tal vez, del tiempo de Rosas, a juzgar por sus barbas de una blancura de vellón
o sus rostros atezados y con más arrugas que un papel antiguo: llevaban todavía
chiripá negro, botas de potro y desusadas nazarenas en los talones; y en tu
asombro de niño los mirabas como si contemplases el mismo rostro de la
aventura, pues no dejabas de vincularlos a los famosos arreos de hacienda rumbo
al Chubut, a las travesías legendarias por médanos y tempestades, a toda la
gesta del resero antiguo, cuyo elogio habías escuchado tantas veces en cocinas
llenas de humo y en boca de forasteros que llegaban y se iban
inexplicablemente, como el viento. Más tarde, a mediodía, los asados humeaban, tendidos
ya sobre tizones, bajo una lluvia de salmuera. Y luego se armó el bailongo a
cielo abierto, hasta que la noche austral cayó sobre músicos y bailarines.
Ahora te ves en el
camino de Maipú a Las Armas, trazado en la llanura de horizonte a horizonte.
Son los últimos días del verano y los primeros de tu adolescencia; y estás a
caballo, detrás de cien novillos rojos, envuelto en la polvareda que levantan
cuatrocientas pezuñas. Te han dejado calzar las botas negras que, con el poncho
de vicuña y el facón de cabo de plata, constituyen la sola herencia que
recibiste del abuelo Sebastián; y el uso de aquellas botas es, a tus ojos, un
comienzo de la hombría. Montado en su pangaré memorable, tío Francisco, a tu
derecha, mastica el tabaco negro "La Hija del Toro" que nunca faltó
en su tabaquera de buche de avestruz; y al mirarlo ahora en calma, vuelve a tu
imaginación aquella noche de tempestad en que tío Francisco, ante la tropilla
de redomones que se le desbandaba por vez tercera, se tiró de su caballo al suelo,
desenvainó su cuchillo, y levantando sus ojos a las alturas desafió al propio
Dios, gritándole: "¡Bajá si sos hombre!" Al frente de la tropa van
Justino y el pampa Casiano, uno a la derecha y el otro a la izquierda; todos
llevan en el interior del chambergo una fresca rama de duraznillo blanco,
porque ya es casi mediodía y el sol dispara sus rayos verticales, como un
arquero enfurecido. Y es verdad que el sudor cae de tu frente y deja en tus
labios un gusto salobre, y que la polvareda enceguece tus ojos y reseca tus
narices, y que se aturden tus oídos con el mugir de las bestias y el alalá de
los arreadores. Pero tu corazón está repicando como una campanita de fiesta, y
no ambicionas otra suerte que la de avanzar por un camino trazado en la llanura
de horizonte a horizonte, detrás de cien novillos rojos que arden como brasas a
mediodía.
¿Desde cuándo te
hablaban así las formas resplandecientes de las criaturas? ¿Desde cuándo te
hablaban ellas en aquel idioma que no entendías aún claramente, pero que te
adelantaba la certidumbre de lo bello, lo verdadero y lo bueno, y hacía
lagrimear tus ojos, y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón de responder
con el mismo lenguaje? Ciertamente, una mañana, leyendo tu trabajo de colegial,
don Bruno había dicho en clase: "Adán Buenosayres es un poeta"; y los
chicos te observaron a fondo, como si te desconocieran. Pero, ¿desde cuándo?
Señor, un niño que se aparta de los juegos, furtivamente, para tejer en los
rincones una urdimbre de palabras musicales: "¡Oh, la rosa, la triste
rosa, la descarnada rosa!"
Tienes ahora
dieciocho años, allá, en los campos de Santa Marta, y estás junto a Liberato
Farías el domador: abajo la tierra es un gran círculo de color de espiga,
trazado en torno de tus pies; arriba el cielo muestra su tez de jacinto, cúpula
o flor, ¿quién sabe? Liberato ha ceñido ya sus crenchas lacias con un pañuelo
de colores, y ahora se ajusta las espuelas, alegre y juicioso como un luchador
que se dispone a otro combate. Veinte pasos al frente, mordiendo el freno por
vez primera, con el lazo todavía en el cogote y sujetas ya las patas nerviosas
con el maneador, el potro negro se revuelve, inquieto y relampagueante como una
gota de mercurio: Almirón, el capataz, le agarrota el belfo con la manija de su
rebenque; tío Francisco, sin soltar el lazo, estudia con ojo atento las
ondulaciones del animal. Y tus miradas elogiosas discurren entre aquellas
imágenes, deteniéndose, ya en el domador que a tu lado se calza, rodilla en
tierra, ya en el bruto ajustado y tenso como una máquina de furor, ya en el
cielo de tez de jacinto, ya en la tierra de color de espiga. Liberato está de
pie; y ahora, llevándose a cuestas el envoltorio de su apero, se dirige
cachazudamente hacia el grupo que ya le aguarda: no bien llega, clasifica en
orden las piezas de su recado; y luego, acercándose al potro, lo recorre con
ancha mano desde el pescuezo hasta la cola, semejante al músico que, antes de
tocar, acaricia y tantea el cordaje de su guitarra. Las prendas del recado se
deslizan ahora sobre el animal: sudaderas, mandil, caronas, bastos, la cincha
que se aprieta con uñas y dientes, el cojinillo y el cinchón; mientras el
potro, que ha vacilado entre el estupor y la ira, se decide al fin y trata de
romper sus ataduras. Concluida la operación, Liberato monta juiciosamente y
afirmándose apenas en el estribo se acomoda sobre los cueros; y sólo entonces,
con amistoso ademán, ha solicitado a sus padrinos que se retiren y lo dejen a
solas con su batalla. Tío Francisco deshace la manea y el lazo; Almirón suelta
el belfo del animal; y uno y otro requieren sus caballos, a fin de acompañar al
domador según las leyes del apadrinamiento. Sin embargo, el potro no se mueve
aún, como si tuviese los remos clavados en la tierra: entonces Liberato le pone
su rebenque delante de los ojos, y el animal, encabritándose, mantiene un
instante la posición vertical, se sienta de pronto sobre sus cuartos, recobra
el equilibrio, gira violentamente hacia la izquierda y luego hacia la derecha,
no sabe si huir o revolcarse en el suelo con su jinete y todo, mientras el
domador, a bárbaros tirones de rienda, le hace doblar el pescuezo en uno y otro
sentido. Al fin, amontañándose todo y puesto el hocico entre las patas
delanteras, el animal inicia su corcoveo, luchando por librarse del jinete que
se le ciñe con el doble arco de sus piernas. Y fracasado ya todo su juego de
violencias y astucias, el potro inicia una carrera loca rumbo al horizonte,
asistido por su jinete que le da o le quita rienda. Tus ojos lo acompañaron en
aquella fuga, y tus oídos oyeron el redoblar de los cascos en la tierra sonora
como un tambor. Y viste luego cómo jinete y caballo regresaban del horizonte,
puestos ya en armonía; y cómo el domador, tras apearse y echar abajo los
cueros, palmeaba la cabeza del animal, como sellando con él un pacto
inquebrantable. Te habías acercado al potro vestido de sudor, y le mirabas los
ollares dilatados en ruidoso jadeo, la boca llena de sangre y espuma, los ojos
húmedos de gotas calientes que al resbalar fingían el curso humano de las
lágrimas. Y cuando acariciaste su belfo dolorido, llegó a tus narices el
aliento vegetal del potro: un dulce y puro aliento de inocencia. Después
acompañabas a Liberato hasta el aljibe fresco de aguas y musgos: apoyado en el
brocal, el domador tenía la placidez juiciosa del combatiente que se ha
purificado en otra batalla. Y mientras apuraba él su jarro chorreante,
advertiste cómo sus ojos azules, puestos en el cenit, se humedecían de delicia.
Entonces te alejaste por una tierra de color de espiga y bajo un cielo de
jacinto, rumiando en tu corazón lleno de alabanzas la promesa de un canto que
todavía no escribiste.
Y ahora te hallas
en Buenos Aires, forastero y estudioso de la gran ciudad, a la que acabas de
llegar, portador de un mensaje de frescura que no sabes manifestar aún, como no
sea en exclamación o balbuceo:
En el corimbo rojo
de la mañana zumban
tus abejorros,
Maravilla.
Fragmento extraído de El Cartonero Cultural
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