miércoles, 10 de septiembre de 2014

"Las lágrimas son tal vez los amigos más desinteresados de nuestra vida"- Franz Werfel


10 de setiembre de 1890- Praga
Escritor



« ¡Turquía para los turcos!», clamaban algunos en dicho país, a principios del siglo XX (un siglo después, también). La consigna, variación de una fórmula repetida en la larga lista de crímenes del nacionalismo, inspiraba por entonces aquella otra, pavorosamente familiar, de la necesidad de «solucionar el problema armenio». Una y otra consignas se amalgamaban en la política genocida emprendida en 1915 por los jefes del gobierno turco, el ministro del Interior Mehmet Talaat y el ministro de Guerra Ismaíl Enver, quienes se aprovecharon de la guerra mundial en curso para implementar una política de eliminación de los cristianos armenios, a quienes consideraban el enemigo interno por antonomasia; según explicaron al gobierno alemán, su aliado en la guerra, «el trabajo que había que hacer –el exterminio-, había que hacerlo ahora; después de la guerra sería demasiado tarde». El asesinato en masa resultante de esta perversa urgencia conmocionó profundamente a Franz Werfel, escritor de nacionalidad austríaca y de origen judío que concibió la idea de redactar una novela sobre el tema durante una estancia  en Damasco, en 1929. Publicada por primera vez en 1933, Los cuarenta días del Musa Dagh es la historia de la resistencia ofrecida al ejército turco por unos pocos miles de civiles armenios a mediados de 1915, en el Musa Dagh, el Monte de Moisés cerca de Antioquía).
Ya antes los armenios habían sido víctimas de matanzas, orquestadas a fines del siglo XIX por el gobierno del sultán Abdul Hammid II. Esta vez se trataba de algo peor. Las matanzas podían durar unos cuantos días y extinguirse tan pronto se saciaba la sed de sangre de los victimarios, por lo general soldados librados brevemente a la violencia. Las matanzas «se producían en el desorden y morían en el desorden»,  dice un personaje de la novela. En 1915 y los años que siguieron, en cambio, operaba un sistema, y el instrumento fundamental de este sistema fue la deportación. Se acarreaba a los armenios en grandes cantidades y en condiciones extremas desde sus lugares de residencia hacia campos de deportación, los que en su mayoría se hallaban en el desierto, en las proximidades del río Eufrates. Los que no morían en el trayecto, y fueron muchos los que sucumbieron, morían en los campos.  La deportación, prosigue el referido personaje, «no se alejaba como un terremoto que dejaba siempre en pie algunas casas y hombres a salvo. La deportación se prolongaba hasta que el último hombre de un pueblo caía traspasado por la espada, moría de hambre en el camino, de sed en el desierto o a consecuencia del  cólera o el tifus». No se trataba de embriaguez sanguinaria transitoria, sino de un orden con un fin perverso: la sistemática eliminación de una minoría étnica a la que se consideraba un elemento perturbador para  la perfecta armonía de la nación turca. Lo señala otro de los personajes: el exterminio de los armenios, decidido por Enver y Talaat, «es la guinda de su política nacionalista».
Tenemos, pues, a los armenios, aparentemente condenados a la impotencia y a una eterna sumisión; condenados a tender el cuello cada vez que el hacha asesina del fanatismo se cierne sobre su destino. Esta vez, en medio de la descomunal operación de exterminio, alrededor de 4500 armenios deciden oponer una resuelta resistencia, fortificándose en la mencionada montaña. Se trataba de simples aldeanos, habitantes de las siete villas armenias emplazadas en las proximidades del Musa Dagh –que ya desde antes proveía refugio a un puñado de desertores y forajidos–. Gentes que, en calidad de nativos del lugar, conocen a la perfección cada vericueto y cada pliegue del terreno, y que a esto añaden el coraje de la desesperación. Pueden así infligir varias derrotas a los turcos, vulnerando el orgullo de la que suele tenerse por una «raza guerrera» (¡y los que pisotean ese orgullo no son más que campesinos y comerciantes!). No obstante, saben que su futuro esta sellado y su única, loca esperanza, es que algún buque británico o francés de los que fondean en Chipre acuda en su auxilio.
Por descontado que las poco más de 800 páginas de la novela ofrecen al lector una nutrida galería de personajes, en general de trazas muy verosímiles; algunos de estos personajes, rayanos en lo pintoresco, añaden una dramática nota de color en lo que de otro modo podría haber sido una masa gris de individuos indiferenciados. Destaca por méritos propios un personaje histórico, el orientalista y misionero protestante alemán Johannes Lepsius (1858-1926). Verdadero ángel guardián del pueblo armenio, Lepsius se comprometió en su defensa desde  las matanzas hammidianas de 1896. Horrorizado por las noticias relativas al exterminio emprendido por el gobierno turco, intercede a favor de los armenios frente al ministro de Guerra, Enver Pashá, con quien sostiene una breve e infructuosa entrevista. Cuando desespera de todo éxito para su ímprobo empeño, es conducido clandestinamente ante un selecto grupo de turcos que encabezan una orden religiosa musulmana, contraria al nacionalismo y a la masacre de los armenios; esta cofradía de derviches proporciona la única luz que pueden ver los asediados en el Musa Dagh, precisamente en el momento de su mayor zozobra. Sin duda, las contadas intervenciones de Johannes Lepsius representan algunos de los momentos álgidos de la narración.
El protagonismo recae inequívocamente en Gabriel Bagradian, personaje presumiblemente ficticio. Bagradian encarna las tensiones espirituales del desarraigo y el reencuentro con las raíces. Vástago de una familia armenia de acaudalados comerciantes, cuenta 35 años de edad al desencadenarse los acontecimientos, la mayoría de los cuales los ha vivido en París. Educado como occidental, casado con una francesa de familia acomodada, Julieta, Bagradian es arqueólogo e historiador del arte, asiste a las lecciones de filosofía de Bergson y publica eruditos artículos en revistas de gran sofisticación. Sus 23 años europeos, su exquisita formación intelectual, su familia europea (tiene un hijo de 12 años, Esteban) y sus relaciones sociales europeas hacen de él un armenio sólo en teoría. La enfermedad de su hermano mayor, responsable de las empresas familiares, lo obliga a retornar a Turquía justo cuando el espectro de la guerra amenaza Europa, en julio de 1914. No tiene muchas razones para exhibir un ardiente patriotismo, mucho menos si se trata de luchar en el bando enemigo de Francia, pero el sentido del deber se impone y, ya desatado el conflicto, se presenta ante la autoridad militar competente (Bagradian es oficial de reserva del ejército turco agregado a un regimiento de artillería). Curiosamente, cuando la marcha de la guerra dista bastante de ser favorable al imperio otomano, su ejército no parece tener necesidad de oficiales: el comando de la división prescinde de los servicios de Gabriel, y un tiempo después se ve obligado a entregar su pasaporte y su teskeré (pasaporte interno). La medida abarca a todos los armenios por igual; por muy occidentalizado que esté, Gabriel Bagradian no debe esforzarse mucho para presagiar lo que sigue a semejantes medidas.
Una vez resuelta la resistencia en el Musa Dagh, Bagradian debe conformarse con asumir el mando militar; el mando supremo recae en el sacerdote del lugar, Ter Haigassun, hombre adusto y respetado por todos. Gabriel descubre en sí insospechadas condiciones para la jefatura y la organización, y será principalmente por el riguroso ejercicio de sus facultades y sus constantes desvelos que los asediados –entre los cuales se cuentan mujeres, ancianos y niños– se apuntarán una breve sucesión de triunfos. Ahora bien, es su hijo Esteban quien debe sufrir lo peor del estigma del extranjero, del que no pertenece a la comunidad; los chicos de su edad se lo hacen saber continuamente. Por más que se esfuerce en ganarse su afecto y su respeto –y vaya que comete locuras para lograrlo–, siempre habrá una barrera infranqueable entre él y los indígenas del valle del Musa Dagh: «No eres de los nuestros», parecen decir sus gestos, incluso sus omisiones. La situación carga con el signo de la fatalidad.  ¿Será lo mismo para todos los asediados?


De: HISlibris.com



Testimonio del único sobreviviente de 97 años de edad de Musa Dagh

Vakifili es el único sobreviviente del pueblo armenio en la provincia de Hatay en Turquía, de aquellas 6 aldeas armenias situadas a los pies de Monte Musa.


Antes de los acontecimientos sangrientos de 1915, seis aldeas armenias fueron habitadas por 6.000 armenios. Buques de guerra franceses transportan a los 4.000 armenios que sobrevivieron a la resistencia de 40 días de Musa Dagh hacia Egipto.
Después de la derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial, regresó de nuevo a su patria en 1919. Sin embargo, en 1939 la provincia y entre ellos los seis pueblos armenios de Musa Dagh, pasaron a manos turcas.
Los residentes en Musaler emigraron de la provincia y se establecieron en el Líbano  dando en conmemoración los nombres a los distritos de cada una de las aldeas de Musa Dagh.
Sin embargo, algunos residentes de la aldea de Vakifli eligieron quedarse. Hoy en día es el único pueblo en el que se habla lengua armenia. Un total de 135 armenios viven en un pequeño pueblo. Avetis Demirchyan, el ocupante de 97 años de edad de la aldea, era el más joven testigo de la resistencia de Musa Dagh. No recuerda todo con claridad, ya que era un niño de dos años. El hombre habla armenio, francés y árabe y cantan el himno de Armenia y otras canciones patrióticas.
"En 1915 nos llevaron a Egipto donde permanecimos hasta 1919. Turquía fue derrotada en la guerra y se nos preguntó a donde queriamos ser trasladados. Decidimos volver a Musa Dagh. Hubo seis aldeas armenias aquí, pero en 1939 Francia se las dió a la provincia de Turquía. La mayoría de los armenios huyeron de sus aldeas nativas, pero algunos nos quedamos aquí", dijo el hombre en una entrevista con NEWS.am.
Demirchyan tiene dos hijas y tres hijos, pero ninguno de ellos vive en Vakifli. Algunos están Estambul, Alemania y Canadá. El famoso pintor Artin Demirchi es el hijo de Avetis Demirchyan. "Su apellido es Demirchyan, sin embargo, los turcos cortaron la partícula yan", dijo el anciano.
Las obras Artin Demirchi han sido exhibidas en exposiciones privadas y en diversas ciudades de todo el mundo.
"Hubo una escuela armenia en nuestro pueblo, pero mi padre no me envió a la escuela. Me guió, pero aprendí a hablar y escribir en armenio por mi cuenta", dijo el anciano.
"En 1979 fui a la patria y me quedé en el Hotel Armenia por 16 días. Una persona me dijo entonces que comiera y bebiera, pero me ordenó no hacer preguntas políticas", dijo el hombre.
Los 5.000 armenios de Musa Dagh llegaron a Armenia entre 1946-1947. En 1972, el pueblo de Ginevet, cerca de la ciudad de Etchmiadzin, pasó a llamarse Musaler. El 16 de septiembre de 1976, un monumento dedicado a la resistencia  de Musa Dagh fue inaugurado en una colina cercana a Musaler.


De: SoyArmenio.com



martes, 9 de septiembre de 2014

“En la inquietud y en el esfuerzo de escribir, lo que sostiene es la certeza de que en la página queda algo de no dicho”- Cesare Pavese

9 de setiembre de 1950- Italia
Escritor y filósofo.

Creación


Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
     descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
     voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.


Versión de Carles José i Solsora





El paraíso sobre los tejados...



Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra 
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.


Versión de Carles José i Solsora



Tienes rostro de piedra esculpida


Tienes rostro de piedra esculpida,
sangre de tierra dura,
viniste del mar.
Todo lo acoges y escudriñas
y rechazas
como el mar. En el corazón
tienes silencio, tienes palabras
engullidas. Eres oscura.
Para ti el alba es silencio.

Y eres como las voces
de la tierra -el choque
del cubo en el pozo,
la canción del fuego,
la caída de una manzana;
las palabras resignadas
y tenebrosas sobre los umbrales,
el grito del niño- las cosas
que nunca pasan.
Tú no cambias. Eres oscura.

Eres la bodega cerrada
con la tierra removida,
donde el niño entró
una vez, descalzo,
y que siempre recuerda.
Eres la habitación oscura
en la que se vuelve a pensar siempre,
como en el patio antiguo
donde nacía el alba.

1908
De "La tierra y la muerte"




"Escribir a lo largo de la vida un buen libro es más que suficiente. Y también leer uno." - León Tolstói



Pobres gentes


En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa... La noche es fría y oscura, y el mar está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.
Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once... Juana se sume en reflexiones. Su marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies: tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. "Gracias a Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme", piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la tempestad. "¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él", dice, persignándose.
Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma. "No tiene quien la cuide", piensa, mientras llama a la puerta. Escucha... Nadie contesta.
"A lo mejor le ha pasado algo", piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par. Juana entra.

En la choza reinan el frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo primero que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta. La vecina yace boca arriba, con la inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna. Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro lívido muestra la inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese extendido para buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el vacío. Un poco más lejos, al lado de la difunta, dos niños, de caras regordetas y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y cubiertos con un vestido viejo.
Se ve que la madre, al morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima su vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un sueño dulce y profundo.
Juana coge la cuna con los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le late con violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le consta es que no puede proceder de otra manera.
Una vez en su choza, instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina. Está pálida e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. "¿Qué me dirá? Como si le dieran pocos desvelos nuestros cinco niños... ¿Es él? No, no... ¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo merecido... Ahí viene... ¡No! Menos mal..."
La puerta chirría, como si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie.
"No. No es nadie. ¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo lo voy a mirar a la cara ahora?" Y Juana permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones.
La lluvia ha cesado; el cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo que antes.
De pronto, la puerta se abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un hombre, alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas, empapadas de agua.
-¡Ya estoy aquí, Juana! -exclama.
-¡Ah! ¿Eres tú? -replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista.
-¡Vaya nochecita!

-Es verdad. ¡Qué tiempo tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca?
-Es horrible, no he pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes. Esto es horrible, horrible... No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No recuerdo una noche igual en toda mi vida. No hablemos de pescar; doy gracias a Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho sin mí?
Después de decir esto, el pescador arrastra la redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a la estufa.
-¿Yo? -exclama Juana, palideciendo-. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me daba miedo. Estaba preocupada por ti.
-Sí, sí -masculla el hombre-. Hace un tiempo de mil demonios, pero... ¿qué podemos hacer?
Ambos guardan silencio.
-¿Sabes que nuestra vecina Simona ha muerto?
-¿Qué me dices?
-No sé cuándo; me figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba el corazón al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños... Uno ni siquiera sabe hablar y el otro empieza a andar a gatas...
Juana calla. El pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.
-¡Vaya situación! -exclama, rascándose la nuca-. Pero, ¡qué le hemos de hacer! No tenemos más remedio que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta? Ya saldremos adelante como sea. Anda, corre a traerlos.
Juana no se mueve.
-¿Qué te pasa? ¿No quieres? ¿Qué te pasa, Juana?
-Están aquí ya -replica la mujer descorriendo la cortina.


De: CiudadSeVa.com






El 16 de enero de 1905 León Tolstói escribe a su mujer Sofía: “La música es la estenografía de los sentimientos. Cuando hablamos mediante la elevación, la disminución, la fuerza, la rapidez o la lentitud de la sucesión de somidos emitidos, expresamos aquellos sentimientos que acompañan lo que decimos: los pensamientos, las imágenes, los acontecimientos que verbalizamos. La música transmite sólo la progresión y la composición y la sucesión de esos sentimientos sin pensamientos, ni imágenes, ni acontecimientos. A mí esto me explica lo que siento cuando escucho música.” (Traducción de Selma Ancira)

                                               



sábado, 6 de septiembre de 2014

"Un artista es un prisionero de su misma necesidad de comunicarse"- Carmen Laforet

6 de setiembre de 1921- España

Rosamunda


      Estaba amaneciendo, al fin. El departamento de tercera clase olía a cansancio, a tabaco y a botas de soldado. Ahora se salía de la noche como de un gran túnel y se podía ver a la gente acurrucada, dormidos hombres y mujeres en sus asientos duros. Era aquél un incómodo vagón-tranvía, con el  pasillo atestado de  cestas y maletas. Por las ventanillas se veía el campo y la raya plateada del mar.
      Rosamunda se despertó. Todavía se hizo una ilusión placentera al ver la luz entre sus pestañas semicerradas. Luego comprobó que su cabeza colgaba hacia atrás, apoyada en el respaldo del asiento y que tenía la boca seca de llevarla abierta. Se rehízo, enderezándose. Le dolía el cuello _su largo cuello marchito_. Echó una mirada a su alrededor y se sintió aliviada al ver que dormían sus compañeros de viaje. Sintió ganas de estirar las piernas entumecidas _el tren traqueteaba, pitaba_. Salió con grandes precauciones, para no despertar, para no molestar, «con pasos de hada» _pensó_, hasta la plataforma.
      El día era glorioso. Apenas se notaba el frío del amanecer. Se veía el mar entre naranjos. Ella se quedó como hipnotizada por el profundo verde de los árboles, por el claro horizonte de agua.
      _«Los odiados, odiados naranjos... Las odiadas palmeras... El maravilloso mar...»
      _¿Qué decía usted?
      A su lado estaba un Soldadlllo. Un muchachito pálido. Parecía bien educado. Se parecía a su hijo. A un hijo suyo que se había muerto. No al que vivía; al que vivía, no, de ninguna manera.
      _No sé si será usted capaz de entenderme _dijo, con cierta altivez_. Estaba recordando unos versos míos. Pero si usted quiere, no tengo inconveniente en recitar...
      El muchacho estaba asombrado. Veía a una mujer ya mayor, flaca, con profundas ojeras. El cabello oxigenado, el traje de color verde, muy viejo. Los pies calzados en unas viejas zapatillas de baile..., sí, unas asombrosas zapatillas de baile, color de plata, y en el pelo una cinta plateada también, atada con un lacito... Hacía mucho que él la observaba.
      _¿Qué decide usted? _preguntó Rosamunda, impaciente-. ¿Le gusta o no oír recitar?
      _Sí, a mí... El muchacho no se reía porque le daba pena mirarla. Quizá más tarde se reiría. Además, él tenía interés porque era joven, curioso. Había visto pocas cosas en su vida y deseaba conocer más. Aquello era una aventura. Miró a Rosamunda y la vio soñadora. Entornaba los ojos azules. Miraba al mar.
      _¡Qué difícil es la vida! 
      Aquella mujer era asombrosa. Ahora había dicho esto con los ojos llenos de lágrimas.
      _Si usted supiera, joven... Si usted supiera lo que este amanecer significa para mí, me disculparía. Este correr hacia el Sur. Otra vez hacia el Sur... Otra vez a mi casa. Otra vez a sentir ese ahogo de mi patio cerrado, de la incomprensión de mi esposo... No se sonría usted, hijo mío; usted no sabe nada de lo que puede ser la vida de una mujer como yo. Este tormento infinito... Usted dirá que por qué le cuento todo esto, por qué tengo ganas de hacer confidencias, yo, que soy de naturaleza reservada... Pues, porque ahora mismo, al hablarle, me he dado cuenta de que tiene usted corazón y sentimiento y porque esto es mi confesión. Porque, después de usted, me espera, como quien dice, la tumba... El no poder hablar ya a ningún ser humano..., a ningún ser humano que me entienda.
     Se calló, cansada, quizá, por un momento. El tren corría, corría... El aire se iba haciendo cálido, dorado. Amenazaba un día terrible de calor.
      _Voy a empezar a usted mi historia, pues creo que le interesa... Sí. Figúrese usted una joven rubia, de grandes ojos azules, una joven apasionada por el arte... De nombre, Rosamunda... Rosamunda, ¿ha oído? ... Digo que si ha oído mi nombre y qué le parece.
      El soldado se ruborizó ante el tono imperioso. 
      _Me parece bien... bien.
      _Rosamunda... _continuó ella, un poco vacilante. Su verdadero nombre era Felisa; pero, no se sabe por qué, lo aborrecía. En su interior siempre había sido Rosamunda, desde los tiempos de su adolescencia. Aquel Rosamunda se había convertido en la fórmula mágica que la salvaba de la estrechez de su casa, de la monotonía de sus horas; aquel Rosamunda convirtió al novio zafio y colorado en un príncipe de leyenda. Rosamunda era para ella un nombre amado, de calidades exquisitas... Pero ¿para qué explicar al joven tantas cosas?
      _Rosamunda tenía un gran talento dramático. Llegó a actuar con éxito brillante. Además, era poetisa. Tuvo ya cierta fama desde su juventud... Imagínese, casi una niña, halagada, mimada por la vida y, de pronto, una catástrofe... El amor... ¿Le he dicho a usted que era ella famosa? Tenía dieciséis años apenas, pero la rodeaban por todas partes los admiradores. En uno de los recitales de poesía, vio al hombre que causó su ruina. A... A mi marido, pues Rosamunda, como usted comprenderá, soy yo. Me casé sin saber lo que hacía, con un hombre brutal, sórdido y celoso. Me tuvo encerrada años y años. ¡Yo!... Aquella mariposa de oro que era yo... ¿Entiende?
       (Si, se había casado, si no a los dieciséis años, a los veintitrés; pero ¡al fin y al cabo!... Y era verdad que le había conocido un día que recitó versos suyos en casa de una amiga. Él era carnicero. Pero, a este muchacho, ¿se le podían contar las cosas así? Lo cierto era aquel sufrimiento suyo, de tantos años. No había podido ni recitar un solo verso, ni aludir a sus pasados éxitos _éxitos quizás inventados, ya que no se acordaba bien; pero..._ Su mismo hijo solía decirle que se volvería loca de pensar y llorar tanto. Era peor esto que las palizas y los gritos de él cuando llegaba borracho. No tuvo a nadie más que al hijo aquél, porque las hijas fueron descaradas y necias, y se reían de ella, y el otro hijo, igual que su marido, había intentado hasta encerrar la).
      _Tuve un hijo único. Un solo hijo. ¿Se da cuenta? Le puse Florisel... Crecía delgadito, pálido, así como usted. Por eso quizá le cuento a usted estas cosas. Yo le contaba mi magnífica vida anterior. Sólo él sabía que conservaba un traje de gasa, todos mis collares... Y él me escuchaba, me escuchaba... como usted ahora, embobado.
      Rosamunda sonrió. Sí, el joven la escuchaba absorto.
      _Este hijo se me murió. Yo no lo pude resistir... Él era lo único que me ataba a aquella casa. Tuve un arranque, cogí mis maletas y me volví a la gran ciudad de mi juventud y de mis éxitos... ¡Ay! He pasado unos días maravillosos y amargos. Fui acogida con entusiasmo, aclamada de nuevo por el público, de nuevo adorada... ¿Comprende mi tragedia? Porque mi marido, al enterarse de esto, empezó a escribirme cartas tristes y desgarradoras: no podía vivir sin mí. No puede, el pobre. Además es el padre de Florisel, y el recuerdo del hijo perdido estaba en el fondo  de todos mis triunfos, amargándome.
      El muchacho veía animarse por  momentos a aquella figura  flaca y estrafalaria que era la mujer. Habló mucho. Evocó un hotel fantástico, el lujo derrochado en el teatro el día de su «reaparición»; evocó ovaciones delirantes y su propia figura, una figura de «sílfide cansada», recibiéndolas.
      _Y, sin embargo, ahora vuelvo a mi deber... Repartí mi fortuna entre los pobres y vuelvo al lado de mi marido como quien va a un sepulcro.
      Rosamunda volvió a quedarse triste. Sus pendientes eran largos, baratos; la brisa los hacía ondular... Se sintió desdichada, muy «gran dama»... Había olvidado aquellos terribles días sin pan en la ciudad grande. Las burlas de sus amistades ante su traje de gasa, sus abalorios y sus proyectos fantásticos. Había olvidado aquel largo comedor con mesas de pino cepillado, donde había comido el pan de los pobres entre mendigos de broncas toses. Sus llantos, su terror en el absoluto desamparo de tantas horas en que hasta los insultos de su marido había echado de menos. Sus besos a aquella carta del marido en que, en su estilo tosco y autoritario a la vez, recordando al hijo muerto, le pedía perdón y la perdonaba.
      El soldado se quedó mirándola. j Qué tipo más raro, Dios mío! No cabía duda de que estaba loca la pobre... Ahora le sonreía... Le faltaban dos dientes.
      El tren se iba deteniendo en una estación del camino. Era la hora del desayuno, de la fonda de la estación venía un olor apetitoso... Rosamunda miraba hacia los vendedores de rosquillas.
      _ ¿Me permite usted convidarla, señora? En la mente del soldadito empezaba a insinuarse una divertida historia. ¿Y si contara a sus amigos que había encontrado en el tren una mujer estupenda y que...?
      _ ¿Convidarme? Muy bien, joven... Quizá sea la última persona que me convide... Y no me trate con tanto respeto, por favor. Puede usted llamarme Rosamunda..., no he de enfadarme por eso.


De: http://ficus.pntic.mec.es



"Si uno es escritor, escribe siempre,
aunque no quiera hacerlo,
aunque trate de escapar a esa dudosa gloria
y a ese sufrimiento real que se merece
por seguir una vocación"


Tomás Campanella, un precursor del socialismo científico.

5 de setiembre de 1568- Italia
Escritor, filósofo, sacerdote.


Comunidad de vida y de trabajo. Distribución de este último entre los hombres y las mujeres.


ALMIRANTE.- Son comunes las casas, los dormitorios, los lechos y todas las demás cosas necesarias. Pero al fin de cada semestre los Maestros eligen las personas que deben dormir en uno u otro lugar, quiénes en la primera habitación y quiénes en la segunda. Esta distribución se indica por medio de alfabetos, colocados en la parte superior de las puertas. Las artes mecánicas y especulativas son comunes a hombres y mujeres. Hay, sin embargo, la diferencia de que los ejercicios más pesados y que exigen caminar (como arar, sembrar, recoger los frutos, trabajar en la era y en la vendimia, etc.) son ejecutados por los varones. Las mujeres suelen dedicarse también a ordeñar las ovejas y hacer queso. Asimismo, van a cultivar y recoger hierbas en los huertos situados cerca de los muros de la ciudad. Los trabajos que pueden realizarse estando de pie o sentado (como tejer, hilar, coser, cortar el pelo, afeitar, preparar drogas y confeccionar toda clase de vestidos) conciernen a las mujeres, pero les está prohibido trabajar la madera y fabricar armas. Si alguna de ellas muestra aptitud para la pintura, se le concede ejercitarse en ella. En cambio, la música en todas sus formas, excepto la producida mediante trompetas y tambores, solamente está permitida a las mujeres y a veces a los niños, porque unas y otros pueden causar mayor deleite. Ellas hacen también la comida y preparan la mesa, pero el servir la comida es obligación peculiar de los niños y de las niñas hasta que cumplen la edad de veinte años. Cada recinto tiene sus propias cocinas, despensas y aparadores con los utensilios necesarios para comer y beber. Cada función está presidida por un viejo de edad provecta y además por una anciana, quienes de común acuerdo dan órdenes a los servidores y están autorizados para golpear -o mandar golpear- a los negligentes o díscolos. Ambos vigilan y toman nota de la clase de servicio en que más se distingue cada niño o niña. Todos los jóvenes sirven a los que han sobrepasado los cuarenta años, pero es deber de los Maestros y de las Maestras velar por la noche cuando se van a dormir y enviar por la mañana a su respectivo quehacer a aquellos que por orden han de realizarlos, eligiendo uno o dos por cada habitación.


De: La Ciudad del Sol



Filósofo italiano, es reconocido como uno los principales representantes del pensamiento renacentista de su país. Olvidado durante varios siglos, su pensamiento ha sido revalorizado en el presente.

Nacido en Stilo (Calabria), cambió su nombre original, Givanni, por el de Tommaso al entrar en el convento de los dominicos. En el convento leyó a Erasmo, Ficino y Telesio; compartió el antiaristotelismo de este último, y cuyas doctrinas defendió en la Philosophia sensibus demonstrata (1591). Este hecho, unido al interés que demostraba por las artes mágicas, despertaron las sospechas de sus superiores, por lo cual huyó a Nápoles, donde estudió magia y ocultismo con G. Della Porta.

Sometido a un primer proceso por herejía en 1591, huyó nuevamente del convento y se trasladó a Padua, donde conoció a Galileo. Después de varios procesos, y de haber sido condenadas todas sus obras, fue confinado a un convento de su orden en Calabria. Sus escritos principales de este período son: De sensitiva rerum facultate, De monarchia christianorum, De regimine Ecclesiae, Discorsi ai principi d'Italia, Dialogo contro Luterani, Calvinisti, e altri eretici. Durante su confinamiento en Calabria urdió una conjura contra los españoles. Descubierto y capturado, fue llevado a juicio, pero fingió estar loco y así se libró de la pena de muerte. Sin embargo, fue condenado a prisión perpetua. En la cárcel pasó 27 años, período que se caracteriza por dos hechos: la metanoia filosófica del propio Campanella y la producción literaria. Con respecto a la primera, Campanella abandonó el sensismo y el naturalismo religioso sin dogmas, y se entregó, como él mismo declara, "a la verdadera religión, después de haberse comportado en forma poco cristiana".
Fruto de su actividad literaria fueron las obras: La città del sole, su obra más conocida, en la que describe una sociedad que vive según las leyes de la naturaleza y que espera, por la revelación, una vida mejor; Metaphisica, gran enciclopedia en 18 libros; Theologia, en 30 libros; y las dos obras de teología práctica: Atheismus triumphatus y Reminiscentur. Sobre la acción política de las naciones católicas tratan La monarchia di Spagna y Antiveneti. Escribió también en defensa de Galileo Apologia pro Galileo, en la que enseña que no es la Biblia la que esclarece la física, sino ésta a aquélla, en los pasajes que sea necesario.
Liberado de la cárcel en 1629, gozó del favor del Papa Urbano VIII, quien le tomó como consultor en asuntos de astrología y política. Pero reclamado de nuevo por los españoles por suponer que formaba parte de una nueva conspiración en Nápoles, se ve obligado a huir a Francia en 1634. Aquí es bien acogido por el rey Luis XIII, y respetado tanto por intelectuales como por nobles. Es en Francia donde publica Philosophia realis, Quaestiones y De Praedestinatione. Muerto en el convento de San Honorato, sus cenizas fueron dispersadas durante las turbulencias de la Revolución.


Fragmentos extraídos de: www.mcnbiografias.com


Campanella es uno de los grandes genios de la humanidad, una de esas figuras que nos hacen --cuando tantas conductas nos dan vergüenza de pertenecer al género humano-- reconciliarnos con la especie de la que somos miembros.

El Cardenal Pallavicini dijo que Campanella era un hombre que lo ha leído todo, que lo recuerda todo, de descollante talento, pero indomable. ¿Qué mayor elogio? A Campanella le daríamos, así, el título honorífico de uir indomabilis, hombre indomable. Adalid de la justicia, no se deja domeñar ni doblegar.

Cuando mencionamos sus estancias en prisión, hay que tener en cuenta que los presidios y calabozos de la época eran mazmorras angostísimas, lóbregas, húmedas, plagadas de ratas y parásitos, malolientes, sin ventilación; que las condiciones de detención eran espantosas, crueles, vejatorias; que durante sendas fases iniciales de varios de esos encarcelamientos --podían ser semanas, meses o años-- Campanella sufrió sádicos interrogatorios bajo la tortura (y la Inquisición Real sabía cómo torturar, porque los mejores médicos de la época la asesoraban sobre cómo infligir el máximo dolor, aprovechando para ello los avances de la ciencia anatómica, que iba adelantando día a día).

¿Qué elogio sería bastante para un hombre que, en esas condiciones (encarcelado bajo falsas acusaciones, sólo porque sus ideas parecían peligrosas al poder, aunque nunca hiciera llamamiento alguno a la lucha contra ese poder), lejos de amilanarse, lejos de agachar la cabeza, sigue escribiendo sus obras --en latín y en italiano--, argumentando, demostrando sus tesis, abogando por el comunismo, denunciando la propiedad privada y desenmascarando las argucias de sus ensalzadores (y eso sin tener acceso a bibliotecas, citando de memoria, teniendo que mendigar a sus carceleros papel y tinta)?

De: Lorenzo Peña
eroj@eroj.org
Director de ESPAÑA ROJA



viernes, 5 de septiembre de 2014

La voz invulnerable de l@s vulnerad@s

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, querido EDUARDO GALEANO!
Y Gracias, por tu presencia entre nosotr@s.
Por tu lúcida palabra.
Por tu insobornable palabra.
Por la protectora caricia de tu palabra.















































jueves, 4 de septiembre de 2014

“Sospeché que mis dibujos eran literarios, ilustraciones de textos no escritos”- Enrique Lihn



Enrique Lihn
3 de setiembre de 1929- Chile
Escritor, dibujante y crítico.

Porque escribí

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces

De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.




TV

Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la televisión en colores.
De esa llama sólo se salvan los cuerpos.
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los sueños.
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fábrica,
hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia,
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder.

De: http://eltiempoesbreveyelarteeslargo.blogspot.com



martes, 2 de septiembre de 2014

¡Tant@s crecimos en tu compañía!




















Edgar Rice Burroughs

(Chicago, 1875 - Los Ángeles, 1950) 
Novelista estadounidense, creador del mítico personaje de Tarzán. Hijo de una familia acomodada, se educó en escuelas privadas de Chicago. En 1911 apareció su primera obra (Bajo las lunas de Marte) en una revista de aventuras, y tuvo tanto éxito que decidió dedicarse a escribir. En 1912 publicó el primer cuento de Tarzán y en 1914 la novela Tarzán de los monos, que le dio fama internacional y fue traducida a múltiples idiomas, llevada reiteradamente a la pantalla y reproducida en tiras cómicas. Con el mismo protagonista produjo otras 23 novelas. La causa del espectacular triunfo del personaje habría que buscarla, además del entretenimiento que ofrece este tipo de aventuras, en el cambio de valores y de mentalidad ocurrido en Estados Unidos después de la gran depresión de 1929, por la necesidad de encontrar nuevos héroes populares que hicieran recuperar la confianza perdida. Escribió, además, relatos acerca de la vida en otros planetas.



De: www.elpais.com.uy
"Escribo para escapar, escapar de la pobreza".