miércoles, 5 de febrero de 2014

"La poesía de Trakl es el más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto" -Rilke

HUMANIDAD

La humanidad antes de colocar artefactos explosivos,
Un redoble de tambor, frente guerreros oscuros,
Comenzó por la bruma de sangre, los anillos de hierro negro,
La desesperación, la noche triste en el cerebro:
Aquí la víspera de la sombra, y el dinero de roja caza.
Las nubes, los saltos de luz a través del sacramento.
Vive en el pan y el vino un silencio suave
Y los que están reunidos en número de doce
Por la noche duermen en el santuario bajo las ramas del olivo;
Santo Tomás mete la mano en Wundenmal.

                                                  Traducción de Rodolfo Modern


Revelación y caída

Extraños son los nocturnos senderos del hombre. Cuando
deambulaba de noche junto a pétreos aposentos y ardía en cada uno de
ellos una quieta lucecilla, un candelabro de cobre, y cuando caí helado en
el lecho, se encontraba de nuevo a mi cabecera la negra sombra de la
forastera y en silencio hundí el rostro en las lentas manos. También en la
ventana había florecido azul el jacinto y sobre los labios purpúreos del que
respiraba se posó la vieja oración, cayeron de los párpados lágrimas
cristalinas, vertidas por el amargo mundo. En esta hora a la muerte de mi
padre, era yo el hijo blanco. Con chubascos azules vino de la colina el
viento nocturno, la oscura queja de la madre, muriendo de nuevo y vi el
negro infierno en mi corazón; minutos de brillante calma. En silencio
surgió de un muro calizo un rostro inefable- un adolescente moribundo- la
belleza de una estirpe que regresa al hogar. Blanca como la luna, el frescor
de la piedra envolvió la vigilante sien, fueron extinguiéndose los pasos de
las sobras sobre los peldaños ruinosos, una sonrosada ronda en el
jardincillo.
Me hallaba silencioso en una taberna abandonada bajo las
ahumadas vigas y solitario junto al vino, un cadáver resplandeciente
inclinado sobre algo oscuro, y yacía un cordero muerto a mis pies. Desde
un corrompido azul surgió la pálida efigie de la hermana y habló así su
boca sangrante: hiere, negra espina. Ay aún suenan en mí los brazos
argénteos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares, que
florecen sobre sendas nocturnas, mientras la rata chillando se desliza
rápidamente sobre ellas. Centellead, estrellas, bajo mis cejas arqueadas;
           mientras voltea leve el corazón en la noche. Irrumpió una roja sombra con
        llameante espada en la casa, huyó con nívea frente. Oh muerte amarga.
Y habló una voz tenebrosa desde mí mismo: a mi caballo negro
rompí la nuca en el bosque nocturno, cuando la locura brotó de sus ojos
purpúreos; las sombras de los olmos cayeron sobre mí, la risa azul del
manantial y la negra frescura de la noche, mientras yo, un cazador
desenfrenado, perseguía una presa de nieve; en pétreo infierno se abismó
mi rostro.
Y brillando cayó una gota de sangre en el vino del solitario; y
cuando bebí de él, tenía un gusto más amargo que la amapola; y una nube
negruzca envolvía mi cabeza, las lagrimas cristalinas de ángeles
condenados; y silenciosamente manaba de la herida plateada de la
hermana la sangre y cayó una ardiente lluvia sobre mí.
Caminaré al borde del bosque, un silencioso, a quien el velludo sol
de le cayó desde manos enmudecidas; un extraño en la colina de la tarde
llorando que alza los párpados sobre la ciudad de piedra; un venado,
inmóvil en la paz del viejo sauco; oh, sin descanso escucha la cabeza que
las sombras invaden, o bien siguen los pasos vacilantes de la nube azul en
la colina, también graves estrellas. A un lado la silenciosa compañía de los
verdes sembrados, tímido los escolta el ciervo sobre los senderos
musgosos del bosque. Han enmudecido las chozas de los aldeanos y
atemoriza en la negra clama del viento la queja azul del torrente.
Pero cuando bajaba el rocoso sendero, me acometió la locura y
grité fuerte en la noche; y cuando dedos argénteos me incliné sobre las
calladas aguas, ví que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me
dijo ¡mátate! Gimiendo se irguió dentro de mí la sombra de un niño y me
miró radiante desde sus ojos cristalinos, de modo que me desplomé
llorando debajo de los árboles, de la majestuosa bóveda estrellada.
Peregrinaje sin sosiego a través de las rocas salvajes lejos del
caserío del atardecer, de los rebaños que regresan; a lo lejos apacenta el
sol poniente sobre un prado cristalino y conmueve su canto salvaje, el
grito solitario del ave, agonizando en una calma azul. Pero
silenciosamente llegas en la noche, mientras yo yacía vigilante en la
colina, o bien bramando delirante en la tormenta de primavera; y cada vez
mas negro envuelve el desconsuelo la cabeza solitaria, atroces relámpagos
asustan al alma nocturna, tus manos destrozan mi pecho jadeante.
Cuando marché por el jardín crepuscular, y la negra efigie del mal
se hubo apartado de mí, me abrazó la calma de los jacintos en la noche: y
navegue en arqueada barca sobre el estanque tranquilo, y dulce paz rozó
mi frente de piedra. Mudo yacía bajo la vieja pradera y estaba alto el cielo
azul sobre mi cuajado de estrellas: y como me aniquilé en su
contemplación, murieron la angustia y el dolor más hondo dentro de mí; y
se alzó radiante la sombra azul del muchacho en la oscuridad, un suave
canto; se elevó sobre alas de luna, por encima de las copas florecidas, de
arrecifes cristalinos, el rostro de la hermana.
Con suelas plateadas bajé los espinosos peldaños y penetré en el
aposento encalado. Silenciosamente ardía allí una palmatoria y mudo
oculté entre lienzos purpúreos la cabeza; y arrojó la tierra un infantil
cadáver, una imagen lunar, que lentamente salió de mi sombra, con brazos

quebrantados cayó a causa de pétrea caída, como coposa nieve.

3 de febrero de 1887- Austria
Uno de los iniciadores del Expresionismo

EN UN Álbum ANTIGUO

           " Retornas sin cesar, melancolía, 
  oh regalo del alma solitaria. 
  Arde hasta el final un día de oro. 
  El ser paciente se inclina humilde ante el dolor 
  resonante de armonía y tierno delirio. 
  ¡Mira! Ya va oscureciendo. 
  Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal 
  y hay otro que sufre con él. 
  Tiritando bajo las estrellas del otoño, 
  año tras año se inclina más profundamente la cabeza. "



CANTO DEL SOLITARIO

                     Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques
              se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas;
              los prados cristalinos del corzo.
              La oscuridad calma el murmullo del arroyo,
              sentimos las sombras húmedas
              y las flores del verano que susurran al viento.
              Anochece la frente del hombre pensativo.
             
              Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón,
              en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan
              por la mano de Dios, el hermano quiere descansar
              de espinosos senderos
              y callado te mira con sus ojos nocturnos.
              Ah, morar en el intenso azul de la noche.
             
              El amoroso silencio de la alcoba
              envuelve la sombra de los ancianos,
              los martirios púrpuras, el llanto de una gran
              que en el nieto solitario muere con piedad.
             
              Pues siempre despierta más radiante
              de sus negros minutos la locura,
              el hombre abatido en los umbrales de piedra
              poderosamente es cubierto por el fresco azul
              y por el luminoso declinar del otoño,
             
              la casa silenciosa, las leyendas del bosque,
              medida y ley y senda lunar de los que mueren.             
                                             
DE: GeorgeTrakl, Antología Google-site


GEORG TRAKL, EL PROFETA DE OCCIDENTE

I

"Hay dos clases de artistas. Unos traen respuestas y otros preguntas. Hay obras que esperan largo tiempo antes de que se las pueda comprender, pues traen respuestas a preguntas que aún no han sido formuladas". Estas palabras que André Gide escuchara a Oscar Wilde, cuando éste se había convertido ya en el melancólico proscrito Sebastián Melmoth, pueden aplicarse al caso de Georg Trakl, considerado hoy día, junto a Rilke y Stephan George, como el máximo poeta lírico del siglo en lengua alemana. Las respuestas de los poemas de Trakl, sus premoniciones de desolación no podían ser comprendidas por sus coetáneos, confiados todavía en las apariencias del esplendor finisecular. (Tampoco se podía comprender la videncia del poeta ruso Andrés Biely, el que escribía en 1921: El mundo volará / por el estallido de una Bomba Atómica / en gavillas de electrones. / Descarnada hecatombe!) La voz de Trakl fue apenas escuchada durante su vida, por demás corta. Su obra, muy parva, tuvo exigua difusión. Pero por un fenómeno ya corriente en la historia de la literatura, apagado el ruido de las famas más espectaculares (¿quién lee hoy a Marinetti, por ejemplo?) las voces más ocultas y, por lo tanto, más profundas, surgen repentinamente y son las de mayor repercusión.

Ya en 1917 Rilke escribía: "la poesía de Trakl es un objeto de existencia divina para mí... el más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto". En 1953, en su estudio "Georg Trakl", Martin Heidegger lo llama "Poeta del Occidente aún oculto, de una nueva generación regenerada que sucederá a la actual", considerándolo el sucesor de Hölderlin. La interpretación heideggeriana de la poesía de Trakl ha suscitado muchas discusiones. Se le reprocha haber negado el cristianismo de Trakl, pese a las explícitas declaraciones hechas en este sentido por el poeta. Por otra parte, la ambigüedad esencial de la poesía de Trakl, el que se expresa por imágenes más que por conceptos, posibilita las más diversas interpretaciones. Dice, por ejemplo, Michael Hamburger (en su libro Reason and Energy): "Aun se podría llega a afirmar que Trakl era marxista, por su visión del capitalismo en decadencia".



II

Pese a una ejemplar sentencia de Heidegger, en el sentido de que mientras más grande es un artista más desaparece su persona tras su obra, no podemos menos que dar una breve visión de la vida de Georg Trakl. Nació en Salzburgo, el 3 de febrero de 1887. Su ciudad natal y el paisaje comarcano estarán presentes casi siempre en sus poemas, descritos en una forma meticulosa, aunque vistos como a través de sueños. Aparece un mundo de nostalgia y decadencia, propio de una ciudad que durante la Edad Media había tenido un gran esplendor, y que vivía de un pasado irrecuperable...

De las iglesias pardas
Las imágenes puras de la muerte nos miran
Los escudos de los grandes señores de antaño...

También la poesía de Trakl alude profusamente a la melancólica casa de sus antepasados en donde era un niño que al claro de luna salía a dar de comer a las ratas. El paisaje decadente del otoño, la infancia, la muerte, serán los grandes temas de su poesía. Sus poetas favoritos fueron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. Ellos fueron sus maestros junto con Nietzsche y Dostoievski, cuya obra amaba particularmente. Admiraba a Whitman, pero hallaba pernicioso el optimismo discriminado del bardo norteamericano.

En el colegio, Trakl fue un alumno mediocre, y al llegar la adolescencia se tornó insociable, hablaba corrientemente de suicidio y se aficionó al uso de las drogas. Algunos de sus biógrafos sugieren que a éstas pudo aficionarse por influencia de su madre, la cual era opiómana, según puede deducirse de algunos poemas de Trakl, como "Sebastián en sueños":

La madre traía al niño a la luna clara
A la sombra del nogal y del viejo saúco
Ebria del zumo de la adormidera...

Michael Hamburger señala que estudió farmacia a fin de tener un más fácil acceso a las drogas. Estudió dos años en la Universidad de Viena y de este entonces parece datar su repulsión a las grandes ciudades, a las que ve enfermas, poseídas por el espíritu del mal, aunque:

Callada, en oscuras cavernas, sangra una humanidad muda
Forjando con durísimos metales el rostro que ha de redimirla.

Por oposición a la ciudad, se vuelve Trakl a la naturaleza, a la que ve exenta de la culpa de la caída. Abandonó Viena para establecerse en Innsbruck. En dicha ciudad colaboró en la revista Der Brenner. Ludwig von Ficker que la dirigía cuenta que a principios de 1914 un anónimo benefactor le envió una importante suma de dinero para ser distribuida entre dos colaboradores de su revista: Rilke y Trakl "cuyos poemas no entiendo –señalaba el mecenas–, pero en los cuales veo la marca del genio". Trakl al llegar al Banco a recibir su parte sintió tal repugnancia ante su buena fortuna que se negó a llenar las formalidades necesarias, y se retiró sin recibirla.

El atentado de Gabriel Princip en Sarajevo inició la catástrofe presentida por Trakl. Fue destinado al frente polaco. La visión de los mutilados, de las matanzas, de los desertores ahorcados fue superior a sus fuerzas. Intentó suicidarse. Fue internado en el Hospital de Cracovia con el diagnóstico de "demencia precoz". Allí se suicidó con una fuerte dosis de cocaína, en circunstancias no muy esclarecidas, el 3 ó el 4 de noviembre de 1914. Moría a los veintisiete años de edad, devorado en plena juventud por el Moloch de la guerra, como Alain Fournier, Wilfred Owen, Sydney Keyes, y como ellos, sin que su gran obra alcanzara a ser cumplida.


En El Mercurio, Santiago (11.02.1962), p.12
Jorge Teillier- Artículos y Entrevistas

De: SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile

El grito- E. Munch

“Eso es lo que son. Eso es lo que son todos ustedes... todos ustedes los jóvenes que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida... No respetan nada. Se están matando con el alcohol” - Gertrude Stein

3 de febrero de 1874- Estados Unidos
La colección de los Stein
París era una fiesta
por Florencia Rolón / Fotos: Gentileza The Metropolitan Museum of Art

A principios del siglo XX, una familia norteamericana compuesta por Gertrude Stein, su hermano Leo, Michael y su esposa Sarah, se trasladó a París, instalándose en el barrio de Montparnasse. Los Stein fueron los primeros en comprar obras de Matisse y Picasso, y en recibir a los artistas en sus hogares. Con los años, la familia montó una importante colección de arte moderno. La exposición The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde ofrecida por el Museo Metropolitan de Nueva York recorre la historia de esta gran familia de mecenas.

“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”, es la cita que abre París era una fiesta, el libro póstumo de Ernest Hemingway, y que traza los recuerdos del escritor norteamericano en sus años de juventud en la capital francesa. Los años 20 en París fueron, además de una fiesta, una ciudad que cobijó en sus bares, sus apartamentos y sus librerías a una generación de artistas fuera de serie en sus inicios de pobreza y búsqueda. F. Scott Fitzgerald daba comienzo a sus borracheras legendarias, Pablo Picasso pintaba a su corte de amantes, Ezra Pound empezaba a transformar la poesía, Sylvia Beach les prestaba libros en Shakespeare & Co. y Gertrude Stein se instituía como el faro intelectual de los inmigrantes, mientras un joven Hemingway abandonaba el periodismo y se entregaba en días espartanos y noches báquicas a producir esa “prosa tan pura que no se corrompa”. No hace mucho Woody Allen con su película Midnight in Paris rindió tributo a esa época de un modo magistral. Y en estos días arribó al Metropolitan Museum of Art (MET) neoyorquino la exposición itinerante The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde, un proyecto realizado en colaboración con el Museum of Modern Art de San Francisco (SFMoMA) y el Grand Palais de París, que sirve como corolario a tan espumante momento de la humanidad.


La generación perdida

La historia dice que Gertrude Stein (1874-1946, escritora de vanguardia, poetisa, dramaturga y feminista estadounidense) estimuló a Hemingway para que dejara el periodismo y se consagrara por entero a la literatura. En su hogar no se podía pronunciar dos veces el nombre de James Joyce. El novelista norteamericano relata que a quien lo hacía “no se lo invitaba nunca más”. Stein tenía una opinión inflexible sobre el convulsionado mundillo de escritores que consumían su talento y sus días en las terrazas de los bares de París: los apodaba “la generación perdida”.

Tras su paso por el Grand Palais de París, la muestra que se podrá visitar hasta el 3 de junio hace un recorrido por la historia de una familia norteamericana asombrosa: la familia Stein, dueña de una de las más increíbles colecciones de arte moderno. Cuando los hermanos Gertrude, Leo y Michael Stein se asentaron en París a principios del siglo anterior, lograron integrarse rápidamente a los círculos intelectuales vanguardistas, en donde conocieron las obras de Picasso y Henri Matisse, por las que sintieron una gran admiración y con los que entablaron una estrecha amistad, transformándose en sus principales mecenas.

De igual modo, se interesaron en obras de artistas impresionistas y cubistas, incomprendidos en su momento, de los que no dudaron en impulsar sus carreras adquiriendo sus piezas, exponiéndolas en su estudio, en sus célebres reuniones sabatinas, y dándolas a conocer en Estados Unidos. Tal fue el caso de Paul Cézanne, Auguste Renoir, Pierre Bonnard, Juan Gris, Henri Toulouse-Lautrec y Francis Picabia, entre otros. En la exposición del MET se pueden admirar cerca de 200 dibujos, pinturas, libros ilustrados y esculturas de los artistas que definieron el arte del siglo XX.

El objetivo de esta exhibición es el de revelar la importancia del mecenazgo en el mundo del arte. La muestra asimismo destaca cómo el mecenazgo sirvió para crear nuevos estándares en el gusto por el arte moderno, a través de la visión de la modernidad de Leo Stein y de sus intercambios con los intelectuales de la época; de la amistad de Gertrude con Picasso; de la relación de Sarah con Matisse y de los proyectos que Gertrude desarrolló con artistas en los años 20 y 30. “El legado de la familia Stein es una prueba de que los coleccionistas individuales juegan un papel decisivo en la historia del arte”, afirmó en su momento el director del SFMoMA Neal Benezra.
Sin duda, los Stein son en gran parte responsables de la revolución del siglo XX en las artes visuales. Logros que fueron consecuencia de su patrocinio de aventura, de los profundos lazos establecidos con los principales entendidos de la época y del mitológico salón de reuniones de París. Desde el primer momento en que se atrevieron a admirar a la “impúdica” Woman with a Hat de Matisse (1905), los Stein apostaron por el arte moderno alterando la carrera de los artistas más importantes del siglo.

En la exploración por The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde, valdrá la pena detenerse en algunas obras. De Matisse, Blue Nude, Woman with a Hat, Self-Portrait y Sarah Stein; y de Picasso, Melancholy Woman, Boy Leading a Horse, Still Life, y el retrato de Gertrude Stein. El recorrido es cronológico, aunque sigue el orden de adquisición y no de realización, y procura enlazar las obras con los principales temas y puntos de referencia de la historia del arte y la vida de los Stein.

Complementan las obras una rica gama de materiales de archivo, incluyendo fotografías, álbumes de familia, escenas de películas y correspondencia que brindan una nueva perspectiva sobre la visión artística de esta innovadora familia. Un catálogo, profusamente ilustrado, acompaña la exposición, con flamantes investigaciones y ensayos originales de una serie de expertos franceses y estadounidenses en el campo. “Estados Unidos es mi país, pero París es mi hogar”, así de rotunda era la escritora Gertrude Stein cuando tenía que situar el centro geográfico de sus sentimientos. Y el MET nos invita a su hogar por unos meses.

The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde se exhibe hasta el 3 de junio. The Metropolitan Museum of Art, 1000 Fifth Avenue, Nueva York.

Fuente: www.metmuseum.org
De: almamagazine.com

Gertrude Stein- Picasso
¿Sabías que la “generación perdida” de Hemingway, Scott Fitzgerald y Faulkner empezó en un taller?

De no ser por Gertrude Stein y un taller de reparación de coches parisino la genial “generación perdida” de escritores norteamericanos no se llamaría así.

“Todos sois una generación perdida”, le dijo una vez la novelista y poetisa Gertrude Stein a Ernest Hemingway (el excéntrico escritor estadounidense que inmortalizó los Sanfermines de Pamplona). Y como recogen los libros de Historia de la Literatura, y cualquier amante de la buena narrativa puede comprobar, esa fue, precisamente, la frase que éste puso al frente de su primera gran novela, “París era fiesta”.

Lo curioso del caso es que el origen de la expresión tuvo lugar en un espacio tan aparentemente poco literario como un taller de reparación de vehículos. Stein, que apoyó a los jóvenes escritores norteamericanos -como Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hart Crane, Ezra Pound, Djuna Barnes, Sherwood Anderson, Waldo Peirce, E. E. Cummings y Archibald MacLeish-  expatriados en el París de la década de 1920, tomó la expresión del dueño de un taller parisino que, al ver la torpe reparación que del automóvil de la escritora había hecho uno de sus mecánicos, reprendió a éste diciéndole que todos eran una “génération perdue”. Y Gertrude Stein añadió dirigiéndose a Hemingway al relatarle la anécdota: “Eso es lo que sois. Eso es lo que sois todos vosotros... todos vosotros los jóvenes que servísteis en la guerra. Sois una generación perdida... No respetáis nada. Os estáis matando con el alcohol”. El término, “generación perdida”, hizo fortuna.

La expresión "generación perdida" con la que se recuerda a los escritores norteamericanos de los años 20, 30 y 40 nació en un taller de coches de París.


De: © 2012 EuroTaller








Gertrude Stein pieza clave de las vanguardias
Por Vanessa Díez

La casa de Gertrude Stein en París fue lugar de encuentro de los artistas de las vanguardias y Woody Allen lo retrata. Incluso convierte a Stein en la consejera literaria de su protagonista, puede permitirse la licencia pues es su París, totalmente subjetivo, si él la hubiera tenido disponible en su tiempo puede que también le habría pedido consejo.

Escritora estadounidense de alto nivel experimental, se la considera una renovadora del género memorialístico por textos como la Autobiografía de Alice B. Toklas (1933), y la Autobiografía de todo el mundo (1937). Cultivó varios géneros (ensayo, autobiografía, poesía y teatro). Además de incluir entre sus temas la homosexualidad como en Q.E.D. o en Tender Buttons. Mujer de fuerte personalidad, feminista y lesbiana, que convivió más de 25 años junto a su pareja Alice B. Toklas.

Vivió en Francia desde 1903, su casa se convirtió en centro de reunión de los movimientos de vanguardia con mayor influencia en las artes y las letras del siglo XX. Fue una figura clave del ambiente artístico y literario de su tiempo.

París era la capital literaria del mundo, quien quiera conocer los veladas de Stein y su hermano, y las de ella y su compañera con Picasso, Braque, Hemingway, Gris, Matisse, Max Jacob, Pound, Fitzgerald,… que lea The Autobiography of Alice B. Toklas (1933). Francia era la segunda patria de Stein, el lugar adecuado para crear su obra, donde se toleraba la vida que quería llevar.

“Esto es porque los escritores tienen que tener dos países, aquel al que pertenecen y aquel en el que viven realmente. El segundo es romántico, está separado de ellos mismos, no es real pero realmente está ahí. Los ingleses victorianos tenían así a Italia, los estadounidenses del principios del siglo diecinueve tenían así a España, los de mediados de siglo diecinueve tenían así a Inglaterra, mi generación la generación del fin del siglo diecinueve tuvo así a Francia… el otro país que necesitas para ser libre es el otro país no el país al que realmente perteneces… La nación estadounidense es ahora casi victoriana, muy claramente victoriana, muy tempranamente victoriana, ella es un rico y dulce hogar pero no es un lugar de trabajo. La casa de tus padres nunca es un lugar de trabajo es un bonito lugar para crecer” (Gertrude Stein‘s America).

Stein pertenece al movimiento vanguardista del siglo XX. Su frase Rose is a rose is a rose (una rosa es una rosa es una rosa), parte del poema Sacred Emily contenido en el volumen Geography and Plays, de 1913 es una muestra. Acuñó su propio estilo, llamado Litismo, una especie de tautología verbal. Utilizaba un procedimiento mecánico. En “Composition and Explanation” (1926) explica cómo escribió Three Lives (1909) y The Making of Americans (1925). Su procedimiento era triple: escribir todo en un presente continuo, escribir usando todo (cada objeto, cada situación, cada perspectiva), escribir comenzando otra vez, una y otra vez (el ahora como tiempo perpetuo). Así rompió con la linealidad del relato y su secuencialidad anecdótica. Leer la prosa de Gertrude Stein es toda una experiencia del lenguaje. Y pensar que todo comenzó con su fobia a las comas.

De: Letras en Vena




El aforismo "Rosa es una rosa es una rosa es una rosa" fue escrito por Gertrude Stein formando parte del poema escrito 1913 "Sacred Emily" (Sagrada Emilia, juego de palabras con Sagrada Familia), que apareció posteriormente en el libro publicado en 1922 Geography and Plays (Geografía y representaciones).

En este poema, la primera "Rosa" es el nombre de una persona. Stein utilizó variaciones del aforismo en otros escrito, y "A rose is a rose is a rose" es probablemente la cita más famosa de la autora. Su significado se ha interpretado con frecuencia como "las cosas son lo que son", una expresión del principio de identidad, "A es A".

En el pensamiento de Stein, la frase expresa que tan solo empleando el nombre de una cosa ya se invoca el imaginario y las emociones asociadas con el objeto. A medida que la cita se difundía en sus propios escritos y en la cultura en gran medida, Stein llego a decir en un momento: " ¡Escúchenme ahora! No soy idiota. Sé que en la vida diaria no solemos decir esto es esto es esto. Si, no soy boba, pero pienso que con aquel verso la rosa se hizo roja por primera vez en la historia de la poesía en inglés en cientos de años." (Four in America). También se cita el aforismo para ilustrar el principio de recursión.

Ella misma dijo a una audiencia en la Universidad de Oxford que la declaración se refiere al hecho de que cuando el Romanticismo utiliza la palabra "rosa" que había una relación directa con una rosa real. Para períodos posteriores en la literatura esto ya no es cierto. Las épocas siguientes al romanticismo, sobre todo de la era moderna, el uso de la palabra rosa para referirse a la rosa real, sin embargo, también implica, a través del uso de la palabra, los elementos arquetípicos de la época romántica. También se deduce de la retórica de la ley de la repetición thricefold para enfatizar un punto, como se puede ver en los discursos que se remonta a los sofistas.

A Rose Is A Rose

Jezebel...from Israel...
Who never read a book
Charmed the literati
And a smile was all it took...
I was laughing with Picasso
When she first entered the room
But Gershwin, Tristan Tzara
And Man Ray saw her too
There was never any doubt
All would try to take her home
But she refused their every move
Preferred to be alone
And a rose...a rose is a rose
Zelda had a breakdown
Fitzgerald hit the bar
His hand was broken, words were spoken
Didn't get too far
Hemmingway was smoother
More debonair and fun
But he would say her repartee
Was meaner than a gun
And a rose...
A rose is a rose is a rose is a rose
Said my good friend Gertrude Stein
She knows that I go to the ol' Deux Magots
And I drink Pernod through the night
Jezebel...from Israel...
Who never read a book
She charmed the literati
And a smile was all it took
Before her Joyce will babble
And Pound has gone insane
Eliot is paralyzed by
Thoughts of April rain
When she refused Lennin
He vowed to start a war
Stravinsky beat The Rite of Spring
Right there on the floor
And a rose...a rose is a rose
A rose is a rose is a rose is a rose
Said my good friend Gertrude Stein
She knows that I go to the ol' Deux Magots
And I drink Pernod through the night
And then one night she's missing
A riot soon began
No one could stand the thought of Jezzie with another man
I raced down winding streets
I broke into her house
You'll never guess who Jezebel
Was kissing on the couch...
A rose...a rose is a rose...
Hi Jezzie. Hi there Gertrude
Am I interrupting something?
A rose is a rose is a rose is a rose...

De: http://minimalmau.blogspot.com


Un elemento clave para situar y analizar la obra de Stein es el de las vanguardias históricas. El período de experimentaciones lingüísticas extremas que llevaron a redefinir los lenguajes del arte y la poesía. La relación de Stein con ellas es compleja. Amiga cercanísima de Picasso y Juan Gris, asiste a la génesis y el desarrollo del cubismo en el cual interviene directamente como coleccionista de arte. La influencia de este movimiento en su obra es notable, como han notado los críticos en diferentes escritos y ella misma, por ejemplo en Picasso: “Yo estaba sola en aquella época entendiendo a Picasso, quizá porque yo estaba expresando lo mismo en literatura”

Imbuida en esta vanguardia primera, menos militante y más centrada en lo estructural, Stein no participa ni tiene especial simpatía por los movimientos vanguardistas organizados, como el futurismo o el surrealismo.

Esto no inhabilita la consideración de su obra dentro de la episteme vanguardista, con cuyo núcleo no siempre se la suele asociar. Stein, a pesar de vivir en París durante las décadas clave en el desarrollo del cubismo, escribió toda su obra en inglés, territorio que suele considerarse ajeno a las concepciones ortodoxas de las vanguardias. En este sentido la obra de Stein constituye una especie de eslabón perdido dentro de las poéticas vanguardistas, fundamentalmente escritas en lenguas romances, aunque indudablemente profundiza en la indagación de sus prácticas y principios.

A pesar de la radicalidad de su escritura, las ramificaciones de su presencia son más amplias de lo que podría pensarse. Por ejemplo, aunque no es el tipo de modelo que se suela recordar en primer lugar al hablar de las raíces del movimiento beat, ciertos rasgos e intereses del popular movimiento norteamericano tienen una importante conexión con Stein.

En lo que respecta a la propia elaboración textual steiniana se han señalado algunas claves que, si no resuelven por completo la sorpresa que produce el encuentro con su obra, al menos nos ayudan a comprender algunos de sus rasgos más personales. En Composición como explicación, la autora organiza una revisión del proceso de escritura hasta esos años atendiendo a tres rasgos indudablemente originales: la repetición, el presente continuo y el multiperspectivismo —al que se refiere como un escribir haciendo “uso de todo” (504). La atención a estos aspectos es, por sí misma sorprendente y, no cabe duda de que todos ellos juegan un papel de gran importancia en la constitución de su escritura. Especialmente la repetición y la insistencia en una escritura en presente contribuyen de manera sustancial a la construcción de textos “planos” —para decirlo con la expresión que utiliza Richard Kostelanetz (xviii)—, estrategia que aleja sustancialmente su escritura de los modelos tradicionales en los que el desarrollo de la escritura dependía de una narración temporal que hacía avanzar una historia a través de una serie de pasajes cumbre. Se trata en ese sentido de un posicionamiento paralelo al rechazo que la pintura cubista manifiesta por la perspectiva óptica.


Fragmento de: Gertrude Stein: retratos, composición, repetición
Autores: Benito del Pliego1 & Andrés Fisher2.
Filiación: Appalachian State University, Boone, NC, USA.


De: Revista Laboratorio ©2009 - url: www.revistalaboratorio.cl



YO SOY ROSA

Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa

Yo soy Rosa mis ojos son azules
yo soy Rosa quién eres tú
yo soy Rosa y cuando canto
yo soy Rosa como toda cosa.


ESTANZAS EN MEDITACIÓN

        VI

POR qué soy si yo soy inciertas razones puedes incluir.
Queda quedar proponer reponer escoger.
Llamo al descuido que la puerta está abierta
que si ellas pueden rehusar abrir
nadie puede correr a cerrar.
Sean pues mías por lo tanto.
Todos saben que escojo.
Por lo tanto si por lo tanto antes que cierre.
Yo por lo tanto ofreceré por lo tanto ofrezco esto.
Lo que si yo rehuso perder puede perderse es mío.
Yo seré bien bienvenida cuando venga.
Porque yo estoy viniendo..
Ciertamente yo vengo habiendo yo venido.

Estas estanzas han concluido

De: Atlas de Poesía



lunes, 3 de febrero de 2014

¿Quién le teme al Ulysses de James Joyce?


2 de febrero de 1882- Dublín, Irlanda
























Dublineses y James Joyce

En cada uno de los quince cuentos reunidos bajo el título de Dublineses (Dubliners) su autor, James Joyce, nos muestra un fragmento de la vida de los dublineses, con la ciudad siempre de fondo, llegando a ser una protagonista más del libro. A partir de estas historias y de los personajes que las protagonizan, vemos cómo va quedando reflejada la sociedad de Dublín y también la Irlanda que conoció Joyce.

En estos cuentos, vemos una cierta unidad que no se limita sólo a que transcurran en la ciudad natal del autor, sino que podemos percibir dos hilos conductores más. Por un lado, se sigue un esquema de búsqueda-aventura-regreso del Ulises clásico, que volverá a poner en práctica en Ulises, su obra maestra. Por otro, vemos también el esquema de infancia-adolescencia-vida pública. Los primeros relatos están protagonizados por niños, luego por jóvenes, más tarde por adultos con presencia de ancianos y, finalmente, llegamos al relato que cierra el libro, Los muertos, que autores como Joaquim Mallafré han interpretado esto como el “momento de retorno como reconciliación” ateniéndose al primer hilo conductor del libro que he mencionado, puesto que el primer y en el último relato se habla de la muerte resaltando la influencia de los muertos en los vivos.

En 1906 trató de que le publicaran su libro de poesías Música de cámara pero dado que en el mercado era menos difícil publicar cuentos, lo intentó con los relatos que tenía de lo que sería Dublineses.

Después de algún intento fallido más de que le publicaran la obra, Dublineses se publicó por primera vez en 1914. Richard Ellmann, en su biografía de James Joyce, nos cuenta que en diciembre de 1912 Joyce mandó Dublineses a Martin Secker aconsejado por William Butler Yeats, poeta irlandés con el que tuvo una relación amistosa. El libro fue rechazado y en abril de 1913 Joyce lo envió a Elkin Mathews, quien también se lo rechazó.


Análisis sociocrítico de Dublineses

Cada relato nos muestra la situación de Irlanda de principios del siglo XX centrándose en aspectos distintos y desde una perspectiva diferente según el cuento. El modo en el que voy a realizar el análisis sociocrítico va a seleccionar un fragmento clave de cada cuento y voy a pasar a comentarlo poniéndolo en relación con el conjunto de la historia.

En esta historia vemos sobre todo ambición, ambición de una madre por conseguir un buen marido, entendiendo realmente “buen marido” como “marido rentable”. Para ello se sirve de los convencionalismos propios y de las prácticas habituales en la sociedad dublinesas de principios del siglo pasado. A ella no sólo que no le preocupa tanto la “deshonra” sobre su hija a consecuencia de las relaciones extramaritales que ha mantenido con uno de los huéspedes, sino que lo ve como una oportunidad maravillosa para conseguir un fin que le interesa. Es por ello por lo que propicia el encuentro entre los dos jóvenes, por lo que, enlazando con el comentario de Dos galanes, también veríamos en este cuento la presencia de otra forma de prostitución.
Como en toda sociedad tremendamente católica, las relaciones extramaritales nos estaban bien vistas, ni tampoco, por supuesto, permitidas. Eso lo sabe bien la protagonista de este cuento, la señora Mooney, cuyo nombre no podemos tomar por arbitrario. Cuando se daban este tipo situaciones en la Europa de la época, en las que un joven se acostaba con una chica soltera, en bastantes ocasiones violándola, la moral de la sociedad les obligaba a casarse con ellas, aunque, como se nos dice en el propio cuento, también se podía solventar dando una indemnización económica. Sin embargo, a la madre de Polly esto no le parece suficiente, considera que su hija, a la que tiene dominada, y ella obtendrán mayores beneficios con un enlace matrimonial.
Donde Joyce quiere poner el punto de atención en este relato no es en los meros hechos que realizan los tres personajes principales, sino en la moralidad de estos. También es una crítica a un tipo de personas hacia el que Joyce manifestó su desagrado, el de las mujeres “mandonas” que hacen cualquier cosa para perseguir sus fines, arquetipo que se vuelve a desarrollar en el cuento de Una madre.

Fragmentos extractados del completo estudio de
REBECA LUQUE CUESTA
Licenciada en Historia. Estudiante de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada.
Universidad Complutense de Madrid. Madrid. España.
spotglisten@gmail.com

De: Esdrújula- Revista de Filología




La pensión


La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el señor Mooney empezó a andar en malos pasos. Bebía, metía mano a la caja registradora del dinero y se entrampó hasta los ojos. De nada servía hacerle prometer enmienda: a los pocos días, infaliblemente, quebrantaba el solemne juramento. A fuerza de reñir con su mujer en presencia de los parroquianos y de comprar carne mala, terminó por arruinar el negocio. Una noche persiguió a su mujer con la cuchilla, y ella tuvo que dormir en casa de un vecino.

Desde entonces vivieron separados. La mujer acudió al cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los hijos. No daba dinero al marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio obligado a entrar como oficial de justicia. Era un borrachín astroso, encorvado, de cara blanca y bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus ojillos surcados de venas rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el santo día sentado en el cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran algún servicio. La señora Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras la liquidación de la carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke Street, era una mujer grande e imponente. Su casa albergaba una población flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en cuando, artistas de vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de empleados de oficinas y del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con diplomacia y mano firme; sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con severidad o hacer la vista gorda. Los residentes mozos, cuando hablaban de ella, la llamaban todos la Patrona.

Los jóvenes pupilos de la señora Mooney pagaban quince chelines semanales por la pensión completa (cerveza en las comidas aparte). Eran todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta razón reinaba entre ellos franca camaradería. Discutían entre sí las probabilidades de sus caballos favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona, empleado con un agente comercial en Fleet Street, tenía reputación de ser un tipo difícil. Era aficionado a soltar obscenidades de cuartel, y por lo general llegaba a casa de madrugada. Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna diablura que contarles, y siempre estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo bueno: un caballo o una artista con posibilidades. También el boxeo se le daba de maravilla. Y las canciones cómicas. Las noches de los domingos solía haber reunión en la sala principal de la señora Mooney. Los artistas de vodevil participaban con gusto, y Sheridan tocaba valses y polkas e improvisaba acompañamientos. También solía cantar Polly Mooney, la hija de la señora. Cantaba:

Soy una... niña traviesa.
No tienen por qué fingir:
Ya saben que soy así.

Polly era una muchachita delgada, de diecinueve años; tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y rotunda. Sus ojos, grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar miraditas hacia arriba cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto de una pequeña madonna perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija en la oficina de un tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial de justicia de pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí y otro no rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre volvió a llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como Polly era muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los pupilos jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no muy lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora Mooney, juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como pasatiempo: ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho tiempo, y la señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de mecanógrafa, cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo. Vigiló a la pareja y no dijo esta boca es mía.

Polly sabía que la vigilaban; sin embargo, el persistente silencio de su madre no podía interpretarse erróneamente. No había existido complicidad manifiesta entre la madre y la hija, connivencia de ninguna clase; pero aunque los huéspedes empezaban a hablar del asunto, la señora Mooney continuaba sin intervenir. Polly empezó a volverse un poco rara en su comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba desazonado. Por fin, cuando estimó que era el momento oportuno, la señora Mooney intervino. Contendió con los problemas morales como cuchilla con la carne; y en aquel caso concreto había tomado ya su decisión.

Era una luminosa mañana de principios de verano, prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca. Todas las ventanas de la pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se inflaban suavemente hacia la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo. El campanario de San Jorge repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos, cruzaban la pequeña glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de intento su propósito en el pío recogimiento con que iban no menos que en los libritos que llevaban en sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado de desayunar, y aún estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de huevo, piltrafas y cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón de mimbre, vigilaba a la criada Mary que estaba retirando las cosas del desayuno. Le mandó recoger las cortezas y mendrugos de pan que servirían para hacer el budín del martes. Una vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos, guardados bajo llave y candado el azúcar y la mantequilla, la dueña de la pensión se puso a reconstruir la entrevista que había tenido con Polly la noche de la víspera. Todo era, en efecto, como ella sospechaba: se había mostrado franca en sus preguntas, y Polly no lo había sido menos en sus respuestas. Las dos pasaron su apuro, desde luego. Ella por deseo de no recibir la noticia de una manera demasiado franca y desconsiderada, ni parecer que había hecho la vista gorda, y Polly no sólo porque las alusiones de ese género siempre se lo causaban, sino también porque no quería dar pie a la sospecha de que ella, en su sabia inocencia, había adivinado la intención oculta tras la tolerancia de su madre.

Cuando advirtió, en su ensimismamiento, que las campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la señora Mooney echó una mirada instintiva al relojito dorado que había sobre la repisa de la chimenea. Pasaban diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más que de sobra de solventar el asunto con el señor Doran y plantarse antes de las doce en la calle Marlborough. Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía de su parte todo el peso de la opinión social: era una madre agraviada. Había permitido al seductor vivir bajo su techo, dando por supuesto que era hombre de honor, y él había abusado de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, de modo que no podía alegarse como excusa la irreflexión de la juventud; tampoco podía ser disculpa la ignorancia, ya que era hombre con sobrado conocimiento del mundo. Sencillamente se había aprovechado de la juventud y la inexperiencia de Polly; eso era evidente. ¿Qué reparación estaría dispuesto a hacer? He aquí el problema.

En tales casos se debe siempre una reparación. Para el varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco, después de haberse holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica tiene que pagar el precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante sumas de dinero; había conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella, por la pérdida de la honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.

Repasó de nuevo todas sus cartas antes de enviar a Mary arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba hablar con él. Estaba segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un libertino ni un escandaloso como los otros. Si se hubiera tratado del señor Sheridan o del señor Meade o de Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más ardua. No creía ella que Doran arrostrase la divulgación del caso. Todos los huéspedes de la pensión sabían algo del asunto; algunos hasta habían inventado pormenores. Además, llevaba trece años empleado en la oficina de un comerciante en vinos, católico cien por cien, y la divulgación tal vez significara para él la pérdida del empleo. Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser para bien. Sabía ella que el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte sospechaba que debía de tener un buen pico ahorrado.

¡Casi la media hora! Se levantó y se miró en el espejo de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y rubicundo la satisfizo, y pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de quitarse a sus hijas de encima.

El señor Doran estaba en realidad muy nervioso aquel domingo por la mañana. Había intentado por dos veces afeitarse, pero tenía el pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se le empañaban los lentes, de suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con el pañuelo. El recuerdo de su confesión de la pasada noche le causaba profunda congoja; el cura le había sonsacado hasta el último detalle ridículo del asunto, y al final había exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se le concediera un respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba hecho. ¿Qué podría hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la ciudad? No iba a tener la desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se hablaría del caso, y sin duda alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña..., todo el mundo está informado de los asuntos de los demás. En su excitada imaginación oyó al viejo señor Leonard que con su bronca voz ordenaba: «Que venga el señor Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio un vuelco tan grande el corazón que casi se le sale por la boca.

¡Todos sus largos años de servicio para nada! ¡Sus trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en grande, por supuesto; había blasonado de librepensador y negado la existencia de Dios en las tabernas ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado; había concluido totalmente... o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds's Newspaper cada semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve décimas partes del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero suficiente para tomar estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a la chica con menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y por si fuera poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama. Tenía sus barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando del asunto y riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y «hubieron». ¿Mas qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir si apreciarla o despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había hecho también. Su instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez que uno se casa es el fin, le decía.

Estaba sentado al borde de la cama, en camisa y pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando ella dio unos golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se lo dijo todo, que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z, y que su madre hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los brazos al cuello, diciendo:

-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?

Terminaría de una vez con su existencia, dijo.

Él la consoló débilmente, diciéndole que no llorara, que todo se arreglaría, que no había que temer. Sintió la agitación del pecho femenino contra su camisa.

No fue del todo culpa suya que el hecho sucediera. Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los primeros roces fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido como caricias para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se desvestía para acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta. Quería encender su vela en la de él, pues una corriente de aire se la había apagado. Se había bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de franela estampada. Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas de piel, y bajo su epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus manos y de sus muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado aroma.

Cuando volvía tarde por las noches, era ella quien le calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía, sintiéndola tan cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo solícita que se mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin dudas habría allí un vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser felices juntos...

Solían subir la escalera de puntillas, cada cual con una vela, y en el tercer rellano se daban muy a disgusto las buenas noches. Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus ojos, el contacto de su mano, el delirio en que aquello terminó por precipitarlo...

Pero el delirio pasa. Se hizo eco ahora de la frase de ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le advertía que no se comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido del honor le decía que por tal pecado debía efectuarse una reparación.

Sentado así con ella en el borde de la cama, apareció Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la sala. Se levantó para ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que nunca. Una vez vestido, se acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría, no había que temer. La dejó llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh, Dios mío!»

Cuando bajaba por la escalera se le empañaron de tal forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera querido salir por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás volviera a saber nada de aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba escalera abajo, peldaño por peldaño.

Las caras implacables de su patrón y de la señora parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto. En el último tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la despensa con dos botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con frialdad, y los ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia fisonomía de perro de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie de la escalera, echó una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo desde la puerta del recibimiento.

Entonces recordó la noche en que uno de los artistas de vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a Polly bastante desenfadada. La reunión casi terminó de mala manera debido a la violenta reacción de Jack. Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil, un poco más pálido que de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no lo había dicho con mala intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si cualquier individuo intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana, por su alma que le iba a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.

***

Polly continuó un rato sentada en el borde de la cama, llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de la toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el agua fría. Se miró en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo por encima de la oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un largo rato las almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y dulces recuerdos. Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se abandonó a sus ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su rostro.

Siguió esperando paciente, casi alegremente, sin sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco a esperanzas y visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y visiones que ya no veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni recordaba que estaba esperando algo.

Por fin oyó a su madre que la llamaba. Se puso de pie automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.

-¡Polly! ¡Polly!

-Aquí estoy, mamá.

-Baja, hija mía. El señor Doran quiere hablar contigo.

Entonces recordó lo que estaba esperando.


En Dublineses

De: CiudadSeVa.com



 FINAL DEL MONÓLOGO DE MOLLY BLOOM


me gustan las flores quisiera tener la casa entera nadando en rosas
Dios del cielo no hay nada como la naturaleza
las montañas salvajes luego el mar y las olas precipitándose
luego la hermosa campiña con campos de avena y trigo y todo género de cosas y todo el lindo ganado andando por allí que haría bien al corazón ver los ríos y los lagos y las flores y todo género de formas y olores y colores brotando hasta de las zanjas primaveras y violetas eso es la naturaleza para aquellos que dicen que no hay Dios no daría ni el blanco de una uña por toda su ciencia por qué no se ponen a crear algo le preguntaba muchas veces al ateos o como se llamen que vayan primero a lavarse sus miserias luego van pidiendo a gritos un sacerdote cuando se mueren y por qué por qué tienen miedo del infierno a causa de su mala conciencia ah sí les conozco bien quién fue la primera persona en el universo antes de que hubiera nadie el que lo hizo todo ah ellos no saben y yo tampoco así pues podrían lo mismo tratar de impedir que el sol saliera mañana el sol brilla por ti me dijo el día que estábamos tumbados entre los rododendros en el promontorio de Howth con el traje de mezclilla gris y su sombrero de paja el día que conseguí que se me declarara si primero le di un poco de la torta de semilla que tenía dentro de mi boca y era bisiesto como ahora sí hace dieciséis años Dios mío tras aquel largo beso yo casi perdí el aliento sí él decía que yo era una flor de la montaña sí eso somos flores todo el cuerpo de mujer sí esa fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla hoy por ti sí por eso me gustó porque vi que comprendía o sentía como es una mujer y supe que yo podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que podía para llevarle a que me pidiera que dijese sí y yo primero no quería contestarle mirando sólo el mar y el cielo estaba pensando en tantas cosas que él no sabía de Mulvey y Mr. Stanhope y Hester y de Papá y del viejo capitan Groves y de los marinos que jugaban a pájaro al vuelo y a saltar del burro y a lavar platos como ellos lo llamaban en el malecón y el centinela frente a la casa del gobernador con esa cosa alrededor del casco blanco pobre diablo medio achicharrado y de las muchachas españolas riendo con sus mantones y sus altas peinetas y de los gritos por la mañana de los griegos judíos árabes y Dios sabe quienes más de todos los rincones de Europa y de la calle del duque y del mercado de aves todas cloqueando ante Larby Sharon y de los pobres burros resbalando medio dormidos y de los vagos tipos dormidos con su cara a la sombra de las gradas y de las grandes ruedas de los carros de bueyes del viejo castillo de hace miles de años sí y de todos aquellos hermosos moros todos de blanco y con turbante como reyes pidiéndole a una que se sentara en su tiendecita y de Ronda con las viejas ventanas de las posadas ojos mirando tras las rejas ocultos para que el enamorado bese los barrotes y de las tiendas de vinos entreabiertas por la noche y las castañueñas y de la noche que perdimos el barco de Algeciras el vigilante rondando sereno con su linterna y oh el mar el mar carmesí a veces como de fuego y las soberbias puestas de sol y las higueras de los jardínes de la Alameda si todas las raras callejuelas y las casas rosa y azul y amarillo y de las rosaledas y los jazmines y los geranios y cactus y de Gibraltar cuando niña y cuando flor de montaña sí cuando puse la rosa en mis cabellos como las muchachas andaluzas la llevan y debí llevar una roja sí, y cómo él me besaba al pie de la pared morisca y me pareció bien lo mismo de él que de otro y después le pedí con los ojos para poder volverle a pedir sí y él luego me pidió si quería decir sí mi flor de montaña y primero le rodeé con mis brazos y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis pechos todo perfume sí y su corazón latía como alocado y sí dije si quiero Sí

Ulises de James Joyce

De: criaturasimaginarias.wordpress.com