viernes, 25 de enero de 2013

Una piecita del puzzle de la Vida


Esthela López






La única obligación, en cualquier período vital, consiste en ser fiel a ti mismo.
Richard Bach


         Esthela López Duarte nació el 4 de marzo en Sarandí del Yi, Durazno.
         Cursó los seis años escolares en la Escuela Rural Nº 64 de su querido Paraje La Alegría, en la 7ª sección de La Paloma.
         Sus indomables sueños y ganas de encontrar la empujaron a abandonar su pueblo con sólo quince años.
         Pero los grandes artistas allí nacidos fueron indeleble luz de faro para que, suspendida de su fiel lápiz, flote hoy sobre las aguas -a veces crudas, a veces cálidas- del inmenso mar de la literatura.
         A veces siente miedo, a veces un estado de gloria la desborda; no importa; es lo que buscaba: decir cómo es su viaje. Porque su decir es una piecita irreemplazable del complejo puzzle que es la Vida.






La taberna del Diablo




         “Tab-er-na del Dia-blo” leyó con dificultad el muchacho. Era de noche y la escasa iluminación de aquella edificación de bloques crudos no permitía certeza.
         Cuando ingresó al salón, algunos datos con que lo habían ilustrado resultaban fidedignos: “mostrador de tablas rústicas apoyadas en tres caballetes, dos heladeras, pocas mesas, repletas las paredes de cuadros regalados por visitantes notables y, si te animás a atravesar el pasillo, al fondo están los cuartitos del placer, che. ¡Qué hembras, gurí!¡Cinco yeguas nada despreciables en estos parajes¡ Ahora, si vas de día, no sé, che; siempre anduve de noche por la taberna”.
         El joven pidió permiso a algunos parroquianos y se acodó:
         _ Un sándwich y agua mineral, por favor.
         Una mujer madura, maquillados en exceso sus lindos ojos y ceñido el abundante pecho en un corsé de raso verde, colocó la bandeja ante él y acomodó plato y vaso con cierta sensualidad.
         _  Gracias, señora... Pero no se vaya. Perdone. Necesito preguntarle si Marina está.
         _  Soy yo, cariño, ¿qué deseás? ¿Acaso...? -e insinuaron el movimiento de un beso gastado sus labios humedecidos de rojo, mientras la mano izquierda buscaba sostén en la cintura.
         _  Otro whisky, si fuera tan amable- interrumpió un hombre de barba rala que ojeaba un mapa.
         _  Sí, señor, enseguida- dijo la voz ronca de doña Marina.
         Cuando terminó de servir el pedido, se dio cuenta de que el joven ya no estaba. Pronto lo olvidó; nunca le faltaban aspirantes a gozar de su fama de “completa a la hora de atender pacientes”.
         De día, camioneros y viajantes solían detenerse a tomar café. Así que dormir hasta tarde era un lujo que la patrona no podía concederse. Siete y media serían cuando, desperezándose todavía, avanzaba distraída. El año anterior había ganado lo suficiente para colocar piso de cerámicas en el pasillo; había elegido aquellas baldosas blancas y negras porque ese era el pasadizo que conducía a los otros juegos. De pronto lo vio: una especie de aro rojo; lo levantó y entonces notó la medalla de imagen irreconocible  que  pendía de la cinta torneada por el tiempo y el tacto. Un sudor frío le conquistó todo el cuerpo; un salto felino la introdujo en la pieza donde se guardaban provisiones y secretos. Abrió desesperadamente cajas y valijas hasta que la encontró y, sin dudar un instante de su pecado, se apuntó al pecho y apretó el gatillo.
         El médico de la zona no quiso correr el riesgo de abrirle la mano izquierda; tan férreamente apretada estaba, aunque unas hebritas rojas intentaban escapar.
         El Sargento García cubrió el cuerpo con una manta que, bien dobladita, protegía un cofre; con la urgencia, la tapa y un montón de alhajas rodaron por el suelo; en el fondo del arconcito, una hoja amarillenta les llamó la atención por una herrumbrada alfiler de gancho que la atravesaba, sosteniendo trece fragmentos de cinta bebé roja. Una grafía casi infantil había anotado trece nombres, masculinos y femeninos. El policía murmuró: “¡Y yo que no le creía! Es la letra de ella. Yo creía que eran delirios de madama. ¿Vio, doctor?  Se estaba marchitando de a poco la Marina; me daba lástima. Por eso pensé así. Muchas veces me dijo que había tenido hijos y que los había regalado a casi todos. ¡Trece tuvo...! Parece que crió a cuatro, y dos o tres, no me acuerdo bien ahora, se le murieron. A los demás los dio en adopción. Antes de entregarlos, les ponía un nombre de pila y en la muñeca izquierda les colocaba una pulserita de cinta roja y un dije chiquito de la Virgen María. A los nuevos padres les hacía prometer que conservarían esas marcas por siempre. ¡Qué invento, no? Ahora que me pongo a cavilar... digo yo... ¿quién le habrá puesto el nombre a la taberna, eh,  doctor?






¡Siempre escondida, vos, Soledad!




¿Es casualidad o ya estaba escrito que mi vida fuera tan solitaria? He estado pensando mucho en esto últimamente. ¿Estaba escrito exclusivamente para mí o hay trazas de esa sutil condena en la historia de todos los seres humanos? Seguramente no todas las biografías registran una almohadita rosa ni un galpón que parecía ubicado en el revés del mundo, ni a Travieso, el único habitante que rumbeaba decidido para allí... Tampoco tengo ganas de andar averiguándolo... Ahora quiero revisar esas imágenes; que el corazón las limpie de hasta el más leve roce de trampa. ¿Por qué nunca las había interpretado así?  La familia nunca me veló lo que había ocurrido. ¡Al contrario! Apenas crecí, alguien se interesó en contarme.
Mamá había quedado embarazada de nuevo cuando yo cumplí los seis meses y, como corría ciertos riesgos, la trasladaron a Montevideo. De mis hermanos mayores se encargó una tía, y yo permanecí en casa, con mi adorada abuela paterna. Dicen que la fiesta me duró poco tiempo. Que me comporté muy mal con la señora que vino a cuidarme: no le hablaba, le daba la espalda, le escupía la comida o se la tiraba a Travieso... Me acuerdo que después, cuando empecé a quererla, la perseguía con esta almohadita bajo el brazo: “¿Dónde está mi Abu? Decime, señora, dónde está.” Eugenia no traicionaba la promesa que sin duda había hecho y su silencio me empujaba a salir gritando furiosa: “Abu, abu, ¿dónde te escondiste?” Tal vez harta de semejante acoso, la mujer también desapareció.
         En casa sólo vivían adultos pero ni mi padre ni mis tíos sin hijos parecían dispuestos a oficiar de nana para mí; comentan, hasta hoy,  que, desde el alba al anochecer, yo resultaba insoportable. Así que trajeron a una joven para que me atendiera. Era baja, trigueña, de lacio cabello negro; quizás su dulzura me despertó asociaciones y la acepté, a pesar de que a veces, lloviera o rajara el sol la tierra, me le escapaba: me iba al cañaveral a escuchar el canto de las aves o el sonido tan peculiar del viento; eso me lo había enseñado mi abuela: “Para calmar las ausencias”, me había dicho. Por ese entonces, y aunque ya lo reconocía físicamente,  veía muy poco también a papá porque trabajaba durante todo el día y, muchas veces, después, se iba a visitar a mis hermanos, distantes a doce kilómetros.
         Antes de cumplir mis dos años, hubo gran alboroto. Era diciembre y las fiestas modifican el espíritu de la gente en cualquier lugar.  Por eso Casiano, hijo adoptivo de los abuelos, se había comprometido a ayudar a mi noble guardiana y, para evitar mis huidas a la cañada, me sentaba bajo la sombra de un enorme paraíso, expuesto a cualquier prueba de mi curiosidad. Esa tardecita estaba mostrándome cómo tocar el tambor en una vieja lata de galletas con dos baquetas improvisadas con palitos; la escena es tan nítida que hasta creo escuchar el tan-tan desafinado; sin embargo, no sé qué pasó en ese instante y me veo enseguida en el galpón, como escondida, bichando por las rendijas: un carro lleno de gente avanza; en el pescante viene alguien casi igual a mi padre, pero se ríe (¿Es mi papá?), y una bandada de gurises se arrojan al pastito rodando de alegría; baja una mujer, otra,  y una tercera, con un paquete blanco en los brazos. Un hilito lloroso, como un refucilo me encendió la memoria y me acordé de que alguien había hablado, días atrás, de una beba nueva. “La beba soy yo”, pensé- y me oriné. No me importó seguir parada hasta la noche en aquel charco: jugar a las escondidas me seducía. Pero nadie venía por mí; ni mi nana. El ovejero se echó a mis pies y empecé a sentir el calorcito. Afuera había movimiento y otra vez fisgoneé por las rajas de la pared de madera: están ahí los que bajaron del carro. “¿Qué hace toda esa gente extraña en mi lugar, ocupando mi cocina, mi espacio, mi mundo? ¿Está tan ocupada la nana que se olvidó de buscarme?” Sentí que se me iba a escapar un aullido pero no pude; ella se apareció de repente y quiso abrazarme pero me defendí, y mientras la miraba con rabia, dolor, desconsuelo, le pregunté: ¿Ta la Abu?
         No escuché su respuesta; por la puerta de la cocina fugaba en el aire, desesperadamente desmenuzado, mi nombre: “Elenita, ¿dónde estás, hijita!





Eppur si muove

Y sin embargo se mueve 
Galileo Galilei


                                 
          ­-¡Ochenta y nueve años! - dijo el viejo-. Me falta poco... pa' los noventa...  Muy lindo día, serenito, calentito como aquellos cuando plantábamos en el viñedo  con mi padre y el tata, y me enseñaban a conocer a los pájaros.
         Arregló su cabellera plateada, la cubrió con la boina de paño negro, y  desde la puerta principal de la  casona, respiró profundamente mirando al cielo  una y otra vez. Apoyándose en el bastón caminó por el patio de adoquines hasta el aljibe, le bajó la tapa y, tarareando una milonga, llegó a la portera. Los años no parecían importunarlo: solía ir a contemplar sus terrenos rebosantes de uvas; lo
motivaban a repetirse, sonriente, : “Mi sento bene... cómodo ´e salud, feliz de  haber gozado, como un buen hombre, de merecidos privilegios”.
         En eso estaba cuando un pajarito centelleó varias veces en sus retinas, a tal velocidad que no pudo clasificarlo como de costumbre. Un rato más se quedó, jugando a las escondidas con su nuevo desafío, que no reaparecía, aunque le chistaba y le trinaba desde los cuatro puntos cardinales.
         Regresó para almorzar. A través de las amplias ventanas del comedor  podía ver el viñal pero ni el paisaje ni el café de sobremesa lo detuvieron. Se fue  a la biblioteca y bajó y hojeó cuánto libro sobre ornitología había en los estantes.
“¿Dónde está?¿Dónde! Me acuerdo que... A ver, creo que... ¡Sí! ¡Sí! ¡Es ésta!”,  y una súbita alegría transformó al hombre en un chiquillo abrazado a su juguete recobrado. 


Isla de los mil ensueños, 5 de abril de 1905

         Son las cuatro de la mañana. Estoy en la isla. Te escribo para contarte que  hace hoy una semana de una  brutal tormenta que por aquí pasó. El viento derribó  tantos árboles y hasta muchas de las viejas palmeras, pero aquella, debajo de la
que nosotros retozamos un único día perenne, aún está en pie. Las olas traspasaban las monstruosas rocas que, aferradas a la tierra, son inamovibles, ahora lo sé. Por momentos creo que me faltó el aire y me sentí  mareado, pero todo fue por miedo.Los relámpagos se pronunciaban cada dos  segundos en un cielo que se había vuelto anaranjado, y el granizo y la lluvia pesaban como golpes de martillo -te cuento que saqué un brazo por la ventana
para sentir tamaña intensidad- y me pareció que el diluvio se había instalado para  siempre. Te juro que fue la primera vez en mi vida que sentí tanto Miedo. Todo duró una hora y quince minutos más o menos; mi reloj de arena me fue fiel y siguió
funcionando.
         Tengo tanto para contarte sobre los pájaros. Esta foto que te mando tiene dos meses. La tarde en que la tomé mis ojos quedaron prendados de la alfombra multicolor  del cielo meciéndose en el agua, mientras el coro sublime de todas las
aves de este pedacito de Paraíso despedían al día. Por esa época llegó un  habitante nuevo: vuela muy rápido, canta, chista y silba; aún no sé nada más de
él; me ha resultado imposible verlo.
         No querría irme nunca de aquí pero necesito llegar a América en el correr del año. Así que tal vez podremos volver a pasar un segundo día eterno y, aunque ya no eres tan pequeño como entonces (y mi hermana no tendrá tampoco motivo para rezongarnos), estoy seguro de que podremos volver a disfrutar la libertad de la naturaleza.

         Le temblaron las piernas; releer la carta de su tío lo embargó de una sensación desconocida: un bienestar distante y miedo, miedo nuevo a una vejez solitaria que hasta ese instante no había percibido. Tenía poco contacto con su gente. Entonces se fue más lejos en su memoria, a aquellas palabras con que su abuelo lo había empujado al mundo:” A fuerza de pulmón forja tu vida y aférrate a tu andar; sólo tu mirar y tu sentir son de tu propiedad”.
         -¡Volpone!... ¡Un sabio, carajo!- y liberándose de las lágrimas, empuñó el bastón para seguir andando.
         A diez días para su cumpleaños llegó la familia y la casona fue joven otra vez: hijas, yernos, amigos y música, largas charlas, ricas comidas, muy buen vino. Y Pablito.  Un delicado niño rubio, de ojos azules, fascinado por la libertad del lugar y el conocimiento secreto de su abuelo sobre las aves; con nueve años ya sabía leer  con cierta rapidez y había estado escudriñando en la biblioteca: había visto aquel montón de libros dispersos por la alfombra y los sillones, y todos, todos, hablaban sobre pájaros. Los cielos de su imaginación se llenaron de alas; quería saber tanto como el abuelo acerca de todas esas preciosas criaturas casi vivas en esas páginas brillosas.
         Así que, a la jornada siguiente al descubrimiento, invitó a don Franchesco para ir de paseo a las viñas, y hasta cargó con una silla por si el anciano se cansaba. Con inusual ingenio, fue convenciendo al maestro para que le enseñara nombres, rasgos, costumbres de las más variadas especies del lugar  y de la región y del mundo... El tiempo pasaba sin que ninguno de los dos lo notara. El viejo estaba asombrado pero íntimamente orgulloso de aquella avidez del nieto y no la juzgó como aparente coincidencia. Por eso quiso confesarle su último hallazgo, réplica de aquella intriga que también su tío había experimentado, silencioso eslabón entre algunos misteriosos vínculos familiares:
         - ¿Conocés algún pájaro que chifle, silbe y cante, Pablito?
         El distinguido no respondió pero lo miró con el semblante  propio de quien va a ser deslumbrado por una información oculta.
         -Las aves se expresan a través de esos sonidos musicales pero es extrañísimo, casi imposible podría afirmar, que puedan emitir las tres modalidades. Pero sabés, mijito, que yo vi y escuché a uno que sí puede; chifla, silba y canta; anda por acá.
         -¡Mostrámelo, Abu, quiero verlo! ¡De qué color es! ¿Es grande?
         -Vamos a sentarnos a esperar. Capaz que sale de su escondite y tenemos el privilegio, ¿qué te parece?- y la boina negra resbaló al acomodar su cuerpo al asiento muy bajito pero tan oportuno.
         El niño se adueñó de ella y por unos minutos se divirtió lanzándola por arriba de unas plantas mientras gritaba: “¡Un plato volador se va! ¡Se va, se va el plato volador!”
         Una cadencia de alas en movimiento le interrumpió de pronto el solitario juego. Giró su mirada hacia el viñedo y lo vio bañado por una sombra sosegada: cientos de aves iban y volvían como si estuvieran actuando en una ceremonia ritual.
         Un poco asustado, dijo: -Abu, ¿qué está pasando? ¡Explicame, Franchesquito mío, cómo ocurre este vuelo detenido de las aves!- y abrió cuanto pudo sus deditos frágiles para aferrarse mejor a la pierna del hombre. Sólo el bastón, que rodó con suavidad hacia los pies de Pablo, rasgó el silencio respetuoso de la naturaleza. El elegido lo levantó y, para mantenerlo erguido entre aquellas manos todavía ásperas, se apretó al cuerpo de su abuelo en un abrazo muy largo. Sin embargo, ningún reloj de arena pudo constatar entonces cuánto permaneció así.

         De eso se lamenta aún hoy, cada vez que observa la tenue lluvia de granitos deslizándose por las ampolletas del viejo artefacto del tío Vittorio; lo encontró  embalado, con sumo cuidado, en un cajoncito clandestino de la biblioteca y lo ha colocado en el aparador, para que sea atalaya fiel de las imperceptibles escenas de amor que ocurren en el viñedo. Todavía no ha logrado ver  al misterioso pajarito pero lo oye: oye cómo chifla, silba, canta; cómo bate, por los cuatro puntos cardinales, sus míticas alas.   





Le Visage de la Paix- Pablo Picasso









Esthela se dedica a la gastronomía actualmente
y podemos asegurar que
sus preparaciones son exquisitas y nutritivas.
Alguien tan sabio como LIN YUTANG dijo:
"Nuestras vidas no están en manos de los dioses
sino en las de nuestros cocineros".
Muy sutil reflexión.









Ciudadano del mundo

Néstor Gorriarán


Viajero profesional (Ciudadano del Mundo)


Nace en Melo
De meses, se afinca en José P. Varela. Allí cursa 1º de escuela. 
A los 6 años, la familia se muda a Montevideo. Concurre a la Escuela Sanguinetti hasta 7º año CEEPN.
En el Liceo Rodó cursa sus estudios secundarios, y en el IAVA, Preparatorios de Ingeniería.
Concurre a Facultad de Ingeniería hasta 3º.
Ingresa a la Oficina de Cálculo del Instituto Geográfico Militar (1953-1957).
En la Escuela Naval realiza un Curso Acelerado de Piloto y obtiene el título de Piloto de Marina Mercante(1959) Embarcado como Oficial durante 10 años (1959-1968)
En 1968 obtiene su título de Capitán de Marina Mercante en la Escuela Naval y se embarca como Capitán durante 9 años.(1968-1978)
En 1977 gana el Concurso de Práctico de Río Uruguay, Río de la Plata y Litoral Marítimo Oceánico y ejerce como Práctico durante 21 años (1978-1999).
Realiza Curso de Cine en Cinemateca entre1978-1979, y Curso de Historia del Teatro en 1989.
Rotario de R.C. Punta Gorda desde 1988.
Ciudadano español desde 1993.
Casado, dos hijas y dos nietos varones.

Néstor José Gorriarán Díaz




Sensacional

         - ¡Hola, chiquilines!!!
         - Les traigo un cuento SEN-SA-CIO-NAL.   
         - ¿Qué sucedió, Abu?            
         - No, nada, el cuento se llama así. ¿Cuál es el significado de esa palabra?   
         - Algo muy lindo, algo que causa una gran sensación.
         - ¡Bien, Diego! O sea, algo que llama poderosamente la atención, captado por medio de los sentidos. Les voy a contar, entonces, de mis sensaciones de cuando era niño. ¡Si habrán sido fuertes e importantes que perduran después de tantos años!


Saboreando recuerdos
         En el barrio, cerca de la casa de tu abuela vivía “el fainacero”. Italiano, flaco, alto y rubio. Le llamábamos “¡ Nííííí…!!!”
         - Eso no es un nombre, abuelo.
         - Está bien, Fede, era un apodo, todo el mundo lo conocía por Nííí. Era como anunciaba su mercadería y su presencia. Posiblemente comenzó gritando fainá, luego nááá, y después pasó a un ní…!!! Fuerte y largo, casi un pitazo, que se hacía oír en toda la cuadra y salíamos a comprarle. El fainá lo llevaba en una gran asadera de aluminio redonda, de casi un metro donde recién lo había cocinado su esposa, también tana, y lo ofrecía calentito, humeante y con su olor tentador. Se paraba en una esquina, abría un soporte de madera tipo tijera que portaba colgado de su hombro y allí colocaba el tacho. Abría una mitad para no enfriar la otra y atendía a los “clientes” que enseguida lo rodeaban. Despachaba buenas porciones, las entregaba con un papelito protector. Una delicia, buen grosor, su aroma y gusto podían cambiarse utilizando un pimentero de aluminio. El orillo, más crocante, era un  manjar. Todo por unas pocas monedas. En un par de cuadras más, liquidaba el resto de su tacho y volvía a su casa por otro. Seguía, dejando un reguero de olores, sabores, y chiquilines masticando felices.
         A dos cuadras, entre la casa de tu abuela y la mía, vivía el hermano. Vendía Pizza. No había competencia entre ellos. Él, también italiano, era tan flaco y alto como el otro, pero de cabello oscuro. También su señora, italiana, era quien las elaboraba. Su mercadería, excelente. Salía a punto, crocante en los bordes y esponjosa en el centro, de buen grosor. Deliciosa. Al hincarle el diente quedábamos con la cara pintada de rojo. Buena salsa casera y ¿saben la característica principal cuál era?
         -¿El queso?                    
         - No      
         -¿Algo que le ponían?   
         - Bueno, esta vez, Fede estuvo más cerca. No llevaba queso. Encima de la masa estaba la salsa de un rojo intenso, sabor no muy ácido y desde el centro hacia los bordes como rayos de una bicicleta llevaba filetes de anchoa. Si no tenía anchoas, no era Pizza. Ese sabor fuerte, salado, que se nos entrelazaba con sus espinitas entre los dientes, provenía de su lejana y añorada Italia o quizás de España. A ellos los hacía recordar su pueblo y su travesía marítima. Por ser tan apetitosa se vendía rápido. Inolvidable Pizza.






Recuerdos enganchados


         Cuando íbamos al estadio con nuestro padre, si hacía frío, nos compraba maní. El manisero, allí en la puerta, con su hornito humeante y su aroma especial... Con su jarrito de lata iba llenando unos cucuruchos de papel de diario del tamaño según se pagara, un “medio” o un “real”. Si no hacía  frío, nos compraba tangerinas.
         -¿Dejaban entrar con tangerinas?     
         -Sí, no había problema, mientras no las tiraras. Era otra época, tampoco había separación de hinchadas ni peleas. Alguna discusión, algún empujón o pequeño insulto y nada más. ¡No se le gritaban los goles en la cara al rival! Volviendo a las tangerinas, no sé si es por los años o porque  me recuerdan momentos muy felices, aquellas tangerinas eran mucho más ricas, más dulces. Al pelarlas te iban saltando finísimas gotitas en los dedos, sentías su fuerte y lindo aroma, ya adivinabas qué gustoso las comerías. No solo eso sino que también recuerdo muy nítidamente el fuerte olor y gusto de las uvas brasileras que tenía el parral de lo de tu bisabuela. El gusto no me agradaba demasiado. ¡Ah! y nada les digo de los exquisitos higos blancos que allí comí por primera vez en mi vida. Quedé todo embadurnado con su leche pegajosa. Una delicia de fruta.
         - ¿De tu casa no recordás nada, Abu?
         - Sí, Diego. Vivíamos en un apartamento. No teníamos fondo ni árboles. Comíamos un dulce de membrillo bastante rico, pero cuando se podía, se compraba uno que venía en pequeñas latas redondas; era claro, cristalino, más suave, casi cremoso. Nunca comí otro igual. Mi madre hacía una crema de chocolate- verdadero- y la servía con un copo de merengue encima que al recordarla se me hace agua la boca. También cocinaba una “feijoada melense” con porotos cariocas, mas rosados y menos fuertes que los “pretos” que hemos comido en Brasil y le agregaba rodajas de chorizo en lugar de charque. Para chuparse los dedos. ¡Ah! También tengo sonidos inolvidables. Algunos, aún hoy, pueden oírlos en ciertos barrios: el del afilador, haciendo sonar su flauta de varios tubos y simpáticos tonos musicales o el del barquillero, haciendo tintinear agudamente su triángulo. Hubo algunos que ya se fueron, pero me traen muy lindos recuerdos como la campana y el ruido del tranvía recorriendo la ciudad. Y por sobre todo, el sonido del piano de mi hermano Walter que desde que se instaló en casa invadió nuestras vidas, haciéndolas más placenteras... En este momento me acordé de algo más...
         - ¿Qué Abu?
         - Del intenso y fresco olor de la tierra mojada, de los innumerables “campitos” que había por los barrios donde jugábamos a la pelota y donde también se jugaba a la bolita...Quizás tenga escondidos muchos más recuerdos llenos de olores, sabores, colores… Recuerdos fríos, tibios, o llenos de calor…Hoy no me vienen otros a la memoria…quizás mañana…




Rafael OLBINSKY


miércoles, 23 de enero de 2013

"¡Alma mía! ¡Alma mía! Raíz de mi sed viajera..." - Pablo Neruda

Ana Virginia Gómez



         Quizás la forma más precisa de darme a conocer, es contarles que he sido un poco viajera. 
         Nací en Punta Arenas, Chile. Ciudad que queda a orillas del Estrecho de Magallanes,  frente a la Isla de Tierra del Fuego y cuya frontera más al sur, es el Continente Antártico. A los pocos días de nacer, me trasladé al que considero mi pueblo de origen, un hermoso y remoto lugar, llamado Puerto Natales.
         A los 8 años viajé por primera vez a Santiago. Desde mi zona, la forma más frecuente de desplazarse, era por avión. Así, surqué los cielos desde Punta Arenas, a Santiago y viceversa, numerosas veces en mi vida. También tuve oportunidad de hacer el viaje en barco, desde Punta Arenas, hasta Puerto Montt y desde allí en tren a Santiago.
         Viví y trabajé un año en Buenos Aires y llegué a Montevideo hace ya muchos.
         Comienzo a escribir desde niña, simultáneamente, tal vez, con mi insaciable avidez por la lectura. Aunque siempre pensé que escribir era como una materia pendiente en mi vida, no fue seriamente considerado, hasta que un buen día, di con el lugar adecuado. Un Taller Literario.
 Desde ese lugar,  he querido iniciarme contando algunas  historias, que por alguna razón, tuvieron un gran impacto en mi vida.
         Espero ir encontrando, en éste ámbito, mi propio camino. De la mano, tal vez,  de la profesora y compañeros del taller, para poder ofrecer lo mejor de mí, a los ávidos lectores, de cualquier lugar y de todos los tiempos.

Ana Gómez





El anuncio.

Ella

         Mientras se miraba al espejo, por última vez antes de salir, se sintió afortunada. Su figura estilizada, elegante, rubia, de reidores ojos verdes la convertían, casi, en el prototipo del concepto clásico de la belleza.
         Nacida en un pueblo pequeño, lejos de la capital.  Se encontraban allí, a causa de un grave problema de salud de su hermano menor. Se habían instalado en un  barrio residencial de alta categoría. Idea del tío, que por un lado, no quería bajar el status que tenían en el pueblo y  por otro, quería estar a la altura de sus nuevos colegas del Banco. La lejanía del terruño se hacía menos dolorosa en un barrio así. Casas hermosas,  calles arboladas y jardines multicolores. Los vecinos habían sido desde el principio muy amables.
         Todo parecía muy lindo, aunque  a veces, cuando el giro del padre se atrasaba, apenas tenían para comer. Para aquellas ocasiones solían tener de reserva, huevos, leche en polvo, café, té y galletitas saladas.
         Al poco tiempo de llegar, habían conocido a los vecinos de enfrente. El hermano menor, hizo migas enseguida con Axel. ¿Y ella?  Al ver a Agustín, supo que no habría otro hombre en su vida.  Casi de inmediato se sucedieron las salidas hasta que se decidieron a hacer público el romance. Todos contentos. La relación entre las dos familias no podía ser mejor.
         Habían trazado planes. Apenas Agustín se titulara de contador, entraría al Banco donde trabajaban sus padres. Como quien dice, tenía el futuro resuelto. Educado en los mejores colegios, de carácter alegre, responsable y enamorado.
Si la felicidad tenía un nombre, se llamaba Agustín.
         Hacía cosa de un mes, había constatado un atraso en su periodo menstrual.
 Primero entró en pánico, no sabía cómo iba a reaccionar su novio. Ni siquiera se atrevía a confesarle lo que le pasaba. Su familia la crucificaría. Pero cuando su hermano la  encontró llorando, no pudo engañarlo. Después de un largo silencio, le dijo que hablara con Agustín. La consoló diciéndole que  a cualquiera le podía pasar- lo va a entender-le dijo- Por último, es responsabilidad de los dos. Y había tenido razón.
          Cuando le contó a Agustín, la respuesta fue una amplia y cálida sonrisa que le indicó que a su lado no tendría que preocuparse nunca, de nada. Lo amó con toda su alma. Cuando él la abrazó  y le dijo: “Vamos a tener que hacer unos pequeños ajustes a nuestros planes”,  sintió que la vida la mimaba. Se acordó de aquella rima de Becquer que terminaba: ·Hoy creo en Dios”.
         Agustín, en tanto, seguía hablando, como quien piensa en voz alta:
          -Mis padres tienen dos casas, una para mi y otra para mi hermano, estoy seguro que no tendrán inconveniente en darnos la casa cuando nos casemos. Para el cumpleaños de mi hermano lo anunciamos.
         .Ella estaba en una nube de felicidad, se le había hecho difícil guardar el secreto hasta esa noche.
         El famoso día había llegado: era el cumpleaños del hermano menor de Agustín y lo celebraban  en casa, con sus amigos y familiares. Allí, sobre el final de la velada, harían el anuncio.


Él

         Iba y venía por la casa,  preparando todo, para que la reunión fuera perfecta.
         Siempre había sido muy responsable, a veces muy serio, pensaba en sus padres. Habían dedicado toda su vida a educarlos, nunca les faltó nada. Aunque aún  eran jóvenes, no sería para siempre. Sentía que tenía  que esforzarse para que el día de mañana, ellos no tuvieran jamás, una preocupación.
         Cuando llegaron los nuevos vecinos, lo primero que vio fue a una hermosa joven que, cuando sonreía se le formaban unos hoyuelos en las mejillas. Al verla, por primera vez, quedó como hipnotizado y supo que era la mujer que esperaba. Sus padres no arriesgaban una opinión. Decían que era raro que vivieran solo con la madre y el tío. Poco a poco se fueron encariñando con  los hermanos, Axel y Ricardo, se hicieron muy unidos y él y Patricia pasaban juntos, siempre que podían.
         Había pasado todo vertiginosamente. El primer beso, las salidas, la pasión y el embarazo. Al final, no era tanto lo que le faltaba para terminar sus estudios. Estaba finalizando marzo, un año pasaba volando, claro que se casarían lo antes posible. Ser padre le daba otro sentido a su vida. En diciembre terminaba su carrera y de allí al trabajo sería todo uno. Sabía que había una vacante en la parte contable del Banco. Y era para él.
         Aún así, se había reservado la noticia. Esa noche comunicarían sus planes, sabiendo que sus padres lo apoyarían.


El anuncio

         Allí estaban todos. Habían dispuesto las mesas en forma de ele, de tal manera que pudieran servirse a su antojo platos fríos y bebidas. Además quedaba espacio para bailar.
         Axel y Ricardo, estaban desde temprano ayudando a hacer compras y adornando  el living-comedor. Habían puesto globos, serpentinas, y otras chucherías, mientras urdían todo tipo de estrategias para conquistar a ciertas amigas de Ricardo y que vendrían a la reunión.
         Poco a poco fueron apareciendo los invitados. No faltó nadie. Amigos ni familiares. Cuando llegó Patricia con su madre y el tío, los padres de Agustín salieron a recibirlos, con sinceras muestras de afecto. Buena música, abundante comida y bebida. Hasta el clima los había acompañado, era una hermosa noche de fines de marzo.
         En determinado momento alguien preguntó. ¿Alguien  tiene un cigarro? A lo que todos los fumadores contestaron tocándose los bolsillos, que no, al parecer se habían agotado. ¡Sin cigarros a las 3 de la mañana! Recordaron que había un boliche no muy lejos, a 20 minutos, no más. Agustín tomó a Alicia de la mano y  les insistió a su hermano y a Axel para que los acompañaran, pero éstos  dijeron que no. Estaban en plan de conquista. Mientras salían, Agustín gritó: ¡Que no se mueva nadie, que al regreso haremos un anuncio!


Los Cigarros

         Se fueron abrazados, planeando la mejor manera de comunicarles que se casaban. Ninguno de los dos estaba seguro de lo que dirían sus padres. Eran jóvenes, Patricia 18, Agustín 22, pero en su entusiasmo, no estaban para preocuparse mucho, por lo que pensarían los demás.
         Ya de regreso, con la provisión de cigarros en la cajuela, Agustín sintió deseos de fumar, no sabía a qué atribuir esa sensación de nerviosismo y le pidió a Patricia que le prendiera uno. Al fin y al cabo habían hecho un esfuerzo para conseguirlos, bromeó. Alicia se rió y en el momento de prender y hacer el ademán de llevarlo hacia los labios de Agustín, sintió que estaba en una coctelera, todo se daba vueltas, ruidos, golpes y vidrios rotos. Sintió que caía en un profundo y negro abismo. Nunca supo qué pasó. Cuando recuperó el conocimiento, alguien le preguntaba por Miguel, mientras la subían a una camilla. Mucha gente alrededor. ¡Miguel!. El ruido, la ambulancia, sus propios gritos, su propio llanto le venía como de lejos.
         A Miguel lo encontraron lejos de allí, al otro lado del alambrado, sin conocimiento. Había salido despedido por el parabrisas y no había sido fácil encontrarlo. Lo trasladaron al hospital. Después de varias horas en el quirófano, los médicos no arriesgaron un informe. Alguien dijo que había pérdida de masa encefálica, que habían hecho lo posible, pero que aún no se podía adelantar nada.


Ella

         No tenía consuelo, no paraba de llorar. De tanto en tanto dormía, dominada por el cansancio. Sin Agustín no quería vivir más.
         Agustín estaba en coma. Poco a poco les fueron permitiendo verlo. En la sala de espera, se abrazaron todos, llorando. Fue cuando la madre de Patricia  dijo: “no te pueden dar calmantes por el bebé. Si Dios te salvó la vida, será para que te hagas cargo de tu hijo, así que tienes que ser fuerte y aceptar lo que tenga que ser”.



Él

         Tenía flashes, como si se tratara de un rompecabezas. Todos hablaban como si no existiera. Sabía que no volvería a caminar, que los médicos no estaban seguros de qué otras facultades había perdido. Sabía que lo trasladaban a su casa. Sintió dolorosamente que el padre lo levantó en brazos, como a un niño, para llevarlo a su cama. Se sintió como un muñeco. No recordó porqué. Había cosas que tenía claras y otras…eran espacios negros, sin sentido. Quería llorar, pero no podía, quería gritar pero tampoco podía.
         Pasaba el tiempo como si todo fuera en cámara lenta. A veces veía las cosas distorsionadas, las caras borrosas, hasta que las enfocaba. Había gente que no reconocía. Pero cuando vino ella…  llorando como una gacela perdida, sintió un dolor en el pecho como si le atravesara un hierro candente. ¡No! No quería sentir ese dolor. La madre le dijo: Mira quien te vino a ver. El la miró y en ese momento hubo un destello, una luz en la oscuridad de su mente, en ese instante, fugaz, tuvo una certeza. No quería que ella lo viera como un muñeco de trapo, como un pedazo de carne inútil. La miró largamente, por si algún día, pudiera olvidar ese rostro tan amado. Como, por si acaso algún día, no volviera a recordarla. La miró fijamente y dijo: No sé quien es. Ni el dolor en la mirada de ella, ni el llanto desgarrador, ni el abrazo que le volvió a quemar el pecho, ni nada. Nada haría que él aceptara que ella se quedara a su lado, presa en su pedazo de mundo.


Ella

         En el momento de abordar el avión, ya tenía seis meses de embarazo. Regresaba a su pueblo, sabiendo que sería centro de miradas y comentarios. No le importaba. Necesitaba la seguridad de su hogar, de su padre y sobre todo, alejarse de la tragedia que significaba vivir frente a una familia destruida y  un novio que no la recordaba.
         Los doctores le explicaron que no sabían si algún día la recordaría. Había funciones que habían quedado intactas, como por ejemplo, jugaba ajedrez, pero no tenía conocimiento alguno de contabilidad. Recordaba a sus padres y hermano, no a todos sus amigos. Había sido sometido a varias intervenciones. Los padres vendieron una casa, luego la otra. Envejecieron en seis meses. El hijo. El perfecto hijo, quien tantas satisfacciones les dio, estaría postrado el resto de su vida
         Antes de partir fue a verlos, se despidió de todos, prometiéndoles que siempre podrían ver a su nieto. No bien naciera, se los comunicaría. Pidió ver a Agustín. El la miró, como siempre, parecía que quería fotografiar su rostro, pero no dio señales de reconocerla. Ella lo abrazó, lloró, y le dijo al oído que siempre lo amaría. Por un momento le pareció que a él se le humedecía la mirada, pero luego vio sus ojos como vacíos. Se fue. Sabía que era probable que no lo volviera a ver.


Él

         Lo supo esa mañana, cuando sonó el timbre inusualmente temprano y a continuación,  escuchó la voz de Axel que traía la noticia. Había nacido Agustina. Sintió un murmullo, mezcla de todos los comentarios. Mientras como en un sueño, le pareció sentir el aliento de Patricia en su oído derecho. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas. Era papá.








Francisco


         A principios de los 80, estrené mi flamante título de maestra en una escuelita ubicada por General Flores y  Bulevar.
         Afortunadamente, me recomendaron un bar, en el que a mediodía se respiraba un agradable ambiente familiar. Como efectivamente el lugar me resultó cómodo, concurrí día a día durante varios años a excepción de la temporada de vacaciones. Tomaba un café y estudiaba un poco. En la medida que transcurría el tiempo y me interiorizaba cada vez más del funcionamiento del bar, me atreví a acompañar mi café, con alguna deliciosa factura, que se preparaba allí, frente al público. Cuando llegué a esa escuela y supe que tendría una hora libre, de 13 a 14, estuve a punto de no aceptar el trabajo. Entonces, varios colegas me sugirieron el lugar. El primer día que entré, me senté en la primera mesa como si fuera una verdadera tabla de salvación, ya que con mi timidez, difícilmente hubiera podido avanzar más allá. También, con el tiempo,  me fue tan habitual sentarme allí que la llegué a considerar como si fuera de mi propiedad. Aunque sospecho,  que conociendo mi horario, me reservaban la mesa. Muchas veces, al llegar, tenía la servilleta de papel escocés puesta, junto a un vaso y el pocillo. El local era rectangular. Me atrevería a decir, que tenía como 50 metros de fondo por no más de 10 de frente. Entrando a mano izquierda, estaban distribuidas las mesas con sus respectivas sillas  en una larga  hilera. A la derecha estaba la cocina, desde afuera hacia adentro, una mesada, un chivitero, un enorme horno, la cocina y el lavaplatos. Separando la cocina del público,   había un mostrador de madera, con una vidriera de exposición de los alimentos; sobre la vidriera y pegada a la pared del frente había una antigua estructura,  frecuente en esa época, con los rollos de papel  de envolver y una bobina de hilo de empaque. Luego venía un espacio por donde transitaba el mozo. El inicio del bar propiamente tal, comenzaba con una vitrina refrigerada, la caja y un mostrador de madera con la típica mesada de mármol, alto  y largo que remataba al final con una antigua máquina de café. Por supuesto contra la pared  estaban los cigarros, las  botellas de bebidas y una antigua heladera con puertas de maderas donde se guardaban las gaseosas y cervezas. Mi lugar era estratégico. A mi derecha tenía el ventanal que daba a la calle. Desde allí podía observar a los transeúntes, clientes, dueños y empleados. Me introducía, en cierta forma, en la dinámica del lugar, desde varios ángulos. Por lo que sin querer,  me  fui  interiorizando de algunos detalles en la vida de todos ellos. A esa hora la mayoría de los obreros que trabajaban en los alrededores se estaban retirando, al mismo tiempo que los dueños de las casas comerciales y talleres  ingresaban a tomarse un té o un café, como yo. Mientras las señoras, empleada y dueña, trabajaban afanosamente en la cocina, desde la caja, el dueño estaba atento a todo lo que ocurría en el local. Cobraba y atendía a los parroquianos del mostrador.
         Como era habitual, en esa época, en torno al mostrador había verdaderos debates, generalmente de fútbol, aunque a medida que se acercaba la posibilidad de volver a la democracia, la política era otro de los temas. Se reunían allí, vecinos de diversas clases sociales y actividades, incluso, un hombrecito, que detenía su carrito como quien estaciona un buen auto, también se unía a la ronda.  El mozo era un muchacho joven, siempre de buen humor,  que iba y venía llevando y trayendo platos, entrando y saliendo del local con los pedidos telefónicos. Mantenía una buena relación, tanto con la clientela como con sus empleadores. Tenía entre 19 y 20 años. La empleada era una señora baja y gordita de unos 40 años. De mirada pícara, siempre dispuesta a hacer alguna acotación graciosa. La dueña tenía 34 años. En general, era  tal  como lo dije, un ambiente tranquilo.
         Cada tarde, ya cerca de las 14, entraban  corriendo unos niños  entre 12 y 14 años, que tiraban de un carrito. Era la época en que los camiones municipales pasaban una vez al día a levantar la basura.  Muchas personas, hombres, mujeres y niños vivían de la recolección de material de deshechos. Sucios por su actividad, un tanto zaparrastrosos, estos chicos traían una alegría que arrastraban junto con sus carritos. Sabían, que a esa hora, en ese lugar, la dueña les daría  pizza del día anterior o, algunas milanesas al pan, distribuidas equitativamente entre  sus hambrientos comensales. Era parte del paisaje del bar. Tanto la gente,  como  el marido, miraban la escena con cierta complicidad. Un día, mucho más temprano, sentí una vocecita. A esa hora el bar,  estaba aún lleno de gente.
         -¡Doña! –La señora miró sin poder verlo, del otro lado  del mostrador. -Doña- volvió a repetir, mientras la señora rodeaba el mostrador, para encontrarse cara a cara con el niño. Yo estaba atenta, pues aún no me habían servido el café. Miraba con curiosidad la situación.
         -¿Tiene algo pa’ comer que tengo hambre?-
Ella lo miró y le sonrió.
         -Si quieres que la gente vea tu carita la tienes que lavar- le dijo.
         -Lo que pasa, que en el “cante” no hay jabón, doña.
         -Espera un poquito- dijo y dirigiéndose al mozo que también estaba mirando le dijo, siempre sonriendo-
         -Gustavo, ¿no me traes un jabón, para el niño?
         -Sí, señora- dijo el joven y esta formalidad me llamó profundamente la atención. El mozo le decía siempre por el nombre a secas.
         La señora le dio el jabón y el niño fue al baño a lavarse la cara. Al rato regresó. Lucía un óvalo más blanco y varios surquitos hechos por algunas gotitas de agua que caían hacia el cuello, haciendo más evidente la suciedad de su carita.
         -Bueno, quédate con el jabón- le dijo la señora mientras le daba media milanesa al pan lechuga y tomate, como a un cliente. - ¿Cómo te llamas?- preguntó.
         -¡Francisco!- gritó el niño mientras mordisqueaba el pan y salía corriendo por la amplia puerta del local, como quien tiene gran apuro. 
         A partir de ahí, Francisco solía pasar. Cuando lo hacía, la empleada le cuchicheaba acercándose a la señora:
         -Mire, ahí viene el Doña- y de inmediato se le preparaba algo.
         En esas tantas veces, el niño se iba esmerando en su presentación. Solía conversar. También empezó a alcanzar el mostrador. Un día sucedió algo insólito. Apareció una mujer sucia, mal agestada, llamándolo enojada. Junto a ella había un hombre joven en las mismas lamentables  condiciones. Francisco agarró un refuerzo corriendo y se fue. La mujer, mientras  rezongaba,  le quitó el refuerzo. Lo metió en el carrito. El muchacho también parecía rezongar algo.Todos miramos consternados la escena. Justo en la puerta del bar. Al  otro día, vino Francisco apurado,  mi hermano y mi madre me esperan, dijo. El mozo dijo:
         -Señora. ¿Usted le serviría una sopa, si la pago yo?
         -Prepárale una mesa- contestó
          Fue así como Francisco se sentó, como cualquier cliente, con un plato de sopa caliente,  pan y coca cola. Cuando la madre entró y lo vio. Se acercó a la mesa y le dijo:
         -No te demores que no te vamos a esperar-
         Salió la mujer, un tanto disminuida, ante todas las miradas de reprobación que sintió sobre sus espaldas. A partir de ahí, también venía el hermano, que más bien, parecía un oso. En poco tiempo me di cuenta que tenía  un problema intelectual. Pero pronto se sumó a los comensales de la señora. Pasaba casi a diario por su ración de pizza  o cualquier otra cosa que sobrara del día anterior.
         Pasó un buen tiempo cuando a mediodía vino el hermano de Francisco y se quedó parado,  balanceándose frente a la señora. Había entrado con gran apuro, pero se había quedado ahí…como intimidado. Había mucha gente.
         -Vengo a decirle señora, mi madre me dijo que viniera…que le dijera que Francisco murió.
         Al ver la cara de sorpresa de todos, siguió:
         -Fueron a nadar todos los chiquilines del cante  al arroyo. Francisco por salvar a uno, murió con él. Se ahogó… ¿vio?
         La señora quedó pálida. Mientras en el local, la gente seguía haciendo sus pedidos. El marido se acercó y le preparó algo al muchacho. Cuando se iba, la señora le dijo:
         -Dile a tu madre que le agradezco y que siento mucho lo que pasó. Gracias por venir, agregó- Mientras el muchacho se iba farfullando algo, con la boca llena. No era difícil ver el estupor que nos causó la noticia. Ni la tristeza en la mirada de la señora. Regresé a la escuela sin digerir la noticia todavía. Todo transcurrió igual. Mi café, mis anotaciones, los chicos, todo.
         Un día me fui un poco más tarde. Al entrar saludé a dos señores que siempre ocupaban la mesa contigua a la mía.  Casi inmediatamente entró un  señor al que no había visto nunca, alto, canoso, corpulento, con una barba en forma de chivita. Entró hablando fuerte y se sentó junto a ellos. Justo en ese momento, entraron los chicos de los carritos. No era la hora habitual.   Quedaba poca cosa.  La empleada, bajo la mirada atenta de la señora, se esmeró para encontrarles algo de comer que se pudiera repartir equitativamente.  Cuando los chicos partieron y la señora caminaba hacia la máquina de café para prepararse uno, el de chivita la increpó:
         -¡Señora! Usted alimenta futuros delincuentes.
Ella tranquilamente se recostó cerca de la caja, se tomó el café y lo fulminó con la mirada. Él, no contento con eso, se levantó y fue hacia ella.
         -¡Yo les he dado mi tarjeta a algunos vagos para ofrecerle trabajo! ¿Alguno fue por ahí? ¡No!-
         - Lo que esos jóvenes necesitan es respeto y afecto, cosa que usted no creo que esté en condiciones de darle.  Les ofrece su  tarjeta para un trabajo, como si fuera una limosna. Y dicho esto se fue para el fondo del local, dejando al hombre con la palabra en la boca. Nunca pensé verla realmente enojada, su tono de voz, duro,  quedó flotando un momento sobre el desocupado local. El hombre volvió a la mesa y siguió hablando del tema.       Uno de ellos  dijo:
         -No creo que les haga mal un poco de comida. Ahora,  dinero no les daría. Mi mujer les da comida si pasan por casa.
         El otro señor le dijo seriamente molesto.
         -Hombre, a ti que te molesta lo que haga o no haga la señora. A este bar viene gente que se hace servir en la mesa como señores y luego no pagan. Esos sí que son delincuentes. Todos los inspectores,  por lo menos alguna vez al mes comen y toman gratis,  yo los veo  venir a coimear, mes a mes.
Atendiendo la conversación, me di cuenta que el de la  chivita y el que lo increpó tenían más confianza entre ellos. Por el acento me di cuenta que eran  gallegos.
         -Bueno, bueno. Dijo el  de la chivita, no me des un sermón. Yo no estoy de acuerdo con alimentar vagos.
         Creo que la conversación tomó otros rumbos. En tanto llamé al mozo y  la dueña vino a cobrar.
Todo esto me había afectado bastante y pensaba en mis alumnos de bajos recursos. Qué futuro les esperaba. Qué era correcto hacer y qué no hacer.
         Un tiempo después, cerca del verano,  citaron a algunos maestros para integrar un programa especial, Se trataba de abrir la escuela en temporada de verano con el fin de asegurarles al menos una comida y sacarlos de la calle. Concurrí junto con varios colegas y  luego de deliberar, un día sábado, quedamos de reunirnos a las 16 horas, para tomar una decisión. ¿Qué podía hacer? Me fui al bar. Era primera vez que iba un sábado y el movimiento era completamente diferente.  Era la hora de la limpieza. Sin embargo me saludaron con la amabilidad de siempre  y me sirvieron el café.  Mientras conversaba con la señora y le contaba del proyecto, entró un joven. Pidió una coca cola y eligió una empanada. Nos escuchaba discretamente y cuando encontró  una oportunidad se dirigió a la señora:
         -¿Usted no se acuerda de mí? ¿Verdad?
         -Tu carita me es familiar, pero no, no me acuerdo.
         -Yo era uno de los chicos que venía en los carritos y usted nos  daba de comer. ¡Desde Garibaldi  hasta acá, corríamos carreras!  Todos queríamos llegar  para ver si alcanzábamos milanesa, pero con la pizza nos íbamos felices igual. Entusiasmado por sus recuerdos, casi no tomó aliento y terminó
         -¡Mire que había hambre en el cuadro, señora!
         La señora lo miraba sonriente y le preguntó por los otros chicos.
         - Todos estudiamos algo señora, dejábamos los carritos y nos íbamos a estudiar. Yo soy jardinero y tengo bastante laburo, otros son carpinteros, chapistas, mecánicos, todos señora estamos trabajando bien, gracias a Dios.Ya no andamos con los carritos. Pero, ¡cómo nos acordamos de usted, señora! Usted nos mataba el hambre todos los días. Viendo la cara de satisfacción, de la señora y la del correcto joven, me fui. A las 16 horas,  en la escuela, me inscribí como maestra de la Escuela de Verano.








Misterios
  

         Se estiró cuan larga era. Después de un largo bostezo y tras parpadear varias veces, entornó sus enormes ojos verdes y dijo:
-         Si se quedan quietos les cuento una historia.
-         ¡Sí! - contestaron al unísono los pequeños traviesos.
      -    De esto, hace ya, mucho tiempo- comenzó su historia Blanquita, acomodándose frente a la chimenea.
-Hacía poco más de un año que yo formaba parte de la familia. Cierta noche, me pareció sentir un ajetreo poco común. Era el 31 de diciembre de 1954. Corina iba y venía muy ansiosa. Me enteré que al finalizar la jornada viajaríamos al famoso campo. Pensó que se quedaría a pasar toda la temporada de vacaciones con sus tíos, razón primordial para que yo viajara con ella. Hacía más de un año que no iba al campo. Estando solo a 5 kilómetros del pueblo, era para ella el último rincón del universo. Un rincón mágico. Su estrecho contacto con todos los animales de la granja, la habían convertido en una niña extremadamente sensible. Cuando ingresó a la escuela, pupila en el Colegio de las monjitas, no hubo cosa que extrañara más, aparte de mí, por supuesto, que corretear libremente  por el campo. Había pasado un  año desde entonces. En el campo, había aprendido a andar a caballo casi al mismo tiempo que aprendió a caminar, a hilar con un huso pequeño que le había hecho el tío, batir la crema para hacer manteca. Era el lugar desde donde aprendió poco a poco a conocer el mundo en  que vivía. Corina al ser la más pequeña  de la familia, era la más mimada.  Aunque todos sus primos eran grandes, la prima Rosalía contaba con todas sus preferencias.  Ella se  encargaba de cuidarla, protegerla y a veces jugaba a asustarla. Se ponía una capucha en la cabeza y le decía:- Buuh…
Luego de un corto silencio, Blanquita siguió su relato:
         -Volviendo a la noche en cuestión. El matrimonio, luego de cargar una caja con toda clase de mercadería para festejar el evento, me corrijo, los eventos. No solo era un Año Nuevo, la tía había tenido, después de muchos años, una beba. Es decir, tenía una nueva primita. Llamaron un taxi y nos subimos a él. Me acomodé al lado de la niña, sentí, después de mucho tiempo, su tranquilizadora manito en mi cabeza. La había extrañado. A los pocos minutos, percibí una extraña tensión que recorría el interior del vehículo. El chofer no dejaba de mirar por el espejo retrovisor. Don Manuel dijo, con esa risa tan suya, minimizando todos los problemas que se suscitaban:
         -Parece que nos vienen siguiendo, vecino.
         -Es raro- dijo el chofer.
         -Hay un solo foco. Muy  grande y rápido para ser  bicicleta.
         El nervioso chofer, había aminorado la marcha.
         -No sé si usted ve, don Manuel, que la luz sube y baja muy rápido, agregó.
         - Detenga el coche y nos bajamos a mirar, dijo el padre de la niña.
         Las miradas de la madre, hacia atrás, eran furtivas y su miedo era visible.
         Corina se puso en alerta. En mis años de vida, nunca vi un par de ojos más parecidos a los míos. Los abrió de par en par y se quedó mirando, por la ventanilla del auto, una gran esfera brillante que luego de mantenerse sobre el vehículo unos minutos, e inundar todo, con una luz muy blanca, se perdió tras los cerros. Los dos hombres entraron al auto y guardaron un largo silencio. No tardamos mucho en llegar a destino. Abrieron la tranquera y subimos una pequeña loma. Una vez allí, salieron a recibirnos por lo menos cuatro perros. Aunque parecían amistosos, yo me pegué fuertemente a la niña, ya que naturalmente, nunca les podré tener confianza, ni simpatía. El chofer se veía con pocas ganas de regresar. Don Manuel le dijo con voz tranquilizadora:
         - No se preocupe amigo, debe haber sido algún fenómeno atmosférico de los que nosotros poco sabemos.
         Nuestra llegada estuvo llena de demostraciones de afecto y alegría. La mesa estaba preparada para la comida y con lo que iba saliendo de la caja de don Manuel, había comida asegurada para tres fiestas seguidas. Corina no ocultó su desilusión. Hacía un año que no iba y el centro de atención era Virginia, la recién nacida. La tía acostada, la casa alumbrada por faroles, Rosalía haciendo de anfitriona, no parecía la misma. Tuvo el sentimiento de no alcanzar a entender por qué todo resultaba misteriosamente forzado, incluso la alegría.
         Pero el tema de la noche, fue la misteriosa luz. Comentaron que era frecuente ver esas luces, porque había un vecino que era brujo y gente que decía que lo habían visto salir por la ventana de su casa, convertido en pájaro, Contaron muchos cuentos de brujos. Corina iba del miedo, al aburrimiento y quiso volver a casa. Uno de sus primos le hizo burla canturreando:
         -Corina está celosa…
         Don Manuel la tomó en brazo y le dijo:
         - En unos minutos viene el vecino a buscarnos, mientras tanto mira a tu primita cómo duerme, ¿No te gustaría un hermanito?
Corina dudó. Y se atrevió a decir:
         -No. Todos se rieron
         Pero lo que Corina tardaría muchos años en entender, fue lo que escucho más tarde, cuando su madre, creyendo que ella dormía, le dijo a Don Manuel:
-         ¡Pobre Rosalía! recién tuvo familia y el padre la hace trabajar, yendo de un lado para otro, como si con eso pudiera ocultar la verdad. Se hizo un silencio. Luego agregó molesta:
-           Mi hermana nunca supo defender a sus hijos.
         El padre no emitió comentario al respecto. Al cabo de un rato, dijo pensativo.
         -Son de esas cosas raras, que hacemos las personas, Y como para desviar la conversación, agregó:
          -Lo que me dejó intrigado fue esa luz.
         Después de eso, Corina anduvo un  poco pensativa, pensó que había perdido para siempre, ese lugar privilegiado en casa de la tía. Casualmente, esa  fue la última visita que la niña hizo al campo.
         Blanquita cerró los ojos, como si tratara de traer esas imágenes al presente.
         -Abuela, abuela, no te duermas…cuéntanos más.
         La gata se hizo un ovillo y se durmió.




Anita es también una excelente intérprete musical.
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¡Deleite prometido!