viernes, 25 de enero de 2013

Ciudadano del mundo

Néstor Gorriarán


Viajero profesional (Ciudadano del Mundo)


Nace en Melo
De meses, se afinca en José P. Varela. Allí cursa 1º de escuela. 
A los 6 años, la familia se muda a Montevideo. Concurre a la Escuela Sanguinetti hasta 7º año CEEPN.
En el Liceo Rodó cursa sus estudios secundarios, y en el IAVA, Preparatorios de Ingeniería.
Concurre a Facultad de Ingeniería hasta 3º.
Ingresa a la Oficina de Cálculo del Instituto Geográfico Militar (1953-1957).
En la Escuela Naval realiza un Curso Acelerado de Piloto y obtiene el título de Piloto de Marina Mercante(1959) Embarcado como Oficial durante 10 años (1959-1968)
En 1968 obtiene su título de Capitán de Marina Mercante en la Escuela Naval y se embarca como Capitán durante 9 años.(1968-1978)
En 1977 gana el Concurso de Práctico de Río Uruguay, Río de la Plata y Litoral Marítimo Oceánico y ejerce como Práctico durante 21 años (1978-1999).
Realiza Curso de Cine en Cinemateca entre1978-1979, y Curso de Historia del Teatro en 1989.
Rotario de R.C. Punta Gorda desde 1988.
Ciudadano español desde 1993.
Casado, dos hijas y dos nietos varones.

Néstor José Gorriarán Díaz




Sensacional

         - ¡Hola, chiquilines!!!
         - Les traigo un cuento SEN-SA-CIO-NAL.   
         - ¿Qué sucedió, Abu?            
         - No, nada, el cuento se llama así. ¿Cuál es el significado de esa palabra?   
         - Algo muy lindo, algo que causa una gran sensación.
         - ¡Bien, Diego! O sea, algo que llama poderosamente la atención, captado por medio de los sentidos. Les voy a contar, entonces, de mis sensaciones de cuando era niño. ¡Si habrán sido fuertes e importantes que perduran después de tantos años!


Saboreando recuerdos
         En el barrio, cerca de la casa de tu abuela vivía “el fainacero”. Italiano, flaco, alto y rubio. Le llamábamos “¡ Nííííí…!!!”
         - Eso no es un nombre, abuelo.
         - Está bien, Fede, era un apodo, todo el mundo lo conocía por Nííí. Era como anunciaba su mercadería y su presencia. Posiblemente comenzó gritando fainá, luego nááá, y después pasó a un ní…!!! Fuerte y largo, casi un pitazo, que se hacía oír en toda la cuadra y salíamos a comprarle. El fainá lo llevaba en una gran asadera de aluminio redonda, de casi un metro donde recién lo había cocinado su esposa, también tana, y lo ofrecía calentito, humeante y con su olor tentador. Se paraba en una esquina, abría un soporte de madera tipo tijera que portaba colgado de su hombro y allí colocaba el tacho. Abría una mitad para no enfriar la otra y atendía a los “clientes” que enseguida lo rodeaban. Despachaba buenas porciones, las entregaba con un papelito protector. Una delicia, buen grosor, su aroma y gusto podían cambiarse utilizando un pimentero de aluminio. El orillo, más crocante, era un  manjar. Todo por unas pocas monedas. En un par de cuadras más, liquidaba el resto de su tacho y volvía a su casa por otro. Seguía, dejando un reguero de olores, sabores, y chiquilines masticando felices.
         A dos cuadras, entre la casa de tu abuela y la mía, vivía el hermano. Vendía Pizza. No había competencia entre ellos. Él, también italiano, era tan flaco y alto como el otro, pero de cabello oscuro. También su señora, italiana, era quien las elaboraba. Su mercadería, excelente. Salía a punto, crocante en los bordes y esponjosa en el centro, de buen grosor. Deliciosa. Al hincarle el diente quedábamos con la cara pintada de rojo. Buena salsa casera y ¿saben la característica principal cuál era?
         -¿El queso?                    
         - No      
         -¿Algo que le ponían?   
         - Bueno, esta vez, Fede estuvo más cerca. No llevaba queso. Encima de la masa estaba la salsa de un rojo intenso, sabor no muy ácido y desde el centro hacia los bordes como rayos de una bicicleta llevaba filetes de anchoa. Si no tenía anchoas, no era Pizza. Ese sabor fuerte, salado, que se nos entrelazaba con sus espinitas entre los dientes, provenía de su lejana y añorada Italia o quizás de España. A ellos los hacía recordar su pueblo y su travesía marítima. Por ser tan apetitosa se vendía rápido. Inolvidable Pizza.






Recuerdos enganchados


         Cuando íbamos al estadio con nuestro padre, si hacía frío, nos compraba maní. El manisero, allí en la puerta, con su hornito humeante y su aroma especial... Con su jarrito de lata iba llenando unos cucuruchos de papel de diario del tamaño según se pagara, un “medio” o un “real”. Si no hacía  frío, nos compraba tangerinas.
         -¿Dejaban entrar con tangerinas?     
         -Sí, no había problema, mientras no las tiraras. Era otra época, tampoco había separación de hinchadas ni peleas. Alguna discusión, algún empujón o pequeño insulto y nada más. ¡No se le gritaban los goles en la cara al rival! Volviendo a las tangerinas, no sé si es por los años o porque  me recuerdan momentos muy felices, aquellas tangerinas eran mucho más ricas, más dulces. Al pelarlas te iban saltando finísimas gotitas en los dedos, sentías su fuerte y lindo aroma, ya adivinabas qué gustoso las comerías. No solo eso sino que también recuerdo muy nítidamente el fuerte olor y gusto de las uvas brasileras que tenía el parral de lo de tu bisabuela. El gusto no me agradaba demasiado. ¡Ah! y nada les digo de los exquisitos higos blancos que allí comí por primera vez en mi vida. Quedé todo embadurnado con su leche pegajosa. Una delicia de fruta.
         - ¿De tu casa no recordás nada, Abu?
         - Sí, Diego. Vivíamos en un apartamento. No teníamos fondo ni árboles. Comíamos un dulce de membrillo bastante rico, pero cuando se podía, se compraba uno que venía en pequeñas latas redondas; era claro, cristalino, más suave, casi cremoso. Nunca comí otro igual. Mi madre hacía una crema de chocolate- verdadero- y la servía con un copo de merengue encima que al recordarla se me hace agua la boca. También cocinaba una “feijoada melense” con porotos cariocas, mas rosados y menos fuertes que los “pretos” que hemos comido en Brasil y le agregaba rodajas de chorizo en lugar de charque. Para chuparse los dedos. ¡Ah! También tengo sonidos inolvidables. Algunos, aún hoy, pueden oírlos en ciertos barrios: el del afilador, haciendo sonar su flauta de varios tubos y simpáticos tonos musicales o el del barquillero, haciendo tintinear agudamente su triángulo. Hubo algunos que ya se fueron, pero me traen muy lindos recuerdos como la campana y el ruido del tranvía recorriendo la ciudad. Y por sobre todo, el sonido del piano de mi hermano Walter que desde que se instaló en casa invadió nuestras vidas, haciéndolas más placenteras... En este momento me acordé de algo más...
         - ¿Qué Abu?
         - Del intenso y fresco olor de la tierra mojada, de los innumerables “campitos” que había por los barrios donde jugábamos a la pelota y donde también se jugaba a la bolita...Quizás tenga escondidos muchos más recuerdos llenos de olores, sabores, colores… Recuerdos fríos, tibios, o llenos de calor…Hoy no me vienen otros a la memoria…quizás mañana…




Rafael OLBINSKY


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