miércoles, 23 de enero de 2013

"¡Alma mía! ¡Alma mía! Raíz de mi sed viajera..." - Pablo Neruda

Ana Virginia Gómez



         Quizás la forma más precisa de darme a conocer, es contarles que he sido un poco viajera. 
         Nací en Punta Arenas, Chile. Ciudad que queda a orillas del Estrecho de Magallanes,  frente a la Isla de Tierra del Fuego y cuya frontera más al sur, es el Continente Antártico. A los pocos días de nacer, me trasladé al que considero mi pueblo de origen, un hermoso y remoto lugar, llamado Puerto Natales.
         A los 8 años viajé por primera vez a Santiago. Desde mi zona, la forma más frecuente de desplazarse, era por avión. Así, surqué los cielos desde Punta Arenas, a Santiago y viceversa, numerosas veces en mi vida. También tuve oportunidad de hacer el viaje en barco, desde Punta Arenas, hasta Puerto Montt y desde allí en tren a Santiago.
         Viví y trabajé un año en Buenos Aires y llegué a Montevideo hace ya muchos.
         Comienzo a escribir desde niña, simultáneamente, tal vez, con mi insaciable avidez por la lectura. Aunque siempre pensé que escribir era como una materia pendiente en mi vida, no fue seriamente considerado, hasta que un buen día, di con el lugar adecuado. Un Taller Literario.
 Desde ese lugar,  he querido iniciarme contando algunas  historias, que por alguna razón, tuvieron un gran impacto en mi vida.
         Espero ir encontrando, en éste ámbito, mi propio camino. De la mano, tal vez,  de la profesora y compañeros del taller, para poder ofrecer lo mejor de mí, a los ávidos lectores, de cualquier lugar y de todos los tiempos.

Ana Gómez





El anuncio.

Ella

         Mientras se miraba al espejo, por última vez antes de salir, se sintió afortunada. Su figura estilizada, elegante, rubia, de reidores ojos verdes la convertían, casi, en el prototipo del concepto clásico de la belleza.
         Nacida en un pueblo pequeño, lejos de la capital.  Se encontraban allí, a causa de un grave problema de salud de su hermano menor. Se habían instalado en un  barrio residencial de alta categoría. Idea del tío, que por un lado, no quería bajar el status que tenían en el pueblo y  por otro, quería estar a la altura de sus nuevos colegas del Banco. La lejanía del terruño se hacía menos dolorosa en un barrio así. Casas hermosas,  calles arboladas y jardines multicolores. Los vecinos habían sido desde el principio muy amables.
         Todo parecía muy lindo, aunque  a veces, cuando el giro del padre se atrasaba, apenas tenían para comer. Para aquellas ocasiones solían tener de reserva, huevos, leche en polvo, café, té y galletitas saladas.
         Al poco tiempo de llegar, habían conocido a los vecinos de enfrente. El hermano menor, hizo migas enseguida con Axel. ¿Y ella?  Al ver a Agustín, supo que no habría otro hombre en su vida.  Casi de inmediato se sucedieron las salidas hasta que se decidieron a hacer público el romance. Todos contentos. La relación entre las dos familias no podía ser mejor.
         Habían trazado planes. Apenas Agustín se titulara de contador, entraría al Banco donde trabajaban sus padres. Como quien dice, tenía el futuro resuelto. Educado en los mejores colegios, de carácter alegre, responsable y enamorado.
Si la felicidad tenía un nombre, se llamaba Agustín.
         Hacía cosa de un mes, había constatado un atraso en su periodo menstrual.
 Primero entró en pánico, no sabía cómo iba a reaccionar su novio. Ni siquiera se atrevía a confesarle lo que le pasaba. Su familia la crucificaría. Pero cuando su hermano la  encontró llorando, no pudo engañarlo. Después de un largo silencio, le dijo que hablara con Agustín. La consoló diciéndole que  a cualquiera le podía pasar- lo va a entender-le dijo- Por último, es responsabilidad de los dos. Y había tenido razón.
          Cuando le contó a Agustín, la respuesta fue una amplia y cálida sonrisa que le indicó que a su lado no tendría que preocuparse nunca, de nada. Lo amó con toda su alma. Cuando él la abrazó  y le dijo: “Vamos a tener que hacer unos pequeños ajustes a nuestros planes”,  sintió que la vida la mimaba. Se acordó de aquella rima de Becquer que terminaba: ·Hoy creo en Dios”.
         Agustín, en tanto, seguía hablando, como quien piensa en voz alta:
          -Mis padres tienen dos casas, una para mi y otra para mi hermano, estoy seguro que no tendrán inconveniente en darnos la casa cuando nos casemos. Para el cumpleaños de mi hermano lo anunciamos.
         .Ella estaba en una nube de felicidad, se le había hecho difícil guardar el secreto hasta esa noche.
         El famoso día había llegado: era el cumpleaños del hermano menor de Agustín y lo celebraban  en casa, con sus amigos y familiares. Allí, sobre el final de la velada, harían el anuncio.


Él

         Iba y venía por la casa,  preparando todo, para que la reunión fuera perfecta.
         Siempre había sido muy responsable, a veces muy serio, pensaba en sus padres. Habían dedicado toda su vida a educarlos, nunca les faltó nada. Aunque aún  eran jóvenes, no sería para siempre. Sentía que tenía  que esforzarse para que el día de mañana, ellos no tuvieran jamás, una preocupación.
         Cuando llegaron los nuevos vecinos, lo primero que vio fue a una hermosa joven que, cuando sonreía se le formaban unos hoyuelos en las mejillas. Al verla, por primera vez, quedó como hipnotizado y supo que era la mujer que esperaba. Sus padres no arriesgaban una opinión. Decían que era raro que vivieran solo con la madre y el tío. Poco a poco se fueron encariñando con  los hermanos, Axel y Ricardo, se hicieron muy unidos y él y Patricia pasaban juntos, siempre que podían.
         Había pasado todo vertiginosamente. El primer beso, las salidas, la pasión y el embarazo. Al final, no era tanto lo que le faltaba para terminar sus estudios. Estaba finalizando marzo, un año pasaba volando, claro que se casarían lo antes posible. Ser padre le daba otro sentido a su vida. En diciembre terminaba su carrera y de allí al trabajo sería todo uno. Sabía que había una vacante en la parte contable del Banco. Y era para él.
         Aún así, se había reservado la noticia. Esa noche comunicarían sus planes, sabiendo que sus padres lo apoyarían.


El anuncio

         Allí estaban todos. Habían dispuesto las mesas en forma de ele, de tal manera que pudieran servirse a su antojo platos fríos y bebidas. Además quedaba espacio para bailar.
         Axel y Ricardo, estaban desde temprano ayudando a hacer compras y adornando  el living-comedor. Habían puesto globos, serpentinas, y otras chucherías, mientras urdían todo tipo de estrategias para conquistar a ciertas amigas de Ricardo y que vendrían a la reunión.
         Poco a poco fueron apareciendo los invitados. No faltó nadie. Amigos ni familiares. Cuando llegó Patricia con su madre y el tío, los padres de Agustín salieron a recibirlos, con sinceras muestras de afecto. Buena música, abundante comida y bebida. Hasta el clima los había acompañado, era una hermosa noche de fines de marzo.
         En determinado momento alguien preguntó. ¿Alguien  tiene un cigarro? A lo que todos los fumadores contestaron tocándose los bolsillos, que no, al parecer se habían agotado. ¡Sin cigarros a las 3 de la mañana! Recordaron que había un boliche no muy lejos, a 20 minutos, no más. Agustín tomó a Alicia de la mano y  les insistió a su hermano y a Axel para que los acompañaran, pero éstos  dijeron que no. Estaban en plan de conquista. Mientras salían, Agustín gritó: ¡Que no se mueva nadie, que al regreso haremos un anuncio!


Los Cigarros

         Se fueron abrazados, planeando la mejor manera de comunicarles que se casaban. Ninguno de los dos estaba seguro de lo que dirían sus padres. Eran jóvenes, Patricia 18, Agustín 22, pero en su entusiasmo, no estaban para preocuparse mucho, por lo que pensarían los demás.
         Ya de regreso, con la provisión de cigarros en la cajuela, Agustín sintió deseos de fumar, no sabía a qué atribuir esa sensación de nerviosismo y le pidió a Patricia que le prendiera uno. Al fin y al cabo habían hecho un esfuerzo para conseguirlos, bromeó. Alicia se rió y en el momento de prender y hacer el ademán de llevarlo hacia los labios de Agustín, sintió que estaba en una coctelera, todo se daba vueltas, ruidos, golpes y vidrios rotos. Sintió que caía en un profundo y negro abismo. Nunca supo qué pasó. Cuando recuperó el conocimiento, alguien le preguntaba por Miguel, mientras la subían a una camilla. Mucha gente alrededor. ¡Miguel!. El ruido, la ambulancia, sus propios gritos, su propio llanto le venía como de lejos.
         A Miguel lo encontraron lejos de allí, al otro lado del alambrado, sin conocimiento. Había salido despedido por el parabrisas y no había sido fácil encontrarlo. Lo trasladaron al hospital. Después de varias horas en el quirófano, los médicos no arriesgaron un informe. Alguien dijo que había pérdida de masa encefálica, que habían hecho lo posible, pero que aún no se podía adelantar nada.


Ella

         No tenía consuelo, no paraba de llorar. De tanto en tanto dormía, dominada por el cansancio. Sin Agustín no quería vivir más.
         Agustín estaba en coma. Poco a poco les fueron permitiendo verlo. En la sala de espera, se abrazaron todos, llorando. Fue cuando la madre de Patricia  dijo: “no te pueden dar calmantes por el bebé. Si Dios te salvó la vida, será para que te hagas cargo de tu hijo, así que tienes que ser fuerte y aceptar lo que tenga que ser”.



Él

         Tenía flashes, como si se tratara de un rompecabezas. Todos hablaban como si no existiera. Sabía que no volvería a caminar, que los médicos no estaban seguros de qué otras facultades había perdido. Sabía que lo trasladaban a su casa. Sintió dolorosamente que el padre lo levantó en brazos, como a un niño, para llevarlo a su cama. Se sintió como un muñeco. No recordó porqué. Había cosas que tenía claras y otras…eran espacios negros, sin sentido. Quería llorar, pero no podía, quería gritar pero tampoco podía.
         Pasaba el tiempo como si todo fuera en cámara lenta. A veces veía las cosas distorsionadas, las caras borrosas, hasta que las enfocaba. Había gente que no reconocía. Pero cuando vino ella…  llorando como una gacela perdida, sintió un dolor en el pecho como si le atravesara un hierro candente. ¡No! No quería sentir ese dolor. La madre le dijo: Mira quien te vino a ver. El la miró y en ese momento hubo un destello, una luz en la oscuridad de su mente, en ese instante, fugaz, tuvo una certeza. No quería que ella lo viera como un muñeco de trapo, como un pedazo de carne inútil. La miró largamente, por si algún día, pudiera olvidar ese rostro tan amado. Como, por si acaso algún día, no volviera a recordarla. La miró fijamente y dijo: No sé quien es. Ni el dolor en la mirada de ella, ni el llanto desgarrador, ni el abrazo que le volvió a quemar el pecho, ni nada. Nada haría que él aceptara que ella se quedara a su lado, presa en su pedazo de mundo.


Ella

         En el momento de abordar el avión, ya tenía seis meses de embarazo. Regresaba a su pueblo, sabiendo que sería centro de miradas y comentarios. No le importaba. Necesitaba la seguridad de su hogar, de su padre y sobre todo, alejarse de la tragedia que significaba vivir frente a una familia destruida y  un novio que no la recordaba.
         Los doctores le explicaron que no sabían si algún día la recordaría. Había funciones que habían quedado intactas, como por ejemplo, jugaba ajedrez, pero no tenía conocimiento alguno de contabilidad. Recordaba a sus padres y hermano, no a todos sus amigos. Había sido sometido a varias intervenciones. Los padres vendieron una casa, luego la otra. Envejecieron en seis meses. El hijo. El perfecto hijo, quien tantas satisfacciones les dio, estaría postrado el resto de su vida
         Antes de partir fue a verlos, se despidió de todos, prometiéndoles que siempre podrían ver a su nieto. No bien naciera, se los comunicaría. Pidió ver a Agustín. El la miró, como siempre, parecía que quería fotografiar su rostro, pero no dio señales de reconocerla. Ella lo abrazó, lloró, y le dijo al oído que siempre lo amaría. Por un momento le pareció que a él se le humedecía la mirada, pero luego vio sus ojos como vacíos. Se fue. Sabía que era probable que no lo volviera a ver.


Él

         Lo supo esa mañana, cuando sonó el timbre inusualmente temprano y a continuación,  escuchó la voz de Axel que traía la noticia. Había nacido Agustina. Sintió un murmullo, mezcla de todos los comentarios. Mientras como en un sueño, le pareció sentir el aliento de Patricia en su oído derecho. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas. Era papá.








Francisco


         A principios de los 80, estrené mi flamante título de maestra en una escuelita ubicada por General Flores y  Bulevar.
         Afortunadamente, me recomendaron un bar, en el que a mediodía se respiraba un agradable ambiente familiar. Como efectivamente el lugar me resultó cómodo, concurrí día a día durante varios años a excepción de la temporada de vacaciones. Tomaba un café y estudiaba un poco. En la medida que transcurría el tiempo y me interiorizaba cada vez más del funcionamiento del bar, me atreví a acompañar mi café, con alguna deliciosa factura, que se preparaba allí, frente al público. Cuando llegué a esa escuela y supe que tendría una hora libre, de 13 a 14, estuve a punto de no aceptar el trabajo. Entonces, varios colegas me sugirieron el lugar. El primer día que entré, me senté en la primera mesa como si fuera una verdadera tabla de salvación, ya que con mi timidez, difícilmente hubiera podido avanzar más allá. También, con el tiempo,  me fue tan habitual sentarme allí que la llegué a considerar como si fuera de mi propiedad. Aunque sospecho,  que conociendo mi horario, me reservaban la mesa. Muchas veces, al llegar, tenía la servilleta de papel escocés puesta, junto a un vaso y el pocillo. El local era rectangular. Me atrevería a decir, que tenía como 50 metros de fondo por no más de 10 de frente. Entrando a mano izquierda, estaban distribuidas las mesas con sus respectivas sillas  en una larga  hilera. A la derecha estaba la cocina, desde afuera hacia adentro, una mesada, un chivitero, un enorme horno, la cocina y el lavaplatos. Separando la cocina del público,   había un mostrador de madera, con una vidriera de exposición de los alimentos; sobre la vidriera y pegada a la pared del frente había una antigua estructura,  frecuente en esa época, con los rollos de papel  de envolver y una bobina de hilo de empaque. Luego venía un espacio por donde transitaba el mozo. El inicio del bar propiamente tal, comenzaba con una vitrina refrigerada, la caja y un mostrador de madera con la típica mesada de mármol, alto  y largo que remataba al final con una antigua máquina de café. Por supuesto contra la pared  estaban los cigarros, las  botellas de bebidas y una antigua heladera con puertas de maderas donde se guardaban las gaseosas y cervezas. Mi lugar era estratégico. A mi derecha tenía el ventanal que daba a la calle. Desde allí podía observar a los transeúntes, clientes, dueños y empleados. Me introducía, en cierta forma, en la dinámica del lugar, desde varios ángulos. Por lo que sin querer,  me  fui  interiorizando de algunos detalles en la vida de todos ellos. A esa hora la mayoría de los obreros que trabajaban en los alrededores se estaban retirando, al mismo tiempo que los dueños de las casas comerciales y talleres  ingresaban a tomarse un té o un café, como yo. Mientras las señoras, empleada y dueña, trabajaban afanosamente en la cocina, desde la caja, el dueño estaba atento a todo lo que ocurría en el local. Cobraba y atendía a los parroquianos del mostrador.
         Como era habitual, en esa época, en torno al mostrador había verdaderos debates, generalmente de fútbol, aunque a medida que se acercaba la posibilidad de volver a la democracia, la política era otro de los temas. Se reunían allí, vecinos de diversas clases sociales y actividades, incluso, un hombrecito, que detenía su carrito como quien estaciona un buen auto, también se unía a la ronda.  El mozo era un muchacho joven, siempre de buen humor,  que iba y venía llevando y trayendo platos, entrando y saliendo del local con los pedidos telefónicos. Mantenía una buena relación, tanto con la clientela como con sus empleadores. Tenía entre 19 y 20 años. La empleada era una señora baja y gordita de unos 40 años. De mirada pícara, siempre dispuesta a hacer alguna acotación graciosa. La dueña tenía 34 años. En general, era  tal  como lo dije, un ambiente tranquilo.
         Cada tarde, ya cerca de las 14, entraban  corriendo unos niños  entre 12 y 14 años, que tiraban de un carrito. Era la época en que los camiones municipales pasaban una vez al día a levantar la basura.  Muchas personas, hombres, mujeres y niños vivían de la recolección de material de deshechos. Sucios por su actividad, un tanto zaparrastrosos, estos chicos traían una alegría que arrastraban junto con sus carritos. Sabían, que a esa hora, en ese lugar, la dueña les daría  pizza del día anterior o, algunas milanesas al pan, distribuidas equitativamente entre  sus hambrientos comensales. Era parte del paisaje del bar. Tanto la gente,  como  el marido, miraban la escena con cierta complicidad. Un día, mucho más temprano, sentí una vocecita. A esa hora el bar,  estaba aún lleno de gente.
         -¡Doña! –La señora miró sin poder verlo, del otro lado  del mostrador. -Doña- volvió a repetir, mientras la señora rodeaba el mostrador, para encontrarse cara a cara con el niño. Yo estaba atenta, pues aún no me habían servido el café. Miraba con curiosidad la situación.
         -¿Tiene algo pa’ comer que tengo hambre?-
Ella lo miró y le sonrió.
         -Si quieres que la gente vea tu carita la tienes que lavar- le dijo.
         -Lo que pasa, que en el “cante” no hay jabón, doña.
         -Espera un poquito- dijo y dirigiéndose al mozo que también estaba mirando le dijo, siempre sonriendo-
         -Gustavo, ¿no me traes un jabón, para el niño?
         -Sí, señora- dijo el joven y esta formalidad me llamó profundamente la atención. El mozo le decía siempre por el nombre a secas.
         La señora le dio el jabón y el niño fue al baño a lavarse la cara. Al rato regresó. Lucía un óvalo más blanco y varios surquitos hechos por algunas gotitas de agua que caían hacia el cuello, haciendo más evidente la suciedad de su carita.
         -Bueno, quédate con el jabón- le dijo la señora mientras le daba media milanesa al pan lechuga y tomate, como a un cliente. - ¿Cómo te llamas?- preguntó.
         -¡Francisco!- gritó el niño mientras mordisqueaba el pan y salía corriendo por la amplia puerta del local, como quien tiene gran apuro. 
         A partir de ahí, Francisco solía pasar. Cuando lo hacía, la empleada le cuchicheaba acercándose a la señora:
         -Mire, ahí viene el Doña- y de inmediato se le preparaba algo.
         En esas tantas veces, el niño se iba esmerando en su presentación. Solía conversar. También empezó a alcanzar el mostrador. Un día sucedió algo insólito. Apareció una mujer sucia, mal agestada, llamándolo enojada. Junto a ella había un hombre joven en las mismas lamentables  condiciones. Francisco agarró un refuerzo corriendo y se fue. La mujer, mientras  rezongaba,  le quitó el refuerzo. Lo metió en el carrito. El muchacho también parecía rezongar algo.Todos miramos consternados la escena. Justo en la puerta del bar. Al  otro día, vino Francisco apurado,  mi hermano y mi madre me esperan, dijo. El mozo dijo:
         -Señora. ¿Usted le serviría una sopa, si la pago yo?
         -Prepárale una mesa- contestó
          Fue así como Francisco se sentó, como cualquier cliente, con un plato de sopa caliente,  pan y coca cola. Cuando la madre entró y lo vio. Se acercó a la mesa y le dijo:
         -No te demores que no te vamos a esperar-
         Salió la mujer, un tanto disminuida, ante todas las miradas de reprobación que sintió sobre sus espaldas. A partir de ahí, también venía el hermano, que más bien, parecía un oso. En poco tiempo me di cuenta que tenía  un problema intelectual. Pero pronto se sumó a los comensales de la señora. Pasaba casi a diario por su ración de pizza  o cualquier otra cosa que sobrara del día anterior.
         Pasó un buen tiempo cuando a mediodía vino el hermano de Francisco y se quedó parado,  balanceándose frente a la señora. Había entrado con gran apuro, pero se había quedado ahí…como intimidado. Había mucha gente.
         -Vengo a decirle señora, mi madre me dijo que viniera…que le dijera que Francisco murió.
         Al ver la cara de sorpresa de todos, siguió:
         -Fueron a nadar todos los chiquilines del cante  al arroyo. Francisco por salvar a uno, murió con él. Se ahogó… ¿vio?
         La señora quedó pálida. Mientras en el local, la gente seguía haciendo sus pedidos. El marido se acercó y le preparó algo al muchacho. Cuando se iba, la señora le dijo:
         -Dile a tu madre que le agradezco y que siento mucho lo que pasó. Gracias por venir, agregó- Mientras el muchacho se iba farfullando algo, con la boca llena. No era difícil ver el estupor que nos causó la noticia. Ni la tristeza en la mirada de la señora. Regresé a la escuela sin digerir la noticia todavía. Todo transcurrió igual. Mi café, mis anotaciones, los chicos, todo.
         Un día me fui un poco más tarde. Al entrar saludé a dos señores que siempre ocupaban la mesa contigua a la mía.  Casi inmediatamente entró un  señor al que no había visto nunca, alto, canoso, corpulento, con una barba en forma de chivita. Entró hablando fuerte y se sentó junto a ellos. Justo en ese momento, entraron los chicos de los carritos. No era la hora habitual.   Quedaba poca cosa.  La empleada, bajo la mirada atenta de la señora, se esmeró para encontrarles algo de comer que se pudiera repartir equitativamente.  Cuando los chicos partieron y la señora caminaba hacia la máquina de café para prepararse uno, el de chivita la increpó:
         -¡Señora! Usted alimenta futuros delincuentes.
Ella tranquilamente se recostó cerca de la caja, se tomó el café y lo fulminó con la mirada. Él, no contento con eso, se levantó y fue hacia ella.
         -¡Yo les he dado mi tarjeta a algunos vagos para ofrecerle trabajo! ¿Alguno fue por ahí? ¡No!-
         - Lo que esos jóvenes necesitan es respeto y afecto, cosa que usted no creo que esté en condiciones de darle.  Les ofrece su  tarjeta para un trabajo, como si fuera una limosna. Y dicho esto se fue para el fondo del local, dejando al hombre con la palabra en la boca. Nunca pensé verla realmente enojada, su tono de voz, duro,  quedó flotando un momento sobre el desocupado local. El hombre volvió a la mesa y siguió hablando del tema.       Uno de ellos  dijo:
         -No creo que les haga mal un poco de comida. Ahora,  dinero no les daría. Mi mujer les da comida si pasan por casa.
         El otro señor le dijo seriamente molesto.
         -Hombre, a ti que te molesta lo que haga o no haga la señora. A este bar viene gente que se hace servir en la mesa como señores y luego no pagan. Esos sí que son delincuentes. Todos los inspectores,  por lo menos alguna vez al mes comen y toman gratis,  yo los veo  venir a coimear, mes a mes.
Atendiendo la conversación, me di cuenta que el de la  chivita y el que lo increpó tenían más confianza entre ellos. Por el acento me di cuenta que eran  gallegos.
         -Bueno, bueno. Dijo el  de la chivita, no me des un sermón. Yo no estoy de acuerdo con alimentar vagos.
         Creo que la conversación tomó otros rumbos. En tanto llamé al mozo y  la dueña vino a cobrar.
Todo esto me había afectado bastante y pensaba en mis alumnos de bajos recursos. Qué futuro les esperaba. Qué era correcto hacer y qué no hacer.
         Un tiempo después, cerca del verano,  citaron a algunos maestros para integrar un programa especial, Se trataba de abrir la escuela en temporada de verano con el fin de asegurarles al menos una comida y sacarlos de la calle. Concurrí junto con varios colegas y  luego de deliberar, un día sábado, quedamos de reunirnos a las 16 horas, para tomar una decisión. ¿Qué podía hacer? Me fui al bar. Era primera vez que iba un sábado y el movimiento era completamente diferente.  Era la hora de la limpieza. Sin embargo me saludaron con la amabilidad de siempre  y me sirvieron el café.  Mientras conversaba con la señora y le contaba del proyecto, entró un joven. Pidió una coca cola y eligió una empanada. Nos escuchaba discretamente y cuando encontró  una oportunidad se dirigió a la señora:
         -¿Usted no se acuerda de mí? ¿Verdad?
         -Tu carita me es familiar, pero no, no me acuerdo.
         -Yo era uno de los chicos que venía en los carritos y usted nos  daba de comer. ¡Desde Garibaldi  hasta acá, corríamos carreras!  Todos queríamos llegar  para ver si alcanzábamos milanesa, pero con la pizza nos íbamos felices igual. Entusiasmado por sus recuerdos, casi no tomó aliento y terminó
         -¡Mire que había hambre en el cuadro, señora!
         La señora lo miraba sonriente y le preguntó por los otros chicos.
         - Todos estudiamos algo señora, dejábamos los carritos y nos íbamos a estudiar. Yo soy jardinero y tengo bastante laburo, otros son carpinteros, chapistas, mecánicos, todos señora estamos trabajando bien, gracias a Dios.Ya no andamos con los carritos. Pero, ¡cómo nos acordamos de usted, señora! Usted nos mataba el hambre todos los días. Viendo la cara de satisfacción, de la señora y la del correcto joven, me fui. A las 16 horas,  en la escuela, me inscribí como maestra de la Escuela de Verano.








Misterios
  

         Se estiró cuan larga era. Después de un largo bostezo y tras parpadear varias veces, entornó sus enormes ojos verdes y dijo:
-         Si se quedan quietos les cuento una historia.
-         ¡Sí! - contestaron al unísono los pequeños traviesos.
      -    De esto, hace ya, mucho tiempo- comenzó su historia Blanquita, acomodándose frente a la chimenea.
-Hacía poco más de un año que yo formaba parte de la familia. Cierta noche, me pareció sentir un ajetreo poco común. Era el 31 de diciembre de 1954. Corina iba y venía muy ansiosa. Me enteré que al finalizar la jornada viajaríamos al famoso campo. Pensó que se quedaría a pasar toda la temporada de vacaciones con sus tíos, razón primordial para que yo viajara con ella. Hacía más de un año que no iba al campo. Estando solo a 5 kilómetros del pueblo, era para ella el último rincón del universo. Un rincón mágico. Su estrecho contacto con todos los animales de la granja, la habían convertido en una niña extremadamente sensible. Cuando ingresó a la escuela, pupila en el Colegio de las monjitas, no hubo cosa que extrañara más, aparte de mí, por supuesto, que corretear libremente  por el campo. Había pasado un  año desde entonces. En el campo, había aprendido a andar a caballo casi al mismo tiempo que aprendió a caminar, a hilar con un huso pequeño que le había hecho el tío, batir la crema para hacer manteca. Era el lugar desde donde aprendió poco a poco a conocer el mundo en  que vivía. Corina al ser la más pequeña  de la familia, era la más mimada.  Aunque todos sus primos eran grandes, la prima Rosalía contaba con todas sus preferencias.  Ella se  encargaba de cuidarla, protegerla y a veces jugaba a asustarla. Se ponía una capucha en la cabeza y le decía:- Buuh…
Luego de un corto silencio, Blanquita siguió su relato:
         -Volviendo a la noche en cuestión. El matrimonio, luego de cargar una caja con toda clase de mercadería para festejar el evento, me corrijo, los eventos. No solo era un Año Nuevo, la tía había tenido, después de muchos años, una beba. Es decir, tenía una nueva primita. Llamaron un taxi y nos subimos a él. Me acomodé al lado de la niña, sentí, después de mucho tiempo, su tranquilizadora manito en mi cabeza. La había extrañado. A los pocos minutos, percibí una extraña tensión que recorría el interior del vehículo. El chofer no dejaba de mirar por el espejo retrovisor. Don Manuel dijo, con esa risa tan suya, minimizando todos los problemas que se suscitaban:
         -Parece que nos vienen siguiendo, vecino.
         -Es raro- dijo el chofer.
         -Hay un solo foco. Muy  grande y rápido para ser  bicicleta.
         El nervioso chofer, había aminorado la marcha.
         -No sé si usted ve, don Manuel, que la luz sube y baja muy rápido, agregó.
         - Detenga el coche y nos bajamos a mirar, dijo el padre de la niña.
         Las miradas de la madre, hacia atrás, eran furtivas y su miedo era visible.
         Corina se puso en alerta. En mis años de vida, nunca vi un par de ojos más parecidos a los míos. Los abrió de par en par y se quedó mirando, por la ventanilla del auto, una gran esfera brillante que luego de mantenerse sobre el vehículo unos minutos, e inundar todo, con una luz muy blanca, se perdió tras los cerros. Los dos hombres entraron al auto y guardaron un largo silencio. No tardamos mucho en llegar a destino. Abrieron la tranquera y subimos una pequeña loma. Una vez allí, salieron a recibirnos por lo menos cuatro perros. Aunque parecían amistosos, yo me pegué fuertemente a la niña, ya que naturalmente, nunca les podré tener confianza, ni simpatía. El chofer se veía con pocas ganas de regresar. Don Manuel le dijo con voz tranquilizadora:
         - No se preocupe amigo, debe haber sido algún fenómeno atmosférico de los que nosotros poco sabemos.
         Nuestra llegada estuvo llena de demostraciones de afecto y alegría. La mesa estaba preparada para la comida y con lo que iba saliendo de la caja de don Manuel, había comida asegurada para tres fiestas seguidas. Corina no ocultó su desilusión. Hacía un año que no iba y el centro de atención era Virginia, la recién nacida. La tía acostada, la casa alumbrada por faroles, Rosalía haciendo de anfitriona, no parecía la misma. Tuvo el sentimiento de no alcanzar a entender por qué todo resultaba misteriosamente forzado, incluso la alegría.
         Pero el tema de la noche, fue la misteriosa luz. Comentaron que era frecuente ver esas luces, porque había un vecino que era brujo y gente que decía que lo habían visto salir por la ventana de su casa, convertido en pájaro, Contaron muchos cuentos de brujos. Corina iba del miedo, al aburrimiento y quiso volver a casa. Uno de sus primos le hizo burla canturreando:
         -Corina está celosa…
         Don Manuel la tomó en brazo y le dijo:
         - En unos minutos viene el vecino a buscarnos, mientras tanto mira a tu primita cómo duerme, ¿No te gustaría un hermanito?
Corina dudó. Y se atrevió a decir:
         -No. Todos se rieron
         Pero lo que Corina tardaría muchos años en entender, fue lo que escucho más tarde, cuando su madre, creyendo que ella dormía, le dijo a Don Manuel:
-         ¡Pobre Rosalía! recién tuvo familia y el padre la hace trabajar, yendo de un lado para otro, como si con eso pudiera ocultar la verdad. Se hizo un silencio. Luego agregó molesta:
-           Mi hermana nunca supo defender a sus hijos.
         El padre no emitió comentario al respecto. Al cabo de un rato, dijo pensativo.
         -Son de esas cosas raras, que hacemos las personas, Y como para desviar la conversación, agregó:
          -Lo que me dejó intrigado fue esa luz.
         Después de eso, Corina anduvo un  poco pensativa, pensó que había perdido para siempre, ese lugar privilegiado en casa de la tía. Casualmente, esa  fue la última visita que la niña hizo al campo.
         Blanquita cerró los ojos, como si tratara de traer esas imágenes al presente.
         -Abuela, abuela, no te duermas…cuéntanos más.
         La gata se hizo un ovillo y se durmió.




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¡Deleite prometido!