viernes, 4 de julio de 2014

"La brutal modernidad de Kafka"- Marco Antonio de la Parra




3 de julio de 1883- Praga
Escritor, abogado.

Primeros párrafos de la novela (inconclusa) El Desaparecido, a la que Max Brod se atrevió a titular América:

I - EL FOGONERO



Cuando el joven de diecisiete años Karl Rossmann, que había sido enviado por sus padres a América porque le había seducido una sirvienta y había tenido un hijo con él, entró en el puerto de Nueva York a bordo de un barco que había reducido considerablemente su marcha, contempló la estatua de la diosa de la Libertad, visible ya desde hacía tiempo, como iluminada por un resplandor repentino de luz solar. Su brazo, portando la espada, se elevaba con ímpetu renovado y en torno a su figura soplaban los libres vientos.
«¡Qué alta!», se dijo, y como no pensaba en apartarse, fue empujado por las olas de mozos de equipaje que le adelantaban, hasta llegar a la borda del barco.
Un joven, al que había conocido de un modo fugaz durante la travesía, le dijo al pasar a su lado.
-¿No tiene ganas de desembarcar?
-Yo ya estoy listo -dijo Karl sonriéndole, y a continuación levantó su maleta sobre el hombro por altivez y porque era un joven fuerte.
Pero al ver que su conocido se alejaba en compañía de los demás, balanceando
ligeramente el bastón, se dio cuenta consternado de que había olvidado su paraguas abajo, en el interior del barco. Rápidamente pidió a su conocido, que no pareció muy feliz por ello, que fuese tan amable de esperar un instante al lado de su maleta; se hizo una idea del lugar en que estaba para poder regresar sin problemas al mismo sitio y se dio prisa. Abajo encontró, para su desconsuelo, que el pasillo por el que podría haber acortado considerablemente su camino estaba cerrado por primera vez, lo que sin duda se debía al desembarco de los pasajeros.
Por esta razón, se vio obligado a buscar con dificultad el otro camino a través de innumerables pequeñas estancias, por escaleras cortas que se sucedían interminables, por corredores sinuosos, a través de un camarote vacío con un escritorio abandonado, hasta que, como sólo había hecho este camino una o dos veces en compañía de otros muchos, se perdió irremediablemente. En su confusión, ya que no encontraba a ninguna persona y no dejaba de oír el roce de los miles de pies, así como, desde la lejanía, los últimos estertores de las máquinas ya paradas, comenzó a golpear sin pensar en una pequeña puerta, ante la que se había detenido su extraviado caminar.
-Está abierta -gritaron desde el interior, y Karl abrió la puerta con un suspiro de satisfacción.
-¿Por qué golpea la puerta como un loco? -preguntó un hombre gigantesco, apenas vio a Karl. A través de alguna claraboya, como si llegase ya gastada de la cubierta del barco, una luz turbia penetraba en el triste camarote, en el cual había una cama, un armario, una silla, y el hombre, permaneciendo todos juntos, como si hubiesen sido almacenados.
-Me he perdido -dijo Karl-; durante la travesía no me había dado cuenta, pero es un barco enorme.
-Sí, tiene razón -dijo el hombre con algo de orgullo, sin dejar de presionar con ambas manos el pestillo de un maletín, tratando de escuchar el ruido al cerrarse.
-¡Pero entre, no se quede ahí! -dijo el hombre a continuación-. No querrá permanecer ahí fuera, de pie, todo el día.
-¿No molesto? -preguntó Karl. -¡Bah! ¿Cómo va a molestar?
-¿Es usted alemán? -intentó asegurarse Karl, ya que había oído de los peligros que amenazaban a los recién llegados al toparse especialmente con irlandeses.
-Lo soy, lo soy-dijo el hombre.
Karl aún dudaba. Entonces el hombre asió sin más el picaporte y empujó la puerta, que cerró con rapidez, dejando a Karl en el interior del camarote.
-No puedo soportar cuando me miran desde el pasillo -dijo el hombre, que volvió a ocuparse del maletín-. Eso de que todo el que pase pueda ver lo que hago no lo aguanto.
-Pero el pasillo está completamente vacío -dijo Karl, incómodo por estar aprisionado contra las patas de la cama.
-Sí, ahora-dijo el hombre.
«Precisamente de “ahora” se trata -pensó Karl-. Resulta difícil hablar con este hombre».
-Siéntese en la cama, ahí tendrá más espació -dijo el hombre. Kart trepó como pudo y rió cuando fracasó en su primer intento. Apenas lo consiguió, exclamó:
-¡Dios mío, he olvidado mi maleta! -¿Dónde está?
-Arriba, en la cubierta. Un conocido cuida de ella. -¿Cómo se llama?
Karl sacó una tarjeta de visita de un bolsillo secreto que su madre le había cosido en el forro de la chaqueta.
-Butterbaum, Franz Butterbaum. -¿Necesita usted la maleta? -
Naturalmente.
-¿Y entonces por qué se la ha confiado a un extraño?
-He olvidado abajo mi paraguas y corría a recuperarlo, pero no quería llevar arrastrando la maleta. Luego me perdí.
-¿Está usted solo, sin acompañantes? -Sí, solo.
«Quizá debería fiarme de este hombre -se le pasó a Karl por la cabeza-, pues dónde podría encontrar un amigo mejor».
-Y ahora, por añadidura, ha perdido la maleta. Del paraguas, para qué hablar.
Y el hombre se sentó en la silla, como si el asunto de Karl hubiese cobrado interés para él.
-Creo que la maleta todavía no está perdida.
-Bienaventurados los que creen -dijo el hombre, y se rascó con fuerza su pelo corto, oscuro y espeso-. En el barco cambian las costumbres con los puertos. En Hamburgo, su Butterbaum tal vez habría vigilado su maleta, aquí lo más probable es que no quede rastro de ninguno de los dos.
-En ese caso, tendré que ir de inmediato a comprobarlo -dijo Karl, y miró a su alrededor para ver por dónde podía salir.
-Quédese -dijo el hombre, y le empujó hacia la cama dándole un golpe brusco con la mano en el pecho.
-¿Por qué? -preguntó Karl enfadado.
-Porque no tiene ningún sentido-dijo el hombre-, además, dentro de un momento me iré yo también, así que podemos salir juntos. O han robado la maleta, por lo que ya no hay ayuda posible, o el hombre la ha abandonado allí, por lo que podremos encontrarla más fácilmente cuando el barco esté vacío del todo. Lo mismo ocurrirá con su paraguas.
-¿Sabe orientarse en el barco? -preguntó Karl receloso, ya que le parecía que el argumento, por lo demás convincente, de que las cosas se encontrarían mejor en el barco abandonado, escondía algún truco.
-Yo soy fogonero del barco -dijo el hombre.

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