miércoles, 8 de enero de 2014

Sólo la Poesía puede entender el dolor


De nosotros/as, los/as profes de Literatura, se ha tejido con lanita bien apretada el tópico de que “vivimos en el aire”; para algunos/as, compartimos el ovillo con los/as colegas de Filosofía.

Lejos estamos del interés de rastrear la génesis del mismo. En realidad, por estos días, haber adquirido la capacidad de “vivir en el aire” y tener conciencia de ello, más bien resulta un privilegio: no de otra manera es posible tolerar la incertidumbre que, según las estadísticas sociológicas, despunta en la lista de los azotes desintegradores de la endeble condición humana. Todos somos “el trapecista” de Kafka, en definitiva, pero comprendemos que aceptarlo sea duro, incómodo, inconveniente; el rol del empresario está más a tono con la ideología del momento, es más pragmático.

Entonces, para ilustrar “una de las más difíciles artes entre las asequibles al ser humano” (como dice el narrador de “Un artista del trapecio”) vamos a proponer un sencillo episodio de la vida cotidiana, ocurrido en la tarde de hoy y no precisamente a ningún docente: suena el celular; atendemos; se trata de una señora que desea información sobre el Taller de Poesía. Se presenta: ejerce una profesión liberal universitaria. Hace unos cuantos años que escribe poesía sin recibir orientación alguna. Tiene hijos, uno padece una discapacidad irreversible; fue el motivador de su escritura. “Nadie entendía lo que yo sentía, ese dolor desgarrante; ni mi familia ni mis amigos, nadie. Por eso empecé a escribir. Tengo material de años”. Y se ríe plenamente, a raíz de un comentario jocoso acerca de que los uruguayos somos “tren de último momento” hasta para inscribirnos en un Taller Literario.

En Uruguay, es impactante la cantidad de trapecistas, aunque les cueste admitir a los pragmáticos. Muchos mantienen su arte en secreto durante largo tiempo. Pero siempre hay signos para reconocernos como habitantes serenos del circo del mundo. Sí, serenos, a pesar de que nos sabemos apoyados sobre la más débil de las  barras engastada a las cuerdas del piso.






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