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Te espero en el cine. Me vas a reconocer en seguida y yo también a vos. |
NIÑA CAPICÚA OCUPA LOS CINES
POR MARIAN SOLOMITA CHIARELLI – 20/04/2013
PUBLICADO EN: NOTICIAS.UY
Alfredo Soderguit tiene casi 40 años. No los representa, aunque
dice que haciendo Anina le salieron dos mil canas. Fue un proyecto que siguió
la lógica del hombre orquesta, explica. Habla con una calma envidiable, a punto
de estrenar su primer largometraje protagonizado por una niña animada de 10
años y pelo rojo que ya debe parecerle real.
En el estudio en el que ocurre esta
charla Soderguit trabajó nueve años sobre un mismo proyecto. En Parque Rodó, a
media cuadra de Bulevar España, suenan muchas alarmas y bocinas pero él no se
inquieta. Hay rastros de Anina por todas partes, más que un personaje como si
se tratara de un familiar. Cerca de su escritorio una postal pegada en la pared
muestra el dibujo de una niña de pelo colorado y desprolijo bastante parecida a
la Anina que está en los cines. Soderguit antes que ser cineasta es ilustrador
de libros infantiles y así fue que conoció la historia de una niña con tres
nombres palíndromos, que luego de una pelea con una compañera de clase recibe
un particular castigo por parte de la directora de su escuela. Un sobre negro,
lacrado, que no puede abrir hasta que ella lo indique. La ansiedad por saber
qué contiene el sobre la llevará por aventuras más y menos divertidas, incluso
a atravesar terroríficas pesadillas, “para Anina entender el contenido del
sobre se transforma, sin que ella lo sepa, en entender el mundo y su lugar”.
Anina Yatay Salas es una creación
del uruguayo Sergio López Suárez, un
maestro que le encargó a Soderguit la ilustración de su libro. Y él vio una
película: un largometraje de animación en un tiempo en el que hacer una
película de este tipo en nuestro país era una quijotada que solo Walter
Tournier creía realizable.
Hace 9 años el padre de la
animación uruguaya daba los primeros pasos de Selkirk: el verdadero Robinson
Crusoe y Soderguit se reunía con un escritor de libros infantiles para
proponerle que se hiciera cargo del guión de Anina. “En el momento en que
ilustré la novela casi inmediatamente conocí a Federico Ivanier (Martina
Valiente, Lo que aprendí acerca de novias y fútbol, Música de vampyros, entre
otros títulos) y empezó a trabajar en el guión. Estuvimos dos años así, él
escribía y me consultaba cada tanto. No teníamos idea de cómo hacer una
película pero teníamos la convicción de que de alguna manera la íbamos a hacer.
Pero no estábamos en un plan desesperado de buscar la forma de hacerlo. Me
parecía importante imaginármela lo mejor posible, hacer el guión más sólido que
se pueda; que fuera un trabajo que hacíamos por el gusto de hacerlo.”
PRIMERO LO PRIMERO.
El dibujo en la vida de Soderguit
empezó con el encargo de una directora, que a lo lejos uno imagina que debe
parecerse a la de su película. En un gesto que se siente infantil, este
dibujante habla de ella con el nombre y apellido: “Lo más cercano a lo
profesional que había hecho era que la directora del liceo de Rocha, Blanca
Mora, me pedía que le hiciera unos garabatos en las tarjetas que mandaba como
agradecimiento a todos los colaboradores del liceo. Y me pagaba”, cuenta
sonriente.
En ese liceo hizo su primera
animación. “El último trabajo del año de la clase de literatura era sobre El
viejo y el mar y a mí me daba pereza hacer un análisis intelectual de la obra y
justo tenía a un amigo en Rocha que estaba trabajando en una pequeña empresa de
publicidad y le propuse hacer dibujos animados. Armamos un grupo de unas 10
personas de las cuales ninguno sabía dibujar pero los hicimos dibujar y armamos
el trabajo, bastante tosco, con cierta técnica artesanal muy precaria pero
usada con ingenio. No tenía nada de reflexión literaria pero todos pasamos con
12″.
Por esa época, en Canal 10
también quedaron impactados. Presentó este trabajo en un concurso que
organizaba el canal junto a la Embajada de España y consiguió una mención a la
creatividad, “claro, vieron que éramos unos chiquilines y nos dieron para
adelante. Nos pusimos muy contentos”.
Como muchos artistas
audiovisuales de este país, Soderguit llegó a Montevideo para estudiar
arquitectura. “En mi casa yo sabía desde mis 10 años que iba a ir a la
Universidad. Un poco el Uruguay es así, yo vengo de una familia de trabajadores
y la proyección siempre fue que los hijos tengan una carrera. Estaba cantado
que si te gusta dibujar hacés arquitectura. Estudié tres años y en paralelo
Bellas Artes. En mis últimos años en Bellas Artes se abrió el área de
Multimedia, se instalaron computadoras, programas, fuimos la primer camada que
se metió en esa área”. Un tiempo después, junto a otros colegas formó el
colectivo artístico Operativa Simbólica que hacía instalaciones de gran escala
en la ciudad y algunos trabajos experimentales audiovisuales. Varios de ellos
hoy hacen cine. Luego estudió dirección de arte en la Escuela de Cine y ahí
conoció a dos estudiantes que habían puesto una productora cinematográfica,
Rain Dogs. Germán Tejeira y Julián Goyoaga son dos eslabones que harían posible
la realización de Anina.
“Fue la típica ` ¿Ustedes hacen
cine? yo tengo un guión`. Ellos me plantearon que recién estaban empezando pero
que les interesaba producirlo. El primer fondo al que se presentó Anina fue el
FONA, en 2006, y lo ganamos. Ahí empezó la máquina de cómo lo hacemos. El
proyecto gusta, tenemos un apoyo, ¿alcanza con esto? El presupuesto es 10 veces
mayor hoy”.
PASO AL FRENTE.
Anina llegó ayer a las salas de
cine, lograrlo llevó 9 años. En el proceso se consiguió una importantísima
co-producción con la productora colombiana Antorcha Films (que se encargó de
contratar los servicios para los retoques de sonido y el proceso de
laboratorio), el premio mayor de los Fondos de fomento que entrega el Instituto
de Cine local, el apoyo de Montevideo Socio Audiovisual, de Ibermedia y del
fondo suizo Visions Sud Est. Además colaboraron varias empresas privadas
uruguayas y colombianas. “Esto se pudo hacer pero a mí me salieron dos mil
canas. Es un chiste, pero son muchos años. Es un camino lleno de imprevistos,
no que te tiren el proyecto al suelo sino imprevistos que vas aprendiendo sobre
la marcha. Más que imprevistos tiene aprendizaje. Toda la gente que se
involucró (un equipo de 35 personas) lo tomó de esa manera: como un proyecto
lindo de participar, donde se dejó el corazón. Nadie sufrió haciendo Anina pero
sí significó una inversión muy grande de energía, de tiempo, por eso es muy
difícil pensar ahora cuál es realmente el costo de hacer una película así.” Los
números fríos dicen que costó 600 mil dólares. “Un proyecto de animación que
cueste el triple que Anina sigue siendo barato. Realmente creo que es una
situación que tiene más que ver con el aprendizaje de cómo hacer las cosas.”
Esta película, la segunda de
animación que se realiza en el país, es un paso más. Soderguit enumera a otros
referentes, Walter Tournier, Tunda Prada, el estudio Coyote. El avance en
animación es permanente, opina, el tema está en desde dónde se mire ese
desarrollo: “capacidad y posibilidades de hacer cosas hay, el tema es que no
hay posibilidades claras de sostener un equipo grande de trabajando estable. Lo
que no está desarrollado acá es eso, una base de producción de animación
estable donde haya 60 personas trabajando haciendo películas. De repente el
caso de Anina y Selkirk son ejemplos de eso, de cómo articular las
posibilidades para que las cosas sean viables y realizables. Hay que pensar en
toda una estructura de trabajo que incluye una casa, el equipo, los sueldos, un
método para ordenar los procesos de producción. Pero nada de esto quiere decir
que sea inviable”.
El estudio que Soderguit comparte
con los ilustradores Alejo Schettini (director de animación de Anina) y Claudia
Prezioso, y que se llama Palermo, acaba de trabajar en un cortometraje y tiene
previsto el rodaje de otro.
PUNTO UY.
“Mi forma de trabajar va por ese lado: ir
viendo las obras de otros e ir buscando algo que me inspire”. En estos días,
mientras su ópera primera agota entradas en festivales de Colombia y Argentina,
y conquistó al exigente público del Festival de Cine de Berlín, Alfredo
Soderguit lee libros buscando una nueva historia. “No buscando otra Anina
especialmente pero sí, capaz que es un vicio del trabajo de ilustrador, agarrar
al texto de otro y reinventarlo con tus imágenes”.
En la técnica que se utilizó para
dibujar y animar a Anina se notan esas raíces del dibujante. Se llama puppets
digitales y es como ver muñecos de cartón recortados y animados por
computadora. Los fondos develan el trazo del lápiz. “En esa apariencia de
ilustración en papel, de ilustración de literatura, encontramos muchas
posibilidades expresivas para contar la historia como queríamos. Fue un gusto
personal mío y del equipo porque la mayoría somos ilustradores. Nos sentíamos
cómodos con esa forma de trabajar porque es la estética con la que sentimos que
podíamos hacer algo con una carga sensible. Nosotros no hacemos 3D al estilo
Pixar entonces no sabemos expresar las cosas de esa manera”, explica.
Esta, reconoce y se reconoce, es
una de las decisiones fundamentales que hacen de Anina un film con un lugar
propio. No se imitó a otras animaciones. El universo de esta película es
artesanal y nuevo. Además del gusto en esta opción hay también una viabilidad
económica. Ganó el ingenio, se utilizó el arma más fuerte del equipo, que es la
experiencia como ilustradores, para crear un mundo estético muy elaborado,
donde descubrir el más mínimo detalle da una especie de placer.
HOMENAJE/PLAGIO/PRÉSTAMO
Así llama Soderguit a los guiños
cinéfilos que se reconocen Anina. Tomó sombras y formas propias del
expresionismo alemán y puntualmente de El gabinete del Doctor Caligari para una
de las pesadillas. Además hay una secuencia que recuerda a The Wall aunque el
director dice que sobre todo se inspiraron en una escena de El rey león. Otros
directores referentes fueron Jim Jarmusch, Béla Tarr, Hayao Miyazaki, Silvain
Chomet y Stanley Kubrick.
La película presenta también un
tratamiento bien interesante del cotidiano uruguayo. Por un lado se utiliza al
clásico barrio, las típicas comidas (fideos, milanesas con papas frías, hacer
tortas fritas cuando llueve), música (hay temas de La Tabaré, de Alejandro
Balbis y de Dino muy bien utilizados), expresiones y costumbres rutinarias
(como volver en ómnibus de la escuela y que se suba un músico a cantar una
canción, contar los números que aparecían en los boletos, que se envuelvan los
huevos en un papel de diario) como forma de generar identificación en el
espectador y hasta de humor. Anina funciona también como una película espejo de
lo que conocemos. “Capaz que no es lo más importante, pero sí una de las cosas
más encantadoras que tiene la novela es que está escrita desde un lugar muy
naturalista, muy humano y muy profundo. Sergio López, el autor, trabaja desde
lo que conoce, desde lo que percibe, entonces no tenía ningún sentido que la
historia sucediera en un mundo neutro. No hay que entender la animación como
algo situado en mundo siempre de fantasía. Hay una apariencia y un contexto. Se
sitúa a la película en un lugar concreto, los personajes hablan de una manera,
la idiosincracia, la cultura está presente como contexto. No es el tema de la
película. La película puede pasar en cualquier parte del mundo”.
AUTO NO CARRO.
En primera instancia se pensó en
doblar las voces a un español neutro para la exhibición en Colombia pero al
escuchar la versión uruguaya desistieron. “Las voces son encantadoras. Si bien
en todo lo que es mercado para niños globalizado hispanoparlante, la tendencia
es que se hable en un español que no se habla en ninguna parte del mundo,
también se conocen un poco los acentos y los niños en general son los que más
los toleran. En Cartagena de Indias proyectamos la película para 1.700 niños
entre 9 y 14 años que gritaron, aplaudieron, patearon pero nadie dijo ‘qué raro
que hablan’. Hay muchas referencias personales en la película, y muchas a la
cultural local, porque sentimos que esas cosas la cargan de sentimientos y
sobre todo la cargan desde el interés de la película. La enriquecen”.
La riqueza de Anina pasa por un
lado emocional. La película toda, al igual que suele suceder en sus pares
japonesas, trabaja en torno al crecimiento emocional del personaje protagónico.
Anina es una niña que odia su nombre que al poder leerse de atrás para adelante
y sonar de la misma manera, es objeto de las burlas de sus compañeros, sobre
todo de Yisel, a quien Anina apodó “la elefanta”. Lejos de ser una niña tímida,
el film acompaña una semana de su vida, entre que se pelea con Yisel y recibe
el castigo de la directora, hasta que finalmente debe presentarse frente a ella
para escuchar el castigo. En esos días Anina se enamorará de un compañero,
alentará a otro a una arriesgada demostración, jugará a los detectives con su
mejor amiga, discutirá el porqué de sus nombres y la forma de educar a los
niños. Y soñará mucho. Estos sueños que suelen ser pesadillas, alcanzan tonos
surrealistas y hasta del terror, acudiendo varias veces al género musical. Son
las partes más arriesgadas del film y una muestra de la belleza e inventiva de
la animación creada por el equipo. Desde este punto de vista Anina no es una
película que pensó únicamente en los niños. Se pueden reconocer guiños –
homenajes a la historia del cine.
“Cuando ilustro novelas
infantiles no lo considero algo infantil porque es parte de mi vida como
adulto. Creo que desde ese lugar en las películas las cosas infantiles no son
solo para niños. Es un error pensar así. Hay cosas hechas solo para niños que
generalmente son un desastre, porque las cosas hechas para ese público tiene
que tener un montón de valores ya sean plásticos, narrativos, artísticos, que
también tienen que significar algo para los adultos porque si no es como si las
recortaras para hacerlas fáciles. Creo que la única manera de narrar para niños
es no pensar específicamente en niños”.
Esta nota se publicó el sábado 20 de abril en la revista Sábado Show.
De: PARAVER.com.uy
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