domingo, 23 de junio de 2013

Cualquier dictadura, no importa su signo político, es una situación degradante para toda la humanidad

Ana Ajmátova
Odessa -  23 de junio de 1899

Nacida en Odessa, en 1899, Ana Ajmátova veía transcurrir muellemente su privilegiada juventud en una pequeña villa de la residencia de veraneo del Zar, cuando contrajo matrimonio con Nikolai Gumielev a los veintiún años. El ritual obligado de la cultura rusa de entonces no tardará en cumplirse. Al año siguiente de la boda, Ana viaja a París, se hace amiga de Modigliani, quien ejecuta 16 retratos de ella (de los cuales uno solo ha sobrevivido), y a su regreso a la querida patria comienza a escribir seriamente.

Es la época de las escisiones dentro de la corriente simbolista rusa, pese a los afanes ortodoxos de su sumo sacerdote, Viacheslao Ivánov. De las prestigiosas reuniones semanarias a las que Ajmátova asiste, pronto surgirán dos grupos disidentes, a su vez opuestos entre sí: los futuristas y los acmeístas. El ala radical  está representada por los futuristas, de los cuales Mayakovski es uno de sus principales exponentes: niegan el lenguaje poético y exigen la autonomía de las palabras, introduciendo el lenguaje coloquial para lograr un deliberado efecto antipoético.

Por su parte, el acmeísmo significa una ruptura total con el viejo simbolismo. Sus cultivadores más notorios: Gumielev, Ajmátova y Osip Mandelstam, cuestionan directamente la actitud vital de los simbolistas. Les gusta llamarse a sí mismos artesanos, pues consideran al lenguaje como a cualquier otro material del que deben aprenderse sus cualidades naturales y sus limitaciones. Rechazan, por ello, las diferenciaciones entre lo poético y lo no-poético. Con toda legitimidad, cualquier percepción o experiencia puede ingresar en la esfera creativa del poeta. Pero no había radicalismo populista o político alguno en esa postura. Se trataba en esencia de una aproximación religiosa al fenómeno poético, que concebía a la vida como una dádiva. Había la convicción de que para agradecerla mejor eran indispensables tanto la tradición de los valores judeocristianos de Occidente como la religión misma.

Sin embargo, la evolución posterior de la poesía de Ajmátova estará en gran medida determinada por la irrupción de la Historia en la vida personal de la mujer. Habiendo visto naufragar su matrimonio y obtenido el divorcio en 1918, apenas seis años después del nacimiento de su único hijo: León Gumielev, durante la hambruna desatada por la Revolución de Octubre, Ana gana su ración trabajando como bibliotecaria en el Instituto de Agronomía de Petrogrado, sin dejar de asistir junto con Mandelstam a la Academia de Artes para ofrecer recitales de poesía en beneficio de los heridos. Después de publicar su tercer volumen de versos, sufre la violenta pérdida de su ex esposo en 1921, fusilado por los bolcheviques tras haber sido condenado por participar en una conspiración en contra del nuevo régimen. Este oprobioso acontecimiento pesará como un estigma sobre Ajmátova y su hijo hasta el fin de sus días. Hubiera sido fácil para ella refugiarse en París o en otra ciudad europea, como tantos otros miembros de su clase social, pero el acendrado amor que tenía hacia su patria hacía impensable ese proyecto.

El terror stalinista será implacable con la víctima propiciatoria. El Comité Central del Partido Comunista dicta desde 1925 “instrucciones especiales” para que no se publique ni un verso más de Ana Ajmátova. A lo largo de diez años, su silencio será casi total, hasta que, en 1935, su hijo sea arrestado durante la ola represiva que levantó el asesinato de Kirov. En apariencia, el apellido de Gumielev había sido razón suficiente para pronunciar la acusación en contra del muchacho.

Una vez transcurrido su primer invierno bélico en el sitio de Leningrado, Ajmátova debe ser evacuada a un distante lugar del Asia Central, donde pasa varios años al lado de la viuda de Mandelstam. Hacia el final de la sangrienta Segunda Guerra finca de nuevo su residencia en Leningrado, dispuesta a resarcirse como escritora. Pero en 1944, al concluir un recital suyo en el Museo Politécnico de Moscú, es aclamada de pie por tres mil asistentes. “¿Quién organizó esa ovación?”, rugirá Stalin al enterarse. Es el preludio de un nuevo congelamiento, que se hace oficial en 1946, cuando la segunda prohibición para la publicación de sus obras se acompaña de una larga declaración de un miembro prominente del Politburó en la que se acusa a Ajmátova de “individualista”, de que sus temas son “ajenos a las masas” y de que recurre a “elementos de tristeza, nostalgia y misticismo”.

Una acusación semejante sólo podía tener como corolario, entonces, el arresto inmediato. En este caso específico fue el hijo quien debió padecer su tercer arresto. Temiendo un cateo similar al que había presenciado como consecuencia de la aprehensión de su amigo Mandelstam en 1934, Ajmátova quema en una estufa su vasta obra inédita. Años más tarde tratará de reconstruirla parcialmente, habiéndose perdido para siempre una obra de teatro dirigida contra el régimen stalinista, el cual deberá haber llegado a su término para que, en 1956, pueda ser liberado León Gumielev, sólo dos meses antes de que se celebre el xx Congreso del PCUS y Krushev denuncie al Padre Stalin en su Discurso Secreto. Diez años después, fallece la anciana.

El signo de la poesía de Ana Ajmátova es el de la transparencia. Se explica por sí misma. Surgida en uno de los periodos históricos más convulsos y contradictorios de nuestro siglo, se levanta como un testigo excepcional de los sucesos circundantes. Elabora un conmovedor testamento para las generaciones posteriores que, como Ana creía firmemente, nunca dejarán de amar la poesía, aun en los tiempos más difíciles.

Cristiana ortodoxa, azotada por los rigores de la revolución y la guerra antifascista, proscrita como indeseable por el realismo burocrático llamado “socialista”, pervive a pesar de todo como una gran poeta, conservando intactas hasta hoy su vitalidad y su frescura. Ya lo decía Osip Mandelstam, el amigo entrañable: toda gran poesía es una respuesta al desastre total.

Kyra Galván
De: Material de Lectura

 
Con su primer marido y su hijo

Diálogos en la historia: Isaiah Berlin y Anna Ajmatova

El siglo XX ha sido un privilegiado campo de pruebas de varias doctrinas político-filosóficas, que se percibían a sí mismas como acendradas redentoras de una humanidad oprimida por la libre iniciativa individual.

Se cuenta que en los años más negros de Europa, un gran poeta estaba preso en un campo nazi de concentración y que a pesar de todo el horror y las torturas que veía y padecía, continuaba escribiendo sin pausa. Necesitaba contar lo que sucedía; para esto ideó un sistema para engañar a sus carceleros y mediante el cual fuese posible salvar su dramático testimonio. El poeta escribía su obra en la oscuridad, introducía poco a poco los papeles en botellas y las enterraba en el campo de sufrimiento, allí donde estaba recluida su peligrosa voluntad poética. Se ignora de quien se trataba: quizás nunca existió. No importa demasiado su identidad; ni siquiera si se trata era un ser existente o imaginario.

De lo que se trata, sin embargo, es de pensar que ese episodio conmovedor, trágico, es solo un ejemplo, tal vez meramente literario, de numerosos casos iguales, o peores, de los que el siglo XX es desgraciadamente un productor inigualable. Hay un punto extremo, un lugar al que parece imposible acercarse con el lenguaje. Como si el lenguaje tuviera un borde, como si fuera un territorio con una frontera, después del cual está el silencio. ¿Cómo narrar el horror? ¿Cómo transmitir la experiencia del horror y no solo informar sobre él? Muchos escritores del siglo XX han enfrentado esta cuestión: Beckett, Kafka, Primo Levi, Anna Ajmátova, Marina Tzvetaieva, Paul Celan. Al abordar la experiencia de los campos de concentración, la experiencia del Gulag, la experiencia del genocidio, la literatura demuestra que hay acontecimientos que son demasiado difíciles, cuando no imposibles de transmitir.

Estas páginas pretenden rememorar las consecuencias de lo que fue quizás uno de los encuentros más ejemplares de lo que puede lograr un estado totalitario en su afán represivo contra la cultura: la noche del 20 de noviembre de 1945, cuando se encontraban en Leningrado Isaiah Berlin y Anna Andreevna Ajmátova.

UNA ATMOSFERA

Isaiah Berlin ya conocía Leningrado; durante su infancia, en esa ciudad estuvo su hogar, antes de emigrar a Inglaterra, donde transcurrió la mayor parte de su intensa y brillante vida académica. Además, Berlin hablaba ruso a la perfección y constituía, junto a su amigo Maurice Bowra -un viejo profesor de estudios clásicos de Oxford y uno de los mayores especialistas en literatura rusa del Reino Unido - y a Oliver Elton, los tres pilares del estudio de la literatura y el pensamiento ruso en Inglaterra. Fue precisamente Bowra quien entusiasmó a Berlin con respecto a la figura de Ajmátova.

Berlin había sido enviado en misión diplomática a Rusia, hecho que lo lleva primero a Moscú, y más tarde a visitar la ciudad de Leningrado, atraído tanto por su afición a los libros antiguos como por la literatura rusa pre-bolchevique, que todavía era posible encontrar en las viejas librerías que proliferaban en la ciudad. Así, pues, fueron los libros más que la nostalgia los que atrajeron a Berlin a Leningrado .(1)

Así pues, acudió a la ciudad desde Moscú; llegó a ella un día gris, de finales de noviembre, acompañado por Brenda Tripp, una joven química que representaba al British Council, y ambos se alojaron en el viejo hotel Astoria, en habitaciones separadas.

Al día siguiente, y luego de visitar la antigua casa de Berlin, acudieron a una librería de viejo en el centro de Leningrado, en la avenida Nevsky, donde encontraron a numerosos y entusiasmados escritores que, un tanto escondidos, husmeaban entre los viejos libros e intercambiaban ideas animadamente.

Dentro de esta librería, Berlin inició una conversación ocasional con el crítico e historiador Vladimir Orlov, a quien le preguntó acerca de los escritores de la ciudad, mencionándole dos nombres: Mihjaíl Zoschenko y Anna Ajmátova, una poetisa de la era prerrevolucionaria, a quien el régimen soviético no le había permitido publicar nada desde 1925. El primero de ellos casualmente estaba en esos momentos en la librería, pero en un estado tan deplorable que Berlin no se animó sino a darle la mano simplemente. La otra persona, Ana Ajmátova, estaba aún con vida, y vivía a pocas manzanas de la librería, en Fontanny Dom (la casa de la fuente); esto resulaba algo problemático, dado que Berlin no había leído nada de Ajmátova: desconocía totalmente su obra. Para él no era sino un nombre mítico de la intelectualidad rusa, que solo conocía porque su amigo Bowra había traducido algunos de sus primeros poemas para una publicación de antología de la poesía rusa.

Superado Berlin por tal situación, le preguntó a Orlov si era posible visitar a aquella leyenda viviente, a lo que su ocasional contertulio contestó que no habría dificultad alguna y, procedió a efectuar una llamada telefónica para concretar una cita, que fue concedida inmediatamente,

Al llegar, Berlin y Orlov subieron una oscura escalera empinada, hasta encontrar al humilde domicilio de la poetisa. El mismo constaba de un ambiente con una mesa pequeña, tres sillas, un arcón de madera, un sofá y una cama. Las paredes y los pisos estaban descubiertos, si bien podía verse perfectamente, sobre una estufa apagada, un retrato de Ajmátova que su amigo Amedeo Modigliani le había dibujado y regalado en 1911, cuando se encontraron en París.

La mujer se incorporó lentamente para saludar al primer visitante (2) llegado de aquel admirado mundo que era Occidente; parecía un enviado de una civilización, tan distante como venerada, que le despertaba hermosos recuerdos de su lejana juventud.

Tenía veinte años más que Berlin; había sido muy hermosa, pero ahora estaba muy venida a menos, con algunos quilos de más, el cabello gris y notorias sombras bajo sus ojos, que continuaban sin embargo siendo muy intensos; poseía además un inmenso aire de reina trágica que Berlin no había comprendido muy bien hasta ese momento. Su legendaria belleza formaba parte de su historia, pero su porte continuaba siendo arrogante y su expresión de una dignidad distante y magnífica; gestos suaves y severos, una noble cabeza, y una expresión de gran tristeza que bañaba visiblemente todo su semblante.

Anna Andreevna Ajmátova sacudió de manera cuidadosa y pausada el chal blanco que caía sobre sus hombros y les saludó amablemente. Se sentaron en el viejo mobiliario, ubicándose cada uno de ellos en una esquina de la pieza, y dieron comienzo a un intenso diálogo que surcaba el frío aire de la oscura habitación. Berlin solo sabía de ella que en sus tiempos de gloria había sido muy hermosa; musa inspiradora de los círculos poéticos de la Rusia prerevolucionaria, más precisamente el de los Acmeístas, y que había sido una asidua visitante del "Café del Perro Vagabundo", centro de reuniones de la "avant-garde" de San Petersburgo. Pero nada sabía Berlin de los agitados y dramáticos acontecimientos que le había tocado vivir después de la revolución.

Las Vicisitudes Anna Ajmátora

Su aire trágico no era fingido ni actuado; por el contrario, Ajmátova había sido víctima de horribles apremios por su condición de escritora, aunque apenas si había tenido alguna participación en política. Su primer marido, Nikolai Gumilyov, fue asesinado (ejecutado) en 1921 tras ser acusado de participar en una conspiración monárquica contra Lenin. Los años difíciles para Ana Ajmátova comenzaban de una manera por demás expresiva y cruel.

El régimen stalinista aplicó a Ajmátova una de las peores penas que se le pueden imponer a un escritor: no publicar absolutamente nada de su frondosa creación poética entre 1925 y 1940, y la obligó a trabajar en una biblioteca de un instituto agrario para poder sobrevivir; allí traducía y hacía estudios críticos sobre diversos autores.

Como si todo esto fuera poco, en marzo de 1938, su hijo Lev Gumilyov fue detenido por la dictadura stalinista, y por diecisiete meses ella no supo absolutamente nada de él. Esto provocó un cambio en las actitudes poéticas de Ajmátova, quien pasó a convertirse en poeta de la desesperación, mientras peregrinaba sin cesar, dada la persistente postura negativa de los carceleros de su hijo.

Pero la amargura de Ajmátova, su vívida tragedia, no radicaba en estos temas, que pueden ser catalogados de alguna manera como personales; le resultaba también doloroso,- como lo recuerda su querida amiga Lydia Chukoskaya- la lúgubre ceremonia con que la poetisa solía concluir la lectura pública, susurrada, de algunos poemas: estas reuniones casi prohibidas terminaban invariablemente con la conmovedora imagen de Ajmátova sujetando sus manuscritos encima de un cenicero, mientras la silenciosa audiencia observaba, atónita y con resignación, cómo el producto de aquel genio poético se incendiaba entre las manos de su propia creadora, quien observaba impasible el tremendo ritual con una mezcla de altivez y tristeza, que dignificaba de alguna manera el insostenible atentado a la literatura que se estaba perpetrando en esos oscuros salones. (3)

Luego de un breve transcurso de su vida, en el que vivió en Tashkent (1941-44), junto a Lydia Chukovskaya y a su siempre fiel amiga Nadezhda Mandelstam, esposa de Osip Mandelstam, y durante el cual se le permitió publicar un censurado libro denominado "Poemas escogidos", regresó a la desolada ciudad de Leningrado, a esta altura completamente destruida por la guerra, y con un vago resplandor de su otrora glorioso pasado.

A finales del verano de 1945, su hijo Lev regresó a su casa. Es posible que la liberación de su hijo haya tenido alguna influencia en la respuesta afirmativa de Anna para que un desconocido funcionario de la embajada británica le visitara en ese momento; exponerse por esos años a la visita de Berlin bien podía haberle complicado aun más su vida, aunque, como veremos, esta presunción no estaba demasiado desacertada.

La interrupción de Churchill

El primero de los encuentros entre los dos personajes tuvo algo de emotivo y algo de cómico; Vladimir Orlov, el crítico literario al que Berlin había conocido en la librería de antiguos, y una "dama universitaria" de cierta índole, estuvieron presentes en esta primera aproximación entre los dos.

Costó romper el hielo. Berlin, bastante nervioso, inició una conversación protocolar y cortés, preguntándole amablemente -no sin antes darle las gracias por su amabilidad al recibirlo- por su estado de salud, dado que "no se había sabido nada de ella durante muchos años". Isaiah comienza a preocuparse por su absoluta falta de conocimiento acerca de la trayectoria intelectual de Ajmátova; simplemente la conocía como quien conoce a un mito tan legendario como distante. Ante la afirmación de Berlin, ella apresuradamente lo corrige, diciéndole que se había publicado un artículo suyo en "The Dublin Review", y además -poniendo un gesto de majestuosidad intelectual-, que se estaba escribiendo una tesis doctoral sobre su obra en la Universidad de Bolonia. Tratando de continuar la conversación, ella le preguntó cómo estaba Londres luego de los bombardeos alemanes de la segunda guerra, a lo que Berlin contestó lo mejor que pudo, pero sin saber que la poetisa había escrito "A los londinenses" en 1940, expresando el terror que le producía saber que Londres era bombardeada.

En este preciso momento, interrumpe la conversación un grito potente y extraño que viene de la calle. En un primer momento Isaiah pensó que estaba soñando. No era posible que eso estuviese sucediendo: una fuerte voz repetía incesantemente su nombre desde el patio: ¡Isaiah! ¡Isaiah! Interrumpiendo nerviosamente la conversación, Berlin se asomó por la ventana para ver qué sucedía, y ante su estupor observó claramente y con sorpresa a un hombre de pie en medio del patio inferior: se trataba de Randolph Churchill, hijo de Sir Winston Churchill, que vociferaba desde el patio como si fuera un estudiante que, habiendo bebido algunas copas de más en un día de fiesta en los jardines de Christ Church- lugar donde había conocido a Berlin en sus días de estudiante en Oxford-, clamara insistentemente por su presencia.

Berlin se disculpó nerviosamente y bajó corriendo, seguido por Orlov. Llegados al patio, vino el momento de las presentaciones. En ese preciso momento se firmaba la publicidad del encuentro; Orlov, luego de saludar al hijo de Churchill, cambió de pronto su expresión de sorpresa por un visible y súbito pánico, y se retiró apresuradamente. A partir de este momento se empezaron a correr rumores sobre la presencia de Winston Churchill en Leningrado y un posible "rescate" de Ajmátova con intenciones de trasladarla a Occidente. En realidad, lo único que sucedía era que Randolph Churchill estaba en Leningrado como periodista, en nombre de la Alianza de Publicaciones Norteamericanas, y, habiendo llegado al Hotel Astoria luego de perder a su intérprete ruso, protestaba por la incomprensión idiomática que estaba viviendo en el hall del hotel; sus gritos llamaron la atención de miss Brenda Tripp, quien le informó de la presencia de Berlin en la ciudad, comentándole casi con exactitud en qué lugar se hallaba. En realidad, el problema central de Churchill consistía en lo siguiente: quería que Berlin volviera al hotel y explicara a los recepcionistas que el caviar que había comprado en una tienda cercana había que conservarlo en hielo; esta era la única y absurda finalidad de la interrupción.

Berlin regresó entonces al Hotel Astoria, y luego de cumplir con su papel de intérprete entre Churchill y los recepcionistas del hotel decidió llamar a Ajmátova para disculparse por el incidente y acordar una nueva cita: "Lo espero esta noche a las nueve" fue la respuesta de Ajmátova.

Por sus propios versos sabemos que la poetisa esperó su llegada con impaciencia: Contento oí sus pasos / En la escalera, su toque en el timbre / Tímido como las yemas de los dedos de un joven / Que tocan por primera vez a una muchacha. (4)



EL PRIMER ENCUENTRO

Cuando Ajmátova abrió la puerta, Berlin percibió con una mirada rápida que su anfitriona no estaba sola; había otra señora, una especialista en arte asirio, que resultó ser una de las discípulas de su segundo esposo –el asiriólogo Shileiko-, quien comenzó rápidamente a interrogar a Berlin acerca de la vida y las características generales de la educación universitaria británica, mientras Ajmátova permanecía en silencio escuchando con respeto, pero demostrando no tener demasiado interés en la conversación. Permanecieron así, conversando los tres hasta la medianoche, en ese momento la estudiosa de los asirios decidió retirarse del lugar, despidiéndose amablemente.

Cuando la asirióloga se retiró, cambió mágicamente el clima de la conversación. La atmósfera de la habitación se alteró completamente, se tornó súbitamente más personal y confidencial. La habitación estaba mal iluminada, casi en penumbras. Ella estaba sentada en una esquina de la habitación, y él en la opuesta, calmando sus nervios mientras fumaba unos pequeños puros suizos con boquilla de plástico. Entre el humo de los puros de Berlin y la oscuridad reinante en la habitación, se hacía extremadamente difícil percibir con claridad los detalles de los rostros, además de crearse un extraño clima, sombrío pero íntimo.

Ajmátova rompió finalmente el silencio y comenzó a preguntarle sobre antiguos amigos de su época gloriosa, casi todos emigrados a Europa occidental luego del triunfo de la Revolución.

Berlin, para la sorpresa de Ajmátova, respondía a cada pregunta con algún dato interesante y novedoso. Parecía conocer a todas sus antiguas amistades.

Estas respuestas emocionaban a una Ajmátova que se preguntaba cómo era posible que este joven que venía de tan lejos le trajera tantas noticias de su vida pasada; a su manera, este joven estaba haciendo de mensajero entre las dos culturas rusas: una en el destierro exterior, la otra en una suerte de exilio interior, severamente reprimida y temerosa, ambas separadas trágicamente por los acontecimientos revolucionarios.

En ese tema Ajmátova se mostraba categórica y no dudaba; si bien comprendía la decisión de sus colegas, jamás la imitaría. Su autoasignado lugar estaba entre su gente y su inspiración poética continuaría expresándose en su lengua madre; ni siquiera imaginaba una alternativa; se entendía a sí misma como una musa omnipresente de su lengua nativa.

En un momento dado, Ajmátova le comenzó a hablar sobre su infancia en la costa del Mar Negro, "una tierra pagana, sin bautizar", y de su perenne afinidad con "la cultura ancestral, mitad griega y mitad bárbara, profundamente no rusa", del litoral meridional de Rusia. Recordó la Odessa que había conocido de joven, el bullanguero puerto marítimo de las historias de Isaac Babel, un lugar de encuentro de judíos y besarabios, turcos y ucranianos. Él le contó episodios de su infancia en Riga, sus primeros años en Petrogrado, y que, cuando ella era ya una poetisa tan famosa que sus admiradores recitaban todos sus últimos versos de memoria, él era aún un niño que leía ávidamente historias del Oeste.

Acto seguido ella comenzó a hablar de su antiguo matrimonio con Gumilyov, y cuando comenzó a describir las circunstancias particulares de su ejecución en 1921, se le llenaron los ojos de lágrimas. Esto no era habitual en Ajmátova; muy pocos la vieron llorar en alguna ocasión; sin embargo, en el transcurso de estas conversaciones, a menudo mostró sus lágrimas sin pudor alguno.

Posteriormente, y ante la sorpresa de Berlin, le preguntó, luego de un pausado y calmo silencio, si le gustaría escuchar alguna de sus poesías, pero antes le manifestó que deseaba entonar los versos del Don Juan de Byron. Cerró los ojos y comenzó. Su pronunciación era sumamente extraña, casi incomprensible, pero recitaba con tanta emoción que Berlin tuvo que levantarse y mirar por la ventana para intentar ocultar una visible conmoción.

Al poco rato, comenzó a recitar sus propios poemas de Anno Domini, La bandada blanca, De seis libros y también de Cleopatra, escrito en 1940 en un momento de profunda crisis personal.

Pronto comenzó a serenarse, y empezó a recitar el todavía inconcluso Poema sin héroe, comenzado en Tashkent en 1943; al escucharla, Berlin nunca podía saber que en esa obra, que ella continuaría mejorando hasta 1962, aparecería él mismo como un misterioso "Invitado del Futuro", "el invitado del otro lado del espejo". Luego de esto pasó a leer partes de un ejemplar manuscrito de Réquiem, un homenaje a los escritores e intelectuales en general, caídos, torturados y desaparecidos de su generación.

Se interrumpió y le habló de los años de 1937-38, cuando su esposo y su hijo habían sido arrestados y enviados a campos de prisión, y de las penurias que tuvo que pasar para saber algo de ellos. Hablaba con una voz seca, objetiva, interrumpiéndose en muchas ocasiones con un "No, no puedo, no está bien, viene usted de una sociedad de seres humanos, mientras que aquí estamos divididos en seres humanos y…"; aquí se interrumpía y realizaba un largo silencio. Le preguntó por Mandelstam. Guardó silencio, sus ojos se llenaron de lágrimas, y le rogó no hablar de él: "Después de que abofeteó a Aleksey Tolstoi, todo acabó…". Necesitó cierto tiempo para dominarse; luego en una voz muy cambiada, dijo: "Yo le agradaba a Aleksey Tolstoi: se ponía camisas de color lila, a la rusa, cuando estábamos en Tashkent, y hablábamos del maravilloso tiempo que pasaríamos juntos al regresar. Era un escritor muy talentoso e interesante, un canalla lleno de encanto, y un hombre de temperamento tempestuoso; ahora ha muerto; era capaz de todo, de todo; era abominablemente antisemita; era un bárbaro aventurero, un mal amigo, solo le gustaban la juventud, el poder, la vitalidad, y no terminó su Pedro Primero porque dijo que sólo podía tratar de Pedro siendo joven: ¿qué podía hacer con toda aquella gente cuando envejecía? Era una especie de Dolójov, me llamaba Annushka, pero me gustaba, aunque causó la muerte del mejor poeta de nuestros tiempos, al que yo amaba y que también me amó". En ese momento Berlin, profundamente conmovido por el discurso de Ajmátova escuchó que la puerta se abría.

Se trataba del hijo, Lev Gumilyov. El joven Lev se manejaba cómodamente entre Proust y Joyce, incluso en su lengua original, aunque nunca había salido de la Unión Soviética. Su único error vital fue ser hijo de quien era. Esto le costó largos años de prisión.

Compartieron los tres casi en silencio algunas patatas hervidas en una ceremonia calma, mientras el hijo de Ajmátova, con una voz suave, rompía el silencio y contaba sus desventuras entre las cárceles soviéticas y la guerra en el frente alemán.

Cuando finalmente el hijo de Ajmátova se retiró, Isaiah pidió a Ajmátova que le dejara apuntar Poema sin héroe y Réquiem; Ajmátova se negó a tal propuesta, pero le prometió que pronto le enviaría un ejemplar de su obra completa, que supuestamente se estaba por publicar.

Enseguida pasaron a revisar mutuamente sus lecturas predilectas, conversando animadamente acerca de sus autores preferidos y confrontando opiniones sobre su particular interpretación de los textos; Isaiah compartía su reverencia por Pushkin, pero no podía acompañar su predilección por Dostoievski; a su vez, Ajmátova era incapaz de sentir el profundo afecto que Isaiah profesaba por Turguénev.

Estas desavenencias no eran casuales, marcaban cuidadosamente los límites de sus mundos emocionales: a Isaiah le atraían la levedad, delicadeza e ironía de Turguénev y le repelían la violencia, el tenebrismo y la intensidad emotiva de Dostoievsky; Ajmátova se identificaba profundamente con la correcta descripción de estados de ánimo y no podía soportar las gráciles sutilezas de Turguénev.

Estas diferencias de gusto moral se correspondían claramente con las divergencias de las circunstancias de cada persona. La delicadeza de la prosa de Turguénev era una vibración fácilmente compatible y acorde con el apacible Oxford de Isaiah, pero parece difícil que se volviera popular en el Leningrado de Soviético. Los escritores preferidos de Berlin habían forjado su obra en el exilio, mientras que a Ajmátova le atraían los escritores que habían construido su estilo literario en el suelo ruso.

A lo largo de este intercambio de opiniones, Isaiah pudo percibir una vertiente un tanto más humana y una imagen menos estudiada, en la que Ajmátova se mostraba más atenta a las bromas y más distendida y animada, llegando incluso a hablar divertidamente sobre la pasión recurrente de Pasternak por ella, describiendo los ataques de pasión que el escritor había demostrado repetidamente en los años veinte, frente a una cierta indiferencia suya. Le comentó acerca de su soledad, sin dejar de contar cosas de sus amores pasados, en un tono casi confesional; Isaiah también le comentó que estaba enamorado –en este momento parece claro que se refiere a Patricia Douglas, amiga desde hace tiempo- pero en ningún momento lo manifestó concretamente.

También conversaron extensamente de música. Ajmátova le comentó acerca de la sublimidad y belleza de las tres últimas sonatas para piano de Beethoven, que Pasternak, su entrañable amigo, consideraba más grandes que los cuartetos póstumos. Expresó su resignación frente a un aislamiento progresivo, tanto en lo personal como en lo cultural: Leningrado, luego de la guerra, era para ella solo un inmenso cementerio, la tumba de sus amigos.

Estos diálogos tienen una doble versión. La primera es la de Berlin, que es la que estabamos comentando; pero hay otra versión, la que Ajmátova le comentó a Korney Chukovsky, y en cuyas memorias es posible encontrar a Berlin casi como un Don Juan que en Leningrado buscaba agregar una conquista más a su "extenso rosario" de trofeos femeninos. Esta versión es absolutamente ridícula, tanto más si se conoce la biografía de Berlin, aunque es cierto que nadie que lea Cinque, poemas que la poetisa dedicara al encuentro, creería que no se acostaran.

Lo que realmente parece ser que sucedió es que apenas se rozaron. Ajmátova estaba revistiendo su encuentro de mística significación histórica y erótica, mientras él se resistía a esta corriente subyacente y mantenía una prudente distancia intelectual. Al tiempo que ella le confiaba la historia de su vida, él la comparaba con la Doña Anna de Don Giovanni y, moviendo adelante y atrás la mano con la que sostenía sus puros – un gesto que ella captaría en un verso- describía el ritmo de la melodía de Mozart en el espacio que les separaba. (5)

Luego de esto, ya comenzando a clarear, y con una persistente y fina lluvia bañando los restos de la aún hermosa ciudad de Leningrado, Berlin se levantó, besó lenta y atentamente la mano de Ajmátova y salió rumbo a su hotel. Observó su reloj: eran casi las once de la mañana.

UNA VEZ MAS

Luego de permanecer una semana más en Leningrado y cumpliendo con todas sus obligaciones, Berlin presentó su informe en diciembre de 1945, terminando su compromiso de trabajo.

Sin embargo, Berlin decidió volver a Leningrado para verla una vez más. El 3 de enero de 1946 tomó el Flecha Roja nocturno y se alojó nuevamente en el antiguo Hotel Astoria. Por la tarde volvió a visitar el número 44 del Fontanny Dom, donde esta vez sí, Ajmátova le esperaba en la más absoluta soledad, tan majestuosa como siempre.

Él le regaló un ejemplar de El Castillo de Kafka en inglés –uno de los escritores predilectos de Ajmátova-, y una antología de la poesía de los Sitwell; ella le entregó amablemente unos ejemplares de su poesía, dedicados a Berlin de su propio puño y letra.

Se despidieron sin siquiera rozarse.

Luego de una breve estancia en Inglaterra, Berlin volvió a Washington. Sin embargo no podía dejar de pensar en Ajmátova, aunque según los detalles que constan en todas las descripciones de sus experiencias, no parece ser que sea un caso de enamoramiento súbito, sino más bien una impresión intelectual bastante fuerte, que sin duda marcó gran parte de sus impresiones personales acerca del desarrollo de la poesía, la narrativa rusa, y del propio régimen soviético en el siglo XX.

Describió una vez su visita como "la cosa más emocionante, creo, que me ha ocurrido jamás"; pero no hay nada en los escritos ni en las opiniones verbales descritas por Berlin que siquiera se asemejen a las expresadas por la poetisa en sus versos; posiblemente se deba a que el lenguaje poético suele ser más expresivo. (6)

En numerosos encuentros con amigos y amigas, entre otros Boris Pasternak, la poetisa no dejó jamás de hablar de este "visitante del futuro", y de la mágica conversación de aquella noche de noviembre de 1945. Quizás este encuentro sea, como dijo alguna vez Borges refiriéndose a la lectura de los libros clásicos, uno de esos sucesos históricos que no terminan nunca de suceder, que siempre tienen nuevas interpretaciones y cuya lectura siempre es provocativa.

Su hijo Lev fue arrestado otra vez en 1949, nuevamente por reincidir en el delito anterior: ser hijo de Ajmátova; ella aseguraba que todas esas calamidades que le sucedían eran la consecuencia de la visita de Berlin, quizás porque los únicos visitantes del otro lado del mundo, luego de la primera guerra mundial, fueron Berlin y el conde Joseph Czaspski, un famoso crítico polaco. (7) Jamás lo culpó por nada. La poetisa pensaba que este era su destino y lo asumía con hidalguía, y además estaba convencida de que la visita de Berlin, y la subsiguiente condena de su obra, representaron el comienzo de la guerra fría, el final de la cooperación con los aliados occidentales y la reanudación de la guerra ideológica moral y política entre dos universos culturales irreconciliables. (8)



LAS REPERCUSIONES

Hace solo algunos años, las obras de seis escritores rusos secuestradas durante el estalinismo fueron presentadas en Madrid por el poeta Vitali Shentalinski, que las rescató de los archivos de la KGB tras diez años de investigación. El poeta removió en los sótanos de Lubianka (sede de la ex KGB) la memoria documental de los escritores; "En los años del poder soviético –afirmó Shentalinski – fueron reprimidos alrededor de 2.000 escritores y de ellos 1.500 fueron fusilados y murieron en cárceles y campos de concentración".

Hoy en día la poetisa Ana Andreevna Ajmátova, figura mayor de la poesía rusa del siglo XX, perseguida por el régimen soviético, posee un monumento esculpido por el artista Vladimir Surovstsev a partir de un esbozo de Amedeo Modigliani; la obra se encuentra en el patio de un edificio del centro de Moscú que la poetisa habitó durante sus estadías en Moscú entre 1934 y 1963.

Poco antes de morir, en 1965, le fue entregado un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Oxford, en una ceremonia celebrada en el Sheldonian Theatre que fue compartida con el poeta Siegfried Sassoon, precisamente a iniciativa de Sir Isaiah Berlin.

1. Quisiera nombrarlos a todos por su nombre,
Pero la lista ha sido confiscada y no se encuentra.
He tejido un ancho manto para ellos
Con sus exiguas palabras oídas al azar.
Los recordaré siempre y en todas partes,
No les olvidaré nunca, venga lo que venga.
2. No será un amante esposo para mí
pero lo que nosotros, él y yo, logramos,
inquietará al siglo XX.

"The complete poems of Anna Ajmátova"

Anna Andreevna Ajmátova murió el 5 de marzo de 1966, en un sanatorio de las afueras de Moscú. Sir Isaiah Berlin terminó su existencia luego de una brillante carrera académica, en 1997, y permanece enterrado en su querida Oxford.

Pretender, como pensaba Ajmátova, que este encuentro fue el hecho desencadenante de la guerra fría, y que ellos habían sido los protagonistas de una escena crucial de la historia, es un poco ingenuo. Amanda Haight, en su libro, estaba totalmente convencida de esto, y los veía como personajes de una historia mundial elegidos por el destino para desatar un conflicto de estas características. (9)

No se procura afirmar aquí que el encuentro tuvo semejante importancia; el objetivo de este trabajo es el de denunciar las atrocidades que se pueden cometer cuando se pretende cercenar la libertad creativa y de expresión de los escritores y los intelectuales en general.

Esto suele estar acompañado del aterrador espectáculo de un inmenso cementerio habitado por un sinnúmero de escritores, poetas, críticos, pintores, víctimas de la intolerancia de las ideologías totalitarias de turno; un verdadero monumento al horror y a la falta de libertad de expresión que la historia no debería olvidar fácilmente.



REFERENCIAS

(1) De todos modos Berlin dice que "debía hacer todo lo posible por ir a Leningrado, pues estaba ávido por ver la ciudad en que había pasado cuatro años de mi niñez". Berlin, Isaiah "Impresiones personales". FCE, México, 1984. P. 346
(2) En realidad era el primero que hablaba ruso, porque, como veremos, solamente la había visitado un crítico polaco, unos años antes.
(3) Lydia Chucovskaya, "The Akhmatova Journals I (1938-41)", trad. al inglés de M. Michalski, S. Rubashova, Londres, 1994, pp. 6-7 vid. También Lydia Chukovskaya, "Sofía Petrovna", trad. al inglés de D. Floyd, Londres, 1989.
(4) Jon Stallworthy, "The guest from the future: a triptych, 1940-1988", Oxford Magazine, 48, 1989
(5) Jon Stallworthy, "The guest from the future: a triptych, 1940-1988, Oxford Magazine, 48, 1989. "y su mano sosteniendo un puro / y dirigiendo algo de Mozart".
(6) Isaiah Berlin a Frank Roberts (carta personal). 20/2/46. Citado por Ignatieff, Michel. "Isaiah Berlin: su vida ", Taurus, Madrid, 1999. P. 429. cit. 41.
(7) Isaiah Berlin. "Impresiones Personales". México, FCE, 1984. P. 365.
(8) Es de resaltar que mientras que a Pasternak se le dejaba trabajar tranquilamente en su novela, a Ajmátova se le retiró el carnet del Sindicato de Escritores y se la condenó a una situación de miseria.
(9) Amanda Haight, Anna Akhmatova: A poetic Pilgrimage. Oxford, 1976, p. 146.


Pablo Ney Ferreira

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Otro artículo muy interesante en: REVISTA EL MALPENSANTE -Bogotá, COLOMBIA:
Anna Ajmátova y el Perro Vagabundo por Georgi Adamovich

¿Qué elementos fueron necesarios para que la autora del famoso Réquiem se convirtiera en una de las más célebres poetas rusas? Los encuentros nocturnos en esa taberna legendaria pueden darnos alguna pista.


Ana, pintada por Modigliani
En la oscura neblina de París,
Quizás otra vez Modigliani

Camine imperceptible tras de mí.

Su triste naturaleza

Incluso en el sueño me inquieta

De ser culpable de muchas desdichas.

Pero para mí –su mujer egipcia– él es

La música que toca el viejo en el organillo.

Todo el rumor de París se esconde bajo esa música,

Como el rumor de un mar subterráneo

Que ha bebido del dolor

El mal y la vergüenza.

Anna Ajmátova 
(variante de un borrador de “Poema sin héroe”)

De: Mujer en tierra firme.com



Réquiem
1935-1940

Ningún cielo extranjero me protegía,
ningún ala extraña escudaba mi rostro,
me erigí como testigo de un destino común,
superviviente de ese tiempo, de ese lugar.
(1961)
A guisa de prólogo

En los espantosos años del terror yezoviano me pasé diecisiete meses aguardando en una fila, ante el umbral de la prisión de Leningrado. Cierto día, alguien me identificó en la muchedumbre. Detrás de mí se hallaba una mujer, con los labios azules de frío, que, es claro, nunca antes me había oído llamar por mi nombre. Entonces salió del entumecimiento común y me preguntó en un susurro (allí todo mundo susurraba):

—¿Puede describir esto?

Y le contesté:

—Puedo.

Una especie de sonrisa cruzó fugazmente por lo que alguna vez había sido su rostro.
(Leningrado, abril 1 de 1957)



Dedicatoria

Un dolor semejante podría mover montañas,
e invertir el curso de las aguas,
pero no puede hacer saltar estos potentes cerrojos
que nos impiden la entrada a las celdas
atestadas de condenados a muerte...
Para algunos puede soplar el viento fresco,
para otros la luz solar se desvanece en el ocio,
pero nosotras, asociadas en nuestro espanto,
sólo escuchamos el chirriar de las llaves
y las pisadas de las recias botas de la soldadesca.
Como si nos levantáramos para misa primera,
día a día recorríamos el desierto,
andando la calle silenciosa y la plaza,
para congregarnos, más muertas que vivas.
El sol había declinado, el Neva se había opacado
y la esperanza cantaba siempre a lo lejos.
¿Que sentencia se dictó?... Ese gemido,
ese repentino fluir de lágrimas femeninas,
señala a una distinguiéndola del resto,
como si la hubieran derribado,
arrancándole el corazón del pecho.
Entonces déjenla ir, trastabillando, a solas.
¿En dónde estarán ahora mis innombrables amigas
de aquellos dos años de estadía en el infierno?
¿Qué espectros se burlan de ellas ahora, en medio
de la furia de las nieves siberianas,
o en el círculo nublado de la luna?
¡A ellas les lloro, Hola y Adiós!

(Marzo de 1940)


Prólogo

Era aquella una época en que sólo los muertos
podían sonreír, liberados de las guerras;
y el emblema, el alma de Leningrado,
pendía afuera de su casa-prisión;
y los ejércitos de cautivos,
pastoreados en los patios ferroviarios,
se evadían de la canción entonada por el silbato de la
    máquina,
cuyo refrán iba así: ¡Váyanse parias!
Las estrellas de la muerte pendían sobre nosotros.
Y Rusia, la inocente, la amada, se contorsionaba
bajo las huellas de botas manchadas de sangre,
bajo las ruedas de las Marías Negras.


1

Llegaron al amanecer y te llevaron consigo.
Ustedes fueron mi muerte: yo caminaba detrás.
En el cuarto oscuro gritaban los niños,
la vela bendita jadeaba.
Tus labios estaban fríos de besar los iconos,
el sudor perlaba tu frente: ¡Aquellas flores mortales!
Como las esposas de las huestes de Pedro el Grande me
    pararé
en la Plaza Roja y aullaré bajo las torres del Kremlin.

(1935)

De Réquiem

I
Al alba te llevaron,
como a un entierro tras de ti mi salida,
en la oscura alcoba los niños lloraron,
ante el santo quedaba la vela derretida.
En tus labios el frío de un icono.
Sudor de muerte en la frente no olvido.
Como las mujeres de Streliezki pregono
bajo las torres del Kremlin mi alarido

5
Diecisiete meses grito,
a la casa te reclamo,
al verdugo ayer suplico,
por ti mi hijo y mi espanto.
Todo se enreda sin nombre
ya no sé diferenciar
quién es la bestia o el hombre,
si la ejecución he de esperar.
Sólo las flores polvorientas,
incensario, tintineo, huellas
a cualquier y a ninguna parte.
A los ojos me mira lanzada
y de un pronto desastre me amenaza
una estrella gigante.

6
Las semanas en un vuelo acaban,
De lo ocurrido no sé dar razón.
Cómo, hijo mío, en la prisión
las noches blancas te miraban
cómo ellas vuelven a verte
con ojo ardiente de azor,
de tu alta cruz en redor
hablan y sobre la muerte.


2

Apaciblemente fluye el Don Apacible;
hasta mi casa se escurre la luna amarilla.
Brinca el alféizar con su gorra torcida
y se detiene en la sombra, esa luna amarilla.
Esta mujer está enferma hasta la médula,
esta mujer está completamente sola,
con el marido muerto, y el hijo distante
en prisión. Rueguen por mí. Rueguen.


3

No, no es la mía: es la herida de otra gente.
Yo nunca la hubiera soportado. Por eso,
llévense todo lo que ocurrió, escóndanlo, entiérrenlo.
Retiren las lámparas...
                                    Noche.


4

Ellos debieron haberte mostrado —burlona,
delicia de tus amigos, ladrona de corazones,
la niña más traviesa del pueblo de Pushkin—
esta fotografía de tus años aciagos,
de cómo te colocas junto a un muro hostil,
entre trescientos andrajosos en fila,
tomando una porción de tu mano
y el hielo del Año Nuevo reducido a brasa por tus lágrimas.
¡Vean el chopo de la prisión doblegándose!
Ningún ruido. Ni un ruido. Aun así, cuántas
vidas inocentes se están terminando.


5

Durante diecisiete meses he gritado
llamándote al redil.
Me arrojé a los pies del verdugo.
Eres mi hijo, convertido en espectro.
La confusión se apodera del mundo
y carezco de fuerzas para distinguir
entre una bestia y un ser humano,
o en qué día se deletrea la palabra ¡matar!
Nada queda, salvo flores polvosas,
un tintineante incensario y huellas
que conducen a ninguna parte. Noche de piedra,
cuya brillante y gigantesca estrella
me mira fijamente a los ojos,
prometiéndome la muerte. ¡Ay, pronto!


6

Las semanas escapan de la mente,
dudo que haya sucedido:
cómo dentro de tu prisión, pequeño,
las noches blancas se paralizaron en llamas:
y todavía, mientras tomo aliento,
ellos posan sus ojos de buitre
sobre lo que la gran cruz les muestra:
este cuerpo de tu muerte.


7

La sentencia

La palabra cayó como una piedra
en mi pecho viviente.
Lo confieso: estaba preparada
y de algún modo lista para la prueba.
Tanto que hacer el día de hoy:
matar la memoria, asesinar el dolor,
convertir el corazón en roca
y todavía disponerse a vivir de nuevo.

No hay silencio. El festín del cálido verano
trae rumores de juerga.
¿Desde hace cuánto adivinaba yo
este día radiante, esta casa vacía?


8

A la muerte

Vendrás de todos modos. ¿Por qué no ahora?
Cuánto he esperado. Vienen los malos tiempos.
He apagado la luz y abierto la puerta
para ti, porque eres mágica y sencilla.
Asume, por tanto, la forma que más te plazca,
apunta y dispárame un tiro envenenado,
o estrangúlame como un eficiente asesino,
o bien inféctame —el tifo sería mi suerte—,
o irrumpe del cuento de hadas que escribiste,
aquél que estamos cansados de oír día y noche,
en el que los guardias azules trepan las escaleras
guiados por el conserje, pálido de miedo.
Todo me da lo mismo. El Yenisei se arremolina,
la Estrella del Norte cintila como cintilará siempre,
y el destello azul de los ojos de mi amado
está oscurecido por el horror final.


9

Ya la locura levanta su ala
para cubrir la mitad de mi alma.
¡Ese sabor del vino hipnótico!
¡Tentación del oscuro valle!

Ahora todo está claro.
Admito mi derrota. El lenguaje
de mis delirios en mi oído
es el lenguaje de un extranjero.

Inútil caer de rodillas
e implorar piedad.
Nada que cuente, excepto mi vida,
es mío para llevármelo:
no los ojos terribles de mi hijo,
no la cincelada flor pétrea
del dolor, no el día de la tormenta,
no la tribulación en la hora de visita,
no la querida frialdad de sus manos,
no la sombra agitada en los árboles de lima,
no el fino canto del grillo
en la consoladora palabra de la partida.

(Mayo 4 de 1940)


10

Crucifixión
“No llores por mí, madre,
cuando esté en la tumba.”


I

Un coro de ángeles glorificó aquella hora,
la bóveda celeste se disolvió en llamas.
“Padre, ¿por qué me has abandonado?
Madre, te lo ruego, no llores por mí...”


II

María Magdalena se dio un golpe de pecho y sollozó.
Su discípulo amado se quedó inmóvil, con el gesto
    petrificado.
Su madre permaneció aparte. Nadie miró dentro
de sus ojos secretos. Ninguno se atrevió.

(1940-43)



Epílogo


I

He entendido cómo los rostros se vuelven huesos,
cómo acecha el terror debajo de los párpados,
cómo el sufrimiento inscribe sobre las mejillas
las duras líneas de sus textos cuneiformes,
cómo los lucientes rizos negros o los rubios cenizos
se vuelven plata deslustrada de la noche a la mañana,
cómo las sonrisas se esfuman de los labios sumisos,
y el miedo tiembla con una risita entre dientes.
Y no sólo ruego por mí,
sino por todos los que permanecieron afuera de la prisión
conmigo en el amargo frío o en el ardiente verano
debajo de este insensato muro rojo.


II

Con el año nuevo regresa la hora del recuerdo.
Te veo, te oigo, te escucho dibujando cerca:
a aquél que tratamos de auxiliar en la caseta del centinela
y que ya no camina sobre esta preciosa tierra,
y aquélla que agitaría su bella melena
y exclamaría: es como volver al hogar.
Quiero enunciar los nombres de aquella muchedumbre,
pero se llevaron la lista y ahora está perdida.
Les he tejido una vestimenta hecha
de palabras pobres, las que alcancé a oír,
y me asiré con firmeza a cada palabra y a cada mirada
todos los días de mi vida, incluso en mi nueva desgracia,
y si una mordaza cegara mi boca torturada,
por la que gritan cien millones de gentes,
entonces déjenlos rezar por mí, como yo rezo
por ellos en esta víspera del día de mis recuerdos.
Y si mi patria alguna vez consiente
en fundir un monumento en mi nombre,
estaré orgullosa de que se honre mi memoria,
pero sólo si el monumento no se coloca
cerca del mar donde mis ojos se abrieron por vez primera
—mi último lazo con él hace mucho está disuelto—
tampoco en el jardín del Zar, cerca del tocón sagrado,
donde una sombra adolorida acecha la tibieza de mi cuerpo,
sino aquí, donde soporté trescientas horas
de fila ante las implacables barras de hierro.
Porque aun en la muerte venturosa tengo miedo
de olvidar el clamor de las Marías Negras,
de olvidar el chirrido de esa odiosa puerta
y a la vieja aullando como bestia herida.
Y desde mis inmóviles cuencas de bronce,
la nieve se derretirá como lágrimas, goteando lentamente,
y una paloma arrullará en alguna parte, una y otra vez,
mientras los barcos navegan suavemente sobre el
    caudaloso Neva.


(Marzo de 1940)


El sauce


Crecí en medio de un poblado silencio
dentro de la cuna fría del naciente siglo.
Las voces humanas no me tocaban.
Eran las voces del viento lo que oía.
Concedí mis favores a las badanas y a las yerbas malas,
pero lo más preciado, para mí, fue el sauce plateado,
gran compañero a través de los años,
cuyas llorosas ramas
avivaron con sueños mi insomnio.
Increíblemente he sobrevivido:
afuera sólo un tronco cercenado permanece. Ahora otros
    sauces
recitan bajo nuestros cielos
con voces alienadas.
Y yo quedo en silencio, como si hubiera perdido un hermano.


(1940)


Esta época cruel me ha desviado


Esta época cruel me ha desviado
como a un río fuera de su curso.
Desviada de las riberas familiares,
mi cambiante vida fluyó
a un canal hermano.
Cuántos espectáculos me perdí:
el telón alzándose sin mí
y cayendo también. Cuántos amigos
que nunca tuve oportunidad de conocer.
Aquí, en la única ciudad que puedo llamar mía,
donde caminaría dormida sin perderme,
cuántos cielos extranjeros pude soñar
que no rendirían testimonio a través de mis lágrimas.
¡Y cuántos versos fui incapaz de escribir!
Sus coros secretos me acechan
muy de cerca. Un día, acaso,
me estrangularán.
Sé los comienzos y también los finales.
y la vida-en-la-muerte y alguna otra cosa
que mejor será no recordar ahora.
Cierta mujer
ha usurpado mi sitio
y usa mi verdadero nombre,
dejándome sólo un apodo
con el que he procedido lo mejor que he podido.
La tumba a la que vaya no será la mía.
Pero si pudiera salir de mí misma,
y contemplar a la persona que soy,
sabría, por fin, qué es la envidia.


(Leningrado, 1944)



Coraje


Sabemos qué está ahora sobre la balanza
Y qué está sucediendo.
La hora del coraje ha sonado
Y coraje no nos faltará.
No nos asusta caer bajo las balas,
No será amargo quedarnos sin techo.
Tu voz guardaremos, Rusia,
El gran verbo ruso,
Libre y puro lo entregaremos
A nuestros nietos, y a salvo del cautiverio.
¡Para siempre!

(23 de febrero de 1942)


La musa

Cuando en la noche oscura espero su llegada,
Se me antoja que todo pende de un hilo.
¿Qué valen los honores, la libertad incluso,
cuando ella acude presta y toca el caramillo?
Mira, ¡ahí viene! Ella se echa a un lado el velo
Y se me queda mirando larga y fijamente. Yo digo:
"¿Has sido tú la que le dictó a Dante las páginas sobre el infierno?"
Y ella responde: "Yo soy aquella."

Versión de María Teresa León


Sótano del recuerdo

Es pura tontería que vivo entristecida
Y que estoy por el recuerdo torturada.
No soy yo asidua invitada en su guarida
Y allí me siento trastornada.
Cuando con el farol al sótano desciendo,
Me parece que de nuevo un sordo hundimiento
Retumba en la estrecha escalera empinada.
Humea el farol. Regresar no consigo
Y sé que voy allí donde está el enemigo.
Y pediré benevolencia... pero allí ahora
Todo está oscuro y callado. ¡Mi fiesta se acabó!
Hace treinta año se acompañaba a la señora,
Hace treinta que el pícaro de viejo murió...
He llegado tarde. ¡Qué mala fortuna!
Ya no puedo lucirme en parte alguna,
Pero rozo de las paredes las pinturas
Y me caliento en la chimenea. ¡Qué maravilla!
A través del moho, la ceniza y la negrura
Dos esmeraldas grises brillan
Y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura!

¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?

Versión de Jorge Bustamante García