viernes, 3 de mayo de 2013

Rosas y Jazmines


Llegué ante la casa donde vivía Franco con su mamá. Había un jardín de bellas rosas y perfumados jazmines al frente. Al contemplarlos pensé: “Ésta pronto será mi casa, el lugar donde voy a vivir y a formar mi familia”. Me encantaba aquel jardín. En mi ilusión de mujer joven veía el día en que allí empezaría a pasar mi vida. Con mi compañero formábamos una pareja que tenía todo lo que se  necesita para ser feliz: amor, comprensión,  amistad, aunque...

Su padre murió unos meses antes de nuestra unión. Franco cambió desde ese día: se fue poniendo más lejano, dando excusas, postergando nuestro amor, nos citábamos menos; en fin, todo fue distinto. Yo no me daba cuenta de que en nuestras conversaciones estaba ausente, de que en sus ojos ya no veía el fondo de su alma, de que poco a poco su amigo había ido ocupando el lugar que yo tenía. Comencé a sentir la ausencia, la falta de su mano en la mía; pensaba que era por el dolor reciente de la falta de su padre.

Un día, el gran escándalo: Franco fue encontrado en una situación muy comprometedora con su gran amigo, aquel que él decía que protegía como a un hermano.   
¿Qué sentí en ese momento? Lo que todos quienes lo queríamos: mi familia, los amigos, su madre...Ella siempre lo defendió: “A un hijo no se le abandona”. Pero yo, que era su novia, que había vivido para ese amor, ¿qué podía hacer? Sentí que mi corazón se partía, que nunca más podría creer un el amor.

Después, la suerte quiso que nos mudáramos a un lugar distinto, lo que me apartó de la gente que conocía y juzgaba los hechos sin mucha razón.
Al tiempo conocí a un hombre que, no siendo  tan espectacular, era bueno,  tranquilo, y se enamoró apasionadamente de mí.
La vida me recompensaba de la crueldad del pasado.

Nos casamos, tuvimos tres hijos maravillosos. Pero una vez más la vida no me dejó gozar de las rosas: él se enfermó, y después de años de lucha, se fue apagando, como el perfume obstinado de los jazmines.


Reina Piazza
Grupo ALAS