sábado, 20 de abril de 2013

Basquadé , basquadé, inchalá: Levántate, levántate, hermano (1)



Salsipuedes - La Alerta


                                                 Se trata de una historia que quién sabe si no pudo ser;                   
                                                                          pero que en realidad, nunca ocurrió.





Hubo casi que reventar los caballos para llegar a tiempo de dar “la alerta”; desde que se les encomendó la entrega de “la carta” -sin ninguna información sobre su contenido- solo con la principal recomendación de “entregar urgente y en mano propia” a don Melitón Morales; mayordomo de una pulpería y abasto propiedad de los Bálsamo, situada en el paraje del “Paso General de los Toros”-
Jacinto los vio partir, entre orgulloso y preocupado -sabía que su hijo se salía de la vaina por entreverarse en cuestiones revolucionarias- probablemente a su propio influjo, dado que él nunca había ocultado su apoyo y respaldo a la causa en épocas del “General”, y eso se fue formando idea en la cabeza del muchacho. Lo tranquilizaba en algo el hecho de que fuera con su ahijado, un pardo joven, ya muy ducho como baqueano y conocedor del terreno, hijo de un hombre de su confianza y en los que depositaba buena parte de las responsabilidades de las cuestiones del campo.
A Jacinto Luna, propietario de la estancia “La Querendona”, ubicada en las cercanías del Santa Lucía; los últimos acontecimientos no dejaban de darle vueltas en la cabeza, había recibido la información la tarde anterior, cuando se allegó hasta su establecimiento una mujer joven y de aspecto distinguido, que denotaba claramente pertenecer a las clases pudientes de la sociedad montevideana, quien era conducida en su carruaje de dos caballos, por un empleado de su confianza.
Venía de parte de “alguien” que lo conocía muy bien, y por quien tenía gran aprecio y respeto. Le explicó muy detenidamente lo complejo de la situación y le rogó que tomara los recaudos necesarios para que la información llegara en forma urgente a sus destinatarios, a fin de evitar un acto de barbarie que el “General” jamás habría permitido. Una vez que la joven se marchó -no sin antes asegurarse de que efectivamente don Jacinto Luna, había comprendido la gravedad del asunto y la necesidad de actuar de inmediato- este escribió la carta, cuidando de cerrarla y lacrarla, de forma que la delicada información, solo llegara a la persona a quien la misma iba dirigida.

Habían pasado cuatro días, desde que partieron de la estancia, apenas si habían parado unas pocas horas cada día, (solo lo imprescindible para  descansar los caballos), aprovechando para alimentarse con las vituallas que habían sido preparadas en la cocina de “La Querendona”.

Llegaron al establecimiento de los Bálsamo (muy cerca del vado principal del Río Negro), al anochecer del cuarto día, de inmediato preguntaron por el encargado y ante su comparecencia, se presentaron: venimos de parte de Luna, del Santa Lucía.

Luna –dijo Morales, como asintiendo y preguntando a la vez- desde tiempos del “General” que no tengo noticias suyas; que los trae por aquí, jóvenes? (al tiempo que hablaba “revisaba”  indisimuladamente con sus ojos a los parroquianos del negocio); les hizo una seña con la cabeza y lo siguieron hasta la despensa, aquí podemos hablar tranquilos, porque me imagino que es un asunto serio, no? Por toda respuesta le fue entregada la carta lacrada, la que abrió y leyó a la escasa luz del único farol de la trastienda. Con signos de preocupación, agradeció la entrega de la misiva mientras la doblaba cuidadosamente. Esa noche, los invitó a descansar en “las casas”, durante el tiempo que fuera necesario antes de partir de regreso al Santa Lucia, eso sí, con la encomienda darle un gran abrazo de su parte, al compadre Luna.

A pesar de haber salido antes del amanecer, Morales llegó ya con el sol alto, muy cerca del mediodía; la toldería era un pleno ajetreo de chinas, humo y vasijas; un poco más lejos, un montón de gurises corrían atrás de unos terneros.
A pesar del tiempo que no se veían, tanto el cacique Venado como Morales se reconocieron enseguida, el nativo lo recibió con la confianza que el antiguo Sargento de Pelotón, se había ganado en más un “entrevero”, donde los había convocado el llamado del “General”.

La conversación fue breve, el asunto era muy grave y no se necesitó mucho más; se armó rápidamente una partida de chasques que salieron al galope a recorrer tolderías, el plan era reunirse lo antes posible en las cercanías del paraje conocido como Piedra Sola, que era más o menos, el centro territorial de su gente. Ahí, los estarían esperando además de los caciques, “los dos enviados”, con quienes se reunirían y tratarían los detalles del asunto para trazar el plan a seguir.

Mientras marchaban rumbo al encuentro, el silencio de los hombres era solo interrumpido por los golpes acompasados de los cascos de los caballos al trote, fue Venado quien habló primero,..mucha bosta carajo (dijo con rabia), ya uno andaba creyendo en “el hombre”; después de tanto ir y venir, parecía haberse sincerado; “ja, así que nos invita con asado y caña, para conversar como hermanos, y después nos quiere chuciar por la espalda”; ¡que falta hace la presencia del General!, agregando casi con pena, y uno, ya tan viejo y cansado de vivir escurriendo el bulto. 

Morales lo escuchaba atento; a diferencia del cacique, él, nunca había confiado en “el hombre”, ni siquiera después de ser Presidente; tomó su tiempo mientras picaba tabaco con un pequeño puñal, mientras decía con tono casi burlón...demasiado cerca de los brasileros, demasiado cerca de los poderosos, “siempre con el agua por las verijas”. No como el “General”, que anduvo siempre rodeado de gentes pobres como ustedes y nosotros, como en Arerunguá y en Purificación...

Cuando llegaron a Piedra Sola, ya estaban casi todos los demás caciques, contándose entre ellos: Javier, Tacuabé, Polidoro, Juan Pedro, Rondeau y Cabo Joaquín -entre otros- además de “los  dos enviados” -un cacique Guaraní con ropa de criollo y un hombre blanco y ya maduro, con la piel tostada a fuerza de puro sol (como los marinos) y con un extraño color rojizo en el pelaje de su barba y cabeza-. Habían llegado caciques desde las zonas del Dayman, de los campamentos del Queguay, de la hondonada de la Cuchilla de Haedo, de Mataojo cerca del Arapey y del Cuñapirú,  así como de otros parajes norteños entre los que habitualmente se movían sus grupos; cruzaron algunos saludos sin mucho entusiasmo, la oportunidad no era propicia para las lisonjas acostumbradas ni las demostraciones de viejos camaradas, ni siquiera para las cuentas sin saldar que entre ellos, algunos tenían...

“Los enviados” informaron rápidamente sobre la situación que los convocaba: manos amigas nos han puesto sobre aviso de los planes del Presidente, (todavía tenemos gente leal entre algunos antiguos oficiales, civiles y hasta mujeres, que tomaron conocimiento de la infamia que se pretende cometer y nos hicieron llegar la información). Hermanos, “hablando en plata”, la invitación que les hizo llegar hace unos días atrás, pa´ encontrarse como “hermanos orientales”, en el potrero del arroyo Salsipuedes; con el cuento de que el ejército los necesita para cuidar las fronteras del “nuevo Estado”; es una trampa sin salida, y para peor, como todos bien sabemos “el General” está imposibilitado y muy lejos, así que somos nosotros los que “tenemos que agarrar al toro por las guampas”.

El 11 de abril, acordado ya el plan, concurrieron as la reunión con “el hombre”; pero para la sorpresa de éste, sólo se allegaron Venado, Tacuabé, Javier y Cabo Joaquín, mientras que 1200 soldados aguardaban apostados y a la espera de la orden del expeditivo y sangriento Bernabé Rivera.


El encuentro fue con mucha desconfianza por parte de los nativos, y recelo por el lado del gobierno, al darse cuenta estos, de que al no participar el grueso de los guerreros, el plan de agasajarlos con carne, caña y tabaco, hasta emborracharlos y hacerlos presas fáciles no iba a funcionar.

Para empezar, Cabo Joaquín informó que habían acordado que los caciques presentes, representaban al conjunto de los distintos grupos Charrúas, y que con gusto esperaban escuchar las propuestas del gobierno. El “hombre” hubo de recurrir a toda su “baquía” y conocimiento de las costumbres Charrúas, para animarlos a comer y beber, al tiempo que los llamaba “hermanos naturales” y los invitaba a ser parte del nuevo estado, donde aseguraba, había “espacio y futuro para todos”.

Mientras los representantes de los grupos Charrúas participaban de la reunión escuchando y esperando el momento indicado para entregar su propuesta; desde las sombras del monte y colocados estratégicamente, “bomberos” a caballo, vigilaban el desarrollo del encuentro e iban trasmitiendo de uno en uno, los acontecimientos visibles, de modo de tener informado rápidamente al grueso de los guerreros que quedaron apostados a un par de kilómetros rio arriba, con la orden de iniciar una retirada ordenada, si era necesario, previendo ya la idea de organizar las guerrillas, que comenzarían en primera instancia con el robo de las caballadas del ejército, al tiempo que impedir el acceso al ganado cimarrón, artes para las cuales eran muy hábiles y con lo cual, podrían retrasar y detener al ejército en primera instancia, luego se vería el camino a seguir.

La idea de llenarles la panza de carne asada y sumergir en alcohol a toda la indiada había fracasado, por inesperado, esto tomó desprevenido al Presidente y también a  sus jefes; la idea de convertirlos en presa fácil luego que se durmieran entre gritos, cantos, guitarreada y toda la parafernalia que se había montado para que una vez indefensos se los matara como ha ganado, había naufragado. Por su parte el Presidente, una vez que notó la reticencia de los caciques, repartio invitaciones y lisonjas a diestra y siniestra, tratando de convencerlos de que arrimaran a su gente, que todavía era temprano, que había mucha comida y bebida, no hubo manera no los pudo convencer, y debio contentarse con la escasa representación enviada.

Descolocado “el hombre” y sin un plan alternativo, pasó algo bien distinto a lo que habían planificado; en determinado momento y una vez que el presidente y su séquito ya no tenían más temas ni agasajos posibles que hacer a los “bravos guerreros que acompañaron las gestas patrias”; recién ahí, “como reconociendo el momento indicado” fue que el Cacique Tacuabé tomó la palabra, para presentar con extrema simpleza el asunto: Don Frutos -dijo, mientras lo miraba serenamente- entonces cuál es la propuesta del gobierno?. La pregunta quedó sin respuesta, o por lo menos sin una respuesta clara sobre el futuro de la población natural de estas tierras.

Sin dejarlo reponer de la sorpresa y manteniendo la iniciativa, el cacique Venado, paso a solicitar la entrega de tierras con total disposición sobre las haciendas que las poblaran; ellos a su vez se comprometían a respetar la paz, los bienes y las haciendas de estancieros y terratenientes fuera del territorio adjudicado; agregando que el mismo deseaban que fuera una franja establecida en la zona localizada entre los Ríos Queguay y Arapey desde sus nacientes en la Cuchilla Negra, conformando un triángulo con el Rio Uruguay (de forma de asegurarse siempre una salida, o una entrada, según se viera), hacia la otra margen del río y sobre todo rumbo al Paraguay...


Era de descontar que Don Frutos no estaba preparado para semejante propuesta, - la idea fue ir a Salsipuedes  a terminar con un problema, y para eso se había pensado en  carne asada, mucha caña, balas, pólvora, y sobre todo cuchillos bien afilados; pero jamás se había pensado en planes ni en políticas hacia los naturales de estas tierras- No le quedó otra posibilidad que echar mano a su reconocida habilidad de negociador,  se comprometió a estudiar las propuestas con los ministros de su gobierno y que prontamente los volvería convocar a través de los chasques y partes del ejército, para darles respuesta a sus reclamos, no sin antes, y de acuerdo a su costumbre, prometerles que les enviaría provisiones de yerba, tabaco y caña en cantidad suficiente ¡¡pa´que no les falte, y reciban un adelanto de la buena voluntad del gobierno sobre futuros acuerdos entre compatriotas!!.

 Mientras observaba la marcha de los 4 caciques, -Bernabé no les despegó los ojos, “mirándolos como a presas que por muy poco se escapan”, pronto a saltarles encima a la menor orden de su amo (pero no hubiera sido una buena idea), matar a unos pocos caciques sería poner alerta a toda la nación charrúa, máxime, cuando pertenecían a distintos grupos, y la matanza no haría otra cosa que reforzar su unidad.

Ya de camino a Montevideo, el Presidente -siempre flanqueado por su pariente y máximo hombre de confianza, Bernabé Rivera, y seguido de cerca por su grupo de comandantes- Se lo vio callado y malhumorado; para peor al promediar la mañana, un sargento de la retaguardia se acercó y pidió permiso para hablar, concedido el mismo, informó con preocupación, que la tropa estaba un tanto inquieta, porque se había corrido la voz de que habría refriega y resulta que la orden fue de marchar de regreso, y temían los malones que suelen utilizar como estrategia los “taimados infieles”. El caudillo ni lo miró, tenía preocupaciones mucho mayores que atender; repasaba los hechos y pensaba en cómo era posible que hubieran ocurrido los hechos de tal manera, ya llevaba en su cabeza la necesidad de realizar un profundo “inventario” de los miembros de las secretarias y personal de confianza, tenía la certeza de que solo la traición a través de algún aviso pudo alertar a los infieles; tampoco ignoraba que todavía existían algunos leales a quién, a su entender, ¡era en buena medida el culpable de las “libertades que los Charrúas aun gozaban”!; obstaculizando la modernización y la construcción de un nuevo orden económico, donde ellos con su modo de vida salvaje, sin duda alguna ya no tenían cabida.

¡Puta madre! –pensó en voz alta- y como si fuera poco, ya se imaginaba, teniendo que dar explicaciones  a burócratas y “demás interesados”, ¡manga de inútiles con plata! (balbuceo como para sí mismo), contrariado por sus compromiso con quienes lo sostenían políticamente, a condición por supuesto, de ejecutar a como diera lugar, “la solución del problema”. Porque “eso sí, de contentar con excusas, a los dueños de la tierra ni hablar” lo veía más difícil, ¡que tener que degollar él mismo a toda la indiada!

Kilómetros al noroeste, un cacique Guaraní, vestido con ropas de criollo trota en su caballo junto a un hombre de tez curtida y pelambre rojiza; atraviesan “el milenario camino de los indios”, que llega hasta casi al centro de América del Sur, pasan muy cerca de la tapera en la que el “General” vivió con Melchora Cuenca; pronto se separarán, van con la pobre alegría de haber llegado a tiempo y con la triste certeza de un fin incierto; uno cruzará el rio a reencontrarse con sus hermanos y seguir soñando con la gesta del federalismo; el otro, navegará con su barcaza, último resquicio de la otrora flotilla revolucionaria, rumbo al Paraguay, allí sabe que alguien lo aguarda con desesperanzada ansiedad, con la ansiedad que todo padre protector tiene, por conocer la suerte de sus hijos…

Francisco Castillo
Abril 2013.-




El martes 16 de abril, el Taller de Pasiones Literarias (Narrativa)
del CFH PERRAS NEGRAS, dedicó su encuentro a la lectura
de las producciones de sus integrantes
relativas al exterminio de la Nación Charrúa
en Salsipuedes.
Continuaremos publicando estas obras.











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