domingo, 27 de enero de 2013

“ ... Si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca fueras encontrado excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un rato esto resolvía un montón de cosas... me preguntaba otra vez... y yo decía sí, sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena”... Charles Bukowski

RAÚL TRINDADE


    
      Escribo historias de mentira, porque tengo más imaginación que hechos vividos.
 Raúl Trindade
                          









No sé a qué me refiero cuando fiero me compongo de tanta palabrería que no entiendo cuando releo lo que escribo.





Ayer maté una garrapata y en lugar de sangre tenía otra garrapata que en lugar de otra garrapata tenía sangre.





Quería acaparar toda la atención para mí, quería, realmente quería. Todos tenían que estar viéndome, yo sería el centro, estaba perfectamente posicionado, era yo, era yo, no él, yo, nadie más que yo. Pero él sangraba.



Alguien se acerca y se apoya contra el marco de la puerta, estoy seguro que quiere algo. No hablo ni miro, sigo escribiendo, así, como si de veras estuviera haciendo el trabajo para el que se me paga. Aún esta ahí, no mira, mueve el pie, suspira, respira lento y liviano aliento ácido. Sigo sin mirarlo, de seguro precisa algo, muevo la cabeza, estiro los dedos. Introduce una mano al bolsillo, mira hacia el suelo, las baldosas, el cable del teléfono. Tose, respira con más intensidad. Yo sigo escribiendo, tranquilo, enérgico; con cara de asombro miro el monitor, él aún no dice nada, faltan diez para las doce. No me puedo quejar: yo también estoy haciendo cebo.




Preciso cortarme un brazo, loco,
dejarlo sangrar un poco
un poco nomás,
quizás dormirme sangrando
dormirme quizás



No te preocupes, mi amor.
Yo tampoco tengo plata
pero al menos nos tenemos,
nos tenemos, nos tendemos
a la cama, aun así tenemos
cama, aun así hay amor,
amor, amor, no hay plata
aún sin plata nos tenemos,
amor, dolor, dolor, amor
ven, vuelve a la cama,
mañana encontraras trabajo
y si Dios lo quiere, solo si Dios lo quiere,
nos tendremos ganas.




El niño frutilla era pequeño y miedoso
No acostumbraba hablar mucho en el colegio
La mayoría del tiempo no podía pasar desapercibido
Le decían niño frutilla por las cantidades de helado
que tomaba a mediodía. Siempre se le veía con un
palito de agua rojo circulando por el patio
Su rostro estaba completamente colorado todo el tiempo,
Y también tenía marcas rojas en su espalda y brazos.
Vivía en la casa del abuelo materno y su delgado cinto de cuero con doble hebilla.




No me digas que no pensás en Capote mientras las contás, aquella historia de navidad, por ejemplo, donde el niño tiene que adivinar la cantidad de monedas del frasco y lo hace y se las gana y compra regalos para todos sus hermanitos pobres y al final él solo se queda con el frasco y lo usa de pecera para su nuevo y mejor amigo, un pez dorado que nada en círculos y lo acompaña en la pobreza, hambre y frío. No me digas que no te acordás de toda esta historia que te estoy inventando usando a Capote de referencia solo porque fue más original, a la hora de escoger un nombre, que Raúl Vicente Trindade.










 



El perturbador mito de "mi hijo, el doctor" está en decadencia, gracias a todos los dioses. Haber trabajado de mozo, de obrero en la construcción, de almacenero, no  ha sido obstáculo para que Raulito concluyera sus estudios secundarios ni para que -¡oh, prodigio! leyera (por interés personal) todo el Quijote o La Ilíada y La Odisea completas, y hasta el Ulises de Joyce. Pero, sin duda, hubo en sus raíces una familia que lo amamantó de la savia adecuada, y maestros que enseñaron con el ejemplo. ¡Un orgullo para esta Casa!"
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