domingo, 27 de enero de 2013

“No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante”. Ernesto Che Guevara


DANIELA ROSTKIER
















            Debo de ser la única leonina a quien no le gusta hablar de sí misma, pero aquí  vamos:

               Vine a este mundo en una soleada y fría mañana, era 27 de julio. Mi madre no podía saber que tenía entre sus brazos a una artista (no sé si de la talla de Kafka o de Chejov... ja ja... pero artista al fin).
               Pero fue ella quien me acercó a las letras desde pequeña: todas las noches me leía libros de cuentos e historietas, heredados de mi hermana mayor, y yo me los aprendía de memoria; mi hermana se alió de todas maneras a esa tierna campaña de mi madre, porque hasta cuando nos sentábamos a comer había un libro en la mesa.
               Empecé a escribir a raíz de una circunstancia graciosa: con mis amigos, jugábamos a quién dibujaba “peor” (tenía diez años, pero todavía hoy lo practico, y en ese sentido, claro que no me interesa mejorar); entonces a mí se me ocurrió inventar relatos sobre los diversos dibujos y cuando se los mostré a mamá, quedó encantada y afirmó que yo tenía talento.
               Escribo de noche porque ella destila cierta magia y una gran paz; el día es muy mundano y no me gusta ser interrumpida por llamadas telefónicas, ruidos,  posibles mandados...

               Comencé en el Taller de Pasiones Literarias (del CFH Perras Negras) el 7 de abril del 2011. (En 2009 había concurrido a otro, que a fines del 2010 se disolvió).
               La publicación del libro fue un enorme paso para mí. Soy muy tímida y mostrarme no fue fácil: primero, en cada encuentro, y luego en el libro. Además -y como mucho más difícil es desoír el clamor de la sangre (mis abuelos y tíos paternos eran judíos y emigraron con toda la familia desde Polonia a este país; mi padre fue el único hijo nacido aquí)- uno de mis temas recurrentes es “el Holocausto” o, como lo llaman los israelitas “Shoá”.  
               Pero todos mis temores se han desvanecido porque en el Taller encontré una sostenida actitud de excelencia ética; como dijo Mahatma Gandhi :
                                                                                                                                      “No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”.


                                                                                             Daniela Rostkier








 Esperanza



         _   Hija mía, eres una persona realmente virtuosa; ya lo sabía, pero aquí he tomado conciencia de cuánto. No te rindas; defiende así la posibilidad de tener muchos hijos para que puedas ser tan feliz como yo he sido junto a ti. Cuéntales, aunque te cause un gran dolor, esta parte tan trágica de nuestra historia; así ayudarás a evitar que esto se repita. ¿Sabes por qué estoy tan tranquila? Porque sé que mi madre está esperándome. Tal vez estén también mi padre y el tuyo -me encantaría- pero es suficiente para mi paz con esta seguridad de mi corazón en ella. La misma que debes sentir tú aunque ahora nos separen.
        Y me abrazó para siempre con la fuerza de sus grandes ojos azules calados de lágrimas, mientras susurraba en mi oído una oración judía: Yebarejeja A-do-nai veishmereja. Yaher A-don-nai panav eleja vijuneka. Ysa A-do-nai panav eleja veyaasem leja shalom. (Te bendiga el Eterno y te proteja. D's te ilumine y te agracie. El Eterno se torne hacia ti y te conceda paz.) Y ambas susurramos “Amén”.

         Durante varios días, a pesar de golpes y gritos, no logré concentrarme en las tareas que tenía asignadas; estaba obsesionada memorizando sus palabras: temía perderlas en el hueco que venían socavando en mi mente. La eficiencia
era un lema general allí: ellos debían laborar denodadamente para reducirnos a bestias, y nosotros, para asegurarles las mejores condiciones de trabajo. Por eso también me aferraba con desesperación a mis recuerdos; eran mi manta de abrigo, la única, porque muchas noches debía prestar la frazada a alguna anciana consumida por la fiebre, a alguna niña que pudiera jugar segura en sus sueños, a alguna madre para evitar que engrosara la fila izquierda de cada jornada.
         “Más rápido; más rápido”, le gritaba entre risas a mi padre, que empujaba mi trineo como un niño de mi edad cada vez que había nevado mucho. Tenía cinco años cuando vivíamos en Polonia. ¡Ah! ¡Esas tardes fueron deliciosas, tanto como el chocolate caliente con que mamá nos esperaba! Recién ahora me doy cuenta de lo significativa que ha sido la nieve en mi breve vida... Una noche, en Hanuká, el piso estaba tan resbaloso que me caí; Isaac corrió a ayudarme y los dos sentimos que Dios había preparado esa situación especialmente para conectarnos. “¿También habrá dispuesto este precipicio? ¿Cuándo saltaste, amor mío! ¿Nos encontraremos? ¿Cuánto nos falta para llegar al fondo?”, me preguntaba a menudo, para distraerme de la angustia de saber que aquella felicidad pertenecía al pasado, pasado, pasado...
         Durante varias noches, me propuse fotografiar la organización de las estrellas desde mi camastro; aquella perfecta serenidad me dotaba de un extraño efecto de superior protección, y hasta me convencí de que en cada una se habían posado las almas escupidas por las bocas siniestras de las chimeneas del campo; si mi mirada lograba retener el espectáculo y proyectarlo sobre el cielo del interminable día, podría seguir honrando la última petición de mi madre.
           “¡Resistir! ¡Resistir! ¿Cómo ascender, desde el fondo insondable, por la cuerda de la esperanza? Una cuerda que hay que ir tejiendo con las fibras  arrancadas a otros - a los comunistas, a los negros, a los homosexuales, a los romas, a los enfermos, a los disidentes alemanes, a los otros judíos; una cuerda que se teje de a milímetro, porque no se es gitano, porque seleccionaron al 1757, porque un viejo cadavérico me regaló su ración de pan para que pudiera avanzar todo un centímetro. ¿Para qué avanzar tanto, madre, si esos hijos tampoco serán de Isaac?”- así la conminé cada vez que el agotamiento me vencía, porque de alguna manera debía mantener funcionando el canal de comunicación con mi mundo, mío aunque desaparecido, mío aunque estuviera sola, sola y extraviada.
         De tanto invocarla quizá, un día se manifestó. Ya me lo había dicho antes de despedirse, vislumbrando tal vez la cercana fatalidad: “Si de albedrío se tratara, querría que todos pasáramos por esa puerta hacia la libertad, porque todos somos inocentes. Pero la barbarie siempre ha inventado instrumentos perversos: el sarcófago de hierro, la toca, el potro, la jaula, sillas eléctricas, y quién sabe cuál otro a descubrir por la mayoría de nosotros en esas edificaciones que aún no hemos visitado. Tú, hija mía, sin embargo, saldrás por ese portón; lo intuye mi corazón y lo anuncia hasta el texto sostenido sobre las rejas (¿No recuerdas que leímos  "Jedem das Seine"?). Bien, si cada cual recibe lo que merece, tú, por pura, respetuosa y digna, estás destinada a la vida plena.”
         Fue un día extraño, impresionante, inimaginable para todos, que nos desmoronábamos célula a célula. Serían las once de la mañana y de pronto aparecieron todos los guardias y nos ordenaron volver a las barracas. En cuestión de minutos no quedó un alma al aire libre. Al rato, empezó a ingresar por las ventanas un penetrante olor a quemado. (¿Papel? ¿Cabello? No podíamos desentrañarlo). Hubo que improvisar cortinas y aún así muchos quedaron afectados; intentamos ayudarnos, contenernos. Sin duda estábamos todos pensando en que era nuestro final, lento y malévolo, tal cual había sido el tratamiento desde el principio. Un jovencito casi gritó, solicitando calma. “Escuchen cuánto silencio”, dijo, y todos, lánguidamente, fuimos aceptando. Hasta que alguien se atrevió a derribar la puerta. Y salió al exterior. Y de la barraca contigua salió otro. Y otro de la de enfrente. Así, nos fuimos reuniendo a la intemperie; la noche estaba por apoyar sus plantas macizas y frías. Varias hogueras enormes crepitaban todavía; miles de hojas apenas pellizcadas por el fuego danzaban cansadas al son del suave viento primaveral. Ni perros ni botas a la vista; el resto del inusitado suceso fue testimoniado en diarios, revistas, libros, películas, programas de televisión, ferias, universidades, salones de peluquería, cárceles, cabinas de aviones,  palacios de justicia, templos, hospitales, cementerios, recuerdos, en fin...
         Todavía no he contado cómo crucé la entrada. En realidad tampoco importa mucho ya; mi madre nos lo había augurado. Yo estaba atónita frente a aquel paisaje ambiguo: tanta alegría desde el mismo centro de tanta destrucción. Y me estremecí. Hasta que un súbito cosquilleo en uno de mis pies descalzos marcó un contraste extraño y me obligó a mirar: un trozo amarillento de papel mordisqueado por las llamas; lo levanté; la foto de Isaac todavía estaba reconocible.  Exploré el cielo y a la más resplandeciente de las estrellas dije: “Tu hija ya ascendió hasta el borde del abismo; ahora necesita toda tu luz para andar el camino que le aguarda.”









“Encontrarás a la Divinidad en el último lugar que busques, porque una vez que lo encuentres, no seguirás buscando." - Sri Sri Ravi Shankar


El ángel



         El reloj marcaba las cinco de la tarde, ¿o serían las seis? No podía saber a ciencia cierta por la gran distancia a la que se encontraba.
         Todos caminaban ligero, como queriendo llegar a algún lugar a tiempo, ensimismados en sus propios problemas. Nadie notaba aquella presencia, hasta que una niñita de unos cinco años, que iba del brazo de su madre, empezó a mirarlo fijamente, seria, sin emitir sonido alguno. Ambas se detuvieron de pronto. ¿Esperarían algo o a alguien?
         Aprovechando la distracción de la madre, la nena  caminó entre aquel mar de gente hasta llegar a él que, asustado, le preguntó dónde se encontraba. Ella sonrió y extendiéndole la mano, le explicó:
          -Estás en una estación de trenes, acabas de morir, tu cuerpo está sobre las vías. Vete en paz.
         Un leve revoloteo inundó el lugar.
         Se miró y vio  que eran suyas aquellas blancas y sedosas plumas en plena disposición a aletear. Comprendió que era un ángel. Entonces ascendió, mientras la niña, sonriente, lo despedía con la pequeña ala de su mano.




A Emiliano, Facundo, Matías, “Nacho”, Thiago -los niños de mi vida-, y  a Dayna, mi única sobrina.
                                                    
                                                           Tobías



         Tobías, un niño de ocho años, adoraba jugar a la pelota en la calle con sus amigos. Pero un día una epidemia de varicela enfermó a todos los niños excepto a él que ya la había padecido cuando era apenas un bebé.
         Todas las tardes, se sentaba en la puerta de su casa con la pelota en sus manos, esperando que alguien saliera a jugar, pero nada. Pasaban por la acera de enfrente las niñas con sus muñecas de trapo, los carritos de juguete y los bolsos transparentes, llenos de accesorios para bebé, pulseras y anillos de juguete y maquillajes de todos los tocadores femeninos. Al verlo tan triste y aburrido lo invitaban a jugar a las mamás, pero él ponía cara de asco y decía: ¡Puaj!, ese es un juego de niñas, ¡no, gracias! Ellas seguían su camino algo enojadas.
         Un día, molesto por su soledad, decidió ir a la plaza a jugar a la pelota con otros niños y así hacer nuevas amistades.
         De pronto, vio una cerca de madera e imaginó que era un arco de fútbol y empezó a patear la pelota una y otra vez contra ella, causando un fuertísimo ruido que hizo asomarse por la ventana al dueño de la casa, quien empezó a gritarle se detuviera.
         Tobías estaba tan compenetrado en su juego, que ni vio ni escuchó, lo que finalmente causó que el hombre saliera y agarrándolo de una oreja, lo llevara a su casa. Tocó el timbre y la madre atendió. Muy enojado, el vecino le contó lo ocurrido, mientras ella miraba seria a su pequeño.  Después, el hombre se fue, con la promesa de que no volvería a suceder.
         Al cerrar, la madre lo mandó al cuarto sin cenar, a pensar sobre lo que había hecho, y a esperar a su padre, que cuando llegara del trabajo hablaría con él. Triste y rabioso, Tobías se tiró en la cama, gruñía entre dientes y maldecía al vecino “buchón”, pues él no había hecho “nada malo”.
         Unos golpecitos se oyeron en la puerta y luego se abrió; apareció su papá:
     - No te voy a rezongar, pues ya has tenido suficiente. Entiendo cómo te sientes: tus amigos enfermos y estabas aburrido. Te propongo algo: vamos a fabricar una cometa, así gastas esas energías acumuladas y no te metes en más problemas con los vecinos- dijo su padre, en tanto que le mostraba una bolsa llena de todos los elementos para la faena.

     Pasaron horas divirtiéndose mientras  la armaban, sin darse cuenta de que ya el reloj marcaba casi las diez de la noche.
     -Mañana veremos si vuela, ahora ve a lavarte los dientes, ponte el piyama y dale el beso de buenas noches a mamá.
     Tobías casi no pudo dormir; la ansiedad lo carcomía. Amaneció; se vistió y bajó a desayunar. Antes de irse al trabajo su padre ofreció ayudarlo a remontar la cometa  pero su madre le recordó que primero había que ofrecer una disculpa al vecino ofendido.Tobías bajó la cabeza y aceptó.
     Subió a la bici, papá sostenía la cometa; ató el hilo al manubrio y comenzó a pedalear. En unos instantes la cometa surcaba los cielos, entre los víctores de padre e hijo.
     Al pasar frente a la casa del vecino, éste lo observaba con bronca desde la ventana. El niño se detuvo, se miraron un rato, Tobías le sacó la lengua, el vecino quedó sorprendido, pero antes de que este pudiera reaccionar puso el pie en el pedal y se dirigió a la   plaza lo más rápido que pudo mientras la cometa ondeaba  victoriosa en el cielo.        






DANIELA los invita a escuchar  "Va, pensiero "el coro del tercer acto de Nabucco, una ópera de 1842 de Giuseppe Verdi,
con letra de 
Temistocle Solera,
inspirada en el 
Salmo 137 Super flumina Babylonis.
(Imagen extraída de Wikipedia) 


     

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