viernes, 25 de enero de 2013

¿Bisnieta de Conan Doyle?

SUSANA MATTEO






Me gusta analizar y deducir. En mis narraciones me aventuro a conjeturar e investigar sin descanso– y que me disculpe Conan Doyle- al mejor estilo Sherlock Holmes.

 Susana Matteo









Asfixia


Escuché desde adentro la llave en la cerradura. Adiviné a mi padre del otro lado, tambaleando y la llave cayendo al piso junto al rosario de palabrotas. Enseguida,  los nudillos golpearon con furia la puerta. No necesitaba ni acercarme. Le costaba respirar y al exhalar se podía oler el vino vomitado sobre el pecho. Cada noche se infiltraba como una oleada nauseabunda en los muebles, pegándose sobre nuestra ropa. ¿Ya llegaste?, le preguntó  mamá. Me dieron ganas de decirle ¿y a qué otro borracho esperabas? No tengas miedo, me repetía, después que él entraba. Aunque él nunca se metió conmigo. Al fin llegaba el repertorio. ¿No hay nada decente para comer en esta casa? Ah, ¿pero pensás comer, todavía? ¡Noo¡, no sólo pienso, sino que quiero. Mirá qué ejemplo le estás dando a tu hijo. No me jodas, mujer,– y generalmente y, a lo mejor por rabia, lanzaba en ese momento su eructo asqueroso y decía algo como…-: así que vos no lo pariste.
Antes de transportarme a mi rincón preferido, todavía el sonsonete continuaba. Te prenden  a la máquina del sistema y después cuando te consiguen enfermar, te tiran a la basura. Te ahogan, te sacan hasta el último soplo de vida.  Con mamá, nos teníamos que aguantar el murmullo quejoso y cuando él parecía irse desvaneciendo sobre la cama, ella aprovechaba a  decirle lo de la plata del seguro de paro que se iba en vino y él, ya casi dormido, rezongaba: Ya te va a tocar. Cuando no puedas sacarle la mugre a tus patrones, te van a fletar. Y, ahí, la voz se desdibujaba en  sus ronquidos. Entrecortados, arrullándolos con un silbido final, arrancando como el motor de una moto. La voz de mi madre me llegaba desde la cocina, subía por  los cuatro escalones y llegaba hasta el altillo que era mi cuarto. Vos no te acuestes sin comer, nene. ¡Ay que rabia! Ronquidos y más ronquidos. Si pudiera hacerlo callar, tapándolo con la almohada. El silencio era momentáneo, como si él lo adivinara. Desde la cocina, tan próxima a mi cuarto, la voz insiste entre el golpeteo sobre la carne: los niños no pueden irse a dormir sin haber comido, decentemente. Ya sé, más que empanar la milanesa, la está matando a golpes. Ya voy, termino de estudiar y bajo. Había llegado a la parte más interesante y no podía dejarlo: “Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...” Es un genio este Quiroga, no dejaba de pensar, mientras leía.
Cerrá la banderola, rezongó mi madre. Es un peligro, cualquiera más o menos menudo se puede colar por ahí. También se puede salir, murmuro. Escapar. Respirar aire fresco.
La calle estaba desierta. Ya era tarde y mis pasos atravesaron el patio, siguieron por el empedrado de la calle, se toparon con el cordón de la vereda. Me di cuenta de la casa cuando estaba frente a mis ojos. Todas las mañanas,  mi madre entraba por esa puerta y yo continuaba el rumbo hacia la escuela. Lindo jardín, un jazminero en la entrada, un porche con columnas elegantes, una ventana, una mesa grande con mantel blanco, copas y vasos, unas botellas con  vino o refrescos -esto, no podría asegurarlo-, varios platos y alrededor, el hombre y su mujer.  Hablaban tranquilamente entre ellos, sin gestos raros.  ¡Pobre, doña Irma, todavía en la fajina¡ La reconocí porque, además de compañera de laburo, es una buena amiga de mi madre. Arrastraba los pies y apenas si podía con una fuente llena de comida. Pobre vieja, ya no puede más. Alcanzo a ver la enorme lámpara sobre ellos, con una luz tan brillante. Mucho lustre en los bronces, mucho cuidado en el cristal de murano, cuenta siempre mi madre, mi pobre vieja. Me distrajo la imagen de la niña en la otra ventana de al lado. Tan cheta, tan hueca, por lo que sé. Se está mirando al espejo, mientras se alisa el pelo largo: un cuarto grande, todo de color rosa, hasta el acolchado. Parece que le está hablando a algo sobre la cama. ¿Qué es, un almohadón, un muñeco peludo? No, no puedo creerlo, mueve la cola. Es un gato negro que se retuerce cuando ella lo mira. Lo acaricia y lo besa y el muy pelotudo se despereza. Gatito, gatito, la oigo al acercarme más, sintiendo en la cara el roce perfumado de la cortina. Me sorprendo con unos golpes suaves detrás de la puerta. Espero. Doña Irma, arrastrando los pies, se asoma después del permiso para entrar. No había notado el rengueo tan doloroso de la pobre vieja. Le avisa que hay que ir a comer. Ah, claro, en esa casa no se llama a comer, allí se cena. El estúpido gato se sigue desperezando, mientras me siguen persiguiendo las voces: te tiran a la basura, te ahogan, te sacan hasta el último soplo de vida. Y después los interminables ronquidos y más ronquidos. ¡Ay, qué rabia! Si pudiera hacerlos callar. Pobre vieja, apenas si puede caminar al lado de la gurisa que se adelanta, como si nada, al comedor. Arrastra una pierna y después la otra para andar. Una brisa y la cortina sobre mi cara me recuerdan que el misifús sigue desperezándose sobre la colcha. Estira una pata, luego la otra. Sus pupilas verdes entre dormidas se encuentran con las mías. Un pequeño terremoto nervioso nos recorre a los dos. Pero, creo que son diferentes. ¿Qué sensación habrán tenido los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini ferráz? Gatito, gatito, que sedoso tiene el pelo. Tenso trata de huir, pero yo lo detengo imitando unos sonidos. Una ligera entrada y salida de aire desde la garganta, sin llegar a tronar como mi padre. Gatito, misi, qué lindo almohadón, tan mullido y calentito, le susurro. Otro espasmo nos sacude a los dos. Otra vez, Intenta escapar. Aprieta los músculos bajo la presión de mis manos sobre el almohadón. Lo siento en mis palmas. Aprieto más fuerte, más fuerte todavía. Esta noche una niña tendrá dolor de estómago, quizás hasta vomite. Gritará, llorará. Y sigo luchando contra la obstinación gatuna. Contra sus dedos que intentan defender con las agujas filosas de sus uñas, el último soplo de vida. Finalmente se relaja, el sonido porfiado de sus gemidos se apaga. Extiendo el negro cuerpecito lánguido, dormido profundamente sobre el almohadón.
El golpe me anuncia que la última milanesa ha sido empanada y el cuerpo de otra sobre el aceite hirviendo, acercará el llamado. El puré humea en la fuente sobre el mármol de la cocina. ¡Ufa¡, ¿terminaste de estudiar? Cuando te metés en esos libros ni me ponés atención. Mil veces te lo pregunté ¿Qué dijiste mamá?  Que si la milanesa la querés con el arroz o con el puré. Me da lo mismo, le respondo, mientras me llega la respiración pausada y demasiado profunda de mi padre.




Coraje taurino

  
El sol se desperezaba en el horizonte cuando el Gobernador bostezó su felicidad frente al espejo. No era para menos: el gran día había llegado: por centésimo año se festejaría la libertad que aún se gozaba en la isla.
 Por eso, la contemplación de la flota naval  desplegada ya armoniosamente a la entrada del pueblo, le infundió la necesaria energía para agilizar sus preparativos. Se alejó de la ventana con una sonrisa de satisfacción: “Qué hermosos lucen hoy nuestros navíos!”. Sí, sus antepasados habían concebido la más genial de las estrategias al haber conservado únicamente las tropas de mar: eran el resguardo adecuado, se fatigaban con tareas pacíficas que beneficiaban la economía y hasta podían representar el ancestral ideal de belleza.
Bastón de mando en mano y saludando con la amabilidad que le era reconocida por todos los ciudadanos, se dirigía a la plaza principal, mientras muchos jóvenes y niños procuraban la mejor exhibición de sus habilidades malabaristas,  con la secreta intención de que él o los jueces acompañantes, los seleccionaran para la competencia central de ese día.
Su estructura física descolló de inmediato en la plaza aunque, claro está, el exceso  de ciento veinte quilos distribuidos en un metro noventa y cinco le podían ser perdonados a un personaje tan magnánimo como el Señor Gobernador.
En los pasadizos circundantes del ruedo, deportistas y toros (entiéndase que cada especie en su lugar) practicaban diversos calentamientos y pergeñaban las técnicas más astutas que después expondrían. Pero casi nadie los advertía porque por el momento, el abigarrado público de las graderías ejercía el control de la seducción: torsos torneados por sugestivos corcés; cuellos, brazos y piernas ajorcados en oro, turquesa, amatista, rubí; bucles y ondas enmarcando algunas osadas miradas mediterráneas que pretendían la invitación del obeso y amable mandatario, viudo hacía tres años. Él parecía más interesado en los lubricados cuerpos de las hermosas gimnastas, que sobre la pista habían empezado a trazar sus piruetas al son de diferentes ritmos músicales. Sin embargo, para el Gobernador no hubo más objeto de pasión que el centro del ruedo cuando atletas y toros descollaron. Muchachas y varones ágiles como gacelas, uno a uno iban prendiéndose temerariamente de los cuernos para que el salto sobre la bestia tuviera el ímpetu exacto de una acrobacia.  ¿Qué si era bravo? No se podría certificar... pero...¡cómo corría!
         –Este toro... es mi favorito... para largarlo en los mil metros llanos –le dijo el Gobernador al Ministro de Deportes, mientras trataba de  cercarse la dentadura postiza, expulsada por la fuerza de la carcajada que su propia ocurrencia le había provocado.
–Como Usted habrá observado, este deporte es completísimo –acotó el Ministro, incapaz de reprimirse como consejero ni siquiera en una instancia de tanto solaz-. Exige un equilibrio físico, mental y, además, emocional. ¡Se necesita mucha audacia para enfrentarse a quinientos o seiscientos quilos de picardía animal!
–Tiene razón, amigo mío –respondió el gobernador, ya en el umbral del éxtasis.
       Los diestros domadores a lazo, los condujeron a la exacerbación. La Alcaldesa, con sus palmas enrojecidas, como las de todos los presentes, estatuyó la creación  “ipso facto” de una comisión de  fotógrafos que   plasmaría  ese reto a la gallardía y precisión en un mural a colocar  en la entrada principal del Ayuntamiento.
         En el intermedio del espectáculo, luego del almuerzo con los mandatarios, el Ministro de Deportes, con palabras embriagadas de emoción y tufillo alcohólico esputó:
 –Como usted comprenderá, Señor Gobernador, a mí, poco me importa si el vencedor es, el humano o el toro. Lo que me interesa... es... que ambos atletas demuestren sus aptitudes y actúen según su entrenamiento...Pero... esta exhibición... ¡es mucho más que eso! ¡La tauromaquia es ...la consagración... del ritual pasional!
El asesor no pudo concluir su línea de pensamiento porque un griterío generalizado se arremolinó desde un tumulto  que despedía una densa polvareda. Unos  bufidos más que elocuentes astillaron los oídos de los interlocutores: un semental de musculatura satinada y astas amenazantes giraba con una  furia solo mensurable por el vaho creciente exhalado por sus orificios nasales
       –La negrura de la muerte es la marca de ese toro –murmuró el Ministro, siguiendo sin pestañar el rumbo de los giros.
–¡Cállese la boca! ¡No sea agorero, hombre! –pronunció el Jefe de Estado, en un tono inadecuado para el protocolo, pero oportuno para la decisión del toro. Al percatarse que había sido descubierto por el noble animal, balbuceó:
 –Tranquilo, muchacho, yo no soy tu tipo.
Y como el toro, todavía, decidiera interiorizarse, personalmente, en su elección, el gobernador acentuó algo más agitado: 
 –¿No ves que no soy atleta?
El ministro de deporte, que había humedecido el pañuelo sin sacarlo del bolsillo de sus pantalones, continuaba perturbado, pese a que un pelotón de personal, especialista en casos de emergencia, se estaba apostando en el lugar. De pronto, no soportó más aquel estado de estúpido letargo. Sus nervios, al fin y al cabo, podrían estallar en cualquier momento.  Es que el semental, parecía haber sido hechizado por el gobernador. Sus pupilas taurinas, negras y vivas, presas de una fascinación increíble, no dejaban de medir, palmo a palmo, el largo y el ancho de su novel hallazgo.
–¿No era usted el especialista en materia de  entrenamientos, mi estimado señor ministro? –declaró el gobernador, simulando una risita que terminó en una mueca cuando el toro inclinó sus astas y rascó con su pezuña, corta y redonda, el suelo, definiendo su situación con otro descomunal bufido. Este acto detuvo el avance del ministro y de  la guardia, de inmediato. “No es posible –pensó el gobernador – soy el rehén del toro”. Rápidamente  agregó ante la exclamación general:
       –Que haya calma, por favor  -y murmurando amablemente al ministro continuó-:
 –Señor ministro haga algo antes de que a este toro se le ocurra exigir monedas de oro y mi más veloz medio de transporte  para salir conmigo de aquí.
          Ante los transeúntes que no podían dar crédito a lo que veían, el ministro de deporte, hizo caso omiso a las medidas de cautela sugeridas por la vigilancia, por los atletas, los mandatarios de otros gabinetes que se estaban aproximando, e inclusive médicos y personal  veterinario y se interpuso entre el toro y su gobernador. Algunas exclamaciones se escucharon: “!Qué muestra de coraje!”; “¡Qué aventurado! “¡Esa es la mejor prueba de fidelidad!”; “¡Qué idiota!”: Por ventura, los veterinarios con su tranquilizante actuaron con mayor rapidez y eficacia que  la guardia nacional, y luego más calmados, retornaron alegremente cada uno a lo suyo. Calma, que aprovechó el gobernador para agradecerle, con creces, a su ministro y preguntarle si todavía seguía sin importarle quien era el vencedor.
        Esa tarde, antes de que el sol, ebrio de emociones y algarabía, extendiera su manto cobrizo sobre la isla dorada, una bella mujer morena ejecutaba su doble salto mortal por entre las astas de un negro toro bravío.








        


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