lunes, 29 de enero de 2018

Nació esclavo pero se transformó en mago: tú, yo, nosotros, nos reconocemos en los personajes de Antón Chéjov, aún hoy.























«Además de un vasto talento y de la abundancia de asuntos, el escritor necesita otras cosas: Primero, una mente madura y, luego, un sentimiento profundo de libertad personal. ¿Por qué no escribe usted la historia de un joven cuyo padre fue un siervo, de un joven que tuvo que ser sucesivamente vendedor, corista, estudiante, educado para tratar a las gentes de rango con respeto, besar la mano de los sacerdotes, inclinarse ante las ideas de otras personas y demostrar su gratitud por cada pedazo de pan que come? De un joven constantemente flagelado, que para dar clases tiene que caminar con el calzado roto, trabándose a golpes con los otros muchachos, torturando a los animales, inclinado a comer con sus parientes ricos, comportándose hipócritamente ante Dios y los hombres, por la simple conciencia de su propia insignificancia... Muéstrenos usted cómo ese joven se liberta poco a poco del esclavo que vive en él hasta el día en que descubre, al despertarse, que no hay la menor gota de sangre de esclavo en sus venas y que su sangre es verdadera, la misma de todos los otros hombres.»


Antón Chéjov al editor Suverin


«Si poseo dones que es menester respetar, confieso que hasta hoy no he experimentado por ellos el menor respeto. Me daba cuenta de poseer algún talento, pero había adquirido la costumbre de considerarlo como algo insignificante. Hasta ahora, mi actitud frente a mi obra literaria ha sido negligente en extremo. No recuerdo uno solo de mis cuentos que me hubiese costado más de 24 horas de trabajo. Ese «Guardabosque» que ha gustado tanto a usted lo escribí en un establecimiento de baños. He compuesto mis cuentos como los reporteros de los diarios escriben sus noticias de incendio, maquinalmente, en un estado de semi-vigilia, sin preocuparme de los lectores o del relato mismo. Me propongo renunciar a un trabajo efectuado tan de prisa; pero esto no será en seguida. No tengo ninguna posibilidad de escapar a una rutina a la que me he esclavizado hasta hoy. No me espanta la perspectiva del hambre de la que tengo ya experiencia, pero pienso siempre en mi familia. Dedico a mis escritos únicamente mis horas de ocio: dos o tres en el día y una breve parte de la noche. En el verano, en que es posible disponer de más tiempo y en que es más bajo el costo de la vida, me ocuparé más seriamente de mi trabajo".

Antón Chéjov al escritor Grigerovich


 «Aprenda de Chejov la concentración de ideas y la economía de expresión, pero que Dios le guarde de imitar su lenguaje, ya que es inimitable, y si usted lo copia, sufrirá las consecuencias: es como una belleza que se muestra fría y no se entrega a nadie»

Máximo Gorki a Andreiev


«Mi santuario es el cuerpo humano y el cerebro, el talento, la inspiración, el amor y la libertad personal sin las cadenas de la fuerza o de la mentira cualquiera que sea la forma que tomen estos dos últimos. Si hubiese sido yo un gran artista, habría seguido esta línea de conducta. No soy liberal, conservador, evolucionista o monje. Todo lo que deseo es ser un artista libre. Detesto la violencia y las mentiras de toda especie. El fariseísmo, la estupidez y la licencia se encuentran no sólo en los hogares de la clase media o en las comisarías de policía, sino también en la ciencia, en la literatura y entre los jóvenes. Considero como prejuicios las etiquetas o las marcas de fábrica. Me parece que el escritor narrativo no debería intentar ser el juez de sus personajes y de sus diálogos, sino tan solo un testigo imparcial. El artista debe juzgar únicamente aquello que comprende, y su papel es observar, escoger, adivinar y combinar. Su oficio consiste en exponer y no resolver un problema. En «Ana Karenina» y en «Eugenio Oneguine» no se resuelve ningún problema, pero son obras que nos placen porque allí los problemas se encuentran correctamente planteados. El escritor no es un confeccionador, un fabricante de cosméticos o un director de espectáculos sino un hombre que debe firmar un pacto con su conciencia y con su sentido del deber y, aunque no lo quiera, está obligado a vencer su fastidio y manchar su imaginación con las impurezas de la vida. La noción de suciedad no existe para un químico, y el escritor debe ser tan objetivo como éste. Debe renunciar a la actitud subjetiva ante la vida. No hay sino que mirar a los escritores que consideramos como inmortales o simplemente como buenos: los mejores de entre ellos son realistas que pintan la vida como es. Hay un propósito consciente en cada línea que escriben hasta el punto que comprendemos que esos escritores, al pintar la vida en su aspecto real, nos sugieren la vida como debería ser”.

Antón Chéjov


«Antón Pavlovich emprendió su viaje al otro mundo pacífica y tranquilamente. A comienzos de la noche se puso a pasear por la alcoba y me pidió, por la primera vez de su vida, que llamara al médico. Recuerdo la sensación que tuve de la cercanía de centenares de gentes en el gran hotel dormido y, al mismo tiempo, la impresión de mi propia soledad y de lo poco útil de mi presencia... El médico llegó y me ordenó dar al enfermo un poco de champaña. Antón se sentó con gravedad y le dijo al médico en voz alta y en lengua alemana que conocía muy poco «Ich sterbe» (me muero) ... Luego, tomó en su mano la copa de champaña, volvió la cabeza hacia mí con su maravillosa sonrisa diciéndome: «Hace tiempo que no había bebido champaña...» Vació la copa, se inclinó sobre el lado izquierdo y se quedó en silencio. La paz terrible de la noche fue interrumpida sólo por el batir de alas de una enorme mariposa nocturna. Volaba de una pared a otra y se arrojaba con violencia sobre las lámparas encendidas. Encontró de nuevo la ventana abierta hacia la dulce noche oscura y desapareció. Entre tanto, Chejov había cesado de hablar, de respirar, de vivir. Llegó la aurora y, al mismo tiempo que se despertaba la naturaleza, resonaba el tierno canto de los pájaros. No se escuchaba ninguna voz humana ni ningún ruido de la vida cotidiana. Sólo había allí la belleza, la serenidad y la grandeza de la muerte».

Olga Knipper

En: unesdoc.unesco.org



domingo, 28 de enero de 2018

La lucidez que despierta la iniquidad.


«Mírame madre, y por tu amor no llores: / 
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / 
tu mártir corazón llené de espinas, / 
piensa que nacen entre espinas / flores». 
J. Martí 
Presidio, 28 de agosto de 1870
De: http://www.josemarti.cu


José Lorenzo Cabrera, reconocido retratista y de quien se ha dicho fue uno de los que más contribuyó al adelanto fotográfico en La Habana, retrató a José Martí en el Presidio.

Este retrato de José Martí cuando tenía 17 años, fue hecho el 5 de abril de 1870 en el Presidio Departamental de La Habana, mirando a la cámara, rapado, vistiendo el uniforme de preso con sombrero negro, encadenado, mostrando la atrocidad de las cárceles coloniales.

El «fotógrafo del presidio» José Lorenzo Cabrera lo retrató en una de las celdas del penal convertida en galería para fotografiar y anotó el número 113 para ponerlo al pie de la foto. Era el número que le habían asignado a Martí en su expediente carcelario y en él constaba que había sido condenado por un Consejo de Guerra a seis años de trabajos forzados en el Presidio Departamental por escribir una carta a un condiscípulo censurando su actitud apostata al ingresar en el ejército español. En la misma causa, y por haberla firmado junto con Martí, fue sentenciado a seis meses de arresto mayor en la fortaleza de La Cabaña su amigo Fermín Valdés Domínguez.

De: El retrato de José Martí en el presidio - Jorge Oller Oller
En:  http://www.josemarti.cu


El Presidio Político en Cuba
VIII

Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los demás. Y si algo los exacerba y los hace terribles es seguramente la convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.

Esta angustia que no todos comprenden, con la que tanto sufre quien la llega a comprender, llenó muchas veces mi alma, la llenaba perennemente en aquel intervalo sombrío de la vida que se llama presidio de Cuba.

Yo suelo olvidar mi mal cuando curo el mal de los demás. Yo suelo no acordarme de mi daño más que cuando los demás pueden sufrirlo por mí. Y cuando yo sufro y no mitiga mi dolor el placer de mitigar el sufrimiento ajeno, me parece que en mundos anteriores he cometido una gran falta que en mi peregrinación desconocida por el espacio me ha tocado venir a purgar aquí. Y sufro más, pensando que, así como es honda mi pena, será amargo y desgarrador el remordimiento de los que la causan a alguien.

Aflige verdaderamente pensar en los tormentos que roen las almas malas. Da profunda tristeza su ceguedad. Pero nunca es tanta como la ira que despierta la iniquidad en el crimen, la iniquidad sistemática, fría, meditada, tan constantemente ejecutada como rápidamente concebida.

Castillo, Lino, Figueredo, Delgado, Juan de Dios Socarrás, Ramón Rodríguez Alvarez, el negrito Tomás y tantos otros, son lágrimas negras que se han filtrado en mi corazón.

¡Pobre negro Juan de Dios! Reía cuando le pusieron la cadena. Reía cuando le pusieron a la bomba. Reía cuando marchaba a las canteras. Solamente no reía cuando el palo rasgaba aquellas espaldas en que la luz del sol había dibujado más de un siglo. El idiotismo había sucedido en él a la razón; su inteligencia se había convertido en instinto; el sentimiento vivía únicamente entero en él. Sus ojos conservaban la fiel imagen de las tierras y las cosas; pero su memoria unía sin concierto los últimos con los primeros años de su vida. En las largas y extrañas relaciones que me hacía y que tanto me gustaba escuchar, resaltaba siempre su respeto ilimitado al señor y la confianza y gratitud de los amos por su cariño y lealtad. En el espacio de una vara señalaba perfectamente con el dedo los límites de las más importantes haciendas de Puerto Príncipe; pero en diez palabras confundía al biznieto con el bisabuelo, y a los padres con los hijos, y a las familias de más remoto y separado origen.

Aquello que más le hería, que más dolor le causaba, hallaba en él por respuesta esa risa bondadosa, franca, llena, peculiar del negro de nación. Los golpes sólo despertaban la antigua vida en él. Cuando vibraba el palo en sus carnes, la eterna sonrisa desaparecía de sus labios, el rayo de la ira africana brillaba rápida y fieramente en sus ojos apagados, y su mano ancha y nerviosa comprimía con agitación febril el instrumento del trabajo.

El Gobierno español ha condenado en Cuba a un idiota.

El Gobierno español ha condenado en Cuba a un hombre negro de más de cien años. Lo ha condenado a presidio. Lo ha azotado en presidio. Lo ve impávido trabajar en presidio.

El Gobierno español. O la integridad nacional, y esto es más exacto; que aunque tanto se empeñan en fundir en una estas dos existencias, España tiene todavía para mí la honra de tenerlos separados.

Canten también, aplaudan también los sancionadores entusiastas de la conducta del Gobierno en Cuba.

José Martí
De: damisela.com




Talleres Literarios y de Lengua durante todo el año, para todas las edades y aspiraciones.



viernes, 26 de enero de 2018

“Los ojos de los demás, nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas”.- Virginia Woolf


                            
                      25 de enero de 1882- Reino Unido



Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada. A pesar de todo esto, fácilmente se puede conjurar una imagen que presta un buen servicio al hombre libresco y que suscita una sonrisa a sus expensas. Imaginamos a una figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, incapaz de levantar una sartén del hornillo, o de abordar a una dama sin sonrojarse, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasa las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, aunque en modo alguno se asemeje a ese otro al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria.

De: Horas en una Biblioteca
En: http://assets.espapdf.com
 
                                                                                           












1928

Sábado, 11 de febrero
Tengo tanto frío que apenas puedo sostener la pluma. Lo huero que es todo, con estas palabras terminé la última anotación; realmente he tenido esta sensación con notable persistencia, o quizás hubiera debido escribir más aquí. Hardy y Meredith conjuntamente han conseguido mandarme a la cama con una sensación de torpeza, y con dolor de cabeza. Ahora conozco muy bien esta sensación que experimento cuando no puedo hilar una frase, y permanezco sentada, murmurando y rebullendo; y nada surge en mi cerebro, que es como una ventana cerrada. Entonces cierro la puerta de mi estudio y me acuesto, tapándome los oídos con goma; y estoy en cama un día o dos. ¡Y cuántas leguas recorro, en este tiempo! Cuántas son las «sensaciones» que recorren mi espina dorsal y atacan directamente mi cabeza, a poco que les dé ocasión; qué exagerado cansancio; qué angustias y desesperaciones; y luego un celestial alivio y el reposo; y después de nuevo la desdicha. Me parece que no ha habido nadie que haya sido tan zarandeado por su propio cuerpo como lo soy yo. Pero esto ya ha terminado, y está archivado…
Por ignoradas razones, sigo trabajando un tanto rutinariamente en el último capítulo de Orlando, que iba a ser el mejor. Siempre, siempre, el último capítulo se me escapa de las manos. Me aburro. Procuro estimularme. Todavía tengo esperanzas de que vuelva a soplar un viento fresco, por lo que no me preocupo gran cosa, aunque echo en falta la sensación de diversión, que tan tremendamente era en el mes de octubre, noviembre y diciembre. Comienzo a sospechar que el libro sea vacío; y que es quimérico escribir tan intensamente.

Miércoles, 20 de junio

Estoy tan harta de Orlando que no puedo escribir. He corregido las pruebas en una semana; y no puedo escribir una sola frase más Detesto mi propia fecundidad. ¿Por qué hay que estar siempre soltando palabras a chorro? También he perdido mi capacidad de leer. Corregir pruebas durante cinco, seis y siete horas diarias, escribir meticulosamente esto o aquello, ha dañado gravemente mi capacidad de lectura. Después de la cena, he cogido a Proust, y lo he dejado. Es el peor momento. Me dan ganas de suicidarme. Parece que no se puede hacer nada. Todo parece insípido y sin valor. Ahora esperaré y contemplaré mi resurrección. Me parece que leeré algo, la vida de Goethe, por ejemplo.


 1931

Martes, 7 de julio

Cuán bueno es buscar alivio a este trabajo de incesante corrección (estoy haciendo los interludios) y escribir unas cuantas palabras descuidadamente. Mejor sería todavía no escribir; pasear por los campos, impulsada por el viento como los cardos, y tan irresponsablemente como ellos. Y hurtarme a este duro nudo en el que mi cerebro ha sido tan prietamente liado; me refiero a Las olas. Esto es lo que siento a las doce y media del martes día 7 de julio —hermoso día, creo—, mientras todo lo que nos rodea, esto es lo que dice la etiqueta que llevo dentro de la cabeza, es hermoso…


En: http://www.elviejotopo.com





jueves, 25 de enero de 2018

“La esclavitud de las mujeres, que combina racismo y sexismo a la vez, precedió a la formación y a la opresión de clases”. - Glenda Herder

Revelación

Había corrido toda la noche. Vencida por el cansancio, cayó.
Alzó su vista al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Apsu!, ¿por qué me haces esto?, ¿por qué me abandonaste?”

El silencio fue creciendo. Un rayo de luz iluminó el río. Incapaz de moverse, la joven se arrastró como un animal; “puso la vista en el agua y vio correr su destino”.
Entonces comprendió todo: Apsu le había contestado.

Bebió agua, usando su mano como pocillo; después se echó a descansar un largo rato, ya que su misión requería de todas sus fuerzas.

Con paso firme regresó a su casa; al verla llegar, la madre corrió a abrazarla, pero ella rechazó esa ofrenda de cariño apartándola de sí.
El padre, sentado en un sillón, era abanicado por varias mujeres, mientras otras, de un gran tazón cubierto de oro sacaban uvas que depositaban una a una en su boca.
-Veo que decidiste regresar, sabía que no podías vivir lejos de las comodidades que te ofrezco, hija mía- expresó aliviado, mientras tomaba vino de una copa de plata, cuyo borde tenía incrustadas piedras preciosas.
Seria y con voz firme dijo:
-Padre, estoy de acuerdo en casarme con el hombre que me has asignado, aunque me convierta en esposa de segunda categoría.
-Muy bien, la boda se realizará mañana mismo. Gracias a las divinidades has recapacitado; pensé que una enfermedad se había apoderado de ti.

A pesar de los angustiantes sollozos de su madre y hermanas, ella se casó con el hombre elegido, unos años mayor.

Los días pasaron. Las esposas, concubinas y esclavas, se rotaban en la alcoba cada noche. Muy pronto sería su turno, se acercaba el fin de su misión. No lo comentó con nadie, así se lo había indicado Apzu.
Las mujeres cuchicheaban a sus espaldas: era tan tranquila, tan callada, que la creyeron loca.
 A la hora señalada la vistieron con pocas prendas. Así lo había requerido su esposo.

Entró en la habitación; en su vagina tenía la llave de su libertad, y la de todas aquellas mujeres.
-Ponte cómoda en el lecho, yo lo haré todo- dijo él, mientras giraba un instante para acicalarse. Se acostó encima de ella. El perfume del aceite del hombre, que le respiraba aliento caliente en su cuello, le causaba náuseas. Pero se quedó inmóvil esperando el momento oportuno, a pesar de que él le estremecía la piel con sus gruesos labios. Desflorada con lujuria, se sintió avergonzada, pero no emitió sonido alguno, como tampoco ni una lágrima rodó por su mejilla.

En el delirio del placer de aquella bestia insaciable, la joven deslizó el cuchillo bajo la almohada, y con la fuerza de su humillación y la de todas las núbiles, se lo clavó varias veces en el robusto pecho. Él exhaló un ronco gemido y tuvo energía aún para intentar escapar. Pero resbaló y se enredó en las sábanas de seda, teñidas, como ella, de un rojo carmesí. El cuerpo no se movía. Sólo la respiración entrecortada de la joven quebraba el silencio en aquel lugar. Cuando acercó el cirio al elegido, descubrió ciertas similitudes con las de Marduk, quien lentamente se estaba convirtiendo en cenizas.

Una extraña alegría la invadió, pues su primera encomienda estaba concluida.    


Daniela Rostkier

Taller “Como Ellas, Yo: Mujeres”.
(Módulo: Mesopotamia: Enuma Elish)
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS





MARDUK






martes, 23 de enero de 2018

“Fui lo que fui: una mezcla / de vinagre y aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”- Nicanor Parra

Chile / 5 de setiembre de 1914- 23 de enero de 2018
Autorretrato


Considerad, muchachos,
esta lengua roída por el cáncer:
soy profesor en un liceo obscuro
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? — Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo para qué:
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con sabor y con olor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan,
¡estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.


(De Poemas y antipoemas, 1954)
En: https://cvc.cervantes.es












“Hay en mí del holandés, / del negro y del inglés. / Y: o soy nadie o soy una nación”. - Derek Walcott

23 de Enero de 1930- Santa Lucía, Antillas.
Cuando un jarrón se rompe, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría intacta. La cola que restaura las piezas es la autenticación de su forma original. Un amor semejante es el que vuelve a reunir nuestros fragmentos asiáticos y africanos, la rota reliquia que, una vez restaurada, devela blancas cicatrices. Esta reunión de trozos es la pena y la nostalgia de las Antillas, y si las piezas son desparejas, si no se ajustan bien, ellas contienen más pesadumbre que su figura original; esos iconos y vasijas sagradas se revisten de una realidad que renueva sus ancestrales lugares. El arte antillano es esta restauración de nuestras historias hechas añicos, de nuestros cascos de vocabulario, lo cual convierte a nuestro archipiélago en un sinónimo de los pedazos separados del continente originario. Y este es el procedimiento exacto para hacer poesía, o eso que debería llamarse, no “hacer”, sino rehacer la memoria fragmentada, la armadura que encierra al dios, incluso el rito que lo entrega a la pira final; el dios armado caña a caña, junco flexible tras junco flexible, cuerda trenzada tras cuerda, tal como los artesanos de Felicity erguían su resonancia divina.

La poesía es como el sudor de la perfección, pero debe parecer tan fresca como las gotas de la lluvia sobre la frente de una estatua; combina lo natural con lo marmóreo, conjuga ambos tiempos: el pasado y el presente; el pasado es la estatua y el presente el rocío o la lluvia sobre su frente. Existe el lenguaje amortajado y el vocabulario individual: y el oficio de la poesía es excavación y descubrimiento de uno mismo. En lo que corresponde al tono, la voz personal es un dialecto; forma su propio acento, su propio vocabulario y su propia melodía, desafiando el concepto imperial del lenguaje; el lenguaje de Ozymandias, de las bibliotecas y los diccionarios, de las cortes de justicia y los críticos, las iglesias, las universidades, el dogma político y la dicción de las instituciones. La poesía es una isla que se separa del continente. Los dialectos de mi archipiélago me parecen tan frescos como las gotas de la lluvia sobre la frente de la estatua; no son sudor brotado del clásico mármol adusto, sino condensación de un elemento refrescante, lluvia y sal.

Derek Walcott

Revista Clave
De: https://www.otraparte.org





viernes, 19 de enero de 2018

¿Producto del alcohol y las alucinaciones?

19 de Enero de 1809 - Estados Unidos

… “Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida.

Creo que existe un radical error en el método que se emplea por lo general para construir un cuento. Algunas veces, la historia nos proporciona una tesis; otras veces, el escritor se inspira en un caso contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se las arregla para combinar los hechos sorprendentes que han de tratar simplemente la base de su narración, proponiéndose introducir las descripciones, el diálogo o bien su comentario personal donde quiera que un resquicio en el tejido de la acción brinde la ocasión de hacerlo. 

A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la de un efecto que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la originalidad (porque se traiciona a sí mismo quien se atreve a prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me digo, ante todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma, ¿cuál será el único que yo deba elegir en el caso presente? Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso efecto que producir, indago si vale más evidenciarlo mediante los incidentes o bien el tono o bien por los incidentes vulgares y un tono particular o bien por una singularidad equivalente de tono y de incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí mismo, las combinaciones de acontecimientos o de tonos que pueden ser más adecuados para crear el efecto en cuestión.


De: La Filosofía de la Composición
En: http://www.catedras.fsoc.uba.ar



“En el imaginario creador de Poe destaca, junto al narrador y el poeta, el ensayista. Entre sus múltiples trabajos teóricos su Filosofía de la composición sobresale por la singularidad de su objetivo: mostrar el proceso de creación de una obra. Aquí, tomando como referencia la escritura de su poema El cuervo, ofrece un conjunto de ideas que trascienden el ámbito de este texto, el cual, tras un análisis minucioso de su contenido, nos ha revelado su profunda relación con la Poética de Aristóteles.

El narrador pasional convive en Poe con el observador racionalista. Esta dualidad se pone de manifiesto en el desarrollo de sus pensamientos sobre el arte y la literatura, donde aflora una vocación preceptista que entrelaza el ímpetu de la pasión creadora con la razón del pensador que pretende distanciarse de todo acto de vehemencia irracional. De ahí que exprese en Marginalia: “tan completa es mi fe en el poder de las palabras, que he creído a veces posible encarnar las vaporosas fantasías que me esfuerzo por describir”. La observación externa de la realidad le guía en el desciframiento de los secretos internos de la creación artística:
Si se me pidiera una definición sumamente breve del término “Arte”, diría que es la “reproducción de lo que perciben los sentidos en la naturaleza a través del velo del alma”.

Desde esta perspectiva hemos de entender las claves para la creación contenidas en la Filosofía de la composición, no exenta de esa maldición de la inteligencia de hacer visible lo invisible.
Poe cumple en la Filosofía de la composición la sentencia aristotélica de que “en orden a la poesía es preferible lo imposible convincente a lo posible increíble”. Y del mismo modo que la Poética indaga sobre el efecto del arte, se propondrá partir de este hecho al esclarecer, en el nacimiento de la inspiración, la importancia de percibir, en el primer impulso creador, los elementos que puedan anticipar un impacto sobre el espectador (…)

De: Edgar Allan Poe, Aristóteles y la filosofía de la composición
Por: Diana María Ivizate González






“Y la noche crece apasionadamente / En sus orillas desnudas, desoladas / este hombre tiene sólo para dar / un horizonte de ciudades bombardeadas”- Eugénio de Andrade

19 de Enero de 1923- Portugal

Qué joven es la mano en el papel

o en la tierra.

Joven y paciente: cuando escribe

y cuando al sol

se transforma en caricia.


De: El peso de la sombra


En: Círculo de Poesía


La pulsación de las sílabas


Él amaba la pulsación de las sílabas,
algunos acentos: cuarta, octava, décima.
Buscaba en ella lo que no sabía,
lo que nunca supo, o sospechara:
un sentido, la señal de la gracia, el frágil
hilo que condujese a la vida,
tan acá del deseo de vivirla.
Cuánta melancolía, cuánta incertidumbre
fue siempre la suya en lo que hacía,
allá donde el cuerpo se hace alma
o el alma se hace cuerpo- ¿cómo saberlo?
El tiempo casi nada le enseñó,
pero proseguía, insatisfecho
o inseguro, que ni eso sabía.
Entre impulsos, crispaciones, reticencias,
perseguía el ritmo de la música más suya
con el mismo empeño que lo que fuera antes
pura delicia, caricia breve. Sólo la mano
no había cambiado-siempre tan leve.