La ocasión es propicia para agradecer a Nancy Ramos Boerr Fredda -descendiente de nuestros ancestros indígenas- por su constante y minuciosa labor de difusión sobre nuestra cultura originaria, en su prestigioso programa de Radio Uruguay, el cual fervorosamente recomendamos escuchar.
Una "nivola" que merece tu lectura siglo XXI. “Nosotros los hombres no perecemos ante las
grandes penas ni ante a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas
alegrías vienen envueltas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la
vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa”.
Animal de pocas palabras. La
descripción de la hiena debe hacerse rápidamente y casi como al pasar: triple
juego de aullidos, olores repelentes y manchas sombrías. La punta de plata se
resiste, y fija a duras penas la cabeza de mastín rollizo, las reminiscencias
de cerdo y de tigre envilecido, la línea en declive del cuerpo escurridizo,
musculoso y rebajado.
Un momento. Hay que tomar también
algunas huellas esenciales del criminal: la hiena ataca en montonera a las
bestias solitarias, siempre en despoblado y con el hocico repleto de colmillos.
Su ladrido espasmódico es modelo ejemplar de la carcajada nocturna que
trastorna al manicomio. Depravada y golosa, ama el fuerte sabor de las carnes
pasadas, y para asegurarse el triunfo en las lides amorosas, lleva un bolsillo
de almizcle corrompido entre las piernas.
Antes de abandonar a este cerbero
abominable del reino feroz, al necrófilo entusiasmado y cobarde, debemos hacer
una aclaración necesaria: la hiena tiene admiradores y su apostolado no ha sido
vano. Es tal vez el animal que más prosélitos ha logrado entre los hombres.
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de
tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu
boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y
recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y
te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad
elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no
busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que
mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más
de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y
nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se
miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente,
mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando
en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un
silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente
la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena
de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos
mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber
simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva
y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna
en el agua.
Acusado de fraude por la Standart Oil, la Esso colombiana,
Mutis fue recluido 15 meses
en la celda 52 de la crujía I del Penal de
Lecumberri.
“Conozco México mejor porque estuve en Lecumberri” - Álvaro
Mutis
Por: Elena Poniatowska
Si no hubieras estado en el
Palacio Negro de Lecumberri, ¿habrías escrito siete novelas?
–Bueno, no sólo no habría escrito
las siete novelas, sino ninguna otra cosa. En la cárcel tú llegas al final de
la cuerda; todo lo que sucede en la cárcel es verdad absoluta. Ahí no tienes
lugar especial, ni por tu posición social, ni por tu condición de escritor;
pierdes todos tus privilegios, y eso es muy sano… Estás frente a la nada, no
sabes qué va a ser de ti. Y para quien viene de un país extranjero, la única
manera de conocer a fondo un país es una experiencia como ésa. Yo no me quejo
para nada, aunque desde luego que no hubiera querido tener nunca esa vivencia.
–¿Antes de entrar a Lecumberri
qué habías escrito?
–Había publicado Los elementos
del desastre, Reseña de los hospitales de ultramar, La balanza y tenía mucho
poema suelto que no había reunido. Pero es a partir de que empiezo a escribir
La nieve del almirante –publicada en 1986– cuando se empezó a destilar, a
reproducirse, una cantidad de material que se fue convirtiendo en las otras
seis novelas. Me di cuenta de que esas novelas las podía hacer porque había
vivido la experiencia de Lecumberri. Después de Lecumberri, también salieron
publicados ocho libros de poesía: Los trabajos perdidos, Los emisarios, Crónica
regia y alabanza del reino, Un homenaje, Siete nocturnos… Nunca quise volver a
escribir sobre la experiencia de la cárcel, porque sentía que iba a mentir; tú
sabes que la experiencia real, a medida que va pasando el tiempo, uno la va
transfigurando (tuve la tentación de decir enriqueciendo, pero puede ser
también empobreciendo). Jamás he vuelto a tocar el tema. Eso sí, puede que en
algunas de las novelas haya un mundo de picaresca o que en el carácter, en la
sicología o en la conducta de Maqroll, El Gaviero, haya material de alguien que
ha conocido el submundo del hampa.
“Cuando encuentras un hombre que
ha cometido varios homicidios brutales, conversas con él y te cuenta de sus
hijos, tiene contigo detalles de afecto, se te abren los ojos del alma y te das
cuenta de que estás con una persona que es como tú. Esa lección no hay con qué
pagarla. No te digo que te haga mejor o que te haga más feliz, pero sí te
enriquece. Una cosa que yo aprendí a partir de Lecumberri es que ningún hombre
tiene el derecho de juzgar a nadie. Finalmente, todas las leyes, todos los
códigos, todos los decretos, todos los reglamentos acaban siendo de una gran
injusticia. Mira, te voy a contar una anécdota: estaba yo un día en una tienda
departamental, aquí en México, y de pronto se me acerca un policía y me dice:
‘¡Quihubo, mi Mayor!’ Era un compañero mío de la crujía H, cuando yo fui
‘Mayor’ de la crujía. Era una fiera, listo como no te imaginas. Su especialidad
era el robo en casas, (esos ladrones se llaman ‘zorreros’). Y le dije: ‘¿Y tú
qué haces aquí?’ Me dijo: ‘Pues aquí trabajando’, ‘¿Cómo entraste?’ ‘Pues ahí
con unos papeles, ya sabe usté”. Pensé yo: ‘Este hombre fue juzgado por robo y
ahora el es el que atrapa al que roba’”.
–Y cuando te sucedió lo de
Lecumberri, ¿tú pensaste en algún momento en que era irrevocable?
–Sí. Me cayó la justicia encima,
me cambió la ley. Me sentí acorralado, cercado, pero pocas semanas después me
fui dando cuenta, a medida que recibía cartas y visitas que no estaba solo.
En: http://www.jornada.unam.mx
Soledad
En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes
árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano
silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor
de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y de
paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando,
temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la
demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al Gaviero una secreta
herida de la que manaba en ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e
innombrable. La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada
extensión del alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en
sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni
la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su
aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.