lunes, 27 de enero de 2014

En memoria del genocidio judío

Liberación


-Métete aquí, no me cuestiones -dijo su madre, mientras la empujaba hacia una especie de casillero.
-Toma este trozo de pan, no lo comas todo de una vez, debe durarte varios días, y no salgas hasta que yo vuelva ¿entendido?
La besó dulcemente en la frente empapándola con unas gotas de sudor y cerró la metálica puerta.

Hacía días que el ambiente estaba raro allí: los soldados, nerviosos; mascullaban entre ellos y el temor se notaba en sus ojos aunque intentaran disimularlo.
Las enormes chimeneas que escupían humo negro y maloliente se habían apagado; por las ranuras de su escondite ya no ingresaba aquel aire viciado pero se podía ver cómo quemaban papeles y cabellos por cualquier parte en tanto que filas interminables de prisioneros eran arriadas por un soldado vociferando en alemán o en polaco -no lo sabía con certeza, como tampoco si atravesaban las puertas del campo. Estaban esqueléticos, se tambaleaban,  pero intentaban recuperar el equilibrio enseguida; sabían que una bala pondría fin a su tortura si se caían o si osaban mirar hacia algún lado.


Recordó el primer día en el campo. Habían viajado en un tren abarrotado de gente, sin agua, ni comida, el aire enrarecido por los cadáveres que no resistían el largo y penoso trayecto. Ella, su madre y sus hermanos iban abrazados para darse ánimos; el padre, al lado de la puerta, tratando de respirar y de adivinar el rumbo de la caravana. Recién había cumplido los diecisiete...

-Hija, no nos separarán. Tienes que tener fe en eso- la consolaba la madre apretándole con fuerza su mano.

-Sí, madre- y algo cansada se le recostó en el pecho para sentirle los latidos.

El tren se detuvo con un sofocante bramido. Instintivamente, la madre miró al marido; con expresión de terror él murmuró “Auschwitz”. La mujer también se asustó y apretó con más fuerza la mano de su hija hasta producirle dolor.
En Hungría habían escuchado historias terribles sobre ese lugar: las cámaras de gas, los hornos crematorios...; eran moneda corriente esos relatos en la localidad donde vivían pero nunca pensaron que sus propios conciudadanos los entregaran, sin piedad, a los nazis.

-Hija, préndete de mi mano y no te separes de mí, pase lo que pase-. La joven la miró, y tragó saliva.

La puerta se abrió de pronto y una bocanada de aire fresco ingresó en el lugar. Una avalancha de gente confundida y asustada corrió por la improvisada rampa de madera, azuzados por los golpes de los soldados y ladridos de perros que parecían querer comérselos.
Ella y su madre fueron casi las últimas en bajar, pero ya habían perdido de vista a su padre y hermanos.

Un gruñido cercano, casi allí adentro, la sobresalta. “Este es mi fin”, piensa, y un líquido caliente se desliza por su pierna. Uno o varios perros arañaban la precaria construcción; cuando el obediente soldado tanteó para abrir, la voz de un camarada que lo increpa y lo obliga a seguirlo. El tiempo parece estancarse pero amanece.

Nadie en las proximidades. Había prometido esperar a su madre. “¿Y si no vuelve? No, no puedo pensar así. Mi madre siempre tiene estrategias; ya se salvó de las cámaras; quizá la eligieron de nuevo para seleccionar la ropa de los pobres engañados”.

-Tú no debes llorar- le había dicho su madre-. No podemos dar a los asesinos la dicha de vernos vencidas- le repetía, cada vez que la joven se sentía derrotada. Pero nunca quiso contarle que, separando los andrajos de las prendas todavía útiles, había reconocido las de su marido y sus hijos. En ciertas circunstancias, la frontera entre el temor y la esperanza es irreconocible.

Dos días transcurrieron; impregnados en un silencio sobrecogedor parecieron semanas.
Su pan estaba a medio comer; cuando se acabara,  ¿moriría de hambre?
Con cierta timidez abrió la pequeña puerta. El leve chirrido la animó a asomarse: ni un alma. Se escondió enseguida detrás de una carreta y aguardó... Nada... Pero cuando escudriñó la carga, ahogó un grito: incontables cuerpos desnudos, apilados, de ojos abiertos, mirando al cielo algunos, y otros, a ella, como juzgándola. Corrió lo más rápido que pudo, y casi cayó en una gran fosa, no se quiso asomar: tenía miedo, mucho miedo. A su alrededor, inmensas fogatas de papel consumido, aunque algunos trozos aún volaban al capricho del viento.

Una mano se posó en su hombro. La joven emitió un grito casi gutural y se dio vuelta desesperada.
-Tranquila, no te haré daño- exclamó un hombre con acento ruso-. ¿Cómo te llamas?
-Ga-Gadit- respondió asustada.
-¿Quieres un poco de agua?- y sacó de entre sus cosas una cantimplora.
-¿Qué es este lugar?-preguntó el recién llegado.
-Se llama Auschwitz, un campo de concentración y exterminio, le informó, bebiendo el agua de a sorbitos.
-¿Quieres que te lleve con los tuyos?
 -¿Hay más como yo?- balbuceó, con una sonrisa que mejoró su rostro demacrado.

Caminaron largo rato. Gadit le contó algunos episodios de su estadía, la certeza de que su padre y hermanos habían muerto.
Se encontró con otros prisioneros. Intentó hallar a su madre, pero todas las caras eran iguales: de algún modo, los nazis habían triunfado: el cabello, la vestimenta, son signos de nuestra identidad.

-¡Gadit, Gadit!- se desesperaba una voz. Ella se volteó con ilusión, pero no era su madre.
-¡Qué alegría encontrarte! Tu mamá me pidió que te diera esto.
La Estrella de David en un dije color plata que le habían regalado para su Bar Miztva anidó en el cuenco de su mano.
-Pero, ¿cómo?
-Me lo había entregado como pago por ocuparme de ubicarte en un trabajo seguro. El día de la evacuación vino a verme y me pidió que se lo devolviera. La conozco hace años, fue mi amiga en el colegio, y accedí. En ese momento entró un soldado y nos obligó a salir. Corrimos, nos persiguió, pero éramos demasiado ágiles. Pensamos que nos habíamos salvado, pero el desgraciado volvió con otro y su perro. Tu madre me rogó que te lo diera; me dijo que iba a reunirse con su marido y sus hijos, y escapó; no pude detenerla. A los segundos escuché gritos y un disparo. No quise mirar.

Gadit apretó la Estrella en su mano. “Volviste, madre, volviste”. Quiso llorar pero no pudo. Hasta de las lágrimas la habían despojado los malditos. “Pero estoy viva, madre, estoy viva. Ahora estoy segura de que fuiste tú quien me salvó aquella noche”.


Daniela Rostkier

Taller de Narrativa (Presencial)
Pasiones Literarias
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS





"... ¡un hermoso par de ojos de niño!"... El Hombre de Arena


Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
24 de enero de 1776 -Prusia
Jurista, diujante, compositor musical, escritor.


Los invitamos a leerlo:
imprescindible para la comprensión
del "fantástico".
No en vano también Freud
explicó el concepto de "lo siniestro"
a partir de este cuento
y desarrolló sus implicaciones
en el campo psicológico.
De relevancia , además,
la muñeca autómata,
para seguir comprendiendo
el rol de la mujer en el siglo XIX.


¡Buena cosecha!

“No sé español... pero en el contexto del Caribe, y en mi condición de isleño, resulta algo imperdonable” - Derek Walcott


Puedo sentirla viniendo de lejos...


Puedo sentirla viniendo de lejos, también, Mamá, la marea
desde el día ha pasado su vez, pero aún noto
que como una gaviota blanca relampaguea sobre el mar, su lado inferior
atrapa el verde, y yo prometo usarlo después.
La imaginación ya no se aleja con el horizonte,
mas no hace sino volver. En el borde del agua
devuelve cosas limpias y fregadas que el mar, a modo
de basura, ha blanqueado, casto. Escenas dispares.
Las casas de los esclavos, azul y rosa, en las Vírgenes
bajo los vientos alisios. Mi nombre atrapado en
la almendra de la garganta de la abuela.
Un patio, un viejo bronceado con bigote
como el de un general, un chico dibujando hojas de aceite de castor
con mucho detalle, esperando ser otro Alberto Durero.
Los he mimado más que a la coherencia
mientras la misma marea para los dos, Mamá, se aproxima -
las hojas de parra poniendo medallas a una vieja cerca de alambre
y, en el patio pecoso de sombras, un anciano como un coronel
bajo las verdes balas de cañón de la calabaza.

Versión de Vicente  Araguas
Huerga y Fierro Editores




Un pensamiento que tiembla...


Un pensamiento que tiembla, no mayor que un reyezuelo
herido, se hincha al pulso de mi alma redondeada,
punza mientras su arañazo señala semejante a un montón de porquería,
alas ovales sonando monótonamente como un corazón apanelado.
Me das pena, reyezuelo; más de la que tú das al gusano
He visto ese pico sin piedad golpeando suave al gusano
como una aguja de calcetar a la lana, el temblor que das
tragando ese flácido fideo, su meneo de consumación
semejante al de una semilla tragada por la raja de una tumba,
después tu guiño de rectitud ante la religión de un reyezuelo;
pero si murieses en mi mano, ese pico sería la aguja
en la que el mundo negro siguió girando en silencio,
tu música tan medida en surcos como lo era la de mi pluma.
Sigue picando en esta vena y verás lo que pasa:
las madejas rojas se partirán en dos como lo hace la calceta.
Se acanala en mi palma, como el latido, baqueteando para irse,
como si compartiera el conocimiento de un reyezuelo en otra parte,
más allá del mundo anillado en su ojo, estación y zona,
en el iris radial, la mirada fija, apuntada, apuntando.

Versión de Vicente  Araguas
Huerga y Fierro Editores



Desenlace


Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,

y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.

Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.



Fama


Esto es la fama: domingos,
una sensación de vacío
como en Balthus,

callejuelas empedradas,
iluminadas por el sol, resplandecientes,
una pared, una torre marrón

al final de una calle,
un azul sin campanas,
como un lienzo muerto

en su blanco
marco, y flores:
gladiolos, gladiolos

marchitos, pétalos de piedra
en un jarrón. Las alabanzas elevadas
al cielo por el coro

interrumpidas. Un libro
de grabados que pasa él mismo
las hojas. El repiqueteo

de tacones altos en una acera.
Un reloj que arrastra las horas.
Un ansia de trabajo.

Versión de Antonio Rasines


23 de enero de 1930 - isla de Santa Lucía, Antillas
Dramaturgo, poeta.
Su padre fue un pintor inglés; su madre, afrodescendiente.

"La tiranía de la opinión... es tan estúpida..." - Stendhal

Henri Beyle- (Stendhal)
23 de enero de 1783
Militar, escritor.






















I
UNA CIUDAD PEQUEÑA

Put thousands together
Less bad
But the cage less gay.
                  HOBBES

La pequeña ciudad de Verrières puede pasar por una de las más lindas del Franco Condado. Sus casas, blancas como la nieve y techadas con teja roja, escalan la estribación de una colina, cuyas sinuosidades más insignificantes dibujan las copas de vigorosos castaños. El Doubs se desliza inquieto algunos centenares de pies por bajo de la base de las fortificaciones, edificadas en otro tiempo por los españoles y hoy en ruinas.

Una montaña elevada defiende a Verrières por su lado Norte. Los picachos de la tal montaña, llamada Verra, y que es una de las ramificaciones del Jura, se visten de nieve en los primeros días de octubre. Un torrente, que desciende precipitado de la montaña, atraviesa a Verrières y mueve una porción de sierras mecánicas, antes de verter en el Doubs su violento caudal. La mayor parte de los habitantes de la ciudad, más campesinos que ciudadanos, disfrutan de un bienestar relativo, merced a la industria de aserrar maderas, aunque, a decir verdad, no son las sierras las que han enriquecido a nuestra pequeña ciudad, sino la fábrica de telas pintadas llamadas de Mulhouse, cuyos rendimientos han remozado casi todas las fachadas de las casas, después de la caída de Napoleón.

Aturde al viajero que entra en la ciudad el estrépito ensordecedor de una máquina de terrible apariencia. Una rueda movida por el torrente, levanta veinte mazos pesadísimos, que, al caer, producen un estruendo que hace retemblar el pavimento de las calles. Cada uno de esos mazos fabrica diariamente una infinidad de millares de clavos. Muchachas deliciosas, frescas y bonitas, ofrecen al rudo beso de los mazos barras de hierro, que éstos transforman en clavos en un abrir y cerrar de ojos. Esta labor, que a primera vista parece ruda, es una de las que en mayor grado sorprenden y maravillan al viajero que penetra por vez primera en las montañas que forman la divisoria entre Francia y Helvecia. Si el viajero, al entrar en Verrières, siente a la vista de la fábrica de clavos el aguijón de la curiosidad, y pregunta quién es el dueño de aquella manifestación del genio humano, que ensordece y aturde a las personas que suben por la calle Mayor, le contestarán: -¡Oh! ¡Esta fábrica es del señor alcalde!

A poco que el viajero se detenga en su ascensión por la calle Mayor de Verrières, que arranca de la margen misma del Doubs y termina en la cumbre de la colina, es seguro que ha de tropezar con un hombre de gran prosopopeya, con un personaje de muchas campanillas. Viste traje gris, y grises son sus cabellos; es caballero de varias órdenes, tiene frente despejada, nariz aguileña y facciones regulares. Su expresión, su conjunto, a primera vista, es agradable y hasta simpático, dentro de lo que cabe a los cuarenta y ocho o cincuenta años; pero si el viajero hace un examen detenido de su persona, hallará, a la par que ese aire típico de dignidad de los alcaldes de pueblo y esa expresión de endiosamiento y de suficiencia, un no sé qué indefinido que es síntoma de pobreza de talento y de estrechez de mentalidad, y terminará por pensar que las pruebas únicas de inteligencia que ha dado, o es capaz de dar el alcalde, consisten en hacerse pagar con puntualidad y exactitud lo que le deben, y en no pagar, o en retardar todo lo posible el pago de lo que él debe a los demás.

Y ya tenemos hecho el retrato del alcalde de Verrières, señor de Rênal. El viajero no tarda en perderle de vista, porque entra aquel invariablemente en la alcaldía, después de recorrer con paso majestuoso la calle; pero si, dejando al alcalde en su despacho, continúa su ascensión, encontrará, unos cien pasos más arriba, una casa de lujoso aspecto, y verá las verjas que la circundan, jardines hermosísimos, que tienen por fondo las distantes colinas de Borgoña, y ofrecen un panorama que parece de propósito hecho para recreo de la vista. El viajero comienza allí a olvidar la atmósfera saturada de emanaciones de sórdido interés que venía respirando y que principiaban a asfixiarle.

Pregunta, y le dicen que aquel inmueble lujoso es propiedad del señor de Rênal. La fabricación de clavos produce al alcalde de Verrières enormes rendimientos, merced a los cuales ha podido erigir el hermoso edificio de sólida sillería.

Afirman que su familia es española y de rancia estirpe, establecida en el país mucho antes de la conquista del mismo por Luis XIV.

Desde el año de 1815, se avergüenza de ser industrial: fue el año que le sentó en la poltrona de la alcaldía de Verrières.

Los muros que sostienen las diversas parcelas de aquel magnífico jardín, que desciende, formando a manera de pisos de regularidad perfecta, hasta la orilla del Doubs, son también premio alcanzado por la ciencia del señor Rênal en el negocio del hierro.

Que no esperen nuestros lectores encontrar en Francia esos jardines pintorescos que rodean las ciudades de Alemania: Leipzig, Francfort, Nuremberg, etc. En el Franco Condado, cuantos más muros se construyen, cuanto con mayor profusión se llenan las propiedades de hileras de sillares superpuestos, tanto mayores derechos se adquiere al respeto y a la consideración de los vecinos. Los jardines del señor Rênal gozan de la admiración general, no por su hermosura precisamente, sino porque su propietario ha comprado a peso de oro las distintas parcelas que ocupan. Citaremos un ejemplo: la serrería que, a causa de su emplazamiento singular sobre la margen del Doubs, llamó la atención del viajero a su entrada en Verrières, y cuya techadumbre corona una tabla gigantesca sobre la cual se lee el nombre de SOREL, escrito con letras descomunales, ocupaba, seis años antes, el terreno que hoy sirve de emplazamiento al muro de la cuarta terraza de los jardines del señor Rênal.

Pese a su altivez, el señor alcalde necesitó Dios y ayuda para convencer al viejo Sorel, rústico duro de pelar y terco como una mula, quien no se decidió a trasladar su serrería a otra parte sin antes hacerse suplicar mucho y obligar al comprador a dar por los terrenos un precio diez veces mayor del que en realidad tenían. En cuanto a la fuerza motriz necesaria para la marcha de la sierra, el señor Rênal consiguió, gracias a las buenas relaciones con que contaba en París, que fuese desviado el curso del río público. La gracia le fue concedida a raíz de las elecciones de 182...

El trato hizo a Sorel dueño de cuatro hectáreas de terreno, en vez de una, que antes tenía. La industria quedó instalada sobre la margen del Doubs, unos quinientos pasos más abajo que la antigua, y aunque esta posición última era incomparablemente más ventajosa para el negocio, el señor Sorel, que así se le llama generalmente desde que es rico, fue bastante diestro para arrancar a la impaciencia de la manía de propietario que acosaba a su vecino, la bonita suma de seis mil francos.

Diremos, en honor a la verdad, que todas las personas inteligentes del país criticaron el trato. En una ocasión, hace de eso cuatro años, el señor Rênal, al salir de la iglesia un domingo, luciendo los distintivos de su cargo de alcalde, vio desde lejos a Sorel, rodeado de sus tres hijos, que le miraba con la sonrisa en los labios. Aquella sonrisa fue feroz puñalada asestada en medio del corazón del alcalde, porque le hizo comprender que le habría sido fácil obtener los terrenos mucho más baratos.

Quien quiera conquistarse la consideración pública en Verrières, debe huir como de la peste, en la construcción de los muros, de cualquiera de los planos que importan de Italia los maestros de obras y albañiles que, llegada la primavera, atraviesan las gargantas del Jura para llegar a París. La innovación atraería sobre la cabeza del imprudente constructor la eterna reputación de mala cabeza, y le perdería para siempre en el concepto y estimación de las personas prudentes y moderadas, que son las encargadas de otorgar entrambas cosas en el Franco Condado.


En realidad de verdad, las tales personas prudentes y moderadas ejercen el más fastidioso de los despotismos y son causa de que la permanencia en las ciudades pequeñas se haga insoportable a los que han vivido en la inmensa república llamada París. La tiranía de la opinión... ¡y qué opinión, santo Dios! es tan estúpida en las pequeñas ciudades de Francia como en los Estados Unidos de América.






domingo, 26 de enero de 2014

"¿Hay una movida cultural uruguaya?" - Horacio Cavallo



















Horacio Cavallo nació en Montevideo el 31 de diciembre de 1977.
Es narrador y poeta.

Integró el consejo editorial de la revista Milcuernos y el colectivo punto txt.
En poesía consiguió el 1° Premio en el Concurso anual de Literatura organizado por el Ministerio de Educación y Cultura.

En narrativa logró dos menciones en el Concurso Literario Municipal en los años 2004 y 2005.

En el año 2006 publicó su primer poemario llamado el “El revés asombrado de la ocarina”.

En el 2007 recibió una de las 10 becas que otorga la Intendencia Municipal de Montevideo para jóvenes creadores.

Ha publicado algunos de sus trabajos en la revista Versal (Holanda), El Parnaso (España), Desenredos y Antonio Miranda (Brasil), Viento en Vela (México) y Punto de partida (México, UNAM).

En 2008 fue premiado con los Fondos Concursables junto a Francisco Tomsich por “Sonetos a dos”, un libro de sonetos escrito a cuatro manos.

En el 2009 obtuvo los Fondos Concursables en la categoría narrativa con la novela “Fabril”.

Participó en  festivales de poesía en México (El Vértigo de los aires), Venezuela (Encuentro de Escritores por el ALBA, Filven 2008) y Brasil (Festlatino, 2009).




La biografía precedente circula en las redes desde hace tiempo.

Nuestra intención, por lo tanto, no es la de transvasar información al alcance de todos/as.

Nos anima el propósito de inducir a la todavía numerosa colectividad de lectores/as a acercarse -más o por vez primera- a la particular escritura de un uruguayo que, por su calidad, debería de transformarse en uno de nuestros escritores de cabecera (o de viaje en ómnibus, o de tarde de domingo o como quiera que cada uno/a pueda leer).

Nuestro argumento es muy simple, y como tal, esencial. No se asienta en una trayectoria de lectura profesional; está generado en las impresiones y actitudes y proyecciones  que dos grupos de alumnos/as de Secundaria expresaron después de trabajar, en el 2013, con diversos fragmentos de la novela Oso de Trapo, por la cual fue premiado en el año 2007. 

En nuestra sociedad se ha instalado el tópico de que nuestra juventud no lee. Cierto si se considerara en su total fenomenología y, en especial, referida a qué motivación recepciona el estudiante, sea cual fuera su bagaje cultural. 

Así que, en principio, nuestro agradecimiento a Horacio, a quien no conocemos personalmente pero que nos dejó ese regalo de "los amigos del alma", ese regalo que queda prendido en la vivencia colectiva de un manojito de gente leyendo sus vivencias, allá lejos, en un Liceo rural.

Quedate tranquilo, Horacio, tu Oso no duerme, tu Oso de trapo "mueve y mueve", dulce recompensa para un escritor que no puede vivir de su escritura, para un trabajador que no tiene más remedio que escribir los domingos, como en alguna entrevista te escuché afirmar. 

Arcaica tradición en nuestro país, por otra parte, donde todavía no hay una "movida" cultural promovida por las políticas de Estado. A los artistas uruguayos les aguardan aún muchos domingos a robar a la familia, muchas horas a negar al sueño, muchas masticadas de rabia, pero mucha más pasión capaz de encender la hierba seca.

Para quienes no han visto ni la tapa del libro, la tapa y un capitulito. Así se entusiasman y compran ahora esta preciosa novela; después, la seguridad de que no necesitarán recomendación alguna para acompañar a Horacio en su trayecto.


IV

Abuela subió a traerme el almuerzo. Se quedó esperando que limpiara el plato. Tiene miedo. Dice que si se va voy a tirar la comida por el espacio que hay entre las celosías, que más de una vez encontró gusanos cerca de la ventana.
Como sin ganas. Busco formas amontonando los granos de arroz. Ella espera, balanceándose al borde de la cama. Nunca deja los dedos quietos la abuela. A veces se tironea el índice con la ayuda del resto. Otras entrelaza ambas manos y hace girar los pulgares. Me entretiene observar esa especie de molinito que forma con los dedos.
–Dios te va a ayudar –dice, prácticamente dándome la espalda. Entonces interrumpe el molino y se persigna diciendo cosas que no alcanzo a oír del todo bien. Primero en la frente, luego en el rostro y al final en el pecho, hasta que se besa el pulgar.
Me tranquiliza un poco todo eso, aunque sigo sin hambre.
Desde que la abuela me contó que Dios es un hombre enorme que abarca el ancho y el largo del cielo dudo antes de hacer cada cosa. Sé que está ahí arriba, mirándonos, ideándonos un destino cualquiera a su antojo. También yo lo hago en cierta medida un ratito antes de ponerme a dibujar. Me entusiasma la idea de que puedo elegir absolutamente qué cosa dibujar y qué destino imponerle. Hay días que por miedo a estar siendo observado o porque son esos días en los que ando bondadoso y bien dormido dibujo a Selva, a la abuela y al abuelo juntos, sonriendo, sentados en el patio tomando el té. Pero otras veces miró hacia el techo desafiante y me largo a dibujar al abuelo sin ninguna de las dos piernas, en pedazos, con la boca abierta, bien abierta, como los ojos.
Selva dice que dios está muerto. Me pidió que jamás se lo diga a la abuela. Ella moriría del disgusto o la mataría a cinturonazos. Eso mismo, que dios está muerto, que apenas hizo al hombre se murió de tristeza. Lo cuenta apesadumbrada, con lágrimas en los ojos, como si ella misma le hubiera dado muerte, o como si lo hubiera amado hasta los huesos mientras vivía. Y tiene casi doce años Selva, y anda llorando a Dios por las esquinas, mientras vende empanadas.
–Tenés que comer –dice la abuela–, que ya lo dijo el médico. Estas piel y huesos.
Después me toma la fiebre. Cuando me lleva la palma a la frente siento muy claro su olor. Podría reconocerlo con los ojos vendados. Igual que el del abuelo o el de Selva. A menudo jugueteo y cierro los ojos cuando vienen subiendo la escalera. Hablo para mí mismo para no escuchar nada y poder descifrar de quién se trata a través del olfato.
En el olor de la abuela predomina la humareda de las frituras. El del abuelo es una olor ácido y dulzón. Selva huele a desinfectante porque pasa las mañanas fregando los pisos mientras abuela hace girar el dedo húmedo en el borde de la masa para empanadas.
Pienso en los olores mientras amontono los granos de arroz formando un barquito sencillo. Quiero saber a qué se parece el olor de Dios, esté vivo o muerto.
La abuela al final se cansó. Dijo que ya hacía rato que estaba papando moscas y que no probaba la comida, así que se me acercó, consiguió sacarme la cuchara y la llenó hasta el borde. Esperó que abriera la boca pero me opuse. Junté ambas hileras de dientes y esperé. Me golpeó la boca con la cuchara y los granos de arroz se desparramaron en la cama. Como abrí la boca para quejarme aprovechó para meterme un puñado de granos de arroz a la fuerza.
–Si no comés voy a llamar a tu abuelo.
El abuelo es el que se encarga de hacer cumplir las normas en el caserón. A la abuela, con mucho esmero se la puede convencer, es posible llegar a ese corazón del tamaño de una nuez que bombea alocado debajo de su escote y conseguir que desista. El abuelo tiene el corazón del tamaño de los carozos de aceituna, y es tan espesa la capa de piel y grasa que lo cubre que no hay nadie ni nada que pueda conmoverlo. Selva, por el contrario, tiene el corazón cosido a la piel del pecho y del tamaño de un pomelo. Cuelga el enorme corazón que golpea las costillas. Basta estornudar para llegar al corazón de Selva. Ella va a dar vuelta la casa hasta encontrar el más perfumado de los pañuelos.
Al final la abuela se sale de sí misma. Deja el plato en el piso y se acerca a la escalera. Llama al abuelo, lo llama sin gritar pero con un dejo de cansancio en la voz. Me cubro hasta la cabeza con la frazada. Oigo la pierna del abuelo trepando la escalera, siento como la abuela me mira con algo parecido a una sonrisa, a la victoria. Entonces me doy cuenta que nada de todo eso es nuevo. Que otras veces, que cada día, la abuela me sostiene las piernas y el abuelo me abre la boca a la fuerza, obligándome a tragar la comida que el médico asegura puedo comer, previamente pisada, por un tenedor que me entristece el resto del día, de solo verlo, ahí, sobre la mesa de luz.

Aunque no hace más de cinco años que murió mi hermano, dejándome esta casita mugrienta, regularmente viajaba a Fraile Abdiel. Casi siempre en verano. El resto del año trabajaba de administrativo en la Universidad. Sellaba documentos, acomodaba libretas todo el santo día, echando humo y soñando como el personaje de La isla desiertacon un lugar alejado, una vida posible. Nunca fui muy dado a conocer gente. No conservo amigos prácticamente de aquella época, de ninguna si soy sincero. De seguro se deba al encierro, o a esta otra profesión, por llamarla de alguna forma, de secuestrar momentos en fotografías o en dibujos desprolijos.
Los círculos de artistas me dan náuseas. Conocí un grupo de intelectuales, hace ya de esto veinticinco o treinta años, que se reunían en el Bar Tasende. Debés conocerlo, casi llegando a la Ciudad Vieja.
En ese entonces había colocado un par de fotografías entre dos vidrios y pintaba seguido, colgando las imágenes en las paredes de una pieza que me alquilaba una familia en decadencia de la clase acomodada. Ni recuerdo donde conocí a la muchacha, ni si se llamaba Laura o Luisa. Creo que solo podría reconocerla por el olor. Siempre retuve el olor de las mujeres más que sus ojos o la forma de su pechos. Igual, hoy día, poco tendría que ver. No hay rostro, idea ni olor que el paso del tiempo no vuelva inservible.
Esta muchacha Luisa quería ser pintora, así como otras se resuelven a ser actrices o dactilógrafas. Pero mejor le hubiera ido de optar por otra cosa. Estudiaba Bella Artes y adoraba vestirse llamativa, citar a Bergman y a Jean Paul Sartre. No era del todo mala con la crítica de arte. Tenía una memoria envidiable y sabía elegir lo que repetía.
No puedo recordar del todo bien dónde nos conocimos. La cuestión es que una noche aparecimos por la pieza de Villa Muñoz, empapados, escapándole a una noche de tormenta.
Tenía una necesidad ferviente de conversar, de decir, fuera lo que fuera, y en cualquier momento. No sé si me engaño, si te estoy engañando a vos, Lucien, pero hasta tengo la impresión de que fue ella a la que sorprendí, volviendo del baño diminuto que habían construido en el centro del patio unos meses antes, conversando con las fotografías que colgaban de la pared.
Maravillas dijo en solitario, y apenas aparecí me apoyó la mano en el hombro, me arremolinó el pelo cariñosamente y sostuvo hasta entrada la noche que esas imágenes tenían que verlas los del grupo de los viernes.
Me negué a que las llevara pese a su insistencia. Al final fue convenciéndome de que la acompañara a ese grupito de desgraciados que se creían elegidos por los dioses por tomar como propias algunas técnicas de la vanguardia europea.
La mayoría tomaba café, desconfiaba del alcohol y la tristeza y apenas si habían pintado con acuarelas un velero entre las rocas. Llevaban boinas torcidas hacia cualquiera de los lados, pipas que apenas fumaban, y sin embargo pasaban horas discutiendo cuál era el tabaco que mejor cuadraba con el ambiente.
Hablaban unos sobre otros intentando cada uno en sobresalir, no por la calidad del comentario sino por el volumen con el que lo decían. Para entonces a mí se me había ocurrido empezar a trabajar con la serie de las vaginas y con una, extraviada más tarde, sobre fotografías de los inodoros de los baños públicos. Así que cuando Luisa los interrumpió para presentarme y todos me miraron de costado, preguntando a qué me dedicaba estrictamente, les dije que trabajaba en estas dos series. De los diez ocho se llevaron la mano al corazón cuando hablé de entrepiernas y baños públicos. Las mujeres se volvieron del color de las copas de campari y más de uno quiso que con uno o dos carraspeos la reunión se desvaneciera.
Siguió un silencio extendido y como ya no me interesaba ni la estupidez de Luisa ni la frivolidad de los comensales invité a las tres muchachas del grupo, Luisa incluida, a posar para la primera de las series.
Todo rompió en un murmullo desparejo del que me alejé, sonriente, dejando atrás el bar y volviendo al centro por la calle Soriano. No había llegado a la esquina cuando Luisa o Laura, quién sabe, me gritó que me detuviera, diciéndome que aceptaba la propuesta, mientras me entregaba una servilleta con su dirección anotada.
Iguales son los escritores. Peores, mucho peores, los actores. Viví diez años con una actriz de la Comedia Nacional que llenaba la casa de estos tipos repugnantes. Diez años que no me devuelve nadie y que no me perdona la conciencia.
Con mi mujer vinimos alguna vez a Fraile Abdiel a visitar a mi hermano. Pasábamos dos o tres días en el hotel donde te quedás vos. No más de tres días, un fin de semana con medio lunes. Al tercer día Eloisa encontraba pelos en la comida, cucarachas debajo de las camas y una soledad que según decía le daba un miedo enorme.
Voy hacia María, que sé que es lo que te interesa.
Una noche, por el setenta y tantos, bajamos del tren y caminamos las cinco cuadras largas hasta esta casa. Mi hermano había salido y lo más extraño era que había pasado llave a la puerta. Eloisa aprovechó para recriminarme el hecho de viajar sin haber avisado y toda una sarta de reproches que solo una mujer puede ir hilvanando en una asociación de ideas propias de un sicótico. Así que fuimos y vinimos, dando vueltas, de la casa a la estación, a la plaza.
Pasábamos frente a lo de Sonia cuando vimos que una camioneta blanca, demasiado moderna para el pueblo, se detenía. Bajó un hombre corpulento, vestido de civil, que cargaba una canasta. En el auto, frente al volante, aguardó otro, este sí, uniformado. Los dos tenían un bigotito muy prolijo y la espalda derecha.
El hombre de civil se detuvo en el portón, dejó la canasta en el piso y golpeó las manos un par de veces pero con golpes secos y cortos, como si no quisiera llamar del todo la atención. No apareció Sonia sino su marido, un hombre, ya viejo por entonces, que caminaba encorvado y hablaba a los gritos, flexionando la mano y colocándola detrás de la oreja.
Nosotros aprovechamos la sombra que daba un pino, aunque la luna menguaba detrás de unos nubarrones y no era fácil que fueran a vernos. Intuíamos algo extraño en todo el cuadro.
Y así fue. El hombre le dio al viejo la canasta y se despidió murmurando alguna cosa.
Cuando el marido de Sonia fue a entrar, tanto Eloisa como yo oímos una especie de gimoteo que venía desde la entrada de la casa. Podríamos haber creído que se trataba de un gato. Pero no. El viejo iba entrando una canasta de donde salía al llanto de un recién nacido. En esa canasta venía María.



Novela
OSO DE TRAPO, de Horacio Cavallo. Editorial Trilce, Montevideo, 2008. Distribuye Gussi, 133 págs.

HAY TRES HISTORIAS que se entrelazan en esta novela, la primera de Cavallo (Montevideo, 1977). Una es la de tres personajes (una joven, su abuela y dos hombres) que viven en un pueblo perdido del interior uruguayo llamado Fraile Abdiel. Otra, la de un niño enfermo, cuidado por sus abuelos y su hermana. Y la tercera, la del escritor de la novela Oso de trapo, que alude a las otras dos en el proceso de su creación. Las tres numeran sus capítulos de manera diferente (con números, con números latinos, con letras) como para que no se mezclen, para que cada una pueda organizar su trama por su lado.
Esa estructuración, así como la novela dentro de la novela, no son gestos decorativos ni alardes formales, sino procedimientos que el texto pide, y que explican las variantes de tonalidad y de lenguaje que caracterizan a cada historia. En la primera, la sensualidad de la joven, la obsesión del viejo pintor por retratarla, la incertidumbre del joven acerca de su pasado, circulan en medio de una atmósfera quieta, desolada, de pueblo muerto, a lo Onetti. En la segunda, el relato del niño en primera persona, como un diario, va dando cuenta del mundo desde su mirada, e inserta lo imaginario en la realidad sin la intervención de narrador alguno. En la tercera, el relato de la redacción de Oso de trapo por encargo funciona como una puerta que se abre a las ficciones de las historias y vuelve al presente que las inspira y prepara. El movimiento, el cambio (de diálogos a descripciones y de ahí a narración) son las claves de la estructuración, y a la vez lo que le quita frialdad.
Por la escritura, Cavallo (que también es poeta) genera un universo ficcional en el que puede creerse. No sólo las historias interesan al lector, ni la presencia de un oso de trapo en las tres, sino la tensión poética que sostiene, sin debilitarse, el texto entero. Como si la pérdida de sentido del mundo a que se alude en la novela pudiera compensarse con el sentido de la forma, Cavallo trabaja el lenguaje con tiempo y precisión. También con la discreción necesaria para que el relato no resbale a lo "poético". Ese trato con el material, esa mano firme para sujetar la invención, así como la conciencia de escritura, son las razones del premio de la IMM de 2007. Por una vez, ese premio no es un reconocimiento relativo sino la constatación de un valor literario real.

Roberto Apratto, El País, Suplemento Cultural, 17 de octubre de 2008

De: horaciocavallo.blogspot.com


Horacio Cavallo - Escritor
Escrito por Mauricio Conde        


1-¿QUÉ TE MUEVE O TE INSPIRA A LA HORA DE ESCRIBIR?
Lo que me mueve, supongo, es la necesidad. La comunión que encuentro haciendo durante un rato una de las cosas que más disfruto. No creo en la inspiración, pero si tengo mis rituales (tabaco, bebida blanca) que favorecen ese estado de intensidad productiva, de alerta, de introspección.


2- NOMBRAME AL MENOS 3 REFERENTES ARTISTICOS INEVITABLES PARA TU CARRERA

Henry Trujillo, Álvaro Ojeda, Jorge Meretta.



3- ¿CÓMO SE MANEJA UN ARTISTA PARA NO REPETIRSE Y SIEMPRE IRSE RENOVANDO?

No tengo idea. Supongo que hay un trabajo subterráneo, a nivel inconciente, un “otro” que se encarga de eso. Concientemente no me propongo innovar. Intento mejorar cada día en lo que hago. Con eso me alcanza.



4- UNA  MEDIDA CONCRETA QUE AL ESTADO LE FALTA PARA APOYAR LA CULTURA…

Más plata, evidentemente. Más plata para la cultura, repartida con criterio y sin que ninguna disciplina artística prime sobre las otras.



5-¿NOS RECOMENDAS UNA PELICULA, UN DISCO Y UN LIBRO?

Delicatessen, de Marc Caro y Jean Pierre Jeunet.

Reunión Cumbre, de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan

Cuentos Completos, de Haroldo Conti



6-¿VOLVES SOBRE TUS PROPIAS CREACIONES? TE INTERESA CORREGIRLAS? RECREARLAS?

Mientras están inéditas vuelvo, naturalmente. No, de cualquier forma, con la misma asiduidad que otros colegas mucho más “correctores”. No me gusta mucho corregir. Prefiero ponerme a crear algo nuevo que retocar lo anterior.



7- EN URUGUAY ¿SOBRAN ARTISTAS O FALTA PÚBLICO?

Un poco las dos cosas. Hay un aspirante a artista debajo de cada piedra y somos un país muy chico (y primitivo). En lo literario, y en los ciclos de poesía en particular, por lo general son más los que leen que los que escuchan.



8-¿CÓMO POTENCIARIAS LA GESTIÓN CULTURAL EN EL URUGUAY?

Ni idea, si supiera no vendería mangueras de radiador diez horas diarias.



9-¿CONSIDERAS QUE ACÁ LA CULTURA ESTÁ ADECUADAMENTE DIFUNDIDA?

No, siempre se puede más. Creo que en los últimos años se han dado grandes cambios pero con eso no alcanza. Hay que seguir incorporando proyectos y darle a la cultura la importancia que merece.



10-¿QUÉ LE AGREGARÍAS A LA MOVIDA CULTURAL URUGUAYA?

¿Hay una movida cultural uruguaya?


De: COOLTIVARTE


sábado, 25 de enero de 2014

Tuvo que publicar anónimamente: era mujer, plebeya y vivía en el siglo XIX





Camilla Collett
23 de enero de 1813 - Noruega
Precursora del feminismo en Noruega.
Los contenidos de sus novelas y ensayos,
su actitud lúcida y valerosa,
provocaron la atención
de H. Ibsen,
cuyas obras reflejan
su preocupación por
la condición de la mujer
en aquella época.


Monumento que se le ha erigido
y ante el cual sus compatriotas,
incluida la Reina,
le rindieron homenaje en un nuevo aniversario.
Nosotros/as también.
Brezo: flor nacional de Noruega.