domingo, 26 de enero de 2014

"¿Hay una movida cultural uruguaya?" - Horacio Cavallo



















Horacio Cavallo nació en Montevideo el 31 de diciembre de 1977.
Es narrador y poeta.

Integró el consejo editorial de la revista Milcuernos y el colectivo punto txt.
En poesía consiguió el 1° Premio en el Concurso anual de Literatura organizado por el Ministerio de Educación y Cultura.

En narrativa logró dos menciones en el Concurso Literario Municipal en los años 2004 y 2005.

En el año 2006 publicó su primer poemario llamado el “El revés asombrado de la ocarina”.

En el 2007 recibió una de las 10 becas que otorga la Intendencia Municipal de Montevideo para jóvenes creadores.

Ha publicado algunos de sus trabajos en la revista Versal (Holanda), El Parnaso (España), Desenredos y Antonio Miranda (Brasil), Viento en Vela (México) y Punto de partida (México, UNAM).

En 2008 fue premiado con los Fondos Concursables junto a Francisco Tomsich por “Sonetos a dos”, un libro de sonetos escrito a cuatro manos.

En el 2009 obtuvo los Fondos Concursables en la categoría narrativa con la novela “Fabril”.

Participó en  festivales de poesía en México (El Vértigo de los aires), Venezuela (Encuentro de Escritores por el ALBA, Filven 2008) y Brasil (Festlatino, 2009).




La biografía precedente circula en las redes desde hace tiempo.

Nuestra intención, por lo tanto, no es la de transvasar información al alcance de todos/as.

Nos anima el propósito de inducir a la todavía numerosa colectividad de lectores/as a acercarse -más o por vez primera- a la particular escritura de un uruguayo que, por su calidad, debería de transformarse en uno de nuestros escritores de cabecera (o de viaje en ómnibus, o de tarde de domingo o como quiera que cada uno/a pueda leer).

Nuestro argumento es muy simple, y como tal, esencial. No se asienta en una trayectoria de lectura profesional; está generado en las impresiones y actitudes y proyecciones  que dos grupos de alumnos/as de Secundaria expresaron después de trabajar, en el 2013, con diversos fragmentos de la novela Oso de Trapo, por la cual fue premiado en el año 2007. 

En nuestra sociedad se ha instalado el tópico de que nuestra juventud no lee. Cierto si se considerara en su total fenomenología y, en especial, referida a qué motivación recepciona el estudiante, sea cual fuera su bagaje cultural. 

Así que, en principio, nuestro agradecimiento a Horacio, a quien no conocemos personalmente pero que nos dejó ese regalo de "los amigos del alma", ese regalo que queda prendido en la vivencia colectiva de un manojito de gente leyendo sus vivencias, allá lejos, en un Liceo rural.

Quedate tranquilo, Horacio, tu Oso no duerme, tu Oso de trapo "mueve y mueve", dulce recompensa para un escritor que no puede vivir de su escritura, para un trabajador que no tiene más remedio que escribir los domingos, como en alguna entrevista te escuché afirmar. 

Arcaica tradición en nuestro país, por otra parte, donde todavía no hay una "movida" cultural promovida por las políticas de Estado. A los artistas uruguayos les aguardan aún muchos domingos a robar a la familia, muchas horas a negar al sueño, muchas masticadas de rabia, pero mucha más pasión capaz de encender la hierba seca.

Para quienes no han visto ni la tapa del libro, la tapa y un capitulito. Así se entusiasman y compran ahora esta preciosa novela; después, la seguridad de que no necesitarán recomendación alguna para acompañar a Horacio en su trayecto.


IV

Abuela subió a traerme el almuerzo. Se quedó esperando que limpiara el plato. Tiene miedo. Dice que si se va voy a tirar la comida por el espacio que hay entre las celosías, que más de una vez encontró gusanos cerca de la ventana.
Como sin ganas. Busco formas amontonando los granos de arroz. Ella espera, balanceándose al borde de la cama. Nunca deja los dedos quietos la abuela. A veces se tironea el índice con la ayuda del resto. Otras entrelaza ambas manos y hace girar los pulgares. Me entretiene observar esa especie de molinito que forma con los dedos.
–Dios te va a ayudar –dice, prácticamente dándome la espalda. Entonces interrumpe el molino y se persigna diciendo cosas que no alcanzo a oír del todo bien. Primero en la frente, luego en el rostro y al final en el pecho, hasta que se besa el pulgar.
Me tranquiliza un poco todo eso, aunque sigo sin hambre.
Desde que la abuela me contó que Dios es un hombre enorme que abarca el ancho y el largo del cielo dudo antes de hacer cada cosa. Sé que está ahí arriba, mirándonos, ideándonos un destino cualquiera a su antojo. También yo lo hago en cierta medida un ratito antes de ponerme a dibujar. Me entusiasma la idea de que puedo elegir absolutamente qué cosa dibujar y qué destino imponerle. Hay días que por miedo a estar siendo observado o porque son esos días en los que ando bondadoso y bien dormido dibujo a Selva, a la abuela y al abuelo juntos, sonriendo, sentados en el patio tomando el té. Pero otras veces miró hacia el techo desafiante y me largo a dibujar al abuelo sin ninguna de las dos piernas, en pedazos, con la boca abierta, bien abierta, como los ojos.
Selva dice que dios está muerto. Me pidió que jamás se lo diga a la abuela. Ella moriría del disgusto o la mataría a cinturonazos. Eso mismo, que dios está muerto, que apenas hizo al hombre se murió de tristeza. Lo cuenta apesadumbrada, con lágrimas en los ojos, como si ella misma le hubiera dado muerte, o como si lo hubiera amado hasta los huesos mientras vivía. Y tiene casi doce años Selva, y anda llorando a Dios por las esquinas, mientras vende empanadas.
–Tenés que comer –dice la abuela–, que ya lo dijo el médico. Estas piel y huesos.
Después me toma la fiebre. Cuando me lleva la palma a la frente siento muy claro su olor. Podría reconocerlo con los ojos vendados. Igual que el del abuelo o el de Selva. A menudo jugueteo y cierro los ojos cuando vienen subiendo la escalera. Hablo para mí mismo para no escuchar nada y poder descifrar de quién se trata a través del olfato.
En el olor de la abuela predomina la humareda de las frituras. El del abuelo es una olor ácido y dulzón. Selva huele a desinfectante porque pasa las mañanas fregando los pisos mientras abuela hace girar el dedo húmedo en el borde de la masa para empanadas.
Pienso en los olores mientras amontono los granos de arroz formando un barquito sencillo. Quiero saber a qué se parece el olor de Dios, esté vivo o muerto.
La abuela al final se cansó. Dijo que ya hacía rato que estaba papando moscas y que no probaba la comida, así que se me acercó, consiguió sacarme la cuchara y la llenó hasta el borde. Esperó que abriera la boca pero me opuse. Junté ambas hileras de dientes y esperé. Me golpeó la boca con la cuchara y los granos de arroz se desparramaron en la cama. Como abrí la boca para quejarme aprovechó para meterme un puñado de granos de arroz a la fuerza.
–Si no comés voy a llamar a tu abuelo.
El abuelo es el que se encarga de hacer cumplir las normas en el caserón. A la abuela, con mucho esmero se la puede convencer, es posible llegar a ese corazón del tamaño de una nuez que bombea alocado debajo de su escote y conseguir que desista. El abuelo tiene el corazón del tamaño de los carozos de aceituna, y es tan espesa la capa de piel y grasa que lo cubre que no hay nadie ni nada que pueda conmoverlo. Selva, por el contrario, tiene el corazón cosido a la piel del pecho y del tamaño de un pomelo. Cuelga el enorme corazón que golpea las costillas. Basta estornudar para llegar al corazón de Selva. Ella va a dar vuelta la casa hasta encontrar el más perfumado de los pañuelos.
Al final la abuela se sale de sí misma. Deja el plato en el piso y se acerca a la escalera. Llama al abuelo, lo llama sin gritar pero con un dejo de cansancio en la voz. Me cubro hasta la cabeza con la frazada. Oigo la pierna del abuelo trepando la escalera, siento como la abuela me mira con algo parecido a una sonrisa, a la victoria. Entonces me doy cuenta que nada de todo eso es nuevo. Que otras veces, que cada día, la abuela me sostiene las piernas y el abuelo me abre la boca a la fuerza, obligándome a tragar la comida que el médico asegura puedo comer, previamente pisada, por un tenedor que me entristece el resto del día, de solo verlo, ahí, sobre la mesa de luz.

Aunque no hace más de cinco años que murió mi hermano, dejándome esta casita mugrienta, regularmente viajaba a Fraile Abdiel. Casi siempre en verano. El resto del año trabajaba de administrativo en la Universidad. Sellaba documentos, acomodaba libretas todo el santo día, echando humo y soñando como el personaje de La isla desiertacon un lugar alejado, una vida posible. Nunca fui muy dado a conocer gente. No conservo amigos prácticamente de aquella época, de ninguna si soy sincero. De seguro se deba al encierro, o a esta otra profesión, por llamarla de alguna forma, de secuestrar momentos en fotografías o en dibujos desprolijos.
Los círculos de artistas me dan náuseas. Conocí un grupo de intelectuales, hace ya de esto veinticinco o treinta años, que se reunían en el Bar Tasende. Debés conocerlo, casi llegando a la Ciudad Vieja.
En ese entonces había colocado un par de fotografías entre dos vidrios y pintaba seguido, colgando las imágenes en las paredes de una pieza que me alquilaba una familia en decadencia de la clase acomodada. Ni recuerdo donde conocí a la muchacha, ni si se llamaba Laura o Luisa. Creo que solo podría reconocerla por el olor. Siempre retuve el olor de las mujeres más que sus ojos o la forma de su pechos. Igual, hoy día, poco tendría que ver. No hay rostro, idea ni olor que el paso del tiempo no vuelva inservible.
Esta muchacha Luisa quería ser pintora, así como otras se resuelven a ser actrices o dactilógrafas. Pero mejor le hubiera ido de optar por otra cosa. Estudiaba Bella Artes y adoraba vestirse llamativa, citar a Bergman y a Jean Paul Sartre. No era del todo mala con la crítica de arte. Tenía una memoria envidiable y sabía elegir lo que repetía.
No puedo recordar del todo bien dónde nos conocimos. La cuestión es que una noche aparecimos por la pieza de Villa Muñoz, empapados, escapándole a una noche de tormenta.
Tenía una necesidad ferviente de conversar, de decir, fuera lo que fuera, y en cualquier momento. No sé si me engaño, si te estoy engañando a vos, Lucien, pero hasta tengo la impresión de que fue ella a la que sorprendí, volviendo del baño diminuto que habían construido en el centro del patio unos meses antes, conversando con las fotografías que colgaban de la pared.
Maravillas dijo en solitario, y apenas aparecí me apoyó la mano en el hombro, me arremolinó el pelo cariñosamente y sostuvo hasta entrada la noche que esas imágenes tenían que verlas los del grupo de los viernes.
Me negué a que las llevara pese a su insistencia. Al final fue convenciéndome de que la acompañara a ese grupito de desgraciados que se creían elegidos por los dioses por tomar como propias algunas técnicas de la vanguardia europea.
La mayoría tomaba café, desconfiaba del alcohol y la tristeza y apenas si habían pintado con acuarelas un velero entre las rocas. Llevaban boinas torcidas hacia cualquiera de los lados, pipas que apenas fumaban, y sin embargo pasaban horas discutiendo cuál era el tabaco que mejor cuadraba con el ambiente.
Hablaban unos sobre otros intentando cada uno en sobresalir, no por la calidad del comentario sino por el volumen con el que lo decían. Para entonces a mí se me había ocurrido empezar a trabajar con la serie de las vaginas y con una, extraviada más tarde, sobre fotografías de los inodoros de los baños públicos. Así que cuando Luisa los interrumpió para presentarme y todos me miraron de costado, preguntando a qué me dedicaba estrictamente, les dije que trabajaba en estas dos series. De los diez ocho se llevaron la mano al corazón cuando hablé de entrepiernas y baños públicos. Las mujeres se volvieron del color de las copas de campari y más de uno quiso que con uno o dos carraspeos la reunión se desvaneciera.
Siguió un silencio extendido y como ya no me interesaba ni la estupidez de Luisa ni la frivolidad de los comensales invité a las tres muchachas del grupo, Luisa incluida, a posar para la primera de las series.
Todo rompió en un murmullo desparejo del que me alejé, sonriente, dejando atrás el bar y volviendo al centro por la calle Soriano. No había llegado a la esquina cuando Luisa o Laura, quién sabe, me gritó que me detuviera, diciéndome que aceptaba la propuesta, mientras me entregaba una servilleta con su dirección anotada.
Iguales son los escritores. Peores, mucho peores, los actores. Viví diez años con una actriz de la Comedia Nacional que llenaba la casa de estos tipos repugnantes. Diez años que no me devuelve nadie y que no me perdona la conciencia.
Con mi mujer vinimos alguna vez a Fraile Abdiel a visitar a mi hermano. Pasábamos dos o tres días en el hotel donde te quedás vos. No más de tres días, un fin de semana con medio lunes. Al tercer día Eloisa encontraba pelos en la comida, cucarachas debajo de las camas y una soledad que según decía le daba un miedo enorme.
Voy hacia María, que sé que es lo que te interesa.
Una noche, por el setenta y tantos, bajamos del tren y caminamos las cinco cuadras largas hasta esta casa. Mi hermano había salido y lo más extraño era que había pasado llave a la puerta. Eloisa aprovechó para recriminarme el hecho de viajar sin haber avisado y toda una sarta de reproches que solo una mujer puede ir hilvanando en una asociación de ideas propias de un sicótico. Así que fuimos y vinimos, dando vueltas, de la casa a la estación, a la plaza.
Pasábamos frente a lo de Sonia cuando vimos que una camioneta blanca, demasiado moderna para el pueblo, se detenía. Bajó un hombre corpulento, vestido de civil, que cargaba una canasta. En el auto, frente al volante, aguardó otro, este sí, uniformado. Los dos tenían un bigotito muy prolijo y la espalda derecha.
El hombre de civil se detuvo en el portón, dejó la canasta en el piso y golpeó las manos un par de veces pero con golpes secos y cortos, como si no quisiera llamar del todo la atención. No apareció Sonia sino su marido, un hombre, ya viejo por entonces, que caminaba encorvado y hablaba a los gritos, flexionando la mano y colocándola detrás de la oreja.
Nosotros aprovechamos la sombra que daba un pino, aunque la luna menguaba detrás de unos nubarrones y no era fácil que fueran a vernos. Intuíamos algo extraño en todo el cuadro.
Y así fue. El hombre le dio al viejo la canasta y se despidió murmurando alguna cosa.
Cuando el marido de Sonia fue a entrar, tanto Eloisa como yo oímos una especie de gimoteo que venía desde la entrada de la casa. Podríamos haber creído que se trataba de un gato. Pero no. El viejo iba entrando una canasta de donde salía al llanto de un recién nacido. En esa canasta venía María.



Novela
OSO DE TRAPO, de Horacio Cavallo. Editorial Trilce, Montevideo, 2008. Distribuye Gussi, 133 págs.

HAY TRES HISTORIAS que se entrelazan en esta novela, la primera de Cavallo (Montevideo, 1977). Una es la de tres personajes (una joven, su abuela y dos hombres) que viven en un pueblo perdido del interior uruguayo llamado Fraile Abdiel. Otra, la de un niño enfermo, cuidado por sus abuelos y su hermana. Y la tercera, la del escritor de la novela Oso de trapo, que alude a las otras dos en el proceso de su creación. Las tres numeran sus capítulos de manera diferente (con números, con números latinos, con letras) como para que no se mezclen, para que cada una pueda organizar su trama por su lado.
Esa estructuración, así como la novela dentro de la novela, no son gestos decorativos ni alardes formales, sino procedimientos que el texto pide, y que explican las variantes de tonalidad y de lenguaje que caracterizan a cada historia. En la primera, la sensualidad de la joven, la obsesión del viejo pintor por retratarla, la incertidumbre del joven acerca de su pasado, circulan en medio de una atmósfera quieta, desolada, de pueblo muerto, a lo Onetti. En la segunda, el relato del niño en primera persona, como un diario, va dando cuenta del mundo desde su mirada, e inserta lo imaginario en la realidad sin la intervención de narrador alguno. En la tercera, el relato de la redacción de Oso de trapo por encargo funciona como una puerta que se abre a las ficciones de las historias y vuelve al presente que las inspira y prepara. El movimiento, el cambio (de diálogos a descripciones y de ahí a narración) son las claves de la estructuración, y a la vez lo que le quita frialdad.
Por la escritura, Cavallo (que también es poeta) genera un universo ficcional en el que puede creerse. No sólo las historias interesan al lector, ni la presencia de un oso de trapo en las tres, sino la tensión poética que sostiene, sin debilitarse, el texto entero. Como si la pérdida de sentido del mundo a que se alude en la novela pudiera compensarse con el sentido de la forma, Cavallo trabaja el lenguaje con tiempo y precisión. También con la discreción necesaria para que el relato no resbale a lo "poético". Ese trato con el material, esa mano firme para sujetar la invención, así como la conciencia de escritura, son las razones del premio de la IMM de 2007. Por una vez, ese premio no es un reconocimiento relativo sino la constatación de un valor literario real.

Roberto Apratto, El País, Suplemento Cultural, 17 de octubre de 2008

De: horaciocavallo.blogspot.com


Horacio Cavallo - Escritor
Escrito por Mauricio Conde        


1-¿QUÉ TE MUEVE O TE INSPIRA A LA HORA DE ESCRIBIR?
Lo que me mueve, supongo, es la necesidad. La comunión que encuentro haciendo durante un rato una de las cosas que más disfruto. No creo en la inspiración, pero si tengo mis rituales (tabaco, bebida blanca) que favorecen ese estado de intensidad productiva, de alerta, de introspección.


2- NOMBRAME AL MENOS 3 REFERENTES ARTISTICOS INEVITABLES PARA TU CARRERA

Henry Trujillo, Álvaro Ojeda, Jorge Meretta.



3- ¿CÓMO SE MANEJA UN ARTISTA PARA NO REPETIRSE Y SIEMPRE IRSE RENOVANDO?

No tengo idea. Supongo que hay un trabajo subterráneo, a nivel inconciente, un “otro” que se encarga de eso. Concientemente no me propongo innovar. Intento mejorar cada día en lo que hago. Con eso me alcanza.



4- UNA  MEDIDA CONCRETA QUE AL ESTADO LE FALTA PARA APOYAR LA CULTURA…

Más plata, evidentemente. Más plata para la cultura, repartida con criterio y sin que ninguna disciplina artística prime sobre las otras.



5-¿NOS RECOMENDAS UNA PELICULA, UN DISCO Y UN LIBRO?

Delicatessen, de Marc Caro y Jean Pierre Jeunet.

Reunión Cumbre, de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan

Cuentos Completos, de Haroldo Conti



6-¿VOLVES SOBRE TUS PROPIAS CREACIONES? TE INTERESA CORREGIRLAS? RECREARLAS?

Mientras están inéditas vuelvo, naturalmente. No, de cualquier forma, con la misma asiduidad que otros colegas mucho más “correctores”. No me gusta mucho corregir. Prefiero ponerme a crear algo nuevo que retocar lo anterior.



7- EN URUGUAY ¿SOBRAN ARTISTAS O FALTA PÚBLICO?

Un poco las dos cosas. Hay un aspirante a artista debajo de cada piedra y somos un país muy chico (y primitivo). En lo literario, y en los ciclos de poesía en particular, por lo general son más los que leen que los que escuchan.



8-¿CÓMO POTENCIARIAS LA GESTIÓN CULTURAL EN EL URUGUAY?

Ni idea, si supiera no vendería mangueras de radiador diez horas diarias.



9-¿CONSIDERAS QUE ACÁ LA CULTURA ESTÁ ADECUADAMENTE DIFUNDIDA?

No, siempre se puede más. Creo que en los últimos años se han dado grandes cambios pero con eso no alcanza. Hay que seguir incorporando proyectos y darle a la cultura la importancia que merece.



10-¿QUÉ LE AGREGARÍAS A LA MOVIDA CULTURAL URUGUAYA?

¿Hay una movida cultural uruguaya?


De: COOLTIVARTE


sábado, 25 de enero de 2014

Tuvo que publicar anónimamente: era mujer, plebeya y vivía en el siglo XIX





Camilla Collett
23 de enero de 1813 - Noruega
Precursora del feminismo en Noruega.
Los contenidos de sus novelas y ensayos,
su actitud lúcida y valerosa,
provocaron la atención
de H. Ibsen,
cuyas obras reflejan
su preocupación por
la condición de la mujer
en aquella época.


Monumento que se le ha erigido
y ante el cual sus compatriotas,
incluida la Reina,
le rindieron homenaje en un nuevo aniversario.
Nosotros/as también.
Brezo: flor nacional de Noruega.



“La vida no es tan matemáticamente idiota como para que sólo los grandes se coman a los pequeños, sino que también ocurre, con la misma frecuencia, que la abeja mate al león o que, al menos, lo enloquezca” - August Strindberg




JUAN. ¿Que salga con la señorita?...

JULIA. Sí, conmigo.

JUAN. Eso no está bien, no está bien bajo ningún concepto.

JULIA. (Riéndose). ¡No me explico lo que quiere usted darme a entender! ¿Es posible que se haga usted ilusiones?

JUAN. Yo, no; pero no hay que olvidar a la gente.

JULIA. ¿Por qué? ¿Van a creer que me he enamorado de mi criado?

JUAN. Yo no soy un hombre presumido, señorita; pero como se han visto casos semejantes, para las gentes no hay nada sagrado...

JULIA. Parece usted un aristócrata.

JUAN. Y lo soy.

JULIA. Pues yo desciendo...

JUAN. Fíjese en mi consejo, señorita: no descienda. Nadie creerá que ha descendido voluntariamente, sino que ha caído.

JULIA. Es que yo tengo mucha mejor opinión de la gente. Venga usted, y verá; ¡venga, venga! (Provocativa).

JUAN. ¡Qué extraña es usted!

JULIA. Es posible; pero también usted lo es. Todo es extraño en general. La vida, los hombres; todo es igual a un bloque de hielo, arrastrado de un lado a otro sobre la superficie del agua, hasta que se hunde, se hunde... Tengo un sueño que se me repite con frecuencia y en el cual se me ocurre pensar ahora. Me veo sentada sobre una columna altísima, sin medios para poder bajar; me da vértigo el mirar hacia abajo, pero he de mirar, y me falta valor para tirarme; ya no me puedo sostener, y anhelo caer, pero no caigo; y no tengo sosiego, no tengo alegría hasta hallarme abajo, hasta verme, en el suelo. Mas, cuando llego al suelo, deseo descender más, hundirme bajo la tierra. ¿Ha experimentado usted alguna vez algo semejante?

JUAN. No, señorita, no. Yo suelo soñar que estoy tendido bajo un árbol recio y frondoso en lo más intrincado de la selva. Deseo subir, subir a las últimas ramas para poder admirar el claro paisaje a mi alrededor, donde el sol brilla, y robar en lo alto el nido de los pájaros de huevos de oro. Y trepo, trepo; pero el tronco es tan grueso y tan escurridizo y está tan lejos la primera rama... Pero estoy cierto de que si llegase a asirme de esa primera rama, podría llegar a lo alto como si subiese por una escalera. No la he alcanzado aún, pero la alcanzaré, aunque sea sólo en sueños.

JULIA. ¡Y yo me estoy aquí (riéndose) hablando de sueños con usted! ¡Vámonos ya! Sólo hasta el Parque. (Dándole el brazo, se dirigen hacia la puerta).

JUAN. Hoy deberíamos dormir sobre las hierbas nuevas de la noche de San Juan: entonces se realizarían todos nuestros sueños. (Al salir se detienen de pronto: Juan se lleva la mano a un ojo).

JULIA. Déjeme ver lo que le ha entrado en el ojo.

JUAN. ¡Oh, nada! Una motita; esto pasa enseguida.

JULIA. Le he rozado con la manga de mi vestido... Siéntese y le ayudaré. (Le coge de un brazo y le obliga a sentarse sobre la mesa; luego le sujeta la cabeza por la nuca y trata de limpiarle el ojo con la punta de un pañuelo). Estése usted quieto. Tranquilícese, hombre; no se mueva usted. (Dándole un palmetazo en la mano). ¿Así me obedece usted?... Parece como si este hombretón tan recio y tan alto estuviese temblando... (Se ríe y le palpa los brazos). ¡Con estos brazos!

JUAN. (Amonestándola) ¡Señorita Julia!

JULIA. ¡Qué... «monsieur Jean»!

JUAN. «Attention! Je ne suis qu’un homme!».

JULIA. ¿Quiere usted estarse quieto? ¡Vaya! ¡Ya lo tenemos aquí! Béseme usted la mano en señal de agradecimiento.

JUAN. (Levantándose). Óigame usted, señorita, Cristina se ha ido ya a dormir. ¿Quiere usted oírme?

JULIA. Antes béseme usted la mano.

JUAN. Pero óigame.

JULIA. La mano antes...

JUAN. Perfectamente; pero usted cargará con toda la responsabilidad.

JULIA. (Riéndose). ¿De qué?

JUAN. ¿De qué...? ¿Tan niña es aún la señorita a los veinticinco años? ¿Ignora que es peligroso jugar con fuego?

JULIA: Para mí, no: estoy asegurada.

JUAN. (Atrevido). No lo está usted; y aunque lo estuviese, tiene usted que pensar en que hay materia inflamable a su alrededor.

JULIA. ¿Será usted esa materia?

JUAN. Sí, sí, señorita, sí; no por lo que soy, sino únicamente por ser joven...

JULIA. ...de buena presencia... ¡Qué increíble vanidad! ¡Un Don Juan tal vez! ¡O un casto José! ¡En realidad, creo que es usted un casto José! (Se sonríe).

JUAN. ¿Lo cree usted así?

JULIA. Casi lo temo. (Juan se dirige resueltamente a ella e intenta sujetarla para darle un beso. Ella le da un manotazo). ¡Largo de aquí!

JUAN. ¿Es en broma o en serio?

JULIA. En serio.

JUAN. Entonces, antes era en serio también. Usted juega en serio demasiado, y eso es peligroso. Sin embargo, ahora estoy cansado del juego y le suplico que me perdone si vuelvo a mis ocupaciones. (Va a coger las botas). El señor conde ha de tener las botas lustradas a primera hora, y ya hace tiempo que dio la media noche.

JULIA. Deje usted esas botas.

JUAN. No; ésta es mi obligación, y he de cumplirla. No he pretendido ser su compañero de juegos, ni deseo serlo, porque me considero muy superior a semejante papel.

JULIA. ¡Es usted un soberbio!

JUAN. En algunos casos sí, y en otros... no.
JULIA. ¿Ha amado usted alguna vez?

JUAN. Nosotros no empleamos esa frase, pero he querido a varias muchachas; y en cierta ocasión enfermé por una que no llegué a conseguir: enfermo, como los príncipes de «Las mil y una noches», que por exceso de amor no pueden comer ni beber... (Vuelve a dejar las botas donde estaban).

JULIA. ¿Y quién era ella? (Juan no contesta). ¿Quién era?

JUAN. No me puede usted obligar a decirlo.

JULIA. ¿Y si se lo ruego como a un amigo, como a un igual? (Suavemente). ¿Quién era?

JUAN. Usted.

JULIA. (Sentándose). ¡Vaya una salida ridícula!

JUAN. Sí; si realmente quiere usted saberlo, es ridículo. ¿Ve usted? Esta es la historia que antes no quise referirle; pero ahora sí. ¿Sabe usted, señorita, cómo se ve el mundo desde abajo? No, eso no lo sabe. A los gavilanes y a los halcones no se les divisa el lomo, porque están en lo alto. Crecía yo en mi casa de campesinos con siete hermanas y... un cerdo fuera, en los prados llanos y verdes, donde no se alzaba ni un árbol. Pero desde mi ventana distinguía la tapia del parque del señor conde, con sus frondas de manzanos en flor. Aquel era el jardín del Paraíso y dentro estaban los ángeles con sus espadas flamígeras custodiándolo. A pesar de todo, otros muchachos y yo llegamos a dar con el camino del árbol de la vida... ¿Me desprecia usted ahora?

JULIA. ¡Oh... robar manzanas! Eso lo hacen todos los chiquillos.

JUAN. Eso dice usted ahora, pero en el fondo me desprecia ¡Tanto es así!... Una vez vine al jardín con mi madre para limpiar de hierbajos el sembrado de cebollas. Junto a la tapia del huerto había un pabellón turco a la sombra de los jazmineros, cubierto por madreselvas. Yo no podía imaginar para qué servía aquello; pero en mi vida había visto un edificio tan maravilloso. Con frecuencia entraba y salía gente de él, hasta que una vez vi la puerta abierta: me escurrí y dentro contemplé las paredes cubiertas por retratos de reyes y emperadores; la ventana tenía rojos cortinajes con franjas de seda. Ahora ya se da usted cuenta de si entiendo algo... (Coge una ramita de saúco y, sin soltarla, se la da a oler a la señorita). Yo no había estado nunca en el palacio, no había visto nada más que la iglesia; pero aquello era mucho más suntuoso; y adonde fuesen mis pensamientos, siempre volvían a fijarse aquí. Poco a poco fue creciendo en mí el deseo de conocer toda esta riqueza; me introduje al fin y admiré; a poco llegó alguien. El edificio no tenía más que una salida, pero yo encontré otra: no tenía dónde escoger. (Julia, que había cogido la ramita de saúco, la deja caer sobre la mesa). Salté, pues, la ventana, escalé una cerca, atravesé a la carrera las parvas, llegué a la terraza de las rosas; allí distinguí un vestidito claro, unas medias blancas: era usted. Me oculté bajo un montón de hierbajos. ¿Puede usted imaginarlo? Bajo unos cardos que me pinchaban y entre hediondos terrones de tierra húmeda. La contemplaba a usted paseándose entre las rosas, y pensaba: «Si es cierto que un asesino puede llegar al cielo y vivir junto a los ángeles, tan extraño resulta que un hijo de campesinos pueda llegar en esta tierra de Dios, a un
parque como éste y jugar con la hija de un conde. . .»

JULIA. (Elegíaca). ¿Cree usted que todos los niños pobres hubieran tenido en el mismo caso la misma idea?

JUAN. (Dudando en principio; después, con resolución). ¿Todos los niños pobres?... Sí; naturalmente. Es seguro.

JULIA. ¡Debe ser una desdicha inmensa ser pobre!

JUAN. (Con profundo dolor, marcadamente exagerado). ¡Ay, señorita Julia! ¡Ay!... Un perro puede dormir en el sofá de los amos; un caballo recibir en su hocico la caricia de una mano de señora; pero un muchacho... (Cambia de tono). Sí, sí; a muchos les basta con seguir viviendo; pero con frecuencia hasta eso mismo es un problema. Entretanto, ¿sabe usted lo que hice? Salté, vestido como estaba, al arroyo del molino; de allí me sacaron para apalearme. Al domingo siguiente, cuando mi padre y toda la familia fueron a visitar a la abuela, me las arreglé de manera que me dejaron en casa. Entonces me lavé con jabón y agua caliente, me puse mi mejor traje y me fui a
la iglesia para poder verla a usted. La vi y volví a casa con la decisión de matarme; pero quería morir gratamente, bien, sin dolor. Recordé que era peligroso dormirse bajo un árbol de saúco; nosotros teníamos uno en plena floración; le arranqué todas las flores de que se hallaba cubierto y me acosté con ellas en el cajón de la avena. ¿No se ha fijado usted en lo suave que resulta la avena? Tan dulce al tacto como la piel humana. Cerré la tapa, me amodorré, dormí
profundamente, despertándome al fin realmente enfermo, muy enfermo...: pero no me morí, como puede verse. En realidad, no sé lo que yo anhelaba. No había medio, no había posibilidad de intentar conquistarla: usted fue una prueba de la desesperación que es para mí el origen del medio en que he nacido.

JULIA. ¿Sabe usted que refiere las cosas con mucha gracia? ¿Fue usted a la escuela?

JUAN. Poco; pero he leído muchas novelas y fui con frecuencia al teatro. Sin contar con que he tenido constantes ocasiones de oír hablar a gentes distinguidas, y de ellas he aprendido.

JULIA. ¿Escucha usted lo que nosotros decimos?

JUAN. Naturalmente. He oído muchísimas cosas sentado en el pescante o remando en la lancha. Una vez oí a la señorita hablar con una amiga...

Fragmento de LA SEÑORITA JULIA
De: www.pedrogarciaolivoliteratura.com



22 de enero de 1849 - Estocolmo, Suecia

... Como marcan Szondi y el mismo Strindberg, en este caso la experiencia vital del autor es un dato inevitable para la comprensión de su obra. Escritura del pathos y el autoconocimiento, su teatro y su narrativa parten de la reelaboración de sus saberes existenciales, así como, recursivamente, Strindberg construye en sus libros y dramas un territorio de habitabilidad, los convierte en el acto ético6 que otorga sentido a una vida llena de conflictos y dificultades. Buena parte de esos problemas existenciales provienen de su inestabilidad psíquica y emocional. Recuérdese que Karl Jaspers, filósofo y psicopatólogo, dedicó un libro al dramaturgo, donde afirma: “Strindberg era un enfermo mental. Esta enfermedad mental (...) es un factor decisivo de su existencia; constituye también un factor en el desarrollo de su concepción del mundo e influye en el contenido de sus obras. Siguiendo la pista de esta influencia, se pueden conocer ciertos nexos presentes en la génesis de dicha concepción del mundo y de dichas obras”. Jaspers contrasta en su estudio la “esquizofrenia” de Strindberg con el caso de Vincent Van Gogh. Philip Sandblom coincide en vincular la obra de Strindberg con su enfermedad, e incluso valora sus piezas como un mecanismo de exorcización de la locura: “La paranoia de Strindberg arroja una luz aterradora sobre sus odiadas figuras femeninas, dándoles lustre extraordinario; el dramaturgo creía que al incorporarlas a su obra podría detener su inminente locura”.


En el “Prólogo” a La Señorita Julia Strindberg se reconoce “moderno”, es consciente de que su teatro cumple una función “modernizadora” y sabe que el pulso que rige el espíritu moderno es la conciencia crítica y superadora del pasado inmediato y de lo aún consagrado en el presente. Apuesta a un teatro del futuro y –como en el epígrafe arriba- expresa la necesidad de experimentar, investigar, estudiar nuevas resoluciones teatrales24. Reconoce además su voluntad de encontrar en la ciencia un fundamento riguroso para la comprensión del mundo y defiende que sus personajes hablen de Darwin: “A aquellos que encuentran equivocado que en los dramas modernos dejemos hablar a los personajes de darwinismo (...) quiero recordarles (...) que el 'darwinismo' ha existido en todos los tiempos” (1982, p. 93-94).

La Señorita Julia fue escrita por Strindberg en el verano de 1888, en Dinamarca. La propuesta de edición de la pieza fue rechazada por el editor sueco Karl Otto Bonnier. La obra llegó a ser libro gracias al editor Joseph Seligmann, previa censura de pasajes del texto dramático y del prólogo, el 23 de noviembre de 1888. Dichosamente, la versión original de ambos textos fue posteriormente rescatada en nuevas ediciones (en castellano, Strindberg 1982 y 2008). El estreno debió evitar la persecución de la censura y no se realizó en las mejores condiciones. Strindberg estrenó La Señorita Julia como programa de su Teatro Experimental, al frente de la dirección, el 14 de marzo de 1889, en Copenhague, ante un público limitado (unos 150 espectadores), en la sala de la Unión de Estudiantes Universitarios.

La historia de La Señorita Julia, basada en un hecho real, posee cierta “excepcionalidad”, pero es cabalmente representativa de lo normal y lo posible en la observación de la realidad, desenmascara la brutalidad y la violencia de la vida y encierra una enseñanza: “He elegido para esta obra un caso excepcional, pero instructivo; en dos palabras, una excepción, pero una gran excepción que confirma la regla, lo cual va a molestar a todos los que aman lo banal” (p. 91). No interesa por su truculencia o fealdad escabrosa, sino por su carácter representativo del funcionamiento del mundo.

“Mis personajes son caracteres modernos que viven en una época más vertiginosamente histérica que, al menos, la precedente. [Por eso] los he dibujado vacilantes, desgarrados, con una mezcla de lo nuevo y lo viejo”

El diálogo debe ser compuesto de acuerdo a la verosimilización realista, evitando las concesiones a las fórmulas teatrales del pasado y las resoluciones toscas del mismo realismo: “En lo que respecta al diálogo, he roto un poco con la tradición al no pintar a mis personajes como catequistas que hacen preguntas estúpidas para provocar una brillante réplica. He intentado eludir el modelo de diálogo francés con su construcción simétrica, matemática, y para ello he dejado que las mentes trabajasen de una manera irregular, tal como ocurre en la realidad, donde, en una conversación, nunca se llega a agotar un tema, sino que cada uno de los cerebros actúa como una rueda dentada en la que el otro se engrana a la buena de Dios. Por eso el diálogo anda sin rumbo, se provee en las primeras escenas de un abundante material que luego se elabora, se trabaja, se repite, se amplía y se desarrolla de la misma manera que el tema en una composición musical”

De: Dubatti, Jorge. "Relectura de August Strindberg y las estructuras del drama moderno: un análisis de La señorita Julia". 
La revista del CCC [en línea]. Enero / Abril 2010, n° 8. [citado 2014-01-25]. Disponible en Internet: http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/156/. ISSN 1851-3263.


“Luchar contra nuestro destino sería un combate como el del manojo de espigas que quisiera resistirse a la hoz”- Lord Byron




Oscuridad


Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación, y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros.

Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes y su antorcha montañosa,
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se prendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
Sus piras funerarias con combustible y miraban hacia arriba,
Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.

Y la guerra, que por un momento se había ido,
Se sació otra vez; una comida se compraba
Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
Atiborrándose en la penumbra: no quedaba ya amor.
Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
El magro por el magro fue devorado,
Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
Hasta que el hambre se apoderó de ellos o los muertos que caían
Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
Y un corto grito desolado -lamiendo la mano
Que no respondió con una caricia-, murió.
Poco a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos hombres
De una enorme ciudad sobrevivieron,
Y eran enemigos; se encontraron junto
A las agonizantes brasas de un altar
Donde se había apilado una masa de cosas santas
Para un fin impío; hurgaron
Y -temblando-, revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida e hicieron una llama
Que era una ridícula; entonces levantaron
Sus ojos al verla palidecer, y observaron
El aspecto del otro, miraron y gritaron, y murieron;
De puro espanto mutuo murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito "enemigo".

El mundo estaba vacío,
Lo populoso y lo poderoso eran una masa
Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
Dormían en el abismo sin un vaivén.
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora, la luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron;
La oscuridad no necesitaba de su ayuda,
Ella era el universo.





A la luna



¡Sol del que triste vela,
Astro de cumbre fría,
Cuyos trémulos rayos de noche
Para mostrar sombras sólo brillan!

¡Oh, cuánto se asemeja
De la pasada dicha
Al pálido recuerdo que del alma
Sólo hace ver la soledad sombría!

Reflejo de una llama
Oculta o ya extinguida,
Llena la mente pero no la enciende;
Vive en el alma pero no la anima.

Descubre, como tú, sombras
Que esmalta o acaricia
Y, como a ti, tan solo la contempla
El dolor mudo en ferviente vigilia.


De: AMediaVoz.com

George Gordon Byron
22 de enero de 1788 - Inglaterra