viernes, 11 de octubre de 2013

“El filósofo griego Demócrito pensó que hacía un gran servicio a la humanidad al librarla de la opresión de dos grandes temores: el temor de Dios y el temor de la muerte. Pero áun eso no nos libra de otro temor igualmente universal: el temor del prójimo” - Lin Yutang

10 de octubre de 1895 - Xiamen

CAPÍTULO I
EL DESPERTAR
I. ACCESO A LA VIDA

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y su literatura. Es una ociosa filosofía nacida de una vida ociosa, propugnada en una edad distinta, bien lo sé. Pero no puedo dejar de sentir que este criterio de la vida es esencialmente cierto, y como somos iguales bajo la piel, lo que toca al corazón humano en un país lo toca todo. 
Tendré que presentar un criterio de la vida como los poetas y los estudiosos chinos la evaluaron con su sentido común, su realismo y su sentido de la poesía.Trataré de revelar algo de la belleza del 
mundo pagano, una sensación de la ternura y la belleza y el terror y la comedia de la vida, vista por un pueblo que tiene firme comprensión de las limitaciones de nuestra existencia y, no obstante, retiene un sentido de la dignidad humana. El filósofo chino sueña con un ojo abierto, considera la vida con amor y dulce ironía, mezcla su cinismo con una bondadosa tolerancia, y alternativamente despierta del sueño de la vida y vuelve a adormecerse, pues se siente con más vida cuando está soñando que cuando está despierto, con lo cual inviste a su vida en vela de una cualidad de mundo de ensueños. Ve con un ojo cerrado y otro abierto la inutilidad de mucho de lo que ocurre a su rededor y de sus propias empresas, pero conserva suficiente sentido de la realidad para decidirse a seguir adelante. Rara vez se desilusiona, porque no tiene ilusiones, y rara vez se decepciona, porque nunca ha tenido esperanzas extravagantes. De esta manera está emancipado su espíritu. Porque, después de recorrer el campo de la literatura y la filosofía chinas, llego a la conclusión de que el más alto ideal de la cultura china ha sido siempre un hombre con un sentido de desapego (takuan) hacia la vida, basado en un sentido de sabio desencanto. De este desapego viene el alto espíritu (k'uanghuai), un alto espíritu que nos permite ir por la vida con tolerante ironía y escapar a las tentaciones de fama y riqueza y logro, y eventualmente nos hace aceptar lo que venga. Y de ese desapego surge también un sentido de libertad, un amor por el vagabundeo y el orgullo y la despreocupación. Sólo con este sentido de libertad y esta despreocupación llega uno eventualmente a la aguda, a la intensa alegría de vivir. Es inútil que yo diga si mi filosofía es válida o no para el occidental. Para comprender la vida occidental, sería preciso mirarla como nacido en Occidente, con su temperamento, sus actitudes corporales y su conjunto de nervios. No dudo que los nervios americanos, por ejemplo, pueden soportar los nervios chinos, y viceversa. Bien está que así sea, que todos hayamos nacido diferentes. Y sin embargo, todo es cuestión de relatividad. Estoy muy seguro de que en medio de la prisa y el ruido de la vida americana hay una gran avidez, un divino deseo de tenderse sobre el césped bajo altos árboles en una tarde' ociosa, y no hacer nada. La necesidad de clamores tan comunes como el de "Despertad y vivid" es para mí un buen síntoma de que una sabia porción de la humanidad americana prefiere pasar las horas soñando. El americano, al fin y al cabo, no es tan malo como eso. Sólo se trata de si tendrá más o menos de eso, y de cómo se arreglará para hacerlo posible. Quizá el americano esté tan sólo avergonzado de la palabra "holganza" en un mundo donde todos hacen algo, pero en cierto modo, tan seguro como sé que también él es animal, a veces le gusta estirar los músculos, tenderse en la arena, o quedarse quieto, acostado, con una pierna cómodamente encogida y un brazo puesto bajo la cabeza como almohada* Si es así, no puede ser muy diferente de Yen Huei, que tenía exactamente esa virtud y a quien admiraba desesperadamente Confucio entre todos sus discípulos. Lo único que deseo es que sea honrado al respecto, y que proclame al mundo que le gusta hacerlo así cuando le gusta; que no es mientras trabaja en su oficina. sino mientras está tendido en la arena, cuando su alma pronuncia: "La vida es hermosa". Así, pues, estamos por ver una filosofía y un arte de vivir tal como la mente del pueblo chino en conjunto lo ha comprendido. Me inclino a pensar que, en buen o en mal sentido, no hay en el mundo nada como eso. Porque aquí llegamos a una manera enteramente nueva de mirar la vida por un tipo de espíritu enteramente distinto. Es una perogrullada decir que la cultura de cualquier nación es el producto de su mente. Por consiguiente, donde hay una mente nacional tan racialmente distinta e históricamente aislada del mundo cultural occidental, tenemos derecho a esperar nuevas respuestas a los problemas de la vida o, lo que es mejor, nuevos métodos de acceso o, aun mejor, un nuevo planteo de los mismos problemas. Conocemos algunas de las virtudes y los defectos de esa mente, por lo menos según nos la revela el pasado histórico. Tiene un arte glorioso y una ciencia despreciable, un magnífico sentido común y una lógica infantil, una bella cháchara mujeriega acerca de la vida, y nada de filosofía escolástica. Es sabido, en general, que la mente china es una mente intensamente práctica, terca, y también es sabido por algunos amantes del arte chino que es una mente profundamente sensitiva; por una proporción aun menor de gente es aceptada también como mente profundamente poética y filosófica. Al menos, los chinos se caracterizan por tomar las cosas filosóficamente, lo cual es decir más que la afirmación de que los chinos tienen una gran filosofía o cuentan con unos pocos grandes filósofos. Que una nación tenga unos pocos filósofos no es extraordinario, pero que una nación tome las cosas filosóficamente es enorme. Es evidente, de todos modos, que los chinos, como nación, son más filosóficos que eficientes, y que si fuera de otro modo, ninguna nación podría haber sobrevivido a la alta presión de una vida eficiente durante cuatro mil años. Cuatro mil años de vida eficiente arruinarían a cualquier nación. Una consecuencia importante es que, mientras en Occidente los alienados son tantos que se les pone en asilos, en China los alienados son tan inusitados que los veneramos, como atestiguará todo el que tenga cierto conocimiento de la literatura china. Y a eso, al fin y al cabo, es adonde voy. Sí, los chinos tienen una filosofía ligera, casi alegre, y la mejor prueba de su temperamento filosófico ha de encontrarse en esta sabia y jubilosa filosofía de la vida.
























jueves, 10 de octubre de 2013

"Yo no tenía eso que llaman hogar" - John Lennon

John Winston Lennon
9 de octubre de 1940- Liverpool

No sólo nació bajo el asedio aéreo de los alemanes sino que vivió una infancia demasiado dramática como para ser una persona común y corriente. 

Su militante actitud de disconformidad con una sociedad hipócrita y marginante fue una convicción gestada por las brasas de un precoz y lento dolor. Un dolor redimido a través de la escritura y de la música. ¿Quién sino él podría haber creado "Imagine"?













En 1964 y 1965, cuando la juventud de medio mundo se desmelenaba con las canciones de los Beatles, John Lennon publicó sendas obras que recogían las manifestaciones más disparatadas de su ingenio verbal y visual, dos pequeños desvaríos que serían terminantemente clasificados en la muy socorrida categoría de «inclasificable».
Desde el punto de vista técnico, con ellos reinventa (o más bien revienta) la vieja fórmula del nonsense llevándola hasta sus límites más insensatos, o sea, hasta ese territorio fronterizo donde lo absurdo se vuelve elocuente y empieza a desprender significados fantasmales. ¿Pero qué hay en ellos? Pues básicamente un juego o un jugueteo empedernido: tropos, trompos y trampas; burlas y fabulaciones; enredos y jugarretas de palabras; equívocos, sarcasmos y subversiones; malicias y delicias; neologismos, solecismos y surrealismos; retruécanos, paronomasias, aliteraciones y otras figuras de pensamiento o dicción no menos estupendas… Algo así como Finnegans Wake pasado por el filtro de Lewis Carroll pasado por el filtro de Groucho Marx pasado por el filtro del pato Donald pasado por el filtro de la cafetera de su madre. El resultado también se podría clasificar con toda pertinencia en la socorrida categoría de «intraducible», motivo por el cual o pese al cual tenemos el honor de ofrecer al público un esmerado transporte analógico al castellano cuya estupefacción explica el propio transportista en una nota sin duda muy necesaria. Era una gozada estar con John Lennon mientras alimentábamos aquel artilugio cómico. Él estaba de muy buen humor y los libros siguen siendo espléndidos... Incluso nuestros niños los encuentran tan divertidos como nosotros. George Harrison La dedicatoria de John en mi ejemplar de A Spaniard in the Works lo dice todo: «A Ringo, ese enano cabrón, con todo mi cariño». Ringo Starr ¿Será un tío profundo? ¿Artístico, moderno, culto? Paul McCartney

De: www.globalrhythmpress.com/es

Gracias, querido John.
Fuiste una voz singular abriéndome paso
en el incierto aire por el que sólo
se animan a cruzar
los sueños de todo/a adolescente.

miércoles, 9 de octubre de 2013

"!Querido hermano blanco!" - Leopold Sedar Senghor

Querido hermano blanco
  

Querido hermano blanco,
cuando yo nací, era negro,
cuando crecí, era negro,
cuando estoy al sol, soy negro,
cuando estoy enfermo, soy negro,
cuando muera, seré negro.

En tanto que tú, hombre blanco
cuando tú naciste, eras rosa,
cuando creciste, eras blanco,
cuando te pones al sol, eres rojo
cuando tienes frío, eres azul
cuando tienes miedo, te pones verde,
cuando estás enfermo, eres amarillo,
cuando mueras, serás gris.

Así pues, de nosotros dos,
¿quién es el hombre de color?

De:  http://martinher85.wordpress.com


9 de octubre de 1906- Senegal




I.
El tótem

Debo esconderlo en lo más íntimo de mis venas
El Antepasado de la piel de tormenta surcada por relámpagos y rayos
Mi animal guardián, debo esconderlo
Para que no rompa la represa de los escándalos.
Él es mi sangre fiel que requiere fidelidad
Protegiendo mi orgullo desnudo contra
Mí mismo y la soberbia de las razas felices...


II.
Mujer negra

Mujer desnuda, mujer negra
Vestida con tu color que es vida, con tu forma que es belleza

Yo crecí a tu sombra; la suavidad de tus manos vendaba mis ojos
Y ahora en el corazón del Verano y del Mediodía,
Te descubro, Tierra prometida, desde lo alto de un alto collado calcinado
Y tu belleza me fulmina en pleno corazón, como el relámpago de un águila

Mujer desnuda, mujer oscura
Fruto maduro de la carne firme, sombras extasiadas del vino negro, boca que hace lírica mi boca
Sabana de horizontes puros, sabana que se estremece a las caricias fervientes del Viento del Este
Tam-tam esculpido, tam-tam tenso que ruge bajo los dedos del vencedor
Tu voz grave de contralto es el canto espiritual de la Amada

Mujer negra, mujer oscura
Aceite que no arruga ningún soplo, aceite tranquilo en los costados del atleta, en los costados de los príncipes de Malí
Gacela de ataduras celestes, las perlas son estrellas sobre la noche de tu piel.
Delicias de los juegos del Espíritu, los reflejos del oro roen tu piel que se tornasola
En la sombra de tu cabellera, se ilumina mi angustia en los soles próximos de tus ojos.

Mujer desnuda, mujer negra
Yo canto tu belleza que pasa, forma que fijo en lo Eterno
Antes de que el destino celoso te reduzca a cenizas para alimentar las raíces de la vida. 


III.
Yo estoy solo

Yo estoy solo en la planicie
Y en la noche
Con los árboles retorcidos de frío
Que, codos en el cuerpo, se estrechan los unos a los
otros.

Yo estoy solo en la planicie
Y en la noche
Con los gestos de desesperanza patética de los árboles
Cuyas hojas abandonaron por islas de elección.

Yo estoy solo en la planicie
Y en la noche.
Soy la soledad de los postes telegráficos
A lo largo de las rutas
Desiertas.


De: caesarisnv.blogspot.com



Carta a un poeta
                                  A Aimé Césaire


¡Para el Hermano amado y para el amigo, mi saludo tosco
    y fraternal!
Las gaviotas negras, los navegantes de los grandes ríos
    han hecho que goce de tus noticias
Mezcladas con especies, con ruidos olorosos de los Ríos
    del Sur y de las Islas.
Ellos me han hablado de tu confianza, de la eminencia de
    tu frente y de la flor de tus labios sutiles
Que te hacen, tus discípulos, columna de silencio, una
    rueda de pavo real
Que se eleva hasta la luna, tú resistes su celo alterado
    y jadeante.
¿Es acaso tu perfume de frutas fabulosas o tu estela de
    luz en pleno medio día?
¡Cuántas mujeres con piel de zapotillo en el harem de tu
    espíritu!
Mi encanto más allá de los años, bajo la ceniza de tus
    párpados
La brasa ardiente, tu música hacia la que tendemos
    nuestras manos y nuestros corazones de antaño.
¿Habrás olvidado tu nobleza, que es el canto
 A los Ancestros, Los Príncipes y los Dioses, que no son
    ni flor ni gotas de rocío?
Debiste ofrecer a los Espíritus los frutos blancos
    de tu jardín
Tú no comes sino la flor, recolectada el mismo año
    del fino mijo
Y no hurtas ni un pétalo para perfumar tu boca.
En el fondo del pozo de mi memoria, toco
Tu rostro de donde saco el agua que refresca mi gran
    aflicción.
Te diluyes con aristocracia, acodado en la cima de una
    colina clara,
Tu lecho oprime la tierra que dulcemente castiga.
Los tam-tam, en las llanuras ahogadas, marcan el ritmo,
    tu canto, y tu verso es la respiración de la noche
    y del mar lejano.
Tú cantaste a los Ancestros y a los Príncipes legítimos
Tú cogiste una estrella del firmamento para la rima
Rítmica a contratiempo; y los pobres a tus pies desnudos
    arrojaron las esteras con la ganancia de un año
Y las mujeres a tus pies desnudos, su corazón de ámbar
    y la danza de sus almas desolladas.
Mi amigo, mi amigo —¡Oh, regresarás, regresarás!
Yo te esperaré — mensaje confiado al capitán del cúter
    bajo el Kaicedrat.*
Tú regresarás para el festín de las primicias. Cuando
    humee sobre los techos la dulzura del atardecer al
    declinar el sol,
Y paseen los atletas su juventud, adornada como los novios,
     conviene que allí estés.



 * Árbol de la familia de las acacias.




NEGRITUD



“Negritud no es ni racismo -antiblanco- ni populismo. Es, sencillamente, el conjunto de valores de civilización del mundo negro. Y no de los valores del pasado, sino de los de una auténtica cultura. Este espíritu de la civilización negro-africana es el que, arraigado en la tierra y en los corazones negros, se alarga hacia el mundo –hacia las cosas y los seres- para comprenderlo, unificarlo y manifestarlo“.

“La Negritud es, esencialmente, ese calor humano que es presencia en la vida, en el mundo. Para emplear vuestras palabras, es un existencialismo enraizado en la tierra Madre y desarrollado al sol de la Fe. Esta presencia en el mundo es participación del sujeto en el objeto, participación del Hombre en las fuerzas cósmicas, comunión del Hombre con los demás hombres y, en este sentido, también con todo lo existente, desde la piedra hasta Dios. Aquí, el conocimiento no se expresa en cifras algebraicas, sino en obras de arte, en imágenes ritmadas, donde el símbolo no es signo, sino sentido identificador… Tal es esta Civilización de la Unidad por simbiosis, por símbolo. En ella, el individuo se realiza como persona por y en la sociedad. Una sociedad que no es colectivista, es decir, que no supone un conglomerado heteróclito de individuos, sino comunal, es decir, un pueblo dirigido hacia el mismo fin y animado por la misma fe”.

“El negro tiene los sentidos abiertos a todos los contactos, a las más ligeras solicitaciones. Siente antes de ver y reacciona inmediatamente al contacto con el objeto, incluso ante las ondas emitidas desde lo invisible. Es gracias a su capacidad emotiva como toma conocimiento del objeto(…). El negro-africano presiente el objeto incluso antes de sentirlo, se acopla a sus ondas y a sus contornos, después, en un acto de amor, se asimila para conocerlo profundamente. Mientras que la razón discursiva, la razón ojo del blanco, se detiene ante las apariencias del objeto, la razón intuitiva, la razón abrazo del negro, por encima de lo visible, llega hasta la realidad profunda del objeto, para captar su sentido, más allá del signo. De esta manera para el negro-africano, todo objeto es símbolo de una realidad más profunda, que constituye el verdadero significado del signo que nos es dado en primer lugar. Toda forma, toda superficie y línea, todo color y detalle, todo olor, todo aroma, todo sonido, todo timbre, todo tiene su significado.

- El Negro-Africano, no ve el objeto, lo siente. Es un puro campo sensorial. Es en su subjetividad, en la punta de sus órganos sensoriales, donde él descubre al Otro. He ahí emocionado, girando, en un movimiento centrífugo, del sujeto al objeto sobre las ondas del Otro. Y no es una simple metáfora, puesto que la psique contemporánea ha descubierto la energía bajo la materia: las ondas y las radiaciones. He ahí donde el Negro-Africano que simpatiza y se identifica, que muere a sí para renacer en el Otro. Él no asimila, se asimila. Vive con el Otro en simbiosis, con-nace al Otro (…) Sujeto y objeto son aquí, dialécticamente confrontados, en el alma misma del conocimiento, que es acto de amor. “Yo pienso, luego yo existo” escribía Descartes. La diferencia ya está hecha, se piensa siempre cualquier cosa. El Negro-Africano podría decir: “Yo siento al Otro, yo danzo con el Otro, luego yo existo”. Porque danzar es crear, sobre todo porque la danza es danza de amor. Es en todo caso, el mejor modo de conocimiento (…) La luz del conocimiento ya no es esa claridad inalterable que se posa sobre el objeto sin tocarlo y sin ser tocada por él: es un fulgor turbio nacido de su abrazo, el chispazo de un contacto, una participación, una comunión.

- Así, pues, consideremos al europeo blanco frente al objeto: frente al mundo exterior, frente a la naturaleza, frente al Otro. Como hombre de voluntades, guerrero, ave de presa, pura mirada, el europeo blanco se distingue del objeto, manteniéndole a distancia, inmovilizándolo, fijándolo. Provisto de instrumentos de precisión, lo diseca en un implacable análisis. Animado de una voluntad de poder mata al Otro y, en un movimiento centrípeto, lo convierte en un medio para poderle utilizar con fines prácticos. Lo asimila. Así es el europeo blanco, así era antes de la revolución científica del siglo XX. (…) El blanco europeo mantiene el objeto a distancia. Lo mira, lo analiza, lo mata, o al menos lo doma: para utilizarlo.

Los valores de la Negritud participan, esencialmente, de la razón intuitiva: de la razón-abrazo. Y es cierto que la Negritud echa raíces en la sensación y el instinto. Pero porque ella pertenece al hombre, y ella es imaginación; la Negritud es humanismo. Gracias a este don sin igual, de fábula, que es la imaginación creadora, el Negro pasa de la sensación al sentimiento, del tocar al sentir y, gracias a la imagen rítmica, a la imagen símbolo, del sentir al pensar: de la cantidad a la cualidad, del signo al sentido, que es el movimiento mismo del humanismo, la definición del Espíritu . Al mismo tiempo, es este don una vez más, este ritmo de la energía, este movimiento de la fuerza vital, que es la fuente de todo pensamiento, de todo arte”.


Fuentes: “Libertad, negritud y humanismo -Libertad 1-” (Senghor), “El diálogo de las culturas -Libertad 5-” (Senghor) y la tesis doctoral de Mª Jesús Cuende González titulada “La perspectiva filosófica de Léopold Sédar Senghor y su vinculación al existencialismo”

De: www.culturamas.es/blog




martes, 8 de octubre de 2013

"Mi alma tiene prisa" - Mario de Andrade



9 de octubre de 1893 - Brasil


EL VALIOSO TIEMPO DE LOS MADUROS


“…Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...

Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a maniobreros y ventajeros.
Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.
Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa.........

Sin muchas golosinas en el paquete...

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír de sus errores.
Que no se envanezca con sus triunfos.
Que no se considere electa antes de hora.
Que no huya de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…..
Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Sí…. tengo prisa… por vivir con la intensidad, que solo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna, de las golosinas que me quedan…
Estoy seguro que serán más exquisitas, que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás......"


Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño)

De: Unión Hispanomundial de Escritores.UHE




 Rosa y el cascarudo

Belazarte me contó:

No creo en bichos malignos, pero del cascarudo, no sé. Mire lo que sucedió con Rosa... Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado en eso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas con cuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete años cuando se le murió la madre. Murió o dio la hija, que es lo mismo que morir. Rosa crecía. Su adorable tipo portugués se pulía poco a poco de las vaguedades físicas de la infancia. Diez años, catorce años, quince... Al final dieciocho en mayo pasado. Pero Rosa seguía con siete, por lo menos en lo que respecta a nuestra alma. Servía siempre a las dos solteronas con la misma fantasía caprichosa de la antigua Rosita. A veces limpiaba bien la casa, a veces mal. En ocasiones se olvidaba del palillero al poner la mesa para el almuerzo. Y en el cuarto acariciaba con la misma ignorancia de madre a la misma muñeca que, ¡no sé cuánto tiempo hace!, le había dado doña Carlotita con la intención de mostrarse simpática. Parece increíble, ¿no?, pero nuestro mundo está hecho de esos increíbles: Rosa, toda una muchacha ya, era infantil y de pureza infantil. Que las purezas como las morales son muchas y diferentes... cambian con los tiempos y con la edad... no debería ser así, pero es así, y no hay nada que discutir. Pero con dieciocho años en 1923, Rosa poseía la pureza de los niños de... allá por la batalla del Riachuelo1 más o menos... Eso: de los niños de 1865. ¡Rosa... qué anacronismo!

En la casita en la que vivían las tres, camino de la Lapa2, su juventud se desarrolló sólo en el cuerpo. También salía poco y la ciudad era para ella el viaje que uno hace una vez por año cuando mucho, por algún finado. Entonces doña Ana y doña Carlotita se vestían de seda negra, ¡sí señor! Se ponían toda esa seda negra haciendo barullo que era una lástima. Rosa acompañaba a las patronas con su ropa fina más nuevita, llevando los jarros de leche y las plantas de la huerta. Iban a Aratá3 donde reposaba el recuerdo del capitán Fragoso Vale, padre de las dos tías. Junto al mármol raso doña Carlotita y doña Ana lloraban. Rosa lloraba también para hacer compañía. Notaba que las otras lloraban, se imaginaba que era necesario llorar también, ¡enseguida!, llanto llanto... abría los pequeños grifos de los ojos negros negros, que brillaban aun más. Después visitaban haciendo comentarios las tumbas endomingadas. Aquel olor... Velas derretidas, familias descansando, agitación dificultosa para tomar el ómnibus... ¡qué aturdimiento, Dios mío! ¡La impresión llena de miedos era desagradable!

Anualmente ese viaje grande de Rosa. No más: llegadas hasta la iglesia de la Lapa algún domingo suelto y en Semana Santa. Rosa no soñaba ni maduraba. Siempre atendiendo la huerta y a doña Carlotita. Atendiendo la cena y a doña Ana. Todo con la misma igualdad infantil que no implica desamor, no. Ni era indiferencia, era no imaginar las diferencias, eso sí. Uno pone diez dedos para hacer la comida, dos brazos para barrer la casa, un pedacito de amistad para Fulano, tres pedacitos de amistad para Zutano que es más simpático, una mirada a la bonita vista de al lado con el campanario de Nuestra Señora de O4 en un embobamiento allá lejos, y de sopetón, ¡zás! se hace todo amor como en el truco5 para ver si toca una buena mano. Así es como hacemos... Rosa no lo hacía. Era siempre el mismo pedazo de cuerpo que ponía en todas las cosas: dedos, brazos, vista y boca. Lloraba con eso y con eso mismo atendía a doña Carlotita.

Indistinta y bien barridita. Vacía. Una hermanita. El mundo no existía para... ¡qué hermana!, santita de iglesia perdida en los alrededores de Évora.6 Hablo de la santita representativa que está en el altar, hecha de argamasa pintada. La otra, la representada, usted bien sabe: está allá en el cielo sin interceder por nosotros... Rosa, si se precisaba, intercedía. Pero sin saber por qué. Intercedía con el mismo pedazo de cuerpo, dedos, brazos, vista y boca, sin nada más. La pureza, la infantilidad, la pobreza de espíritu se empañaban en una redoma que la separaba de la vida. ¿Vecindad? Sólo la casita de más allá, en la misma calle sin vereda, barrio oscuro, verde de pasto libre. La callejuela era engullida en un arrebato por la confusión civilizada de la calle de los tranvías. Pero ya en la esquina el almacencito de don Costa le impedía a Rosa entrar en la calle de los tranvías. Y don Costa pasaba de los cincuenta, viudo sin hijos, pitando de su pipa maloliente. Rosa se detenía allí. El almacén movía toda la dinámica alimenticia de la existencia de doña Ana, de doña Carlotita y de ella. Y eso en las horas apuradas de la mañana, después de hervir la leche que el lechero dejaba muy temprano en el portón.

Rosa saludaba a las vecinas de la otra casa. De tanto en tanto se paraba un minuto para conversar con Ricardita. Pero no tenía tema, ¿qué tenía que hacer? partir enseguida. Con esas despreocupaciones de vivir y de disfrutar de la vida, ¡cómo podía reparar en su propia juventud!, no podía. El único que reparó en eso fue Juan. Primero él envolvía los dos panes en el papel ceniciento y tiraba el paquete en la galería. Golpeaba para que supieran y se iba tlindliirim dlimdlrim, en su triciclo.

Solamente cuando había lluvia y viento, esperaba con el paquete en la mano.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¡Qué lluvia!

-Un espanto.

-Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Pero una vez, cuando envolvía los panes en el triciclo, vio que Rosa volvía del almacén. Esperó con toda naturalidad, no era ningún maleducado. El sol daba de lleno en el cuerpo que estaba llegando. Fue entonces que Juan reparó en el cambio de Rosa, era otra. Enteramente mujer con piernas bien delineadas y dos senos agudos conteniéndose en la lisura de la blusa, como el rubí del anillo dentro del guante. Así es... Juan no vio nada de eso, estoy fantaseando la historia. Después del siglo diecinueve los contadores parece que se sienten en la obligación de desmenuzar con descaro esas cosas. Ni aquel color de manzana camesa7 amorenada limpia... Ni aquellos ojos de esplendor solar... Juan reparó apenas en que tenía un malestar por dentro y concluyó que el malestar provenía de Rosa. Era Rosa la que le estaba causando eso, no tenía dudas. Derramó una risa perdida por la cara. Se fue atontado, sin decir bien ni siquiera "buenos días". Pero desde entonces no tiró más los panes desde la acera. Esperaba que Rosa viniera a buscarlos de su mano.

-¡Buenos días!

-Buenos días. ¿Por qué no los tiró?

-Es que... se pueden ensuciar.

-Hasta mañana.

-¡Hasta mañana, Rosa!

Sentía ese tal malestar y se iba.

Juan era casi una Rosa también. Sólo que tenía padre y madre, eso le enseña a uno. Y tal vez a causa de los veinte años... De verdad que había llegado a esa edad sin contacto con mujer, pero los sueños lo atizaban, vivía mordido de impaciencias cortas. Pero hacía pan, entregaba pan y se dormía temprano. Los domingos jugaba al fútbol en el Lapa Atlético. Cuando descubrió que no podía más vivir sin Rosa, le confesó todo al padre.

-Pues cásate, hijo. Es una muchacha buena, ¿no es así?

-Sí, padre.

-¡Pues entonces cásate! La panadería es tuya... no tengo más hijos... Y si la muchacha es buena...

Esa tarde doña Ana y doña Carlotita recibían la visita avergonzada de Juan. ¡Cómo costaba hablar de eso! Al final, cuando ellas adivinaron que ese muchacho, corto de palabras pero sereno de gestos, les llevaba a Rosa, se emocionaron mucho. Se emocionaron porque encontraron el asunto muy bonito, muy conmovedor. Y en un instante se dieron cuenta de que la criadota estaba hecha toda una muchacha ya. Precisaba casarse. ¡Qué maravilla, Rosa se casaba! ¡Iba a tener hijos! Ellas serían las madrinas... Casi se desvirgaban del gozo de ser madres de los hijos de Rosita. Se sentían abrazadas, apretadas y, ¡por la santa cruz!, cometían cada pecadote en el inconsciente...

-¡Rosa!

-¿Señora?

-¡Ven acá!

-¡Ya voy, sí señora!

Aún no sabían si Juan era bueno, pero parecía. Y querían disfrutar la turbación de Rosa y del joven, ¡qué maravilla! Apretados contra los batientes de la puerta relumbraron dieciocho años fresquitos.

-Rosa, fíjate. El joven vino a pedirte en casamiento.

-¡Pedir qué!...

-El joven dice que quiere casarse contigo.

Rosa hizo de la boca una rueda roja. Los dientes regulares muy blancos. No se avergonzó. No bajó los ojos. Rosa comenzó a llorar. Se escapó hacia adentro sollozando. Doña Carlotita la encontró sentada en el banquito junto al fogón. Lloraba con grititos, sollozaba encogiendo los hombros, desamparada.

-¡Rosa, qué es eso! ¿¡Entonces es así que se hace!? ¡Si tú no quieres, dilo!

-¡No! Doña Carlotita, ¡no! ¡Cómo puede ser! ¡Yo no quiero dejarla a usted!...

Doña Carlotita ponderó, disfrutó, aconsejó... Rosa no sabía para dónde ir, si se casaba; Rosa sólo sabía atender a doña Carlotita... Rosa se puso a llorar fuerte. Fue preciso taparle la boca, ¡alabado sea!, ¡para que el joven no escuchara, pobre! Al fin vino doña Ana para saber lo que sucedía, muerta de curiosidad.

Juan se quedó solo en la sala, no sabía lo que había pasado allá adentro, pero no obstante adivinando que le parecía que Rosa no gustaba de él.

Ahora sí, estaba realmente aturdido. Se avergonzó de la sala, de estar solo, no sé, fue tomando el sombrero y saliendo con paso de buey de carro. Abría los ojos espantado. Ahora se daba cuenta de que verdaderamente gustaba de Rosa. ¡El rechazo le produjo un dolor, pobre!...

Fue una tarde de silencio en su casa. El padre condenó, ofendió a la chica. Después, dándose cuenta que eso le hacía mal al hijo se calló.

Al día siguiente tiró el pan junto a la puerta y se fue. Le daba de repente un cosa extraña por dentro, venía de allá de debajo del cuerpo apretando, casi sofocaba, y la imagen de Rosa le salía por los ojos discutiendo con la vida indiferente de la calle y de la entrega del pan. ¡Gracias a Dios que llegó a casa! Pero le faltaban letras y calle para cultivar la tristeza. Y Rosa no aparecía para cultivar el deseo... Ese domingo él fue un zaguero estupendo. Gracias a él el Lapa Atlético venció. Venció porque de repentemente8 ella aparecía en su cuerpo y le daba aquella voluntad, es decir, dos voluntades: la... ya sabida, y la otra, de olvido y continuar dominando la vida... Entonces él veía la pelota, adivinaba para qué lado iba, se tiraba, ¡qué le importaba ahora recibir una patada en la cara!, ¡quebrarse la columna!, ¡qué reventara todo!, ¡que se muriese!, pero la pelota no tenía que entrar en el arco. Juan naturalmente pensaba que era a causa de la pelota.

Rosa, cuando vio que de verdad no dejaba a doña Ana y a doña Carlotita, tuvo un alegrón. Cantó. Ahora es que el cascarudo entra en escena... Rosa sintió una gran calma. Y no pensó más en Juan.

-¡Te olvidaste del palillero otra vez!

-¡Discúlpeme, doña Ana!

Continuó limpiando la casa unas veces bien otras mal. Continuó arrullando a la muñeca de porcelana. Continuó.

Esa noche de mucho calor, quiso dormir con la ventana abierta. Rodaba satisfecha el cuerpo desnudo dentro del camisón, y después se durmió. Un cascarudo entró, zzz, zzz, zzzuuuuuummmm, ¡paf! Rosa dormida se estremeció con la sensación de esas patas metálicas en el pecho. Abrió los ojos en la oscuridad. El cascarudo se paseaba lentamente. Encontró el orificio del camisón y avanzaba por el valle ardiente entre montes. Rosa imaginó una mordida horrible en el pecho, se sentó de un salto, comprimiendo el pecho. Con el movimiento, el cascarudo se despegó de la epidermis lisa y cayó en su barriga, zzz, tzzz... tic. Rosa lanzó un grito agudísimo. Se tumbó en la cama retorciéndose. El bicho seguía descendiendo, tzz... Al final se enmarañó tzz-tic, estaba preso. Rosa estiraba las piernas con endurecimientos de ataque. Rodaba. Cayó.

Doña Ana y doña Carlotita la encontraron así, espasmódica, con la espuma escurriéndose de un lado de la boca. Los ojos desorbitados relampagueando como brasa. ¡Pero cómo saber qué era! Rosa no hablaba, retorciéndose. Pero doña Ana, orientada por el gesto que la pobre repetía, descubrió el bicho. Lo arrancó con aspereza, aspereza para librar rápido a la joven. Y fue difícil calmarla... Se iba tranquilizando... de repente volvía todo y era tal cual el ataque, tiraba las cobijas, gruñía, retorciéndose, los ojos revirados, hum... Terror sin fundamento, bien se ve. Nueva faena. La lavaron, doña Carlotita se tomó el trabajo de encender el fuego para tener agua tibia que tranquiliza más, dicen. Le cambiaron el camisón, mucha agua con azúcar...

-También, dejaste la ventana abierta, Rosa...

Sólo dos horas después todo dormía en la casa otra vez. Todo no. Dos ojos fijos en la oscuridad, atentos a cualquier resabio perdido de luz y a las imágenes silenciosas de la oscuridad. Rosa no duerme en toda la noche. Finalmente escucha los ruidos de la casa despertando. Doña Ana viene a ver. Rosa finge dormir, enojada sin razón. ¡Tiene un odio de esa vieja! Tiene asco de doña Carlotita... Oye el estallido de la leña en el fuego. Escucha el ruido del pan arrojado contra la puerta de calle. Rosa se frota los dedos fuertemente por el cuerpo. Se despereza. Al final se levantó.

Ahora camina más pausada. Trae una seriedad aún nunca vista, en las comisuras de los labios. ¡Qué negruras en los párpados! Piensa que va a trabajar y trabaja. Limpia con deber toda la casa., poniendo diez dedos para hacer la comida, poniendo dos brazos para barrer, poniendo los ojos en la mesa para no olvidar el palillero. Doña Carlotita se resfrió. Entonces Rosa le da una porción de amistad. Le prepara té. Se sienta en la cabecera de la cama, velando mucho, sin hablar. Las dos viejas la miran desconfiadas. No la reconocen más y tienen miedo de la extraña. En efecto, Rosa cambió, es otra Rosa. Es una rosa abierta. Imperativa, enérgica. Se impone. Doña Carlotita tiene miedo de preguntarle si pasó bien la noche. Doña Ana tiene miedo de aconsejarle que descanse más. Es sábado sin embargo y podría limpiar la casa el lunes... Rosa limpia toda la casa como nunca la limpió. Hace una limpieza completa en su propio cuarto. La muñeca... Rosa le despega los últimos rizos de la cabeza, con gesto frío. Le hunde un ojo, portuguesamente, a lo Camões.9 Pero piensa que doña Carlotita se va a afligir. Uno nunca debe dar disgustos inútiles a los demás, la vida está ya tan llena de ellos... piensa. Suspira. Esconde la muñeca en el fondo de la canasta.

Cuando fue a dormir tuvo un miedo repentino: ¡dormir sola! ¡Y si se quedase soltera! No sé a qué hora la cama se le tornó insoportablemente solitaria. Se levanta. Abre de par en par la ventana, entra con el pecho en la noche, desesperadamente temeraria. Rosa espera al cascarudo. No hay cascarudos esa noche. Terminó cansándose en esa posición, a la espera. No sabía lo que estaba esperando. Nosotros sí que sabemos, ¿no? Pero el cascarudo no llegó. Era una noche calurosa... La vida palpitaba en un ardor de estrellas estallantes inmóviles. ¡Un silencio!... El sueño de todos los hombres, durmiendo indiferentes, sin amoldarse con ella... El olor de campo requemado endurecía el aire que dejó de circular, ¡no entraba en el pecho! No había absolutamente nada en la noche vacía. Rosa espera un poquito más... Desengañada, se acuesta después. Se adormece agitada. Sueña mezclas imposibles. Sueña que se acabaron todos los cascarudos de este mundo y que un grupo de muchachas se burla de ella zumbando: ¡Soltera!, a las carcajadas. Llora en sueños.

Al otro día doña Ana piensa que es necesario pasear a la joven. Van a misa. Rosa marcha adelante y va a enamorar a todos los hombres que encuentra. Tiene que atrapar uno. Cualquiera. Tiene que atrapar uno para no quedar soltera. En el almacén de don Costa, Pedro Mulatón ya llegó a beber el primer aguardiente del día. Rosa tira una línea para él que más parece de mujer de la vida. Pedro Mulatón siente un deseo fácil de ese cuerpo, y la sigue. Rosa lo sabe. ¿Quién es ese hombre? Eso no lo sabe. Aunque supiera que es vagabundo y borracho, es el primer hombre que encuentra, es preciso agarrarlo, si no, muere soltera. Ahora no enamorará más a nadie. Se finge inocente y virgen, riquezas que ya no tiene... Pero es artista y representa. De vez en cuando se da vuelta para mirar. Mira a doña Ana. Ríe para ella con esa risa provocante que llena los cuerpos de voluntad.

Al salir de misa, otra mirada más canalla aún. Pedro Mulatón se detiene en el almacén. Bebe más y trama cosas feas. Rosa imagina que falta azúcar, sólo para ir al almacén. Es Pedro quien le trae el paquete, conversando. La invita para la noche. Ella se niega porque así no se casará. Para él es indiferente: casarse o no casarse... Irá a pedirla.

Esta vez las dos tías ni llaman a Rosa, hombre repugnante ¿no? ¡Cómo iban a casarla con esos treinta y cinco años!... Por lo menos de treinta y cinco a cuarenta. Y mulato, amarillo pálido ya descolorido... por el aguardiente, ¡Virgen Santa!... Disculpe, pero Rosa no quería casarse. Entonces ella aparece y dice que quiere casarse con Pedro Mulatón. Ellas no le pueden aconsejar nada delante de él, despiden a Pedro. Van a recoger informaciones. Que vuelva el jueves.

Las informaciones son las que nos imaginamos, pésimas.

Vagabundo, chupandín, de mal carácter, no sirve. Rosa llora. Se va casar con Pedro Mulatón y si no la dejan, huye. Doña Ana y doña Carlotita ceden con la muerte en el alma.

Cuando Juan supo que Rosa se iba a casar, le vino una desesperación en la barriga. Salió atontado, para distraerse. Se encontró con unos compañeros y se le dio por la bebida. Lo dejaron por ahí, sentado en el cordón de la vereda, a la madrugada, totalmente borracho. El vigilante hizo que se levantara.

-¡Muchacho, no puedes dormir en este lugar! ¡Ve para tu casa!

Se fue, llorando, diciendo que no tenía la culpa. Después se acostó en el césped de una calle lateral y se durmió. El sol lo llamó. Dolor de cabeza, un gusto horrible en la boca... Y la vergüenza. Ni sabe cómo entró en su casa. La rabia del padre es terrible. ¡Qué insultos! Su hijo esto, su no sé qué más, palabras feas que dan escalofríos... Nadie se imaginaría que un hombre tan bueno pudiese decir esas cosas. ¡Bien!, todo hombre sabe palabrotas, basta tener un dolor desesperado para que salgan. Porque el padre de Juan sufre de veras. Tanto como la madre que sólo llora. Llora mucho. Juan tiene repugnancia de sí mismo. De repente, cuando vuelve del reparto, Carmela lo llama desde la cerca. Dice que Juan no debe beber así, porque la madre lloró mucho. Carmela llora también. Juan se da cuenta que si vuelve a tomar se va a hacer más daño. Jura que no va a caer otra vez en eso. Carmela y él suspiran mirándose. Quedándose allí.

Me estaba olvidando de Rosa... Cuento el resto de lo que sucedió con Juan otro día. Le prepararon un ajuar apurado, en menos de un mes. Aún en víspera del casamiento, doña Carlotita le insistió que dejase al novio. Pedro Mulatón era un infame, hasta un ratero, ¡Dios me perdone! Rosa no escuchó nada. Pateó el piso. Se quiso casar y se casó. Me dio que sentía que estaba equivocada, pero no quería pensar y no pensaba. Las dos solteronas lloraron mucho cuando ella partió casada y victoriosa, sin una lágrima. Dura.

Rosa fue muy infeliz.


Mario de Andrade
Belazarte, 1934

NOTAS:

1. Riachuelo: decisiva batalla naval que se libró al sur de la ciudad de Corrientes durante la guerra con el Paraguay y en la cual resultaron victoriosas las armas brasileñas.
2. Lapa: barrio de Sao Paulo.
3. Aratá: cementerio de Sao Paulo.
4. Iglesia del barrio de la Lapa.
5. Campista: en el original, juego de naipes.
6. Évora: ciudad del sur de Portugal.
7. Manzana camesa: especie de manzana.
8. Derrepentemente: en el original, neologismo del autor que procuramos mantener.
9. Camoes: (1524-1580), escritor portugués, autor de Los Lusíadas (1572), epopeya que narra el viaje de Vasco da Gama a Oriente. Está considerado el gran poeta de la nacionalidad portuguesa y su nombre es todo un símbolo de su país. Perdió su ojo derecho luchando en África.

Traducción: Carlos Alberto Pasero

De: Biblioteca Digital CiudadSeva