jueves, 6 de junio de 2013

“El corazón nos corre a veces por todo el cuerpo, como si fuera un perro perseguido”- Federico García Lorca



5 de junio de 1878
El maleficio de la mariposa
(Primera obra escrita por el autor)

Comedia en dos actos y un prólogo

PERSONAJES:
DOÑA CURIANA
CURIANA NIGROMÁNTICA
CURIANITA SILVIA
DOÑA ORGULLOS, madre de Curianita Silvia
MARIPOSA
CURIANITO EL NENE, hijo de Doña Curiana
GUSANO PRIMERO
ALACRANCITO EL CORTAMIMBRES
GUSANO SEGUNDO
CURIANA CAMPESINA PRIMERA
GUSANO TERCERO
CURIANA CAMPESINA SEGUNDA
CURIANITA SANTA
OTRAS CURIANAS CAMPESINAS
CURIANAS GUARDIANAS


PRÓLOGO

Señores: La comedia que vais a escuchar es humilde e inquietante, comedia rota del que quiere arañar a la luna y se araña su corazón, El amor, lo mismo que pasa con sus burlas y sus fracasos por la vida del hombre, pasa en esta ocasión por una escondida pradera poblada de insectos donde hacía mucho tiempo era la vida apacible y serena. Los insectos estaban contentos, sólo se preocupaban de beber tranquilos las gotas de rocío y de educar a sus hijuelos en el santo temor de sus dioses. Se amaban por costumbre y sin preocupaciones. El amor pasaba de padres a hijos como una joya vieja y exquisita que recibiera el primer insecto de las manos de Dios. Con la misma tranquilidad y la certeza que el polen de las flores se entrega al viento, ellos se gozaban del amor bajo la hierba húmeda. Pero un día... hubo un insecto que quiso ir más allá del amor. Se prendó de una visión de algo que estaba muy lejos de su vida... Quizá leyó con mucha dificultad algún libro de versos que dejó abandonado sobre el musgo un poeta de los pocos que van al campo, y se envenenó con aquello de «yo te amo, mujer imposible». Por eso, yo os suplico a todos que no dejéis nunca libros de versos en las praderas, porque podéis causar mucha desolación entre los insectos. La poesía que pregunta por qué se corren las estrellas es muy dañina para las almas sin abrir... Inútil es deciros que el enamorado bichito se murió. ¡Y es que la Muerte se disfraza de Amor! ¡Cuántas veces el enorme esqueleto portador de la guadaña, que vemos pintado en los devocionarios, toma la forma de una mujer para engañarnos y abrirnos las puertas de su sombra! Parece que el niño Cupido duerme muchas veces en las cuencas vacías de su calavera. ¡En cuántas antiguas historietas, una flor, un beso o una mirada hacen el terrible oficio de puñal!

Un viejo silfo del bosque escapado de un libro del gran Shakespeare, que anda por los prados sosteniendo con unas muletas sus alas marchitas, contó al Poeta esta historia oculta en un anochecer de otoño, cuando se fueron los rebaños, y ahora el poeta os la repite envuelta en su propia melancolía. Pero antes de empezar quiero haceros el mismo ruego que a él le hizo el viejo silfo aquel anochecer de otoño, cuando se fueron los rebaños. ¿Por qué os causan repugnancias algunos insectos limpios y brillantes que se mueven graciosamente entre las hierbas? ¿Y por qué a vosotros los hombres, llenos de pecados y de vicios incurables, os inspiran asco los buenos gusanos que se pasean tranquilamente por la pradera y tomando el sol en la mañana tibia? ¿Qué motivo tenéis para despreciar lo ínfimo de la Naturaleza? Mientras que no améis profundamente a la piedra y al gusano no entraréis en el reino de Dios. También el viejo silfo le dijo al poeta : "Muy pronto llegará el reino de los animales y de las plantas; el hombre se olvida de su Creador, y el animal y la planta están muy cerca de su luz; di, poeta, a los hombres que el amor nace con la misma intensidad en todos los planos de la vida; que el mismo ritmo que tiene la hoja mecida por el aire tiene la estrella lejana, y que las mismas palabras que dice la fuente en la umbría las repite con el mismo tono el mar; dile al hombre que sea humilde, ¡todo es igual en la Naturaleza!". Y nada más habló el viejo silfo. Ahora, escuchar la comedia. Tal vez os riáis al oír hablar a estos insectos como hombrecitos, como adolescentes. Y si alguna honda lección sacáis de ella, id al bosque para darle las gracias al silfo de las muletas, un anochecer tranquilo, cuando se hayan marchado los rebaños.




Acto primero

La escena representa un prado verde y humilde bajo la sombra densa de un gran ciprés. Una veredita casi invisible borda sobre la hierba un ingenuo arabesco. Más allá del pradito, una pequeña charca rodeada de espléndidas azucenas y unas piedras azules... Es la hora casta del amanecer. Y todo el prado está cubierto de rocío. A la vera del camino se ven las madrigueras de los insectos como un minúsculo y fantástico pueblo de cuevas. De su casa sale Doña Curiana con un manojito de hierbas a guisa de escoba. Es una cucaracha viejísima, a la que falta una de sus patas, que perdió a consecuencia de un escobazo que le dieron en una casa donde se alojaba siendo todavía joven y reluciente. Los martillos formidables de la aurora ponen al rojo la plancha fría del horizonte.


ESCENA PRIMERA

Doña Curiana y la Curiana Nigromántica.

DOÑA CURIANA.(Asomándose al prado)
¡Mañana clara y serena!
Ya rompe el primer albor.

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Con un cucurucho de estrellas y un manto de musgo seco.) Que Dios te bendiga, ¡oh vecina buena!

DOÑA CURIANA.
¿Dónde vais, señora, de rocío llena?

CURIANA NIGROMÁNTICA
Vengo de soñar que yo era una flor
Hundida en la hierba.

DOÑA CURIANA.
¿Cómo soñáis eso?

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Sueño que las dulces gotas de rocío
Son labios de amores que me dejan besos
Y llenan de estrellas
Mi traje sombrío.

DOÑA CURIANA. (Regañona.)
Mas pensad, señora, que por la poesía...

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Tristemente.)
¡Ay, doña Curiana, qué vais a decir!

DONA CURIANA.
Pudierais coger una pulmonía
Que hiciera pedazos su sabiduría.
Tendríamos todas
Mucho que sentir.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Mi alma tiene gran tristeza, ¡vecina!
Me dijo ayer tarde una golondrina:
«Todas las estrellas se van a apagar».
Dios está dormido, y en el encinar
Vi una estrella roja toda temblorosa
Que se deshojaba como enorme rosa.
La vi perecer
Y sentí caer
En mi corazón
Un anochecer
. «Amigas cigarras, grité, ¿veis las estrellas?
«Un hada se ha muerto», respondieron ellas
Fui junto a los troncos del vicio encinar
Y vi muerta el hada del campo y del mar.

DOÑA CURIANA.
¿Quién la mataría?

CURIANA NIGROMÁNTICA
La mató el amor

DOÑA CURIANA
Mirad cómo quiebra el primer albor.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¿Y vuestro buen hijo, cómo sigue?

DOÑA CURIANA.
Bien.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Ayer le vi triste.

DOÑA CURIANA.
Lo noté también:
Anda enamorado.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
De Silvia quizá.

DOÑA CURIANA
Según él, es de algo ¡que nunca tendrá!

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Va a ser un poeta, y no es nada extraño:
Su padre lo fue.

DOÑA CURIANA.
Un gran desengaño
Me llevé con él.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¡Era un corazón!

DOÑA CURIANA.
¡Ay!, apaleaba mi caparazón.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Pero conservaba siempre el troje lleno.

DOÑA CURIANA.
Mas eso no impide que fuera muy bueno.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
En fin, callaremos, yo mucho le amé.
¿Y esa pierna coja?

DOÑA CURIANA.
Anoche noté
El ruin dolorcillo que tanto me irrita.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Poneos las hojas de una margarita;
Lavaos con rocío y no andéis; tomad
Estos polvos santos de cráneo de hormiga,
Tomadlos de noche con mastranzo.

DOÑA CURIANA.
Amiga,
Que el gran Cucaracho os pague en amor
Y que en vuestros sueños ¡os convierta en flor!
(Acariciadora)
Desechad tristeza y melancolías;
La vida es amable, tiene pocos días,
Y tan sólo ahora la hemos de gozar.

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Como soñando.)
Todas las estrellas se van a apagar.

DOÑA CURIANA.
No penséis en eso, vecina doctora,
Mirad la alegría que nos trae la aurora.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
¡Ay, lo que yo vi junto al encinar!

DOÑA CURIANA.
No pensar en eso, ¡dos a acostar...

CURIANA NIGROMÁNTICA. (Volviendo a la realidad en una brusca transición.)
El prado está silencioso.
Ya parte el rocío a su cielo ignorado,
El viento rumoroso
Hasta nosotros llega perfumado.

DOÑA CURIANA.
¿También sois poeta, doctora vecina?
Nosotras, las pobres, con nuestra cocina
Tenemos bastante.

CURIANA NIGROMÁNTICA.
No seas vulgar.

DOÑA CURIANA. (Un poco disgustada.)
En mi clase todas sabemos cantar
Y chupar las flores. ¡Qué os habéis creído

CURIANA NIGROMÁNTICA.
Con razón te daba palos tu marido;
Cocina y poesía se pueden juntar,
Hasta luego, amiga, voy a descansar.

(Se va)

DOÑA CURIANA.
Que la luz os guíe.
Yo voy a barrer
mi puerta con brisa del amanecer.

(Se pone a barrer cantando)

Un gusanito me dijo
Ayer tarde su querer;
No lo quiero hasta que tenga
Dos alas y cuatro pies.




ESCENA II

Doña Curiana y Curianita Silvia

Por el lado izquierdo de la escena llega la Curianita Silvia, arrogante y madrugadora. Silvia, en su clase de insecto repugnante es encantadora; brilla como el azabache y sus patas son ágiles y delicadas. Es hija de Doña Orgullos, curiana que cuenta más de un año de edad, y es el mejor partido del pueblo. Trae una diminuta margarita a guisa de sombrilla, con la que juega graciosamente, y se toca de un modo delicioso con el caparazón dorado de una «teresica»

DOÑA CURIANA.
Madrugadora venís,.
Niña encantadora y bella.

CURIANITA SILVIA..
¿Niña me decís? Ha tiempo.
Que ya salí de la escuela.

DOÑA CURIANA..
¿Os molestáis porque os llamo .
Niña? Pues diré doncella .
o doncellita.

CURIANITA SILVIA. (Coquetonamente.).
No es eso.

DOÑA CURIANA..
¿Qué os pasa entonces?

CURIANITA SILVIA..
Tristezas..
Que estoy pasando.
Sin que nadie se dé cuenta.

DOÑA CURIANA.
Tan joven y ya tan triste.
¡Bueno que lo esté esa vieja
De la Nigromanta! Vos
Aún sois demasiado nueva
Y nada os falta en el mundo.

CURIANITA SILVIA. (Ingenuamente.)
No he visto más que esta tierra.

DOÑA CURIANA. (Pensativa.)
¿Os ha dicho la doctora
Que se apagan las estrellas
Porque se había muerto un hada
O no sé qué... lo que cuenta?

CURIANITA SILVIA.
Nada me dijo.

DOÑA CURIANA.
Entonces
¿Por qué tenéis la tristeza
Que os consume y os marchita?
De qué sufrís?

CURIANITA SILVIA.
¡Ay, abuela!
¿No tuvisteis corazón
Cuando joven? Si os dijera
Que soy toda un corazón...

DONA CURIANA. (En un arranque de indignación.)
Aquí sois todos poetas
Y mientras pensáis en eso
Descuidáis vuestras haciendas,
Tenéis vuestras casas sucias
Y sois unas deshonestas
Que dormís fuera de casa,
Sabe Dios con quién.

CURIANITA SILVIA.
Paciencia
Necesito para oírla.
Me insultáis.

DOÑA CURIANA.
No es que yo quiera
Insultarte, niña Silvia.
Es que me da mucha pena
Verte triste y desolada
Tan sin causa.

CURIANITA SILVIA.
Causa cierta
Tienen estos mis pesares.

DOÑA CURIANA. (Cariñosa.)
¿Puedo aliviártelos, nena?

CURIANITA SILVIA.
Mis pesares son tan hondos
Como la laguna aquella.

(Con angustia)

¿Dónde está el agua
Tranquila y fresca
Para que calme
Mi sed inquieta?

DOÑA CURIANA. (Asustada.)
Silvia, calmaos, por favor;
Sed juiciosa y sed serena.

CURIANITA SILVIA. (Soltando la margarita en el suelo.)
¿Por qué sendero
De la pradera
Me iré a otro mundo
Donde me quieran?

DOÑA CURIANA. (Enérgica.)
Esto es imposible, Silvia.
Os volvéis loca.

CURIANITA SILVIA.
Me queda
Mucho tiempo que llorar.
Yo me enterraré en la arena
A ver si un amante bueno
Con su amor me desentierra.

DOÑA CURIANA.
Estás muy enamorada,
Ya lo sé. Mas en mi época
Las jóvenes no pedíamos
Los novios a boca llena,
Ni hablábamos en parábolas
Como hablas tú. La vergüenza
Estaba más extendida
Que en estos tiempos. Se cuenta
De una curiana muy santa
Que permaneció soltera
Y vivió seis años. Yo
Dos meses tengo y soy vieja.
¡Todo por casarme! ¡Ay!

(Lagrimeando)

CURIANITA SILVIA. (Muy romántica.)
¡Amor, quién te conociera
Dicen que eres dulce y negro,
Negras tus alas pequeñas,
Negro tu caparazón
Como noche sin estrellas;
Tus ojos son de esmeraldas,
Tus patas son de violetas.

DOÑA CURIANA.
Estás más loca que un grillo
Que conocí allá en su cueva,
Que se las daba de listo,
De gran mago y de profeta.
Era un pobre desdichado;
A mí me dio una receta
Para curar el amor.

CURIANITA SILVIA. (Intrigada.)
¿Qué decía la receta?

DOÑA CURIANA.
Dese a los enamorados
Dos palos en la cabeza
Y no se los deje nunca
Tumbarse sobre las hierbas.

SILVIA.
Os chanceáis, señora.

DOÑA CURIANA.
Silvia, ¿y quién no se chancea
Viendo a una joven bonita
Cometer tantas simplezas?

CURIANITA SILVIA. (Aparte.)
Ella ignora que a su hijo
Es a quien amo.

DOÑA CURIANA.
Discreta
Sois sin embargo al hablar
De la causa que os apena.
¿Y dónde está vuestro amor?
¿Muy lejos?

CURIANITA SILVIA.
Está tan cerca
Que el aire me trae su aliento.

DOÑA CURIANA.
¡Es un mozo de la aldea!
Lo teníais bien oculto.
¿Y él os ama?

CURIANITA SILVIA.
Me detesta.

DOÑA CURIANA.
¡Cosa rara, vos sois rica!
En mi tiempo...

CURIANITA SILVIA.
La princesa
Que él aguarda no vendrá.

DOÑA CURIANA.
¿Qué tal es él?

CURIANITA SILVIA.
Me deleitan
Su cuerpo chico y sus ojos
Soñadores de poeta.
Tiene un lunar amarillo
Sobre su pata derecha,
Y amarillas son las puntas
Divinas de sus antenas.

DOÑA CURIANA.
¡Aparta! Es mi hijo.

CURIANITA SILVIA.
¡Yo le amo con locura!

DOÑA CURIANA (Como soñando.)
Ella es rica. ¡Qué torpeza
La de esta criatura rara!
¡Yo haré que la ame por fuerza!

(Compungida y fingiendo lo que no siente)

¡Ay cuánto debe sufrir!

(Aparte)

¡Tiene magníficas rentas!
¡Pobrecita de mis carnes!
¡Sangrecita de mis venas,
te casaré con mi hijo!

CURIANITA SILVIA. (Ruborizándose.)
Lo adivinasteis.

DOÑA CURIANA. (Abrasándola con ternura.)
Piensa
Que tengo ya muchos días
Y te adiviné la pena.

CURIANITA SILVIA.
¡Ay, qué dicha! ¡Qué alegría!

DOÑA CURIANA. (Mimosa en extremo.)
Límpiate esa cara tierna
Y deja tus lagrimitas
Al pie de esas azucenas.
Voy a llamar a mi hijo
para que te vea.

CURIANITA SILVIA.
Reina
Seré de este prado verde,
Pues tengo amor y riquezas.


Federico te invita a continuar la lectura de esta obra
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La aurora


La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

De: Poeta en Nueva York



CASIDA DE LA MANO IMPOSIBLE


Yo no quiero más que una mano,
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano,
aunque pase mil noches sin lecho.
Sería un pálido lirio de cal,
sería una paloma amarrada a mi corazón,
sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.
Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía
Yo no quiero más que esa mano
para tener un ala de mi muerte.
Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya, astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.

De: El Diván del Tamarit


Juana de Ibarbourou y Federico










martes, 4 de junio de 2013

La hora













Vestí mi mejor traje: pantalón y saco negro, camisa blanca impecablemente planchada y moño al tono. Lustré los zapatos hasta poder mirarme en ellos y partí.

“¿Quiénes estarán con ella?- Su madre, alguna amiga, sus hijos o tal vez ¡su esposo!”, conjeturaba mientras descendía  por la avenida hacia la ribera del río.

Descubrimos juntos aquel lugar. La belleza de la naturaleza se dibujaba en una frondosa vegetación donde se extendían numerosas filas de árboles. Ellos oficiaban como únicos testigos de nuestro amor. Jugábamos a las escondidas, cual dos niños. Caminábamos tomados de la mano durante horas, escuchando el canto de los pájaros y el viento que pegaba con fuerza en algunas ramas.
Callada, tímida, frágil, la sentía en los momentos en que estábamos juntos. Sus hermosos ojos color cielo transmitían algo que enternecieron las fibras más profundas de mi ser desde la primera vez que los vi.

Miré el reloj. Se acercaba la hora.

Allí, reíamos juntos tirando piedras al río, jugando a quién las enviaba más lejos y la prenda siempre se repetía: un beso, un abrazo… un te amo.

En mi reloj las agujas seguían girando como gira en este momento mi cabeza. Quizás no supe leer en sus ojos esa tristeza, esa incertidumbre que gritaba por ayuda. Quizás no supe entender su mirada de desesperación. En realidad, a mí me importaba solo el momento de nuestro encuentro. Allí me despojaba de todo y sentía que éramos el uno para el otro. Quizás actué enceguecido por la pasión. Egoístamente. Es que en el corazón de un hombre enamorado no hay interrogantes. Solo deseaba que el tiempo se detuviera para que cada encuentro resultara eterno.

Al fin, el reloj indicaba la hora, la hora exacta; tampoco había ya tiempo para dudas.
Emprendí el regreso rápidamente y al llegar a la esquina cruzaba el cortejo, la carroza colmada de flores. Una lágrima corrió por mi rostro pero alcancé a levantar la mano en un último adiós al amor.

“Nunca volveré a amar como lo hice: esperándote cada minuto de las horas del día para estrecharte en mis brazos”.  


Gladys Calvano


lunes, 3 de junio de 2013

"No se envilece lo que se ama"- Marqués de Sade

Donatien Alphonse François- Marqués de Sade
2 de junio de 1740
Militar, filósofo,
el más perseguido de los escritores "malditos",
por atreverse a desnudar la naturaleza humana
en una época de altas hipocresías.
"Algunos me tratan de loco, y hasta hay médicos que empiezan a relacionar mi nombre con algunas perversiones -así las llaman- sexuales. Nunca he entendido que haya límites en el sexo, que el cuerpo humano tenga otras fronteras que su piel y sus huesos. Limitar el sexo es un pensamiento carcelario, ponerle fronteras al placer es como intentar poner puertas al campo. El deseo es el motor del universo, el origen del hombre y su final, y nada podemos contra ello.

Yo también me dispongo a morir, aunque todavía no quiero, y me arrastro, empujo mi enorme cuerpo inflado vestido de harapos, y digo y proclamo que yo soy mi destino, que yo me lo he construido paso a paso, que he amado, leído y escrito sin cesar hasta hoy mismo, que he investigado porque el hombre es desgraciado, y que en la búsqueda del placer no me he detenido ante nada ni ante nadie. Y al final sigo creyendo que el culpable es Dios, mejor dicho, ya que no existe, es esa idea de un Dios que la desgracia de los hombres les empuja a fabricar. Y repito: Dios es el único error que no le puedo perdonar al hombre".


Varias veces recluido en prisiones y manicomios por la autoría de sus obras, acaba su vida pública en el hospital siquiátrico de Charenton. En este horrible lugar permanecerá hasta su muerte, en 1814. Pero antes de que llegase ese momento, aún tuvo tiempo de realizar una actividad curiosa: organizar representaciones de teatro con los enfermos del manicomio. M. Coulmier, director del centro, era un hombre activo que se esforzaba por mejorar las condiciones de los reclusos tanto como podía. La idea de organizar representaciones le pareció buena y así, el marqués se encontró llevando a la práctica una de sus mayores aficiones en uno de los lugares que menos hubiese imaginado. Sin embargo, la idea tiene éxito y mucha gente viene desde París para contemplar la nueva "terapia contra la locura". Una de estas personas, un joven llamado Armand de Rochefort, nos ha dejado un testimonio que nos permite tener una visión de Sade en sus últimos años y de la que sus contemporáneos tenían de él. Mientras asistía al espectáculo, tuvo la siguiente visión:
"A mi izquierda se sentó un anciano de cabeza baja y mirada de fuego. La cabellera blanca que le coronaba prestaba a su rostro un aire venerable que imponía respeto. Me habló varias veces con una elocuencia tan calurosa y una inteligencia tan variada que me inspiró mucha simpatía. Cuando nos levantamos de la mesa, pregunté a mi vecino de la derecha el nombre de este cordial caballero y me respondió que era el marqués de S***. Al oírlo me alejé de él con tanto terror como si me hubiera mordido la serpiente más venenosa. Sabía que este detestable anciano era el autor de una novela monstruosa en que estaban publicados todos los delirios del crimen en nombre del amor. Había leído este libro infame, que me había dejado la misma impresión de repugnancia producida por una ejecución en la place de Grève, pero ignoraba que un día vería a su creador admitido a la mesa del director de una institución pública."


Castillo de los Sade


sábado, 1 de junio de 2013

“Tu capacidad de conocer la felicidad depende de tu capacidad para conocer el dolor”- Macedonio Fernández

1º de junio de 1874 - Buenos Aires













CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.


HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,

Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.



Tres cocineros y un huevo frito


Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: "Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre"; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: "Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y debe ser así y así" y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.

Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.


Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.


Colaboración de las cosas


Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes.Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan
rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera
restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia.

Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe menospreciarse su mérito.




“Hay catorce obras de Jorge Luis Borges en el catálogo de la Biblioteca del Penal de Libertad y un tomo de Obras Completas. De Macedonio Fernández figura Adriana Buenos Aires, Papeles de Recienvenido y un volumen deCuentos/Miscelánea. Además de las obras de la biblioteca de la cárcel, los presos leyeron otras obras que les llevaban sus familiares. Liscano leyó en prisión No toda es vigilia la de los ojos abiertos de Macedonio. Le pregunté, por mail, si había leído a Macedonio en la cárcel; respondió afirmativamente y contó, además, que llegó a Macedonio a través de Borges y Cortázar y que con Macedonio y Raymond Queneau aprendió que la literatura no tenía por qué referirse a la realidad”.

Carina Blixen en “Carlos Liscano, Jorge Luis Borges y Macedonio Fernández : un triángulo de dos orillas” - en Cuaderno Lírico- Revista de la Red Universitaria de estudios sobre las literaturas rioplatenses contemporáneas en Francia



"Querido Jorge:

Iré esta tarde y me quedaré a cenar si no hay inconvenientes y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aun con inconvenientes y solo falta asegurarme las otras).

Tienes que disculparme no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y me olvido de avergonzarme también.
Estoy preocupado por la carta que ayer concluí y estampillé para vos, como te encontré antes de echarla al buzón tuve el aturdimiento de romperle el sobre y ponértela en el bolsillo: otra carta que por falta de dirección se habrá extraviado.
Muchas de mis cartas no llegan, porque omito el sobre o las señas o el texto. Esto me trae tan fastidiado que rogaría que te vinieras a leer mi correspondencia en casa.
Su objeto es explicarte que si anoche tú y Pérez Ruiz en busca de Galíndez no dieron con la calle Coronda, debe ser, creo, porque la han puesto presa para concluir con los asaltos que en ella se distribuían de continuo (...)Además los asaltantes que prefieren esa calle por comodidad, quejáronse de que se la mantenía tan oscura que escaseaba la luz para el trabajo se ellos y se veían forzados a asaltar de día, cuando debían descansar o dormir. De modo que la calle Coronda antes era esa y frecuentaba ese paraje, pero ahora es otra; creo que atiende al público de 10 a 4, seis horas. Lo más metida en lo de Galíndez: ese día le tocó a él vivir en la calle.
Es por turnos y este es el turno de que yo me calle.

Macedonio"




Conversación Jorge Luis Borges - Oswaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona, Seix Barral, 1992

-Esta vez me gustaría que nos ocupáramos, Borges, de un hombre que los argentinos no terminan de conocer, y de quien usted ha dicho que aún no se ha escrito su biografía. Hablo de Macedonio Fernández.

-Yo heredé la amistad de Macedonio Fernández de mi padre. Hicieron juntos la carrera de abogacía, y recuerdo, de chico, cuando volvimos de Europa -esto fue el año 1.920-, ahí estaba Macedonio Fernández esperándonos en la dársena. De modo que, bueno, ahí estaba la patria. Ahora, cuando me fui de Europa, la última gran amistad mía fue la amistad tutelar de Rafael Cansinos Asséns. Y yo pensé: ahora me despido de todas las bibliotecas de Europa. Porque Cansinos me dijo: Puedo saludar las estrellas en diecisiete idiomas clásicos y modernos". Qué linda manera de decir puedo hablar, conozco diecisiete idiomas, ¿no?; "puedo saludar las estrellas", lo cual ya da algo de eternidad y de vastedad, ¿no? Yo pensé, cuando me despedí de Cansinos Asséns -aquello ocurrió en Madrid, cerca de la calle de la Morería, donde él vivía, sobre el viaducto (yo escribí algún poema sobre eso)-, pensé, bueno, ahora vuelvo a la patria. Pero cuando lo conocí a Macedonio, pensé: realmente no he perdido nada, porque aquí hay un hombre que de algún modo puede reemplazar a Cansinos Asséns. No un hombre que puede saludar a las estrellas en muchos idiomas, o que ha leído mucho, pero sí un hombre que vive dedicado al pensamiento; y vive dedicado a pensar esos problemas esenciales que se llaman -no sin ambición- la filosofía o la metafísica. Macedonio vivía pensando, de igual modo que Xul Solar vivía recreando y reformando el mundo. Macedonio me dijo que él escribía para ayudarse a pensar. Es decir, él no pensó nunca en publicar. Es verdad que, en vida, salió un libro suyo, Papeles de Recién venido, pero eso se debe a una generosa conspiración tramada por Alfonso Reyes, que ayudó a tantos escritores argentinos. Y... me ayudó a mí, desde luego. Pero también hizo posible esa primera publicación de un libro de Macedonio Fernández. Yo le "robé" un poco los papeles a Macedonio: Macedonio no quería publicar, no tenía ningún interés en publicar, y no pensó en lectores tampoco. Él escribía para ayudarse a pensar, y le daba tan poca importancia a sus manuscritos, que se mudaba de una pensión a otra -por razones, bueno, fácilmente adivinables, ¿no?-, y eran siempre pensiones, o del barrio de los Tribunales o del barrio del Once, donde había nacido, y abandonaba allí sus escritos. Entonces, nosotros lo recriminábamos Por eso, porque él se escapaba de una pensión y dejaba un alto de manuscritos, y eso se perdía. Nosotros le decíamos: "Pero Macedonio, ¿por qué hacés eso?"; entonces él, con sincero asombro, nos decía: "¿Pero ustedes creen que yo puedo pensar algo nuevo? Ustedes tienen que saber que siempre estoy pensando las mismas cosas, yo no pierdo nada. Volveré a pensar en tal pensión del Once lo que pensé en otra antes, ¿no? Pensaré en la calle Jujuy lo que pensaba en la calle Misiones".

 -Pero usted ha dicho que la conversación de Macedonio lo impresionó...
-Era lo principal, sí; yo nunca he oído a una persona cuyo diálogo impresionara más, y un hombre más lacónico que él. Casi mudo, casi silencioso. Nos reuníamos para escucharlo todos los sábados en una confitería que está o estaba en la esquina de Rivadavia y Jujuy: La Perla. Nos reuníamos más o menos alrededor de medianoche, y nos quedábamos hasta el alba oyéndolo a Macedonio. Y Macedonio hablaba cuatro o cinco veces cada noche, y cada cosa que decía, él la atribuía -por cortesía- al interlocutor. De modo que empezaba siempre diciendo -él era muy criollo para hablar-: "Vos habrás observado, sin duda"; y luego una observación en la que el otro nunca había pensado (ríen ambos). Pero a Macedonio le parecía más... más cortés atribuir sus pensamientos al otro, y no decir "yo he pensado tal cosa", porque le parecía una forma de presunción o de vanidad.

-Atribuía también su inteligencia a la inteligencia de todos los argentinos.
-Sí, también, sí.

-Yo recuerdo que usted ha comparado con Adán a dos hombres.
-Es cierto.

-A Whitman y a Macedonio.
-Es cierto.

-En el caso de Macedonio, por su capacidad para pensar y resolver los problemas fundamentales.
-Y en el caso de Whitman, por el hecho de, bueno, de descubrir el mundo, ¿no? En el caso de Whitman, uno tiene la impresión de que él ve todo por primera vez, que es lo que debe de haber sentido Adán. Y lo que sentimos todos cuando somos chicos, ¿no?: vamos descubriendo todo.

-Y esa admiración que sintió usted por Macedonio, de alguna manera fue equivalente a la que sintió por Xul Solar, ha dicho varias veces, creo.
-Sí, pero Macedonio se asombraba de las cosas y quería explicárselas. En cambio, Xul Solar más bien sentía cierta indignación y quería reformar todo. Es decir, era un reformador universal, ¿no? Xul Solar y Macedonio no se parecían en nada, se conocieron -realmente esperábamos mucho de ese encuentro- y nos sentimos defraudados, porque a Xul Solar, Macedonio le pareció un argentino igual a todos los argentinos. En cambio, Macedonio Fernández dijo -lo cual, de algún modo es más cruel-: "Xul Solar es un hombre que merece todo respeto y toda lástima". Entonces, ellos no se "encontraron", de hecho. Pero creo que después llegaron a ser amigos, pero el primer encuentro fue más bien, y... un desencuentro, como si no se hubieran visto. Eran dos hombres de genio, pero, a primera vista, invisibles el uno para el otro.

-Es curioso. Ahora, usted dijo también que Macedonio identificaba los sueños, lo onírico, con la esencia del ser. Últimamente usted identificó, también, el acto de escribir con el de soñar.
-Es que yo no sé si hay una diferencia esencial, creo que esa frase "Ia vida es sueño", es estrictamente real.
Ahora, lo que cabe preguntar es si hay un soñador, o si es simplemente un... ¿cómo podemos decir?: un soñarse, ¿no? Es decir, si hay un sueño que se sueña... quizás el sueño sea algo impersonal, bueno, como la lluvia, por ejemplo, o como la nieve, o como el cambio de las estaciones. Es algo que sucede, pero no le sucede a nadie; eso quiere decir que no hay Dios, pero que habría ese largo sueño que podemos llamar "Dios" también, si queremos. Supongo que la diferencia sería ésa, ¿no? Ahora, Macedonio negaba el yo. Bueno, también lo negó Hume, y el budismo, curiosamente, lo niega también. Qué raro, porque los budistas no creen estrictamente en la transmigración -en las transmigraciones del alma-, creen, más bien, que cada individuo, durante su vida, fabrica un organismo mental que es el "karma". Que luego ese organismo mental es heredado por otro. Pero, en general, se supone que no; por ejemplo, creo que los hindúes que no son budistas imaginan que no, que hay un alma que va pasando por diversas transmigraciones, es decir, que va alojándose en diversos cuerpos, que va renaciendo y muriendo. Por eso, el dios Shiva -aquí hay una imagen cerca, que usted podrá ver-, un dios danzante, con seis brazos, bueno, es el dios de la muerte y la generación; ya que se supone que ambas cosas son idénticas, que cuando usted muere, otro hombre es engendrado, y si usted engendra, usted engendra para la muerte, ¿no?; de modo que el dios de la generación es también el dios de la muerte.

-Cierto. Me pareció también significativo, Borges, el sentido que usted le da a la soledad de Macedonio. A la nobleza de esa soledad, que usted asocia, en este caso, con el carácter de los argentinos, antes, digamos, de la llegada de la radio, la televisión y hasta del teléfono.
-Es cierto; quizá la gente antes estuviera más acostumbrada a la soledad. Y si eran estancieros, de hecho vivían solos buena parte del año, o buena parte de la vida, ya que, bueno, ¿qué serían los peones?, gente muy inculta, el diálogo sería imposible con ellos. Cada estanciero estaría, bueno, un poco sería un Robinson Crusoe de la llanura, ¿no?, o de las cuchillas, o de lo que fuera. Pero, quizás hayamos perdido ahora el hábito de la soledad, ¿no?

-Creo que sí.
-Sobretodo, la gente ahora precisa estar continuamente acompañada, y acompañada, bueno, por la radio: por nosotros (ríe), ¡qué vamos a hacer! (ríe).

-Ilusoriamente acompañada.
-Sí, ilusoriamente acompañada, pero, espero que, en este caso, gratamente acompañada.

-Hay algo de real en esta compañía radial.
-Y, si no, qué sentido tienen nuestros diálogos, si no son gratos para otros.
-Naturalmente. Me llamó la atención, también, el que usted le atribuye a Macedonio la creencia de que Buenos Aires y su gente no podían equivocarse políticamente.
-Bueno... en nada. Pero, quizá, era una exacerbación del nacionalismo de Macedonio; un disparate, realmente. Por ejemplo, él quería -felizmente no lo logró- que todos firmáramos: Fulano de Tal, artista de Buenos Aires. Pero eso no lo hizo nadie, es natural (ríen ambos). Otro ejemplo: si un libro era popular, él decía que el autor era bueno porque Buenos Aires no puede equivocarse. Y así él pasó, de la noche a la mañana, literalmente, del culto de Yrigoyen al culto del general Uriburu. Desde el momento en que la revolución había sido aceptada, entonces, bueno, estaba bien, él no podía censurarla. Y él pensaba lo mismo de actores populares: desde el momento en que eran populares, tenían que ser buenos; lo cual es un error, bueno, somos capaces de error, ya lo hemos demostrado.

-Pero usted decía que su madre le señaló a Macedonio que había sido partidario de todos los presidentes de la República.
-Sí, pero él se hizo partidario de ellos, no para obtener nada de ellos, sino porque él no quería suponer que un presidente hubiera sido elegido sin que esa elección fuera justa. Y eso lo ayudó a aceptar todo (ríe). Bueno, mejor no abundar en ejemplos, ¿no?

-Ahora bien, si éste es un país con sentido de lo metafísico, y Buenos Aires una ciudad que por sus orígenes tiene que ver con lo metafísico, bueno, yo vinculo a Macedonio con la percepción de lo metafísico que se tiene aquí, desde Buenos Aires.
-Yo no sé, ¿existe esa percepción? Y, posiblemente..., yo no he observado eso.

-Bueno, yo lo veo en la lectura que hago de Macedonio.
-¡Ah!, bueno, eso sí. Pero no sé si Macedonio no es una excepción.

-Yo creo que sí es una excepción.
-Bueno, como todo hombre genial lo es, desde luego, ¿no?

-Sí, ahora usted ha sentido a lo largo del tiempo, casi, diría yo, la obligación de dejar su testimonio sobre él, sobre Macedonio.
-Sí, y no lo he hecho del todo. Precisamente, porque es tan personal que no sé si puede comunicarse: es como un sabor, o como un color; si el otro no ha visto ese color, si el otro no ha percibido ese sabor, las definiciones son inútiles. Y en el caso de Macedonio, creo que quienes no, bueno,' quienes no oyen su voz al leerlo, no lo leen realmente. Y yo puedo, yo recuerdo muy precisamente la voz de Macedonio Fernández, y puedo, bueno, retrotraer esa palabra escrita a su palabra oral. Y otros no, no pueden, lo encuentran confuso o incomprensible directamente.

-Sí, pero fíjese, es muy curioso.- yo podría decir que si uno comprende, o ha registrado a Macedonio, se hace más fácil comprender particularidades de miembros de nuestra sociedad, de nuestra familia, de nuestro tipo de hombre. Lo veo de alguna manera...
-Y, puede ser, a él le hubiera gustado mucho esa idea, él la habría aprobado. Yo no sé si es cierta o no; para mí es tan único Macedonio. Bueno, puedo decirle esto: nosotros lo veíamos cada sábado, y yo tenía la semana entera, yo hubiera podido ir a visitarlo, bueno, vivía cerca de casa, él me invitó a hacerlo... yo pensé que no, que no iba a usar el privilegio -era mejor esperar toda la semana, y saber que esa semana sería coronada por el encuentro con Macedonio-. Entonces yo me abstenía de verlo, salía a caminar, me acostaba temprano y leía, leía muchísimo -en alemán sobre todo-, no quería olvidar el alemán que me habían enseñado en Ginebra para leer a Schopenhauer. Bueno, yo leía muchísimo, me acostaba temprano para leer, o salía a caminar solo -en aquel tiempo, aquello podía hacerse sin ningún peligro, ya que no había asaltos, ni nada de eso, una época mucho más tranquila que la actual-, y yo sabía que, bueno, "qué importa lo que me pase esta noche, si llegaré al sábado, y el sábado voy a conversar con Macedonio Fernández". Con los amigos decíamos: ¡Qué suerte la nuestra!, haber nacido en la misma ciudad, en la misma época, en el mismo ambiente que Macedonio. Hubiéramos podido perder eso -que es lo que piensa un hombre cuando se enamora, también, ¿no?: qué suerte ser contemporáneo de Fulana de Tal, sin duda, única (ríe) en el tiempo y en el espacio, ¿no?-. Bueno, eso lo sentíamos con Macedonio Fernández un pequeño grupo. Creo que después de su muerte, empezaron a aparecer amigos íntimos de él que no lo habían visto en la vida; pero eso siempre ocurre cuando muere una persona ilustre, ¿no?, una persona famosa. Aparecen desconocidos que dicen ser amigos íntimos. Y yo recuerdo el caso de un amigo -no tengo por qué mencionar su nombre- que nos había oído hablar de Macedonio. A ese amigo mío le gustaba la nostalgia, y entonces dijo y llegó a creer que él había sido amigo de Macedonio Fernández, y sintió la nostalgia de esas tertulias de los sábados, de la confitería La Perla, y él no había asistido nunca a ellas, no lo conocía a Macedonio ni siquiera de vista. Pero no importa, ya que él necesitaba nostalgia, bueno, él dio alimento a su nostalgia de este modo. Y él hablaba conmigo de Macedonio, y yo sabía que no se habían conocido nunca. Claro, yo seguía ese diálogo.

-Una nostalgia creativa, diríamos.
-Sí, una nostalgia creativa, sí.

-Yo seguiría, Borges, conversando con usted sobre Macedonio ilimitadamente, pero...
-¿Por qué no, en forma ilimitada, de todos los temas?

-Tenemos, por hoy, que dejar de conversar, ¿nos despedimos, entonces, hasta el próximo viernes?
-Sí, cómo no, espero ese viernes con ansiedad.








"En otoño de 1911, Ana María queda embarazada una vez más. Quiroga decide tramitar la ciudadanía argentina. Se dirige a Posadas, presentando su solicitud en el despacho del Juez Letrado Jorge Cello. Pocos días más tarde, su pedido es aceptado:

“Declárasele ciudadano argentino con los derechos y deberes inherentes a su condición de tal, expídase la carta de estilo sin más trámite con especial constancia de que se otorga según las disposiciones legales citadas”.

Poco después realiza una serie de trámites en Posadas, donde conoce a Macedonio Fernández, quien ejercía como fiscal en el Juzgado Letrado, y era el director de la biblioteca Pública “Domingo Faustino Sarmiento”.
La conversación entre ambos es riquísima, bordeando lo hilarante. El mismo Quiroga reflexiona sobre el evento y el personaje, describiéndole como “una página de Emerson”.Es probable que ambos hombres hayan dialogado sobre la estadía de Macedonio en Paraguay, cuando junto con otras personas intentó crear una colonia “spenceriana” allí.

En cuanto al desempeño de Macedonio como fiscal en el Juzgado Letrado de Posadas, éste se prolongó desde 1908 hasta 1913. Las razones de su cese hay que buscarlas en el caso del mensú de 21 años Pedro Cabaña, quien trabajaba para la yerbatera Puerto Artaza. Cabaña, atado a la yerbatera por un contrato esclavo, intentó huir por el Paraná, pero fue atrapado y puesto en prisión preventiva. El expediente pasó al fiscal Macedonio Fernández, quien pidió la inmediata libertad del detenido.

El juez Severo González –quien por esas rarezas del destino, había presentado en 1911 la solicitud de ciudadanía de Horacio Quiroga -, al conocer el dictamen, destituyó a Macedonio del cargo, reemplazándole por el abogado Adán Maciel Pérez, quien convalidó la prisión preventiva del mensú. Macedonio ya no volvió a ocupar la fiscalía (ni cargo alguno), y el fallo condenó a Cabaña a 300 días de cárcel (Abós, Clarín, 16/2/2002)".

*Fragmento de la biografía "HORACIO QUIROGA: MEMORIAS EN ROJO" (Julián Barsky, en prensa)



El zapallo que se hizo Cosmos (Cuento del Crecimiento)

Dedicado al señor Decano de una Facultad de Agronomía. ¿Le pondré “doctor”, o “distinguido colega”? A lo mejor es abogado...

Érase un Zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que solo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya media legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a sorberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana –Ginebra y las chancillerías europeas están advertidas- cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro Zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperidad, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador; entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada; ¿y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿Purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del Zapallo.

A medida que crece es más rápido su ritmo de dilatación; no bien es una cosa ya es otra: no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el Cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben que su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizás reservados desde u origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
“¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todo-comodidad de vivir!” ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: “yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio y, tal vez, con espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único”. Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Qué puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos, para su sosiego final. Apenas le falta Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más de quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que rara vez llegaban a los cien... ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir? Se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, que cuando se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos; con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna. Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello Sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el Ser, la Realidad y su Cáscara.

(El Zapallo me ha permitido que para vosotros –queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda e historia.
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos pero todo en cáscara ahora, con relaciones solo internas y, sí, sin muerte.
Esto es mejor que antes.)