domingo, 23 de marzo de 2014

"Si soy lo que tengo y lo que tengo lo pierdo, entonces, ¿quién soy?"- Erich Fromm

23 de marzo de 1900- Alemania
Psicoanalista, psicólogo social, filósofo humanista.



II. TENER Y SER EN LA EXPERIENCIA COTIDIANA

Como la sociedad en que vivimos se dedica a adquirir propiedades y a obtener ganancias, rara vez vemos una prueba del modo de existencia de ser, y la mayoría considera el modo de tener como el modo más natural de existir, y hasta como el único modo aceptable de vida. Esto hace especialmente difícil comprender la naturaleza del modo de ser, y hasta entender que tener sólo es una de las posibles orientaciones. Sin embargo, estos dos conceptos están enraizados en la experiencia humana. Ninguno debe ni puede examinarse de manera puramente abstracta e intelectual; ambos se reflejan en nuestra vida cotidiana y deben tratarse concretamente. Los siguientes ejemplos bastante sencillos de cómo tener y ser aparecen en la vida cotidiana pueden ayudar a los lectores a comprender estos dos modos de existir.

EL APRENDIZAJE

En el modo de existencia de tener los estudiantes asisten a clases, escuchan las palabras del maestro y comprenden su estructura lógica y su significado. De la mejor manera posible, escriben en sus cuadernos de apuntes todas las palabras que escuchan; así más tarde podrán aprender de memoria sus notas y ser aprobados en el examen; pero el contenido no pasa a ser parte de su sistema individual de pensamiento, ni lo enriquece ni lo amplía. En vez de ello, los alumnos transforman las palabras que oyen en conjuntos fijos de pensamientos o teorías, y las almacenan. Los estudiantes y el contenido de las clases continúan siendo extraños entre sí, pero cada estudiante pasa a ser propietario de un conjunto de afirmaciones hechas por alguien (que las creó o las tomó de otra fuente).
En el modo de tener, los estudiantes sólo tienen una meta: retener lo "aprendido". Con este fin lo depositan firmemente en su memoria, o lo guardan cuidadosamente en sus notas. No deben producir ni crear algo nuevo. De hecho, los individuos del tipo de tener se sienten perturbados por las ideas o los pensamientos nuevos acerca de una materia, porque lo nuevo los hace dudar de la suma fija de información que poseen. Desde luego, para quien tener es la forma principal de relacionarse con el mundo, las ideas que no puede definir claramente (o redactar) le causan temor, como cualquier cosa que se desarrolla y cambia y que no puede controlarse.
En el modo de ser, el proceso de aprender es de una calidad enteramente distinta para los estudiantes en su relación con el mundo. En primer lugar, no asisten a las clases, ni aun a la primera clase, con la mente en blanco. De antemano han pensado en los problemas que se tratan en las clases, y tienen en mente ciertas cuestiones y problemas propios. Se han ocupado del tema, y les interesa. En vez de ser recipientes pasivos de las palabras y de las ideas, escuchan, oyen, y lo que es más importante, captan y responden de manera productiva y activa. Lo que escuchan estimula la actividad de su pensamiento. En su mente surgen nuevas preguntas, nuevas ideas y perspectivas. Para ellos oír es un proceso vital. Escuchan con interés lo que dice el maestro, y espontáneamente le dan vida a lo que oyen. No sólo adquieren conocimientos que pueden llevar a casa y recordar. El estudiante se siente afectado y cambia: es distinto después de la clase. Desde luego, este modo de aprender sólo puede existir si la clase ofrece material estimulante. En el modo de ser, la charla vacía no ayuda, y en estas circunstancias, en el modo de ser, los estudiantes descubren que es preferible no oír, y concentrarse en sus propios pensamientos.
Por lo menos de paso debemos referimos a la palabra "interés", que en el lenguaje común se ha vuelto una expresión pálida y desgastada. Sin embargo, su significado esencial se encuentra en su raíz latina: "interese; estar en [o] entre". Este interés activo se expresaba en el inglés antiguo con el verbo "to list" (adjetivo, listy; adverbio, listily). En el inglés moderno, "to list" sólo se usa en el sentido espacial: "A ship lists" (un barco se, inclina a la banda); el significado original en el sentido psíquico sólo queda en la forma negativa "listless" (indiferente). "To list" en una época significó "esforzarse activamente" o "estar genuinamente interesado". La raíz es la misma que la de "lust" (codicia), pero "to list" no es una codicia que arrastra, sino un interés o esfuerzo activo y libre. "To list" es una, de las expresiones básicas del autor anónimo (de mediados del siglo XIV) de The Cloud of Unknowing (Evelyn Underhill, ed.). Que el lenguaje sólo haya conservado la palabra en su sentido negativo es característico del cambio de espíritu de la sociedad desde el siglo XIII hasta el XX.

(...)

LA CONVERSACIÓN

La diferencia entre los modos de tener y ser puede observarse fácilmente en dos ejemplos de comunicación verbal. Imaginemos una discusión típica entre dos hombres, en la que A tiene una opinión X, y B tiene una opinión Y. Cada uno se identifica con su propia opinión, y desea encontrar argumentos mejores, o sea más razonables para defender su opinión. Ninguno espera cambiar su propia opinión, ni la de su oponente. Cada uno teme modificar su opinión, porque es una de sus posesiones y perderla significaría empobrecerse.
La situación es distinta en una conversación que no pretende ser un debate. ¿Quién no ha sido presentado a una persona distinguida o famosa o hasta con cualidades reales, o a una persona de la que desea obtener algo: un buen empleo, ser amado o admirado? En estas circunstancias, muchos individuos suelen sentirse angustiados, y a menudo "se preparan" para el importante encuentro. Piensan en los temas que podrían interesar al otro; planean de antemano cómo podrán iniciar la conversación; algunos hasta determinan toda la parte que les corresponde de la charla. O pueden animarse recordando lo que tienen: sus éxitos pasados, su personalidad encantadora (o su personalidad: agresiva, si este papel es más eficaz), su posición social, sus relaciones, su apariencia y su traje. En una palabra, mentalmente hacen un balance de su valor, y basándose en esta evaluación, exhiben sus mercancías en la conversación. El que es muy hábil en esto impresiona a muchas personas, pero la impresión causada se debe sólo en parte al desempeño individual, y más bien a la pobreza de juicio de la mayoría de la gente. Si el actor no es tan bueno, su actuación parecerá rígida, artificial, aburrida, y no despertará mucho interés.
En contraste, existen individuos que se enfrentan a una situación sin prepararse, y no se valen de ningún recurso. En vez de esto, responden espontánea y productivamente; se olvidan de sí mismos, de sus conocimientos y de su posición social. Su ego no les estorba, y precisamente por ello pueden responder plenamente a la otra persona y a sus ideas. Inventan ideas, porque no se aferran a nada, y así pueden producir y dar. Mientras que en el modo de tener las personas se apoyan en lo que tienen, en el modo de ser los individuos se basan en el hecho de que son, de que están vivos y que algo nuevo surgirá si tienen el valor de entregarse y responder. Se entregan plenamente a la conversación, y no se inhiben, porque no les preocupa lo que tienen. Su vitalidad es contagiosa, y a menudo ayuda al otro a trascender su egocentrismo. Así, la conversación deja de ser un intercambio de mercancías (información, conocimientos, status) y se convierte en un diálogo en que ya no importa quién tiene la razón. Los duelistas comienzan a danzar juntos, y no se separan con un sentimiento de triunfo o de tristeza (igualmente estériles), sino de alegría. (El factor esencial en la terapia psicoanalítico es esta cualidad vivificante del terapeuta. Ninguna interpretación psicoanalítico servirá si el ambiente psicoanalítico es pesado, aburrido y poco vital.)

LA LECTURA

Lo que se aplica a la conversación igualmente puede decirse de la lectura, que es, o debería ser, una conversación entre autor y lector. Desde luego, en la lectura (como en una conversación) es importante a quien leo (o con quien habló). Leer una novela mediocre, burda, es una forma de soñar despierto. No permite una reacción productiva; el texto se devora como un programa de televisión o como las papas fritas que se comen mientras se ve televisión; pero una buena novela, por ejemplo de Balzac, puede leerse con una participación interior, productivamente (esto es, en el modo de ser). Sin embargo, probablemente la mayor parte del tiempo ésta también se lea según el modo de consumir, o de tener. Después de que a los lectores se les despierta la curiosidad, desean conocer la trama: si el héroe muere o vive, si la heroina es seducida o resiste. Los lectores desean conocer las respuestas. La novela sirve como una especie de "avance" para excitarles; el final feliz o infeliz es la culminación de su experiencia: cuando los lectores conocen el final, poseen toda la historia, casi con tanta realidad como si surgiera de su imaginación; pero no han aumentado su cultura; no han comprendido a los personajes de la novela,.no han ampliado su conocimiento de la naturaleza humana, ni han logrado conocerse a sí mismos.
Los modos de leer se aplican igualmente a un libro de filosofía o de historia. La manera de leer un libro de filosofía o de historia se forma (o mejor se deforma) por la educación. La escuela intenta darles a los estudiantes cierta cantidad de "propiedad cultural", y al final de los cursos certifica que los estudiantes "tienen" por lo menos una cantidad mínima. A los alumnos les enseñan a leer un libro para que puedan repetir los principales pensamientos del autor. Así es como los estudiantes "conocen" a Platón, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Heidegger o Sartre. La diferencia entre los diversos niveles de educación, desde la preparatoria hasta la universidad, consiste principalmente en la cantidad de propiedad cultural que se adquiere, que corresponde aproximadamente a la cantidad de propiedad material que los alumnos esperan recibir en su vida posterior. Los llamados estudiantes excelentes pueden repetir con mayor exactitud lo que ha dicho cada uno de los filósofos. Son como un catálogo de museo bien documentado; pero no aprenden lo que se encuentra más allá de este tipo de propiedad cultural. No aprenden a cuestionar a los filósofos, a hablarles; no aprenden a advertir las contradicciones de los filósofos, si eluden ciertos problemas o si evaden determinados temas; no aprenden a distinguir lo que era nuevo y lo que los autores no pudieron dejar de pensar porque era considerado de "sentido común" en su época; no aprenden a oír para distinguir cuando los autores sólo hablan con su cerebro, y cuando hablan con su cerebro y su corazón; no aprenden a descubrir si los autores son auténticos o falsos; y muchas cosas más.
En el modo de ser, los lectores a menudo advierten que hasta un libro muy admirado carece enteramente de valor o tiene un valor muy limitado; o logran comprender plenamente un libro, a veces mejor que el autor, quien pudo haber considerado que todo lo que escribió era igualmente importante.

(...)

EL EJERCICIO DE LA AUTORIDAD


Otro ejemplo de la diferencia entre los modos de tener y de ser es el ejercicio de la autoridad. El punto crítico es la diferencia entre tener autoridad y ser una autoridad. Casi todos ejercemos la autoridad por lo menos en alguna época de nuestra vida. Los que crían a sus hijos deben ejercer la autoridad (deseen hacerlo o no) para protegerlos de los peligros y darles por lo menos los consejos indispensables para que sepan actuar en diferentes situaciones. En una sociedad patriarcal, también las mujeres están sometidas a la autoridad de la mayoría de los hombres. La mayor parte de los miembros de una sociedad burocrática organizada jerárquicamente, como la nuestra, ejerce la autoridad, salvo la gente de los niveles más bajos de la sociedad, que sólo está sometida a la autoridad.
Comprender la autoridad en los dos modos depende de reconocer que "la autoridad" es un término amplio con dos significados totalmente distintos: puede ser "racional' o "irracional". La autoridad racional se basa en la capacidad, y ayuda a desarrollarse a la persona que se apoya en ésta. La autoridad irracional se basa en la fuerza y explota a la persona sujeta a ésta. (Ya he analizado esta distinción en El miedo a la libertad.)
En las sociedades más primitivas, las de los cazadores y recolectores, ejerce la autoridad la persona generalmente reconocida con capacidad para esa tarea. Las cualidades que integran esta capacidad dependen mucho de las circunstancias específicas, pero hay la impresión de que deben incluir la experiencia, la sabiduría, la generosidad, la habilidad, la "buena presencia", el valor. No hay autoridades permanentes en estas tribus, pero surgen en caso de necesidad. O hay diferentes autoridades para distintas ocasiones: las guerras, los actos religiosos, la conciliación de disputas. Cuando desaparecen o se debilitan las cualidades en que se basa la autoridad, ésta también desaparece. Una forma muy similar de autoridad puede observarse en muchas sociedades primitivas, en que la capacidad a menudo no se basa en la fuerza física, sino en cualidades como la experiencia y la "sabiduría". En un experimento muy ingenioso con monos, J. M. R. Delgado (1967) mostró que si el animal dominante pierde aun momentáneamente las cualidades que le dan competencia, su autoridad termina.
Ser autoridad se basa no sólo en la capacidad para realizar ciertas funciones sociales, sino igualmente en la esencia misma de una personalidad que ha conseguido un alto grado de desarrollo e integración. Estas personas irradian autoridad y no tienen que dar órdenes, amenazar ni sobornar. Son individuos muy desarrollados que muestran por lo que son (y no principalmente por lo que hacen o dicen) cómo pueden ser los humanos. Los grandes Maestros de la Vida tuvieron este tipo de autoridad, y con un grado menor de perfección, individuos así pueden encontrarse en todos los niveles culturales y en las culturas más diversas. (El problema de la educación depende de este punto. Si los padres lograran un desarrollo mayor y se apoyaran en sus propios centros, la contradicción entre la educación autoritaria y la del tipo laissez-faire apenas existiría. Por necesitar la autoridad, el niño reacciona ante ésta con gran avidez; por otra parte, el niño se rebela contra las presiones, el descuido o "el exceso de cuidado" de la gente que muestra con su conducta que no ha hecho los esfuerzos que el niño espera que haga.
Cuando se formaron las sociedades basadas en un orden jerárquico, más grandes y más complejas que las de cazadores y reco, lectores, la autoridad basada en la capacidad fue sustituida por la autoridad basada en la posición social. Esto no significa que la autoridad sea necesariamente incompetente, sino que la capacidad no constituye un elemento esencial de la autoridad. Apenas hay relación entre la capacidad y la autoridad en el caso de la autoridad monárquica (en la que la lotería de los genes decide las cualidades de competencia), o de un criminal sin escrúpulos que logra llegar a la autoridad mediante el crimen y la traición, o de la democracia moderna, en que se elige al candidato, con frecuencia por su fisonomía fotogénica o por el dinero que puede gastar en la elección.
Hay serios problemas en los casos de autoridad basada en alguna capacidad: un dirigente puede ser competente en un campo, e incompetente en otro. Por ejemplo, un estadista puede tener capacidad para dirigir una guerra y ser incompetente en la paz; o un dirigente que es honrado y valiente al principio de su carrera, pierde estas cualidades por la seducción del poder; o la edad y las enfermedades pueden llevarlo a la decadencia. Finalmente, debemos considerar que para los miembros de una pequeña tribu resulta mucho más fácil juzgar la conducta de una autoridad que para Sillones de personas en nuestro sistema, que sólo conocen a su candidato por la imagen artificial que le ofrecen los especialistas en relaciones públicas.
Sean cuales fueren las razones de la pérdida de las cualidades que forman la capacidad, en la mayoría de las sociedades más grandes y organizadas jerárquicamente ocurre el fenómeno de la alienación de la autoridad. La capacidad inicial, verdadera o supuesta, se transfiere al uniforme o al título de la autoridad. Si ésta usa el uniforme adecuado u ostenta el título apropiado, su signo externo de capacidad remplaza a la capacidad verdadera y sus cualidades. El rey (usamos este título como símbolo de este tipo de autoridad) puede ser estúpido, vicioso, malo, o sea totalmente incompetente para ser una autoridad; sin embargo, tiene autoridad. Mientras conserve el título, se supondrá que tiene las cualidades de la capacidad. Aunque el emperador esté desnudo, todo el mundo cree que usa bellas ropas.
La gente no confunde en forma espontánea los uniformes y los títulos con las cualidades verdaderas de la capacidad. Los que tienen estos símbolos de autoridad y los que se benefician con ellos deben embotar el pensamiento crítico y realista de la gente para que crea la ficción. El que estudie esto advertirá las maquinaciones de la propaganda, los métodos con que se destruye el juicio crítico, cómo la mente es adormecida por medio de clichés para someterla, cómo la gente se atonta al volverse dependiente y perder su capacidad de confiar en sus ojos y en su juicio. La ficción en la que cree le oculta la realidad.

TENER CONOCIMIENTOS Y CONOCER

La diferencia entre el modo de tener y el modo de ser en la esfera del conocimiento se expresa con dos fórmulas: "Tengo conocimiento" y "conozco". Tener conocimiento es tomar y conservar la posesión del conocimiento disponible (la información); conocer es funcional y sólo sirve como medio en el proceso de pensar productivamente.
Nuestra comprensión de la cualidad de conocer en el modo de existencia de ser puede ampliarse con los pensamientos de Buda, de los profetas hebreos, de Jesucristo, del Maestro Eckhart, de Sigmund Freud, de Karl Marx. Según su punto de vista, el conocimiento empieza con la conciencia del engaño de lo que perciben nuestros sentidos en el sentido de que nuestro panorama de la realidad física no corresponde a lo que "realmente es" y, principalmente, en el sentido de que la mayoría de la gente está semidespierta, semidormido, y no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive. Así pues, el conocimiento empieza con la destrucción de las ilusiones, con la desilusión. Conocer significa penetrar a través de la superficie, llegar a las raíces, y por consiguiente a las causas. Conocer significa "ver" la realidad desnuda, y no significa poseer la verdad, sino penetrar bajo la superficie y esforzarse crítica y activamente por acercarse más a la verdad.
Esta cualidad de la penetración creadora se expresa en la palabra hebrea jadoa, que significa conocer y amar, en el sentido de la penetración sexual masculina. Buda, el Despierto, pide a la gente que despierte y que se libere de la ilusión de que codiciar cosas produce felicidad. Los profetas hebreos piden a la gente que despierte y le dicen que sus ídolos no son sino obra de sus manos, ilusiones. Jesucristo dice: "La verdad os hará libres." El Maestro Eckhart muchas veces expresa su concepto de conocer; por ejemplo, cuando habla de Dios afirma: "El conocimiento no es un pensamiento particular, sino que arranca (todas las cubiertas) y es desinteresado y corre desnudo hacia Dios, hasta que lo toca y lo ase" (Blakney, p. 243). ("Desnudez" y "desnudo" son las expresiones favoritas del Maestro Eckhart y también de su contemporáneo, el autor anónimo de The Cloud of Unknowing.) Según Marx, es necesario destruir las ilusiones para crear las condiciones que las volverán innecesarias. El concepto freudiano del conocimiento de si mismo se basa en la idea de destruir las ilusiones ("racionalizaciones") para tener conciencia de la realidad inconsciente (último de los pensadores de la Ilustración, Freud puede ser llamado un pensador revolucionario de acuerdo con la filosofía de la Ilustración del siglo XVIII, y no con la del siglo XX.)
A todos estos pensadores les preocupaba la salvación humana; todos criticaban las pautas de pensamiento socialmente aceptadas. Consideraban que la meta del conocimiento no era la certidumbre de "una verdad absoluta", algo con lo que es posible sentirse seguro, sino el proceso de afirmar la razón humana. Para alguien que sabe, la ignorancia es tan buena como el conocimiento, ya que ambos forman parte del proceso del saber, aunque la ignorancia de este tipo es distinta de la ignorancia del que no reflexiona. En el modo de ser, el conocimiento óptimo es conocer más profundamente. En el modo de tener, consiste en poseer más conocimientos.
Nuestra educación generalmente intenta preparar al estudiante para que tenga conocimientos como posesión, que por lo general se evalúan por la cantidad de propiedad o prestigio social que probablemente tendrá más tarde. El mínimo que recibe el alumno es la cantidad que después necesitará para desempeñar adecuadamente su trabajo. Además, a cada uno le dan "un paquete de conocimientos de lujo" para aumentar su sentimiento de valor, y el tamaño de cada paquete está de acuerdo con el probable prestigio social que tendrá la persona. Las escuelas son las fábricas que producen estos paquetes de conocimientos generales, aunque usualmente afirman que intentan poner a los estudiantes en contacto con los logros más elevados del pensamiento humano. Muchas universidades son especialmente hábiles para alimentar estas ilusiones. Ofrecen una gran variedad de conocimientos, desde pensamiento y arte de la India hasta existencialismo y surrealismo para que los estudiantes elijan un poco de cada tema, y en nombre de la espontaneidad y la libertad no les exigen que se concentren en una materia, y ni aun que terminen de leer un libro. (La crítica radical de lvan Iliich al sistema escolar pone en relieve muchas de estas fallas.)

TENER Y SER -Erich Fromm

De: http://pendientedemigracion.ucm.es













sábado, 22 de marzo de 2014

"El buen escritor es aquel a quien carcome los huesos el germen del valor" - Nizar Qabbani

21 de marzo de 1923- Damasco, Siria
























EN TUS OJOS, EL MUNDO AJUSTA SU HORA



Antes de que fueras mi amada
había más calendarios para contar el tiempo:
los hindúes,
los chinos,
los persas
y los egipcios tenían sus calendarios.
Después de ser mi amada,
la gente comenzó a decir:
el año mil antes de sus ojos
y el siglo décimo después de sus ojos.



En tu amor alcancé el grado de evaporación,
el agua del mar se tornó mayor que el mar,
la lágrima del ojo mayor que el ojo
y la superficie de la herida
mayor que la de la carne.



No puedo quererte más aún
ni estar más unido a ti.
Mis labios no bastan para cubrir los tuyos,
mis brazos no bastan para ceñir tu cintura
y las palabras que conozco
son muchas menos
que los lunares que adornan tu cuerpo.



No puedo
adentrarme más en la espesura de tu pelo:
llevan años
publicando en los periódicos que estoy perdido.
Sigo perdido
hasta próximo aviso.



El lenguaje es ya insuficiente para pronunciarte
y las palabras son como caballos de madera
que corren tras de ti noche y día,
sin alcanzarte.




Siempre que me acusan de quererte,
me siento superior;
convoco una rueda de prensa
y reparto tus fotos a los periodistas,
aparezco en la pantalla del televisor
con la rosa del escándalo
prendida en mi ropa.



Escuchaba a los enamorados
hablar de sus amores,
y me reía.
Pero cuando volví al hotel
y tomé el café, solo,
supe cómo penetra el puñal del amor en el costado
para no salir nunca.


Mi problema con la crítica
es que siempre que escribo un poema en negro,
dicen que lo he copiado de tus ojos.



Mi problema con las mujeres
es que siempre que niego mi relación contigo,
oyen el tintineo de tus pulseras
en la vibración de mi voz
y ven tu camisón
colgado en el armario de mi recuerdo.


No me acostumbres a ti:
el médico me ha aconsejado
que no mantenga mis labios en los tuyos
más de cinco minutos,
ni me siente bajo el sol de tus pechos
más de un minuto,
para no abrasarme.

De: http://nuncallegantardelashadas.blogspot.com


















CARTELES COMANDOS SOBRE LOS MUROS DE ISRAEL


1
No haréis de nuestro pueblo
un pueblo de piel-rojas.
Pues nosotros nos quedamos aquí...
En esta tierra, que lleva en su muñeca
un arete de flores.
Este es nuestro país:
Aquí estamos desde el alba de la existencia.
Aquí hemos jugado, amado, escrito versos.
Estamos tan arraigados en sus bahías
cual la hierba del mar.
Estamos arraigados en su historia,
en su menudo plan, en sus olivos,
en su trigo amarillo.
Estamos arraigados en su sentir.
Seguiremos en Marzo
y en Abril.
Seguiremos, con la talla sobre sus cruces.
Seguiremos en su noble Profeta, en su Alcorán.
En los diez Mandamientos.

2
La Mezquita del Aqsa es un nuevo testigo
que poder añadir a la ya vieja cuenta.
Y el fuego y el incendio
no son más que candiles que alumbran el camino.

3
Jamás descansaréis con nosotros.
Cada víctima nuestra
muere miles de veces.

4
¡Estad,
estad alerta!
Los postes luminosos tienen uñas,
diez ojos las ventanas.
Y la muerte os espera
en el rostro de cada transeúnte,
cada gesto o cintura.
Tenéis la muerte oculta
en el peine de todas las mujeres,
en la trenza del pelo.

5
Robasteis una patria.
Y el mundo aplaudió en la aventura.
Confiscasteis nuestras casas a miles.
Vendisteis a millares nuestros hijos.
Y el mundo aplaudió en la aventura.
Robasteis el aceite de las iglesias.
Robasteis al Mesías de su casa de Nazaret.
Y el mundo aplaudió en la aventura.
Y organizáis en cambio un funeral
si nosotros secuestramos un avión.

6
Lo que hay entre nosotros y vosotros
no termina en un año.
Ni en cinco, diez,
o mil.
Largas como el ayuno
son las batallas por la libertad.
Seguiremos encima de vuestros pechos
como el golpe de cincel sobre el mármol.
Seguiremos en el sonar de los desagües,
las alas de la tórtola.
Seguiremos en la memoria del sol
y los cuadernos de los días.
Seguiremos en la diablura de los niños
y el garabateo de las plumas.
Seguiremos en los mapas de colores.
Seguiremos en la poesía de Imrul-Qays
y en la poesía de Abu-Tammám.
Seguiremos en los labios de quienes amamos.
Seguiremos en la articulación de las palabras.

7
Para la pena hay niños que crecerán.
Para el largo dolor hay niños que crecerán.
Para quienes matasteis en Junio,
pequeños crecerán.
Para la tierra.
Para los callejones.
Para las puertas,
hay niños que crecerán.
Desde hace treinta años, están todos reunidos
en las salas de encuesta,
en las comisarías,
en las cárceles.
Como el llanto,
están todos reunidos en los ojos.
Y todos, todos esos,
no importa en qué momento,
entrarán por todas las puertas de Palestina.

8
Estáis asediados por el rencor y el odio.
Acá, por el ejército de Abu-Ubayda,
y por allá, Muawiya.
Vuestra paz está rota.
Vuestra casa cercada
como la de cualquier puta.
Y con nuestras kufiyyas, blancas, negras
dibujamos encima de vuestra piel
la señal de la entrega.
Como el brotar del agua,
llegamos de la matriz misma de los días,
de la tienda humillada curtida por el viento.
Llegamos desde el rostro de Husayn.
De la pena de Fátima la Clara.
De Uhud y de Badr.
De las tristezas todas de Kerbelá.
Venimos... A fin de corregir las cosas y la Historia.
Para borrar las letras
de las calles de nombres hebreos.


De: palestinalibre.org




21 de Marzo: Día Internacional de la Poesía

















Residua


Corta la vida o larga, todo
lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria.

De los antiguos viajes quedan
las enigmáticas monedas
que pretenden valores falsos.

De la memoria sólo sube
un vago polvo y un perfume.
¿Acaso sea la poesía?


Ida Vitale
2 de noviembre de 1923 - Montevideo
Poeta, traductora, ensayista y
crítica literaria.
Integrante de la Generación del 45.


En el contorno del espejo


La poesía es la pesca con candil, vislumbre
de peces en la oscura libertad de las mareas.

Es papel de luna bajo la noche marinera,
collar de signos en el cuello del abismo.

Ánima escurridiza en un cuerpo de palabras,
voz que a sí misma se traduce, la poesía.

La poesía da en el blanco corazón de la inocencia.
Un asceta del lenguaje la perpetra,

y profana lo consagrado, que ya no brilla.
La poesía en lo sagrado se ejercita.

Oro en polvo es la poesía,
y es el viento que esparce el enigma.

La poesía es la sal de la duda,
la tensa paradoja,

acaso ramas de un mismo árbol con la filosofía;
pero es nómade de certezas, la poesía.

Es tiempo que pasa como si no pasara el tiempo;
es la infancia o cada instante es un milenio.

La poesía es un arte muy antiguo
con su aguja de agua a campo traviesa

palabras que prefieren no decirse:
viaja a los reinos que la habitan,

como la piedra, y resiste
en la celebración.

La poesía descendió del mismo árbol que los monos de Darwin,
pero no hay evolución en su antropología,

-el lenguaje es un atributo de la poesía,
atributo que ignoramos porque nos ignoramos-.

Su topografía no está en el mapa de las manos;
es como los ríos, el diluvio de un alma que desborda.

La poesía es el olvido, dice el poeta ciego,
desteje, largamente, su ser a destiempo.

Ella sabe que vivimos en la piel de un espejismo,
por eso sueña la poesía a la poesía.

En el canto amarillo de los gallos
está la poesía que arde;

en el agua mansa
de los náufragos del placer, murmura.

No puede decirse a ciencia cierta el color
de la poesía: con sangre escribe y hace pactos

con las tretas de dios y las verdades del diablo.
Y sólo es bella la poesía, a los ojos de la belleza que la mira.


Luis Bravo

5 de julio de 1957 - Montevideo
Poeta, crítico literario,
performer y docente uruguayo
integrante de la Generación del 80.



















jueves, 20 de marzo de 2014

“Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana” - Henrik Ibsen
















(Fragmento)



(HELMER entra en su despacho. La doncella introduce a la SEÑORA LINDE, en traje de viaje, y cierra la puerta tras ella.)

SEÑORA LINDE. Buenos días, Nora.
NORA. (Indecisa.) Buenos días.
SEÑORA LINDE. Por lo visto, no me reconoces.
NORA. No..., no sé... ¡Ah!, sí, me parece... (De pronto, exclama:) ¡Cristina! ¿Eres tú?
SEÑORA LINDE. Sí, yo soy.
NORA. ¡Cristina! ¡Y yo que no te he reconocido! Pero ¡quién diría que...! (Más bajo.) ¡Cómo has cambiado!
SEÑORA LINDE. Sí, seguramente. Hace nueve años largos...
NORA. ¿Es posible que haga tanto tiempo que no nos vemos? Sí, en efecto. ¡Ah! no puedes figurarte qué felices han sido estos ocho años últimos. ¿Conque ya estás aquí, en la ciudad? ¿Como has emprendido un viaje tan largo en pleno invierno? Has sido muy valiente.
SEÑORA LINDE. Ya ves; acabo de llegar esta mañana en el vapor.
NORA. Para festejar las Navidades, naturalmente. ¡Qué bien! ¡Cuánto vamos a divertirnos! Pero quítate el abrigo. ¡Ajajá! Ahora nos sentaremos aquí, con comodidad, al lado de la estufa. No; mejor es que te sientes en el sillón. Yo me siento en la mecedora. (Cogiéndole las manos.) ¿Ves? Ya tienes tu cara de antes; era sólo en el primer momento... De todos modos, estás algo más pálida, Cristina... y quizá un poco más delgada.
SEÑORA LINDE. Y muchísimo más vieja, Nora.
NORA. Acaso un poco más madura..., un poquito, no mucho. (Se para, repentinamente seria.) ¡Qué distraída soy! ¡Sentada aquí, cotorreando! Mi buena Cristina, ¿puedes perdonarme?

SEÑORA LINDE. ¿Qué quieres decir, Nora?
NORA. (Bajando la voz.) ¡Pobre Cristina! Te has quedado viuda, ¿no?
SEÑORA LINDE. Sí, hace ya tres años.
NORA. Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Ay, Cristina! tienes que creerme: pensé muchas veces escribirte; pero lo fui dejando de un día para otro, y por añadidura, siempre había algo que lo impedía.
SEÑORA LINDE. Lo comprendo perfectamente.
NORA. Sí, Cristina, me he portado muy mal. ¡Pobrecita! ¡Cuánto habrás sufrido!... ¿No te ha dejado nada para vivir?
SEÑORA LINDE. No.
NORA. ¿Y no tienes hijos?
SEÑORA LINDE. No.
NORA. Así, pues, ¿nada?
SEÑORA LINDE. Ni siquiera una pena..., ni una nostalgia.
NORA. (Mirándola, incrédula.) Pero Cristina, ¿cómo es posible?
SEÑORA LINDE. (Sonríe tristemente mientras le acaricia el cabello.) Son cosas que ocurren a veces, Nora.
NORA. ¡Tan sola! Debe de ser horriblemente triste para ti. Yo tengo tres niños encantadores. Por el momento no puedes verlos; han salido con la niñera. Vamos, cuéntamelo todo.
SEÑORA LINDE. No, no; primero, tú.
NORA. No; te toca empezar a ti. Hoy no quiero ser egoísta; sólo quiero pensar en tus asuntos. Únicamente voy a decirte una cosa. ¿Te has enterado de la fortuna que nos ha sobrevenido estos días?
SEÑORA LINDE. No. ¿Qué es?
NORA. ¡Imagínate! ¡A mi marido le han nombrado director del Banco de Acciones!
SEÑORA LINDE. ¿A tu marido? ¡Qué suerte!
NORA. ¡Sí, grandísima! ¡Es tan insegura la posición de un abogado!... Sobre todo cuando no quiere ocuparse más que de asuntos lícitos... Y como es lógico, así ha hecho Torvaldo, en lo cual me hallo de completo acuerdo. No puedes figurarte lo contentos que estamos. Para Año Nuevo tomará posesión, y percibirá un buen sueldo, con muchos beneficios. Por fin podremos cambiar del todo esta manera de vivir... enteramente a nuestro gusto. ¡Oh, Cristina, cuan feliz me siento! Es algo maravilloso eso de poseer mucho dinero y verse libre de preocupaciones, ¿verdad?
SEÑORA LINDE. Sí; al menos, debe de ser una tranquilidad poseer lo necesario.
NORA. No, no sólo lo necesario, sino dinero en abundancia.
SEÑORA LINDE. (Sonríe.) ¡Nora, Nora! ¿Todavía no tienes sentido común? En el colegio eras una malgastadora.
NORA. (Sonríe a su vez.) Sí, eso dice aún Torvaldo. (Amenazando con el dedo.) Pero "Nora, Nora" no es tan loca como suponéis. Además, no hemos tenido mucho que derrochar, realmente. Los dos nos hemos visto obligados a .trabajar.
SEÑORA LINDE. ¿También tú'?
NORA. Sí; nada, pequeñeces: bordar, hacer ganchillo... (Sin darle importancia.) ¡Qué sé yo!... No ignorarás que Torvaldo salió del ministerio cuando nos casamos. Tenía pocas esperanzas de ascenso, y como había de ganar más que antes... Pero el primer año se abrumó de trabajo. Debía buscarse toda clase de quehaceres, según comprenderás, y trabajaba día y noche. Pero no pudo resistirlo y cayó gravemente enfermo. Los médicos declararon indispensable que se marchara al Mediodía.
SEÑORA LINDE. Es cierto. Estuvisteis un año en Italia...
NORA. Sí, y no creas que fue nada fácil marcharnos. Justamente acababa de nacer Ivar... Pero había que partir. Fue un viaje encantador, y gracias a él, Torvaldo salvó la vida. Eso sí, costó dinero en grande.
SEÑORA LINDE. Ya lo presumo.
NORA. Unas cuatro mil ochocientas coronas. Bastante, ¿eh?
SEÑORA LINDE. Sí; pero, en casos como ése, es toda una chiripa poseerlo.
NORA. Porque nos lo dio papá.
SEÑORA LINDE.
¡Ah!, sí. Fue poco antes de morir, si mal no recuerdo.
NORA. Sí, Cristina, exactamente. ¡Y pensar que se me hizo imposible ir a cuidarle! Estaba esperando de un día a otro que naciera Ivar, y también debía preocuparme de mi pobre Torvaldo moribundo. ¡Padre querido! No volví a verle, Cristina. Es lo más penoso que hube de pasar desde que me casé.
SEÑORA LINDE. Ya sé que le tenías mucho cariño. ¿De modo que os marchasteis a Italia?
NORA. Sí; contábamos con el dinero, y los médicos nos apremiaban. Nos marchamos un mes después.
SEÑORA LINDE. ¿Y volvió tu marido radicalmente curado?
NORA. Radicalmente.
SEÑORA LINDE. Luego ¿ese médico...?
NORA. ¿Cómo dices?
SEÑORA LINDE. Me ha parecido oír a la doncella que ese señor que entraba conmigo era un doctor...
NORA. ¡Ah, sí! Es el doctor Rank; pero no viene como médico. Es nuestro mejor amigo, y nos hace, cuando menos, una visita al día. No, Torvaldo no se ha sentido enfermo desde entonces. Los niños también están muy sanos, igual que yo. (Se levanta de repente, palmeteando.) ¡Dios mío! ¡Cristina, es una delicia vivir y ser feliz!... Pero ¡qué torpeza!... No hago más que hablar de mis cosas. (Se sienta en un taburete junto a CRISTINA, acodándose en sus propias rodillas.) ¡No te enfades conmigo!... Dime, ¿es verdad que no querías a tu esposo? Pues ¿por qué te casaste con él?
SEÑORA LINDE. En aquel tiempo aún vivía mi madre; pero estaba enferma e inválida. Para colmo, debía yo sostener a mis dos hermanitos. Por tanto, no juzgué oportuno rechazar la oferta.
NORA. Puede que tuvieses razón. ¿Luego era rico?
SEÑORA LINDE. Sí, creo que gozaba de buena posición. Pero sus negocios eran inseguros, ¿sabes? Cuando murió, se vino todo abajo y no quedó nada.
NORA. ¿Y qué hiciste?
SEÑORA LINDE. Hube de ingeniarme con una tiendecita, con un modesto colegio y con lo que pude encontrar. Los tres últimos años han sido para mí como un largo día de trabajo sin tregua. Pero se acabó todo, Nora. Mi pobre madre no me necesita ya, y los chicos, tampoco; tienen sus empleos y pueden mantenerse por sí mismos muy bien.
NORA. ¡Qué alivio debes de sentir!
SEÑORA LINDE. No, Nora; lo que siento es un vacío inmenso. ¡No tener nadie a quien consagrarse!... (Se levanta, intranquila.) Por eso no podía aguantar al cabo en aquel rincón. Aquí debe de ser más fácil encontrar en qué ocuparse y distraer los pensamientos. Si me cupiera la fortuna de conseguir un empleo; en una oficina, por ejemplo...
NORA. Pero, Cristina, ¡es tan fatigoso., y. tú pareces ya tan cansada! Sería mejor para ti que fueses a un balneario.
SEÑORA LINDE. (Acercándose a la ventana.) Yo no tengo ningún padre que me pague los gastos, Nora.
NORA. (Se levanta.) ¡Mujer, no lo tomes a mal!
SEÑORA LINDE. (Vuelve hacia ella.) No, Nora, todo lo contrario. Eres tú la que no debe enfadarse conmigo. Lo peor de una situación como la mía es que se torna una tan "agria... No se tiene a nadie por quien trabajar, y sin embargo, se ve una obligada a valerse de todos. Hay que vivir, y eso nos hace egoístas... No querrás creerme, pero cuando me has contado vuestro cambio de posición, me alegraba más por mí que por ti.
NORA. ¡Cómo!... ¡Ah!, sí... comprendo; querrás decir que quizá Torvaldo pueda hacer algo por ti.
SEÑORA LINDE. Sí, eso he pensado.
NORA. Y lo hará. Déjalo en mis manos. ¡Ya verás qué bien voy a prepararlo! Buscaré algo agradable para predisponerle. ¡Tengo tantas ganas de serte útil!
SEÑORA LINDE. Eres muy buena al tomarte ese interés por mí, Nora. Doblemente buena, pues desconoces los sinsabores y las amarguras de la vida.
NORA. ¿Yo?... ¿Que no conozco...?
SEÑORA LINDE. (Sonriendo.) Sí, mujer... Bordar un poco y labores por el estilo... Eres una niña, Nora.
NORA. (Con un gesto de orgullo lastimado.) No debías decirlo en ese tono de superioridad.
SEÑORA LINDE. ¿Por qué?
NORA. Eres lo mismo que los demás. Todos estáis convencidos de que no valgo para nada serio...
SEÑORA LINDE. ¡Vamos, mujer!
NORA. ...de que no he pasado por dificultades en este mundo.
SEÑORA LINDE.
Querida Nora, acabas de contarme todos tus contratiempos...
NORA. ¡Bah!..., eso son pequeñeces. (Baja la voz.) No te he contado lo principal.
SEÑORA LINDE. ¿Lo principal?... ¿Qué quieres decir?
NORA. Me crees demasiado insignificante, Cristina, y no debieras hacerlo. Te sientes orgullosa de haber trabajado tanto por tu madre.
SEÑORA LINDE. Yo no creo insignificante a nadie. Pero, eso sí, lo confieso..., me siento orgullosa y satisfecha de haber conseguido que fuesen tranquilos, hasta cierto punto, los últimos días de mi madre.
NORA. Y también te sientes orgullosa pensando en lo que has hecho por tus hermanos.
SEÑORA LINDE. Creo que estoy en mi derecho.
NORA. Lo mismo creo yo. Pues ahora, Cristina, voy a decirte algo. Yo también tengo de qué sentirme orgullosa y satisfecha.
SEÑORA LINDE. No lo dudo. Pero ¿de qué se trata?
NORA. Habla más bajo, no te vaya a oír Torvaldo. Por nada del mundo conviene que él... No debe saberlo nadie más que tú.
SEÑORA LINDE. Pero, criatura, ¿qué es ello?
NORA. Acércate aquí. (Le hace sentarse a su lado, en el sofá.) Pues verás... También tengo de qué estar orgullosa y satisfecha. Fui yo quien salvé la vida a Torvaldo.
SEÑORA LINDE. ¿Tú?... ¿Que tú le salvaste...?
NORA. Ya te he contado lo del viaje a Italia. Torvaldo no viviría si no hubiera ido allá...
SEÑORA LINDE.
Sí, porque tu padre te dio el dinero necesario...
NORA. (Sonriendo.) Sí, eso es lo que creen Torvaldo y todo el mundo; pero...
SEÑORA LINDE. Pero... ¿qué?
NORA. Papá no nos dio nada. Fui yo la que busqué el dinero.
SEÑORA LINDE. ¿Tú? ¿Una suma tan grande?
NORA. Cuatro mil ochocientas coronas. ¿Qué te parece?
SEÑORA LINDE. ¿Y cómo te las arreglaste? ¿Te tocó la lotería?
NORA. (Desdeñosamente.) ¡La lotería! (Hace un gesto despectivo.) De ser así, ¿qué mérito habría tenido?
SEÑORA LINDE. En ese caso, ¿de dónde las sacaste?
NORA. (Canturrea y sonríe enigmáticamente.) ¡Ah!... ¡Trala... lalá!
SEÑORA LINDE. No creo que lo consiguieras prestado.
NORA. ¡Ah! ¿No?... ¿Y por qué no?
SEÑORA LINDE. Porque una mujer casada no puede pedir prestado sin el consentimiento de su marido.
NORA. (Con un ademán de orgullo.) ¡Ah! ¿Y cuando se es una mujer casada que tiene algún sentido de los negocios..., una mujer que sabe administrarse con un poco de inteligencia?...
SEÑORA LINDE. Nora, no me explico lo que quieres decir...
NORA. Ni es menester. Nadie afirma que haya pedido el dinero prestado. Lo he podido adquirir de otra manera. (Dejándose caer en el sofá.) He podido recibirlo de algún admirador. Teniendo un aspecto tan atractivo como el mío...
SEÑORA LINDE. ¡Eres una loca!
NORA. Ya no puedes negar que sientes una curiosidad enorme, Cristina.
SEÑORA LINDE. Óyeme, Nora: ¿no habrás obrado irreflexivamente?
NORA. (Irguiéndose.) ¿Es irreflexivo salvar una la vida de su marido?
SEÑORA LINDE. Lo que estimo irreflexivo es hacerlo sin que lo supiera él...
NORA. Pero si lo que importaba era que no supiese nada. ¡Vamos!, ¿no comprendes?... No debía enterarse de la gravedad de su estado. Fue a mí a quien vinieron los médicos diciéndome que peligraba su vida, y que solamente una estancia en el Mediodía podría salvarle. ¡No creas que al principio no intenté hablarle con diplomacia! Le hice ver lo delicioso que sería para mí viajar por el extranjero, ni más ni menos que tantas otras mujeres; con súplicas y lloros, le dije que debía tener en cuenta las circunstancias en que me encontraba, que había de ser comprensivo y ceder... Entonces fue cuando insinué que podía pedir un préstamo. Pero al oírme casi se enfadó, Cristina. Me replicó que era una insensata, y que su deber de esposo le dictaba no someterse a mis caprichos, como él los llamaba. "Bueno, bueno—pensé—; de todos modos, hay que salvarte." Y a la postre busqué otra salida...
SEÑORA LINDE. ¿Y por tu padre no se enteró tu marido de que el dinero no procedía de él?
NORA. No, nunca. Papá murió por aquellas mismas fechas. Yo había pensado hacerle cómplice en el asunto y rogarle que no revelara nada. Pero ¡estaba tan enfermo!... Por desgracia, no hubo necesidad.
SEÑORA LINDE. ¿Y después?... ¿Nunca te has confiado a tu marido?
NORA. ¡No lo quiera Dios! ¿Cómo se te ocurre tal idea? ¡A él, tan severo para estas cosas! Por lo demás, a Torvaldo, con su amor propio de hombre, se le haría muy penoso y humillante saber que me debía algo. Se habrían echado a perder todas nuestras relaciones, y la felicidad de nuestro hogar terminaría para siempre.
SEÑORA LINDE. ¿No piensas decírselo jamás?
NORA. (Pensativa, inicia una sonrisa.) Sí, acaso alguna vez..., después de muchos años, cuando no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te rías! Quiero decir que cuando ya no guste tanto a Torvaldo, cuando ya no se divierta viéndome bailar y disfrazarme y declamar... Entonces sería bueno tener un cable al que asirme... (Interrumpiéndose.) ¡Bah, qué tonterías! Ese día no llegará nunca. Vamos a ver, Cristina, ¿qué opinas de mi gran secreto? ¿No entiendes que yo también sirvo para algo?... Puedes creer que el asunto me ha ocasionado serias preocupaciones. No ha sido nada fácil para mí cumplir mi compromiso a tiempo. Porque te advierto que en este mundo de los negocios hay lo que se llaman vencimientos y lo que se llama amortización. ¡Y todo eso es tan difícil de solucionar! De manera que he tenido que ahorrar un poco de aquí y otro poco de allí..., de donde he podido, ¿sabes? Del dinero de la casa no podía economizar mucho, porque Torvaldo tenía que comer bien. Tampoco podía dejar que los niños fuesen mal vestidos, porque todo lo que me daba para ellos me parecía intangible, como cosa suya. ¡Angelitos míos!
SEÑORA LINDE. ¡Pobre Nora! Por ende, tus necesidades personales han debido de pagar las consecuencias.
NORA. Efectivamente. Era algo que me correspondía. Cada vez que Torvaldo me daba dinero para mi adorno, sólo gastaba la mitad. Siempre compraba de lo más barato y corriente. Era una ventaja que todo me sentara a maravilla; de modo que Torvaldo no ha notado nada. Pero muchas veces se me hacía demasiado cuesta arriba, Cristina. ¡Es tan agradable ir bien vestida! ¿Verdad?
SEÑORA LINDE. ¡Y tanto!
NORA. Asimismo he tenido otras fuentes de ingresos. El invierno pasado pude encontrar un trabajo de copias. Me encerraba y escribía todas las noches hasta muy tarde. ¡Oh!, con frecuencia me sentía muy cansada. A pesar de todo, era un placer trabajar y ganar dinero. Parecía casi como si fuese un hombre.
SEÑORA LINDE. ¿Y cuánto has podido devolver así?
NORA. No sabría decírtelo al detalle. Es muy difícil llevar cuentas en esta clase de negocios. Sólo sé que he pagado cuanto me ha sido posible reunir. Muchas veces no se me ocurría ya qué hacer. (Sonríe.) Entonces me quedaba aquí sentada, ideando que un señor viejo y rico se había enamorado de mí...
SEÑORA LINDE. ¡Cómo!... ¿Quién?
NORA. ...que se había muerto, y que, al abrir su testamento, se leía en letras muy grandes: "Todo mi dinero será pagado al contado inmediatamente a la encantadora señora Nora Helmer."
SEÑORA LINDE. Pero, Nora, ¿qué dices?... ¿De quién estás hablando?
NORA. ¿No te das cuenta?... No existe tal señor; es una cosa que me imaginaba siempre cuando no sabía qué hacer para encontrar dinero. Pero ¡qué más da! Por mí, ese dichoso señor viejo puede estar donde le plazca.: no me importan nada él ni su testamento; ya se acabaron las preocupaciones. (Irguiéndose de repente.) ¡Dios mío! ¡Qué gusto poder pensarlo, Cristina! ¡Sin preocupaciones! ¡Poder sentirse tranquila, absolutamente tranquila; jugar y alborotar con los niños; tener la casa preciosa, todo como le gusta a Torvaldo! ¡Y calcular que ya se acerca la primavera con su cielo azul! Para entonces quizá podamos viajar un poco, volver a ver el mar. ¡De veras es magnífico vivir y ser feliz!
(Se oye la campanilla en la antesala.)
SEÑORA LINDE. (Levantándose.) Llaman; será mejor que me vaya.
NORA. No, quédate. No aguardo a nadie; de fijo, es para Torvaldo...
ELENA. (Desde la puerta.) Perdón, señora; hay un caballero que desea hablar con el señor abogado...
NORA. Con el señor director, querrás decir...
ELENA. Sí, señora, con el señor director. Pero como el señor doctor está ahí dentro... no sabía si...
NORA. ¿Quién es ese caballero?
KROGSTAD. (En la antesala.) Soy yo, señora.
(La SEÑORA LINDE, turbada, se vuelve, estremeciéndose, hacia la ventana.)
NORA. (Avanza un paso hacia él, intrigada y dice a media voz:) ¿Usted? ¿Qué hay? ¿Qué quiere hablar con mi marido?
KROGSTAD. Nada; asuntos bancarios... Tengo un modesto empleo en el Banco, y he oído decir que su esposo ha sido nombrado director...
NORA. Pero ¿es que...?
KROGSTAD. Negocios a secas, señora, y nada más.
NORA. Pues haga el favor de entrar por la puerta del despacho. (Saluda con indiferencia y cierra la puerta de la antesala; luego se acerca a ver el fuego de la estufa.)
SEÑORA LINDE. Nora... ¿quién es ese hombre?
NORA. Es un tal Krogstad..., procurador.
SEÑORA LINDE. ¡Ah!, ¿es él?
NORA. ¿Le conoces?
SEÑORA LINDE. Le conocí... hace años. Fue pasante de procurador de nuestro distrito.
NORA. ¡Ah, sí! Ya recuerdo.
SEÑORA LINDE. ¡Qué cambiado está!
NORA. Creo que ha sido desdichado en su matrimonio.
SEÑORA LINDE. Y ahora es viudo, ¿no?
NORA. Sí, con una caterva de hijos. ¡Ya se anima el fuego! (Cierra la portezuela de la estufa y retira un poco la mecedora.)
SEÑORA LINDE. Dicen que se dedica a toda clase de negocios.
NORA. ¡Ah! ¿Sí?... Puede ser; no sé... Pero no pensemos en negocios; es una cosa tan aburrida...



20 de marzo de 1828- Noruega
Dramaturgo y poeta.
Padre del drama realista moderno.
«Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y a la mujer se la juzga según el código de los hombres. [...] Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino».