jueves, 15 de enero de 2015

John Dos Passos no sólo implantó la realidad urbana en su narrativa; también testimonió sobre los horrores de esa realidad.

14 de enero de 1896- Estados Unidos

“Persecución de la felicidad, inevitable persecución… derecho a la vida, a la libertad y… Una noche negra sin luna. Jimmy Herf sube solo por South Street. Detrás de los muelles se alzan en la noche los negros esqueletos de los barcos. “Dios mío, confieso que no sé qué hacer” dice en voz alta. Todas estas noches de abril, mientras paseaba solo por las calles, un rascacielos lo ha obsesionado, un edificio acanalado que se yergue con sus incontables ventanas alumbradas, que cae sobre él desde un cielo barrido por las nubes… Y él da vueltas y vueltas por las calles buscando la puerta del sonoro rascacielos con ventanas de oropel; da vueltas y vueltas y la puerta no aparece. Cada vez que cierra los ojos la visión se apodera de él. Joven, si quieres conservar tu razón tienes que hacer una de estas dos cosas… Por favor, señor, ¿dónde está la puerta de este edificio? ¿A la vuelta? Justo a la vuelta… Una de estas dos inevitables soluciones: marcharse de aquí con una camisa blanda y sucia, o quedarse con el cuello duro y limpio. ¿Pero a qué pasarse la vida entera huyendo de la ciudad de Destrucción?…”



“Es hora de que caiga usted plenamente en la cuenta, usted que está leyendo estas líneas, ya sea hombre o mujer, obrero o empleado de oficina, que si Sacco y Vanzetti mueren en la silla eléctrica a consecuencia de una falsa inculpación basada en un accidente desafortunado, se habrán reducido en igual medida las posibilidades que tendría usted de vivir si en algún momento le detuvieran por culpa de una cadena de circunstancias igualmente desafortunada. La justicia no puede embalsamarse bajo las bóvedas de un juzgado. Hay que trabajar por ella, han de luchar por ella día a día todos los que la quieren para ellos y sus vecinos.”



martes, 13 de enero de 2015

"... tú, Poesía, no me has abandonado un solo instante"- Vicente Huidobro




ARTE POÉTICA


     Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

     Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

     Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

     Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema ;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

     El Poeta es un pequeño Dios.


De El espejo de Agua, 1916


De: http://www.vicentehuidobro.uchile.cl






























Karel Capek, un valiente escritor checo olvidado.




Karel Capek, el visionario

Si la palabra robot existe hoy en el diccionario fue porque él, o mejor dicho, su hermano Josef, la inventó. No tuvo que buscarla mucho: ya estaba en su idioma, robota, que en checo significa 'trabajo' y, más concretamente, 'trabajo duro' o 'trabajos forzados'. En su obra de teatro R.U.R., unos seres creados por el hombre llamados 'robots' eran obligados a realizar trabajos forzados por una sociedad capitalista. El término tuvo éxito y pronto se extendió a todo el género de la ciencia-ficción. Pero no fue ése el único hallazgo del checoslovaco Karel Capek: escribió una de las novelas más desconocidas y más brillantes del siglo XX, La guerra de las salamandras, una finísima ironía sobre el ascenso del nazismo al poder y el desarrollo de las sociedades capitalistas. En 2007 se cumplieron los setenta años del libro y este año se cumplen los setenta de la muerte de Karel Capek, el visionario.

La guerra de las salamandras es una novela de distopía que está a la altura de obras como 1984, de George Orwell, o La Naranja Mecánica, de Anthony Burgess. Es un libro de culto entre los apasionados de la ciencia-ficción con un relato que apasiona tanto a adolescentes como a adultos. Escrito en 1936 y publicado en 1937, lo que pretendía ser una crítica del mundo de su tiempo ha terminado siendo una crítica del mundo de todos los tiempos, en los que imperan la explotación capitalista, el racismo, el odio por lo desconocido, el tráfico de armas y... los abogados.

La novela, dividida en tres partes, es algunas veces absolutamente desternillante y otras veces de una enorme profundidad. Un capitán de barco perdido en el Pacífico y a la búsqueda de perlas preciosas descubre una extraña especie de salamandras que rápidamente muestran su capacidad para aprender del ser humano. Primero se ponen en pie y luego emiten sonidos que terminarán convirtiéndose en palabras, frases e ideas. Las salamandras de esa isla saben hablar.

El hallazgo supone un impacto mediático mundial. Tras la primera sorpresa, los seres humanos deciden aprovecharse de las capacidades de las salamandras para emplear herramientas, hablar y realizar trabajos para convertirlas prácticamente en esclavos. La vorágine capitalista necesita cada vez más y más de estos nuevos esclavos. Los ejércitos también deciden utilizarlas y les enseñan el manejo de las armas.

Pero entre las salamandras comienza a surgir el descontento por la forma en que son tratadas y empiezan a reclamar espacios propios para expandirse. Deciden hundir las ciudades en el mar y rebelarse contra la Humanidad. Cuando los hombres intentan defenderse, las salamandras acuden a... los abogados. Tienen la puerta abierta para hacerse con el control de la Tierra, pero entre ellas también comienzan a existir desavenencias porque han heredado las virtudes, pero también todos los defectos de los seres humanos, como la codicia o la ambición.

Karel Capek realizaba en su novela, en la que no hay un protagonista en concreto, una ácida crítica del ascenso del nazismo en Alemania y de cómo éste haría que el mundo desembocara en un conflicto internacional. En uno de los capítulos narraba cómo los alemanes querían tener su propia raza de salamandras, las 'salamandras arias', que tendrían todas sus virtudes y ninguno de sus defectos.

Pero también arremetía contra el capitalismo salvaje. Los propios Estados que intentaban combatir a las salamandras eran los que, al mismo tiempo, les vendían las armas. Y los mismos abogados cuyas vidas correrían peligro en caso de que las salamandras vencieran eran quienes las defendían ante los tribunales.

Karel Capek había creado una obra maestra de la ciencia-ficción que, sin embargo, poco a poco fue quedando en el olvido porque ese género pronto fue dominado por el mundo anglosajón, pero el libro ha continuado siendo objeto de debates, de clubs de fans y de discusiones en foros de internet. La obra fue reeditada por la editorial Gigamesh en 2003 y ahora vuelve a despertar el viejo interés por los aficionados.

Novelista, productor teatral y dramaturgo, Karel Capek nació en la República Checa en 1890. Estudió en la Universidad de Praga y abogó por mantener a su país como nación neutral durante la I Guerra Mundial. Fue director de un periódico en Praga y creó el teatro de Vinohradsky. Su primera obra teatral, R.U.R. (Rossom's Universal Robots) no tuvo gran éxito en su momento, pero sirvió para acuñar una de las grandes palabras del siglo XX. Hace unos meses, la obra teatral volvió a representarse en los escenarios de París.

La obra era del año 1921, el mismo en que escribió La fábula del Absoluto. Posteriormente escribiría Krakatit y The Makropoulos Secret, en 1925. Dedicaría el año 1936 a escribir La guerra de las salamandras. Karel Capek moriría el Día de Navidad de 1938, sin llegar a comprobar que su profecía de un mundo en total destrucción había sido totalmente exacta.

Hoy, la República venera a quien sin duda es su escritor de ciencia-ficción más importante del siglo XX y una de las grandes plumas que dio el país.

Muchas veces, las amenazas en la ciencia-ficción contra la Humanidad proceden de mundos exteriores ajenos a la Tierra. Capek, sin embargo, sitúa esa amenaza en una especie que habita en el mismo planeta. En realidad, sus salamandras representan la aparición de movimientos radicales dentro de la propia sociedad, que primero se aprovecha de ellos para explotarlos, luego alienta sus derechos y, finalmente, es dominada por ellos. Eso mismo vio Capek que estaba sucediendo con el nazismo en Alemania y, a partir de su alegoría, alertó sobre el inminente peligro que se cernía sobre Europa. Pero también toca en su novela muchos otros aspectos de la conducta humana que pueden llevarla al borde de la destrucción si son alimentados: la explotación salvaje, la codicia, la forma de no respetar al otro como igual y de considerarlo un ser inferior.

La novela tiene la particularidad, además, de que está escrita con estilos narrativos muy diferentes (hay incluso una carta escrita en chino), sin personajes protagonistas concretos y hasta con un diálogo final del escritor consigo mismo sobre cómo debe terminar la obra. Eran las ocurrencias geniales de un autor hoy prácticamente desconocido que sigue siendo un total visionario en el siglo XXI. Y seguirá...


De: http://www.granadahoy.com




viernes, 9 de enero de 2015

Glenda Cal, una visión intimista de la escritura.

Los convencionalismos son los sostenes de peligrosos estereotipos que no nos permiten evolucionar como sociedad ni como individuos.
“¡Zapatero, a tus zapatos!” sería el refrán que mejor se acerca a uno de ellos, ése que establece aún hoy - después de la infinita revolución representada por Einstein-que un científico no puede transpasar las fronteras de su hemisferio regulador para manifestarse como ser completo y capaz también de expresar sus emociones a través de la creatividad.

Sin embargo, va aumentando progresivamente la cantidad de exponentes que prueban la falacia de tópico tan arcaico. Arcaico y funcional a diversos intereses.

Desde este Centro, estamos teniendo la oportunidad de comprobar, cada vez más intensamente, la rebelión todavía callada pero contundente de much@s personas que no se someten ya a esa forma de domesticación del “zapatero, a tus zapatos”. Much@s son l@s obrer@s y l@s profesionales “desobedientes”, porque el Arte, esa chispa de trascendencia, es marca de nuestra vulnerable condición humana.

Pero, ¿qué tal si señalamos un punto en la línea del tiempo que nos remonte a muchas décadas atrás, cuando había que crear, cuando había que escribir casi a escondidas, porque... “cómo un escribano o un albañil van a practicar semejantes sandeces, cuestiones de gente haragana, de vagos soñadores”. Y para subrayar esta discriminación, recordemos cómo, en sentido inverso,  Felisberto Hernández fue marginado por no proceder de las filas universitarias.

De aquellas décadas procede una obra que tenemos hoy el gusto de compartir: “Lo mío”, de Glenda Cal.


Glenda es actualmente una profesional retirada. Ejerció la Odontología durante más de treinta años. Gestó una prolífica familia. Y, entre tratamientos de conductos y lavado de pañales o control de los deberes escolares, halló tiempo para registrar espontáneamente los vaivenes de su mundo interior. Necesitaba ese espejo, ese cofre invisible de dolores y esperanzas, ese íntimo guante para tocarse el alma.

No hubo nunca pretensión de exponer públicamente esa otra parte de su ser. Sólo que, con la serenidad que conlleva el retiro, entendió que su familia tenía derecho a conocer a esa otra Glenda insospechada; en suma: la Vida rindiendo homenaje a la Vida.

Y así, sin protocolos, con la sencillez de los actos solemnes que cada día nos ofrece la existencia, así fue rendido ese tributo de Amor.









Muy interesante nos pareció esta prueba de una escritura despojada de los afanes del protagonismo o de la fama. No sólo se escribe para figurar en la portada de algún medio o para recibir pasajera adulación. 


Entre todas las posesiones materiales, la escritura bien puede ser el único bien propio, aunque adolezca de esa incompletud real que media entre la palabra y el siempre ignoto inconsciente. Pero hay quienes se atreven a hundir la mano en su oscuridad para atrapar el jirón, la lasca, la gotita de sangre o de agua, y reconocer “lo mío”, como con total certeza interpretó Glenda Cal.

Glenda, admiramos en ti
la paciente y valerosa actitud de autocontemplación,
la humildad de custodiar esa imagen sin maquillaje,
el compromiso de legarla con la autenticidad propia
de los seres dignos.










































miércoles, 7 de enero de 2015

“La biblioteca es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo» - Umberto Eco









"Las Corrupciones" de Jesús Torbado


4 de enero de 1943- España
Escritor y periodista.



Jesús Torbado construyó su libro “Las Corrupciones” - premio Alfaguara en el 65 - sobre la teoría de que tres son los conceptos que primero se corrompen en el ser humano: la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.

Me acuerdo que este libro, escrito en París por un joven de 22 años, fue casi un libro de cabecera para los de mi generación, para aquella juventud idealista y a veces existencialista que leía a Marx, a Sartre, a Camus, a Faulkner y a Kafka y pasaba las tardes de los domingos en los cine-clubs de los Colegios Mayores viendo complicadas películas, algunas en versión original, de directores como Buñuel, Bergman, Visconti, Truffaut o Chabrol y que obligaban a exprimirse el intelecto para luego, al término de la proyección, poder exponer una parrafada brillante en los coloquios que seguían a la misma.

Todo estaba cambiando en aquellos años y sin embargo, parecía que nada cambiaba. Existía algo parecido al gatopardismo, la teoría del autor de “El gatopardo”, Tomasi di Lampedusa, cuando escribía que: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", solo que nosotros percibíamos que la realidad existente era: "cambiemos algo para que nada cambie".

“Las Corrupciones” fue un libro que indicaba el cambio; el cambio que todos estábamos experimentando aunque no nos apercibiéramos de ello. Muchos de nuestros esquemas o creencias se estaban mutando y formábamos una generación que transmitía de unos a otros, en plan “Fahrenheit 451”, los modelos y los ideales para cambiar el mundo que nos rodeaba pero también, las decepciones que íbamos sufriendo durante el camino.

Evidentemente lo primero que se nos había corrompido era la fe en Dios, porque a Él no lo necesitábamos ya para iniciar nuestro nuevo modelo de vida; al contrario, era un freno para nuestro desarrollo del subconsciente.

La fe en los hombres, en algunos hombres, fue nuestro motor, el motor que impulsaría unos años después los grandes movimientos estudiantiles que agitarían las grandes ciudades de Europa (Paris, Praga, etc). En esos primeros momentos solo se nos había corrompido la fe en los hombres que marcaban los destinos políticos de nuestros países y la fe en nuestros padres. Con los años, la fe en los nuevos hombres elegidos se corrompió a la misma velocidad que se fueron corrompiendo estos.

La fe en nosotros mismos, la necesitábamos para continuar avanzando sobre el modelo de vida proyectado y para apoyar a los hombres que cambiarían el mundo. Con el tiempo descubrimos que nuestras posibilidades eran limitadas, unas veces por nosotros mismos y otras por los escollos colocados por los elegidos. La corrupción de la fe en nosotros mismos dio lugar al conocimiento de nuestro yo y a la búsqueda de nuestro rincón en el mundo en el que organizar el tiempo futuro de vivir.

Después, a lo largo de la vida, hemos ido perdiendo la fe en muchas más ideas aparte de las citadas. Desgraciadamente, la corrupción es una constante que asoma su desagradable rostro en todas las actividades del hombre.

Se corrompe el amor cuando falta el deseo o el dinero. Se corrompe el proyecto ambicioso por culpa del precio de la “mordida”. Se corrompe la ayuda solidaria por la ambición del intermediario corrupto. Se corrompen los políticos, sean de la ideología que sean, cuando el dinero llama a su puerta.

Ahora que tanto se habla de corrupción y nos desayunamos y nos acostamos con la palabra metida en el coco, la sociedad necesita un vendaval que se lleve por los aires, igual que a las hojas secas, a todos los mentirosos, chorizos, oportunistas y trapicheros que nos corrompen el alma. Que se los lleve el viento.



De: http://elpresley.blogspot.com