martes, 2 de diciembre de 2014

"Culpable de alta traición"... ¿Por anarquista?

ERNST TOLLER
1º de diciembre de 1893- Alemania
Militante político que, en la cárcel,
se convirtió en uno de los más relevantes
escritores expresionistas.
Desde su juventud ya tiene una destacada participación en la vida política. Se inscribió en el Partido Socialista. En 1919 con la revolución del Baviera ocupa la presidencia del comité central de obreros, campesinos y soldados. En consecuencia es condenado a prisión. En los cinco años que permanece encarcelado escribe "El libro de las golondrinas" y "El día del proletariado: réquiem por los hermanos asesinados". Seguidor del expresionismo, de sus obras teatrales hay que mencionar "La metamorfosis", "Hombre masa", y "Los destructores de máquinas", entre otras.

De: http://www.artehistoria.jcyl.es











30 de Enero de 1922

A Tessa

Es terrible estar abandonado, día tras día, a los monótonos y siempre repetidos ruidos de esta casa. Las paredes son tan delgadas que se filtran, para penetrar en uno, los ruidos que vienen desde las celdas situadas por encima y al lado y por debajo de uno. Los ruidos en los pasillos, el tintineo de los llaveros, los crujidos de las pesadas puertas enrejadas, el pasar lista de los carceleros, el cerrar de golpe las puertas, el taconear de clavadas botas en las losas, o más terrible aún, el arrastrar sutil de las suelas de goma.
Día tras día, nos estrangulan las cadenas de ruidos disonantes. En el primer año, mi voluntad fue capaz de defenderse, con levísimo esfuerzo, contra todos los ruidos, y lograr que mi celda se apartara de la tierra bulliciosa, cual una isla donde reina el silencio. En el segundo año, resultó ya más difícil— en psicología dicen: el límite inferior de la excitabilidad desciende. En el curso del tercer año, llegó el día en que, desamparado, sentí cada ruido como un latigazo en mi cabeza atormentada.
Cada vez me cuesta mayor esfuerzo hasta que logro supeditar la multitud de sonidos hostiles y los elimino de mi conciencia. ¡Cuánta energía gastan los nervios en esta labor!
La inesperada respuesta negativa a mi solicitud de licencia hizo que recogiera mis últimas fuerzas; rechazando toda asistencia médica, comencé a hacerme médico por mí mismo. Cada mañana, de las siete a las ocho y media hago ejercicios físicos bajo la dirección de un camarada que fue entrenador de un club deportivo de Munich. Muchos ejercicios respiratorios; después de los ejercicios, fricciones con agua fría. Mi cuerpo estuvo por desplomarse; ahora tengo la esperanza de salir de esta casa sin lesiones considerables.
La lucha de los unos contra los otros ha venido apaciguándose: por cansancio, por resignación, por comodidad. No me atrevo a decir: por juicio. El sectarismo y la intolerancia presuntuosa son tan fuertes como antes.
Un ejemplo: me dicen que un compañero sale de la prisión. Debido a una resolución de los "revolucionarios verdaderamente puros", él no debía hablamos a los demócratas-socialistas independientes. (En la prisión, dicho sea de paso, la fracción del P.C. se compone de sectores derechos, semiderechos, semiizquierdos e izquierdos). Me acerco a él y extendiendo la mano le digo: — Pues, querido, me dicen que vas a dejarnos. Te deseo mucha felicidad. El, receloso, mira en torno suyo, se pone rojo y, cortado, tartamudea -Perdona... pero... aquí, en el patio, no puedo darte la mano... Si los compañeros lo viesen... Comprendes... No tengo nada contra ti... afuera te daré siempre la mano... aquí... aquí... los compañeros podrían delatar a la "central" que hablé con Toller, y que soy íntimo de él... seguro que... me comprendes.
Sonreí-triste y compasivo a la vez. Una revolución que, en vez de hombres libres y responsables de sí mismos, engendró a funcionarios de secta, “frailucos”, "lacayos de una orden" (sin la espiritualidad de las órdenes católicas), oficiales subalternos de un partido con observancia "a lo Potsdam".

De: Siete cartas de la Prisión

De: http://cdigital.uv.mx/bitstream



“El suicidio de Ernst Toller en 1939 en los Estados Unidos clausura y cierra los ideales de llegar a construir una sociedad humanizada. Toller perteneció a una generación de supervivientes. Una juventud que envejeció y murió prematuramente en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Para esta generación, angustia y rebeldía estuvieron unidas. Angustia ante la irracionalidad de la guerra, rebeldía ante la opresión de una sociedad en la que la obediencia y la subordinación habían convertido en un cuartel los escenarios sociales. Todo quedó militarizado en una Alemania que en los comienzos del siglo XX se adentraba poco a poco en los horrores de la Segunda Guerra. Terrores que se preludiaban ya en el Volkgeits de la Literatura que cierra el siglo XIX con el movimiento de la "joven Alemania" y el final de los ideales del Clasicismo y el Romanticismo de Schiller y Goethe (FRIEDERICH, 1973)”.




“Todo lo que soy” es la primera novela de la autora Anna Funder. Experta en el periodo de entreguerras, trabaja como abogada especializada en asuntos internacionales. Su dilatada experiencia como investigadora, lectora y escritora, se refleja en su obra más reciente, donde los ingredientes más atractivos de la literatura confluyen con acierto y elegancia.

La amistad de Funder con una de las protagonistas de la novela (Ruth Wesemann) no sólo ha servido como inspiración para la redacción de ésta, sino para insuflar vida a personajes históricos que primero fueron silenciados por el nazismo y, posteriormente, por el olvido.

Los personajes que aparecen a lo largo de la novela fueron, en su mayoría, individuos reales que interfirieron en la política alemana y mundial con el propósito de cambiar las cosas. Uno de los indudables protagonistas no es otro que Ernst Toller, emblema del nuevo mundo después de la Primera Guerra Mundial. Excombatiente, creía que lo único importante que podría hacer en la vida sería librarnos de la masacre a la que nos subyugan los conflictos bélicos y violentos. El periodo que pasó encarcelado por oponerse al régimen le sirvió para trasladar su experiencia personal y sus ideales a obras de teatro y poemas. Más tarde, al igual que Dora, Ruth y Hans (marido de Ruth), se vio obligado a abandonar Alemania, so pena de volver a ser encarcelado en el mejor de los casos.


Fragmentos extractados de: El Mar de Tinta



lunes, 1 de diciembre de 2014

Mucho antes de Virgilio Piñera, "la carne" ya se había infiltrado en la literatura.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.



Fragmento de: Una modesta proposición, de Jonathan Swift

De: CiudadSeVa.com

30 de noviembre de 1667- Irlanda




"Honestidad: la mejor de todas las artes perdidas"- Mark Twain


Samuel Langhorne Clemens o Mark Twain
30 de noviembre de 1835

[Yo solía ser] un encendido imperialista. Quería que el águila norteamericana fuera gritando sobre el Pacífico. ¿Por qué no desplegar sus alas sobre las Filipinas, me preguntaba?... Me decía a mí mismo, aquí hay un pueblo que ha sufrido durante tres siglos. Podemos hacer que sean tan libres como nosotros, darles un gobierno y un país propios, poner una miniatura de la Constitución de los Estados Unidos flotando en el Pacífico, comenzar una flamante nueva república que ocupara su lugar entre las naciones libres del mundo. Me parecía una gran tarea a la cual nos habíamos dedicado.
Pero he pensado un poco más, desde entonces, y he leído con cuidado el Tratado de París [que puso fin a la guerra hispano-estadounidense], y he visto que no tenemos la intención de liberar, sino de subyugar al pueblo de las Filipinas. Hemos ido allí a conquistar, no a liberar.
Debería ser, creo yo, nuestro placer y deber el hacer a aquella gente libre, y dejar que traten sus cuestiones domésticas a su manera. Y por eso soy antiimperialista. Estoy en contra de que el águila ponga sus garras en cualquier otra tierra.

En: New York Herald

De: Wikipedia









El "cocoliche" en las obras del dramaturgo Roberto Cossa



30 de noviembre de 1934- Argentina
dramaturgo













(Chilo se pone a leer el diario. Pausa. El Abuelo toca "Canzoneta ".)

ABUELO– Agarrábamo por Almirante Brown con don Pacual e no íbamo a la Vuelta de Rocha. ¿Te acorda de la Vuelta de Rocha, Chilo?
CHILO– Sí, papá, sí...
ABUELO– E mirábamo el Tevere.
CHILO– El Tíber, no. Eso es acá. El... (Se detiene.) El... (Se va asustando.) ¿Cómo se llama? El... ¡Pero carajo!
ABUELO– El Tevere...
CHILO– (Furioso.) ¡No... eso es acá! E... el... (Hace un gesto de impaciencia.) ¡Pero!... Frente a la Vuelta de Rocha... del otro lado está Avellaneda... los barcos... Quinquela Martín... ¡Carajo! (Contento.) ¡El arroyuelo!
ABUELO– Eco... el Riachuelo... e dopo el Castello de Santangelo...
CHILO– El Riachuelo...
(El Abuelo se pone a tocar "Canzoneta". Lentamente Chilo se va colocando el poncho que Lucía arrojó al suelo y va hacia el salón del restaurante.)
CHILO– (Desde la puerta que da al salón, resignado.) Comendatore . . . ¿Cosa vuole?

(Chilo sale hacia el salón. El Abuelo queda solo.)

ABUELO–Cucá osté, don Pacual. Spada e triunfo. Termenamo el partido e dopo no vamo a piazza Venechia, ¿eh? Agarramo por Almirante Brown... cruzamo Paseo Colón e no vamo a cucar al tute baco lo árbole. Cuando era cóvene, sempre iba al Parque Lezama. Con el mío babbo e la mía mamma... Mi hermano Anyelito... Tuto íbamo al Parque Lezama... E il Duche salía al balcón... la piazza yena de quente. E el queneral hablaba e no dicheva: "Descamisato... del trabaco a casa e de casa al trabaco". E eya era rubia e cóvena. E no dicheva: "Cuídenlo al queneral". E dopo el Duche preguntaba: "¿Qué volete? ¿Pane o canune?" E nosotro le gritábamo: "Leña, queneral, leña queneral". (Toca acordes de "Canzoneta". ) Ma... dopo me tomé el barco. E el barco se movía e el mío hermano Anyelito mi dicheva: "A la Aryentina vamo a fare plata... mucha plata... E dopo volvemo a Italia". (Ríe.) Así dicheva mi hermano Anyelito, que Dio lo tenga en la Santa Gloria. Una tarde de sol se cayó del andamio.(Toca y canturrea.) "Canzoneta gri de ausenchia, cruel malón de pena vieca escondida en la sombra de mi alcohol... Soñé Tarento, con chien regreso..." ¿Cuándo vamo a volver a Italia, don Pacual? ¿Cuándo vamo a volver a Italia?


Fragmento final de: GRIS DE AUSENCIA de Roberto Cossa




sábado, 29 de noviembre de 2014

Pere Quart: militante catalán en la Guerra Civil.

29 de noviembre de 1899- Barcelona
Escritor y traductor.


Codicilo de poeta


Os lego, amigos, sencillamente,
los tres humildes quehaceres de siempre:
vivir (y comer) con decoro cada día;
si podéis, encauzar codicia y lujuria;
pensar ( creer o dudar )
en la certeza y las hipótesis
de la muerte de la carne
y la vida nueva del alma.

No hay nada más que hacer; y ya basta.
El resto es literatura.

De "Vacaciones pagadas" 1959
Versión de José Batlló



Espero, sospecho, temo, quisiera


Espero que no me mire,
               que no me vea.

Sospecho que está siempre,
                     que no falla,
                     que me tiene fichado,
                     que no hay escapatoria.

Temo que me amenace,
             que me riña,
             que me castigue,
             o que me espíe,
             y me siga.

Me desazonan los misterios
                              los oráculos,
                              los enigmas,
                              los dones, los privilegios,
                              los éxtasis.

Las ceremonias me desasosiegan:
                                 el culto,
                                 la nube sacra.

Y quisiera sentirlo y verlo
                      hablarle, entenderlo,
                      servirlo como un hombre
                      siempre.

 Quisiera que me tomara de una vez
                   o que me mudase en hoja,
                   en cosa pura, estúpida
                   en silencio o aire,
                   en piedra,
                   en átomo,

de su reino total.

Quiero amor o calma.

De "Vacaciones pagadas" 1985
Versión de José Batlló


De: amediavoz.com




"Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios"- C. S. Lewis




Más adelante entraron en un cuarto casi vacío. Sólo había un gran ropero con espejos en las puertas. Allí no encontraron nada más, excepto una botella azul en la repisa de la ventana.
—¡Nada por aquí! —exclamó Pedro, y todos los niños se precipitaron hacia la puerta para
continuar la excursión. Todos menos Lucía, que se quedó atrás. ¿Qué habría dentro del armario?
Valía la pena averiguarlo, aunque, seguramente, estaría cerrado con llave. Para su sorpresa, la puerta se abrió sin dificultad. Dos bolitas de naftalina rodaron por el suelo.
La niña miró hacia el interior. Había numerosos abrigos colgados, la mayoría de piel. Nada le gustaba tanto a Lucía como el tacto y el olor de las pieles. Se introdujo en el enorme ropero y caminó entre los abrigos, mientras frotaba su rostro contra ellos. Había dejado la puerta abierta, por supuesto, pues comprendía que sería una verdadera locura encerrarse en el armario. Avanzó algo más y descubrió una segunda hilera de abrigos. Estaba bastante oscuro ahí adentro, así es que mantuvo los brazos estirados para no chocar con el fondo del ropero. Dio un paso más, luego otros dos, tres... Esperaba siempre tocar la madera del ropero con la punta de los dedos, pero no llegaba nunca hasta el fondo.
—¡Este debe ser un guardarropa gigantesco! —murmuró Lucía, mientras caminaba más y más adentro y empujaba los pliegues de los abrigos para abrirse paso. De pronto sintió que algo crujía bajo sus pies.
«¿Habrá más naftalina?», se preguntó.
Se inclinó para tocar el suelo. Pero en lugar de sentir el contacto firme y liso de la madera, tocó algo suave, pulverizado y extremadamente frío. «Esto sí que es raro», pensó y dio otros dos pasos hacia adelante.
Un instante después advirtió que lo que rozaba su cara ya no era suave como la piel sino duro, áspero e, incluso, clavaba.
—¿Cómo? ¡Parecen ramas de árboles! —exclamó.

Entonces vio una luz frente a ella; no estaba cerca del lugar donde tendría que haber estado el fondo del ropero, sino muchísimo más lejos. Algo frío y suave caía sobre la niña. Un momento después se dio cuenta que se encontraba en medio de un bosque; además era de noche, había nieve bajo sus pies y gruesos copos caían a través del aire.

Clive Staples Lewis
29 de noviembre de 1898- Irlanda
Académico, escritor y locutor.




viernes, 28 de noviembre de 2014

José Asunción Silva crió su poesía en un almacén.

27 de noviembre de 1865- Colombia
Precursor del Modernismo.

Terminado el bachillerato, el futuro poeta hubo de atender el almacén familiar.

Cuenta Enrique Santos Molano, autor de la biografía más completa que se ha escrito sobre el poeta: "José Asunción Silva armó detrás del mostrador un laboratorio imponderable de observación social y psicológica. Examinaba con penetración rigurosa las personas que entraban de compras, de mirones o de visitantes a R. Silva; espiaba sus gestos, estudiaba sus gustos, procesaba sus opiniones, acechaba sus peculiaridades, sus virtudes, sus defectos, y los anotaba en su memoria de ordenador y en un cuaderno. Detrás del mostrador acrecentó sus conocimientos, devoró cantidades de libros y procuró mantenerse informado de los movimientos literarios, artísticos y políticos de Europa".

Don Ricardo Silva falleció la noche del 1 de junio de 1887, en la casa 93 de la calle 12. Pero no fue solamente la triste pérdida lo que ensombreció y transformó totalmente el ambiente familiar; al asumir José Asunción la dirección de los negocios paternos, descubrió que hasta entonces su familia había vivido en una falsa bonanza, basada en créditos respaldados únicamente en la confianza que los acreedores tenían en don Ricardo y que tal vez no era ''heredable''.

Pero el poeta no se amilanó: decidió renovar el negocio y diversificarlo, invirtiendo en tierras cafeteras, abriendo una sucursal de R. Silva e Hijo llamada Almacén de Cuelgas, y revolucionando la publicidad con poemas-anuncio o bien con enormes letreros nunca vistos en los diarios capitalinos. No obstante, el poeta no escatimó esfuerzos para revivir la antigua prosperidad: escribió cartas hasta de 103 páginas a los acreedores; cambió mercancía por las deudas contraídas e incluso escribió un cuento para promocionar los pianos Apollo con sordina que él vendía.

De: http://www.biografiasyvidas.com



VEJECES


Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
són de laúd, y suavidad de raso.
¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!



A UN PESIMISTA


Hay demasiada sombra en tus visiones,
algo tiene de plácido la vida,
no todo en la existencia es una herida
donde brote la sangre a borbotones.
La lucha tiene sombra, y las pasiones
agonizantes, la ternura huída,
todo lo amado que al pasar se olvida
es fuente de angustiosas decepciones.
Pero, ¿por qué dudar, si aún ofrecen
en el remoto porvenir oscuro
calmas hondas y vívidos cariños
la ternura profunda, el beso puro
y manos de mujer, que amantes mecen
las cunas sonrosadas de los niños?






William Blake: poeta-pintor, pero también un precursor en la defensa de los derechos de la mujer.




28 de noviembre de 1757- Inglaterra


miércoles, 26 de noviembre de 2014

“¡Oh, palabras, cuántos crímenes se cometen en vuestro nombre!”- Eugenio Ionesco











Escena IV  (fragmento) y Escena V de 
La Cantante Calva

SR. MARTIN (pensativo):
– ¡Qué curioso, qué curioso, qué curioso y qué coincidencia! Sepa usted que en mi dormitorio tengo una cama. Mi cama está cubierta con un edredón verde. Esa habitación, con esa cama y su edredón verde, se halla en el fondo del pasillo, entre los retretes y la biblioteca, estimada señora.

SRA. MARTIN:
– ¡Qué coincidencia, Dios mío, qué coincidencia! Mi dormitorio tiene también una cama con un edredón verde y se encuentra en el fondo del  pasillo, entre los retretes y la biblioteca, mi estimado señor.

SR. MARTIN:
– ¡Es extraño, curioso, extraño! Entonces, señora, vivimos en la misma habitación y dormimos en la misma cama, estimada señora. ¡Quizá sea en ella donde nos hemos visto!

SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso y qué coincidencia! Es muy posible que nos hayamos encontrado allí y tal vez anoche. ¡Pero no lo recuerdo, estimado señor!

SR. MARTIN:
– Yo tengo una niña, mi hijita, que vive conmigo, estimada señora. Tiene dos años, es rubia, con un ojo blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama Alicia, mi estimada señora.

SRA. MARTIN:
– ¡Qué extraña coincidencia! Yo también tengo una hijita de dos años con un ojo blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama también Alicia, estimado señor.

SR. MARTIN (con la misma voz lánguida y monótona:
– ¡Qué curioso y qué coincidencia! ¡Y qué extraño! ¡Es quizá la misma, estimada señora!

SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso! Es muy posible, estimado señor. Un momento de silencio bastante largo... El reloj suena veintinueve veces.

SR. MARTIN (después de haber reflexionado largamente, se levanta con
lentitud y, sin apresurarse, se dirige hacia la señora MARTIN, quien,
sorprendida por el aire solemne del señor MARTIN, se levanta también,
muy suavemente; el señor MARTIN habla con la misma voz rara,
monótona, vagamente cantante):
– Entonces, estimada señora, creo que ya no cabe duda, nos hemos visto
ya y usted es mi propia esposa... ¡Isabel, te he vuelto a encontrar!

SRA. MARTIN (se acerca al señor MARTIN sin apresurarse. Se abrazan sin expresión. El reloj suena una vez, muy fuertemente. El sonido del reloj debe ser tan fuerte que sobresalte a los espectadores. Los esposos MARTIN no lo oyen).

SRA. MARTIN:
– ¡Donald, eres tú, darling!

Se sientan en el mismo sillón, se mantienen abrazados y se duermen. El reloj sigue sonando muchas veces. MARY, de puntillas y con un dedo en los labios, entra lentamente en escena, y se dirige al público.


ESCENA V
Los mismos y MARY

MARY:
– Isabel y Donald son ahora demasiado dichosos para que puedan oírme. Por lo tanto, puedo revelarles a ustedes un secreto. Isabel no es Isabel y Donald no es Donald. He aquí la prueba: la niña de que habla Donald no es la hija de Isabel, no se trata de la misma persona. La hijita de Donald tiene un ojo blanco y otro rojo, exactamente como la hijita de Isabel. Pero en tanto que la hija de Donald tiene el ojo blanco a la derecha y el ojo rojo a la izquierda, la hija de Isabel tiene el ojo rojo a la derecha y el blanco a la izquierda. En consecuencia, todo el sistema de argumentación de Donald se derrumba al tropezar con ese último obstáculo que aniquila toda su teoría. A pesar de las coincidencias extraordinarias que parecen ser pruebas definitivas, Donald e Isabel, al no ser padres de la misma criatura, no son Donald e Isabel. Es inútil que él crea que ella es Isabel, es inútil que ella crea que él es Donald: se equivocan amargamente. Pero ¿quién es el
verdadero Donald? ¿Quién es la verdadera Isabel? ¿Quién tiene interés en que dure esa confusión? No lo sé. No tratemos de saberlo. Dejemos las cosas como están. (Da algunos pasos hacia la puerta y luego vuelve y se dirige al público.) Mi verdadero nombre es Sherlock Holmes. Sale

26 de noviembre de 1912- Rumania
Innecesario agregar más datos para reconocer su relevancia.




Clausurar este Club es responsabilidad de tod@s.
























De: Osvaldo Guayasamín

viernes, 21 de noviembre de 2014

"Todas las situaciones de conflicto producen buenos escritores. Pero si eres un buen escritor, también puedes escribir una buena historia sobre un canario en su jaula”- Nadine Gordimer

20 de noviembre de 1923- Unión Sudafricana

Un hallazgo


Que se las lleve el diablo.
Un hombre que había tenido mala suerte con las mujeres decidió vivir solitario por un tiempo. Dos veces se había casado por amor. Despejó la casa de cuanto de alguna manera se le había escapado a su abnegada segunda esposa cuando se largó con las posesiones favoritas que juntos habían coleccionado -cuadros, cristal fino, hasta los mejores vinos sacados de la cava-; botó los libros en cuya guarda la primera mujer había escrito, amorosa, su nuevo nombre de casada. En seguida se fue de vacaciones sin llevar consigo a ninguna mujer. Por primera vez, que pudiera recordar.

Pero aquellas rameras y vagabundas de quienes se creyó enamorado habían resultado tan infieles como las honestas esposas que juraron quererlo eternamente.

Se fue solo a un balneario donde las rocas lanzaban el mar hacia arriba en forma de abanicos ásperos y la marea siseaba y se chupaba las charcas. No había arena. Sobre piedras, semejantes a confites hirvientes, a rayas, punteadas o estriadas, la gente -las mujeres- se acostaba en colchonetas descoloridas por la sal y se acariciaba con aceites aromáticos. Aquel año llevaban el cabello recogido y sujeto por gorros elásticos de flores artificiales, o chorreaba suelto -al salir del agua con cuentas cristalinas como joyas sobre sus brillantes miembros- y cogido por hebillas doradas que intercambiaban señales luminosas con las candongas que formaban un aro en sus orejas. Los senos iban desnudos y sobre el pubis vestían triángulos invertidos de tela fosforescente, asegurados por un cordón que subía por la división entre las nalgas, para encontrarse con dos cordones que bajaban del vientre y las caderas. En su línea de visión, mientras se alejaban hacia el mar, parecían totalmente desnudas; cuando subían del mar, acezando de placer, en dirección a su línea de visión, sus pechos danzaban y se colgaban al agacharse; reían mientras recogían toallas, peines y bronceador. Los cuerpos de algunas tenían diseños parecidos a telas estampadas: listones y parches blancos o rojos donde la ropa había tapado algunos trozos de sus cuerpos de la llameante inmersión en el sol. Otras tenían los pezones en carne viva, como fresas, y se podía observar que a duras penas soportaban tocarlos con bálsamo. Había hombres, pero él no los veía. Cuando cerraba los ojos y oía el mar alcanzaba a oler a las mujeres -el aceite.

Nadaba mucho; adentrándose en la serena bahía, entre surfistas crucificados contra sus vistosas velas, o más cerca a la orilla, donde la espuma le golpeaba la cabeza bajo aludes de aguas blancas. Un cardumen de madres jóvenes andaba con sus infantes por las aguas poco profundas. Desnudos, apoyados contra su carne blanda, los niños se aferraban a ellas, tan recientemente separados de allí que parecían aún formar parte de aquellos cuerpos femeninos en los que habían sido sembrados por varones como él. Se acostaba sobre las piedras a secarse. Le gustaba su roce duro y se retorcía para ajustar sus huesos a ellas, hundiéndolos con sus movimientos hasta que lograba acomodarlos en las depresiones, de suerte que las curvas de su cuerpo, más que ofrecer resistencia, fuesen recibidas por ellas. Dormía, y despertaba para ver piernas afeitadas pasar junto a su cabeza -mujeres-. Gotas desprendidas de los cabellos mojados de aquellas caían sobre sus hombros cálidos. A veces se encontraba nadando bajo el agua, debajo de ellas, y su cuerpo de piel áspera pasaba rozándolas, como un tiburón.

Como suelen hacer los hombres cuando están solos, echaba piedras al mar, recordando -recuperando- el arte de lograr hacerlas besar la superficie saltando. Acostado boca abajo fuera del alcance de los últimos arroyuelos, colaba puñados de piedras pulidas por el mar, entresacaba algunas y, de cerca, comenzaba a verlas como los adultos han dejado de ver: como un niño mira y remira una flor, una hoja o una piedra, siguiendo sus vetas aluviales, sus fragmentos de color misteriosos, las placas de mica allí sepultadas, sintiendo (lo hacía) su forma de huevo o de rombo, pulida por la mano aceitosa y acariciadora del mar.

No todas las piedras eran en realidad piedras. Había óvalos ambarinos aplanados que el océano, tallador de gemas, había pulido a partir de botellas de cerveza quebradas. Había cabujones de vidrios azules y verdes (otra botella ahogada) que podrían haber pasado por aguamarinas o esmeraldas. Los niños los recogían en gorras o en baldes. Y una tarde, entre tales tesoros, mezclados con trozos de espuma de estireno -desechos de barcos de carga-, y con otras echazones que se arrojan al mar y flotan de nuevo para ser botadas otra vez en las playas de todo el mundo, encontró en las piedras con las que ocupaba una mano, como un monje que pasa las cuentas de su camándula, un auténtico tesoro. Entre los pedruscos de vidrio de color había un anillo de diamante y zafiro. No estaba sobre la superficie de la playa pedregosa, así que era evidente que ninguna mujer lo había dejado caer aquel día. Alguna querida, algún tesoro del hombre rico (o alguna esposa oculta), al zambullirse desde un yate, allá lejos, con sus joyas puestas mientras se iba despojando con elegancia de otros ropajes, debió sentir que uno de los anillos se le resbalaba del dedo por acción del agua. O no lo sintió, solo lo percibió al regresar a cubierta, y corrió a buscar la póliza de seguros, mientras el mar arrastraba el anillo cada vez más hondo; y luego, cansándose de él con el correr de los días, de los años, y empujándolo con lentitud, lo echó afuera, y lo tiró a tierra. Era un anillo hermoso. Un zafiro, largo y oblongo, circundado de chispas redondas; y a lado y lado de este brillante montículo, un diamante tallado en forma de baguette que servía de puente a un círculo grabado.

Aunque lo había sacado de una profundidad de más de seis pulgadas mientras excavaba con sus dedos al azar, miró a su alrededor, como si la dueña tuviera que estar allí, de pie, encima de él.

Pero ellas se estaban embadurnando, estaban secando a los infantes con las toallas, se depilaban las cejas observándose en espejos diminutos, estaban sentadas con las piernas cruzadas y los senos apoyados sobre las mesas bajas donde el mesero del restaurante había colocado sus ensaladas y botellas de vino blanco. Subió al restaurante a llevar el anillo: tal vez alguien hubiese informado de una pérdida. La administradora se echó hacia atrás, como si un reducidor le hubiese estado ofreciendo bienes robados. Es valioso. Llévelo a la policía.

La sospecha despierta la atención; tal vez hubiera, en este lugar extranjero, algún motivo para sospechar, aun de la policía. Si nadie reclamaba el anillo, alguno de los lugareños se lo embolsillaría. Así pues, qué importaba -y lo echó en su propio bolsillo, o mejor, en la bolsa donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, las llaves del carro y las gafas de sol. Y regresó a la playa, a acostarse otra vez sobre las piedras, entre las mujeres. A pensar.

Puso un aviso en el periódico local: Hallado anillo en la Playa Horizonte Azul, el martes primero, junto con el teléfono y el número de su habitación en el hotel. La administradora tenía razón: hubo muchas llamadas.

Algunas de hombres que aducían que, en efecto, sus esposas, madres o novias habían de veras perdido un anillo en aquella playa. Cuando les pedía que lo describieran corrían el albur: un anillo de diamante. Pero cuando los presionaba, pidiéndoles más detalles, solo les quedaba la mentira. Si una voz de mujer era lisonjera, congraciadora (incluso llorosa a veces), identificable como la de una estafadora de mediana edad, colgaba en el momento en que ella intentaba describir su anillo perdido. Pero si la voz era atractiva y a veces claramente juvenil, suave, aun vacilante en su mentirosa osadía, le pedía a su dueña que viniera al hotel a reconocer el anillo.

Descríbalo.

Las sentaba cómodamente frente al balcón abierto para que la luz del mar indagara en sus rostros. Solo una lo convenció de haber de veras perdido un anillo; lo describió en detalle y se marchó, apesadumbrada por haberlo molestado. Otras -algunas bastante atractivas o incluso muy, muy bonitas, vestidas para seducir- se habrían conformado con un resultado diferente de la visita si no lograban salirse con la suya al inventar su descripción del anillo. Parecían calcular que un anillo es un anillo: si es valioso, debe tener diamantes, y una o dos tuvieron el ingenio suficiente para decir que sí, que llevaba otras piedras preciosas, pero era una herencia (abuela, tía) y no sabían en realidad los nombres de las piedras.

¿Y el color? ¿La forma?

Se marchaban como ofendidas; o si reían con nerviosismo culpable era que solo habían venido por aventurarse, para divertirse un poco. Y era bien difícil deshacerse de ellas de manera educada.

Pero hubo una cuya voz era diferente a la de cualquiera de las demás llamadas, quizás la voz dominada de una cantante o actriz, que expresaba timidez. Había perdido toda esperanza. De encontrarlo... mi anillo. Había visto el aviso y pensado no, no, es inútil. Pero ¿y si había una posibilidad en un millón...? Le pidió que viniera al hotel.

Con seguridad tenía cuarenta años, una belleza innata de grandes ojos serenos de un gris verdoso, que solo necesitaba ayuda para conservar el color negro azabache de su cabello, que, comenzando en un penacho de forma de pico que se elevaba sobre la frente curva, se recogía en un bucle sobre la coronilla, brillante como plumas suavizadas. No había huellas de ningún pliegue allí donde se unían sus senos, firmemente separados en el escote de su vestido, tan negro como el cabello. Tenía manos hechas para anillos; extendió unos dedos largos, volteó las palmas hacia afuera: Y entonces se perdió; vio su reflejo por un instante en el agua.

Descríbalo.

Lo miró a los ojos, volvió la cabeza para apartar la mirada, y comenzó a hablar. Muy trabajado, dijo, platino y oro... Usted sabe, es difícil de precisar cuando se trata de un objeto que uno ha usado durante tanto tiempo, que ya ni lo nota. Un diamante grande... varios. Y esmeraldas, y piedras rojas... rubíes, pero creo que se habían caído antes... Fue al cajón del escritorio tocador y de debajo de unas carpetas que describían restaurantes, programas de TV por cable y servicios disponibles en la habitación, extrajo un sobre. Aquí tiene su anillo, dijo. Los ojos de la mujer no cambiaron. Lo extendió hacia ella. Su mano se dirigió lenta hacia él, como si nadara bajo el agua. Tomó el anillo y comenzó a ponérselo en el dedo del corazón de la mano derecha. No le servía, pero ella corrigió su movimiento con veloz acto de prestidigitación y se lo deslizó sobre el dedo anular, donde se acomodó.

La llevó a cenar y no se hizo alusión al tema. Nunca jamás. Ella se convirtió en su tercera esposa. Viven juntos y no hay entre ambos más cosas no dichas que las que se dan en otras parejas.


De: CiudadSeva.com